Dicen que murió con el corazón destrozado
-lo cuento tal como me lo contaron-,
Pero su espíritu vive, y su alma es parte
De esta antigua y triste casa junto al
mar.
BRET
HARTE
A la salida de Hazelsea la carretera
forma una especie de bifurcación, con un ramal que apunta en línea recta al
noroeste. En aquella bifurcación hay una faja triangular de césped, con un alto
y envejecido oxiacanto en el centro. Muy cerca, a mano izquierda del ramal en
cuestión, se yergue Maid’s Rue, una casa de campo de estilo isabelino, la cual
se alquilaba -y probablemente continúa alquilándose- amueblada. Serringham la
alquiló hace tres años, cuando se estaba recuperando de una crisis nerviosa.
A Serringham le habían recomendado que se
marchara a un lugar tranquilo, y acertó plenamente. Hazelsea es uno de los
agujeros más aburridos de la Costa Oriental, y Maid’s Rue se encontraba a una
milla de distancia de las dudosas diversiones que Hazelsea era capaz de
ofrecer. Serringham prefirió marcharse solo, ya que la mayoría de las personas
le fastidiaban.
-Pero tú no cuentas, viejo -me aseguró-.
Puedes venir a pasar unos días siempre que quieras.
Serringham estaba comprometido con mi
hermana Pamela. Era un perito mercantil que pagaba las consecuencias de un
exceso de trabajo. Cuando salió de la clínica vino a pasar una velada con
nosotros. No era el mismo de antes, pero le encontré mucho más alegre de lo que
había esperado, y se marchó de Londres en un estado de ánimo bastante
optimista.
-Creo que la casa me va a gustar -nos
aseguró-. La conozco bastante bien desde fuera. Y un amigo que ha pasado una
temporada en Hazelsea la ha visto por dentro, y dice que está muy bien. La han
modernizado un poco para hacerla habitable -cuarto de baño y todo eso, ya
sabes-, pero no la han estropeado.
De modo que se marchó a Maid’s Rue y, tal
como había anticipado, se encontró plenamente satisfecho. Casi todos los días
Pamela recibía noticias suyas, en forma de extensas cartas, las cuales incluían
una posdata para mí. La mansión era casi demasiado buena para ser verdad, el
vigoroso aire le sentaba de maravilla, había encontrado una mujer excelente
para cuidar de la casa, disponía de una estupenda colección de libros… y,
¿cuándo pensaba ir a verle?
No sé si realmente quería que fuera,
pero, ante su insistencia, decidí ir a pasar un fin de semana con él.
No había posibilidad de equivocarse. La
situación de la casa estaba claramente definida por la bifurcación, y por el
retorcido y viejo oxiacanto que se erguía en el centro de la faja triangular de
césped. Era un edificio de ladrillo rojo que se alzaba junto al camino y que
parecía alardear de su vejez y de su decrépita belleza. Sus pequeñas ventanas
tenían los paneles romboides.
El interior era necesariamente oscuro.
Las habitaciones tenían los techos muy bajos, y las pesadas vigas constituían
una continua amenaza para un hombre de estatura mediana. Los suelos eran de
piedra y el hogar quedaba abierto por los cuatro lados, con una de aquellas
enormes chimeneas tan del gusto de Santa Claus. No me sorprendió el entusiasmo
que Serringham demostraba por el lugar. Le gustaban las casas antiguas, y era
capaz de convertir en virtudes sus inconvenientes. Debo confesar que la casa
estaba muy bien amueblada. Auténtico y sólido roble.
Serringham me recibió con mucha
cordialidad pero sin grandes demostraciones de alegría. Levantó su voz apenas
por encima de un murmullo, y no tardó en explicarme que se había acostumbrado a
hablar de aquel modo desde que llegó a Maid’s Rue.
-Soy un hombre nuevo -dijo-. ¿No crees
que he mejorado?
-Sí-í -contesté, puesto que no estaba
completamente seguro.
