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1 de junio de 2026

LA DANZA DE LOS BUFEOS


 


 


 

Fue una tarde de sol, pero de triste color. Era el verano del veintidós, el que había compartido con él. Observe pasar, que fue también el último día de su tiempo. Fueron también las últimas parvadas de aves, en los jardines las flores se marchitaron y las hojas se derramaban formando sobre el suelo una espesa hojarasca; por encima de ellos contemplé correr alegres y felices a los niños.

La vieja plaza del pueblo, en su angustiosa agonía, cambiaba de color; cada vez estaba más gris, cada vez más desierta y sumida en el desaire de la soledad. Tal vez al mirar a la angustia florecer, mi alma se revistió de nostalgia.

Pero también existen momentos en los que dirijo la vista al pequeño centro de mi pueblo. Entonces, las cuatro palmeras que por azar del destino tuvieron que nacer ahí, están calladas; parecen contarme todos los secretos, y entonces me doy cuenta de que en mí, sólo viven los recuerdos. No quedan las mismas cosas, ya no queda la misma gente, y así, desde hace rato, ninguna mujer da a luz una cría, y las mozas solteronas, como si fuesen aves de verano, se ausentaron en busca de calor a otro pueblo.

Partieron las últimas caravanas de carretones ahuyentadas por nuevas ilusiones, y sobre el fangoso camino sólo iban dejando huellas profundas y paralelas, que nunca podrían ser borradas mientras hubiese alguien que las recordase. Y es en esta orfandad, cuando me resisto a creer que estoy solo. Aunque siento que mis ojos se cierran y mi cuerpo se desmadeja, pero yo no quiero morir, porque le tengo miedo a la muerte. Entonces camino para despistarla, y canto para no llorar, y río con dolor; juego con el día aunque él está más triste que yo, y entonces miro al río y me dirijo hacia él, después me siento sobre su ribera a recordar cosas de niño, y a mirarlo cómo arrastra su pasiva corriente perenne y silenciosa como siempre, arrastrando muda los secretos del tiempo, y es en ese instante que le pido silencio al dolor, mientras sobre el agua caen los últimos rayos de sol. Miro para todos los lados, pero a mi alrededor no existe nadie. Los viejos sitios donde jugábamos, con Juan, Luis, Geraldito, Manolito y Carlitos están tan silenciosos, reclamando nuestro retorno a una edad de inocencia. Pero de esos tiempos sólo quedo yo, esperando también la inevitable partida.

El agua me mira sin detenerse y yo en ella me miro desconociendo mi apariencia, pero en ese instante, ante mí aparecen flotando sobre la superficie del agua nítidas imágenes de Juana, María, Pascuala, Carlota y otras más, ¡qué alegres y felices!, cuando el sol al día le daba su esplendor en otros tiempos pasados. Ellas, finas y sensuales, caminaban de tipoy y colorido, sueltas y relajadas, para luego llegar y sumergirse hasta la cintura dentro del agua.

Entonces era cuando yo ansiaba ser río para bañar la piel de sus esculpidas piernas y caderas, y mojar las trenzas largas de su cabellera. Pero, ¡si las puedo ver igual que antes!, sentadas como siempre, dibujando sobre sus morenos rostros una amplia sonrisa al calor de los sucesos de las noches pasadas, bajo los comentarios de viejos y nuevos amores, mientras lavaban la ropa con el jabón de lejía. Sus cuerpos al impulso del deseo se agitaban, pero lo más llamativo era cuando creían que estaban solas y como para despedir la tarde se despojaban de sus prendas, y como si fuese un rito a la divina naturaleza se sumergían. El agua formaba líneas imaginarias sobre su cuerpo, luego salían con el pelo mojado y se lo exprimían de un lado.

Ya la tarde moría, y yo conversando conmigo mismo prometía reencontrarme al siguiente día no bien muriera la tarde, mientras miraba como se vestían para luego colocarse el atadijo de ropa recién lavada sobre la cabeza. Después retornaban al pueblo, absorbidas por la estrecha brecha en la oscuridad de la casi noche, y a lo lejos sólo se escuchaba la última y feliz carcajada. Seguramente era alguna broma cotidiana o el recuerdo de algún romance hurtado.

¡Esos eran otros tiempos!, ¡eran nuestros años dorados! Pero esta tarde gris, lejos de aquellos días de cielo sin nubes, de noches con luna, las puedo ver igual, y no sé si reír o llorar, pero yo las contemplo igual que antes y levanto los brazos para llamarles con la emoción reflejada en la cara; veo que todas están tan lindas y hermosas como en sus veinte primaveras.

¡Sííí! Son ellas: Juana, María, Pascuala, Carlota y otras más. Pero por más que me esfuerce, me doy cuenta que de mí se alejan y se vuelven a zambullir en las cristalinas aguas, que se vuelven a juntar donde sus cuerpos desaparecen, y las veo perderse, y ansioso las busco con la mirada, calculando en el tiempo lo que llevarán dentro sin poder respirar.

Y al verlas, una y otra vez, salir de nuevo, me pongo feliz. Así van y vienen jugueteando, saltan y brincan por la orilla del río, ignorando mi presencia, pero de pronto… yo me muevo y veo que sus ojos morenos quedan sobresaltados, y las noto que se quedan asustadas cuando se dan cuenta de mi extraña presencia. Me miran y luego se miran entre ellas, como preguntándose.

-¿Y quién será este intruso? -parecen no reconocerme, y yo, triste y envejecido, me pongo a pensar.

-¿Qué tan raro me dejaron los años, y qué se llevaron de mí?

Y éstas, como si adivinaran mis pensamientos, me vuelven a contemplar y cautelosamente se me acercan, y aunque no me pueden hablar, logran emitir algunos chirridos, para volver a nadar después, y yo me vuelvo a preguntar si de mí se acordaron, si en esos días, llevaba ocho primaveras y ellas veintitrés.

Pero para la amistad no existe razón de edad. Me acuerdo muy bien de Juana, María, Pascuala, Carlota y otras más, pero también recuerdo haber visto sus nombres descifrados en letras color escarlata, pintados sobre maderas cruzadas y enterradas sobre sus lápidas, y más abajo un viejo retrato de su juventud, reliquia de un pasado en vida, donde quedó dibujada su última sonrisa. Así permanece algo borroso y algo dañado por las inclemencias del tiempo, y el olvido sobre aquel tétrico lugar donde moran más muertos que vivos. Y ellos anhelan desde su oscuro aposento sentir los primeros rayos de sol y ver la tarde morir.

Es entonces que vuelvo a mirar donde Juana, María, Pascuala, Carlota y otras más, que continúan nadando. Entonces intrigado me pregunto:

-¿Y ellas quiénes son?

Y sin más controversias, ordenando mis pensamientos, las contemplo en silencio por un momento, y, como para no olvidar este inesperado acontecimiento, lo registro en mis memorias, dándole un seudónimo, con el nombre de La danza de los Bufeos.

 

FIN

 

28 de mayo de 2026

Las Tormentas

 



 

Mi madre soñaba cosas antes de que estas pasaran y, en sus sueños, encontraba cosas. Yo estaba en la mesa de la cocina cortando una caja de cartón para hacerle puertas y ventanas la mañana en que bajó y dijo que sabía dónde estaba Rua. Tenía mucha prisa.

-¡Voy!

-Apresúrate.

Era una de esas mañanas heladas a mitad de enero, cuando el aire es tan frío que parece nuevo. Cuando salimos, el viento empujó el aire que respiraba de vuelta a mis pulmones. La seguí por la senda hasta el bosque. Una becada voló sobre los árboles. Algo me decía que no debía hablar. Mi madre sabía adónde estaba yendo. Cruzamos una zanja y salimos a un campo de remolachas que no reconocí. Ella se detuvo y apuntó en dirección de un brezal.

-Está ahí -dijo.

Separamos los brezos y ahí estaba Rua, nuestro Setter rojo, con el cuello atrapado en un cepo. Parecía muerto, pero no pude desviar la mirada. Mi madre le aflojó el cepo y le habló. En el alambre había sangre. Lo cargamos hasta casa y le dimos leche, pero no podía tragar. Debajo del abrigo se le notaban los huesos y durmió por tres días. El cuarto día se levantó y siguió a mi madre por la casa como una sombra. Cuando le pregunté si yo también iba a encontrar cosas en mis sueños, ella me dijo que esperaba que eso nunca pasara. No le pregunté por qué. Aun cuando era una criatura, ya sabía desde hacía rato que por qué eran dos palabras que mi madre odiaba.

El tambo era una habitación fría y oscura que mis padres habían llenado con las cosas que apenas usaban, de la época previa a mi nacimiento. La pintura amarilla se abombaba en las paredes y las baldosas húmedas brillaban sobre el piso. Las bridas colgaban endurecidas de las vigas; sus bocados, polvorientos. La mantequera todavía estaba allí y el olor de la leche agria persistía en ella; la madera alisada, pero perforada por la carcoma, las paletas perdidas desde hacía rato. No recuerdo vidrios en esas ventanas, solo barrotes oxidados y el extraño aplauso del viento soplando por entre los árboles.

Alguien llevó la vieja incubadora a los empujones hasta adentro del tambo y un pollo se escapó; una cosa de metal oxidado que solía brillar como cuchara. Pusimos ahí pollos recién incubados, recogiéndolos en nuestras manos como pétalos amarillos y los soltamos en ese calor, bolas cubiertas de plumón con patas siempre en movimiento, asimilando ese calor como propio. El calor nos mantiene vivos. A veces esas bolas amarillas se caen, vencidas por el frío, las patas como flechas naranja apuntando hacia abajo. La mano de mi padre los descartaba como si fueran hierbajos. Mi madre los recogía con cuidado, inspeccionando esos cuerpecitos amarillos en busca de algún signo de vida y, al no descubrir ninguno, decía: «Mi pobre pollo», y me sonreía mientras los deslizaba por el conducto vertedor.

