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La Nostalgia del Pasado

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1 de junio de 2026

LA DANZA DE LOS BUFEOS


 


 


 

Fue una tarde de sol, pero de triste color. Era el verano del veintidós, el que había compartido con él. Observe pasar, que fue también el último día de su tiempo. Fueron también las últimas parvadas de aves, en los jardines las flores se marchitaron y las hojas se derramaban formando sobre el suelo una espesa hojarasca; por encima de ellos contemplé correr alegres y felices a los niños.

La vieja plaza del pueblo, en su angustiosa agonía, cambiaba de color; cada vez estaba más gris, cada vez más desierta y sumida en el desaire de la soledad. Tal vez al mirar a la angustia florecer, mi alma se revistió de nostalgia.

Pero también existen momentos en los que dirijo la vista al pequeño centro de mi pueblo. Entonces, las cuatro palmeras que por azar del destino tuvieron que nacer ahí, están calladas; parecen contarme todos los secretos, y entonces me doy cuenta de que en mí, sólo viven los recuerdos. No quedan las mismas cosas, ya no queda la misma gente, y así, desde hace rato, ninguna mujer da a luz una cría, y las mozas solteronas, como si fuesen aves de verano, se ausentaron en busca de calor a otro pueblo.

Partieron las últimas caravanas de carretones ahuyentadas por nuevas ilusiones, y sobre el fangoso camino sólo iban dejando huellas profundas y paralelas, que nunca podrían ser borradas mientras hubiese alguien que las recordase. Y es en esta orfandad, cuando me resisto a creer que estoy solo. Aunque siento que mis ojos se cierran y mi cuerpo se desmadeja, pero yo no quiero morir, porque le tengo miedo a la muerte. Entonces camino para despistarla, y canto para no llorar, y río con dolor; juego con el día aunque él está más triste que yo, y entonces miro al río y me dirijo hacia él, después me siento sobre su ribera a recordar cosas de niño, y a mirarlo cómo arrastra su pasiva corriente perenne y silenciosa como siempre, arrastrando muda los secretos del tiempo, y es en ese instante que le pido silencio al dolor, mientras sobre el agua caen los últimos rayos de sol. Miro para todos los lados, pero a mi alrededor no existe nadie. Los viejos sitios donde jugábamos, con Juan, Luis, Geraldito, Manolito y Carlitos están tan silenciosos, reclamando nuestro retorno a una edad de inocencia. Pero de esos tiempos sólo quedo yo, esperando también la inevitable partida.

El agua me mira sin detenerse y yo en ella me miro desconociendo mi apariencia, pero en ese instante, ante mí aparecen flotando sobre la superficie del agua nítidas imágenes de Juana, María, Pascuala, Carlota y otras más, ¡qué alegres y felices!, cuando el sol al día le daba su esplendor en otros tiempos pasados. Ellas, finas y sensuales, caminaban de tipoy y colorido, sueltas y relajadas, para luego llegar y sumergirse hasta la cintura dentro del agua.

Entonces era cuando yo ansiaba ser río para bañar la piel de sus esculpidas piernas y caderas, y mojar las trenzas largas de su cabellera. Pero, ¡si las puedo ver igual que antes!, sentadas como siempre, dibujando sobre sus morenos rostros una amplia sonrisa al calor de los sucesos de las noches pasadas, bajo los comentarios de viejos y nuevos amores, mientras lavaban la ropa con el jabón de lejía. Sus cuerpos al impulso del deseo se agitaban, pero lo más llamativo era cuando creían que estaban solas y como para despedir la tarde se despojaban de sus prendas, y como si fuese un rito a la divina naturaleza se sumergían. El agua formaba líneas imaginarias sobre su cuerpo, luego salían con el pelo mojado y se lo exprimían de un lado.

Ya la tarde moría, y yo conversando conmigo mismo prometía reencontrarme al siguiente día no bien muriera la tarde, mientras miraba como se vestían para luego colocarse el atadijo de ropa recién lavada sobre la cabeza. Después retornaban al pueblo, absorbidas por la estrecha brecha en la oscuridad de la casi noche, y a lo lejos sólo se escuchaba la última y feliz carcajada. Seguramente era alguna broma cotidiana o el recuerdo de algún romance hurtado.

¡Esos eran otros tiempos!, ¡eran nuestros años dorados! Pero esta tarde gris, lejos de aquellos días de cielo sin nubes, de noches con luna, las puedo ver igual, y no sé si reír o llorar, pero yo las contemplo igual que antes y levanto los brazos para llamarles con la emoción reflejada en la cara; veo que todas están tan lindas y hermosas como en sus veinte primaveras.

¡Sííí! Son ellas: Juana, María, Pascuala, Carlota y otras más. Pero por más que me esfuerce, me doy cuenta que de mí se alejan y se vuelven a zambullir en las cristalinas aguas, que se vuelven a juntar donde sus cuerpos desaparecen, y las veo perderse, y ansioso las busco con la mirada, calculando en el tiempo lo que llevarán dentro sin poder respirar.

Y al verlas, una y otra vez, salir de nuevo, me pongo feliz. Así van y vienen jugueteando, saltan y brincan por la orilla del río, ignorando mi presencia, pero de pronto… yo me muevo y veo que sus ojos morenos quedan sobresaltados, y las noto que se quedan asustadas cuando se dan cuenta de mi extraña presencia. Me miran y luego se miran entre ellas, como preguntándose.

-¿Y quién será este intruso? -parecen no reconocerme, y yo, triste y envejecido, me pongo a pensar.

-¿Qué tan raro me dejaron los años, y qué se llevaron de mí?

Y éstas, como si adivinaran mis pensamientos, me vuelven a contemplar y cautelosamente se me acercan, y aunque no me pueden hablar, logran emitir algunos chirridos, para volver a nadar después, y yo me vuelvo a preguntar si de mí se acordaron, si en esos días, llevaba ocho primaveras y ellas veintitrés.

Pero para la amistad no existe razón de edad. Me acuerdo muy bien de Juana, María, Pascuala, Carlota y otras más, pero también recuerdo haber visto sus nombres descifrados en letras color escarlata, pintados sobre maderas cruzadas y enterradas sobre sus lápidas, y más abajo un viejo retrato de su juventud, reliquia de un pasado en vida, donde quedó dibujada su última sonrisa. Así permanece algo borroso y algo dañado por las inclemencias del tiempo, y el olvido sobre aquel tétrico lugar donde moran más muertos que vivos. Y ellos anhelan desde su oscuro aposento sentir los primeros rayos de sol y ver la tarde morir.

Es entonces que vuelvo a mirar donde Juana, María, Pascuala, Carlota y otras más, que continúan nadando. Entonces intrigado me pregunto:

-¿Y ellas quiénes son?

Y sin más controversias, ordenando mis pensamientos, las contemplo en silencio por un momento, y, como para no olvidar este inesperado acontecimiento, lo registro en mis memorias, dándole un seudónimo, con el nombre de La danza de los Bufeos.

 

FIN

 

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