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15 de junio de 2026

LA HERENCIA

 


 


Don Martín Salazar, como todo anciano, al finalizar la tarde se dirigía durante todos los días a su oficina, acompañado y sostenido por su viejo bastón de huayacán tallado; su caminar lento daba muestra de que su cuerpo estaba ya cansado de llevar encima los largos años de su vida.

Don Martín, desde muy joven, se sometió a los más pesados trabajos en el campo, empezando como cuadrillero de caballería, hasta llegar a ser uno de los más prósperos hacendados de la región.

Cuando aún no conocía la opulencia económica, conoció a María, la mujer con la cual se casó y llegó a tener cuatro hijos. Justamente, cuando esperaba a que naciese el quinto, el destino cortó la felicidad de Martín, pues María inevitablemente se moría.

El último adiós fue un suspiro acompañado de un apretón de manos, mientras don Martín lloraba, sin importarle cuántas personas lo miraran con compasión. El ejemplar matrimonio se disolvía. Don Martín suplicante imploraba con dolor al divino creador.

-Llévame también a mí, mi vida sin María no es vida -lloraba como un niño-. El consuelo de los demás no era suficiente para calmar ese hondo dolor, y todo el pueblo lo miraba resignado sin poder hacer nada.

En este momento se allegó a él doña Pascuala, una vieja sincera, sin pelos en la lengua, y más impositiva que la palabra.

-Martín, escúchame. Vos sabés que lo bueno no dura, vos sos joven y con mucho dinero, podés buscarte una buena moza joven y del lugar.

-No -decía Martín-. Amor como el de María no encontraría ni acá, ni en la otra vida.

Con el tiempo, los conocidos de Martín contemplaban con lástima como ese hecho lo fue consumiendo por un largo tiempo.

Cuando Martín salía por las mañanas a contemplar el sol, agarraba una flor y conversaba con ella, la apegaba a su nariz y la besaba como si fuera su propia María. Al ver ese hecho, la gente que pasaba lo miraba y lo miraba, cuidando con esmero el viejo jardín.

Las habladurías no cesaban. Unos decían que Martín estaba loco, otros murmuraban que en su casa conversaba solo. Pero Martín no era ni lo uno ni lo otro, él se detenía por las noches a contemplar la luna para ver sonreír a María.

Ella se murió justo cuando todo empezaba a florecer, y lo que la gente no sabía, era que desde el día de ese cruel incidente, Martín, en un esfuerzo, y mirando a sus cuatro hijos aún pequeños, se convirtió desde ese día en padre y madre de los cuatro pelaos.

Así, durante todos esos años de orfandad, parecía que desde el cielo lo alentaba su amada María.

Martín progresaba rápido y con grandes éxitos en su trabajo y en su negocio, con clientela de todos los lados del país; le llegaban grandes pedidos sobre su mercadería y productos. Eran los más cotizados del mercado y todo lo que sus manos realizaban adquiría un valor incomparable.

Eso era el éxito. Además, para qué decir sobre el valor humano de Martín. No era una persona que concurría a la iglesia, de hecho, casi nunca iba, aunque eso pusiera malo al cura, pero su alto valor de sensibilidad lo colocaba como a una persona muy caritativa.

La gente comentaba: «¿Cuándo hubo un día en que los pobres no recibieran su ayuda? El necesitado siempre encontró las puertas abiertas en la casa de Martín, el hambriento siempre encontró pan para saciar su hambre, el triste recibía consuelo de las sabias palabras de Martín, el solitario, compañía, y el forastero, hospitalidad donde pasar la noche y reposar su cuerpo».

Esa tarde en especial, mientras caminaba, sus ojos contemplaban el cielo nublado, opaco, triste; las flores, con sus pétalos abiertos, absorbían la fresca brisa de la tarde.

El sol aparecía por momentos, saludaba y volvía a esconderse tras las nubes; el estado de ánimo de Martín era malo como el tiempo. De pronto sintió que el suelo giraba a su alrededor y perdió el equilibrio, sintió caerse al suelo, pero su mano se sostuvo fuerte del bastón, y una vez más, el fiel amigo lo libraba de desplomarse por el suelo.

Preocupado Martín por la frecuencia y forma en la que le venían los mareos, se apresuró a abrir la puerta, y una vez dentro se sentó sobre la silla Luis XV de su escritorio, cuyas patas tenían talladas en madera formas de águilas. Apoyó su esquelética espalda sobre el respaldo y su mirada se clavó fijamente en un cuadro antiquísimo de alto valor, y una vez mas leyó el recuerdo que se encontraba escrito sobre la parte inferior: «En las buenas y en las malas, hasta que la muerte nos separe».

Bellos en sus años juveniles, el matrimonio y los cuatro hijos transmitían vida. Volvió a llorar como siempre, pero ahora lloraba de felicidad y alegría ya que sabía que le quedaba poco tiempo para su largo viaje. El anciano pensaba en silencio:

-Me está llamando, siento que por las noches se postra sobre mi cama y me susurra al oído, y con palabras suaves que me dicen: «te espero desde hace años Martín, acá en nuestro nuevo lecho de amor, no te detengas, mas allá de las estrellas, donde hermosas aves cantan suaves melodías, desde el amanecer hasta el anochecer, y donde las flores crecen todo el año repartiendo su perfume con la brisa. Te espero en este lugar por los dos soñado, donde la primavera nunca termina».

Llegado a ese punto, decía Martín:

-¡Ah, esta cabeza! -y se agarraba con los delgados dedos su atormentada cabeza.

Se cubría los oídos con sus manos, pero al rato, como si sus sentidos le exigieran seguir escuchando las volvía a bajar.

-Puede ser -se decía-. Esa voz es la misma de mi María.

Presentía que lo llamaba con desesperación; entonces Martín se paraba, paseaba y se sentaba.

-¿Será que me necesita para empezar otra vida lejos, tal vez, del dolor? ¡Pero si así es, o tuviese que ser, yo me tengo que apurar!

Desde ese momento empezó a dejar todo listo. Se preparó como todo hombre de negocios y organizó todo para dejarlo en manos de sus hijos, los nuevos herederos. Y claro está, que eso le llevaría poco tiempo. Lo tenía todo casi listo desde mucho tiempo atrás, y él mismo, con su puño y letra, redactó los testamentos que a cada hijo le tocarían.

Todo el dinero del banco estaba a nombre de sus cuatro hijos; joyas, animales, mercaderías, casas y también las tierras. Todos los sirvientes, cambas y cunumis, serían liberados de toda clase de servidumbre y se quedarían con la casa después de la muerte de Martín. Sólo ellos se quedarían por su propia voluntad, si así lo desearan. Esa noche fue la más larga de su vida; no pegó ojo ni un sólo minuto durante esa noche y los párpados se le dilataron.

El amanecer lo agarró con sus rayos color oro. Era el inicio de un nuevo día. Se podría ver a la gente caminar por las arenosas calles en busca de lo cotidiano; en el desayuno de ese día tuvo que esperar a que se levantase el último de sus hijos y por poco no se dan las doce del medio día.

Esos eran sus hijos, los hijitos de papá; nunca comprenderían el alto valor del sacrificio, los años que tardó en construir y acumular toda esa fortuna.

Tampoco se preocuparon alguna vez de agarrar una pluma o una hoja, y tampoco aprendieron el negocio del padre, por más que el padre se esforzara por encaminarlos. Ellos miraban cada día la vida como si recorrerla fuese lo más hermoso.

Aunque claro, aparte de dormir hasta el mediodía después de una pesada noche de lujuria, era cada día más fácil conseguir dinero de la billetera del padre, pues Martín nunca se les resistía, siempre les daba lo que ellos necesitaban, y siempre que esto sucedía, Martín sonreía en su interior. Los cuatro cambas vagos admiraban el valor y el ejemplo del padre.

Admiraban que Martín, aún siendo analfabeto, consiguiera acumular un gran éxito económico. ¿Ellos harían lo mismo llegado el momento de enfrentar solos su destino?

De esta manera llegó el inesperado pero anhelado día; se realizaba esa improvisada reunión, y los cuatro hijos prestaban mucha atención a las palabras del anciano padre.

Ese silencio era absoluto, no se escuchaba ni el volar de un mosquito. El corazón de los muchachos latía a todo ritmo, la emoción los embargaba. El gran día había llegado.

El anciano padre no paraba de hablar, sólo se detenía por momentos, debido a su agitada respiración. Primero los sermoneó con los consabidos consejos de padre, después se inclinó hacia el suelo, sacó una maleta de mano, antigua y hecha con cuero de vaca. Abriéndola, sacó unos papeles muy limpios y bien conservados.

Mojó la pluma en el tintero y muy ceremonioso, por orden de edad, los llamó para que cada uno firmara la conformidad de lo que iban a heredar. Primero paso Saúl, después Raúl, luego Pedro y finalmente el menor, Ronald. En el testamento faltaba saber quién iba a heredar a los cambas y cunumis.

Por fin uno de ellos preguntó:

-¿Los cambas estos con quien se quedan, papá?

El anciano respondió:

-Ellos, los cambas y cunumis, desde este momento son libres.

Otro preguntó.

-¿Y esta casa?

El anciano respondió:

-Esta casa pasará a ser de ellos, con la salvedad de que yo me quedaré en ella hasta que termine mis últimos días de vida; después vendrán ellos y tomarán posesión.

-Papá -dijo otro-, en esta repartición tampoco figuran las tierras de la llamada Herencia.

-Así es, hijos míos. Eso es lo único que queda conmigo hasta que yo disponga qué hacer con ellas, son apenas cinco hectáreas.

Los hijos callaron, flotaron en el aire dudas y preguntas que no se animaban a hacer al padre, y en la mirada de cada hijo existía una sed de respuesta.

¿Será -pensaron-, que nuestro padre guarda esas tierras para otro hijo que tal vez tenga fuera de nosotros cuatro?

Otros pensaban:

-¿Serán ciertos los rumores que vertía la gente sobre esa pequeña extensión, llamada la Herencia? Aquella, la de Paso.

Paso, fue la primera que en su juventud compró Martín. Los buenos vecinos decían que tuvo mucha suerte puesto que se había encontrado con una gran veta de oro.