Los coladores de leche también estaban ahí, la gasa vieja colgando en racimos sucios sobre una hebra deshilachada. Y los frascos de mermelada de grosella silvestre que olían como a jerez, reducidos en el vidrio con un reborde de musgo. Mi madre siempre hizo más mermelada de la que podíamos comer. Solíamos hacer jalea de manzanas: cortábamos esas frutas ácidas en cuartos y las hervíamos hasta hacerlas pulpa, con corazones, semillas y todo; vertíamos el fluido grumoso en una funda de almohada vieja, atada a cada una de las patas de un taburete dado vuelta. Goteaba, goteaba, goteaba toda la noche dentro del frasco de conserva.

Iba al tambo cuando me mandaban; por un frasco de barniz, clavos de seis pulgadas, una brida para una yegua cabezona. El picaporte estaba demasiado alto. Tenía que pararme sobre una lata de creosota para alcanzarlo, y el metal sobre el que me paraba era delgado como una hoja. Cuando iba ahí por propia decisión, era para mirar en el arcón, una gran caja oxidada, una valija de pirata de niño. Era tan vieja que si la hubiera vaciado y puesto a la luz, habría sido como mirar a través de un colador. Adentro del arcón no había nada que me gustase: libros viejos, pegados por la humedad y sin ilustraciones, mapas oscurecidos y algunos libros de oraciones.

-Todo esto perteneció a la familia de tu padre -me dijo mi madre, empleando un volumen de voz que, se suponía, él no debía oír.

El arcón era tan largo como yo y la mitad de alto, con una tapa apretada y sin manijas. Lo habría abierto y mirado esas cosas, habría toqueteado los libros de lomos quebrados, con tapas perdidas. Era el pasado; el pasado estaba allí. Sentía que, si pudiese comprender sus contenidos, mi vida tendría más sentido. Pero eso nunca sucedió. Me habría hartado de mirar esas cosas, habría cerrado la tapa de un golpe, habría hecho rechinar el metal.

El próximo sueño cambió todo. Mi madre soñó con su madre, muerta. Sus gemidos me despertaron en medio de la noche. Alguien golpeaba ruidosamente la mesa de la cocina. Bajé furtivamente y me quedé allí, mirando en la oscuridad. Mi madre estaba acurrucada en el piso. Mi padre, quien nunca decía nada cariñoso, le hablaba con ternura, persuadiéndola con brandy, pronunciando su nombre.

-Mary, Mayree, ¡ah, Maayree!

Los dos, que nunca se tocaban, cuyos dedos soltaban la salsera antes de que el otro la agarrase, se estaban tocando. Volví a subir a gatas y escuché, mientras esas palabras cariñosas se convertían en otra cosa.

Por la mañana llegó el telegrama. El cartero se sacó la gorra y le dijo a mi madre que lamentaba los problemas que ella tenía. Mi madre enrolló el telegrama entre sus dedos como si fuera papel de armar cigarrillos. Mi padre hizo los arreglos. Vinieron desconocidos a casa. Una vecina me pegó en la mano cuando encendí la radio. Mi abuela, la mujer con el sarpullido violeta y los pechos surcados por venas azules, que hemos lavado como si se tratara de pintura, volvió rígida del geriátrico, en un cajón forrado con volados, y la pusimos en el frío del salón. Me levanté en medio de la noche y bajé a verla cuando no había nadie. Una ráfaga hizo que de la vela encendida cayera cera sobre el aparador. Sabía poco de ella, excepto que no les tenía miedo a los gansos enojados ni temía agarrarse tuberculosis. Podía curar todo tipo de enfermedad de las aves de corral. Mi madre había crecido rodeada por patos, gallinas y pavos. Le toqué la mano a mi abuela. El frío me dio miedo.

-¿Qué estás haciendo? -me preguntó mi madre.

Todo ese tiempo había estado allí sentada en la oscuridad.

-Nada -le dije.

Los vecinos vinieron a acompañarnos después del funeral, los coches se amontonaron en el camino. Me senté sobre las piernas de desconocidos. Me pasaban de unos a otros como a bolsa de tabaco y me tomé tres botellas grandes de 7UP.

Mi tía se quedó parada, custodiando el jamón. «¿A ver quién va a querer otra tajada?», preguntaba, con el cuchillo mortífero en la mano.

Mi madre se sentó mirando el fuego y jamás dijo palabra. Ni siquiera cuando Rua se subió al sofá y se puso a lamerse.

Pasaron meses. Mi madre se puso a limpiar el establo, aun cuando habíamos vendido las vacas hacía años. Iba con el cepillo y el balde, restregaba los pesebres, el pasillo, e incluso lustraba el tapacubos que empleábamos para servir la leche espumosa a los gatos. Y entonces volvía y le hablaba a las estatuas hasta el almuerzo. Se imaginaba tormentas, se encerraba debajo de las escaleras cuando oía viento, se ponía algodón en los oídos cuando venía el trueno, se escondía debajo de la mesa con Rua.

Una vez, mi padre y yo, enfardando centeno, la observamos en el campo, llamando a las vacas.

-¡Chuck! ¡Chuck! ¡Hersey! ¡Chuck! ¡Hersey!

Se quedó ahí parada, golpeando el balde de cinc para hacer que las vacas imaginarias vinieran a comer. Mi padre la llevó a la casa. Y fue entonces cuando mi madre empezó a vivir en el piso de arriba.

Así que, para cuando llegó el verano, yo era la que llevaba la gran tetera para los segadores de heno, con el pico tapado con una página sacada del Farmer’s Journal. Los hombres chupaban pajitas y me miraban, y le decían a mi padre groseramente que pronto estaría en edad.

Ella vino a buscarme en medio de la noche, vestida con un camisón rojo que nunca le había visto. Me sacó de la cama, bajamos los escalones a oscuras y salimos al prado segado, pasando los montones de heno, con nuestros pies descalzos a los que se pegaban semillas. Y seguimos subiendo por los campos de rastrojo, su mano atornillada a la mía, la parte de atrás de su camisón agitándose al viento. Y entonces alcanzamos la cima y nos recostamos boca arriba, a observar las estrellas, ella con su cabello color bronce y sus palabras de loca, no del todo sin sentido, pero intuyendo lo que nosotros no podíamos entender. Lo mismo que el perro es el primero en oír el coche en el camino.

Señaló lo que llamaba la cacerola, una disposición de las estrellas, y me contó cómo fue que llegó hasta allí. Era un cuento de animales que pasaba en la época de Nuestro Señor, en África. Hubo una sequía. El suelo se había vuelto polvo, e incluso el lecho de los ríos estaba seco. Los animales vagaban por África buscando algo que beber. Las ovejas perdieron la lana y las serpientes, sus pieles, pero una osa joven encontró una cacerola llena de agua y se la dio a beber a todos para sacarlos del apuro hasta que lloviese. Todos los animales bebieron hasta hartarse, pero la cacerola nunca se secaba. Tenía una manija curvada, y cuando llegó la lluvia, las estrellas adoptaron su forma, y eso es lo que pasó. Y entonces también yo pude verla en el cielo.

Estuvimos ahí hasta el amanecer, el olor del heno llegando con el viento. Me contó de mi padre, sobre cómo le había pegado durante quince años porque ella no era igual a las otras mujeres. Me enseñó la diferencia entre querer a alguien y que alguien nos gustara. Me dijo que yo le gustaba tan poco como él porque tenía sus mismos ojos crueles.

No entendí, pero fue entonces cuando empecé a ir al tambo sin que me mandaran. Era un lugar tranquilo. No había nada, solo el viento que soplaba y el borboteo del tanque de agua en lo alto. El agujero en el cielo raso, entre las vigas, permitía ver la casa de muñecas, el lugar donde mis primas solían llevar sus muñecas para golpearles las cabezas contra el tejado inclinado.

Fue un día de tormenta el día en que vino la camioneta para llevársela. Mi padre dijo que se estaba lastimando, pero no era nada que se pudiera ver. Le pregunté si quería decir que estaba sangrando por dentro.

-Algo así -dijo.

Pensé en la imagen del sagrado corazón sobre la estufa, el rojo corazón expuesto, iluminado por la lámpara roja que nunca se apagaba.

Los hombres están llegando a la casa para buscarla. Ella está debajo de la mesa. No puedo ver. Corro al tambo, abro el arcón y miro adentro. Saco un libro de oraciones y paso las páginas. Están gastadas y suaves como el brazo de mi madre. Abro uno de los mapas oscurecidos y rotos, y, hasta no encontrar un lugar que reconozca, no puedo distinguir cuál es la tierra y cuál es el mar. Hay un ala de insecto pegada a Noruega. Los oigo en la habitación de al lado. Abro otro libro y busco ilustraciones, pero no hay ninguna. Me meto en el arcón, me pongo en cuclillas. Oigo vidrio que se rompe. El sonido de lo que ha llegado a ser la voz de mi madre crece hasta el gemido. Algo cae. Empujo la tapa de lata, dejo que el metal caiga sobre mí con un chirrido de óxido, tenso. Todo se pone negro. Es como si yo ya no existiera. No soy yo sentada sobre libros húmedos, dentro de una lata grande y negra. El olor es viejo y mohoso como el olor de la panera o como el de la parte de atrás del aparador cuando quedan migas de torta. Un olor que tiene un siglo. Recuerdo que las ratas una vez royeron la rejilla de la incubadora. Llegaron hasta donde estaban los pollos y encontramos pedazos de plumones con patas por todas partes y las partes carnosas completamente comidas. A otros pollos los encontramos aterrados, exhaustos y escondidos entre latas de pintura o rollos de alambre, todavía incapaces de huir. Los levantamos, sus cuerpos amarillos palpitantes, gritos mínimos y enloquecidos.

