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5 de marzo de 2025

EL ESPEJO {Relato} por Paya Frank

 


En la estancia lujosamente amueblada reinaba una calma absoluta.

Además de la araña encendida y de los candelabros pegados a la pared y portadores de numerosas bombillas, las lámparas brillaban bajo sus pantallas un rojo suave.

Sentado cerca del fuego que ardía en el hogar, Wla Jordonoff fumaba cigarrillo tras cigarrillo. El gran cenicero de plata estaba lleno de colillas, y una nube aromática de humo de tabaco flotaba lentamente bajo el techo color crema.

El teléfono sonó, pero Jordonoff permaneció inmóvil. Únicamente sus ojos de jade se volvieron, llenos de inquietud, hacia el ruidoso aparato.

Tras algunas señales obstinadas -Jordonoff contó maquinalmente once-, el timbre enmudeció y el hombre empezó a respirar más profundamente, como si el restablecido silencio le aligerara el corazón.

De las ventanas colgaban espesos cortinajes de terciopelo que no dejaban filtrar el menor rayo de la abundante claridad exterior y que, sin duda, ahogaban al mismo tiempo el rumor de la calle.

Suponiendo, desde luego, que pudiera elevarse algún ruido de aquel callejón desierto, ya que Jordonoff vivía en un lugar muy apartado de Stoke-Newington, en el cual sólo se erguían algunas casas recién construidas y que en su mayor parte continuaban esperando a unos hipotéticos inquilinos.

Su propia morada era nueva, también. Sólo estaban amuebladas las habitaciones en las cuales vivía; el resto del inmueble se hallaba completamente desprovisto de todo mobiliario.

La pequeña placa de cobre fijada a la puerta llevaba un nombre muy corriente: Ph. Jones. Y nadie, en Stoke-Newington o en Londres, podía adivinar que bajo aquel patronímico vulgar se ocultaba el famoso Wla Jordonoff.

Jorry -como le llamaban sus amigos- había sido una verdadera celebridad en las mayores ciudades de los Estados Unidos. Al frente de una importante pandilla de gangsters, había implantado allí un auténtico régimen de terror.

Robo, asalto a mano armada, chantaje, rapto, incendio voluntario, asesinato… No había un crimen que él no hubiera saboreado.

Merecía cien veces la silla eléctrica. Sin embargo, el brazo vengador de la justicia no se había tendido nunca hacia él, hasta tal punto era temido su poder. Jorry estaba, sobre todo, muy bien protegido.

Luego había desaparecido bruscamente de aquel mundo equívoco. No habían vuelto a encontrarle en ninguna parte de América. Le creyeron muerto, víctima de algún ajuste de cuentas.

En realidad, se había expatriado a Europa y vivía ahora como un pacífico burgués en un rincón perdido de la capital inglesa.

Podía estar tranquilo. Ninguno de sus antiguos amigos o cómplices hubiera podido identificarle. Gracias a una intervención quirúrgica dolorosa, pero perfectamente lograda, los rasgos de su rostro habían sido completamente transformados.

Sin embargo, no había encontrado la paz que esperaba; sentía gravitar sobre él una amenaza misteriosa y alarmante.

¿De dónde podía venir el peligro?

Lo ignoraba, pero no obstante lo percibía claramente y eso le bastaba.

Había hecho instalar el teléfono, pero dado que nadie le conocía en el país no le llamaban nunca. Pero aquella tarde había sonado tres veces seguidas.

-Me han localizado -gruñó, cuando por tercera vez enmudeció el timbre.

La angustia que experimentaba hacía surgir a su alrededor toda clase de imágenes turbadoras y fantasmagóricas: enormes manos empuñando puñales o revólveres, sillas eléctricas, gigantescos patíbulos y siniestras guillotinas.

¿No eran unos pasos los que resonaban en la casa desierta? ¿No crujía la escalera? ¿Y qué mano invisible manipulaba, en aquel momento, en la cerradura de la puerta principal?

No, no era más que el viento insidioso que rozaba las paredes, en el exterior. La escalera gemía porque era nueva y todavía estaba húmeda. En cuanto a la puerta, no podía dejar de quejarse bajo los brutales bofetones de la corriente de aire que hacía estremecer a la vivienda recién construida.

Volvió de nuevo a fumar cigarrillo tras cigarrillo y vació la botella de whisky.