Así que muchos de los envidiosos vecinos hacían vigilancia cerca de su casa y muy de madrugada seguían a Martín sin dejarse ver con éste. Martín no se daba cuenta, trabajaba sin cesar, hasta terminar su tarea, y solía dejar pasar la hora de almuerzo. Luego la cena, con tal de avanzar en el chaqueo de su terreno. Los curiosos y los envidiosos también retornaban sin poder pillar el secreto de Martín. Volvían defraudados, y por ello, en algunas ocasiones, solían murmurar que en ese mismo lugar selvático vieron que Martín invocó el poder del Diablo y que ahí mismo pactaron, y que el diablo le concedió suerte y fortuna a cambio de algo más preciado que su vida, y que éste a cambio le cedió la vida de su amada María.

En esa ocasión, a Martín le tocaba quemar su chaco, labor que debía realizarla de noche. Los curiosos cambas lo seguían, protegidos por la oscuridad nocturna, y entonces los rumores venían de ellos, de quienes aseguraban haberlo visto adorar a una sombra con forma de mono.

Otros decían que no lograron ver nada. En fin, todo eran puras habladurías.

Pero volviendo al gran momento, la cuestión era que ese día don Martín volvía a ser el mismo de antes. Primero se quedó sin su mujer y ahora se quedaba sin dinero; sólo le quedaba la Herencia y viviría en esa casa el resto de sus pocos días.

Pasó un largo tiempo y los nuevos ricos se enaltecían. La nueva posición económica los mareó, unos se dedicaron a viajar, otros buscaron darse a conocer y hacerse fama de mujeriegos.

La banda de música sonaba todos los días en diferentes casas, y donde vivía alguna buena moza, allí estaban. Otros frecuentaban las casas de juegos; en fin, el despilfarro era tal, que nunca tuvieron tiempo de visitar a su padre, de ver cómo estaba.

Tampoco pensaron que algún día lo que no se activa se apaga, y el cura de la iglesia era tan pecador como ellos, puesto que los llegaba a casar en secreto dos, tres y cuatro veces, todo a cambio de una fuerte suma de dinero.

La vida de truhán y bohemio reinó en estos jóvenes pecadores, ciegos a todo aquello que no sea diversión y buena vida.

No muy tarde llegó el día en que se dieron cuenta de que no les quedaba plata ni para hacer rezar a un ciego; entonces fue cuando pisaron tierra y se acordaron del viejo Martín: su padre. Pero algo los hizo detenerse; tal vez la vergüenza. ¿Cómo llegarían de nuevo a sus casas, con las manos vacías, y sin ningún dinero?

-¿Estaría vivo Martín? -pensaron por fin.

-¡Pero qué hicimos todo este tiempo!

Se hicieron varias preguntas entre ellos, pero no hallaban respuesta. Entonces, el orgullo les hizo pensar diferente; empezarían con lo poco que disponían de sus herencias y tomarían el mismo ejemplo del padre. Saldrían a enfrentar la vida con el tiempo tal y como se presentara, bajo el sol, bajo la lluvia, el frío y el viento. No pararían de trabajar, y decididos, marcharon para la iglesia a pedir la bendición del cura, quien primero los sermoneó.

Pasaron pocos días cuando la tristeza los volvió a desesperar, los negocios no andaban bien, decían entre ellos, como no encontraron la salida al éxito, se juntaron nuevamente como aquellos guerreros que huyen despavoridos del combate con su capitán herido. Pero en aquella ocasión tampoco se animaban para ir a buscar al padre.

Pese a intentar hacer todo, en todo fracasaron. Saúl el mayor de los hermanos, tomó la iniciativa y dijo:

-Hermanos, escuchen, tenemos que hacer algo. Ustedes han visto que hemos intentado hacer tantas cosas y nada nos ha salido bien, será mejor ir y buscar a nuestro padre.

-Si es que aún lo encontramos con vida -dijo Raúl.

-Nadie más que él conoce también el arte del negocio.

-Yo estoy seguro de que nos va a encaminar -agregó Pedro, demostrando su admiración-. Sí… Además, no nos olvidemos que a nuestro viejo todavía le queda un poco de terreno.

-¿Qué terreno? -preguntó Ronald.

Pedro les recordó aquella parte de la llamada la Herencia. Todos, en ese momento, se miraron sorprendidos por esa valiosa sugerencia.

-No les dije yo -decía Saúl-, que cuatro cabezas piensan mejor que una.

Era muy cierto que esas tierras de cinco hectáreas existían. ¿Pero qué importancia tenían cinco hectáreas?

No era tanto el interés de las tierras, sino más bien lo que encerraba la tierra, la Herencia, y los rumores acerca de que en ese lugar existía una explotable veta de oro, o que también podía ser que ese era un lugar frecuentado por Lucifer.

Sí, se decían los desesperados muchachos, no hay duda, no por nada nuestro taita no nos la dio por temor a que nosotros descubramos el misterio.

Y sin más pérdida de tiempo, los cuatro fracasados hijos partieron con dirección a la casa de su viejo padre. No bien llegaron y estaban por entrar, cuando algo en su interior los detuvo, y mirando su antigua casa, la tristeza los invadió.

Las viejas paredes parecían hablarles, reprochándoles. El viento dejó de soplar en los jardines donde de niños solían jugar, donde ellos aprendieron a dar sus primeros pininos sostenidos por esas viejas manos de una cunumi que hacia de alzadora de cada muchacho, uno a uno y a su tiempo.

Todo estaba abandonado; la casa sucia, la hierba imperaba cubriendo todos los lados por completo. De las viejas y delicadas plantas de rosas, jazmines, gladiolos, helechos y papies, algunas de ellas quisieron sonreír a los muchachos pero se encontraban viejas y sin fuerzas, todas morían en el más absoluto silencio. Todo daba muestras de estar en la más triste orfandad.

Se pararon sobre la puerta indecisos, hasta que uno de los muchachos decidió empujar la puerta. Sonaron las viejas bisagras, la puerta rechinó como un grito de dolor. Después entraron, y cuando llegaron al interior; buscaron al padre. Pero fue grande su sorpresa al ver a Martín tendido en el suelo. Un lago de sangre lo rodeaba, y sobre la mano derecha sostenía el bastón y en la mano izquierda llevaba algunos de los viejos cuadros de la familia o de lo que un día fue una gran familia.

Tal vez esos recuerdos lo martirizaban día y noche. Inmediatamente Martín fue levantado por los hijos.

Los golpes no fueron nada graves. El naturista vino a casa, hizo su trabajo y ordenó que reposara. Desde ese día fue acompañado por los hijos, quienes, con el pretexto de cuidarlo, se quedaban a dormir cada uno en sus antiguos cuartos.

Por las noches, uno de sus hijos quedaba a su lado. Se turnaban. Martín aprovechaba esos momentos para hacerles preguntas de cómo iban sus negocios, y sonriendo, los alentaba.

-Yo sabía que mis hijos progresarían como progresó su padre -decía con orgullo, y levantaba su débil brazo ceñido de secas venas y los palmeaba en la espalda o sobre la pierna y suspiraba como aliviado pensando que sus herederos eran responsables y cumplidos.

Pasaron tres días y Martín les dijo:

-Hijos, ya creo que me siento mejor. ¿No será mejor que cada uno de ustedes marche para sus hogares y vean sus negocios? De mí no se preocupen, que yo he vivido lo suficiente.

-¡Oh! No padre, ¿cómo nos puedes pedir eso? -dijo uno de los hermanos.

-Para eso hay tiempo, queremos quedarnos a hacerte compañía los últimos días de vida que te quedan.

El anciano padre sonrió complacido. Él los había criado, fue madre y padre a la vez, él los conocía. En silencio volvió a dormir.

El cura también venía a verlos, oraba por Martín y luego se marchaba.

Mientras, los hijos no hallaban el comienzo de una charla para confesarle al padre todo el fracaso y el derroche de dinero que hicieron hasta quedarse yescas. Pero Ronald, que era el menor, y que siempre gozó de más consideración del padre, en una de esas noches en las que se quedó haciéndole compañía, no aguantó más la situación, y tuvo que confesarle todos sus fracasos y los vanos intentos que el grupo de hermanos hicieron por salir adelante.

Martín, después de escuchar todo, le contestó a Ronald:

-Mi hijo, no quiero que se preocupen, si yo, su taita, sabía cuán mal estaban haciendo, los rumores llegaban hasta mí, pero en fin, qué le vamos hacer, por suerte ustedes están sanos y completos, y sólo tienen que mirar donde nace y muere el mismo sol, para al siguiente día volver a brillar.

-Así es, taita.

-Así es hijo -decía Martín.

-Pero, taita, eso no es todo. Nuestro hermano y yo hemos decidido pedirte la última oportunidad. Mañana nos reuniremos, y queremos pedirte las tierras de la Herencia.

Se hizo un silencio. El anciano tragó saliva, después movió la cabeza como acordándose de algo y exclamó:

-Claro, muy cierto, muy cierto. Tenemos todavía esas tierras, sí, sí, sí. «Je, je, je» -reía Martín.

-¿Es cierto, padre, que esas tierras esconden un valor altísimo para vos? Según hemos escuchado desde niños, esas tierras encierran tus secretos. De ahí tú, taita, saliste y te hiciste rico.

-Sí, eso es muy cierto. Esas tierras esconden algo muy significativo en mi vida, fue la primera parte de terreno que yo y tu difunta madre, que Dios la tenga en los cielos, nos compramos, y sin esperar nada. Pero para sorpresa nuestra, encontramos el tesoro de nuestras vidas. Es cierto que el terreno es chico, pero esconde una riqueza invaluable jamás vista en otra zona.

Ese corto diálogo terminó sumiendo en el sueño al padre y al hijo.

Al siguiente día, una vez reunidos los hermanos para relevarse, Ronald contó toda la conversación de la noche anterior con su taita. También les dijo que hasta podría ser que su padre les concediese la tierra de la Herencia, y que también les revelaría los misterios y les mostraría dónde se encontraban sus riquezas. Los otros hermanos escucharon muy sorprendidos.

El cuarteto de irresponsables dispuso sin más pérdida de tiempo reunirse con el padre, y, como siempre, Saúl, el hermano mayor, sería el encargado de tomar la palabra y tendría que narrar todo lo ocurrido. Y así fue, reinó un silencio de tristeza.

Los hijos, cabizbajos, pedían los más sabios consejos y con ellos una nueva oportunidad, también prometían, que de darse, la vida de ellos cambiaría, sería otra, pues ahora, estaban seguros de que conocían el sabor amargo de la necesidad y la pobreza. Del mismo modo hablaron los otros hermanos.