Ahora yo manejo la casa. El último que dijo que estaba en edad recibió una quemadura. Mi madre siempre decía que no había nada peor que una quemadura. Y tenía razón. Sucede que no acepto tonterías de nadie. Dejan sus botas de goma afuera y mi padre deja los platos sucios sobre el escurridor. No lo he oído decir que las papas no tienen el centro bien cocinado. Sé usar la cuchara de servir para golpear. Eso también lo sabe. Rua da vueltas a la casa buscándola. Pienso en él como en la sombra de mi madre, vagando por la casa.

La visito los domingos, pero no sabe dónde está ni quién soy.

-Soy yo, mamá -le digo.

-Nunca pude soportar el olor a pescado -dice-. Él y sus arenques.

-¿No me reconoces? Soy Elena.

-¡Elena de Troya! ¡Métete en tu caballo! -dice.

Es buena con las cartas, les hace trampa a los otros y les saca el dinero que les dan para sus gastos cada semana, y la jefa de enfermeras tiene que ir hasta su armario para sacárselo cuando mi madre está en el baño. No se da cuenta. El dinero nunca tuvo ningún interés para mi madre.

Yo sigo volviendo al psiquiátrico. Me gusta el olor a desinfectante en los pasillos, los zapatos con suela de goma de las enfermeras, las peleas por los diarios dominicales. Me gusta que lo que hablan carezca de sentido. ¿Qué dice eso de mí? Mi madre siempre decía que la locura de una familia es hereditaria y yo la tengo por ambos lados. Vivo en una casa con el hombre con quien se casó mi madre. Tengo un perro que casi se murió, pero al que no le importa estar vivo. Cuando me miro al espejo, mis ojos son crueles.

Supongo que tengo mis propias razones para venir aquí. Tal vez necesito algo de lo que tiene mi madre. Un poco apenas. Me quedo con una parte pequeña para mi propia protección. Es como una vacuna. La gente no entiende, pero una tiene que enfrentar el peor caso posible para ser capaz de todo.

 

FIN

 


12 de mayo de 2026

LA ISLA DE LOS CONEJOS

 



 

Construyó una piragua y quiso probarla en el Guadalquivir. No le interesaba el deporte. Tampoco había hecho la piragua para usarla a menudo; sabía que, en cuanto explorara las isletas, la dejaría en el trastero o la vendería. Él se definía como inventor, aunque a las cosas que fabricaba no se les podía llamar inventos. Sin embargo, había empezado a calificar como tales todo lo que pergeñaba, pues no usaba manual de instrucciones. Su método era descubrir por sí mismo lo necesario para elaborar lo que ya estaba hecho. El proceso le llevaba meses y lo consideraba su verdadera vocación. Inventaba lo que estaba inventado. Conseguía con ello un placer parecido al de los senderistas que los domingos van al monte y alcanzan una cumbre, y se preguntaba por qué la realización personal era algo tan extraño. Por las mañanas, el falso inventor trabajaba como maestro en una escuela de artes y oficios sin sentirse realizado, a pesar de que sus enseñanzas resultaban útiles para sus alumnos.

Desde niño había deseado ir a las lenguas de tierra que penetran en el mar, o a las islas que nadie habita. En una ocasión, cuando tenía dieciocho años, sus padres le invitaron a Tabarca con la promesa de que era una isla desierta. Él creyó que iban a pisar mero matorral, pero se encontró con siete calles de casas humildes, una muralla, una iglesia, un faro, dos hoteles y un pequeño puerto. Probablemente sus padres exagerasen con que no había nada en Tabarca para convencerle de que se fuera con ellos de vacaciones -no les gustaba que se quedara solo en casa-; no obstante, tal vez nunca hubiesen entendido a qué se refería cuando hablaba de lugares deshabitados.

Era difícil contar las mejanas de la parte del Guadalquivir que bordeaba la ciudad. Algunas se confundían con pequeñas penínsulas. Una mañana de septiembre caminó hasta el muelle con su embarcación y se echó al agua. Estuvo varios días tomándole el pulso a la nave, y tras dominarla, comenzó a explorar el río. Llevaba semanas sin llover. El caudal iba escaso, tranquilo, apestoso. Recorrió el perímetro de las islas con una mezcla de desasosiego y estupor, sin ser capaz de arrimar la piragua a la orilla. Dudaba de sus habilidades para maniobrar con rapidez, temía que la tierra no fuera firme en las márgenes, resbalar y que la piragua se le escapara. Además, le espantaba regresar a nado, apretando los labios para no tragar miasmas, y viendo tanta naturaleza junta, la vegetación abigarrada y vibrante de insectos, la capa de excrementos de pájaro, el lodo. Lo que había creído bello no eran más que árboles torcidos por el peso de las aves, o quizás por alguna enfermedad, así como colonias de bichos y arbustos comidos por la inmundicia.

Al quinto día de deambular con la piragua, decidió recorrer la curva del Guadalquivir. Remar hacia el sur le permitía no perder de vista las lomas suaves de la campiña. Por allí las islas eran diminutas, más ásperas, y estaban muy juntas, como un sarpullido. Las rodeó trabajosamente; en la última se encontró el cadáver de un hombre flotando entre los juncos. El muerto yacía boca abajo, en calzoncillos; la piel de su espalda se levantaba formando ampollas del tamaño de una mano. No supo si las ampollas se debían al sol, que todavía achicharraba en septiembre, o a que el cuerpo estaba tan lleno de líquido que se había deformado. El río hedía. Llamó a protección civil y los agentes llegaron en una dingui con la que era imposible abrirse paso entre los juncos. En la dingui portaban una canoa; mientras un policía gordo se montaba en ella, él se acercó a la lancha y pidió permiso para irse. No quería presenciar cómo arrastraban al fiambre. Le amilanaba que se diera la vuelta y descubrir unas entrañas en carne viva, devoradas por los peces.

El episodio del muerto le mantuvo varias jornadas alejado del río. Luego volvió a dar su paseo vespertino alrededor de las islas, y un día, después de haberse atrevido a pisar la más cercana al muelle, decidió habitarla. Se dijo a sí mismo que estaba harto de vivir en la urbe, y también que le excitaba hacer lo que nadie hacía. Aquéllas no eran más que dos ideas peregrinas con las que a veces recorría las calles de su ciudad, que se le antojaba demasiado obsesiva, una espiral que le abducía hacia el centro. En verdad, no podía dar ningún motivo que explicara su decisión de ocupar aquel pedazo de tierra estrecho y nauseabundo, que le haría sentirse aún peor que en la ciudad.

Aunque se tratara de la isla más próxima a la ribera, la espesura impedía ver su interior. Limpió de matorral el centro, taló árboles cuyos troncos eran tan delgados que parecían cuerdas. ¿Cómo esa madera enclenque sostenía una copa de un verdor pletórico? Decidió montar una tienda de campaña roja en vez de verde militar. La tienda se aislaba bien, pero él no esquivaba el pánico a despertarse cubierto de insectos. Pensaba que, durmiendo en alto, se resguardaría de las larvas que pululaban por el suelo ciegas, ofuscadas en la profanación de la tierra, y que parecían intuir a sus depredadores. Las aves las atrapaban con facilidad: metían el pico bajo la arena y hurgaban. Constituían una fuente de comida inagotable; sin embargo, los pájaros no se alimentaban siempre de ellas. Quizás no resultasen lo suficientemente alimenticias por estar hechas sólo de agua, y había que buscar insectos más sofisticados y nutritivos. Una tarde examinó una. La puso en su mano, donde el animalito danzó sobre sí mismo. Al apretarle un poco con el índice, estalló como un globo diminuto.

No dormía en la isleta todas las noches; eso le habría vuelto loco. Le bastaba con amanecer allí un par de veces a la semana. Cuando pernoctaba en esa mancha del Guadalquivir, escuchaba un zumbido durante la madrugada. Salvo si las lechuzas atacaban, los pájaros permanecían callados, y sólo se oía el aleteo de los que eran expulsados de algún álamo. Estaban muy apretados; al ahuecar la cabeza bajo el ala y ensanchar el buche, los que ocupaban los extremos de las ramas se caían. El zumbido que le torturaba no se debía a estos estertores del sueño, sino a la chillería de las aves en el ocaso al buscar sitio en los árboles, tan brutal que imposibilitaba hacer un cálculo aproximado de cuántas acudían a aquel mísero terruño. Le parecía que eran miles. Piaban de tal modo durante una hora que el sonido se le quedaba dentro, y ni enchufándose los cascos con el volumen al máximo lo mitigaba; incluso salía de la tienda para ahuyentarlas a voces, pero la jauría no reparaba en su presencia. Era como un trozo de alga en mitad del océano; las aves quizás lo confundían con un pájaro ridículo. Acababa con la garganta dolorida de gritar, y no quería confesarse a sí mismo que algo en él se liberaba mientras vociferaba haciendo muecas grotescas. A menudo perdía la noción del tiempo y seguía aullando en plena noche, cuando los pájaros estaban ya callados; entonces los escasos paseantes de la ribera miraban hacia la isla creyendo que los alaridos eran de algún animal.

