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12 de mayo de 2026

LA ISLA DE LOS CONEJOS

 



 

Construyó una piragua y quiso probarla en el Guadalquivir. No le interesaba el deporte. Tampoco había hecho la piragua para usarla a menudo; sabía que, en cuanto explorara las isletas, la dejaría en el trastero o la vendería. Él se definía como inventor, aunque a las cosas que fabricaba no se les podía llamar inventos. Sin embargo, había empezado a calificar como tales todo lo que pergeñaba, pues no usaba manual de instrucciones. Su método era descubrir por sí mismo lo necesario para elaborar lo que ya estaba hecho. El proceso le llevaba meses y lo consideraba su verdadera vocación. Inventaba lo que estaba inventado. Conseguía con ello un placer parecido al de los senderistas que los domingos van al monte y alcanzan una cumbre, y se preguntaba por qué la realización personal era algo tan extraño. Por las mañanas, el falso inventor trabajaba como maestro en una escuela de artes y oficios sin sentirse realizado, a pesar de que sus enseñanzas resultaban útiles para sus alumnos.

Desde niño había deseado ir a las lenguas de tierra que penetran en el mar, o a las islas que nadie habita. En una ocasión, cuando tenía dieciocho años, sus padres le invitaron a Tabarca con la promesa de que era una isla desierta. Él creyó que iban a pisar mero matorral, pero se encontró con siete calles de casas humildes, una muralla, una iglesia, un faro, dos hoteles y un pequeño puerto. Probablemente sus padres exagerasen con que no había nada en Tabarca para convencerle de que se fuera con ellos de vacaciones -no les gustaba que se quedara solo en casa-; no obstante, tal vez nunca hubiesen entendido a qué se refería cuando hablaba de lugares deshabitados.

Era difícil contar las mejanas de la parte del Guadalquivir que bordeaba la ciudad. Algunas se confundían con pequeñas penínsulas. Una mañana de septiembre caminó hasta el muelle con su embarcación y se echó al agua. Estuvo varios días tomándole el pulso a la nave, y tras dominarla, comenzó a explorar el río. Llevaba semanas sin llover. El caudal iba escaso, tranquilo, apestoso. Recorrió el perímetro de las islas con una mezcla de desasosiego y estupor, sin ser capaz de arrimar la piragua a la orilla. Dudaba de sus habilidades para maniobrar con rapidez, temía que la tierra no fuera firme en las márgenes, resbalar y que la piragua se le escapara. Además, le espantaba regresar a nado, apretando los labios para no tragar miasmas, y viendo tanta naturaleza junta, la vegetación abigarrada y vibrante de insectos, la capa de excrementos de pájaro, el lodo. Lo que había creído bello no eran más que árboles torcidos por el peso de las aves, o quizás por alguna enfermedad, así como colonias de bichos y arbustos comidos por la inmundicia.

Al quinto día de deambular con la piragua, decidió recorrer la curva del Guadalquivir. Remar hacia el sur le permitía no perder de vista las lomas suaves de la campiña. Por allí las islas eran diminutas, más ásperas, y estaban muy juntas, como un sarpullido. Las rodeó trabajosamente; en la última se encontró el cadáver de un hombre flotando entre los juncos. El muerto yacía boca abajo, en calzoncillos; la piel de su espalda se levantaba formando ampollas del tamaño de una mano. No supo si las ampollas se debían al sol, que todavía achicharraba en septiembre, o a que el cuerpo estaba tan lleno de líquido que se había deformado. El río hedía. Llamó a protección civil y los agentes llegaron en una dingui con la que era imposible abrirse paso entre los juncos. En la dingui portaban una canoa; mientras un policía gordo se montaba en ella, él se acercó a la lancha y pidió permiso para irse. No quería presenciar cómo arrastraban al fiambre. Le amilanaba que se diera la vuelta y descubrir unas entrañas en carne viva, devoradas por los peces.

El episodio del muerto le mantuvo varias jornadas alejado del río. Luego volvió a dar su paseo vespertino alrededor de las islas, y un día, después de haberse atrevido a pisar la más cercana al muelle, decidió habitarla. Se dijo a sí mismo que estaba harto de vivir en la urbe, y también que le excitaba hacer lo que nadie hacía. Aquéllas no eran más que dos ideas peregrinas con las que a veces recorría las calles de su ciudad, que se le antojaba demasiado obsesiva, una espiral que le abducía hacia el centro. En verdad, no podía dar ningún motivo que explicara su decisión de ocupar aquel pedazo de tierra estrecho y nauseabundo, que le haría sentirse aún peor que en la ciudad.

Aunque se tratara de la isla más próxima a la ribera, la espesura impedía ver su interior. Limpió de matorral el centro, taló árboles cuyos troncos eran tan delgados que parecían cuerdas. ¿Cómo esa madera enclenque sostenía una copa de un verdor pletórico? Decidió montar una tienda de campaña roja en vez de verde militar. La tienda se aislaba bien, pero él no esquivaba el pánico a despertarse cubierto de insectos. Pensaba que, durmiendo en alto, se resguardaría de las larvas que pululaban por el suelo ciegas, ofuscadas en la profanación de la tierra, y que parecían intuir a sus depredadores. Las aves las atrapaban con facilidad: metían el pico bajo la arena y hurgaban. Constituían una fuente de comida inagotable; sin embargo, los pájaros no se alimentaban siempre de ellas. Quizás no resultasen lo suficientemente alimenticias por estar hechas sólo de agua, y había que buscar insectos más sofisticados y nutritivos. Una tarde examinó una. La puso en su mano, donde el animalito danzó sobre sí mismo. Al apretarle un poco con el índice, estalló como un globo diminuto.

No dormía en la isleta todas las noches; eso le habría vuelto loco. Le bastaba con amanecer allí un par de veces a la semana. Cuando pernoctaba en esa mancha del Guadalquivir, escuchaba un zumbido durante la madrugada. Salvo si las lechuzas atacaban, los pájaros permanecían callados, y sólo se oía el aleteo de los que eran expulsados de algún álamo. Estaban muy apretados; al ahuecar la cabeza bajo el ala y ensanchar el buche, los que ocupaban los extremos de las ramas se caían. El zumbido que le torturaba no se debía a estos estertores del sueño, sino a la chillería de las aves en el ocaso al buscar sitio en los árboles, tan brutal que imposibilitaba hacer un cálculo aproximado de cuántas acudían a aquel mísero terruño. Le parecía que eran miles. Piaban de tal modo durante una hora que el sonido se le quedaba dentro, y ni enchufándose los cascos con el volumen al máximo lo mitigaba; incluso salía de la tienda para ahuyentarlas a voces, pero la jauría no reparaba en su presencia. Era como un trozo de alga en mitad del océano; las aves quizás lo confundían con un pájaro ridículo. Acababa con la garganta dolorida de gritar, y no quería confesarse a sí mismo que algo en él se liberaba mientras vociferaba haciendo muecas grotescas. A menudo perdía la noción del tiempo y seguía aullando en plena noche, cuando los pájaros estaban ya callados; entonces los escasos paseantes de la ribera miraban hacia la isla creyendo que los alaridos eran de algún animal.

Los pájaros iban a la mejana a dormir, a criar, a morir. Todo estaba lleno de nidos y de cagarrutas, y cuando el falso inventor volvía a su casa, no conseguía deshacerse del olor a excremento, ni siquiera duchándose. Por lo visto, aquellas aves blancas eran una plaga. Se lo había dicho un viejo que pescaba en el embarcadero. Le preguntó al viejo por el nombre de los animales, pero éste no supo indicárselo. Estuvo buscando información en internet y no encontró nada. Ojeó una guía de la fauna del Guadalquivir; los pájaros de su isla no coincidían con ninguna de las garcillas descritas. No investigó más; al fin y al cabo, hallar a qué especie pertenecían no modificaba su decisión de convertirse, durante un par de veces a la semana, en un ser que bramaba contra unas criaturas que le ignoraban, que se dormían a pesar de que les lanzaba furiosas piedras. Ni se dignaban mirarle cuando la cólera le hacía agitar los troncos enclenques de los árboles. Las copas se movían de un lado a otro, y a veces este movimiento se tornaba violento; el vaivén de ramas trasmitía la impresión de que unos fornidos costaleros llevaban la isla a hombros.

Con el paso de las semanas, el falso inventor se convenció de que su ocupación era un acto de justicia. ¿Por qué tenía que pedir permiso para habitar un sitio vacío? Estimaba incomprensible que el resto de las isletas siguieran vírgenes, pero eso no era lo que le parecía peor; lo intolerable era la falta de curiosidad de los habitantes de una capital donde vivían más de trescientas mil personas. ¿Entre tanta gente sólo él se molestaba en visitar lo que había delante de sus narices?

Empezó a dejar dinero en la tienda de campaña para ver si alguien lo robaba. Si bien los piragüistas que remaban por el Guadalquivir no tenían por qué ser unos ladrones, debía de haber maleantes al acecho, algún vagabundo hambriento que sin duda birlaría su generoso billete. Comprobó a diario si los cincuenta euros seguían allí. Y así era. Nadie cogía nunca ese dinero. Nadie ponía un pie en su isla.

Cuando no inventaba lo que ya estaba inventado, el falso inventor hacía instalaciones a las que no llamaba arte. Por ejemplo, les había quitado la piel de tela a diez perros de juguete que ladraban mientras movían las patitas delanteras y encendían sus ojos. Luego había colocado la piel sobre las patitas y metido a los perros en una jaula para conejos. Urdió un mecanismo para accionar a los perros con un mando a distancia. Cuando sus amigos iban a su casa, él le daba al botón del mando. Diez perros de juguete despellejados ladraban mientras movían sus patitas hacia atrás sobre su propia piel, encendiendo unos ojos amarillos.

Sus amigos le sugerían vender aquella instalación a alguna campaña para la protección de animales y él se encogía de hombros. ¿No habrían explotado ya otros su idea? En el fondo, pensaba que, si se le había ocurrido a él, era porque la había visto en algún sitio, aunque no se acordara. Por eso se negaba a que alguien considerase arte sus instalaciones. Le aterrorizaba exponer y que se comentara en voz alta que sus obras no eran más que una copia. No sabía por qué le temía a esa crítica, si al fin y al cabo no creía en la novedad y argumentaba largo y tendido al respecto, aun cuando no fuese capaz de recordar de dónde procedían sus apropiaciones. Además de la jaula llena de perros de juguete, eran suyos un circo de pulgas mecánicas en el interior de una alacena, una sandwichera fabricada con dos planchas de la ropa con la que derretía queso añejo sobre las manos de sus invitados cuando celebraba alguna fiesta, una pila de libros sobre la que se había acumulado el polvo durante más de veinte años -lo que cubría los libros eran ya pelotas de porquería-, y cuya importancia estribaba en que ese polvo contenía células muertas de todos sus familiares, ya fallecidos.