Súbitamente, una sombra ligera cruzó la estancia. Jordonoff se echó a temblar.

Pero no había motivo. Se trataba simplemente de una bombilla que, al fundirse, había hecho nacer en la pared una pequeña mancha oscura.

-¡Tonterías! -murmuró-. ¡Ni más ni menos!

De todos modos, no pudo evitar el deslizar la mano debajo del almohadón de seda de su sillón para comprobar si la pistola cargada continuaba allí.

-¿Por qué me he retirado a este maldito lugar? -se preguntó amargamente-. La soledad no sirve para nada. Sería preferible que me perdiera entre la multitud. En los cines, los teatros, los dancings y los clubs nocturnos no se corre el peligro de encontrar unos fantasmas. Mientras que aquí… Es preciso que abandone este funesto refugio.

Por cuarta vez, el teléfono empezó a llamar. El timbre resonaba con obstinación. Ahora, nada parecía poder pararlo.

Como empujado por una fuerza misteriosa, Jordonoff puso la mano sobre el aparato, descolgó y tendió el oído.

La línea estaba sin duda descompuesta, ya que sólo oyó una serie de crujidos frenéticos. Finalmente percibió una voz desconocida.

Aunque en el otro extremo del hilo alguien hablaba con una gran volubilidad, sólo pudo captar dos o tres palabras que se repetían con frecuencia:

-El espejo…

Luego, la comunicación se interrumpió bruscamente.

-¿El espejo? ¿Qué pasa con el espejo? -gruñó Jordanoff.

En la casa sólo había un espejo, una pieza magnífica que había comprado en el momento de instalarse en aquella nueva vivienda.

Estaba sólidamente fijado a un marco espléndido, y el cristal, ligeramente verdoso, debía ser de origen veneciano.

Jordanoff volvió los ojos hacia su adquisición.

Era un espejo soberbio, desde luego, en el cual se reflejaba la luz a la perfección, sin que una sola sombra viniera a mancharla.

Pero, ¿por qué se sentía súbitamente atraído hacia él?

Temblando con una ansiedad que no hubiera podido explicarse, abandonó su asiento y se acercó al espejo, el cual le devolvió inmediatamente su imagen.

Se inclinó, horrorizado: en la glauca profundidad del cristal acababa de aparecer una figura sombría y amenazadora.

Unos ojos de fuego brillaban en sus órbitas y rictus de ferocidad desfiguraban sus facciones.

Jordonoff profirió un grito y quiso dar un salto hacia atrás, pero sus miembros se negaron a obedecer a su voluntad. Permaneció allí, petrificado, mirándose fijamente en el espejo, donde su imagen se hacía cada vez más espantosa.

Los ojos se apagaron, la nariz se borró. No quedaba más que una boca abierta, de dientes blancos y puntiagudos. Un horror indescriptible se apoderó de Jordonoff, que reconoció el rostro de la Muerte.

-¡Socorro! -gritó.

La abominable cabeza hizo un gesto salvaje que no tardó en trocarse en una risa homérica, aunque inaudible.

-¡No, no quiero! -aulló Jordonoff-. ¡No quiero! ¡La justicia no ha conseguido atraparme nunca, y tú tampoco lo conseguirás! ¡Noooo!

Desesperado, se precipitó contra el espejo con los puños cerrados.

El espejo voló en mil pedazos. Estupefacto, con los brazos levantados, Jordonoff contempló con aire de incredulidad la obra de arte que acababa de destruir.

Esbozó una estúpida sonrisa, mientras contemplaba la sangre que salía a borbotones de las venas abiertas de sus muñecas desgarradas.

Unos instantes después se desplomó sobre la alfombra, muerto…

-Era una pieza rara -se lamentaba el anticuario Boles-, lo que en otros tiempos se llamaba un espejo mágico, uno de esos curiosos objetos de origen puramente veneciano, un cristal maravilloso que, intensamente iluminado, deforma el rostro de un modo extraño… Le he llamado tres veces por teléfono para decirle que no era un espejo ordinario, ya que fue mi empleado quien se lo vendió y entregó.

Pero no he recibido respuesta a mis llamadas. La cuarta vez descolgó el receptor, pero por lo visto la línea estaba descompuesta, porque resultaba casi imposible entenderse.