Los pájaros iban a la mejana a dormir, a criar, a morir. Todo estaba lleno de nidos y de cagarrutas, y cuando el falso inventor volvía a su casa, no conseguía deshacerse del olor a excremento, ni siquiera duchándose. Por lo visto, aquellas aves blancas eran una plaga. Se lo había dicho un viejo que pescaba en el embarcadero. Le preguntó al viejo por el nombre de los animales, pero éste no supo indicárselo. Estuvo buscando información en internet y no encontró nada. Ojeó una guía de la fauna del Guadalquivir; los pájaros de su isla no coincidían con ninguna de las garcillas descritas. No investigó más; al fin y al cabo, hallar a qué especie pertenecían no modificaba su decisión de convertirse, durante un par de veces a la semana, en un ser que bramaba contra unas criaturas que le ignoraban, que se dormían a pesar de que les lanzaba furiosas piedras. Ni se dignaban mirarle cuando la cólera le hacía agitar los troncos enclenques de los árboles. Las copas se movían de un lado a otro, y a veces este movimiento se tornaba violento; el vaivén de ramas trasmitía la impresión de que unos fornidos costaleros llevaban la isla a hombros.

Con el paso de las semanas, el falso inventor se convenció de que su ocupación era un acto de justicia. ¿Por qué tenía que pedir permiso para habitar un sitio vacío? Estimaba incomprensible que el resto de las isletas siguieran vírgenes, pero eso no era lo que le parecía peor; lo intolerable era la falta de curiosidad de los habitantes de una capital donde vivían más de trescientas mil personas. ¿Entre tanta gente sólo él se molestaba en visitar lo que había delante de sus narices?

Empezó a dejar dinero en la tienda de campaña para ver si alguien lo robaba. Si bien los piragüistas que remaban por el Guadalquivir no tenían por qué ser unos ladrones, debía de haber maleantes al acecho, algún vagabundo hambriento que sin duda birlaría su generoso billete. Comprobó a diario si los cincuenta euros seguían allí. Y así era. Nadie cogía nunca ese dinero. Nadie ponía un pie en su isla.

Cuando no inventaba lo que ya estaba inventado, el falso inventor hacía instalaciones a las que no llamaba arte. Por ejemplo, les había quitado la piel de tela a diez perros de juguete que ladraban mientras movían las patitas delanteras y encendían sus ojos. Luego había colocado la piel sobre las patitas y metido a los perros en una jaula para conejos. Urdió un mecanismo para accionar a los perros con un mando a distancia. Cuando sus amigos iban a su casa, él le daba al botón del mando. Diez perros de juguete despellejados ladraban mientras movían sus patitas hacia atrás sobre su propia piel, encendiendo unos ojos amarillos.

Sus amigos le sugerían vender aquella instalación a alguna campaña para la protección de animales y él se encogía de hombros. ¿No habrían explotado ya otros su idea? En el fondo, pensaba que, si se le había ocurrido a él, era porque la había visto en algún sitio, aunque no se acordara. Por eso se negaba a que alguien considerase arte sus instalaciones. Le aterrorizaba exponer y que se comentara en voz alta que sus obras no eran más que una copia. No sabía por qué le temía a esa crítica, si al fin y al cabo no creía en la novedad y argumentaba largo y tendido al respecto, aun cuando no fuese capaz de recordar de dónde procedían sus apropiaciones. Además de la jaula llena de perros de juguete, eran suyos un circo de pulgas mecánicas en el interior de una alacena, una sandwichera fabricada con dos planchas de la ropa con la que derretía queso añejo sobre las manos de sus invitados cuando celebraba alguna fiesta, una pila de libros sobre la que se había acumulado el polvo durante más de veinte años -lo que cubría los libros eran ya pelotas de porquería-, y cuya importancia estribaba en que ese polvo contenía células muertas de todos sus familiares, ya fallecidos.

Fue la jaula de conejos donde tenía los perros de juguete lo que le llevó a la ocurrencia de soltar conejos en la isla para ahuyentar a los pájaros. Resolvió no quedarse más noches a dormir. Ya había gritado lo suficiente. Mantendría la tienda de campaña para ir a observar a los conejos y echarse la siesta. El otoño estaba avanzado, habían atrasado la hora; ya no era un despropósito remar a las cuatro de la tarde y recibir la fresca en el río, cuyo caudal seguía tan hediondo como en verano debido a la sequía. Compró veinte conejos, diez machos y diez hembras, que se reproducirían a gran velocidad. En la isla pronto no habría alimentos para ellos. El falso inventor supuso que los nuevos moradores atacarían los nidos que había en el suelo cuando no tuvieran qué comer. Si los pájaros no podían criar en la isleta, se irían a otra.

Los conejos eran muy blancos y de largas pelambreras. Tenían los ojos rojos, le habían costado más caros que si los hubiese comprado grises o marrones, pero estimó necesario que compartieran el mismo color que las aves. Se dijo que poblar con ellos la isla era su forma de seguir habitándola. Acabó por permitirles entrar en la tienda, donde preferían estar, sin duda porque les mantenía a resguardo del sol y porque la tierra no valía para hacer madrigueras. En la tienda se pusieron a parir gazapos sin pelo que parecían ratas.

En cuanto los conejos devoraron los matorrales, los nidos fueron vaciándose de huevos, manjar que parecía gustarles especialmente, pues en más de una ocasión presenció peleas por roer las finas cáscaras azuladas. No se peleaban, sin embargo, por los polluelos, y para el falso inventor estaba claro que comer esa carne recién nacida era algo que hacían a su pesar, con cierta tristeza, como si sus obtusas inteligencias reaccionaran frente a aquella situación cruel. Su actitud, se decía, estaba acorde con la humanidad que representaban, que no era otra que la de él, su dueño. Tal vez por ello le sorprendió que, a pesar de los escrúpulos iniciales, luego no dejaran ni los huesos, como habría hecho cualquier persona. Atacaban con sus incisivos los buches de las criaturas, y un cerco de sangre tiznaba, del mismo color que sus ojos, sus hocicos temblones y los finos pelos de sus bigotes. Cuando habían acabado con la carne, frugal, pasaban largos minutos royendo los esqueletos, haciendo un ruido peculiar, de ramas secas quebrándose. Se comían incluso el pico, y al terminar se acicalaban hasta que el pelaje volvía a lucir blanco.

Mientras el festín tenía lugar, las aves volaban alrededor lanzando angustiosos graznidos. Aguardaban durante horas en el lugar del crimen, como si su prole fuera a aparecer tras una piedra. Al falso inventor le resultaba curioso que no se les ocurriese atacar a los conejos. Sería sencillo para ellas arrancarles los ojos con sus afilados picos, pero aquellas maniobras grupales debían de ser ajenas a sus instintos.

No calculó que los gazapos nacidos allí jamás habrían comido otra cosa que carne y huevos, y que aquella desnaturalización habría de acarrear alguna consecuencia funesta. Durante un tiempo más, las aves fueron lo suficientemente tontas, u osadas, como para seguir anidando en la isla, pero cuando los nidos comenzaron a desaparecer, el falso inventor se dio cuenta de que también lo hacían las camadas de conejos. Una mañana fue testigo de por qué desaparecían: sus congéneres se las comían. Le horrorizó aquel espectáculo y se deshizo de la idea de que esos animales fueran una extensión de su persona. Es más: se le antojaron una plaga, igual que los pájaros, y si siguió yendo a visitarlos, fue porque se sentía culpable de abandonar a aquellas bestias a las que había envilecido.

Un día probó con el pienso. Los conejos se limitaron a olisquearlo, y luego se entregaron a encuentros sexuales que poseían un punto morboso. Habían aprendido a reproducirse para comer, y eso multiplicaba los apareamientos. El falso inventor se dijo que la necesidad aceleraba la gestación. Todos se alimentaban cada vez que una hembra daba a luz; cuando acontecía el silencioso parto, los conejos acechaban a la parturienta como si también cupiera la posibilidad de comérsela a ella. Puesto que ya no demostraban interés por los nidos de las aves, éstas volvieron a anidar.

La tienda de campaña se veía desde la ribera. A él le daba igual. Lo que había en ese pedazo de tierra no era demasiado distinto de los campamentos que los rumanos y los mendigos levantaban bajo los puentes de las circunvalaciones. Mientras no molestaran, nadie les prohibía que durmieran allí. Su isla quedaba lejos del conjunto monumental que se atisbaba desde el otro lado del río. Tenía enfrente el final de la ciudad, donde, además de pisos nuevos y feos, sólo había un centro comercial junto a un estadio que nunca fue importante. Él también era visible cuando estaba en la mejana, y algunos niños le saludaban desde el pretil y le pedían a gritos que les llevara en su piragua. El falso inventor les contestaba moviendo enigmáticamente la cabeza. La atención de los niños le envanecía y le preocupaba al mismo tiempo. No quería que supieran lo que estaba pasando con los conejos, que se adivinaban desde el mirador; eran como pequeñas pelotas blancas chocando unas con otras. Por las noches, si había suficiente luna, el resplandor de sus pelajes se confundía con el de los pájaros, y daba la impresión de que las aves dormían en el suelo.