Fue la jaula de conejos donde tenía los perros de juguete lo que le llevó a la ocurrencia de soltar conejos en la isla para ahuyentar a los pájaros. Resolvió no quedarse más noches a dormir. Ya había gritado lo suficiente. Mantendría la tienda de campaña para ir a observar a los conejos y echarse la siesta. El otoño estaba avanzado, habían atrasado la hora; ya no era un despropósito remar a las cuatro de la tarde y recibir la fresca en el río, cuyo caudal seguía tan hediondo como en verano debido a la sequía. Compró veinte conejos, diez machos y diez hembras, que se reproducirían a gran velocidad. En la isla pronto no habría alimentos para ellos. El falso inventor supuso que los nuevos moradores atacarían los nidos que había en el suelo cuando no tuvieran qué comer. Si los pájaros no podían criar en la isleta, se irían a otra.

Los conejos eran muy blancos y de largas pelambreras. Tenían los ojos rojos, le habían costado más caros que si los hubiese comprado grises o marrones, pero estimó necesario que compartieran el mismo color que las aves. Se dijo que poblar con ellos la isla era su forma de seguir habitándola. Acabó por permitirles entrar en la tienda, donde preferían estar, sin duda porque les mantenía a resguardo del sol y porque la tierra no valía para hacer madrigueras. En la tienda se pusieron a parir gazapos sin pelo que parecían ratas.

En cuanto los conejos devoraron los matorrales, los nidos fueron vaciándose de huevos, manjar que parecía gustarles especialmente, pues en más de una ocasión presenció peleas por roer las finas cáscaras azuladas. No se peleaban, sin embargo, por los polluelos, y para el falso inventor estaba claro que comer esa carne recién nacida era algo que hacían a su pesar, con cierta tristeza, como si sus obtusas inteligencias reaccionaran frente a aquella situación cruel. Su actitud, se decía, estaba acorde con la humanidad que representaban, que no era otra que la de él, su dueño. Tal vez por ello le sorprendió que, a pesar de los escrúpulos iniciales, luego no dejaran ni los huesos, como habría hecho cualquier persona. Atacaban con sus incisivos los buches de las criaturas, y un cerco de sangre tiznaba, del mismo color que sus ojos, sus hocicos temblones y los finos pelos de sus bigotes. Cuando habían acabado con la carne, frugal, pasaban largos minutos royendo los esqueletos, haciendo un ruido peculiar, de ramas secas quebrándose. Se comían incluso el pico, y al terminar se acicalaban hasta que el pelaje volvía a lucir blanco.

Mientras el festín tenía lugar, las aves volaban alrededor lanzando angustiosos graznidos. Aguardaban durante horas en el lugar del crimen, como si su prole fuera a aparecer tras una piedra. Al falso inventor le resultaba curioso que no se les ocurriese atacar a los conejos. Sería sencillo para ellas arrancarles los ojos con sus afilados picos, pero aquellas maniobras grupales debían de ser ajenas a sus instintos.

No calculó que los gazapos nacidos allí jamás habrían comido otra cosa que carne y huevos, y que aquella desnaturalización habría de acarrear alguna consecuencia funesta. Durante un tiempo más, las aves fueron lo suficientemente tontas, u osadas, como para seguir anidando en la isla, pero cuando los nidos comenzaron a desaparecer, el falso inventor se dio cuenta de que también lo hacían las camadas de conejos. Una mañana fue testigo de por qué desaparecían: sus congéneres se las comían. Le horrorizó aquel espectáculo y se deshizo de la idea de que esos animales fueran una extensión de su persona. Es más: se le antojaron una plaga, igual que los pájaros, y si siguió yendo a visitarlos, fue porque se sentía culpable de abandonar a aquellas bestias a las que había envilecido.

Un día probó con el pienso. Los conejos se limitaron a olisquearlo, y luego se entregaron a encuentros sexuales que poseían un punto morboso. Habían aprendido a reproducirse para comer, y eso multiplicaba los apareamientos. El falso inventor se dijo que la necesidad aceleraba la gestación. Todos se alimentaban cada vez que una hembra daba a luz; cuando acontecía el silencioso parto, los conejos acechaban a la parturienta como si también cupiera la posibilidad de comérsela a ella. Puesto que ya no demostraban interés por los nidos de las aves, éstas volvieron a anidar.

La tienda de campaña se veía desde la ribera. A él le daba igual. Lo que había en ese pedazo de tierra no era demasiado distinto de los campamentos que los rumanos y los mendigos levantaban bajo los puentes de las circunvalaciones. Mientras no molestaran, nadie les prohibía que durmieran allí. Su isla quedaba lejos del conjunto monumental que se atisbaba desde el otro lado del río. Tenía enfrente el final de la ciudad, donde, además de pisos nuevos y feos, sólo había un centro comercial junto a un estadio que nunca fue importante. Él también era visible cuando estaba en la mejana, y algunos niños le saludaban desde el pretil y le pedían a gritos que les llevara en su piragua. El falso inventor les contestaba moviendo enigmáticamente la cabeza. La atención de los niños le envanecía y le preocupaba al mismo tiempo. No quería que supieran lo que estaba pasando con los conejos, que se adivinaban desde el mirador; eran como pequeñas pelotas blancas chocando unas con otras. Por las noches, si había suficiente luna, el resplandor de sus pelajes se confundía con el de los pájaros, y daba la impresión de que las aves dormían en el suelo.

Los conejos jamás se comían a sus crías fuera de la tienda. Parecían saber que transgredían una ley. Y aunque verlos alimentándose de sus descendientes encogía el alma y los tornaba abyectos, cuando se estaban quietos se hacía evidente que había algo en ellos hipnótico, majestuoso, que se acrecentaba con el paso del tiempo, y que quizás guardaba relación con actuar contra natura. Tal vez habían dejado de ser conejos, pensaba, o de algún modo sabían que estaban protagonizando lo que jamás había pasado de esa manera en su raza. A ratos al falso inventor le atribulaba su desaparición, y entonces se olvidaba de las circunstancias por las que aquellos seres habían acabado zampándose a sus hijos. El acontecimiento relucía como un hecho puro, sin causas; un hecho llamado a inaugurar un nuevo mundo. Todo esto ocurría a la sordina, porque aún no había un lenguaje para una realidad que empezaba a dar sus primeros pasos. El falso inventor se limitaba a seguir yendo a la isleta y a contestar con recelo a las peticiones de los infantes de ser llevados en su piragua. Por las noches, en el caserón heredado de su abuela en el que vivía, soñaba con los padres de estos niños, oía sus voces como si fueran una turbamulta que le aplastaba mientras las habitaciones se llenaban de agua y del color azul de las piscinas. Se decía que aquello era una vulgar obsesión de la que saldría cuando decidiera abandonar a esas criaturas, y sólo por algunas actitudes de su cuerpo, de repente estático junto a sus conejos, era posible concluir que comenzaba a sentirse como uno más entre ellos. Quizás su pelo, súbitamente encanecido, lograría el blanco fabuloso de esos animales ya sagrados, y sus ojos, ensangrentados por pequeños derrames que el oculista atribuía a una persistente conjuntivitis, acabarían sanando cuando enrojecieran por completo.

Un día el falso inventor desmontó la tienda de campaña y dejó de ir a la isla. Los habitantes de los pisos de la ribera se preguntaron qué habría sido de aquel loco dedicado a criar unos conejos que murieron a las pocas semanas de su desaparición, y cuyos cadáveres formaron un bonito manto blanco.

 

FIN

 


4 de mayo de 2026

LOS NAIPES DE MARFIL

 



 

 

Desde la edad de dos años, y hasta que cumplí los doce, vi muy poco a mi madre. Yo era el hijo póstumo de un padre que regentaba un modesto negocio y que dejó a mi madre casi en la miseria; de modo que poco después de quedarse viuda volvió a emplearse en la gran casa donde antes había trabajado en calidad de doncella.

Por fortuna para mí, los comerciantes del ramo de mi padre poseían un Montepío bastante bien organizado, y a su debido tiempo ingresé en una institución que me proporcionaba cama, comida y educación durante diez meses al año. Las vacaciones iba a pasarlas con mi tío, que tenía una panadería en Hounslow; y sólo veía a mi madre en sus ocasionales y breves visitas a la escuela o a la casa de su hermano.

Un año antes de mi duodécimo aniversario, mi madre había ascendido a la categoría de ama de llaves de Sir George Suttwell, en su gran mansión de Hampshire, y tenía muchos criados bajo su mando. Era una de aquellas mujeres fuertes, honradas y capaces, diseñadas especialmente por la naturaleza para ocupar modestas posiciones de confianza. Mi madre inspiraba una especie de miedo a la mayoría de la gente, y creo que los dos únicos seres a los cuales ella temía eran Sir George y su esposa. Le inspiraban un respeto rayano en la reverencia, y adoraba a la familia como si hubiese sido algún siervo feudal nacido y criado en la casa solariega.

Esa actitud hacia sus dueños contribuyó de un modo decisivo a nuestra larga separación. Mi madre temía pedir permiso para tenerme a su lado durante las vacaciones, pensando que yo podía hacer algo que atrajera sobre nuestras cabezas la cólera del Olimpo. De modo que fui creciendo y considerando a mi madre como a una persona querida y extraña al mismo tiempo, una gran dama cuyas periódicas visitas salpicaban la insulsa conversación de mis tíos de alusiones a cacerías, bailes de sociedad y cosas por el estilo que, en lo que a mí se refiere, podían haber tenido lugar en el planeta Marte.

Aunque yo quería a mi madre, como es natural, y siempre esperaba con afán el momento de verla, era bastante feliz con mis tíos cuando no estaba en la escuela. Mi tío, un buen hombre, era una de aquellas naturalezas sencillas que pueden buscar y encontrar compañía en un chiquillo. Poco amigo de salir de casa, su única afición era el fútbol, en calidad de espectador, desde luego; y cuando yo estaba en Hounslow siempre me llevaba con él a los partidos.

Me había enseñado a jugar al descarte y a la brisca, y muchas tardes jugábamos interminables partidas en la trastienda. Mi conocimiento del primero de aquellos juegos me valió más tarde el mejoramiento de mi educación, una modesta fortuna y los medios para establecerme por mi cuenta. Y la historia de aquella partida de descarte que me ganó un lugar en la vida muy por encima de la condición en que había nacido es algo que no reprocharé a ningún hombre que lo ponga en duda.

Acababa de cumplir los doce años cuando llegaron aquellas afortunadas vacaciones de Pascua.