-¡Oh! Comprendo. -Serringham sonrió con
cierta amargura-. Esperabas un recibimiento más ruidoso, ¿verdad? Bueno, eso no
es un síntoma. Lo primero que un pobre diablo en mis condiciones necesita
alcanzar es tranquilidad de espíritu. Y la estoy alcanzando. Es maravilloso
despertar por la mañana y saber que no nos espera ningún trabajo, ninguna
responsabilidad. Lo único que tengo que hacer es gandulear por aquí, y hasta
ahora me siento estupendamente. A propósito, espero que no te levantarás
demasiado temprano…
-Si lo hago -le prometí-, no te
molestaré.
-De acuerdo. Bueno, Mrs. Hickory viene
cada mañana a las ocho, de modo que puedes desayunar a las ocho y media, si
quieres. Supongo que no te importará que no te acompañe. Paso mucho tiempo
soñando despierto, ¿sabes? Supongo que siempre fui un soñador en potencia, pero
nunca había tenido tiempo para dedicarlo a mis sueños.
-Bueno, sueña todo lo que quieras, si eso
te hace bien -dije, riendo-. Has venido al lugar más adecuado para soñar.
-Sí, ¿verdad? Me divierte sentarme aquí
por la noche y tratar de visualizar a la gente que ha vivido en esta casa a
través de los últimos cuatrocientos años, dejando detrás de ella alguna
impresión de su personalidad. Una casa como ésta le hace pensar a uno. Me
pregunto cuántos enamorados habrá albergado, cuántos hijos pródigos, cuántas
pobres viudas, y bellacos, y héroes, y seres vulgares y felices. Estas viejas
paredes deben de haber contemplado extraños espectáculos y oído extraños
sonidos. Sólo podemos estar seguros de una cosa: han oído más llantos que
risas. El mundo es así.
-El lugar tiene un nombre muy curioso
-observé-. ¿Quién lo bautizaría así?
-¡Oh! Ya me he enterado. Iba a
contártelo. Es una gran historia. Una de las tradiciones locales, ¿sabes? Y no
me sorprendería que hubiera algo de cierto en ella. Parece ser que hace un
centenar de años vivió en esta casa una muchacha muy hermosa que se hizo
notable por sus coqueterías y su volubilidad. Se supone que había conducido a
casi todos los jóvenes de la vecindad a la desesperación. Y luego, como ocurre
a menudo en tales casos, el cazador resultó cazado. La muchacha entregó su
corazón sin reservas a un hombre que le hizo beber la misma copa amarga que
ella había dado a tantos.
»La gente no muere de amor, ¿sabes? La
muchacha tenía el corazón destrozado, pero continuaba latiendo, de modo que lo
inmovilizó para siempre ingiriendo un veneno. Y, siguiendo la costumbre de la
época, la enterraron en la encrucijada, con el corazón atravesado por una
estaca. Y la leyenda dice que el oxiacanto que se yergue todavía en la
bifurcación brotó de la estaca que le clavaron a la muchacha en el corazón.
Desde luego, no creo en esa leyenda. Lo más probable es que alguien que la
había amado mucho plantara ahí ese árbol en memoria de ella.
-Muy poético -dije, sonriendo-, pero no
creo que sea verdad. ¿Cuántos años vive un oxiacanto?
-No tengo ni idea. Pero ése debe de ser
muy viejo. Ahora está casi muerto. Tal vez su muerte sea una señal de que la
pobre muchacha cuyos restos le ayudaron a nacer ha logrado alcanzar algún
puerto feliz. ¿No es una bella historia?
-Pintoresca, desde luego -asentí
secamente-. Pero un poco morbosa. ¿Pasas el tiempo especulando acerca de la
dama?
-Es lógico que de cuando en cuando
dediquemos un pensamiento al más allá. Sí, a veces me pregunto dónde estará la
muchacha, y si su espíritu tiene espíritus enamorados. Quizás en alguna ocasión
se asome a una de estas antiguas habitaciones, y se pregunte por qué los
hombres no la ven, o por qué sus encantos» que sólo le fallaron una vez, no
ponen ya a nadie a sus pies. ¡Oh! Sé lo que estás pensando, amigo mío. Piensas
que es un error que un hombre en mis condiciones se entretenga con esas ideas.