Los conejos jamás se comían a sus crías fuera de la tienda. Parecían saber que transgredían una ley. Y aunque verlos alimentándose de sus descendientes encogía el alma y los tornaba abyectos, cuando se estaban quietos se hacía evidente que había algo en ellos hipnótico, majestuoso, que se acrecentaba con el paso del tiempo, y que quizás guardaba relación con actuar contra natura. Tal vez habían dejado de ser conejos, pensaba, o de algún modo sabían que estaban protagonizando lo que jamás había pasado de esa manera en su raza. A ratos al falso inventor le atribulaba su desaparición, y entonces se olvidaba de las circunstancias por las que aquellos seres habían acabado zampándose a sus hijos. El acontecimiento relucía como un hecho puro, sin causas; un hecho llamado a inaugurar un nuevo mundo. Todo esto ocurría a la sordina, porque aún no había un lenguaje para una realidad que empezaba a dar sus primeros pasos. El falso inventor se limitaba a seguir yendo a la isleta y a contestar con recelo a las peticiones de los infantes de ser llevados en su piragua. Por las noches, en el caserón heredado de su abuela en el que vivía, soñaba con los padres de estos niños, oía sus voces como si fueran una turbamulta que le aplastaba mientras las habitaciones se llenaban de agua y del color azul de las piscinas. Se decía que aquello era una vulgar obsesión de la que saldría cuando decidiera abandonar a esas criaturas, y sólo por algunas actitudes de su cuerpo, de repente estático junto a sus conejos, era posible concluir que comenzaba a sentirse como uno más entre ellos. Quizás su pelo, súbitamente encanecido, lograría el blanco fabuloso de esos animales ya sagrados, y sus ojos, ensangrentados por pequeños derrames que el oculista atribuía a una persistente conjuntivitis, acabarían sanando cuando enrojecieran por completo.

Un día el falso inventor desmontó la tienda de campaña y dejó de ir a la isla. Los habitantes de los pisos de la ribera se preguntaron qué habría sido de aquel loco dedicado a criar unos conejos que murieron a las pocas semanas de su desaparición, y cuyos cadáveres formaron un bonito manto blanco.

 

FIN

 


4 de mayo de 2026

LOS NAIPES DE MARFIL

 



 

 

Desde la edad de dos años, y hasta que cumplí los doce, vi muy poco a mi madre. Yo era el hijo póstumo de un padre que regentaba un modesto negocio y que dejó a mi madre casi en la miseria; de modo que poco después de quedarse viuda volvió a emplearse en la gran casa donde antes había trabajado en calidad de doncella.

Por fortuna para mí, los comerciantes del ramo de mi padre poseían un Montepío bastante bien organizado, y a su debido tiempo ingresé en una institución que me proporcionaba cama, comida y educación durante diez meses al año. Las vacaciones iba a pasarlas con mi tío, que tenía una panadería en Hounslow; y sólo veía a mi madre en sus ocasionales y breves visitas a la escuela o a la casa de su hermano.

Un año antes de mi duodécimo aniversario, mi madre había ascendido a la categoría de ama de llaves de Sir George Suttwell, en su gran mansión de Hampshire, y tenía muchos criados bajo su mando. Era una de aquellas mujeres fuertes, honradas y capaces, diseñadas especialmente por la naturaleza para ocupar modestas posiciones de confianza. Mi madre inspiraba una especie de miedo a la mayoría de la gente, y creo que los dos únicos seres a los cuales ella temía eran Sir George y su esposa. Le inspiraban un respeto rayano en la reverencia, y adoraba a la familia como si hubiese sido algún siervo feudal nacido y criado en la casa solariega.

Esa actitud hacia sus dueños contribuyó de un modo decisivo a nuestra larga separación. Mi madre temía pedir permiso para tenerme a su lado durante las vacaciones, pensando que yo podía hacer algo que atrajera sobre nuestras cabezas la cólera del Olimpo. De modo que fui creciendo y considerando a mi madre como a una persona querida y extraña al mismo tiempo, una gran dama cuyas periódicas visitas salpicaban la insulsa conversación de mis tíos de alusiones a cacerías, bailes de sociedad y cosas por el estilo que, en lo que a mí se refiere, podían haber tenido lugar en el planeta Marte.

Aunque yo quería a mi madre, como es natural, y siempre esperaba con afán el momento de verla, era bastante feliz con mis tíos cuando no estaba en la escuela. Mi tío, un buen hombre, era una de aquellas naturalezas sencillas que pueden buscar y encontrar compañía en un chiquillo. Poco amigo de salir de casa, su única afición era el fútbol, en calidad de espectador, desde luego; y cuando yo estaba en Hounslow siempre me llevaba con él a los partidos.

Me había enseñado a jugar al descarte y a la brisca, y muchas tardes jugábamos interminables partidas en la trastienda. Mi conocimiento del primero de aquellos juegos me valió más tarde el mejoramiento de mi educación, una modesta fortuna y los medios para establecerme por mi cuenta. Y la historia de aquella partida de descarte que me ganó un lugar en la vida muy por encima de la condición en que había nacido es algo que no reprocharé a ningún hombre que lo ponga en duda.

Acababa de cumplir los doce años cuando llegaron aquellas afortunadas vacaciones de Pascua.

Sir George y Lady Suttwell eran dos personas de cierta edad que raramente permanecían ausentes de su casa de Hampshire más de un fin de semana. Pero aquella primavera habían decidido efectuar algunas reformas necesarias en la casa y estarían fuera una temporada. Mi madre reunió el valor necesario para pedirles que le permitieran tenerme a su lado durante su ausencia. Los Suttwell no pusieron ningún inconveniente. «Ver Suttwell y morir» era una frase que había oído más de una vez de labios de mi madre; puede imaginarse, pues, el estado de excitación en que me sumió la perspectiva de aquel viaje.

Suttwell Court se encuentra en el borde occidental del New Forest, y a cuatro millas por carretera de la estación de Farringhurst. Recuerdo el tren, después de dejar atrás Southampton, llevándome a través de extensiones de bosque bañado por el sol y con el tierno verdor de la primavera. Pero el sol estaba muy bajo en el cielo cuando me apeé en el andén de Farringhurst, y unas nubes plomizas, avanzando por el oeste, tendían una lúgubre cortina sobre el atardecer.

En la estación me esperaba mi madre, la cual me besó y me acompañó hasta un destartalado vehículo que por espacio de una generación había servido de medio de transporte para los equipajes y los criados. Durante la mayor parte del trayecto, la lluvia repiqueteó contra las ventanillas y contra el techo del vehículo, y aquel melancólico final de un día brillante, añadido al hecho de que yo estaba cansado después de mi viaje, probablemente tendieron a deprimirme y a inspirarme los más absurdos presentimientos.

Supe que tenía un extraño e irrazonado temor a la casa cuando me asomé a la ventanilla y la vi por primera vez, mientras la cálida lluvia empapaba mis cabellos. Había imaginado que Suttwell Court era un palacio oriental como los que describen los cuentos de hadas, para descubrir que su aspecto resultaba todavía más lúgubre que el de la institución donde había pasado la mayor parte de mi vida. Entré en la enorme mansión con la misma sensación de espanto que experimenta un chiquillo al entrar por primera vez en una catedral.

Una sopa de salchichas en el gabinete de mi madre contribuyó a mejorar mi estado de ánimo. Un caballero muy amable, llamado Mr. Hewitt, compartió la cena con nosotros. Mi madre me dijo que era el mayordomo; y desde entonces en mi valoración de las categorías sociales los mayordomos se situaron a un nivel equivalente al de los miembros de la Cámara de los Lores. Me pareció que tenía más dignidad, más sentido del humor y más condescendencia hacia un niño de doce años que cualquiera de los profesores del orfelinato.

Mi madre me envió a la cama muy temprano, pero antes de hacerlo me mostró un poco, muy poco, de aquellas partes de la casa que en época normal eran sagradas. Entonces volví a sentirme deprimido y asustado. Todo era alarmantemente grande y macizo; no había ni un solo cuadro que no pareciera veinte veces mayor que un cuadro normal, ni un sillón en el cual no hubiese podido sentarse cómodamente un gigante. Las propias alfombras bajo mis pies eran un fastidio: temía que en cualquier momento me riñeran por andar sobre ellas.

Agradecí el hecho de que mi dormitorio se encontrara al final de un pasillo que parecía el rincón más sencillo de la casa, con esteras de paja en el suelo. En mi cuarto, el piso era de linóleo, y las alfombras, finas y gastadas, me recordaron Hounslow y el cómodo gabinete de tío Fred.

Mi estado de ánimo había mejorado al día siguiente, y la casa me pareció menos impresionante a la luz matinal, cuando, acompañado por mi madre, terminé de recorrerla. Mi madre, sumamente activa, se movía al compás de un perpetuo entrechocar de llaves, y ello me hizo sentir que era una persona muy importante, aumentando el respeto que ya me inspiraba. Una sola mirada le bastaba para escoger la llave que iba a utilizar, sin que se equivocara nunca. Y en cada una de las habitaciones que visitábamos tenía un breve comentario a punto, señalando un mueble raro o un cuadro interesante, o contando algún importante acontecimiento familiar que había tenido aquella estancia por escenario.

Supongo que los cuadros me interesaban más que cualquier otra cosa. Había muchos retratos de antepasados, especialmente en el vestíbulo y en la larga galería del piso alto. El parecido familiar entre aquellos Suttwell era muy notable, y si mi madre no me hubiera informado del parentesco que unía a aquellos personajes, habría pensado que todos los retratos eran del mismo hombre con diferentes vestidos y en épocas distintas de su vida.

En nuestro recorrido por la casa sólo dejamos de visitar una habitación, debido a que era la única de la cual mi madre no tenía la llave. La puerta cerrada se encontraba en el primer piso, en un pasillo que se extendía directamente desde la escalinata principal hasta el ala oeste, y mi curiosidad se despertó cuando mi madre pasó de largo ante ella.

-¿Qué hay ahí dentro? -pregunté.

-No lo sé -respondió secamente mi madre.

-Pero, ¿por qué no tienes la llave?

-La tiene Sir George. Si prefiere guardarla él, por algo será.