Martín los escuchó muy atento, sin interrumpir nada, y tras finalizar de contarle todos los hijos los pormenores y los mayores inconvenientes, Martín dio un suspiro profundo.

Esta realidad le quitaba los últimos días de vida, se sentía incapaz de crear ideas, y menos posible sería volver a ser el mismo padre de antes: trabajar, acumular dinero… Miró a sus hijos, vio en sus rostros la incapacidad, se los imagina a todos cayendo en la perdición, mendigando un plato de comida o borrachos, caídos en el fango, o tal vez tirados sobre el pasto de algún potrero.

Qué puedo hacer, pensó Martín, mientras los hijos miraban al padre esperando algo o alguna solución que los levantase; entonces Martín les habló con autoridad como lo hacía antes, y gracias a que la fe que le tenían los hijos era tan grande, se volvieron a sostener y a creer en ese hombre que era su padre y que se estaba muriendo.

-Bien, bien, hijos míos -dijo Martín-. No está muerto quien suspira, y la vida es una constante batalla donde mueren solos y desamparados los débiles; tomen el ejemplo del hornero, él solo construye su casa con barro y paja para defenderla del viento, o ¿alguna vez sintieron que el viento sople para abajo, o para arriba?

¡Oh!, pensaban los hijos, qué sabio es el taita, y Martín les seguía hablando.

-¿Saben ustedes quién es el que fracasa?, -y el mismo les respondía-fracasa quien nunca intentó nada; así es mis hijos, y les pido que este error sea sólo una enseñanza o supongamos que sea una batalla perdida de esta vida.

Pero no se ha perdido la guerra, y después, más calmado les pedía tener paciencia; pronto conocerían el verdadero secreto del sacrificio, conocerían el misterio de la Herencia.

A pesar de los muchos intentos que los hijos hicieron por saber qué encerraba la Herencia, la única respuesta del padre era que tuviesen paciencia, que pronto conocerían el misterio. En esa larga espera, los días resultaban largos y por momentos la desesperación cundía en el ánimo de los hermanos.

Los hijos se preguntaban hasta cuándo esta situación. Entonces sucedía que mientras ellos mantenían latente la expectativa y cuidaban día y noche del padre, se veían privados de todo gusto y lujuria por esperar el gran día para recibir la noticia.

En esa larga espera cayó Martín sin ninguna posibilidad de restablecerse; cayó definitivamente enfermo, de día y de noche presentaba ardor de fiebre; visitaba a sus antepasados, conversaba con su padre, con su madre, después se ponía a conversar con su María, en ese largo diálogo donde sólo las almas tienen ese don de encontrarse en ese diálogo silencioso.

Se le escuchaba sonreír y suspirar con un suspiro leve, tierno y con nuevas risas entre sus labios; los hijos esperaban a que volviese en sí, que su alma retomase su cuerpo; Martín pronto se sobreponía a la muerte, luchaba como un león contra ella.

Cuando volvía en sí, en esos cortos segundos, era para mirar a sus hijos, quienes desesperados se colocaban cerca del enfermo para preguntarle dónde se encontraba la riqueza de la Herencia o cuál era el misterio. Pero justo cuando la respuesta estaba por ser dada a conocer, Martín volvía a perder la razón de esta vida y empezaba a articular palabras ininteligibles. Era como si le gustara esa introducción a la muerte. Todo estaba perdido para los desesperados hijos, hasta que Raúl dijo:

-¡Hermanos! ¿No será mejor traer al cura y de una vez hacemos que nuestro padre se confiese?

-¿No será que su alma está penando porque quiere decir algo? -dijo otro de los hermanos.

La sugerencia fue muy bien recibida. Dos de los hermanos salieron a buscar al cura, y de paso le pidieron que le sacase a su padre el secreto acerca de dónde estaba la riqueza de la Herencia.

Cuando aquella mañana llegó el cura a donde Martín estaba enfermo, éste dormía plácidamente sus últimos minutos de vida. El cura le miró, sintió la pieza fría como de muerto. Pensó el cura: «se nos va Martín», de ver al enfermo con la piel amarillenta, y los párpados cerrados. El rostro era piel y huesos.

-Ya no le quedan más horas de vida, si es que no se me adelantó.

El hombre fornido y macizo de tiempos pasados, hoy era sólo una acumulación de huesos y piel. De pronto, como si retornara de un largo viaje, olvidándose de algo, el cuerpo de Martín volvió en sí.

Cada retorno desconocía más la necesidad de este mundo, sólo esta vez movió la cabeza y miró al hombre de la sotana; sonrió mostrando sus secos y deshidratados maxilares, la lengua pesada le impedía hablar, pero logró hablarle:

- Padre, padre, ya sé a que viene.

-Así es hermano, vengo a confesarte antes de que te reúnas con tus antepasados allá en el otro mundo, en ese mundo lleno de misterios y que sólo los muertos pueden conocer.

-¡Ay padre!, tal vez era a usted al que yo esperaba, por eso mi alma se resistía a hacer este largo viaje.

-Así es hermano Martín, y para no cansarlo -le decía el cura agarrándole la mano-, ¿empezamos de una vez?

-Bueno padre, diga usted, -decía Martín.

El cura preguntaba de nuevo.

-¿Tiene alguna deuda de culpa, Martín?

-¡No padre! ¡Sólo la deuda de no corregir a tiempo el error de mis hijos!

-¿Algo que la Iglesia pueda hacer por usted en la tierra?, ¿algún hijo, infidelidad, avaricia?

-No, padre -decía Martín.

-Bueno -decía el cura-. Hermano Martín, soy el padre evangelista. ¿Me reconoce? -preguntaba el cura para cerciorarse del sano juicio del moribundo.

-Sí padre, respondió Martín.

-Bueno hermano, entonces cuénteme, y diga la verdad sobre la veta de oro que mantiene en secreto en la Herencia, o lo que sea.

-Bueno padre, sólo quiero que mis hijos cambien de vida.

-Hombre, Martín -interrumpió el cura-, no malgaste su corto tiempo hablando otra cosa, o es que no se da cuenta de que el tiempo es oro. Cuénteme sobre esa veta.

-Está bien, está bien -decía jadeando Martín.

El cura volvía a insistir:

-¿Es o no verdad, hermanito?

Martín por toda respuesta y viendo el interés del cura le contestó:

-¿Sabía usted padre, que en cada pedazo de tierra existe un tesoro escondido? ¡Es problema del hombre descubrirlo!

-Ave María Purísima, gracias a Dios, yo pensé que en verdad usted mantenía un pacto con el diablo, hermano Martín, tal como decían los comentarios de la gente del pueblo.

El enfermo volvió a hacer un esfuerzo por estirar sus secos labios; y con rezo pausado dijo al cura:

-Esa es mi preocupación padre, que ante esa búsqueda insaciable ciegue la ambición a mis hijos.

-No se preocupe por eso, Martín.

-Bueno padre, yo sólo quiero que mis hijos cambien el tipo de vida que llevan a estas alturas y por eso, prométame usted que los va a ayudar, prométaselo a un muerto, para que mi alma descanse en paz.

-Que en este momento logremos la paz y que sean sus hijos los que escuchen su último deseo -decía el Cura-. Y saliendo él, hizo pasar a los cuatro hijos, que se encontraban esperando fuera, ansiosos por los resultados del cura.

El hombre de la sotana hizo las recomendaciones del caso y de paso recomendó también no olvidarse de las aportaciones para la Iglesia, y cuando todo estuvo acordado los empujó para adentro, a la pieza del enfermo. Martín los miró lejanos y borrosos, casi ya no hablaba, el aire que respiraba no llegaba a su estómago. Cuando se volvía, intentó hacer una señal que fue muy bien interpretada por los hijos, quienes se sentaron alrededor del padre, mientras el cura permanecía parado con la sotana rozando el suelo.

-Bueno, Martín -habló el cura-, aquí están los muchachos, ya puede usted decir lo que quiera, ellos lo oirán. Y ante todo, está la palabra de la Iglesia de que todo saldrá bien, y así también su alma descansará en paz.

Entonces el enfermo dio un suspiro profundo y sacando fuerzas habló:

-Es verdad, hijos míos, que aquella, la Herencia, llamada así por su difunta madre, encierra una verdadera riqueza. Su madre y yo, después de levantarla, nos establecimos en este pueblo y no volvimos más a ese lugar. Pero lo que esas tierras nos dieron fue más que suficiente para acrecentar nuestra riqueza, que ustedes finalmente derrocharon en poco tiempo; y usted padre, dijo dirigiéndose al cura, escuche bien: tiene que ayudar a mis muchachos a buscar esa veta, pues yo, debido a los años en que no volví nunca más a ese lugar, no recuerdo exactamente dónde queda. Y mis fuerzas ya no me son suficientes para caminar. Pero padre, prométame que los va ayudar.

El cura contestó:

-Puede estar seguro de que los ayudaré en su búsqueda, pero, ¿no recuerda nada, hermano Martín?

-Nada padre, sólo recuerdo que mi María y yo cavamos poco menos de medio metro bajo un árbol seco.

-¿Dónde papá?, ¿dónde papá? Díganos dónde queda -preguntaban los hijos.

Demasiado tarde. Martín dejó escapar un último suspiro, tan lento que duró una eternidad, y su alma voló para reunirse con su amada María y sus antepasados.

De esa manera quedó abierta la posibilidad de encontrar la veta de oro para volver a ser ricos, mientras el cura no dejaba de pedir las futuras aportaciones para la Iglesia.

Después de cumplir con todos los sacramentos de cristiana sepultura, cuando quedaron solos, se miraron unos a otros, y como si recibieran una orden, partieron rumbo a la Herencia, que no quedaba muy lejos del pueblo. Marcharon en silencio los cuatro, más el cura; eran cinco. Cuando llegaron a la zona miraron el monte verde como una manta. Todo era una planicie, las plantas eran más robustas que las de otro lado, hojas grandes, y el suelo húmedo. Se podía notar la diferencia, comparándolo con los terrenos vecinos.

Los cinco hombres miraban desesperados, ansiosos buscaban y rebuscaban los árboles secos. Al descubrir el primer árbol, uno de ellos se dirigía al tronco. Caminaban desesperados, tropezaban con todo nerviosismo, y hasta parecía que el árbol seco caminaba alejándoseles del lugar.

Pero cuando miraron a su alrededor, descubrieron un nuevo árbol, y otro de los hermanos dijo:

-Por acá está, nos estamos equivocando, es éste.