Sir George y Lady Suttwell eran dos personas de cierta edad que raramente permanecían ausentes de su casa de Hampshire más de un fin de semana. Pero aquella primavera habían decidido efectuar algunas reformas necesarias en la casa y estarían fuera una temporada. Mi madre reunió el valor necesario para pedirles que le permitieran tenerme a su lado durante su ausencia. Los Suttwell no pusieron ningún inconveniente. «Ver Suttwell y morir» era una frase que había oído más de una vez de labios de mi madre; puede imaginarse, pues, el estado de excitación en que me sumió la perspectiva de aquel viaje.

Suttwell Court se encuentra en el borde occidental del New Forest, y a cuatro millas por carretera de la estación de Farringhurst. Recuerdo el tren, después de dejar atrás Southampton, llevándome a través de extensiones de bosque bañado por el sol y con el tierno verdor de la primavera. Pero el sol estaba muy bajo en el cielo cuando me apeé en el andén de Farringhurst, y unas nubes plomizas, avanzando por el oeste, tendían una lúgubre cortina sobre el atardecer.

En la estación me esperaba mi madre, la cual me besó y me acompañó hasta un destartalado vehículo que por espacio de una generación había servido de medio de transporte para los equipajes y los criados. Durante la mayor parte del trayecto, la lluvia repiqueteó contra las ventanillas y contra el techo del vehículo, y aquel melancólico final de un día brillante, añadido al hecho de que yo estaba cansado después de mi viaje, probablemente tendieron a deprimirme y a inspirarme los más absurdos presentimientos.

Supe que tenía un extraño e irrazonado temor a la casa cuando me asomé a la ventanilla y la vi por primera vez, mientras la cálida lluvia empapaba mis cabellos. Había imaginado que Suttwell Court era un palacio oriental como los que describen los cuentos de hadas, para descubrir que su aspecto resultaba todavía más lúgubre que el de la institución donde había pasado la mayor parte de mi vida. Entré en la enorme mansión con la misma sensación de espanto que experimenta un chiquillo al entrar por primera vez en una catedral.

Una sopa de salchichas en el gabinete de mi madre contribuyó a mejorar mi estado de ánimo. Un caballero muy amable, llamado Mr. Hewitt, compartió la cena con nosotros. Mi madre me dijo que era el mayordomo; y desde entonces en mi valoración de las categorías sociales los mayordomos se situaron a un nivel equivalente al de los miembros de la Cámara de los Lores. Me pareció que tenía más dignidad, más sentido del humor y más condescendencia hacia un niño de doce años que cualquiera de los profesores del orfelinato.

Mi madre me envió a la cama muy temprano, pero antes de hacerlo me mostró un poco, muy poco, de aquellas partes de la casa que en época normal eran sagradas. Entonces volví a sentirme deprimido y asustado. Todo era alarmantemente grande y macizo; no había ni un solo cuadro que no pareciera veinte veces mayor que un cuadro normal, ni un sillón en el cual no hubiese podido sentarse cómodamente un gigante. Las propias alfombras bajo mis pies eran un fastidio: temía que en cualquier momento me riñeran por andar sobre ellas.

Agradecí el hecho de que mi dormitorio se encontrara al final de un pasillo que parecía el rincón más sencillo de la casa, con esteras de paja en el suelo. En mi cuarto, el piso era de linóleo, y las alfombras, finas y gastadas, me recordaron Hounslow y el cómodo gabinete de tío Fred.

Mi estado de ánimo había mejorado al día siguiente, y la casa me pareció menos impresionante a la luz matinal, cuando, acompañado por mi madre, terminé de recorrerla. Mi madre, sumamente activa, se movía al compás de un perpetuo entrechocar de llaves, y ello me hizo sentir que era una persona muy importante, aumentando el respeto que ya me inspiraba. Una sola mirada le bastaba para escoger la llave que iba a utilizar, sin que se equivocara nunca. Y en cada una de las habitaciones que visitábamos tenía un breve comentario a punto, señalando un mueble raro o un cuadro interesante, o contando algún importante acontecimiento familiar que había tenido aquella estancia por escenario.

Supongo que los cuadros me interesaban más que cualquier otra cosa. Había muchos retratos de antepasados, especialmente en el vestíbulo y en la larga galería del piso alto. El parecido familiar entre aquellos Suttwell era muy notable, y si mi madre no me hubiera informado del parentesco que unía a aquellos personajes, habría pensado que todos los retratos eran del mismo hombre con diferentes vestidos y en épocas distintas de su vida.

En nuestro recorrido por la casa sólo dejamos de visitar una habitación, debido a que era la única de la cual mi madre no tenía la llave. La puerta cerrada se encontraba en el primer piso, en un pasillo que se extendía directamente desde la escalinata principal hasta el ala oeste, y mi curiosidad se despertó cuando mi madre pasó de largo ante ella.

-¿Qué hay ahí dentro? -pregunté.

-No lo sé -respondió secamente mi madre.

-Pero, ¿por qué no tienes la llave?

-La tiene Sir George. Si prefiere guardarla él, por algo será.

Pensé que mi madre estaba disgustada porque no le habían confiado la llave de aquella habitación junto con las demás, y que ése era el motivo de que respondiera a mis preguntas de un modo más brusco que de costumbre.

La misteriosa habitación me impresionó vivamente y mi fantasía se desbordó: alguien había cometido un asesinato allí. El esqueleto de un hombre yacía aún en el centro de la estancia, sobre una gran mancha de sangre seca… Pero cuando le sugerí aquella horrible y deliciosa posibilidad a mi madre, se mostró impaciente y muy desalentadora.

La casa hubiese sido un campo de juego ideal para mí si me hubieran permitido utilizarla como tal, pero estaba limitado a la habitación de mi madre y a la gran cocina, aunque a veces el amable Mr. Hewitt me permitía ayudarle a quitar el polvo de los cristales de su despensa. Fuera de la casa la situación no mejoraba. Los jardines eran todavía más sagrados para las pisadas que la gran alfombra gris del salón principal.

Pero los criados, dentro y fuera, se mostraban muy cariñosos conmigo, y parecían disfrutar malcriándome cuando mi madre no estaba a la vista. Ninguno de ellos idolatraba a la familia como mi madre, y Mr. Sturgess, que era uno de los jardineros y nunca estaba demasiado atareado para hablar, me contó más detalles de la historia de los Suttwell que mi propia madre. Un día me dejó sin aliento al decirme que Sir George era un hombre pobre. Parpadeé, para dar a entender que la cosa no resultaba fácil de creer.

-No me refiero a que a ti y a mí no nos gustara cambiarnos con él, por ejemplo -confesó Mr. Sturgess-. Pero no es un hombre rico de acuerdo con sus propias ideas. Cuando un personaje de su categoría empieza a vender tierras, mal van las cosas. Si el padre de Sir George estuviera vivo, la familia habría perdido la casa hace tiempo.

Y entonces me contó que durante muchas generaciones los cabezas de familia de la mansión habían sido alternativamente tacaños y despilfarradores. Un Suttwell había malgastado su fortuna y dejado un montón de deudas; su hijo había trabajado duramente para restablecer el equilibrio financiero de la casa, sólo para que la generación siguiente volviera a gastar sin medida.

-Sir Hugh, el padre de Sir George, fue el hombre más despilfarrador que pueda imaginarse -me informó Mr. Sturgess.

-Entonces, Sir George es un tacaño, ¿no? -pregunté.

Sturgess sonrió y se rascó la barbilla.

-Bueno, tal vez no sea ése el nombre exacto que puede dársele -dijo-. Pero no le falta mucho para serlo…, no le falta mucho.

Mis cinco primeros días en Suttwell Court transcurrieron agradablemente y con bastante placidez. Me atrevo a decir que mi aburrimiento habría sido completo si los criados no se hubieran mostrado tan predispuestos a alegrar mi estancia en la casa. Además, me gané el respeto de Mr. Hewitt enseñándole a jugar al descarte.

-El mejor juego de naipes para dos personas que se ha inventado nunca -fue su veredicto sobre el descarte.

La cosa ocurrió el sexto día de mi estancia en Suttwell Court.

Mi madre, amante como era de la disciplina, no me permitía permanecer levantado hasta altas horas de la noche. A las nueve y media en punto me besaba, encendía mi vela y me enviaba a la cama. Siempre, al cabo de media hora, la oía entrar en la habitación contigua a la mía.

Los obreros solían trabajar hasta la puesta del sol, pero aquella noche un grupo de ellos había decidido terminar una reparación en la escalera de la parte de atrás, de modo que cuando mi madre me envió a la cama tuve que cruzar el vestíbulo y subir por la escalinata principal.

Era una noche muy oscura, sin luna y sin estrellas, y la casa estaba sumida en una oscuridad casi total. Recuerdo las divertidas y horribles sombras que acompañaron mi paso a través del vestíbulo con mi pequeña vela, y cómo los ojos de los retratos me miraban fijamente a través de la penumbra, tal vez preguntándose con indignación qué derecho tenía yo a estar allí.

A mi alrededor, las sombras se alargaban y se hinchaban a medida que subía la escalinata, y me alegré de llegar al rellano, lejos de las miradas que me acechaban en el vestíbulo.

Había dado media docena de pasos por el pasillo que conducía al ala oeste, cuando me detuve súbitamente. Había llegado a la puerta de aquella misteriosa habitación cerrada y tuve que pararme y contemplarla unos instantes, como un chiquillo que carece del dinero necesario para entrar en un cine contempla el vestíbulo del local. Estaba a punto de reanudar mi camino cuando ocurrió algo que sé perfectamente que es cierto y que, no obstante, todavía me parece increíble.

De pronto, sin el menor ruido que me alarmara, la puerta se abrió. En el umbral apareció un caballero, y detrás de él la habitación estaba iluminada. Retrocedí un paso y miré. Estaba sorprendido, desde luego, pero no eché a correr muerto de miedo, como era de esperar.

El caballero sonreía. Sonreía con la boca y con los ojos, unos ojos que tenían una especie de brillo malicioso que yo había visto en más de una ocasión en algunos hombres aficionados a empinar el codo. Sin embargo, la expresión de su rostro era amable. En conjunto, su aspecto era tan amistoso que disipaba inmediatamente cualquier temor.

-¡Vaya! -exclamó con una voz suave y gutural-. ¡Si es un muchacho! ¡Hola, chico! Acércate…

Di un paso hacia él, sosteniendo mi vela. Iba vestido como uno de los retratos del vestíbulo, lo cual contribuía a aumentar su parecido con uno de los Suttwell. Una peluca, rizada y muy empolvada, ocultaba sus cabellos naturales.

Doy gracias al cielo porque en aquel momento no se me ocurriera pensar lo que ahora sé. El caballero parecía tan sólido y real como cualquier persona de las que hasta entonces había visto. Y los retratos habían puesto en mi mente infantil la idea de que los Suttwell continuaban circulando por el mundo con sus pelucas y sus encajes. El caballero era uno de aquellos semidioses a los que se aludía reverentemente como a «la familia». Me limité a sonreírle tímidamente, preguntándome cómo había conseguido entrar en la casa sin que mi madre, que lo sabía todo, se diera cuenta.