Crees que tendría que salir a dar largos paseos y leer el «Punch». Pero esta
clase de vida contemplativa me encanta, y supongo que lo que me gusta es lo
mejor para mí.
Lo dudaba, pero no quise contradecirle.
De todos modos, procuré cambiar de tema y empecé a hablarle de Pamela. Me
escuchó cortésmente, pero de cuando en cuando sus ojos parecían velarse y pensé
que, tratándose de su prometida, el interés que demostraba por Pamela era más
bien escaso. Antes de su enfermedad había sido un ferviente enamorado. Pero
ahora estaba enfermo, todavía, y yo no debía olvidarlo.
A la mañana siguiente me levanté temprano
y bajé antes de que llegara Mrs. Hickory. Un olor enfermizo y dulzón, muy leve
pero aún perceptible, invadía la casa. Me pareció reconocerlo; y al mismo
tiempo me dije que tenía que estar equivocado. Era el olor de los capullos de
mayo recién cortados, y estábamos en febrero.
Hacía una mañana ventosa, fría pero
agradable, y el sol asomaba de cuando en cuando en medio de una apresurada
procesión de nubes blancas. Decidí dar un paseo antes de desayunar y salí de la
casa. Crucé el camino y pasé por delante del triángulo de césped en el centro
del cual el viejo oxiacanto erguía su retorcido tronco y sus desnudas y
torturadas ramas.
Los setos de los alrededores empezaban a
florecer, pero en el viejo árbol no brotaba una sola hoja. Le había llegado su
hora, como a todas las cosas vivientes. Pronto, supuse, alguien lo cortaría
para leña, y entonces no quedaría nada en memoria de la muchacha cuyos huesos
yacían en sus raíces.
Era domingo. A lo lejos, las campanas de
una iglesia anunciaban un servicio matinal y, mientras permanecía indeciso, sin
saber qué camino tomar, llegó un labriego endomingado, con un ajado libro de
rezos en una mano grande y morena. Me saludó con un cortés «Buenos días» y, al
ver que era forastero, me miró con franca curiosidad y se acercó a mí.
Era un hombre muy viejo. Tenía más de
ochenta años y la locuacidad de todos los viejos en los distritos rurales.
-El viejo árbol está en las últimas
-dijo, siguiendo la dirección de mi mirada-. La niña tendrá que buscarse pronto
otro amante.
-¿A quién se refiere? -pregunté.
-A la niña que está enterrada ahí.
-Señaló hacia las raíces del árbol-. Sí, tendrá que buscarse pronto otro
amante, o morirá. Morirá como Dios manda, quiero decir, y se irá al infierno. Y
cuando esté muerta como Dios manda, el viejo árbol morirá con ella, y cuanto
antes mejor. ¡Era una zorra, maldita sea!
Y escupió deliberadamente en dirección a
las raíces del árbol.
-No le sigo a usted -dije, un poco
impresionado por la venenosa reacción del anciano.
-Los jóvenes se creen muy listos porque
han ido a la escuela y no quieren dar crédito a lo que les cuento. Pero lo vi
con mis propios ojos. Ocurrió hace sesenta años, y ese viejo árbol estaba tan
muerto como ahora. Y luego ella encontró otro amante. Era un joven caballero
que vivía con su padre en Maid’s Rue. Y ella le enamoró. El joven no tardó en
morir. Pero el árbol volvió a florecer, con más fuerza que nunca. Ella vive de
las vidas de los hombres, y continuará viviendo hasta que no pueda enamorar a ninguno.
Entonces morirá como Dios manda y se irá al infierno. Con Satanás, que es el
lugar que le corresponde. Bien, buenos días, señor. Se me está haciendo tarde.
Se marchó, dejándome solo con unos
pensamientos muy poco agradables. La leyenda que acababa de contarme era tan
inverosímil como fantasmal, y decidí no hablarle de ello a Serringham. En
consecuencia, desayuné solo y no vi a mi amigo hasta después de las doce,
cuando bajó soñoliento y sin afeitar.