-No -interrumpió otro-. Está por acá -dijo mostrando otro árbol-. Luego vieron otro; hasta que se dieron cuenta de que el tiempo y los años habían marchitado los árboles.

Meditando se quedaron acerca de que tal vez esos árboles también fueron jóvenes como Martín, su padre. Todos estaban secos y con huecos bajo la raíz. Recorrieron cada uno de los troncos que encontraron en las cinco hectáreas.

Todos los troncos estaban rodeados de yerbas, bejucos, malvas, otros tenían bajo el tronco huecos cavados por algún tatú. Desesperados los observaban sin darse cuenta de que el día se marchaba.

A uno de los hermanos le vino una idea y se la comunicó a los otros. Propuso que, como era lunes, se dieran una semana para encontrarlo, y que empezaran al día siguiente, machete en mano.

Así lo hicieron, rozando las cinco hectáreas. Todo quedó raso, y sólo quedaron en pie los troncos más gruesos.

Así pasó la primera semana y no se veía señal de la veta; sentados bajo la sombra de un árbol con las manos protegidas por una venda para no sangrar, pensaban los hermanos: «¿Nos habrá mentido nuestro padre?». Pero después volvían a recordar la ampulosa riqueza que ellos mismos conocieron y disfrutaron, y con esa fe insaciable que lleva todo hombre desesperado, se trazaron una nueva meta.

Remover toda la tierra. Si era preciso, las cinco hectáreas, y para esto hablaron con el cura para ver si el satanudo se animaba a sostener sobre sus manos un azadón, o picota o pala, y no sólo a pedir y pedir de lo que se estaba por descubrir.

Esa noche, cuando apareció el cura, escuchó, y por el rostro se podía saber que no le era de mucho agrado la propuesta, pero recordó que de por medio había empeñado su palabra y a la Iglesia misma para apoyar a los muchachos, así que a regañadientes aceptó su parte del trabajo.

Removería una hectárea, aunque, eso sí, puso como observación una cosa. Esta no sería ninguna competencia, y el que terminase primero ayudaría a su compañero, y él entraría un poco más tarde y se iría más temprano que todos ellos, observación que fue aceptada por los hermanos.

Así empezó la pesada jornada y cada uno cubría su zona, pero el sacrificio no daba sus frutos; sólo la esperanza los mantenía en pie. Llevaban tres días cavando y removiendo la tierra, tal como les había dicho al final de su vida su padre. Hasta que uno de los muchachos topó con su picota con algo duro, y entonces llamó a sus hermanos. Cavaron alrededor, pero el desgano se adueñó de ellos cuando vieron que era un pedazo de tinaja vieja y mugrienta.

En fin, así continuaron la pesada jornada. Algunos terminaron primero, y esos ayudaron a los otros; el cura fue el último en terminar de cavar, y de esa manera, el terreno que ayer fue una alfombra verde de monte, hoy se encontraba desnudo y desierto.

Los árboles verdes y secos fueron todos derrumbados, la tierra removida quedó suelta, y por la tarde, al caer el rocío, desprendió un árbol aromatizado un olor a humo.

Tierra totalmente fértil. Esa mancha era diferente a otras.

Los hijos y el cura miraban en silencio, resignados a la suerte. Todas las esperanzas estaban perdidas. El misterio de la veta era una falsedad.

Desilusionados se marchaban del lugar, cuando a lo lejos vieron que se le acercaba un hombre de avanzada edad, y cuando estuvo cerca de los muchachos los saludó y de paso les preguntó:

-Jóvenes ¿Se puede saber que harán con esa tierra?

Los muchachos, que no tenían nada en mente, desconsolados contestaron:

-¡Nada, sólo la limpiamos!

El anciano volvió a hablarles:

-Yo que ustedes la sembraba y como está tan removida, dentro de muy poco tiempo cosecharían los mejores productos de esta época.

-Sí, sí, -pensaron los jóvenes.

Y sin perder más tiempo empezaron a sembrar el producto de la época. No habían transcurrido cuatro meses, cuando vieron las espigas de maíz. Todos quedaron impresionados por el tamaño. Cuando llegó el día de la cosecha, el rendimiento fue tal que todos los clientes que compraban no hacían más que comentar la buena calidad del maíz.

De esa forma les compraban en los puestos de venta, como muchos años atrás lo hubiera hecho don Martín, y es que en verdad, los hijos no comprendieron el verdadero mensaje del padre:

Que removiendo ese terreno, después de producir unos años, volvería a rendir como años atrás. Y, si bien no se hicieron ricos como antes, ahora sí cuidaban con mucho esmero el dinero que ganaban con el sudor de su frente, y también hacían llegar los aportes, que por convenio le correspondían a la Iglesia, donde el cura daba misa feliz de haber cumplido su promesa.

 

FIN

 

9 de junio de 2026

SUEÑOS




 


Fue después de una cena de amigos, de viejos amigos. Eran cinco: un escritor, un médico, y tres solteros ricos sin profesión.

Se había hablado de todo, y se había llegado a una lasitud, esa lasitud que precede y decide la partida después de una fiesta. Uno de los comensales, que miraba desde hacía cinco minutos, sin hablar, el agitado bulevar, constelado por las boquillas del gas y lleno de zumbidos, dijo de pronto:

-Cuando no se hace nada de la mañana a la noche, los días son largos.

-Y las noches también -añadió su vecino.

Yo apenas duermo, los placeres me cansan, las conversaciones no varían; jamás encuentro una idea nueva, y experimento, antes de hablar con no importa quién, un furioso deseo de no decir nada y no oír nada. No sé qué hacer con mis veladas.

Y el tercer desocupado proclamó:

-Estaría dispuesto a pagar bien una forma de pasar, cada día, sólo dos horas agradables.

Entonces el escritor, que acababa de echarse el abrigo al brazo, se acercó.

-El hombre -dijo- que descubriera un vicio nuevo, y lo ofreciera a sus semejantes, aunque eso redujera su vida a la mitad, haría un servicio más grande a la humanidad que aquél que encontrara el medio de asegurar la salud y la juventud eternas.

El médico se echó a reír, y mientras mordisqueaba un cigarro dijo:

-Sí, pero las cosas no se descubren de este modo. Aunque se ha buscado encarecidamente y trabajado el asunto desde que el mundo existe. Los primeros hombres llegaron de golpe a la perfección en esto. Nosotros apenas los igualamos…

Uno de los tres desocupados suspiró.

-¡Es una lástima!

Luego, al cabo de un minuto, añadió:

-Si tan sólo pudiéramos dormir, dormir bien sin tener ni frío ni calor, dormir con ese anonadamiento de las noches de gran cansancio, dormir sin sueños.

-¿Por qué sin sueños? -preguntó su vecino.

-Porque los sueños no siempre son agradables -respondió el otro-, y siempre son extraños, inverosímiles, deshilachados, y porque durmiendo ni siquiera podemos saborear los mejores sueños. Es preciso soñar despierto.

-¿Quién se lo impide? -preguntó el escritor.

El médico arrojó su cigarro.

-Mi querido amigo, para soñar despierto es preciso un gran poder y un gran trabajo de voluntad, y el resultado es una gran fatiga. El auténtico sueño, ese paseo de nuestro pensamiento a través de encantadoras visiones, es con toda seguridad lo más delicioso del mundo; pero es preciso que venga de forma natural, que no esté penosamente provocado, y que esté acompañado por un bienestar absoluto del cuerpo. Este sueño puedo ofrecérselo, a condición de que me prometa no abusar de él.

El escritor se encogió de hombros.

-¡Ah! Sí, ya sé, el hachís, el opio, la confitura verde, los paraísos artificiales. He leído a Baudelaire; y yo mismo he saboreado la famosa droga, que me ha puesto terriblemente enfermo.

Pero el médico se había sentado.

-No, el éter, tan sólo el éter. Ustedes, los hombres de letras, deberían usarlo de vez en cuando.

Los tres hombres ricos se acercaron. Uno de ellos pidió:

-Explíquenos, pues, los efectos.

El médico prosiguió:

-Dejemos de lado las grandes palabras, ¿de acuerdo? No hablo ni de medicina ni de moral: hablo de placer. Ustedes se libran todos los días a excesos que devoran sus vidas. Quiero indicarles una sensación nueva, posible tan sólo para hombres inteligentes, digamos incluso muy inteligentes, peligrosa como todo lo que excita nuestros órganos, pero exquisita. Añado que les hará falta una cierta preparación, es decir un cierto hábito, para captar en toda su plenitud los singulares efectos del éter.

»Son diferentes de los efectos del hachís, de los efectos del opio y de la morfina; y cesan inmediatamente después de interrumpirse la absorción del medicamento, mientras que los otros productores de sueños prosiguen su acción durante horas.

»Ahora intentaré analizar lo más claramente posible lo que se siente. Pero la cosa no es fácil; tan delicadas, casi inaprehensibles, son esas sensaciones.

»Sufría violentas neuralgias cuando utilicé este remedio, del que quizás he abusado un poco después.

»Sentía vivos dolores en la cabeza y en el cuello, y un insoportable calor en la piel, una inquietud de fiebre. Tomé un gran frasco de éter y, tras acostarme, me puse a aspirarlo lentamente.

»Al cabo de algunos minutos creí oír un murmullo vago que se convirtió muy pronto en una especie de zumbido, y tuve la impresión de que todo el interior de mi cuerpo se volvía ligero, ligero como el aire, que se vaporizaba.

»Luego hubo una especie de modorra del alma, de soñoliento bienestar, pese a que persistían los dolores, aunque ahora dejaban de ser penosos. Era uno de estos sufrimientos que se pueden soportar, y no ese horrible desgarrar contra el cual protesta nuestro torturado cuerpo.

»Muy pronto, la extraña y encantadora sensación de vacío que sentía en el pecho se extendió, alcanzó los miembros, que se volvieron a su vez ligeros, ligeros como si la carne y los huesos se hubieran fundido y sólo quedara la piel, la piel necesaria para hacerme percibir la dulzura de vivir, de estar tendido en ese bienestar. Entonces me di cuenta de que ya no sufría. El dolor se había ido, se había fundido, evaporado. Y oí voces, cuatro voces, dos diálogos, sin comprender nada de las palabras. Tan pronto no eran más que sonidos indistintos, tan pronto me llegaba alguna que otra palabra. Pero reconocí que simplemente era el zumbido acentuado de mis oídos. No dormía, estaba despierto; comprendía, sentía, razonaba con una claridad, una profundidad, una potencia extraordinarias, y una alegría de espíritu, una embriaguez extraña venida de esta multiplicación de mis facultades mentales.