-¿Adónde ibas, muchacho? -me preguntó.

-A acostarme, señor.

-¿A acostarte? ¡Oh! -Tenía una voz petulante y, al mismo tiempo, ligeramente temblorosa-. Vamos, vamos… Ahora que estás aquí, no vas a negarme un rato de compañía… En estos últimos tiempos he estado muy solo.

Su voz se había impregnado de tristeza al pronunciar aquellas últimas palabras y me sentí conmovido. Luego dijo algo en francés que no pude comprender, pero me pareció que se trataba de una invitación para que entrara en la estancia, sobre todo al ver que se apartaba ligeramente a un lado mientras hablaba.

Entré, pues, en el cuarto misterioso. Estaba brillantemente iluminado, pero no recuerdo haber visto ninguna lámpara ni ninguna vela encendida. El apartamento era una especie de salón. Había una mesa en el centro, unos sólidos y antiguos sillones, libros, un escritorio… Y el polvo de siglos cubriéndolo todo con una espesa capa.

-Sí -dijo el caballero-, ahora tengo poca compañía, y no puedo mostrarme demasiado exigente. Los tiempos han cambiado. Confieso que llevo más tiempo del que puedo imaginar muriéndome de ganas de jugar una partida a las cartas. -Me miró, con las cejas enarcadas, como sabiendo de antemano lo ocioso de su pregunta-. Tú no juegas a las cartas, ¿verdad?

-Sí, señor -contesté-. Conozco algunos juegos.

Su sonrisa se ensanchó y luego sacudió la cabeza.

-Algún juego de villanos, sin duda -dijo-. Bueno, bueno, vale más un poco de cerveza que mucha agua… Será un verdadero placer sentir los naipes en mis manos otra vez. Bueno, ¿cuál es tu juego preferido, muchacho?

-Sé jugar al descarte -murmuré.

-¿Al descarte? -Sus ojos parecieron agrandarse a causa de la sorpresa y del placer que experimentaba-. ¡Al descarte! ¡El juego de moda en estos momentos! Oye, ¿quién diablos te ha instruido de ese modo?

Me encogí de hombros, sin saber qué contestar. El caballero, por su parte, no parecía esperar mi respuesta. Me dirigió una reverencia tan irónica y tan divertida que estuve a punto de echarme a reír, en vez de sentirme ofendido.

-Sir -dijo-, me siento profundamente honrado por vuestra compañía, y si jugáis al descarte sois bien venido a mis lares por partida doble. He perdido más guineas al descarte que pelos tengo en la cabeza. Si queréis honrarme con una partida…

Me miraba ansiosamente, como si pensara que podía negarme a jugar con él. No dije nada, limitándome a mirarle con una sonrisa intrigada y nerviosa.

Interpretó mi silencio como un mudo asentimiento, se acercó al escritorio, abrió un cajón y sacó una baraja. Luego dejó caer los naipes sobre la polvorienta mesa.

-¿A cuánto es la puesta? -inquirió, mirándome con sus ojillos burlones-. ¿Lo normal en el club?

Sospeché que se estaba mofando de mí, ya que un caballero como él no podía aceptar nada de un chiquillo. En realidad, yo no tenía nada que perder, pero estaba seguro de que, si ganaba, aquel amable y extravagante caballero no permitiría que me marchara con las manos vacías. De modo que sonreí y dije:

-Desde luego.

La baraja estaba preparada ya para jugar al descarte, es decir, que sólo contenía treinta y dos cartas, empezando por los sietes. Mientras los mezclaba me di cuenta por primera vez de la gran belleza y originalidad de los naipes: eran de marfil, pintados a mano y sometidos a un tratamiento que hacía inalterables los colores. Perdí la mano y acerqué un sillón a la mesa.

-¿Una ronda de tres juegos? -preguntó el caballero.

Asentí y empezó a dar. Mientras repartía las cartas observé que sus maneras habían cambiado. Su rostro había perdido su expresión jovial y estaba ahora terriblemente serio. No resultaba difícil adivinar cuál era uno de sus más arraigados vicios.

Empezamos a jugar. El caballero extendió su pequeño abanico de naipes con dedos temblorosos. Declaró el rey de triunfos y ganó dos puntos de la mano. Se llevó el primer juego por cinco puntos a dos.

Yo empezaba a estar asustado, aunque sin saber por qué. Pero la suerte me favoreció en el segundo juego, y sumé cinco puntos en tanto que él se quedaba con tres. Yo estaba bastante nervioso, pero cuando el caballero recogió las cartas para servir el último juego me pareció que su nerviosismo superaba al mío.

¡Y qué juego, Dios mío! Ninguna mano produjo más de un punto, con un total de cuatro, equitativamente repartidos. El triunfo era espadas: pedí cuatro cartas.

Me las sirvió una a una, y la primera que levanté era el rey de espadas.

-Me basta con el rey -dije, poniéndola boca arriba.

El caballero profirió un juramento y se puso en pie, arrojando violentamente sus cartas sobre la mesa. Me levanté, asustado, sin soltar el rey de espadas.

-Ésa es la clase de suerte que siempre me ha fastidiado -dijo el caballero, en un tono más tranquilo.

Y empezó a pasear de un lado para otro, con la cabeza inclinada sobre el pecho, hasta el punto de que me pregunté si estaría bromeando y esperaba que yo me echara a reír. Luego se detuvo y me miró fijamente.

-Muchacho -dijo-, te estoy muy agradecido por la compañía. ¿Qué dirías si no pudiera pagarte?

De nuevo me pregunté si se burlaba de mí.

-Por favor -dije-, el dinero no tiene importancia.

Sorprendentemente, mi respuesta pareció enojarle.

-Te estoy muy agradecido por la compañía, muchacho, pero maldito sea tu descaro. No hay ningún hombre, vivo o muerto, que pueda decir que Giles Suttwell no ha hecho honor a una deuda de juego. ¡Maldito sea tu descaro! ¿Me oyes? ¡Maldito sea tu descaro!

Me sentía tan asustado, que ni siquiera pude tartamudear una palabra de disculpa.

El caballero reanudó sus paseos por la habitación, con la cabeza inclinada y murmurando para sí mismo. Luego volvió a detenerse y a mirarme.

-¡Maldito sea tu maldito descaro! -exclamó-. Pero, ¿cómo voy a pagarte? ¡Ay! ¡Éste es el problema!

Se quedó pensando y luego, con gran alivio por mi parte, me señaló la puerta.

-Buenas noches -dijo-. Te estoy muy agradecido por la compañía, desde luego. Y maldigo tu descaro.

Me dirigí hacia la puerta. El caballero me siguió.

-Te pagarás tú mismo, muchacho -le oí decir-. Lo que era de mi padre es mío, aunque el maldito avaro lo ocultara a mis ojos y a los ojos de los que vinieron después. En la biblioteca…, el quinto tablero detrás de las estanterías a la izquierda de la puerta encarada al sur…, toma lo que te debo…

Me encontraba ya en el pasillo y me volví a mirarle mientras su voz se apagaba detrás de mí. No vi más que una puerta cerrada. Entonces, un intenso terror se apoderó de mí y eché a correr escaleras abajo, gritando, hasta encontrar el refugio de los brazos de mi madre. En aquel momento apenas comprendía nada, pero mi terror me dijo que había estado con algo que no era de la tierra ni era bueno.

Mi madre no hubiera creído una sola palabra de lo que le conté si no hubiese observado que agarraba algo convulsivamente en una de mis manos. Me obligó a abrir los dedos y cogió un naipe de marfil.

Era el rey de espadas.

Mi madre se arriesgó a prolongar mi estancia en la casa hasta que Sir George y su esposa regresaron. Les repitió palabra por palabra la historia que yo le había contado a ella, y les mostró el naipe de marfil.

Sir George apenas hizo ningún comentario.

Mucho más tarde me enteré de que la habitación donde se desarrollaron los extraños acontecimientos que acabo de narrar había sido cerrada porque se rumoreaba que era visitada por el fantasma de Sir Giles Suttwell, jugador y borracho empedernido, que había fallecido a finales del siglo XVIII.

La habitación fue abierta y en el escritorio se encontró una baraja de treinta y un naipes: una baraja completa para jugar al descarte… añadiéndole el rey de espadas. Y debido a que un chiquillo no puede entrar en una habitación cerrada y coger una carta del cajón cerrado de un escritorio, sin tener las llaves de la puerta ni del cajón, se prestó una atención especial a mi historia, y de un modo particular a su final.

Antes de Sir Giles el despilfarrador, el cabeza de familia había sido Sir Giles el tacaño. No sé el número de guineas que se encontraron en una habitación secreta detrás de las estanterías de la biblioteca. Lo único que sé es que mi madre y yo tenemos que agradecerle a Sir George la parte de ellas que nos entregó.

 

FIN

 


28 de abril de 2026

SUEÑOS [Relatos]

 



 

Fue después de una cena de amigos, de viejos amigos. Eran cinco: un escritor, un médico, y tres solteros ricos sin profesión.

Se había hablado de todo, y se había llegado a una lasitud, esa lasitud que precede y decide la partida después de una fiesta. Uno de los comensales, que miraba desde hacía cinco minutos, sin hablar, el agitado bulevar, constelado por las boquillas del gas y lleno de zumbidos, dijo de pronto:

-Cuando no se hace nada de la mañana a la noche, los días son largos.

-Y las noches también -añadió su vecino.

Yo apenas duermo, los placeres me cansan, las conversaciones no varían; jamás encuentro una idea nueva, y experimento, antes de hablar con no importa quién, un furioso deseo de no decir nada y no oír nada. No sé qué hacer con mis veladas.

Y el tercer desocupado proclamó:

-Estaría dispuesto a pagar bien una forma de pasar, cada día, sólo dos horas agradables.

Entonces el escritor, que acababa de echarse el abrigo al brazo, se acercó.

-El hombre -dijo- que descubriera un vicio nuevo, y lo ofreciera a sus semejantes, aunque eso redujera su vida a la mitad, haría un servicio más grande a la humanidad que aquél que encontrara el medio de asegurar la salud y la juventud eternas.

El médico se echó a reír, y mientras mordisqueaba un cigarro dijo:

-Sí, pero las cosas no se descubren de este modo. Aunque se ha buscado encarecidamente y trabajado el asunto desde que el mundo existe. Los primeros hombres llegaron de golpe a la perfección en esto. Nosotros apenas los igualamos…

Uno de los tres desocupados suspiró.

-¡Es una lástima!

Luego, al cabo de un minuto, añadió:

-Si tan sólo pudiéramos dormir, dormir bien sin tener ni frío ni calor, dormir con ese anonadamiento de las noches de gran cansancio, dormir sin sueños.