 

FIN

 

Relato por Paya Frank @ Blogger

28 de febrero de 2025

EL ÁNGEL NEGRO {Relatos}

 



 

John Flanders

 

La madre del pequeño Dick había muerto. En cuanto a su padre, debía vagar por algún mar de los antípodas; hacía años que no se había oído hablar de él. La familia se preocupaba muy poco de aquel niño rubio que apenas tenía siete años.

-¡Al orfelinato! -decidió el tío Patridge.

Bridge, la nodriza que había cuidado a Dick desde la cuna, lloró aquella decisión con casi todas las lágrimas de su cuerpo.

-Dime, Bridge -preguntó Dick, la víspera de la penosa separación-. ¿Es verdad todo lo que me has contado acerca del Ángel Negro?

Bridge inclinó afirmativamente la cabeza con aire grave. Se trataba de una leyenda irlandesa muy antigua, en la cual creían todos, en su país. Y, siendo así, ¿por qué no tenía que ser cierta?

-Entonces -se obstinó Dick-, cuando los niños son perseguidos por los gigantes, las brujas y los malos espíritus, e invocan al Ángel Negro, ¿responde éste de veras a su llamada?

-Desde luego -respondió Bridge-. Siempre acude en ayuda de los niños que están en peligro.

-¡Oh! -exclamó Dick-. ¡Qué contento estoy! Ahora ya no tengo miedo de ir al orfelinato.

La anciana nodriza alzó su delantal para que el niño no viera sus ojos.

* * *

El orfelinato de M. Bry parecía más una prisión para jóvenes delincuentes que una institución de beneficencia, donde debía conseguirse que los pequeños abandonados por los suyos olvidaran su tristeza.

La comida era mala y escasa, el trabajo pesado y los castigos sumamente duros.

M. Bry era un hombre corpulento de ojos negros y saltones. Su avaricia sólo era superada por su crueldad. Los niños que eran confiados a sus «cuidados paternales» tenían que deshacer cuerdas viejas, pegar papel, confeccionar suelas de zapatillas, exactamente igual que si estuvieran condenados a trabajos forzados.

Aquello significaba para M. Bry un buen dinero, que guardaba en un pesado cofrecillo de hierro, en su habitación, y que contaba y volvía a contar con un morboso placer.

Un día entró subrepticiamente, como un ladrón, en el taller donde se afanaban los pobres huérfanos; y sus ojos sombríos cayeron sobre el joven Dick que, por desgracia, se estaba tomando un pequeño descanso.

-¡Número 51, no haces nada! -gritó, furioso.

-No, señor -respondió ingenuamente el niño-. Estaba contemplando un ratón.

-Un ratón, ¿eh? -aulló M. Bry-. ¿Y ese bicho asqueroso te impide trabajar?

-Es un animalito encantador -aseguró Dick-, y a mí me gusta mucho.

-¡Pues a mí, no! -rugió el director-. ¡Y todavía me gustan menos los gandules!

Agarró al niño por los cabellos y tiró violentamente. -¡Diez latigazos y seis días en el sótano, a pan y agua! Esa fue la sentencia.

* * *

Los sótanos hormigueaban de ratones, a los cuales Dick echaba migas de pan, lo cual les convertía en unos dóciles animalitos.

Lástima que las heridas de su espalda empezaran a infestarse y a hacerle sufrir horrores.

La segunda noche que pasó en aquel horrible sótano, la fiebre provocó en su cerebro toda clase de visiones. Vio a su madre que regresaba de la tienda de la esquina con muchas golosinas. Vio a Bridge…

¡Bridge! ¡Ah, qué tonto había sido al no llamar en su ayuda al Ángel Negro! Pero ahora iba a hacerlo. ¡Sí, inmediatamente!

-Querido Ángel Negro, la espalda me duele mucho, y me siento muy desgraciado…

No tuvo que decir nada más. Oyó rechinar una puerta. Una flecha de luz blanca atravesó las tinieblas. El Ángel Negro se encontraba delante de él.

* * *

Desde luego, era una aparición impresionante. El ser sobrenatural llevaba un traje muy ajustado y un antifaz de terciopelo negro, cuyos agujeros filtraban una terrible mirada de tigre.

Sin embargo, el niño no experimentó el menor temor.