-Sé que pensarás que soy un gandul
-dijo-, pero el descanso me sienta muy bien y he tenido unos sueños deliciosos.
¿Y tú, has dormido bien?
-Sí, gracias -dije-. A propósito, ¿qué
era el olor que he notado en la casa esta mañana? Me ha recordado el de los
capullos de mayo.
Serringham se echó a reír.
-¡Oh, sí! Ya lo había notado. Al
principio me intrigó un poco. ¿Qué crees que es?
-No lo sé.
-Aquel tiesto de geranios de la ventana.
Al levantarse se nota el olor, pero luego se acostumbra uno a él. Es como
cuando se entra en una habitación que huele a tabaco. De momento se nota, pero
cuando se lleva un rato allí no se huele nada.
La explicación parecía razonable, pero
más tarde olfateé el tiesto de geranios. El olor no se parecía en nada al de
los capullos de mayo.
A la mañana siguiente, lunes, regresé a
la ciudad y le dije a Pamela que Serringham se encontraba muy bien. Pero lo
dije con ciertas reservas mentales.
Transcurrió un mes, y el invierno dejó
paso a la primavera. Tenía noticias de Serringham a través de Pamela, aunque
ésta no tenía nunca mucho que contarme. Intuí que mi hermana estaba preocupada
por su prometido, pero se negó a admitirlo hasta un viernes de finales de
marzo.
-¿Cuándo vas a ir a ver a George? -me
preguntó.
-No me ha pedido que vaya.
-¡Oh! Sabes perfectamente que no
necesitas que él te lo pida. ¿Por qué no vas mañana? Me gustaría.
-¿Por qué?
-¡Oh! Porque…, porque no creo que aquel
lugar sea el más indicado para él… Dice que está muy bien, pero en sus cartas
no es el mismo de antes. Cada vez me escribe menos y en un tono más
incoherente. Hace una semana que no he recibido noticias suyas, a pesar de que
yo le he escrito todos los días. No quiero pecar de imaginativa, pero la cosa
no me gusta, y…, bueno, me agradaría que fueras a verle mañana.
Daba la casualidad de que yo estaba
libre, pero no me seducía la idea de ir a Maid’s Rue. Recordando el fin de
semana que había pasado allí, me daba cuenta con más claridad de lo poco que me
había divertido. El recuerdo tenía algo de sutilmente desagradable, algo que en
aquellos momentos -e incluso ahora- me sentía incapaz de definir ni de
explicar.
-El hecho de que sus cartas sean más
espaciadas y más breves no significa nada -objeté-. Para un hombre que nunca ha
sido un brillante corresponsal, escribir una carta diaria puede convertirse en
un problema.
-No me importaría que me mandara un
simple saludo en una tarjeta postal, Jack. Resulta terrible decirlo, pero
George parece estar perdiendo su afición a la vida. Escribe como si ya no le
importara lo que antes le interesaba…, incluida yo. Sabes lo que temo, ¿verdad?
Asentí. Yo temía lo mismo. Había oído
hablar de crisis nerviosas que desembocan en un completo colapso mental.
-No creo que aquel lugar sea el más
indicado para él -repitió Pamela-. El vivir solo no puede ser saludable. Yo me
opuse desde el primer momento, pero George insistió tanto… ¡Por favor, Jack,
trata de sacarle de allí!
-Haré lo que pueda -contesté,
dubitativamente.
Llegué a Maid’s Rue por la tarde, pero no
había oscurecido aún. En mi camino hacia allí pude observar los progresos de la
primavera. A orillas de la carretera, los campos empezaban a verdear. Al llegar
a Maid’s Rue quedé sorprendido al ver que el oxiacanto, que un mes antes
parecía irremisiblemente condenado a la muerte, estaba ahora tan verde como los
campos de los alrededores. El viejo árbol se había recuperado de un modo
asombroso.