-¿Por qué sin sueños? -preguntó su vecino.

-Porque los sueños no siempre son agradables -respondió el otro-, y siempre son extraños, inverosímiles, deshilachados, y porque durmiendo ni siquiera podemos saborear los mejores sueños. Es preciso soñar despierto.

-¿Quién se lo impide? -preguntó el escritor.

El médico arrojó su cigarro.

-Mi querido amigo, para soñar despierto es preciso un gran poder y un gran trabajo de voluntad, y el resultado es una gran fatiga. El auténtico sueño, ese paseo de nuestro pensamiento a través de encantadoras visiones, es con toda seguridad lo más delicioso del mundo; pero es preciso que venga de forma natural, que no esté penosamente provocado, y que esté acompañado por un bienestar absoluto del cuerpo. Este sueño puedo ofrecérselo, a condición de que me prometa no abusar de él.

El escritor se encogió de hombros.

-¡Ah! Sí, ya sé, el hachís, el opio, la confitura verde, los paraísos artificiales. He leído a Baudelaire; y yo mismo he saboreado la famosa droga, que me ha puesto terriblemente enfermo.

Pero el médico se había sentado.

-No, el éter, tan sólo el éter. Ustedes, los hombres de letras, deberían usarlo de vez en cuando.

Los tres hombres ricos se acercaron. Uno de ellos pidió:

-Explíquenos, pues, los efectos.

El médico prosiguió:

-Dejemos de lado las grandes palabras, ¿de acuerdo? No hablo ni de medicina ni de moral: hablo de placer. Ustedes se libran todos los días a excesos que devoran sus vidas. Quiero indicarles una sensación nueva, posible tan sólo para hombres inteligentes, digamos incluso muy inteligentes, peligrosa como todo lo que excita nuestros órganos, pero exquisita. Añado que les hará falta una cierta preparación, es decir un cierto hábito, para captar en toda su plenitud los singulares efectos del éter.

»Son diferentes de los efectos del hachís, de los efectos del opio y de la morfina; y cesan inmediatamente después de interrumpirse la absorción del medicamento, mientras que los otros productores de sueños prosiguen su acción durante horas.

»Ahora intentaré analizar lo más claramente posible lo que se siente. Pero la cosa no es fácil; tan delicadas, casi inaprehensibles, son esas sensaciones.

»Sufría violentas neuralgias cuando utilicé este remedio, del que quizás he abusado un poco después.

»Sentía vivos dolores en la cabeza y en el cuello, y un insoportable calor en la piel, una inquietud de fiebre. Tomé un gran frasco de éter y, tras acostarme, me puse a aspirarlo lentamente.

»Al cabo de algunos minutos creí oír un murmullo vago que se convirtió muy pronto en una especie de zumbido, y tuve la impresión de que todo el interior de mi cuerpo se volvía ligero, ligero como el aire, que se vaporizaba.

»Luego hubo una especie de modorra del alma, de soñoliento bienestar, pese a que persistían los dolores, aunque ahora dejaban de ser penosos. Era uno de estos sufrimientos que se pueden soportar, y no ese horrible desgarrar contra el cual protesta nuestro torturado cuerpo.

»Muy pronto, la extraña y encantadora sensación de vacío que sentía en el pecho se extendió, alcanzó los miembros, que se volvieron a su vez ligeros, ligeros como si la carne y los huesos se hubieran fundido y sólo quedara la piel, la piel necesaria para hacerme percibir la dulzura de vivir, de estar tendido en ese bienestar. Entonces me di cuenta de que ya no sufría. El dolor se había ido, se había fundido, evaporado. Y oí voces, cuatro voces, dos diálogos, sin comprender nada de las palabras. Tan pronto no eran más que sonidos indistintos, tan pronto me llegaba alguna que otra palabra. Pero reconocí que simplemente era el zumbido acentuado de mis oídos. No dormía, estaba despierto; comprendía, sentía, razonaba con una claridad, una profundidad, una potencia extraordinarias, y una alegría de espíritu, una embriaguez extraña venida de esta multiplicación de mis facultades mentales.

»No era un sueño como con el del hachís, no eran las visiones un poco enfermizas del opio; era una agudeza prodigiosa del razonamiento, una nueva forma de ver, de juzgar, de apreciar las cosas de la vida, y con la certidumbre, la conciencia absoluta de que esta forma era la verdadera.

»Y la vieja imagen de las Escrituras me vino repentinamente al pensamiento. Tuve la impresión de que había saboreado el árbol de la ciencia, que todos los misterios se desvelaban, y que me hallaba bajo el imperio de una lógica nueva, extraña, irrefutable. Y los argumentos, los razonamientos, las pruebas, acudían atropellándose hacia mí, derribados de inmediato por una prueba, un razonamiento, un argumento más fuerte. Mi cabeza se había convertido en el campo de batalla de las ideas. Era un ser superior, armado con una inteligencia invencible, y saboreaba una alegría prodigiosa ante la constatación de mi poder..

»Eso duró mucho, mucho tiempo. Seguía respirando todavía por el orificio de mi frasco de éter. De pronto, me di cuenta de que estaba vacío. Y sentí un terrible pesar.»

Los cuatro hombres pidieron a la vez:

-¡Doctor, rápido, una receta para un litro de éter!

Pero el médico se puso el sombrero y respondió:

-En cuanto a eso, no: ¡vayan a hacerse envenenar por otros!

Y se marchó.

Señoras y señores, ¿qué les dice su corazón al respecto?

 

FIN

 


27 de abril de 2026

EL ÁNGEL NEGRO

 



 


 

La madre del pequeño Dick había muerto. En cuanto a su padre, debía vagar por algún mar de los antípodas; hacía años que no se había oído hablar de él. La familia se preocupaba muy poco de aquel niño rubio que apenas tenía siete años.

-¡Al orfelinato! -decidió el tío Patridge.

Bridge, la nodriza que había cuidado a Dick desde la cuna, lloró aquella decisión con casi todas las lágrimas de su cuerpo.

-Dime, Bridge -preguntó Dick, la víspera de la penosa separación-. ¿Es verdad todo lo que me has contado acerca del Ángel Negro?

Bridge inclinó afirmativamente la cabeza con aire grave. Se trataba de una leyenda irlandesa muy antigua, en la cual creían todos, en su país. Y, siendo así, ¿por qué no tenía que ser cierta?

-Entonces -se obstinó Dick-, cuando los niños son perseguidos por los gigantes, las brujas y los malos espíritus, e invocan al Ángel Negro, ¿responde éste de veras a su llamada?

-Desde luego -respondió Bridge-. Siempre acude en ayuda de los niños que están en peligro.

-¡Oh! -exclamó Dick-. ¡Qué contento estoy! Ahora ya no tengo miedo de ir al orfelinato.

La anciana nodriza alzó su delantal para que el niño no viera sus ojos.

* * *

El orfelinato de M. Bry parecía más una prisión para jóvenes delincuentes que una institución de beneficencia, donde debía conseguirse que los pequeños abandonados por los suyos olvidaran su tristeza.

La comida era mala y escasa, el trabajo pesado y los castigos sumamente duros.

M. Bry era un hombre corpulento de ojos negros y saltones. Su avaricia sólo era superada por su crueldad. Los niños que eran confiados a sus «cuidados paternales» tenían que deshacer cuerdas viejas, pegar papel, confeccionar suelas de zapatillas, exactamente igual que si estuvieran condenados a trabajos forzados.

Aquello significaba para M. Bry un buen dinero, que guardaba en un pesado cofrecillo de hierro, en su habitación, y que contaba y volvía a contar con un morboso placer.

Un día entró subrepticiamente, como un ladrón, en el taller donde se afanaban los pobres huérfanos; y sus ojos sombríos cayeron sobre el joven Dick que, por desgracia, se estaba tomando un pequeño descanso.

-¡Número 51, no haces nada! -gritó, furioso.

-No, señor -respondió ingenuamente el niño-. Estaba contemplando un ratón.

-Un ratón, ¿eh? -aulló M. Bry-. ¿Y ese bicho asqueroso te impide trabajar?

-Es un animalito encantador -aseguró Dick-, y a mí me gusta mucho.

-¡Pues a mí, no! -rugió el director-. ¡Y todavía me gustan menos los gandules!

Agarró al niño por los cabellos y tiró violentamente. -¡Diez latigazos y seis días en el sótano, a pan y agua! Esa fue la sentencia.

* * *

Los sótanos hormigueaban de ratones, a los cuales Dick echaba migas de pan, lo cual les convertía en unos dóciles animalitos.

Lástima que las heridas de su espalda empezaran a infestarse y a hacerle sufrir horrores.

La segunda noche que pasó en aquel horrible sótano, la fiebre provocó en su cerebro toda clase de visiones. Vio a su madre que regresaba de la tienda de la esquina con muchas golosinas. Vio a Bridge…

¡Bridge! ¡Ah, qué tonto había sido al no llamar en su ayuda al Ángel Negro! Pero ahora iba a hacerlo. ¡Sí, inmediatamente!

-Querido Ángel Negro, la espalda me duele mucho, y me siento muy desgraciado…

No tuvo que decir nada más. Oyó rechinar una puerta. Una flecha de luz blanca atravesó las tinieblas. El Ángel Negro se encontraba delante de él.

* * *

Desde luego, era una aparición impresionante. El ser sobrenatural llevaba un traje muy ajustado y un antifaz de terciopelo negro, cuyos agujeros filtraban una terrible mirada de tigre.

Sin embargo, el niño no experimentó el menor temor.

Inmediatamente empezó a contárselo todo. Le habló de su difunta madre, de su querida Bridge, de los malos tratos que le infligía M. Bry y, finalmente, de su esperanza de ver intervenir al Ángel Negro.

-Muy bien, pequeño, estoy aquí para ayudarte. ¡Condúceme a la habitación de Bry!

La voz le pareció muy seca para ser la de un ángel, pero Dick no vaciló un solo instante y tendió su manita hacia la enguantada mano del misterioso personaje.

* * *

Aquella noche, M. Bry se había obsequiado a sí mismo con un enorme filete y una ensalada de langosta, rociados generosamente con un vino de muchos grados. Por eso creyó ser víctima de una pesadilla cuando una mano ruda le sacudió para despertarle y una voz terrible le ordenó que abriera su pesado cofre.

-¡De prisa, canalla! -rugió el desconocido.

M. Bry comprendió entonces que no se trataba de un sueño.

Obedeció y, ahogando un sollozo, vio desaparecer su amado tesoro en una gran cartera de mano.

El Ángel Negro se disponía a marcharse cuando su mirada cayó sobre el pequeño Dick que había observado la escena con un aire asombrado, pero al mismo tiempo satisfecho.

El extraño individuo se inclinó sobre Bry y gruñó:

-¡Esto es por los latigazos, granuja!