Inmediatamente empezó a contárselo todo. Le habló de su difunta madre, de su querida Bridge, de los malos tratos que le infligía M. Bry y, finalmente, de su esperanza de ver intervenir al Ángel Negro.

-Muy bien, pequeño, estoy aquí para ayudarte. ¡Condúceme a la habitación de Bry!

La voz le pareció muy seca para ser la de un ángel, pero Dick no vaciló un solo instante y tendió su manita hacia la enguantada mano del misterioso personaje.

* * *

Aquella noche, M. Bry se había obsequiado a sí mismo con un enorme filete y una ensalada de langosta, rociados generosamente con un vino de muchos grados. Por eso creyó ser víctima de una pesadilla cuando una mano ruda le sacudió para despertarle y una voz terrible le ordenó que abriera su pesado cofre.

-¡De prisa, canalla! -rugió el desconocido.

M. Bry comprendió entonces que no se trataba de un sueño.

Obedeció y, ahogando un sollozo, vio desaparecer su amado tesoro en una gran cartera de mano.

El Ángel Negro se disponía a marcharse cuando su mirada cayó sobre el pequeño Dick que había observado la escena con un aire asombrado, pero al mismo tiempo satisfecho.

El extraño individuo se inclinó sobre Bry y gruñó:

-¡Esto es por los latigazos, granuja!

M. Bry recibió un solo puñetazo en la cabeza, pero el golpe bastó para deshacerle los sesos.

-Hijo mío -dijo entonces el ser misterioso-, no tienes que decir absolutamente nada de lo que has visto, ¿entendido?

-Desde luego, no diré nada -prometió Dick-. Pero, querido Ángel Negro, ¿querrá usted besar de todo corazón a mi mamá, cuando vuelva al cielo?

Se produjo un largo silencio. Luego, súbitamente, Dick se sintió levantado por un brazo poderoso. Recibió un beso en cada mejilla y notó que algo tibio caía sobre su frente.

-¿Por qué llora usted, querido Ángel Negro? -preguntó.

Pero el Ángel Negro había desaparecido ya, y el pequeño volvió a encontrarse en el sótano, donde varios ratones jugueteaban en medio de un rayo de luna, lo cual le divirtió mucho.

* * *

Llegó un nuevo director, el cual se mostró muy cariñoso con los niños, pero también se presentaron unos hombres de aspecto severo, que formularon a los huérfanos toda clase de preguntas a propósito del difunto M. Bry.

Pero el pequeño Dick cumplió su promesa y no traicionó a su querido Ángel Negro.

 

FIN

 

Relatos por Paya Frank @ Blogger

25 de febrero de 2025

El campo inerte {Relato de Paya Frank}

 




Frente a mí, el campo inerte se extendía hasta donde alcanzaba la vista y más allá, sin nunca encontrar un final, pues ahora todo era así, desolado. No pensaba encontrar algo más en varios kilómetros a la redonda, ni yerba ni hojas ni el atisbo de vida. Si acaso veía una cucaracha me sentiría dichoso, tendría algo que comer. Moría de hambre. En mi cantimplora llevaba la mezcla que mi abuelo me había enseñado a fabricar, de sabor espeso, amargo. Cuando la empecé a tomar me parecía vomitiva, pero hidrataba como ningún otro líquido, los cuales de por sí eran escasos. Cuando no puedes encontrar agua en cientos o miles de millas, y el mundo entero es así, debes aprovechar lo que tienes al máximo. Por desgracia, mi abuelo nunca llegó a ver en qué resultaría su invento ni las condiciones en las que se usaría: murió cuando todo esto apenas se estaba cultivando. Nunca vio el final. 

La tierra crujía a cada uno de mis pasos, con un sonido seco, desagradable, a veces débil. Debía tener cuidado: había puntos en que el piso podía hundirse, dejándome atrapado. La tierra se había convertido en un lugar peligroso. Tenía prisa por encontrar algún refugio. Una nube química se veía a lo lejos. Aún así, constante tras de mis pasos. No tardaría mucho antes de estar sobre mí. Era importante calcular cuánto tiempo podría mantenerme corriendo, pues reservar mi energía era imprescindible, ya que la comida era en extremo escasa, ya no sólo el líquido. Los relámpagos se veían a lo lejos, amenazantes. Era probable que los restos de algún combustible se hubiesen regado, así la tormenta provocaría incendios que no terminarían. De haber algo vivo en estas tierras, ya no lo habría al terminar, incluyéndome si acaso no encontraba dónde ocultarme. Me preguntaba si en algún momento encontraría un lugar dónde pudiera quitarme la máscara de gas: comenzaba a cansarme de traerla apretándome el rostro a cada momento. 