»No era un sueño como con el del hachís, no eran las visiones un poco enfermizas del opio; era una agudeza prodigiosa del razonamiento, una nueva forma de ver, de juzgar, de apreciar las cosas de la vida, y con la certidumbre, la conciencia absoluta de que esta forma era la verdadera.

»Y la vieja imagen de las Escrituras me vino repentinamente al pensamiento. Tuve la impresión de que había saboreado el árbol de la ciencia, que todos los misterios se desvelaban, y que me hallaba bajo el imperio de una lógica nueva, extraña, irrefutable. Y los argumentos, los razonamientos, las pruebas, acudían atropellándose hacia mí, derribados de inmediato por una prueba, un razonamiento, un argumento más fuerte. Mi cabeza se había convertido en el campo de batalla de las ideas. Era un ser superior, armado con una inteligencia invencible, y saboreaba una alegría prodigiosa ante la constatación de mi poder..

»Eso duró mucho, mucho tiempo. Seguía respirando todavía por el orificio de mi frasco de éter. De pronto, me di cuenta de que estaba vacío. Y sentí un terrible pesar.»

Los cuatro hombres pidieron a la vez:

-¡Doctor, rápido, una receta para un litro de éter!

Pero el médico se puso el sombrero y respondió:

-En cuanto a eso, no: ¡vayan a hacerse envenenar por otros!

Y se marchó.

Señoras y señores, ¿qué les dice su corazón al respecto?

 

FIN

 

1 de junio de 2026

LA DANZA DE LOS BUFEOS


 


 


 

Fue una tarde de sol, pero de triste color. Era el verano del veintidós, el que había compartido con él. Observe pasar, que fue también el último día de su tiempo. Fueron también las últimas parvadas de aves, en los jardines las flores se marchitaron y las hojas se derramaban formando sobre el suelo una espesa hojarasca; por encima de ellos contemplé correr alegres y felices a los niños.

La vieja plaza del pueblo, en su angustiosa agonía, cambiaba de color; cada vez estaba más gris, cada vez más desierta y sumida en el desaire de la soledad. Tal vez al mirar a la angustia florecer, mi alma se revistió de nostalgia.

Pero también existen momentos en los que dirijo la vista al pequeño centro de mi pueblo. Entonces, las cuatro palmeras que por azar del destino tuvieron que nacer ahí, están calladas; parecen contarme todos los secretos, y entonces me doy cuenta de que en mí, sólo viven los recuerdos. No quedan las mismas cosas, ya no queda la misma gente, y así, desde hace rato, ninguna mujer da a luz una cría, y las mozas solteronas, como si fuesen aves de verano, se ausentaron en busca de calor a otro pueblo.

Partieron las últimas caravanas de carretones ahuyentadas por nuevas ilusiones, y sobre el fangoso camino sólo iban dejando huellas profundas y paralelas, que nunca podrían ser borradas mientras hubiese alguien que las recordase. Y es en esta orfandad, cuando me resisto a creer que estoy solo. Aunque siento que mis ojos se cierran y mi cuerpo se desmadeja, pero yo no quiero morir, porque le tengo miedo a la muerte. Entonces camino para despistarla, y canto para no llorar, y río con dolor; juego con el día aunque él está más triste que yo, y entonces miro al río y me dirijo hacia él, después me siento sobre su ribera a recordar cosas de niño, y a mirarlo cómo arrastra su pasiva corriente perenne y silenciosa como siempre, arrastrando muda los secretos del tiempo, y es en ese instante que le pido silencio al dolor, mientras sobre el agua caen los últimos rayos de sol. Miro para todos los lados, pero a mi alrededor no existe nadie. Los viejos sitios donde jugábamos, con Juan, Luis, Geraldito, Manolito y Carlitos están tan silenciosos, reclamando nuestro retorno a una edad de inocencia. Pero de esos tiempos sólo quedo yo, esperando también la inevitable partida.

El agua me mira sin detenerse y yo en ella me miro desconociendo mi apariencia, pero en ese instante, ante mí aparecen flotando sobre la superficie del agua nítidas imágenes de Juana, María, Pascuala, Carlota y otras más, ¡qué alegres y felices!, cuando el sol al día le daba su esplendor en otros tiempos pasados. Ellas, finas y sensuales, caminaban de tipoy y colorido, sueltas y relajadas, para luego llegar y sumergirse hasta la cintura dentro del agua.

Entonces era cuando yo ansiaba ser río para bañar la piel de sus esculpidas piernas y caderas, y mojar las trenzas largas de su cabellera. Pero, ¡si las puedo ver igual que antes!, sentadas como siempre, dibujando sobre sus morenos rostros una amplia sonrisa al calor de los sucesos de las noches pasadas, bajo los comentarios de viejos y nuevos amores, mientras lavaban la ropa con el jabón de lejía. Sus cuerpos al impulso del deseo se agitaban, pero lo más llamativo era cuando creían que estaban solas y como para despedir la tarde se despojaban de sus prendas, y como si fuese un rito a la divina naturaleza se sumergían. El agua formaba líneas imaginarias sobre su cuerpo, luego salían con el pelo mojado y se lo exprimían de un lado.

Ya la tarde moría, y yo conversando conmigo mismo prometía reencontrarme al siguiente día no bien muriera la tarde, mientras miraba como se vestían para luego colocarse el atadijo de ropa recién lavada sobre la cabeza. Después retornaban al pueblo, absorbidas por la estrecha brecha en la oscuridad de la casi noche, y a lo lejos sólo se escuchaba la última y feliz carcajada. Seguramente era alguna broma cotidiana o el recuerdo de algún romance hurtado.

¡Esos eran otros tiempos!, ¡eran nuestros años dorados! Pero esta tarde gris, lejos de aquellos días de cielo sin nubes, de noches con luna, las puedo ver igual, y no sé si reír o llorar, pero yo las contemplo igual que antes y levanto los brazos para llamarles con la emoción reflejada en la cara; veo que todas están tan lindas y hermosas como en sus veinte primaveras.

¡Sííí! Son ellas: Juana, María, Pascuala, Carlota y otras más. Pero por más que me esfuerce, me doy cuenta que de mí se alejan y se vuelven a zambullir en las cristalinas aguas, que se vuelven a juntar donde sus cuerpos desaparecen, y las veo perderse, y ansioso las busco con la mirada, calculando en el tiempo lo que llevarán dentro sin poder respirar.

Y al verlas, una y otra vez, salir de nuevo, me pongo feliz. Así van y vienen jugueteando, saltan y brincan por la orilla del río, ignorando mi presencia, pero de pronto… yo me muevo y veo que sus ojos morenos quedan sobresaltados, y las noto que se quedan asustadas cuando se dan cuenta de mi extraña presencia. Me miran y luego se miran entre ellas, como preguntándose.

-¿Y quién será este intruso? -parecen no reconocerme, y yo, triste y envejecido, me pongo a pensar.

-¿Qué tan raro me dejaron los años, y qué se llevaron de mí?

Y éstas, como si adivinaran mis pensamientos, me vuelven a contemplar y cautelosamente se me acercan, y aunque no me pueden hablar, logran emitir algunos chirridos, para volver a nadar después, y yo me vuelvo a preguntar si de mí se acordaron, si en esos días, llevaba ocho primaveras y ellas veintitrés.

Pero para la amistad no existe razón de edad. Me acuerdo muy bien de Juana, María, Pascuala, Carlota y otras más, pero también recuerdo haber visto sus nombres descifrados en letras color escarlata, pintados sobre maderas cruzadas y enterradas sobre sus lápidas, y más abajo un viejo retrato de su juventud, reliquia de un pasado en vida, donde quedó dibujada su última sonrisa. Así permanece algo borroso y algo dañado por las inclemencias del tiempo, y el olvido sobre aquel tétrico lugar donde moran más muertos que vivos. Y ellos anhelan desde su oscuro aposento sentir los primeros rayos de sol y ver la tarde morir.

Es entonces que vuelvo a mirar donde Juana, María, Pascuala, Carlota y otras más, que continúan nadando. Entonces intrigado me pregunto:

-¿Y ellas quiénes son?

Y sin más controversias, ordenando mis pensamientos, las contemplo en silencio por un momento, y, como para no olvidar este inesperado acontecimiento, lo registro en mis memorias, dándole un seudónimo, con el nombre de La danza de los Bufeos.

 

FIN

 

28 de mayo de 2026

Las Tormentas

 



 

Mi madre soñaba cosas antes de que estas pasaran y, en sus sueños, encontraba cosas. Yo estaba en la mesa de la cocina cortando una caja de cartón para hacerle puertas y ventanas la mañana en que bajó y dijo que sabía dónde estaba Rua. Tenía mucha prisa.

-¡Voy!

-Apresúrate.

Era una de esas mañanas heladas a mitad de enero, cuando el aire es tan frío que parece nuevo. Cuando salimos, el viento empujó el aire que respiraba de vuelta a mis pulmones. La seguí por la senda hasta el bosque. Una becada voló sobre los árboles. Algo me decía que no debía hablar. Mi madre sabía adónde estaba yendo. Cruzamos una zanja y salimos a un campo de remolachas que no reconocí. Ella se detuvo y apuntó en dirección de un brezal.

-Está ahí -dijo.

Separamos los brezos y ahí estaba Rua, nuestro Setter rojo, con el cuello atrapado en un cepo. Parecía muerto, pero no pude desviar la mirada. Mi madre le aflojó el cepo y le habló. En el alambre había sangre. Lo cargamos hasta casa y le dimos leche, pero no podía tragar. Debajo del abrigo se le notaban los huesos y durmió por tres días. El cuarto día se levantó y siguió a mi madre por la casa como una sombra. Cuando le pregunté si yo también iba a encontrar cosas en mis sueños, ella me dijo que esperaba que eso nunca pasara. No le pregunté por qué. Aun cuando era una criatura, ya sabía desde hacía rato que por qué eran dos palabras que mi madre odiaba.