M. Bry recibió un solo puñetazo en la cabeza, pero el golpe bastó para deshacerle los sesos.

-Hijo mío -dijo entonces el ser misterioso-, no tienes que decir absolutamente nada de lo que has visto, ¿entendido?

-Desde luego, no diré nada -prometió Dick-. Pero, querido Ángel Negro, ¿querrá usted besar de todo corazón a mi mamá, cuando vuelva al cielo?

Se produjo un largo silencio. Luego, súbitamente, Dick se sintió levantado por un brazo poderoso. Recibió un beso en cada mejilla y notó que algo tibio caía sobre su frente.

-¿Por qué llora usted, querido Ángel Negro? -preguntó.

Pero el Ángel Negro había desaparecido ya, y el pequeño volvió a encontrarse en el sótano, donde varios ratones jugueteaban en medio de un rayo de luna, lo cual le divirtió mucho.

* * *

Llegó un nuevo director, el cual se mostró muy cariñoso con los niños, pero también se presentaron unos hombres de aspecto severo, que formularon a los huérfanos toda clase de preguntas a propósito del difunto M. Bry.

Pero el pequeño Dick cumplió su promesa y no traicionó a su querido Ángel Negro.

 

FIN

 

22 de abril de 2026

El Abismo {Relato}

 

EL ABISMO


 

El día tocaba a su fin, pero la joven pareja continuaba paseando y hablando, sin prestar atención a la hora ni al camino. Delante de ellos, a la sombra de un otero, se erguía la masa oscura de un bosquecillo, y entre las ramas de los árboles, como carbones encendidos, ardía el sol, inflamando el aire y transformándolo en resplandeciente polvo dorado. El sol aparecía tan cercano y luminoso que todo semejaba desvanecerse; únicamente él permanecía, y pintaba el camino con sus propios tintes carmesíes. Hería los ojos de los paseantes, los cuales volvían la espalda, y de repente todo lo que caía dentro de su campo visual quedaba extinguido, se convertía prendió en el alto tronco de un abeto que resplandeció entre el verdor como una vela

en apacible y claro, y pequeño e íntimo. Algo más lejos, a una milla escasa de distancia, la roja puesta en una habitación a oscuras; el rojizo brillo del camino se extendía ante ellos, y cada piedra proyectaba su larga sombra negra; y los cabellos de la muchacha, bañados por los rayos del sol, brillaban ahora con un nimbo dorado. Un cabello suelto, separado del resto, ondeó en el aire como un áureo hilo tejido por una araña.

Las primeras sombras del atardecer no interrumpieron ni cambiaron el curso de su conversación. Continuó como antes, íntima y tranquila; continuó discurriendo sobre el mismo tema: sobre la fuerza, la belleza y la inmortalidad del amor. Los dos eran muy jóvenes; la muchacha no tenía más de diecisiete años; Ncmovctsky acababa de cumplir los veintiuno. Ambos llevaban uniformes de estudiantes: ella el modesto vestido de color pardo de alumna de una escuela femenina, su acompañante el elegante atuendo de un estudiante tecnológico. Y, al igual que su conversación, a su alrededor todo era joven, bello y puro. Sus figuras, erguidas y flexibles, avanzaban con un paso ligero, elástico; sus frescas voces, pronunciando incluso las palabras más vulgares con una reflexiva ternura, eran como un riachuelo en una tranquila noche de primavera, cuando la nieve no se ha fundido aún del todo en las laderas de las montañas.

Caminaban, doblando el recodo de un camino desconocido, y sus alargadas sombras, de cabezas absurdamente pequeñas, ora avanzaban separadamente, ora surgían juntas en una franja larga, angosta, como la sombra de un álamo. Pero ellos no veían las sombras, ya que estaban demasiado absortos en su charla. Mientras hablaba, el joven no apartaba sus ojos del bello rostro de la muchacha, sobre el cual la puesta de sol parecía haber dejado una medida de sus delicados tintes. En cuanto a ella, inclinaba su mirada sobre el sendero, apartando a un lado los diminutos guijarros con la contera de su sombrilla, y contemplaba ora un pie, ora el otro, a medida que surgían de debajo de su oscuro vestido.

El camino quedó interrumpido por una zanja de bordes polvorientos que tenían impresas unas huellas de pasos. Por un instante, los dos jóvenes se detuvieron. Zinochka levantó la cabeza, miró a su alrededor con aire perplejo y preguntó:

-¿Sabes dónde estamos? Nunca había estado aquí.

Su compañero examinó atentamente lo que les rodeaba.

-Sí, lo sé. Allí, detrás de la colina, está la ciudad. Dame la mano. Te ayudaré a cruzar.

Extendió su mano, blanca y delgada como la de una mujer, no estropeada por trabajos rudos. Zinochka se sentía alegre. Sentía deseos de saltar por encima de la zanja por sí misma, y de echar a correr, gritando: «¡Cógeme, si puedes!» Pero se contuvo, inclinó la cabeza con pudorosa gratitud y extendió tímidamente su mano, la cual conservaba su morbidez infantil. Nemovetsky experimentó el deseo de apretar fuertemente aquella manita temblorosa, pero se contuvo también, y con una leve inclinación la tomó cortésmente en la suya y volvió modestamente la cabeza cuando, al cruzar la zanja, la muchacha mostró de un modo fugaz su pantorrilla.

Y de nuevo andaron y hablaron, pero sus pensamientos estaban llenos del momentáneo contacto de sus manos. Ella sentía aún el seco calor de la palma y de los fuertes dedos masculinos; sentía placer y vergüenza, en tanto que él tenía conciencia de la sumisa blandura de la diminuta mano femenina, y veía la negra silueta de su pie y el pequeño zapato que lo envolvía tiernamente. Se sintió invadido por un repentino deseo de cantar, de extender sus manos hacia el cielo y de gritar: «¡Corre! ¡Quiero cogerte!», aquella antigua fórmula de amor primitivo entre los bosques y las ruidosas cascadas. Y, provocadas por todos aquellos deseos, las lágrimas afluyeron hasta su garganta.

Las alargadas sombras se desvanecieron, y el polvo del camino se hizo gris y frío, pero ellos no se dieron cuenta y continuaron charlando. Los dos habían leído muchos y buenos libros, y las radiantes imágenes de hombres y mujeres que habían amado, sufrido y perecido por puro amor se erguían delante de ellos. Sus memorias resucitaban fragmentos de versos casi olvidados, ataviados con la melodiosa armonía y la dulce tristeza que presta el amor.

-¿Recuerdas de dónde es esto? -inquirió Nemovetsky, recitando-: «…una vez más ella está conmigo, ella, a quien amo; de quien, no habiendo hablado nunca, oculto toda mi tristeza, mi ternura, mi amor…»

-No -respondió Zinochka, y repitió pensativamente-: «Toda mi tristeza, mi ternura, mi amor…»

-Todo mi amor -respondió Nemovetsky como un eco.

Otros recuerdos volvieron a ellos. Recordaron a aquellas muchachas, puras como azucenas, que, vestidas de negro, se sentaban solitarias en el parque, rumiando su pesar entre las hojas muertas, pero felices en medio de su pena. Recordaban también a los hombres que, abundando en voluntad y orgullo, imploraban el amor y la delicada compasión de unas mujeres. Las imágenes así evocadas eran tristes, pero el amor que se reflejaba en aquella tristeza era radiante y puro. Tan inmenso como el mundo, tan brillante como el sol, levantaba fabulosamente belleza delante de sus ojos, y no había nada tan poderoso ni tan bello sobre la faz de la tierra.

-¿Podrías morir por amor? -preguntó Zinochka, mientras contemplaba su mano infantil.

-Sí, podría -respondió Nemovetsky, convencido, y miró a su compañera a los ojos-. ¿Y tú?

-Sí, yo también. -La muchacha se quedó pensativa-. Morir por amor es una felicidad.

Sus ojos se encontraron. Unos ojos claros, límpidos, llenos de bondad. Sus labios sonrieron.

Zinochka se detuvo.

-Espera un momento -dijo-. Tienes un hilo en tu chaqueta.

La muchacha levantó una mano hasta el hombro del joven y, cuidadosamente, con dos dedos, cogió el hilo.

-¡Ya está! -exclamó-. Y, poniéndose seria, preguntó-: ¿Por qué estás tan pálido y delgado? Estudias demasiado…

-Y tú tienes los ojos azules, con unas chispitas doradas -replicó Nemovetsky, contemplando los ojos de la muchacha.

-Y los tuyos son negros. No, castaños. Parecen brillar. Hay en ellos…

Zinochka no terminó la frase. Volvió la cabeza, sus mejillas enrojecieron, sus ojos adquirieron una expresión tímida, en tanto que sus labios sonreían involuntariamente. Sin esperar a Nemovetsky, que sonreía también con secreto placer. la muchacha echó a andar, pero no tardó en detenerse.

-¡Mira, el sol se ha puesto! -exclamó con pesaroso asombro.

-Sí, se ha puesto -respondió el joven con una nueva tristeza.

La luz se había desvanecido, las sombras habían muerto, todo palidecía, agonizaba. En aquel punto del horizonte donde había ardido el sol se acumulaban ahora, en silencio, oscuras masas de nubes, las cuales conquistaban paso a paso el espacio azul. Las nubes se reunían, se empujaban una a otra, transformaban lentamente sus perfiles monstruosos; avanzaban, como empujadas contra su voluntad por alguna fuerza terrible, implacable.

Las mejillas de Zinochka se pusieron más pálidas y sus labios más rojos; sus pupilas se agrandaron imperceptiblemente, oscureciendo los ojos. Susurró:

-Estoy asustada. Me preocupa el silencio que nos rodea. ¿Nos hemos extraviado?

Nemovetsky frunció sus pobladas cejas y miró a su alrededor.

Ahora que el sol había desaparecido y que la cercana noche respiraba con aire fresco, todo parecía frío e inhóspito. El campo gris se extendía a uno y otro lado con su raquítica hierba, sus lomas y sus hondonadas. Había muchas de aquellas hondonadas, algunas profundas, otras pequeñas y llenas de vegetación; la silenciosa oscuridad nocturna se había deslizado ya en ellas; y debido a la existencia de indicios de cultivos, el lugar parecía aún más desolado.

Nemovetsky aplastó la sensación de inseguridad que pugnaba por invadirle y dijo:

-No, no nos hemos extraviado. Conozco el camino. Primero a la izquierda, luego a través de aquel bosquecillo. ¿Tienes miedo?

Ella sonrió valientemente y respondió:

-No. Ahora, no. Pero tenemos que llegar pronto a casa y tomar un poco de té.