Tras un rato de caminata, con la amenaza casi sobre mí, pude encontrar un refugio: se trataba de una construcción en ruinas, que conservaba casi intacto uno de sus cuartos del ala oeste. Noté la clase de edificio que se hallaba frente a mí, ya que al final, cuando todo sobrevino, hubo quienes trataron de protegerse de la catástrofe: búnkeres, paredes recubiertas de plomo, acero y concreto sólido, almacenes con comida, medicamentos y vacunas, cuartos herméticos, entre otros tantos medios de defensa. Este, en particular, era un cuarto recubierto por materiales protectores: lo justo para estar a salvo. Me apuré en resguardarme, la nube no estaba demasiado lejos. Entré, cerré la puerta tras de mí y encendí mi linterna. No temía que hubiera algo o alguien peligroso adentro, ya nada seguía con vida. Me pregunté si acaso era el último humano en la Tierra. Quizás en lugares lejanos, en otros continentes, o inclusive en este mismo, podía haber alguien en una situación como la mía, incluso un grupo, aun si la posibilidad era mínima. Después de todo, el hecho de que me mantuviera con vida resultaba casi imposible. 

Había pensado vivir en las montañas, pero encontrar comida no parecía factible; de por sí donde me movía apenas podía llegar a encontrar restos enlatados o en frascos que, de alguna forma, no habían sido invadidos por hongos o bacterias. Además, podía hallar materiales para producir la mezcla del abuelo, o incluso insectos, una comida bastante sustanciosa. Por suerte, pareciera que, en alguna parte, alguna presencia parecía haberme escuchado, y frente a mí se movía una pequeña criatura peluda de cuatro patas y una pequeña cola: era el primer mamífero que veía en años, uno asociado con las plagas, uno que probablemente hubiese tenido un papel en la extinción humana. Fuera de los insectos, se trataba de la primera forma de vida que veía. Quizás era el último ejemplar de su especie, o inclusive de todo su género. Vi con atención al curioso roedor, triste, famélico, buscando algún bicho o cualquier cosa de la cual alimentarse, casi me recordaba a mí en esa situación. Pensé por un momento que ella y yo éramos los últimos mamíferos en la Tierra. No tenía la certeza, pero era muy probable. Su final me parecía una lástima. No, más bien una verdadera desgracia: si yo no sobrevivía, entonces los mamíferos habríamos dejado de existir. Era casi seguro. 

No dejó mi mente ese espantoso final. Por más que me doliera, no pude permitir a la rata escapar. Tardé muy poco en atravesarla con mi cuchillo, para después cocinarla. Creo que fue lo más magro y rico que había comido en mucho tiempo. De verdad me esforcé mucho para darle un buen sabor y valió la pena: de verdad la disfruté. 

Era triste ese final para el último espécimen de una especie. No obstante, sirvió para mantenerme con vida, aunque era probable que mi final sería aun peor, aun más trágico. Conmigo se habría acabado un género entero de los vertebrados. El término de otra especie, la que había dominado el planeta; un éxito en cuanto a ambición, un fracaso biológico, pues el tiempo de vida del ser humano en el planeta había sido en extremo corto en comparación con el de otras especies. No conforme, destruimos a varias especies mucho más exitosas que la nuestra, siendo víctimas y partícipes de nuestros actos aberrantes. Creo que hasta el final actué como un humano. 

Salí en cuanto terminó la tormenta, satisfecho y triste, con la máscara de gas ajustada, todavía pensando en la rata. Me preguntaba si en alguna parte quedaba algo más de nosotros con vida, sabiendo en el fondo que no era así. 

 

FIN 

@ 2025 Relato de Paya Frank

 Conclusión

En un mundo desolado, un hombre lucha por sobrevivir mientras busca refugio y comida en un paisaje árido y peligroso.