No había advertido a Serringham de mi
visita, y mientras me acercaba a la casa pensé, y deseé, que él se hubiera
marchado sin advertirnos a nosotros. La casa tenía un aire de abandono, y mis
esperanzas aumentaron al comprobar que nadie respondía a mis llamadas. Si
George se había marchado, argüí, Mrs. Hickory tenía que estar allí… Y entonces,
en el preciso instante en que me disponía a marcharme para preguntar en la
vecindad, la puerta se abrió muy lentamente y el rostro de Serringham apareció
ante mí.
Su aspecto me impresionó. Tenía los ojos
hundidos, las mejillas chupadas, la mano que apoyaba en la jamba de la puerta
temblaba visiblemente, y hacía más de una semana que no se había afeitado.
-¡Oh! ¿Eres tú? -dijo, con voz
inexpresiva-. Pasa.
Le seguí hasta la habitación que
utilizaba como comedor, y allí se detuvo durante un largo minuto, aparentemente
perdido en sus pensamientos, frotándose la barbilla con sus temblorosos dedos.
-Supongo que querrás tomar un poco de té
-dijo finalmente, en tono desganado-. Creo que podré arreglarlo. Tiene que
haber algo de leche. Sí, siempre dejan leche.
-¿Dónde está Mrs. Hickory? -pregunté.
-¿Mrs. Hickory? -Frunció el ceño, como si
recordara débilmente haber oído aquel nombre-. ¡Oh, sí! La despedí. Estaba
harto de verla por aquí. Me arreglo mejor sin ella. Mis necesidades son ahora
muy elementales.
-Bueno, siéntate -dije-. Voy a echar una
ojeada a la despensa. Prepararé té para los dos.
Aceptó mi sugerencia sin una palabra de
disculpa. Era algo horrible. Parecía un ser drogado que estaba llegando al
límite de sus posibilidades de resistencia. Sin embargo, en aquel momento no
podía imaginar hasta qué punto se había dejado hundir.
Encontré té, azúcar y leche, pero busqué
inútilmente algo de comida. No pude hallar más que unos mendrugos de pan y un
poco de mantequilla rancia. Y entonces supe que Serringham se estaba muriendo
de hambre.
El agua tardó algún tiempo en hervir, y
me alegré, ya que necesitaba pensar, y no tenía la menor prisa por enfrentarme
con el espantapájaros de la habitación contigua. Era evidente que había estado
muriéndose de hambre, pero no creía que lo hubiese hecho a propósito. Lo más
probable era que hubiese estado demasiado absorto en algo para molestarse en
comer.
Por lo visto, Serringham se había tomado
la molestia de dedicarme un par de pensamientos, ya que cuando me presenté con
la bandeja del té dijo:
-Espero que no pasarás aquí la noche.
Verás, desde que se marchó Mrs. Hickory…
Dejé la bandeja sobre la mesa y me volví
en redondo hacia él.
-Tienes un maravilloso sentido de la
hospitalidad, George -observé, en tono sarcástico.
-No te he pedido que vinieras -replicó
secamente.
-Pareces olvidar que soy el hermano de
Pamela.
Vi formarse en sus labios una lenta
sonrisa.
-El hermano de Pamela -repitió
simplemente.
-Oye, George -exclamé-, ¿estás loco?
-¿Loco? No. Creo que he estado
aprendiendo a ser cuerdo.
-¿Llamas cordura a dejarte morir de
hambre? ¿Cuándo hiciste tu última comida?
-Ayer, creo. Pero eso no importa.
Concedemos demasiada importancia a la comida.
-No creo que puedas atribuirte ese
defecto… Y sabes que Pamela está muy preocupada por ti. ¿Por qué no le has
escrito?
Me miró unos instantes, y luego inclinó
los ojos sin hablar. Me volví y empecé a servir el té. A George le convenía
tomar algo líquido y caliente, por lo menos. Tomó la taza de mi mano y empezó a
sorber el té dócilmente.
-¿Te marcharás esta misma noche? -me
preguntó súbitamente, incapaz de disimular su ansiedad por librarse de mí.
-Si me marcho, amigo mío, vendrás
conmigo.
Sacudió la cabeza.