Pensé que mi madre estaba disgustada porque no le habían confiado la llave de aquella habitación junto con las demás, y que ése era el motivo de que respondiera a mis preguntas de un modo más brusco que de costumbre.

La misteriosa habitación me impresionó vivamente y mi fantasía se desbordó: alguien había cometido un asesinato allí. El esqueleto de un hombre yacía aún en el centro de la estancia, sobre una gran mancha de sangre seca… Pero cuando le sugerí aquella horrible y deliciosa posibilidad a mi madre, se mostró impaciente y muy desalentadora.

La casa hubiese sido un campo de juego ideal para mí si me hubieran permitido utilizarla como tal, pero estaba limitado a la habitación de mi madre y a la gran cocina, aunque a veces el amable Mr. Hewitt me permitía ayudarle a quitar el polvo de los cristales de su despensa. Fuera de la casa la situación no mejoraba. Los jardines eran todavía más sagrados para las pisadas que la gran alfombra gris del salón principal.

Pero los criados, dentro y fuera, se mostraban muy cariñosos conmigo, y parecían disfrutar malcriándome cuando mi madre no estaba a la vista. Ninguno de ellos idolatraba a la familia como mi madre, y Mr. Sturgess, que era uno de los jardineros y nunca estaba demasiado atareado para hablar, me contó más detalles de la historia de los Suttwell que mi propia madre. Un día me dejó sin aliento al decirme que Sir George era un hombre pobre. Parpadeé, para dar a entender que la cosa no resultaba fácil de creer.

-No me refiero a que a ti y a mí no nos gustara cambiarnos con él, por ejemplo -confesó Mr. Sturgess-. Pero no es un hombre rico de acuerdo con sus propias ideas. Cuando un personaje de su categoría empieza a vender tierras, mal van las cosas. Si el padre de Sir George estuviera vivo, la familia habría perdido la casa hace tiempo.

Y entonces me contó que durante muchas generaciones los cabezas de familia de la mansión habían sido alternativamente tacaños y despilfarradores. Un Suttwell había malgastado su fortuna y dejado un montón de deudas; su hijo había trabajado duramente para restablecer el equilibrio financiero de la casa, sólo para que la generación siguiente volviera a gastar sin medida.

-Sir Hugh, el padre de Sir George, fue el hombre más despilfarrador que pueda imaginarse -me informó Mr. Sturgess.

-Entonces, Sir George es un tacaño, ¿no? -pregunté.

Sturgess sonrió y se rascó la barbilla.

-Bueno, tal vez no sea ése el nombre exacto que puede dársele -dijo-. Pero no le falta mucho para serlo…, no le falta mucho.

Mis cinco primeros días en Suttwell Court transcurrieron agradablemente y con bastante placidez. Me atrevo a decir que mi aburrimiento habría sido completo si los criados no se hubieran mostrado tan predispuestos a alegrar mi estancia en la casa. Además, me gané el respeto de Mr. Hewitt enseñándole a jugar al descarte.

-El mejor juego de naipes para dos personas que se ha inventado nunca -fue su veredicto sobre el descarte.

La cosa ocurrió el sexto día de mi estancia en Suttwell Court.

Mi madre, amante como era de la disciplina, no me permitía permanecer levantado hasta altas horas de la noche. A las nueve y media en punto me besaba, encendía mi vela y me enviaba a la cama. Siempre, al cabo de media hora, la oía entrar en la habitación contigua a la mía.

Los obreros solían trabajar hasta la puesta del sol, pero aquella noche un grupo de ellos había decidido terminar una reparación en la escalera de la parte de atrás, de modo que cuando mi madre me envió a la cama tuve que cruzar el vestíbulo y subir por la escalinata principal.

Era una noche muy oscura, sin luna y sin estrellas, y la casa estaba sumida en una oscuridad casi total. Recuerdo las divertidas y horribles sombras que acompañaron mi paso a través del vestíbulo con mi pequeña vela, y cómo los ojos de los retratos me miraban fijamente a través de la penumbra, tal vez preguntándose con indignación qué derecho tenía yo a estar allí.

A mi alrededor, las sombras se alargaban y se hinchaban a medida que subía la escalinata, y me alegré de llegar al rellano, lejos de las miradas que me acechaban en el vestíbulo.

Había dado media docena de pasos por el pasillo que conducía al ala oeste, cuando me detuve súbitamente. Había llegado a la puerta de aquella misteriosa habitación cerrada y tuve que pararme y contemplarla unos instantes, como un chiquillo que carece del dinero necesario para entrar en un cine contempla el vestíbulo del local. Estaba a punto de reanudar mi camino cuando ocurrió algo que sé perfectamente que es cierto y que, no obstante, todavía me parece increíble.

De pronto, sin el menor ruido que me alarmara, la puerta se abrió. En el umbral apareció un caballero, y detrás de él la habitación estaba iluminada. Retrocedí un paso y miré. Estaba sorprendido, desde luego, pero no eché a correr muerto de miedo, como era de esperar.

El caballero sonreía. Sonreía con la boca y con los ojos, unos ojos que tenían una especie de brillo malicioso que yo había visto en más de una ocasión en algunos hombres aficionados a empinar el codo. Sin embargo, la expresión de su rostro era amable. En conjunto, su aspecto era tan amistoso que disipaba inmediatamente cualquier temor.

-¡Vaya! -exclamó con una voz suave y gutural-. ¡Si es un muchacho! ¡Hola, chico! Acércate…

Di un paso hacia él, sosteniendo mi vela. Iba vestido como uno de los retratos del vestíbulo, lo cual contribuía a aumentar su parecido con uno de los Suttwell. Una peluca, rizada y muy empolvada, ocultaba sus cabellos naturales.

Doy gracias al cielo porque en aquel momento no se me ocurriera pensar lo que ahora sé. El caballero parecía tan sólido y real como cualquier persona de las que hasta entonces había visto. Y los retratos habían puesto en mi mente infantil la idea de que los Suttwell continuaban circulando por el mundo con sus pelucas y sus encajes. El caballero era uno de aquellos semidioses a los que se aludía reverentemente como a «la familia». Me limité a sonreírle tímidamente, preguntándome cómo había conseguido entrar en la casa sin que mi madre, que lo sabía todo, se diera cuenta.

-¿Adónde ibas, muchacho? -me preguntó.

-A acostarme, señor.

-¿A acostarte? ¡Oh! -Tenía una voz petulante y, al mismo tiempo, ligeramente temblorosa-. Vamos, vamos… Ahora que estás aquí, no vas a negarme un rato de compañía… En estos últimos tiempos he estado muy solo.

Su voz se había impregnado de tristeza al pronunciar aquellas últimas palabras y me sentí conmovido. Luego dijo algo en francés que no pude comprender, pero me pareció que se trataba de una invitación para que entrara en la estancia, sobre todo al ver que se apartaba ligeramente a un lado mientras hablaba.

Entré, pues, en el cuarto misterioso. Estaba brillantemente iluminado, pero no recuerdo haber visto ninguna lámpara ni ninguna vela encendida. El apartamento era una especie de salón. Había una mesa en el centro, unos sólidos y antiguos sillones, libros, un escritorio… Y el polvo de siglos cubriéndolo todo con una espesa capa.

-Sí -dijo el caballero-, ahora tengo poca compañía, y no puedo mostrarme demasiado exigente. Los tiempos han cambiado. Confieso que llevo más tiempo del que puedo imaginar muriéndome de ganas de jugar una partida a las cartas. -Me miró, con las cejas enarcadas, como sabiendo de antemano lo ocioso de su pregunta-. Tú no juegas a las cartas, ¿verdad?

-Sí, señor -contesté-. Conozco algunos juegos.

Su sonrisa se ensanchó y luego sacudió la cabeza.

-Algún juego de villanos, sin duda -dijo-. Bueno, bueno, vale más un poco de cerveza que mucha agua… Será un verdadero placer sentir los naipes en mis manos otra vez. Bueno, ¿cuál es tu juego preferido, muchacho?

-Sé jugar al descarte -murmuré.

-¿Al descarte? -Sus ojos parecieron agrandarse a causa de la sorpresa y del placer que experimentaba-. ¡Al descarte! ¡El juego de moda en estos momentos! Oye, ¿quién diablos te ha instruido de ese modo?

Me encogí de hombros, sin saber qué contestar. El caballero, por su parte, no parecía esperar mi respuesta. Me dirigió una reverencia tan irónica y tan divertida que estuve a punto de echarme a reír, en vez de sentirme ofendido.

-Sir -dijo-, me siento profundamente honrado por vuestra compañía, y si jugáis al descarte sois bien venido a mis lares por partida doble. He perdido más guineas al descarte que pelos tengo en la cabeza. Si queréis honrarme con una partida…

Me miraba ansiosamente, como si pensara que podía negarme a jugar con él. No dije nada, limitándome a mirarle con una sonrisa intrigada y nerviosa.

Interpretó mi silencio como un mudo asentimiento, se acercó al escritorio, abrió un cajón y sacó una baraja. Luego dejó caer los naipes sobre la polvorienta mesa.

-¿A cuánto es la puesta? -inquirió, mirándome con sus ojillos burlones-. ¿Lo normal en el club?

Sospeché que se estaba mofando de mí, ya que un caballero como él no podía aceptar nada de un chiquillo. En realidad, yo no tenía nada que perder, pero estaba seguro de que, si ganaba, aquel amable y extravagante caballero no permitiría que me marchara con las manos vacías. De modo que sonreí y dije:

-Desde luego.