Apresuraron el paso, para volver a acortarlo en seguida. No miraban a los lados del camino, pero notaban la indolente hostilidad del campo labrado, el cual les rodeaba con un millar de diminutos ojos inmóviles, y aquella sensación les acercó más el uno al otro y despertó en ellos recuerdos de la infancia. Recuerdos luminosos, llenos de sol, de verde follaje, de amor y de risas. Era como si aquello no hubiese sido una vida sino un canto inmenso y melodioso, y ellos mismos hubiesen formado parte de aquel canto como sonidos, como dos leves notas: una clara y resonante como puro cristal, la otra algo más opaca pero más animada al mismo tiempo, como una pequeña campana.

Empezaron a aparecer señales de vida humana. Dos mujeres estaban sentadas, en el borde de una hondonada. Una de ellas tenía las piernas cruzadas y miraba fijamente hacia el fondo del agujero. Levantó su cabeza tocada con un pañuelo, del cual se escapaban mechones de enmarañados cabellos. Llevaba una blusa muy sucia con flores estampadas, tan grandes como manzanas; sus cordones estaban sueltos. No miró a los que pasaban. La otra mujer estaba muy cerca, medio reclinada, con la cabeza echada hacia atrás. Tenía un rostro ancho y basto, con facciones de campesino, y, debajo de sus ojos, los prominentes pómulos mostraban dos manchas rojizas, semejantes a arañazos muy recientes. Iba más sucia aún que la primera mujer, y miró descaradamente a los dos jóvenes. Cuando éstos hubieron pasado, la mujer empezó a cantar con una voz recia, masculina:

«Sólo por ti, adorado mío, reventaré como una flor…»

-Varka, ¿has oído? -La mujer se volvió hacia su silenciosa compañera y, al no recibir respuesta, estalló en una ronca carcajada.

Nemovetsky había conocido a tales mujeres, que eran sucias incluso cuando llevaban lujosos vestidos; estaba acostumbrado a ellas, y ahora se deslizaron de su retina y se desvanecieron, sin dejar ningún rastro. Pero Zinochka, que casi las había rozado con su modesto vestido, notó que algo hostil invadía su alma. Pero al cabo de unos instantes aquella impresión se había desvanecido, como la sombra de una nube cruzando rápidamente el florido prado; y cuando, avanzando en la misma dirección, pasó junto a ellos un hombre descalzo, acompañado por otra de aquellas mujeres, Zinochka los vio, pero no les prestó la menor atención…

Y una vez más andaron y hablaron, y detrás de ellos se movió, a regañadientes, una nube oscura, proyectando una sombra transparente… La oscuridad fue espesándose paulatinamente. Ahora, los dos jóvenes hablaban de aquellos terribles pensamientos y sensaciones que visitan al hombre durante la noche, cuando no puede dormir y todo es silencio a su alrededor; cuando la oscuridad, inmensa y dotada de múltiples ojos, se aplasta contra su rostro.

-¿Puedes imaginar lo infinito? -preguntó Zinochka, llevándose una mano a la frente y cerrando los ojos.

-¿Lo infinito? No… -respondió Nemovetsky, cerrando también sus ojos.

-A veces lo veo. Lo percibí por primera vez cuando era muy pequeña. Imagina un gran número de cartas. Una, otra, otra más, cartas sin fin, una infinidad de cartas… ¡Es terrible!

Zinochka tembló.

-Pero, ¿por qué cartas? -sonrió Nemovetsky, aunque se sintió incómodo.

-No lo sé. Pero yo veía cartas. Una, otra… sin fin.

La oscuridad se iba espesando. La nube había pasado ya por encima de sus cabezas y, estando delante de ellos, podía ver ahora los rostros de los dos jóvenes, cada vez más pálidos. Las figuras harapientas de otras mujeres como las que habían encontrado aparecían con más frecuencia; como si las profundas hondonadas, excavadas con algún propósito desconocido, las vomitaran a la superficie. Ora solitarias, ora en grupos de dos o de tres, aparecían, y sus voces resonaron ruidosas y extrañamente desoladas en el aire inmóvil.

-¿Quiénes son esas mujeres? ¿De dónde vienen? -preguntó Zinochka en voz baja y temblorosa.

Nemovetsky sabía qué clase de mujeres eran aquéllas. Se sentía aterrorizado por haber caído en aquella perversa y peligrosa vecindad, pero respondió tranquilamente:

-No lo sé. No tiene importancia. No hablemos de ellas. Pronto estaremos en casa. Sólo tenemos que atravesar ese bosquecillo y llegaremos a la ciudad. Lástima que hayamos salido tan tarde.

La muchacha encontró absurdas aquellas palabras. ¿Cómo podía decir que habían salido tarde, si no eran más que las cuatro? Miró a su compañero y sonrió. Pero las cejas de Nemovetsky continuaron fruncidas, y, para tranquilizarle y consolarle, Zinochka sugirió:

-Vamos a andar más aprisa. Quiero tomar un poco de té. Y el bosquecillo está muy cerca ahora.

-Sí, vamos a andar más aprisa.

Cuando penetraron en el bosquecillo y los silenciosos árboles se unieron en un arco encima de sus cabezas, la oscuridad se hizo más intensa, pero la atmósfera resultó también más apacible y tranquila.

-Dame la mano -propuso Nemovetsky.

Ella le dio la mano, con cierta indecisión, y el leve contacto pareció iluminar la oscuridad. Sus manos no se movían ni se apretaban una a otra. Zinochka incluso se apartó un poco de su compañero. Pero toda su conciencia estaba concentrada en la percepción del diminuto lugar del cuerpo donde las manos se tocaban. Y de nuevo llegó el deseo de hablar acerca de la belleza y del misterioso poder del amor, pero hablar sin violar el silencio, hablar, no por medio de palabras sino de miradas. Y pensaban que debían mirar, y deseaban hacerlo, pero no se atrevían…

-¡Y aquí hay algunas personas! -exclamó Zinochka alegremente.

En el calvero, donde había más luz, había tres hombres sentados junto a una botella casi vacía, silenciosos. Miraron con expectación a los recién llegados. Uno de ellos, afeitado como un actor, rió en voz alta y silbó de un modo provocativo.

El corazón de Nemovetsky palpitó con una trepidación de horror, pero, como si le empujaran por detrás, continuó andando en dirección al trío, sentado al borde del camino. Allí estaban esperando, y tres pares de ojos contemplaban a los viandantes, inmóviles y amenazadores.

Deseoso de ganarse la buena voluntad de aquellos ociosos y harapientos hombres, en cuyo silencio percibía una amenaza, y de obtener su simpatía a través de su propia indefensión, Nemovetsky preguntó:

-¿Es éste el camino que conduce a la ciudad?

No contestaron. El que iba afeitado silbó algo burlón e indefinible, en tanto que los otros permanecían silenciosos y miraban a la pareja con maligna intensidad. Estaban borrachos, y tenían hambre de mujeres y de diversión sensual. Uno de los hombres, de rostro rojizo, se puso en pie como un oso y suspiró pesadamente. Sus compañeros le dirigieron una ojeada, y luego volvieron a clavar sus intensas miradas en Zinochka.

-Tengo un miedo terrible -susurró la muchacha.

Nemovetsky no oyó sus palabras, pero las intuyó por el peso del brazo que se apoyaba en él. Y, tratando de aparentar una calma que no sentía, aunque convencido de lo irrevocable de lo que estaba a punto de ocurrir, continuó avanzando con estudiada firmeza. Tres pares de penetrantes ojos se acercaron más y más, centellearon, y quedaron a su espalda.

«Es preferible correr», pensó Nemovetsky. Y se contestó a sí mismo: «No, es preferible no correr».

-¡Es un polluelo! ¿Le tenéis miedo? -dijo el tercero de los miembros del trío, un individuo calvo con una barba roja muy poco poblada-. Y la chica es muy fina. ¡Quiera Dios darnos una como ella a cada uno!

Los tres hombres estallaron en una carcajada.

-¡Eh! ¡Un momento! ¡Quiero hablar con usted, caballerete! -gritó el hombre más alto con una voz recia, mirando a sus camaradas.

El trío se puso en pie.

Nemovetsky continuó andando, sin volverse.

-¡Deténgase cuando se lo piden! -exclamó el pelirrojo-. ¡Y, si no quiere hacerlo, aténgase a las consecuencias!

-¿Está sordo? -gruñó el hombre más alto, y en dos zancadas se aproximó a la pareja.

Una mano maciza cayó sobre el hombro de Nemovetsky y le hizo girar sobre sí mismo. Al volverse, encontró muy cerca de su rostro los ojos redondos, saltones y terribles de su asaltante. Estaban tan cerca, que le parecía verlos a través de un cristal de aumento, y distinguió claramente las pequeñas venas rojas en el globo ocular y lo amarillento de los párpados. Dejó caer la mano de Zinochka y, hundiendo la suya en su bolsillo, murmuró:

-¿Quiere dinero? Puedo darle el que llevo, con mucho gusto.

Los ojos saltones brillaron. Y cuando Nemovetsky apartó su mirada de ellos, el hombre alto tomó impulso y golpeó la barbilla del joven. La cabeza de Nemovetsky salió proyectada hacia atrás, sus dientes crujieron y su gorra cayó al suelo; agitando los brazos, el joven se derrumbó pesadamente. Silenciosamente, sin proferir un solo grito, Zinochka dio media vuelta y echó a correr con toda la velocidad de que era capaz. El hombre del rostro afeitado lanzó una exclamación que resonó extrañamente:

-¡A-a-ah!

Y echó a correr detrás de Zinochka.

Nemovetsky se incorporó de un salto, pero apenas había recobrado la vertical cuando otro golpe en la nuca volvió a derribarle. Sus adversarios eran dos, y el joven no estaba habituado al combate físico. Sin embargo, luchó largo rato, arañó con sus uñas como una encalabrinada mujer, mordió con sus dientes y sollozó con una inconsciente desesperación. Cuando estuvo demasiado débil para continuar resistiendo, los dos hombres le levantaron del suelo y le apartaron del camino. Lo último que vio fue un fragmento de la barba roja que casi tocaba su boca, y más allá, la oscuridad del bosque y la blusa de color claro de la muchacha que huía. Zinochka corría silenciosa y rápidamente, como había corrido unos días antes cuando jugaban al marro; y detrás de ella, con cortas zancadas, ganándole terreno, corría el hombre afeitado. Luego, Nemovetsky notó el vacío a su alrededor, su corazón dejó de latir mientras el joven experimentaba la sensación de hundirse en un pozo sin fondo, y finalmente tropezó con una piedra, chocó contra el suelo y perdió el conocimiento.

El hombre alto y el hombre pelirrojo, habiendo arrojado a Nemovetsky a una zanja, se detuvieron unos instantes a escuchar lo que sucedía en el fondo de la zanja. Pero sus rostros y sus ojos estaban vueltos a un lado, en la dirección tomada por Zinochka. Desde allí se alzó el estridente grito de la muchacha, para apagarse casi inmediatamente. El hombre alto murmuró, furioso:

-¡El muy cerdo!