-¡Oh, no! Desde luego que no.
Definitivamente, no. ¿Por qué tendría que marcharme?
-Porque estás enfermo, y el permanecer
solo en un lugar como éste no es saludable para ti.
Serringham dejó oír una desagradable
risita.
-¿Solo? ¿Quién ha dicho que estoy solo?
¿Eh? ¿Quién ha dicho eso?
-Bueno, yo no veo a nadie aquí. Y, a no
ser que esté ciego, tu despensa me demuestra que no puedes ser un anfitrión
deseable…
Serringham me miró fijamente.
-Existen algunos seres que no necesitan
comer -dijo.
-Nunca he oído hablar de ellos
-repliqué-. Y, de todos modos, tú no perteneces a esa categoría.
Se produjo una pausa.
-No quiero discutir contigo -declaró
finalmente Serringham-, pero tienes mucho que aprender, ¿sabes? Yo estoy
empezando a aprender. Empecé a aprender en cuanto llegué aquí. Lentamente,
¿sabes? Hay cosas que no pueden descubrirse en media hora. ¿Crees, por ejemplo,
que has amado alguna vez? Yo afirmo que no. Yo afirmo que el amor humano, el
amor sexual, no es más que la pálida sombra de una poderosa sustancia. Existe
otro amor que lo exige todo, cada momento, cada pensamiento, cada sueño. Lo
exige todo, y lo da todo, y es suficentísimo.
-Eso suena muy bien -dije-. ¿Tengo que
decírselo a Pamela?
Vaciló, pero su rostro no reveló la menor
emoción.
-Dile la verdad -declaró, y añadió con
aire fatigado-: No deja de escribirme.
Reprimí un impulso de golpearle, pero
dije:
-La verdad, George, es que estás como una
cabra. Y la culpa la tienen este extraño lugar y esta absurda soledad en que
vives. Pero mañana vas a venir conmigo…, aunque tenga que utilizar la fuerza.
Sacudió la cabeza, y por primera vez me
pareció notar en él un átomo de decisión.
-En tu estado actual -le recordé-, puedo
sacarte de aquí con una sola mano.
-Es posible. Pero eso no me impediría
pedir ayuda. Loca o cuerda, no puede ejercerse violencia contra una persona. Y
no creo que me costara demasiado trabajo convencer a cualquier médico de que
estoy tan cuerdo como tú.
Desde luego, no puede trasladarse a una
persona de un lugar a otro por la fuerza, ni siquiera por su propio bien.
Mi única posibilidad consistía en
encontrar algún médico local que visitara a Serringham y certificara su locura,
ya que ahora estaba convencido del desequilibrio mental de mi amigo.
-Mira -dije-, voy a ir en busca de algo
para comer. Prepararé una cena fría, cenaremos juntos y luego me marcharé.
No formuló ninguna objeción. Era evidente
que el problema de la comida no le preocupaba en absoluto. Me miró con una
especie de astuta avidez y dijo:
-Sí, es una buena idea. Ve a buscar algo
para comer.
Supe que lo decía porque deseaba librarse
de mí, aunque sólo fuera por un rato. Quería estar solo, aunque no
completamente solo tal como ahora había llegado a entender la soledad. Quería
pasar el tiempo extasiado con la creación de su fantasía, la imaginaria Belle
Dame Sans Merci que le tenía esclavizado. Lo malo del caso es que su esclavitud
era voluntaria. Se limitaba a dejar que su sueño le condujera al sopor y a la
muerte. Yo continuaba llamándolo un sueño, desde luego.
Le dejé solo, pues, y me dirigí a
Hazelsea. Hice mis compras en una tienda de comestibles. También busqué un
médico, decidiéndome por el titular del pueblo.
El doctor Green, un hombre vivaracho y
jovial, de mediana edad, me escuchó atentamente, asintiendo con aire
comprensivo de cuando en cuando.
