Fue
una tarde de sol, pero de triste color. Era el verano del veintidós, el que
había compartido con él. Observe pasar, que fue también el último día de su
tiempo. Fueron también las últimas parvadas de aves, en los jardines las flores
se marchitaron y las hojas se derramaban formando sobre el suelo una espesa
hojarasca; por encima de ellos contemplé correr alegres y felices a los niños.
La
vieja plaza del pueblo, en su angustiosa agonía, cambiaba de color; cada vez
estaba más gris, cada vez más desierta y sumida en el desaire de la soledad.
Tal vez al mirar a la angustia florecer, mi alma se revistió de nostalgia.
Pero
también existen momentos en los que dirijo la vista al pequeño centro de mi
pueblo. Entonces, las cuatro palmeras que por azar del destino tuvieron que
nacer ahí, están calladas; parecen contarme todos los secretos, y entonces me
doy cuenta de que en mí, sólo viven los recuerdos. No quedan las mismas cosas,
ya no queda la misma gente, y así, desde hace rato, ninguna mujer da a luz una
cría, y las mozas solteronas, como si fuesen aves de verano, se ausentaron en
busca de calor a otro pueblo.
Partieron
las últimas caravanas de carretones ahuyentadas por nuevas ilusiones, y sobre
el fangoso camino sólo iban dejando huellas profundas y paralelas, que nunca
podrían ser borradas mientras hubiese alguien que las recordase. Y es en esta
orfandad, cuando me resisto a creer que estoy solo. Aunque siento que mis ojos
se cierran y mi cuerpo se desmadeja, pero yo no quiero morir, porque le tengo
miedo a la muerte. Entonces camino para despistarla, y canto para no llorar, y
río con dolor; juego con el día aunque él está más triste que yo, y entonces
miro al río y me dirijo hacia él, después me siento sobre su ribera a recordar
cosas de niño, y a mirarlo cómo arrastra su pasiva corriente perenne y
silenciosa como siempre, arrastrando muda los secretos del tiempo, y es en ese
instante que le pido silencio al dolor, mientras sobre el agua caen los últimos
rayos de sol. Miro para todos los lados, pero a mi alrededor no existe nadie.
Los viejos sitios donde jugábamos, con Juan, Luis, Geraldito, Manolito y Carlitos
están tan silenciosos, reclamando nuestro retorno a una edad de inocencia. Pero
de esos tiempos sólo quedo yo, esperando también la inevitable partida.
El
agua me mira sin detenerse y yo en ella me miro desconociendo mi apariencia,
pero en ese instante, ante mí aparecen flotando sobre la superficie del agua
nítidas imágenes de Juana, María, Pascuala, Carlota y otras más, ¡qué alegres y
felices!, cuando el sol al día le daba su esplendor en otros tiempos pasados.
Ellas, finas y sensuales, caminaban de tipoy y colorido, sueltas y relajadas,
para luego llegar y sumergirse hasta la cintura dentro del agua.
Entonces
era cuando yo ansiaba ser río para bañar la piel de sus esculpidas piernas y
caderas, y mojar las trenzas largas de su cabellera. Pero, ¡si las puedo ver
igual que antes!, sentadas como siempre, dibujando sobre sus morenos rostros
una amplia sonrisa al calor de los sucesos de las noches pasadas, bajo los
comentarios de viejos y nuevos amores, mientras lavaban la ropa con el jabón de
lejía. Sus cuerpos al impulso del deseo se agitaban, pero lo más llamativo era
cuando creían que estaban solas y como para despedir la tarde se despojaban de
sus prendas, y como si fuese un rito a la divina naturaleza se sumergían. El
agua formaba líneas imaginarias sobre su cuerpo, luego salían con el pelo
mojado y se lo exprimían de un lado.
Ya la
tarde moría, y yo conversando conmigo mismo prometía reencontrarme al siguiente
día no bien muriera la tarde, mientras miraba como se vestían para luego
colocarse el atadijo de ropa recién lavada sobre la cabeza. Después retornaban
al pueblo, absorbidas por la estrecha brecha en la oscuridad de la casi noche,
y a lo lejos sólo se escuchaba la última y feliz carcajada. Seguramente era
alguna broma cotidiana o el recuerdo de algún romance hurtado.
¡Esos
eran otros tiempos!, ¡eran nuestros años dorados! Pero esta tarde gris, lejos
de aquellos días de cielo sin nubes, de noches con luna, las puedo ver igual, y
no sé si reír o llorar, pero yo las contemplo igual que antes y levanto los
brazos para llamarles con la emoción reflejada en la cara; veo que todas están
tan lindas y hermosas como en sus veinte primaveras.
¡Sííí!
Son ellas: Juana, María, Pascuala, Carlota y otras más. Pero por más que me
esfuerce, me doy cuenta que de mí se alejan y se vuelven a zambullir en las
cristalinas aguas, que se vuelven a juntar donde sus cuerpos desaparecen, y las
veo perderse, y ansioso las busco con la mirada, calculando en el tiempo lo que
llevarán dentro sin poder respirar.
Y al
verlas, una y otra vez, salir de nuevo, me pongo feliz. Así van y vienen
jugueteando, saltan y brincan por la orilla del río, ignorando mi presencia,
pero de pronto… yo me muevo y veo que sus ojos morenos quedan sobresaltados, y
las noto que se quedan asustadas cuando se dan cuenta de mi extraña presencia.
Me miran y luego se miran entre ellas, como preguntándose.
-¿Y
quién será este intruso? -parecen no reconocerme, y yo, triste y envejecido, me
pongo a pensar.
-¿Qué
tan raro me dejaron los años, y qué se llevaron de mí?
Y
éstas, como si adivinaran mis pensamientos, me vuelven a contemplar y
cautelosamente se me acercan, y aunque no me pueden hablar, logran emitir
algunos chirridos, para volver a nadar después, y yo me vuelvo a preguntar si
de mí se acordaron, si en esos días, llevaba ocho primaveras y ellas
veintitrés.
Pero
para la amistad no existe razón de edad. Me acuerdo muy bien de Juana, María,
Pascuala, Carlota y otras más, pero también recuerdo haber visto sus nombres
descifrados en letras color escarlata, pintados sobre maderas cruzadas y
enterradas sobre sus lápidas, y más abajo un viejo retrato de su juventud,
reliquia de un pasado en vida, donde quedó dibujada su última sonrisa. Así
permanece algo borroso y algo dañado por las inclemencias del tiempo, y el
olvido sobre aquel tétrico lugar donde moran más muertos que vivos. Y ellos
anhelan desde su oscuro aposento sentir los primeros rayos de sol y ver la
tarde morir.
Es
entonces que vuelvo a mirar donde Juana, María, Pascuala, Carlota y otras más,
que continúan nadando. Entonces intrigado me pregunto:
-¿Y
ellas quiénes son?
Y sin
más controversias, ordenando mis pensamientos, las contemplo en silencio por un
momento, y, como para no olvidar este inesperado acontecimiento, lo registro en
mis memorias, dándole un seudónimo, con el nombre de La danza de los Bufeos.
FIN

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