El tambo era una habitación fría y oscura que mis padres habían llenado con las cosas que apenas usaban, de la época previa a mi nacimiento. La pintura amarilla se abombaba en las paredes y las baldosas húmedas brillaban sobre el piso. Las bridas colgaban endurecidas de las vigas; sus bocados, polvorientos. La mantequera todavía estaba allí y el olor de la leche agria persistía en ella; la madera alisada, pero perforada por la carcoma, las paletas perdidas desde hacía rato. No recuerdo vidrios en esas ventanas, solo barrotes oxidados y el extraño aplauso del viento soplando por entre los árboles.

Alguien llevó la vieja incubadora a los empujones hasta adentro del tambo y un pollo se escapó; una cosa de metal oxidado que solía brillar como cuchara. Pusimos ahí pollos recién incubados, recogiéndolos en nuestras manos como pétalos amarillos y los soltamos en ese calor, bolas cubiertas de plumón con patas siempre en movimiento, asimilando ese calor como propio. El calor nos mantiene vivos. A veces esas bolas amarillas se caen, vencidas por el frío, las patas como flechas naranja apuntando hacia abajo. La mano de mi padre los descartaba como si fueran hierbajos. Mi madre los recogía con cuidado, inspeccionando esos cuerpecitos amarillos en busca de algún signo de vida y, al no descubrir ninguno, decía: «Mi pobre pollo», y me sonreía mientras los deslizaba por el conducto vertedor.

Los coladores de leche también estaban ahí, la gasa vieja colgando en racimos sucios sobre una hebra deshilachada. Y los frascos de mermelada de grosella silvestre que olían como a jerez, reducidos en el vidrio con un reborde de musgo. Mi madre siempre hizo más mermelada de la que podíamos comer. Solíamos hacer jalea de manzanas: cortábamos esas frutas ácidas en cuartos y las hervíamos hasta hacerlas pulpa, con corazones, semillas y todo; vertíamos el fluido grumoso en una funda de almohada vieja, atada a cada una de las patas de un taburete dado vuelta. Goteaba, goteaba, goteaba toda la noche dentro del frasco de conserva.

Iba al tambo cuando me mandaban; por un frasco de barniz, clavos de seis pulgadas, una brida para una yegua cabezona. El picaporte estaba demasiado alto. Tenía que pararme sobre una lata de creosota para alcanzarlo, y el metal sobre el que me paraba era delgado como una hoja. Cuando iba ahí por propia decisión, era para mirar en el arcón, una gran caja oxidada, una valija de pirata de niño. Era tan vieja que si la hubiera vaciado y puesto a la luz, habría sido como mirar a través de un colador. Adentro del arcón no había nada que me gustase: libros viejos, pegados por la humedad y sin ilustraciones, mapas oscurecidos y algunos libros de oraciones.

-Todo esto perteneció a la familia de tu padre -me dijo mi madre, empleando un volumen de voz que, se suponía, él no debía oír.

El arcón era tan largo como yo y la mitad de alto, con una tapa apretada y sin manijas. Lo habría abierto y mirado esas cosas, habría toqueteado los libros de lomos quebrados, con tapas perdidas. Era el pasado; el pasado estaba allí. Sentía que, si pudiese comprender sus contenidos, mi vida tendría más sentido. Pero eso nunca sucedió. Me habría hartado de mirar esas cosas, habría cerrado la tapa de un golpe, habría hecho rechinar el metal.

El próximo sueño cambió todo. Mi madre soñó con su madre, muerta. Sus gemidos me despertaron en medio de la noche. Alguien golpeaba ruidosamente la mesa de la cocina. Bajé furtivamente y me quedé allí, mirando en la oscuridad. Mi madre estaba acurrucada en el piso. Mi padre, quien nunca decía nada cariñoso, le hablaba con ternura, persuadiéndola con brandy, pronunciando su nombre.

-Mary, Mayree, ¡ah, Maayree!

Los dos, que nunca se tocaban, cuyos dedos soltaban la salsera antes de que el otro la agarrase, se estaban tocando. Volví a subir a gatas y escuché, mientras esas palabras cariñosas se convertían en otra cosa.

Por la mañana llegó el telegrama. El cartero se sacó la gorra y le dijo a mi madre que lamentaba los problemas que ella tenía. Mi madre enrolló el telegrama entre sus dedos como si fuera papel de armar cigarrillos. Mi padre hizo los arreglos. Vinieron desconocidos a casa. Una vecina me pegó en la mano cuando encendí la radio. Mi abuela, la mujer con el sarpullido violeta y los pechos surcados por venas azules, que hemos lavado como si se tratara de pintura, volvió rígida del geriátrico, en un cajón forrado con volados, y la pusimos en el frío del salón. Me levanté en medio de la noche y bajé a verla cuando no había nadie. Una ráfaga hizo que de la vela encendida cayera cera sobre el aparador. Sabía poco de ella, excepto que no les tenía miedo a los gansos enojados ni temía agarrarse tuberculosis. Podía curar todo tipo de enfermedad de las aves de corral. Mi madre había crecido rodeada por patos, gallinas y pavos. Le toqué la mano a mi abuela. El frío me dio miedo.

-¿Qué estás haciendo? -me preguntó mi madre.

Todo ese tiempo había estado allí sentada en la oscuridad.

-Nada -le dije.

Los vecinos vinieron a acompañarnos después del funeral, los coches se amontonaron en el camino. Me senté sobre las piernas de desconocidos. Me pasaban de unos a otros como a bolsa de tabaco y me tomé tres botellas grandes de 7UP.

Mi tía se quedó parada, custodiando el jamón. «¿A ver quién va a querer otra tajada?», preguntaba, con el cuchillo mortífero en la mano.

Mi madre se sentó mirando el fuego y jamás dijo palabra. Ni siquiera cuando Rua se subió al sofá y se puso a lamerse.

Pasaron meses. Mi madre se puso a limpiar el establo, aun cuando habíamos vendido las vacas hacía años. Iba con el cepillo y el balde, restregaba los pesebres, el pasillo, e incluso lustraba el tapacubos que empleábamos para servir la leche espumosa a los gatos. Y entonces volvía y le hablaba a las estatuas hasta el almuerzo. Se imaginaba tormentas, se encerraba debajo de las escaleras cuando oía viento, se ponía algodón en los oídos cuando venía el trueno, se escondía debajo de la mesa con Rua.

Una vez, mi padre y yo, enfardando centeno, la observamos en el campo, llamando a las vacas.

-¡Chuck! ¡Chuck! ¡Hersey! ¡Chuck! ¡Hersey!

Se quedó ahí parada, golpeando el balde de cinc para hacer que las vacas imaginarias vinieran a comer. Mi padre la llevó a la casa. Y fue entonces cuando mi madre empezó a vivir en el piso de arriba.

Así que, para cuando llegó el verano, yo era la que llevaba la gran tetera para los segadores de heno, con el pico tapado con una página sacada del Farmer’s Journal. Los hombres chupaban pajitas y me miraban, y le decían a mi padre groseramente que pronto estaría en edad.

Ella vino a buscarme en medio de la noche, vestida con un camisón rojo que nunca le había visto. Me sacó de la cama, bajamos los escalones a oscuras y salimos al prado segado, pasando los montones de heno, con nuestros pies descalzos a los que se pegaban semillas. Y seguimos subiendo por los campos de rastrojo, su mano atornillada a la mía, la parte de atrás de su camisón agitándose al viento. Y entonces alcanzamos la cima y nos recostamos boca arriba, a observar las estrellas, ella con su cabello color bronce y sus palabras de loca, no del todo sin sentido, pero intuyendo lo que nosotros no podíamos entender. Lo mismo que el perro es el primero en oír el coche en el camino.

Señaló lo que llamaba la cacerola, una disposición de las estrellas, y me contó cómo fue que llegó hasta allí. Era un cuento de animales que pasaba en la época de Nuestro Señor, en África. Hubo una sequía. El suelo se había vuelto polvo, e incluso el lecho de los ríos estaba seco. Los animales vagaban por África buscando algo que beber. Las ovejas perdieron la lana y las serpientes, sus pieles, pero una osa joven encontró una cacerola llena de agua y se la dio a beber a todos para sacarlos del apuro hasta que lloviese. Todos los animales bebieron hasta hartarse, pero la cacerola nunca se secaba. Tenía una manija curvada, y cuando llegó la lluvia, las estrellas adoptaron su forma, y eso es lo que pasó. Y entonces también yo pude verla en el cielo.

Estuvimos ahí hasta el amanecer, el olor del heno llegando con el viento. Me contó de mi padre, sobre cómo le había pegado durante quince años porque ella no era igual a las otras mujeres. Me enseñó la diferencia entre querer a alguien y que alguien nos gustara. Me dijo que yo le gustaba tan poco como él porque tenía sus mismos ojos crueles.

No entendí, pero fue entonces cuando empecé a ir al tambo sin que me mandaran. Era un lugar tranquilo. No había nada, solo el viento que soplaba y el borboteo del tanque de agua en lo alto. El agujero en el cielo raso, entre las vigas, permitía ver la casa de muñecas, el lugar donde mis primas solían llevar sus muñecas para golpearles las cabezas contra el tejado inclinado.

Fue un día de tormenta el día en que vino la camioneta para llevársela. Mi padre dijo que se estaba lastimando, pero no era nada que se pudiera ver. Le pregunté si quería decir que estaba sangrando por dentro.

-Algo así -dijo.

Pensé en la imagen del sagrado corazón sobre la estufa, el rojo corazón expuesto, iluminado por la lámpara roja que nunca se apagaba.

Los hombres están llegando a la casa para buscarla. Ella está debajo de la mesa. No puedo ver. Corro al tambo, abro el arcón y miro adentro. Saco un libro de oraciones y paso las páginas. Están gastadas y suaves como el brazo de mi madre. Abro uno de los mapas oscurecidos y rotos, y, hasta no encontrar un lugar que reconozca, no puedo distinguir cuál es la tierra y cuál es el mar. Hay un ala de insecto pegada a Noruega. Los oigo en la habitación de al lado. Abro otro libro y busco ilustraciones, pero no hay ninguna. Me meto en el arcón, me pongo en cuclillas. Oigo vidrio que se rompe. El sonido de lo que ha llegado a ser la voz de mi madre crece hasta el gemido. Algo cae. Empujo la tapa de lata, dejo que el metal caiga sobre mí con un chirrido de óxido, tenso. Todo se pone negro. Es como si yo ya no existiera. No soy yo sentada sobre libros húmedos, dentro de una lata grande y negra. El olor es viejo y mohoso como el olor de la panera o como el de la parte de atrás del aparador cuando quedan migas de torta. Un olor que tiene un siglo. Recuerdo que las ratas una vez royeron la rejilla de la incubadora. Llegaron hasta donde estaban los pollos y encontramos pedazos de plumones con patas por todas partes y las partes carnosas completamente comidas. A otros pollos los encontramos aterrados, exhaustos y escondidos entre latas de pintura o rollos de alambre, todavía incapaces de huir. Los levantamos, sus cuerpos amarillos palpitantes, gritos mínimos y enloquecidos.