-Es un caso difícil -dijo-. Mañana iré a
visitarle, si me permite la entrada. Desde luego, no puedo decir que un hombre
está loco simplemente porque se comporta de un modo extravagante y prefiere
llevar la vida de un eremita. Puedo estar de acuerdo con usted en que lo mejor
para él sería que se marchara y se pusiera en manos de un médico, pero no puedo
obligarle a irse a menos que encuentre síntomas de indudable locura. Certificar
la locura de un hombre es algo que puede resultar peligroso para un médico. De
todos modos, iré a verle y le comunicaré a usted mi opinión, si me deja sus
señas. Entretanto, si le preocupa el hecho de que descuide sus comidas, lo
único que puedo hacer es avisar a una tienda para que le envíen provisiones.
Aquella última sugerencia era muy
razonable, y antes de regresar a Maid’s Rue me puse de acuerdo con los dueños
de la tienda donde había efectuado mis compras, adelantándoles el dinero que
calculamos bastaría para un mes.
Cuando llegué a Maid’s Rue encontré la
puerta abierta. Entré sin llamar. Serringham estaba sentado en una butaca, a
oscuras, y no se movió al verme entrar. En la habitación flotaba un intenso
perfume: el aroma de los capullos de mayo. Siempre me había gustado aquel olor,
más bien fuerte y un poco dulzón, tan sugeridor de la juventud, del amor y de
todas las cosas amables de la vida; pero ahora me produjo náuseas y me asustó
vagamente. Recordé que estábamos en marzo y que las flores no habían brotado
aún. Y recordé también las palabras del anciano que había hablado conmigo junto
al oxiacanto.
-¿De dónde diablos procede ese maldito
olor? -le pregunté bruscamente a Serringham.
No contestó a mi pregunta, limitándose a
mirar con fijeza al otro lado de la habitación.
-Tiene los ojos verde-gris -murmuró-,
como el mar bajo las nubes de la tormenta.
-¿De quién estás hablando? -inquirí; y
noté cómo un repentino sudor empapaba la raíz de mis cabellos.
-Ya lo sabes -respondió Serringham-.
Enterraron su pobre cuerpo ahí fuera, en la encrucijada. Pero sólo enterraron
su cáscara, como a su debido tiempo enterrarán sólo la mía. Mi envoltura no me
interesa desde que aprendí que existen pasiones del espíritu. Tú también lo
aprenderás. Creo que ya has aprendido algo…
Su voz se apagó en una especie de
murmullo, y el rostro que volví hacia él debió de ser un rostro penetrado por
el horror.
-¡Por el amor de Dios! -exclamé-. Por
Pamela, por mí y por ti mismo, haz un esfuerzo de voluntad y escúchame… Creí
que lo peor que podía sucederte era que estuvieras enloqueciendo. Pero ahora no
estoy tan seguro. Hay cosas peores que ésa. Trata de pensar claramente. Sé lo
que hay ahora en tu mente… o, mejor dicho, temo saberlo. Hay cosas peores que
ésa. Trata de pensar claramente. Yo no sé nada acerca de esas cosas, George;
supongo que ni siquiera ahora creo en ellas. Trata de pensar cómo terminará
esto. Te llevará a la muerte, a algo peor que la muerte.
Serringham suspiró.
-¿Qué es la muerte? -preguntó-. Pensé que
empezabas a saberlo. ¡Oh! Márchate, y déjame con mi felicidad.
Pero antes de marcharme le obligué a
comer. Lo hizo de mala gana, y se pasó el tiempo escudriñando los rincones de
la habitación con ojos ávidos. Confieso que la idea de marcharme resultaba muy
tranquilizadora para mí. La casa y su ocupante visible se habían convertido en
un motivo de terror.
Le conté a Pamela la verdad tan
amablemente como me fue posible; mejor dicho, aquella parte de la verdad que yo
estaba dispuesto a admitir a la luz del día. Acechando en mi mente había cosas
que no me atrevía a sacar al exterior.
-Temo que George sufre un desequilibrio
mental -le dije a Pamela-, pero no podemos hacer nada hasta haber oído la
opinión del médico. Si insiste en quedarse allí, y el diagnóstico es de que su
estado mental le permite hacerlo, temo que no podremos hacer nada.