La baraja estaba preparada ya para jugar al descarte, es decir, que sólo contenía treinta y dos cartas, empezando por los sietes. Mientras los mezclaba me di cuenta por primera vez de la gran belleza y originalidad de los naipes: eran de marfil, pintados a mano y sometidos a un tratamiento que hacía inalterables los colores. Perdí la mano y acerqué un sillón a la mesa.

-¿Una ronda de tres juegos? -preguntó el caballero.

Asentí y empezó a dar. Mientras repartía las cartas observé que sus maneras habían cambiado. Su rostro había perdido su expresión jovial y estaba ahora terriblemente serio. No resultaba difícil adivinar cuál era uno de sus más arraigados vicios.

Empezamos a jugar. El caballero extendió su pequeño abanico de naipes con dedos temblorosos. Declaró el rey de triunfos y ganó dos puntos de la mano. Se llevó el primer juego por cinco puntos a dos.

Yo empezaba a estar asustado, aunque sin saber por qué. Pero la suerte me favoreció en el segundo juego, y sumé cinco puntos en tanto que él se quedaba con tres. Yo estaba bastante nervioso, pero cuando el caballero recogió las cartas para servir el último juego me pareció que su nerviosismo superaba al mío.

¡Y qué juego, Dios mío! Ninguna mano produjo más de un punto, con un total de cuatro, equitativamente repartidos. El triunfo era espadas: pedí cuatro cartas.

Me las sirvió una a una, y la primera que levanté era el rey de espadas.

-Me basta con el rey -dije, poniéndola boca arriba.

El caballero profirió un juramento y se puso en pie, arrojando violentamente sus cartas sobre la mesa. Me levanté, asustado, sin soltar el rey de espadas.

-Ésa es la clase de suerte que siempre me ha fastidiado -dijo el caballero, en un tono más tranquilo.

Y empezó a pasear de un lado para otro, con la cabeza inclinada sobre el pecho, hasta el punto de que me pregunté si estaría bromeando y esperaba que yo me echara a reír. Luego se detuvo y me miró fijamente.

-Muchacho -dijo-, te estoy muy agradecido por la compañía. ¿Qué dirías si no pudiera pagarte?

De nuevo me pregunté si se burlaba de mí.

-Por favor -dije-, el dinero no tiene importancia.

Sorprendentemente, mi respuesta pareció enojarle.

-Te estoy muy agradecido por la compañía, muchacho, pero maldito sea tu descaro. No hay ningún hombre, vivo o muerto, que pueda decir que Giles Suttwell no ha hecho honor a una deuda de juego. ¡Maldito sea tu descaro! ¿Me oyes? ¡Maldito sea tu descaro!

Me sentía tan asustado, que ni siquiera pude tartamudear una palabra de disculpa.

El caballero reanudó sus paseos por la habitación, con la cabeza inclinada y murmurando para sí mismo. Luego volvió a detenerse y a mirarme.

-¡Maldito sea tu maldito descaro! -exclamó-. Pero, ¿cómo voy a pagarte? ¡Ay! ¡Éste es el problema!

Se quedó pensando y luego, con gran alivio por mi parte, me señaló la puerta.

-Buenas noches -dijo-. Te estoy muy agradecido por la compañía, desde luego. Y maldigo tu descaro.

Me dirigí hacia la puerta. El caballero me siguió.

-Te pagarás tú mismo, muchacho -le oí decir-. Lo que era de mi padre es mío, aunque el maldito avaro lo ocultara a mis ojos y a los ojos de los que vinieron después. En la biblioteca…, el quinto tablero detrás de las estanterías a la izquierda de la puerta encarada al sur…, toma lo que te debo…

Me encontraba ya en el pasillo y me volví a mirarle mientras su voz se apagaba detrás de mí. No vi más que una puerta cerrada. Entonces, un intenso terror se apoderó de mí y eché a correr escaleras abajo, gritando, hasta encontrar el refugio de los brazos de mi madre. En aquel momento apenas comprendía nada, pero mi terror me dijo que había estado con algo que no era de la tierra ni era bueno.

Mi madre no hubiera creído una sola palabra de lo que le conté si no hubiese observado que agarraba algo convulsivamente en una de mis manos. Me obligó a abrir los dedos y cogió un naipe de marfil.

Era el rey de espadas.

Mi madre se arriesgó a prolongar mi estancia en la casa hasta que Sir George y su esposa regresaron. Les repitió palabra por palabra la historia que yo le había contado a ella, y les mostró el naipe de marfil.

Sir George apenas hizo ningún comentario.

Mucho más tarde me enteré de que la habitación donde se desarrollaron los extraños acontecimientos que acabo de narrar había sido cerrada porque se rumoreaba que era visitada por el fantasma de Sir Giles Suttwell, jugador y borracho empedernido, que había fallecido a finales del siglo XVIII.

La habitación fue abierta y en el escritorio se encontró una baraja de treinta y un naipes: una baraja completa para jugar al descarte… añadiéndole el rey de espadas. Y debido a que un chiquillo no puede entrar en una habitación cerrada y coger una carta del cajón cerrado de un escritorio, sin tener las llaves de la puerta ni del cajón, se prestó una atención especial a mi historia, y de un modo particular a su final.

Antes de Sir Giles el despilfarrador, el cabeza de familia había sido Sir Giles el tacaño. No sé el número de guineas que se encontraron en una habitación secreta detrás de las estanterías de la biblioteca. Lo único que sé es que mi madre y yo tenemos que agradecerle a Sir George la parte de ellas que nos entregó.

 

FIN

 


28 de abril de 2026

SUEÑOS [Relatos]

 



 

Fue después de una cena de amigos, de viejos amigos. Eran cinco: un escritor, un médico, y tres solteros ricos sin profesión.

Se había hablado de todo, y se había llegado a una lasitud, esa lasitud que precede y decide la partida después de una fiesta. Uno de los comensales, que miraba desde hacía cinco minutos, sin hablar, el agitado bulevar, constelado por las boquillas del gas y lleno de zumbidos, dijo de pronto:

-Cuando no se hace nada de la mañana a la noche, los días son largos.

-Y las noches también -añadió su vecino.

Yo apenas duermo, los placeres me cansan, las conversaciones no varían; jamás encuentro una idea nueva, y experimento, antes de hablar con no importa quién, un furioso deseo de no decir nada y no oír nada. No sé qué hacer con mis veladas.

Y el tercer desocupado proclamó:

-Estaría dispuesto a pagar bien una forma de pasar, cada día, sólo dos horas agradables.

Entonces el escritor, que acababa de echarse el abrigo al brazo, se acercó.

-El hombre -dijo- que descubriera un vicio nuevo, y lo ofreciera a sus semejantes, aunque eso redujera su vida a la mitad, haría un servicio más grande a la humanidad que aquél que encontrara el medio de asegurar la salud y la juventud eternas.

El médico se echó a reír, y mientras mordisqueaba un cigarro dijo:

-Sí, pero las cosas no se descubren de este modo. Aunque se ha buscado encarecidamente y trabajado el asunto desde que el mundo existe. Los primeros hombres llegaron de golpe a la perfección en esto. Nosotros apenas los igualamos…

Uno de los tres desocupados suspiró.

-¡Es una lástima!

Luego, al cabo de un minuto, añadió:

-Si tan sólo pudiéramos dormir, dormir bien sin tener ni frío ni calor, dormir con ese anonadamiento de las noches de gran cansancio, dormir sin sueños.

-¿Por qué sin sueños? -preguntó su vecino.

-Porque los sueños no siempre son agradables -respondió el otro-, y siempre son extraños, inverosímiles, deshilachados, y porque durmiendo ni siquiera podemos saborear los mejores sueños. Es preciso soñar despierto.

-¿Quién se lo impide? -preguntó el escritor.

El médico arrojó su cigarro.

-Mi querido amigo, para soñar despierto es preciso un gran poder y un gran trabajo de voluntad, y el resultado es una gran fatiga. El auténtico sueño, ese paseo de nuestro pensamiento a través de encantadoras visiones, es con toda seguridad lo más delicioso del mundo; pero es preciso que venga de forma natural, que no esté penosamente provocado, y que esté acompañado por un bienestar absoluto del cuerpo. Este sueño puedo ofrecérselo, a condición de que me prometa no abusar de él.

El escritor se encogió de hombros.

-¡Ah! Sí, ya sé, el hachís, el opio, la confitura verde, los paraísos artificiales. He leído a Baudelaire; y yo mismo he saboreado la famosa droga, que me ha puesto terriblemente enfermo.

Pero el médico se había sentado.

-No, el éter, tan sólo el éter. Ustedes, los hombres de letras, deberían usarlo de vez en cuando.

Los tres hombres ricos se acercaron. Uno de ellos pidió:

-Explíquenos, pues, los efectos.

El médico prosiguió:

-Dejemos de lado las grandes palabras, ¿de acuerdo? No hablo ni de medicina ni de moral: hablo de placer. Ustedes se libran todos los días a excesos que devoran sus vidas. Quiero indicarles una sensación nueva, posible tan sólo para hombres inteligentes, digamos incluso muy inteligentes, peligrosa como todo lo que excita nuestros órganos, pero exquisita. Añado que les hará falta una cierta preparación, es decir un cierto hábito, para captar en toda su plenitud los singulares efectos del éter.

»Son diferentes de los efectos del hachís, de los efectos del opio y de la morfina; y cesan inmediatamente después de interrumpirse la absorción del medicamento, mientras que los otros productores de sueños prosiguen su acción durante horas.

»Ahora intentaré analizar lo más claramente posible lo que se siente. Pero la cosa no es fácil; tan delicadas, casi inaprehensibles, son esas sensaciones.

»Sufría violentas neuralgias cuando utilicé este remedio, del que quizás he abusado un poco después.