Ahora yo manejo la casa. El último que dijo que estaba en edad recibió una quemadura. Mi madre siempre decía que no había nada peor que una quemadura. Y tenía razón. Sucede que no acepto tonterías de nadie. Dejan sus botas de goma afuera y mi padre deja los platos sucios sobre el escurridor. No lo he oído decir que las papas no tienen el centro bien cocinado. Sé usar la cuchara de servir para golpear. Eso también lo sabe. Rua da vueltas a la casa buscándola. Pienso en él como en la sombra de mi madre, vagando por la casa.

La visito los domingos, pero no sabe dónde está ni quién soy.

-Soy yo, mamá -le digo.

-Nunca pude soportar el olor a pescado -dice-. Él y sus arenques.

-¿No me reconoces? Soy Elena.

-¡Elena de Troya! ¡Métete en tu caballo! -dice.

Es buena con las cartas, les hace trampa a los otros y les saca el dinero que les dan para sus gastos cada semana, y la jefa de enfermeras tiene que ir hasta su armario para sacárselo cuando mi madre está en el baño. No se da cuenta. El dinero nunca tuvo ningún interés para mi madre.

Yo sigo volviendo al psiquiátrico. Me gusta el olor a desinfectante en los pasillos, los zapatos con suela de goma de las enfermeras, las peleas por los diarios dominicales. Me gusta que lo que hablan carezca de sentido. ¿Qué dice eso de mí? Mi madre siempre decía que la locura de una familia es hereditaria y yo la tengo por ambos lados. Vivo en una casa con el hombre con quien se casó mi madre. Tengo un perro que casi se murió, pero al que no le importa estar vivo. Cuando me miro al espejo, mis ojos son crueles.

Supongo que tengo mis propias razones para venir aquí. Tal vez necesito algo de lo que tiene mi madre. Un poco apenas. Me quedo con una parte pequeña para mi propia protección. Es como una vacuna. La gente no entiende, pero una tiene que enfrentar el peor caso posible para ser capaz de todo.

 

FIN

 


12 de mayo de 2026

LA ISLA DE LOS CONEJOS

 



 

Construyó una piragua y quiso probarla en el Guadalquivir. No le interesaba el deporte. Tampoco había hecho la piragua para usarla a menudo; sabía que, en cuanto explorara las isletas, la dejaría en el trastero o la vendería. Él se definía como inventor, aunque a las cosas que fabricaba no se les podía llamar inventos. Sin embargo, había empezado a calificar como tales todo lo que pergeñaba, pues no usaba manual de instrucciones. Su método era descubrir por sí mismo lo necesario para elaborar lo que ya estaba hecho. El proceso le llevaba meses y lo consideraba su verdadera vocación. Inventaba lo que estaba inventado. Conseguía con ello un placer parecido al de los senderistas que los domingos van al monte y alcanzan una cumbre, y se preguntaba por qué la realización personal era algo tan extraño. Por las mañanas, el falso inventor trabajaba como maestro en una escuela de artes y oficios sin sentirse realizado, a pesar de que sus enseñanzas resultaban útiles para sus alumnos.

Desde niño había deseado ir a las lenguas de tierra que penetran en el mar, o a las islas que nadie habita. En una ocasión, cuando tenía dieciocho años, sus padres le invitaron a Tabarca con la promesa de que era una isla desierta. Él creyó que iban a pisar mero matorral, pero se encontró con siete calles de casas humildes, una muralla, una iglesia, un faro, dos hoteles y un pequeño puerto. Probablemente sus padres exagerasen con que no había nada en Tabarca para convencerle de que se fuera con ellos de vacaciones -no les gustaba que se quedara solo en casa-; no obstante, tal vez nunca hubiesen entendido a qué se refería cuando hablaba de lugares deshabitados.

Era difícil contar las mejanas de la parte del Guadalquivir que bordeaba la ciudad. Algunas se confundían con pequeñas penínsulas. Una mañana de septiembre caminó hasta el muelle con su embarcación y se echó al agua. Estuvo varios días tomándole el pulso a la nave, y tras dominarla, comenzó a explorar el río. Llevaba semanas sin llover. El caudal iba escaso, tranquilo, apestoso. Recorrió el perímetro de las islas con una mezcla de desasosiego y estupor, sin ser capaz de arrimar la piragua a la orilla. Dudaba de sus habilidades para maniobrar con rapidez, temía que la tierra no fuera firme en las márgenes, resbalar y que la piragua se le escapara. Además, le espantaba regresar a nado, apretando los labios para no tragar miasmas, y viendo tanta naturaleza junta, la vegetación abigarrada y vibrante de insectos, la capa de excrementos de pájaro, el lodo. Lo que había creído bello no eran más que árboles torcidos por el peso de las aves, o quizás por alguna enfermedad, así como colonias de bichos y arbustos comidos por la inmundicia.

Al quinto día de deambular con la piragua, decidió recorrer la curva del Guadalquivir. Remar hacia el sur le permitía no perder de vista las lomas suaves de la campiña. Por allí las islas eran diminutas, más ásperas, y estaban muy juntas, como un sarpullido. Las rodeó trabajosamente; en la última se encontró el cadáver de un hombre flotando entre los juncos. El muerto yacía boca abajo, en calzoncillos; la piel de su espalda se levantaba formando ampollas del tamaño de una mano. No supo si las ampollas se debían al sol, que todavía achicharraba en septiembre, o a que el cuerpo estaba tan lleno de líquido que se había deformado. El río hedía. Llamó a protección civil y los agentes llegaron en una dingui con la que era imposible abrirse paso entre los juncos. En la dingui portaban una canoa; mientras un policía gordo se montaba en ella, él se acercó a la lancha y pidió permiso para irse. No quería presenciar cómo arrastraban al fiambre. Le amilanaba que se diera la vuelta y descubrir unas entrañas en carne viva, devoradas por los peces.

El episodio del muerto le mantuvo varias jornadas alejado del río. Luego volvió a dar su paseo vespertino alrededor de las islas, y un día, después de haberse atrevido a pisar la más cercana al muelle, decidió habitarla. Se dijo a sí mismo que estaba harto de vivir en la urbe, y también que le excitaba hacer lo que nadie hacía. Aquéllas no eran más que dos ideas peregrinas con las que a veces recorría las calles de su ciudad, que se le antojaba demasiado obsesiva, una espiral que le abducía hacia el centro. En verdad, no podía dar ningún motivo que explicara su decisión de ocupar aquel pedazo de tierra estrecho y nauseabundo, que le haría sentirse aún peor que en la ciudad.

Aunque se tratara de la isla más próxima a la ribera, la espesura impedía ver su interior. Limpió de matorral el centro, taló árboles cuyos troncos eran tan delgados que parecían cuerdas. ¿Cómo esa madera enclenque sostenía una copa de un verdor pletórico? Decidió montar una tienda de campaña roja en vez de verde militar. La tienda se aislaba bien, pero él no esquivaba el pánico a despertarse cubierto de insectos. Pensaba que, durmiendo en alto, se resguardaría de las larvas que pululaban por el suelo ciegas, ofuscadas en la profanación de la tierra, y que parecían intuir a sus depredadores. Las aves las atrapaban con facilidad: metían el pico bajo la arena y hurgaban. Constituían una fuente de comida inagotable; sin embargo, los pájaros no se alimentaban siempre de ellas. Quizás no resultasen lo suficientemente alimenticias por estar hechas sólo de agua, y había que buscar insectos más sofisticados y nutritivos. Una tarde examinó una. La puso en su mano, donde el animalito danzó sobre sí mismo. Al apretarle un poco con el índice, estalló como un globo diminuto.

No dormía en la isleta todas las noches; eso le habría vuelto loco. Le bastaba con amanecer allí un par de veces a la semana. Cuando pernoctaba en esa mancha del Guadalquivir, escuchaba un zumbido durante la madrugada. Salvo si las lechuzas atacaban, los pájaros permanecían callados, y sólo se oía el aleteo de los que eran expulsados de algún álamo. Estaban muy apretados; al ahuecar la cabeza bajo el ala y ensanchar el buche, los que ocupaban los extremos de las ramas se caían. El zumbido que le torturaba no se debía a estos estertores del sueño, sino a la chillería de las aves en el ocaso al buscar sitio en los árboles, tan brutal que imposibilitaba hacer un cálculo aproximado de cuántas acudían a aquel mísero terruño. Le parecía que eran miles. Piaban de tal modo durante una hora que el sonido se le quedaba dentro, y ni enchufándose los cascos con el volumen al máximo lo mitigaba; incluso salía de la tienda para ahuyentarlas a voces, pero la jauría no reparaba en su presencia. Era como un trozo de alga en mitad del océano; las aves quizás lo confundían con un pájaro ridículo. Acababa con la garganta dolorida de gritar, y no quería confesarse a sí mismo que algo en él se liberaba mientras vociferaba haciendo muecas grotescas. A menudo perdía la noción del tiempo y seguía aullando en plena noche, cuando los pájaros estaban ya callados; entonces los escasos paseantes de la ribera miraban hacia la isla creyendo que los alaridos eran de algún animal.

Los pájaros iban a la mejana a dormir, a criar, a morir. Todo estaba lleno de nidos y de cagarrutas, y cuando el falso inventor volvía a su casa, no conseguía deshacerse del olor a excremento, ni siquiera duchándose. Por lo visto, aquellas aves blancas eran una plaga. Se lo había dicho un viejo que pescaba en el embarcadero. Le preguntó al viejo por el nombre de los animales, pero éste no supo indicárselo. Estuvo buscando información en internet y no encontró nada. Ojeó una guía de la fauna del Guadalquivir; los pájaros de su isla no coincidían con ninguna de las garcillas descritas. No investigó más; al fin y al cabo, hallar a qué especie pertenecían no modificaba su decisión de convertirse, durante un par de veces a la semana, en un ser que bramaba contra unas criaturas que le ignoraban, que se dormían a pesar de que les lanzaba furiosas piedras. Ni se dignaban mirarle cuando la cólera le hacía agitar los troncos enclenques de los árboles. Las copas se movían de un lado a otro, y a veces este movimiento se tornaba violento; el vaivén de ramas trasmitía la impresión de que unos fornidos costaleros llevaban la isla a hombros.