  • Un paisaje desolado: El protagonista camina por un campo inerte y sin vida, donde la comida y el agua son extremadamente escasas. Lleva una mezcla hidratante creada por su abuelo para sobrevivir.
  • El peligro de la tierra: La tierra cruje bajo sus pies y puede hundirse, atrapándolo. Además, una nube química y relámpagos amenazantes se acercan, forzándolo a buscar refugio rápidamente.
  • Encuentra un refugio: Encuentra un refugio en ruinas, protegido por materiales que lo mantienen a salvo. Se pregunta si es el último humano en la Tierra mientras se resguarda de la tormenta.
  • Supervivencia: El hombre encuentra una rata, el primer mamífero que ve en años, y la mata para comerla. Reflexiona sobre la extinción de los mamíferos y su propia supervivencia

4 de febrero de 2025

En la Nada .- Relato de Paya Frank



                                         





Me desperté con un sabor dulzón y borracho en la garganta. Vi las luces hirientes de las lámparas del quirófano y no pude parpadear. Ví también las cabezas encapuchadas de los cirujanos, cubiertas con máscaras verdes, inclinadas sobre mi cuerpo. Escuché el choque metálico del instrumental recogido por manos enguantadas de las mesillas. Sobre mi rostro, la presión de la mascarilla de la anestesia. Pero yo no estaba anestesiado: veía, oía, sentía; lo sentía todo, menos el dolor del bisturí rasgando mi carne o el pellizco de las pinzas. No había dolor. Y el sabor dulzón en mi garganta resultaba agradable…


De pronto, sentí unos dedos que bajaban mi párpado izquierdo y unos ojos que se acercaban a los míos. Cuando esos ojos se apartaron, vi al cirujano incorporarse con la frente bañada en sudor. Se volvía ansioso hacia alguien que estaba detrás de mí y sus ojos preguntaban. Y una voz surgió lenta a espaldas mías, una voz apagada por la máscara verde:

-Ha muerto… 

El cirujano bajó la cabeza un momento. Luego se apartó de la mesa de operaciones, indicando sordamente: 

-Cósanlo. 

Sentí unos tirones indoloros en mi cuerpo. Traté de moverme, de mirar hacia algún sitio, de decir algo. Pero no podía. Mis ojos estaban fijos en la lámpara y no podía trasladarlos de un lado a otro para ver todo cuanto me rodeaba. 

Luego, el rostro enmascarado de una monja con gafas se inclinó sobre mí. Se quitó la máscara y vi que sus labios se estaban moviendo. Su mano se posó suavemente sobre mis párpados y me los cerró. Habría querido gritarle que no cerrase mis ojos, que quería ver, pero era inútil. Por más que me esforzaba, ningún sonido pudo salir de mi garganta, llena únicamente de aquel sabor dulzón y borracho. 

Con los párpados cerrados, con mi mundo reducido ahora a las demás sensaciones, los rumores confusos de las voces en torno mío, pensé que debería sentirme aterrado. ¡Aquella gente me estaba dando por muerto! Y, sin embargo, me limitaba a recoger sensaciones y mis pensamientos tomaban objetivamente aquel hecho que, en cualquier otra circunstancia -es decir, en el caso en que yo hubiera estado efectivamente vivo- me habrían vuelto loco. 

Supe que me sacaban de la mesa de operaciones y que me trasladaban, en una camilla rodante, hasta un cuarto que debía de ser grande y frío. El frío lo sentí sobre mi piel; la sensación de grande me llegó a través de las voces de los dos hombres que me dejaron sobre la mesa de mármol, voces que resonaban como en una bóveda. 

No sé cuánto tiempo estuve allí. Sentía frío y mi piel parecía reacia a erizarse. Comencé a tener una conciencia más clara de mi propia situación extraña. Si aquello era efectivamente la muerte, tendría que sentir también, poco a poco, los efectos de la descomposición, hasta que ésta alcanzase mi cerebro y, entonces… todo habría terminado. O bien, en aquel instante, escaparía de mi cuerpo y volaría hacia el lugar donde descansan las almas. En cualquier caso, ahora yo vivía dentro de mi cuerpo muerto, como prisionero de él, sin poder hacer el menor movimiento, encerrado en un molde de carne y de huesos y nervios y vísceras muertas. Dentro de mí -dentro de mi cuerpo inmovilizado, habría tenido que decir- sólo aquel sabor dulzón goteando lentamente en mi garganta tenía gusto a vida caliente. Y era precisamente ese sabor el que me impedía caer presa del pánico, un pánico que, por otra parte, no habría podido hacer nada por evitar. Pero el goteo lento y caliente -¿caliente, por qué?- me confería como una remota esperanza de que no todo hubiera muerto dentro de mí. 