El jueves recibí una carta del Dr. Green,
y su informe respondía a lo que yo había temido. Había ido a visitar a
Serringham, y le había parecido una persona que razonaba normalmente. «Le he
encontrado desnutrido y algo neurótico, pero no me atrevería a llevar mis
conclusiones más allá, ni veo el menor motivo para colocarle bajo vigilancia.
Él mismo ha admitido que se ha descuidado un poco, pero me ha prometido
enmendarse en este sentido. Lo único que puedo hacer es ponerle a usted en
antecedentes si me entero de algún cambio. Me dio a entender claramente que no
volviera a visitarle sin ser invitado».
Pamela soportó el golpe con mucha
entereza. Parecía horrible dejar a George entregado a su suerte, pero a Pamela
le consoló saber que todos los días le llevarían provisiones a la casa.
Continuó escribiéndole todos los días sin recibir respuesta. Más tarde fueron
encontradas cincuenta o sesenta cartas suyas sin abrir.
Pero un día del mes de abril Pamela
acudió a mí deshecha en llanto.
-No puedo resistirlo más -dijo-. Tengo
que verle, lo quiera él o no, lo mismo si me ama que si me odia. Tal vez si se
enfrenta conmigo y le suplico que regrese con nosotros se decida a renunciar a
esa espantosa soledad que le está enloqueciendo. Llévame a Maid’s Rue.
Era una perspectiva que no necesitaba
haber temido, ya que cuando llegamos la casa estaba silenciosa y las puertas
muy bien cerradas. Nadie respondió a mis repetidas llamadas.
-Tal vez ha salido -sugirió finalmente
Pamela, en voz baja.
-Es posible -dije, procurando que Pamela
no notara mi falta de convicción.
-Vamos a dar un paseo -dijo mi hermana-,
y volveremos un poco más tarde. Seguramente ya habrá regresado.
De modo que dimos media vuelta y nos
dirigimos hacia la verja. Al llegar allí, nos volvimos a mirar hacia la casa.
Serringham, sucio y descuidado, estaba de pie detrás de una de las ventanas de
la parte delantera, viendo cómo nos marchábamos con una sardónica sonrisa.
Pamela profirió un grito y agitó una mano: Serringham se apartó rápidamente de
la ventana.
Pamela se agarró a mi brazo. Sus labios
temblaban.
-Tenías razón -murmuró-. No podemos hacer
nada. George no me quiere. Vámonos, Jack, por favor.
El oxiacanto, en la encrucijada, estaba
ahora lleno de hojas tiernas, de un suave verdor. Pamela miró el árbol,
mientras yo ponía en marcha el automóvil, y habló, simplemente por hablar.
-Cuando florezca, ese oxiacanto será muy
bonito -dijo, con voz trémula.
Me estremecí.
-Sí -dije-. Y hace un par de meses
parecía haber llegado al final de sus días…
A mediados de mayo encontraron a
Serringham muerto en la casa. Estaba tendido en el suelo del comedor, con los
brazos extendidos, como si hubiera caído cuando trataba de abrazar algo que
había eludido el abrazo. En vista de que nadie recogía la leche ni las
provisiones que dejaban en la puerta, el tendero avisó a la policía y ésta
efectuó el trágico descubrimiento. La autopsia reveló el hecho de que
Serringham había muerto de una simple desnutrición.
En mi calidad de único amigo de la
víctima, asistí al entierro y me hice cargo de las llaves de la casa para
devolverlas al dueño. En la encrucijada, el oxiacanto era ahora una masa de
capullos rojos.
El agente de policía que me acompañó a
Maid’s Rue me señaló el árbol.
-Es un árbol viejísimo -se creyó en la
necesidad de explicarme-. Este invierno parecía definitivamente muerto. Pero,
con la llegada de la primavera, diríase que ha cobrado una nueva vida.
Contemplé el oxiacanto unos instantes,
con aire pensativo.
-Sí -murmuré finalmente-. Con la llegada
de la primavera, diríase que ha cobrado una nueva vida.
FIN