Con el paso de las semanas, el falso inventor se convenció de que su ocupación era un acto de justicia. ¿Por qué tenía que pedir permiso para habitar un sitio vacío? Estimaba incomprensible que el resto de las isletas siguieran vírgenes, pero eso no era lo que le parecía peor; lo intolerable era la falta de curiosidad de los habitantes de una capital donde vivían más de trescientas mil personas. ¿Entre tanta gente sólo él se molestaba en visitar lo que había delante de sus narices?

Empezó a dejar dinero en la tienda de campaña para ver si alguien lo robaba. Si bien los piragüistas que remaban por el Guadalquivir no tenían por qué ser unos ladrones, debía de haber maleantes al acecho, algún vagabundo hambriento que sin duda birlaría su generoso billete. Comprobó a diario si los cincuenta euros seguían allí. Y así era. Nadie cogía nunca ese dinero. Nadie ponía un pie en su isla.

Cuando no inventaba lo que ya estaba inventado, el falso inventor hacía instalaciones a las que no llamaba arte. Por ejemplo, les había quitado la piel de tela a diez perros de juguete que ladraban mientras movían las patitas delanteras y encendían sus ojos. Luego había colocado la piel sobre las patitas y metido a los perros en una jaula para conejos. Urdió un mecanismo para accionar a los perros con un mando a distancia. Cuando sus amigos iban a su casa, él le daba al botón del mando. Diez perros de juguete despellejados ladraban mientras movían sus patitas hacia atrás sobre su propia piel, encendiendo unos ojos amarillos.

Sus amigos le sugerían vender aquella instalación a alguna campaña para la protección de animales y él se encogía de hombros. ¿No habrían explotado ya otros su idea? En el fondo, pensaba que, si se le había ocurrido a él, era porque la había visto en algún sitio, aunque no se acordara. Por eso se negaba a que alguien considerase arte sus instalaciones. Le aterrorizaba exponer y que se comentara en voz alta que sus obras no eran más que una copia. No sabía por qué le temía a esa crítica, si al fin y al cabo no creía en la novedad y argumentaba largo y tendido al respecto, aun cuando no fuese capaz de recordar de dónde procedían sus apropiaciones. Además de la jaula llena de perros de juguete, eran suyos un circo de pulgas mecánicas en el interior de una alacena, una sandwichera fabricada con dos planchas de la ropa con la que derretía queso añejo sobre las manos de sus invitados cuando celebraba alguna fiesta, una pila de libros sobre la que se había acumulado el polvo durante más de veinte años -lo que cubría los libros eran ya pelotas de porquería-, y cuya importancia estribaba en que ese polvo contenía células muertas de todos sus familiares, ya fallecidos.

Fue la jaula de conejos donde tenía los perros de juguete lo que le llevó a la ocurrencia de soltar conejos en la isla para ahuyentar a los pájaros. Resolvió no quedarse más noches a dormir. Ya había gritado lo suficiente. Mantendría la tienda de campaña para ir a observar a los conejos y echarse la siesta. El otoño estaba avanzado, habían atrasado la hora; ya no era un despropósito remar a las cuatro de la tarde y recibir la fresca en el río, cuyo caudal seguía tan hediondo como en verano debido a la sequía. Compró veinte conejos, diez machos y diez hembras, que se reproducirían a gran velocidad. En la isla pronto no habría alimentos para ellos. El falso inventor supuso que los nuevos moradores atacarían los nidos que había en el suelo cuando no tuvieran qué comer. Si los pájaros no podían criar en la isleta, se irían a otra.

Los conejos eran muy blancos y de largas pelambreras. Tenían los ojos rojos, le habían costado más caros que si los hubiese comprado grises o marrones, pero estimó necesario que compartieran el mismo color que las aves. Se dijo que poblar con ellos la isla era su forma de seguir habitándola. Acabó por permitirles entrar en la tienda, donde preferían estar, sin duda porque les mantenía a resguardo del sol y porque la tierra no valía para hacer madrigueras. En la tienda se pusieron a parir gazapos sin pelo que parecían ratas.

En cuanto los conejos devoraron los matorrales, los nidos fueron vaciándose de huevos, manjar que parecía gustarles especialmente, pues en más de una ocasión presenció peleas por roer las finas cáscaras azuladas. No se peleaban, sin embargo, por los polluelos, y para el falso inventor estaba claro que comer esa carne recién nacida era algo que hacían a su pesar, con cierta tristeza, como si sus obtusas inteligencias reaccionaran frente a aquella situación cruel. Su actitud, se decía, estaba acorde con la humanidad que representaban, que no era otra que la de él, su dueño. Tal vez por ello le sorprendió que, a pesar de los escrúpulos iniciales, luego no dejaran ni los huesos, como habría hecho cualquier persona. Atacaban con sus incisivos los buches de las criaturas, y un cerco de sangre tiznaba, del mismo color que sus ojos, sus hocicos temblones y los finos pelos de sus bigotes. Cuando habían acabado con la carne, frugal, pasaban largos minutos royendo los esqueletos, haciendo un ruido peculiar, de ramas secas quebrándose. Se comían incluso el pico, y al terminar se acicalaban hasta que el pelaje volvía a lucir blanco.

Mientras el festín tenía lugar, las aves volaban alrededor lanzando angustiosos graznidos. Aguardaban durante horas en el lugar del crimen, como si su prole fuera a aparecer tras una piedra. Al falso inventor le resultaba curioso que no se les ocurriese atacar a los conejos. Sería sencillo para ellas arrancarles los ojos con sus afilados picos, pero aquellas maniobras grupales debían de ser ajenas a sus instintos.

No calculó que los gazapos nacidos allí jamás habrían comido otra cosa que carne y huevos, y que aquella desnaturalización habría de acarrear alguna consecuencia funesta. Durante un tiempo más, las aves fueron lo suficientemente tontas, u osadas, como para seguir anidando en la isla, pero cuando los nidos comenzaron a desaparecer, el falso inventor se dio cuenta de que también lo hacían las camadas de conejos. Una mañana fue testigo de por qué desaparecían: sus congéneres se las comían. Le horrorizó aquel espectáculo y se deshizo de la idea de que esos animales fueran una extensión de su persona. Es más: se le antojaron una plaga, igual que los pájaros, y si siguió yendo a visitarlos, fue porque se sentía culpable de abandonar a aquellas bestias a las que había envilecido.

Un día probó con el pienso. Los conejos se limitaron a olisquearlo, y luego se entregaron a encuentros sexuales que poseían un punto morboso. Habían aprendido a reproducirse para comer, y eso multiplicaba los apareamientos. El falso inventor se dijo que la necesidad aceleraba la gestación. Todos se alimentaban cada vez que una hembra daba a luz; cuando acontecía el silencioso parto, los conejos acechaban a la parturienta como si también cupiera la posibilidad de comérsela a ella. Puesto que ya no demostraban interés por los nidos de las aves, éstas volvieron a anidar.

La tienda de campaña se veía desde la ribera. A él le daba igual. Lo que había en ese pedazo de tierra no era demasiado distinto de los campamentos que los rumanos y los mendigos levantaban bajo los puentes de las circunvalaciones. Mientras no molestaran, nadie les prohibía que durmieran allí. Su isla quedaba lejos del conjunto monumental que se atisbaba desde el otro lado del río. Tenía enfrente el final de la ciudad, donde, además de pisos nuevos y feos, sólo había un centro comercial junto a un estadio que nunca fue importante. Él también era visible cuando estaba en la mejana, y algunos niños le saludaban desde el pretil y le pedían a gritos que les llevara en su piragua. El falso inventor les contestaba moviendo enigmáticamente la cabeza. La atención de los niños le envanecía y le preocupaba al mismo tiempo. No quería que supieran lo que estaba pasando con los conejos, que se adivinaban desde el mirador; eran como pequeñas pelotas blancas chocando unas con otras. Por las noches, si había suficiente luna, el resplandor de sus pelajes se confundía con el de los pájaros, y daba la impresión de que las aves dormían en el suelo.

Los conejos jamás se comían a sus crías fuera de la tienda. Parecían saber que transgredían una ley. Y aunque verlos alimentándose de sus descendientes encogía el alma y los tornaba abyectos, cuando se estaban quietos se hacía evidente que había algo en ellos hipnótico, majestuoso, que se acrecentaba con el paso del tiempo, y que quizás guardaba relación con actuar contra natura. Tal vez habían dejado de ser conejos, pensaba, o de algún modo sabían que estaban protagonizando lo que jamás había pasado de esa manera en su raza. A ratos al falso inventor le atribulaba su desaparición, y entonces se olvidaba de las circunstancias por las que aquellos seres habían acabado zampándose a sus hijos. El acontecimiento relucía como un hecho puro, sin causas; un hecho llamado a inaugurar un nuevo mundo. Todo esto ocurría a la sordina, porque aún no había un lenguaje para una realidad que empezaba a dar sus primeros pasos. El falso inventor se limitaba a seguir yendo a la isleta y a contestar con recelo a las peticiones de los infantes de ser llevados en su piragua. Por las noches, en el caserón heredado de su abuela en el que vivía, soñaba con los padres de estos niños, oía sus voces como si fueran una turbamulta que le aplastaba mientras las habitaciones se llenaban de agua y del color azul de las piscinas. Se decía que aquello era una vulgar obsesión de la que saldría cuando decidiera abandonar a esas criaturas, y sólo por algunas actitudes de su cuerpo, de repente estático junto a sus conejos, era posible concluir que comenzaba a sentirse como uno más entre ellos. Quizás su pelo, súbitamente encanecido, lograría el blanco fabuloso de esos animales ya sagrados, y sus ojos, ensangrentados por pequeños derrames que el oculista atribuía a una persistente conjuntivitis, acabarían sanando cuando enrojecieran por completo.

Un día el falso inventor desmontó la tienda de campaña y dejó de ir a la isla. Los habitantes de los pisos de la ribera se preguntaron qué habría sido de aquel loco dedicado a criar unos conejos que murieron a las pocas semanas de su desaparición, y cuyos cadáveres formaron un bonito manto blanco.

 

FIN