Luego, irguiéndose como un oso, echó a correr.

-¡Yo también! ¡Yo también! -gritó su camarada pelirrojo, echando a correr detrás de él. Estaba débil y jadeaba; en la lucha se había lastimado la rodilla, y se sentía furioso al pensar que había sido el primero en ver a la muchacha y sería el último en tenerla. Se detuvo a frotarse la rodilla; luego, llevándose un dedo a la nariz, estornudó, y de nuevo echó a correr, gritando-: ¡Yo también! ¡Yo también!

La nube oscura se disipó a través del cielo, desvaneciéndose en la apacible noche. La oscuridad no tardó en tragarse la corta figura del hombre pelirrojo, pero durante algún tiempo pudieron oírse el desigual ritmo de sus pasos, el crujido de las hojas caídas en el suelo y los gritos plañideros:

-¡Yo también! ¡Hermanos, yo también!

Nemovetsky tenía la boca llena de tierra. Al volver en sí, la primera sensación que experimentó fue la conciencia del acre y agradable olor de la tierra. Le pesaba la cabeza, como si la tuviera llena de plomo; apenas podía volverla. Le dolía todo el cuerpo, de un modo especial el hombro, pero no tenía ningún hueso roto. Se incorporó, y durante largo rato miró por encima de él, sin pensar ni recordar. Directamente encima de su cabeza un arbusto inclinaba sus anchas hojas, y entre ellas era visible el ahora claro cielo. La nube había pasado, sin dejar caer una sola gota de lluvia, y dejando el aire seco y estimulante. Muy alta, en medio del cielo, aparecía la esculpida luna, con unos bordes transparentes. Estaba viviendo sus últimas noches y su luz era fría, desalentada, solitaria. Pequeños mechones de nubes se deslizaban rápidamente por las alturas, empujadas por el viento; no oscurecían la luna, limitándose a acariciarla. Lo solitario de la luna, la timidez de las nubes fugitivas, el soplo del viento apenas perceptible debajo, hacían sentir la misteriosa profundidad de la noche dominando sobre la tierra.

Nemovetsky recordó súbitamente todo lo que había ocurrido, y no pudo creer que había ocurrido. Todo era tan terrible que no parecía verdadero. ¿Podía ser tan horrible la verdad? También él, sentado en el suelo en medio de la noche y mirando la luna y los retazos de nubes que se alejaban, se encontraba extraño a sí mismo, hasta el punto de que pensó que estaba viviendo una vulgar aunque terrible pesadilla. Aquellas mujeres, de las cuales había conocido tantas, se habían convertido también en una parte del espantoso y perverso sueño.

«¡No puede ser! -exclamó, sacudiendo débilmente su cabeza-. ¡No puede ser!»

Extendió un brazo y empezó a buscar su gorra. Al no encontrarla, todo se aclaró para él; y comprendió que lo que había sucedido no había sido un sueño, sino la horrible verdad. Poseído por el terror, se agarró furiosamente a las paredes de la zanja tratando de salir de ella, para encontrarse una y otra vez con las manos llenas de tierra, hasta que finalmente consiguió aferrarse a un arbusto y trepar a la superficie.

Una vez allí, echó a correr sin escoger una dirección. Durante largo rato siguió corriendo, dando vueltas entre los árboles. Las ramas arañaban su rostro, y de nuevo todo empezó a parecer un sueño. Nemovetsky experimentó la sensación de que algo como esto le había ocurrido antes: oscuridad, ramas invisibles de los árboles, mientras él corría con los ojos cerrados, pensando que todo era un sueño. Nemovetsky se detuvo, y luego se sentó en una incómoda postura en el suelo, sin ninguna elevación. Y de nuevo pensó en su gorra, y murmuró:

«Esto es: tengo que matarme a mí mismo. Sí, tengo que matarme a mí mismo, aunque esto sea un sueño.»

Se puso en pie de un salto, pero recordó algo y echó a andar lentamente, tratando de localizar en su confuso cerebro el lugar donde habían sido atacados. La oscuridad era casi absoluta en el bosque, pero de cuando en cuando un rayo de luna se filtraba a través de las ramas de los árboles, engañándole; iluminaba los blancos troncos, y el bosque parecía estar lleno de inmóviles y misteriosas personas silenciosas. Todo esto, también, parecía un fragmento del pasado, y parecía un sueño.

«¡Zinaida Nikolaevna!», llamó Nemovetsky, pronunciando la primera palabra en voz alta y la segunda en voz baja, como si con la pérdida de su voz hubiese perdido también toda esperanza de obtener una respuesta. Nadie respondió.

Luego, Nemovetsky encontró el camino, y lo reconoció inmediatamente. Llegó al calvero. Y al llegar allí comprendió que todo había ocurrido realmente. En su terror, echó a correr, gritando:

«¡Zinaida Nikolaevna! ¡Soy yo! ¡Yo!»

Nadie contestó a su llamada. Tomando la dirección en la cual pensaba que se encontraba la ciudad, gritó con toda la fuerza que quedaba en sus pulmones:

«¡S o c o r r o o o!»

• una vez más echó a correr, susurrando algo mientras rozaba los arbustos, hasta que apareció delante de sus ojos una mancha blanca, semejante a una mancha de luz congelada. Era el postrado cuerpo de Zinochka.

«¡Oh! ¡Dios mío! ¿Qué es esto?», dijo Nemovetsky, con los ojos secos, pero con una voz que sollozaba. Se dejó caer sobre sus rodillas y entró en contacto con la muchacha tendida allí.

Su mano cayó sobre el cuerpo desnudo, el cual era suave al tacto, y firme, y frío, pero no estaba muerto. Temblando, Nemovetsky pasó su mano sobre ella.

«Querida, cariño, soy yo», susurró, buscando el rostro de la muchacha en la oscuridad.

Luego extendió una mano en otra dirección, y otra vez entró en contacto con el cuerpo desnudo, y dondequiera que posaba su mano tocaba el cuerpo de la mujer, tan suave, tan firme, pareciendo adquirir calor al contacto de su mano. Nemovetsky apartaba de pronto su mano, para volver a apoyarla inmediatamente en aquel cuerpo, que no podía asociar con Zinochka. Todo lo que había pasado aquí, todo lo que aquellos hombres habían hecho con este mudo cuerpo de mujer, se le apareció a Nemovetsky en toda su espantosa realidad, y encontraba una extraña y elocuente respuesta en su propio cuerpo. Con los ojos clavados en la mancha blanca, enarcó las cejas como un hombre entregado a la tarea de pensar.

«¡Oh! ¡Dios mío! ¿Qué es esto?», repitió, pero el sonido surgió irreal, como algo deliberado.

Nemovetsky apoyó la mano sobre el corazón de Zinochka: latía débil pero regularmente, y cuando el joven se inclinó hacia el rostro femenino captó también la leve respiración. La muchacha parecía estar sumida en un apacible sueño. La llamó en voz baja:

«¡Zinochka! ¡Soy yo!»

Pero inmediatamente supo que no le gustaría verla despierta hasta que hubiera transcurrido un largo rato. Nemovetsky contuvo su respiración, miró furtivamente a su alrededor y luego acarició la mejilla de la muchacha; primero besó sus cerrados ojos, después sus labios… Temiendo que despertara, se echó hacia atrás y permaneció en una actitud helada. Pero el cuerpo estaba inmóvil y mudo, y en su indefensión y fácil acceso había algo lastimoso y exasperante. Con infinita ternura Nemovetsky trató de cubrir a la muchacha con los trozos de su vestido, y la doble conciencia de la tela y del cuerpo desnudo resultaba tan afilada como un cuchillo y tan incomprensible como la locura… Aquí, unas fieras se habían dado un banquete: Nemovetsky captó la ardiente pasión difundida en el aire y dilató sus fosas nasales.

«¡Soy yo! ¡Soy yo!», repitió como un demente, sin comprender lo que le rodeaba y poseído aún por el recuerdo del blanco orillo de la falda femenina, de la negra silueta del pie y del calzado que tan tiernamente lo contenía. Mientras escuchaba respirar a Zinochka, con los ojos clavados en el lugar donde se hallaba su rostro, movió una mano. Se detuvo a escuchar, y movió la mano de nuevo.

«¿Qué estoy haciendo?», gritó en voz alta, desesperado, y se echó hacia atrás, horrorizado de sí mismo.

Por un instante, el rostro de Zinochka fulguró delante de él y se desvaneció. Trató de comprender que aquel cuerpo era Zinochka, con la cual había estado paseando y hablando de lo infinito, y no pudo comprender. Trató de sentir el horror de lo que había ocurrido, pero el horror era demasiado intenso para ser captado.

«¡Zinaida Nikolaevna! -gritó en tono implorante-. ¿Qué significa esto?; Zinaida Nikolaevna!»

Pero el atormentado cuerpo permaneció mudo y, continuando su loco monólogo, Nemovetsky se dejó caer de rodillas. Imploró, amenazó, dijo que se suicidaría, y agarró el postrado cuerpo, apretándolo contra el suyo…

El cuerpo no opuso la menor resistencia, obedeciendo dócilmente a sus movimientos, y todo aquello era tan terrible, incomprensible y salvaje que Nemovetsky volvió a ponerse de pie de un salto y gritó bruscamente:

«¡Socorro!»

Pero el sonido era falso, como si fuera deliberado.

Y una vez más se dejó caer sobre el pasivo cuerpo, con besos y lágrimas, sintiendo la presencia de un abismo, un oscuro, terrible y absorbente abismo. Allí no había ningún Nemovetsky; Nemovetsky se había quedado atrás, en alguna parte, y el ser que le había reemplazado estaba ahora sacudiendo el cálido y sumiso cuerpo, y estaba diciendo con la astuta sonrisa de un demente:

«¡Contéstame! ¿O acaso no quieres contestarme? ¡Te amo! ¡Te amo!»

Con la misma astuta sonrisa acercó sus desorbitados ojos al rostro de Zinochka y susurró:

«¡Te amo! No quieres hablar, pero estás sonriendo, me doy cuenta. ¡Te amo! ¡Te amo! ¡Te amo!»

Apretó con más fuerza contra el suyo el cuerpo de Zinochka, cuya pasividad despertaba una salvaje pasión. Retorciendo sus manos, Nemovetsky volvió a susurrar, con voz enronquecida:

«¡Te amo! No se lo diremos a nadie, y nadie lo sabrá. Me casaré contigo mañana, cuando tú quieras. ¡Te amo! Te besaré, y tú me responderás… ¿sí? Zinochka…»

Pegó sus labios a los de la muchacha, y en la angustia de aquel beso su razón quedó anulada del todo. Le pareció que los labios de Zinochka se estremecían. Por un instante, el horror aclaró su mente, abriendo delante de él un negro abismo.

Y el negro abismo lo engulló.

 

FIN