»Sentía vivos dolores en la cabeza y en el cuello, y un insoportable calor en la piel, una inquietud de fiebre. Tomé un gran frasco de éter y, tras acostarme, me puse a aspirarlo lentamente.

»Al cabo de algunos minutos creí oír un murmullo vago que se convirtió muy pronto en una especie de zumbido, y tuve la impresión de que todo el interior de mi cuerpo se volvía ligero, ligero como el aire, que se vaporizaba.

»Luego hubo una especie de modorra del alma, de soñoliento bienestar, pese a que persistían los dolores, aunque ahora dejaban de ser penosos. Era uno de estos sufrimientos que se pueden soportar, y no ese horrible desgarrar contra el cual protesta nuestro torturado cuerpo.

»Muy pronto, la extraña y encantadora sensación de vacío que sentía en el pecho se extendió, alcanzó los miembros, que se volvieron a su vez ligeros, ligeros como si la carne y los huesos se hubieran fundido y sólo quedara la piel, la piel necesaria para hacerme percibir la dulzura de vivir, de estar tendido en ese bienestar. Entonces me di cuenta de que ya no sufría. El dolor se había ido, se había fundido, evaporado. Y oí voces, cuatro voces, dos diálogos, sin comprender nada de las palabras. Tan pronto no eran más que sonidos indistintos, tan pronto me llegaba alguna que otra palabra. Pero reconocí que simplemente era el zumbido acentuado de mis oídos. No dormía, estaba despierto; comprendía, sentía, razonaba con una claridad, una profundidad, una potencia extraordinarias, y una alegría de espíritu, una embriaguez extraña venida de esta multiplicación de mis facultades mentales.

»No era un sueño como con el del hachís, no eran las visiones un poco enfermizas del opio; era una agudeza prodigiosa del razonamiento, una nueva forma de ver, de juzgar, de apreciar las cosas de la vida, y con la certidumbre, la conciencia absoluta de que esta forma era la verdadera.

»Y la vieja imagen de las Escrituras me vino repentinamente al pensamiento. Tuve la impresión de que había saboreado el árbol de la ciencia, que todos los misterios se desvelaban, y que me hallaba bajo el imperio de una lógica nueva, extraña, irrefutable. Y los argumentos, los razonamientos, las pruebas, acudían atropellándose hacia mí, derribados de inmediato por una prueba, un razonamiento, un argumento más fuerte. Mi cabeza se había convertido en el campo de batalla de las ideas. Era un ser superior, armado con una inteligencia invencible, y saboreaba una alegría prodigiosa ante la constatación de mi poder..

»Eso duró mucho, mucho tiempo. Seguía respirando todavía por el orificio de mi frasco de éter. De pronto, me di cuenta de que estaba vacío. Y sentí un terrible pesar.»

Los cuatro hombres pidieron a la vez:

-¡Doctor, rápido, una receta para un litro de éter!

Pero el médico se puso el sombrero y respondió:

-En cuanto a eso, no: ¡vayan a hacerse envenenar por otros!

Y se marchó.

Señoras y señores, ¿qué les dice su corazón al respecto?

 

FIN

 


27 de abril de 2026

EL ÁNGEL NEGRO

 



 


 

La madre del pequeño Dick había muerto. En cuanto a su padre, debía vagar por algún mar de los antípodas; hacía años que no se había oído hablar de él. La familia se preocupaba muy poco de aquel niño rubio que apenas tenía siete años.

-¡Al orfelinato! -decidió el tío Patridge.

Bridge, la nodriza que había cuidado a Dick desde la cuna, lloró aquella decisión con casi todas las lágrimas de su cuerpo.

-Dime, Bridge -preguntó Dick, la víspera de la penosa separación-. ¿Es verdad todo lo que me has contado acerca del Ángel Negro?

Bridge inclinó afirmativamente la cabeza con aire grave. Se trataba de una leyenda irlandesa muy antigua, en la cual creían todos, en su país. Y, siendo así, ¿por qué no tenía que ser cierta?

-Entonces -se obstinó Dick-, cuando los niños son perseguidos por los gigantes, las brujas y los malos espíritus, e invocan al Ángel Negro, ¿responde éste de veras a su llamada?

-Desde luego -respondió Bridge-. Siempre acude en ayuda de los niños que están en peligro.

-¡Oh! -exclamó Dick-. ¡Qué contento estoy! Ahora ya no tengo miedo de ir al orfelinato.

La anciana nodriza alzó su delantal para que el niño no viera sus ojos.

* * *

El orfelinato de M. Bry parecía más una prisión para jóvenes delincuentes que una institución de beneficencia, donde debía conseguirse que los pequeños abandonados por los suyos olvidaran su tristeza.

La comida era mala y escasa, el trabajo pesado y los castigos sumamente duros.

M. Bry era un hombre corpulento de ojos negros y saltones. Su avaricia sólo era superada por su crueldad. Los niños que eran confiados a sus «cuidados paternales» tenían que deshacer cuerdas viejas, pegar papel, confeccionar suelas de zapatillas, exactamente igual que si estuvieran condenados a trabajos forzados.

Aquello significaba para M. Bry un buen dinero, que guardaba en un pesado cofrecillo de hierro, en su habitación, y que contaba y volvía a contar con un morboso placer.

Un día entró subrepticiamente, como un ladrón, en el taller donde se afanaban los pobres huérfanos; y sus ojos sombríos cayeron sobre el joven Dick que, por desgracia, se estaba tomando un pequeño descanso.

-¡Número 51, no haces nada! -gritó, furioso.

-No, señor -respondió ingenuamente el niño-. Estaba contemplando un ratón.

-Un ratón, ¿eh? -aulló M. Bry-. ¿Y ese bicho asqueroso te impide trabajar?

-Es un animalito encantador -aseguró Dick-, y a mí me gusta mucho.

-¡Pues a mí, no! -rugió el director-. ¡Y todavía me gustan menos los gandules!

Agarró al niño por los cabellos y tiró violentamente. -¡Diez latigazos y seis días en el sótano, a pan y agua! Esa fue la sentencia.

* * *

Los sótanos hormigueaban de ratones, a los cuales Dick echaba migas de pan, lo cual les convertía en unos dóciles animalitos.

Lástima que las heridas de su espalda empezaran a infestarse y a hacerle sufrir horrores.

La segunda noche que pasó en aquel horrible sótano, la fiebre provocó en su cerebro toda clase de visiones. Vio a su madre que regresaba de la tienda de la esquina con muchas golosinas. Vio a Bridge…

¡Bridge! ¡Ah, qué tonto había sido al no llamar en su ayuda al Ángel Negro! Pero ahora iba a hacerlo. ¡Sí, inmediatamente!

-Querido Ángel Negro, la espalda me duele mucho, y me siento muy desgraciado…

No tuvo que decir nada más. Oyó rechinar una puerta. Una flecha de luz blanca atravesó las tinieblas. El Ángel Negro se encontraba delante de él.

* * *

Desde luego, era una aparición impresionante. El ser sobrenatural llevaba un traje muy ajustado y un antifaz de terciopelo negro, cuyos agujeros filtraban una terrible mirada de tigre.

Sin embargo, el niño no experimentó el menor temor.

Inmediatamente empezó a contárselo todo. Le habló de su difunta madre, de su querida Bridge, de los malos tratos que le infligía M. Bry y, finalmente, de su esperanza de ver intervenir al Ángel Negro.

-Muy bien, pequeño, estoy aquí para ayudarte. ¡Condúceme a la habitación de Bry!

La voz le pareció muy seca para ser la de un ángel, pero Dick no vaciló un solo instante y tendió su manita hacia la enguantada mano del misterioso personaje.

* * *

Aquella noche, M. Bry se había obsequiado a sí mismo con un enorme filete y una ensalada de langosta, rociados generosamente con un vino de muchos grados. Por eso creyó ser víctima de una pesadilla cuando una mano ruda le sacudió para despertarle y una voz terrible le ordenó que abriera su pesado cofre.

-¡De prisa, canalla! -rugió el desconocido.

M. Bry comprendió entonces que no se trataba de un sueño.

Obedeció y, ahogando un sollozo, vio desaparecer su amado tesoro en una gran cartera de mano.

El Ángel Negro se disponía a marcharse cuando su mirada cayó sobre el pequeño Dick que había observado la escena con un aire asombrado, pero al mismo tiempo satisfecho.

El extraño individuo se inclinó sobre Bry y gruñó:

-¡Esto es por los latigazos, granuja!

M. Bry recibió un solo puñetazo en la cabeza, pero el golpe bastó para deshacerle los sesos.

-Hijo mío -dijo entonces el ser misterioso-, no tienes que decir absolutamente nada de lo que has visto, ¿entendido?

-Desde luego, no diré nada -prometió Dick-. Pero, querido Ángel Negro, ¿querrá usted besar de todo corazón a mi mamá, cuando vuelva al cielo?

Se produjo un largo silencio. Luego, súbitamente, Dick se sintió levantado por un brazo poderoso. Recibió un beso en cada mejilla y notó que algo tibio caía sobre su frente.

-¿Por qué llora usted, querido Ángel Negro? -preguntó.

Pero el Ángel Negro había desaparecido ya, y el pequeño volvió a encontrarse en el sótano, donde varios ratones jugueteaban en medio de un rayo de luna, lo cual le divirtió mucho.

* * *

Llegó un nuevo director, el cual se mostró muy cariñoso con los niños, pero también se presentaron unos hombres de aspecto severo, que formularon a los huérfanos toda clase de preguntas a propósito del difunto M. Bry.

Pero el pequeño Dick cumplió su promesa y no traicionó a su querido Ángel Negro.

 

FIN