Pasó un tiempo imposible de medir. Se abrieron nuevamente las puertas de aquella habitación tan grande con una resonancia que resbaló por las paredes. Cuatro manos me sujetaron fuertemente por los tobillos y los sobacos. Me depositaron sobre otra camilla, me sacaron de allí y me metieron en un vehículo. El vehículo -debía de ser una ambulancia- recorrió una buena parte de la ciudad. Oía los timbres y los semáforos, los silbatos agudos de los guardias de tráfico, frenazos de otros vehículos y motores que se unían constantemente al del coche que me conducía. Luego se detuvo. Se abrieron las puertas traseras y me llegaron voces confusas de gente que se había aglomerado allí cerca, para verme. Alguien cubrió mi rostro con un paño. Oí mi nombre y me di cuenta de que todos, más o menos, sabían que yo estaba muerto. Sobre unas parihuelas me entraron en la casa. Entonces comenzaron los llantos. Oí el llanto silencioso de mi mujer y los sollozos histéricos de mis hermanas, que parecían querer dejar bien sentado que sentían mi muerte. Oí voces confusas en torno a mí, voces pronunciadas en tono muy bajo, como si temieran despertarme. Voces que me resultaban familiares. En manos de camilleros, me llevaron a través de la casa -y yo habría podido reconocer cada rincón y cada tabique- y se detuvieron en un lugar, cuando la voz de mi mujer dijo: 

-Aquí, por favor… 

Me echaron suavemente sobre la cama, sobre mi cama. La sentí blanda y fría. Oí los pasos de los camilleros, que se alejaban. Y mi mujer -creo- se arrodilló a mi lado y lloró, 

solos los dos. Pensé que debía de haber llevado a los niños a la casa de mis hermanos, para que no me vieran muerto. 

Durante mucho tiempo, pasó gente cerca de mi lecho. Alguien -mi mujer, seguramente- me había cruzado las manos sobre el pecho y me había descubierto el rostro. Reconocí a los que pasaban frente a mí y se detenían un instante. Les reconocí por las voces, por su modo peculiar de sorberse los mocos, por sus pasos- los pasos de Enrique, mi compañero de mesa en la oficina, el cojo; los pasos lentos e importantes de mi jefe; los pasitos menudos de mi tía Catalina, acompañados por el tac-tac de su bastón de puño de plata. 

Sus voces, siempre bajas, hablaron de lo mismo que yo había hablado otras veces, cuando tuve que asistir como espectador a espectáculos como este en el que yo era ahora el protagonista pasivo: de lo inesperado de mi muerte, de cómo ya habría dejado de sufrir, de mis pobres hijos… Y, cada vez que oía algo así, alguna bestialidad como las que yo mismo me había visto obligado a pronunciar en tales circunstancias, me acometía el odio, un odio espantoso por todos ellos. Y me venía a la garganta, más fuerte y más caliente, el sabor aquel. Y sabía ya cual era ese sabor: sabor a sangre caliente, como si estuviera bebiendo la de toda aquella gente hipócrita que me rodeaba y que, de un modo u otro, se habrían de beneficiar con mi muerte. 

Al cabo del tiempo, hubo ruido de maderas depositadas en el suelo, más allá de mi cuarto, golpes de latón y golpear de clavos contra la pared. Manos familiares me sacaron de la cama y me trasladaron hasta el féretro, sentí su fondo almohadillado y frío y, a través de los párpados, la luz de las velas que habían colocado en torno a mí. Oí rezos en voces que no conocía, rezos monótonos que se prolongaron durante horas, entremezclados esporádicamente con los pasos y las voces apagadas de algún otro visitante que habría venido a verme muerto también. Un rosario tras otro, las monjas -tenían que ser monjas, el murmullo de su rezo era inconfundible para mí- y las mujeres de la casa desgranaron el monótono rezo y habrían llegado a producirme sueño -¿sueño, estando ya muerto?- si no hubiera sido por el extraño descubrimiento que hice. De pronto, en medio de uno de aquellos golpes de sangre que se venían a mi garganta, me di cuenta de que podía mover los párpados. Y me di cuenta también, incluso con extrañeza, de que no deseaba que los demás se dieran cuenta de que podía hacerlo. Tal vez otro habría abierto los ojos y habría llamado la atención sobre el hecho de que estaba vivo, no lo sé, porque nunca he estado en el cuerpo de otro. Pero yo no quise. Preferí esperar, tratando de mantener la inmovilidad total de la única parte de mi cuerpo que sentía que podía dominar. Aislado de todo lo demás precisamente por aquel murmullo monótono de rezos incesantes, tuve tiempo de preguntarme por qué quería permanecer así. Podía tratarse de un estado cataléptico producido en mitad de la operación. Pero yo lo único que sentía era un deseo fuerte e inconsciente de permanecer inmóvil, de que nadie se diera cuenta de que estaba vivo. Un deseo que iba más allá de mi razón y que únicamente se explicaba por el agradable y caliente sabor de la sangre que venía a borbotones de vez en vez a mi garganta reseca y que penetraba en mi cuerpo sin que mi garganta hiciera el menor esfuerzo por tragarla. Y digo se explicaba y me doy cuenta de que esa explicación no era más que una excusa: porque el placer de aquel sabor caliente y borracho era ya suficiente para mí y justificaba mi inmovilismo absoluto y el peligro -¿peligro?- de ser enterrado vivo. 

Pasé la noche en este estado. Supongo que sería la noche. Al menos, a través de los párpados cerrados, no llegaba otra luz que la de los cirios. Oí pasos una y otra vez, conversaciones que llegaban de lejos, de un cuarto vecino, probablemente de los que me estaban velando. Conversaciones en las que, a retazos, adivinaba más que oía muchos temas distintos: la carestía de la vida, la historia privada de alguien que no podía estar escuchando, los planes para el próximo veraneo. Y, en medio de aquel murmullo inconexo, los ronquidos suaves de alguien que, cerca de mí, se había dormido profundamente. Perdí la noción del tiempo, alterado extrañamente desde que abrí los ojos en medio de la operación. O tal vez se trataba de una contracción de ese tiempo, porque me pareció que la noche se acortaba y, una vez seguro de que nadie se encontraba cerca de mí, abrí los ojos y casi me sentí herido por el resplandor del día que se filtraba a través de la ventana del cuarto vecino, lleno de gente sentada a lo largo de las paredes, como sombras oscuras. 

Luego, los acontecimientos se precipitaron. Al menos, se multiplicaron de tal forma que formaron una sucesión indeterminada y rápida, de cuyo paso apenas puedo darme exacta cuenta. En la memoria atrofiada por la oscuridad y el inmovilismo que me había obligado a mantener, se mezclaron los pasos de la gente, los responsos de un cura, los llantos de mi familia, la llegada de los empleados de la funeraria, que taparon mi féretro y lo levantaron conmigo dentro, lo bajaron por las escaleras y me depositaron en el furgón. Sentí que el furgón se ponía en marcha lentamente, atisbé lejanísimos los cánticos finales de los sacerdotes y, luego de una parada que se me hizo excepcionalmente larga, la aceleración de la marcha, hasta llegar -supuse- al cementerio. Allí me depositaron en alguna parte y otra vez abrieron el féretro. La luz me entró casi dolorosa en los ojos, a través de los párpados. Me mantuve inmóvil, con un único deseo: que mi garganta reseca recibiera nuevamente algunas gotas de sangre, de aquella sangre caliente que desde hacía tanto tiempo no sentía. 

Ahora, por fin, soy libre. Hace horas que depositaron el féretro en el panteón familiar que adquirió mi padre, hace muchos años, en el cementerio local. Ahora sé que puedo mover mi cuerpo y que mis miembros responden a los reflejos cerebrales. Sé también que puedo salir de aquí. Y que saldré en cuanto llegue la noche. Hace horas que no siento el sabor de sangre en mi boca. Y la necesito. Temo que la seguiré necesitando siempre, mientras viva esta existencia extraña de muerto vivo. 

Sé que la tapa del féretro es fácil de abrir desde dentro. Nadie me lo ha dicho, pero lo sé. Sé también que hay un lugar por donde se pueden saltar fácilmente las tapias del cementerio, el mismo lugar por donde regresaré a mi tumba cada amanecer. Ahora voy a comenzar una nueva vida. 

 

FIN 

Relato de Paya Frank @ Blogger