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9 de abril de 2026

EL DIABLO DE CERA {Relato}

 




 


La multitud cacareante había formado círculo alrededor de una cosa espantosa, cubierta con un grasiento trozo de lienzo.

Las miradas se fijaron un instante en la forma humana que podía adivinarse bajo el sucio embozo, y luego se alzaron hacia el piso superior de un triste inmueble, cuya destartalada fachada mostraba un cartel de «Por alquilar» en descomposición.

-¡Mirad, la ventana está abierta! ¡Ha caído de allí!

-¡Ha caído… o ha saltado!

El amanecer era desapacible, y algunos faroles ardían aún aquí y allá. La multitud se componía principalmente de personas que tenían que levantarse muy temprano para acudir a la fábrica o a la oficina. A pesar de que desembocaba en Cornhill, la calle no era muy animada; transcurrió bastante tiempo antes de que los bobbies descubrieran el cadáver, que permanecería allí, en su ridicula postura de muñeco desarticulado, hasta que llegara el comisario. Éste no tardó en aparecer por la acera contraria, acompañado por un joven de rostro inteligente.

El comisario era bajito y tripudo, y no parecía haberse despertado aún del todo.

-¿Accidente, asesinato, suicidio? ¿Cuál es su opinión, inspector White?

-Es posible que se trate de un asesinato. De un suicidio, tal vez, aunque el motivo no está demasiado claro.

-Para mí es un caso sin importancia -afirmó lacónicamente el comisario-. ¿Conocía usted al muerto?

-Sí, se llamaba Bascrop. Soltero y bastante rico, vivía como un ermitaño -respondió White, el cual se esforzaba en adoptar el tono seco de su implacable superior.

-¿Vivía en esta casa?

-Desde luego que no, ya que está por alquilar.

-En tal caso, ¿qué hacía en ella?

-Este inmueble le pertenecía.

-¡Ah! Bien, será una encuesta sin importancia, inspector White. No creo que le ocupe mucho tiempo.

Cuando el jurado hubo descartado la eventualidad del asesinato, White reanudó la investigación por su cuenta. Nada permitía, en efecto, excluir la posibilidad de que se tratara de un crimen.

El joven oficial de la policía había quedado particularmente impresionado por la expresión de indescriptible angustia que había conservado, en la muerte, el rostro del poco sociable Bascrop.

Había entrado en la casa vacía, había subido la escalera hasta el tercer piso y había entrado finalmente en la habitación misteriosa, cuya ventana había quedado abierta. Al pasar, había observado que todas las habitaciones estaban completamente desprovistas de muebles. En aquella, de todos modos, había varios objetos de aspecto mísero: una silla destartalada y una mesa de madera blanca. Sobre esta última se erguía una vela, que una corriente de aire debió apagar, poco después del drama.

Una capa de polvo cubría la mesa, que sólo estaba limpia en tres lugares. En efecto, el polvo llevaba las marcas de dos pequeños círculos y de un rectángulo completamente regular. White no tuvo que reflexionar mucho para descubrir la causa.

-Bascrop -se dijo- se sentó a leer a la luz de la vela. En el lugar de aquel rectángulo debía encontrarse el libro; en cuanto a los dos círculos, sin duda fueron formados por los codos del difunto. Pero, ¿dónde está el libro en cuestión? Nadie más que yo ha entrado en esta casa, después de la muerte del propietario. Por lo tanto, el desdichado lo tenía seguramente en la mano en el momento de su caída.

White continuó su razonamiento. Por un lado, la calle desembocaba en Cornhill, efectivamente; pero, por el otro extremo, iba a parar a un laberinto de callejones de muy mala fama. En la mayoría de las puertas podía leerse esta inscripción trazada con tiza: «Llamar a las cuatro».

En los alrededores, pues, tenía que vivir un vigilante nocturno, y era posible que aquel hombre supiera algo.

El vigilante nocturno era un viejo sucio y repugnante que olía a alcohol a la legua y que recibió a White con evidente desagrado.

-No sé nada, absolutamente nada. Me contaron que un hombre cansado de la vida saltó desde el tercer piso. Son cosas que pasan.

-¡Vamos! -dijo secamente White-. Entrégueme el libro que encontró cerca del cadáver, si no quiere verse complicado en un asesinato.

-Encontrar no es robar -se burló el viejo-. Y, por otra parte, yo no estuve allí.

-¡Cuidado! -amenazó White-. Ese libro puede ser el principio de una cuerda que acabe alrededor de su cuello…

El viejo vaciló unos instantes y terminó por murmurar, de mala gana:

-Bueno, ese libro podría valer un chelín.

-¡Aquí tiene su chelín!

Así fue cómo White consiguió entrar en posesión del libro que buscaba.

* * *

-¡Un libro de magia, y que data del siglo XVI! -gruñó el inspector-. En aquella época, los verdugos no dejaban de quemar esta clase de obras, y hacían perfectamente.

Empezó a hojearlo lentamente. Una página doblada por uno de sus extremos llamó su atención. Se puso a leer con creciente interés. Cuando hubo terminado, su rostro tenía una grave expresión.

-¿Por qué no habría de intentarlo también yo? -murmuró.

Poco antes de medianoche se dirigió a la calle desierta, empujó la puerta de la siniestra mansión y trepó por la escalera en medio de las tinieblas.

La oscuridad no era absoluta: una luna llena barría el cielo con sus rayos fríos y enviaba suficiente claridad a través de los cristales polvorientos de las ventanas.

Al llegar a la habitación del drama, White encendió la vela, ocupó el lugar de Bascrop y abrió el libro por la página previamente señalada. En ella podía leerse:

«Encended la vela a las doce menos cuarto de la noche y leed la fórmula en voz alta».

Se trataba de un texto en prosa, muy oscuro, del cual el inspector no comprendía nada. Pero cuando hubo terminado la lectura y tosió ligeramente para aclararse la garganta, oyó que el reloj de un campanario daba las doce campanadas fatídicas.

White levantó la cabeza y profirió un espantoso grito de horror.

* * *

White no ha podido describir nunca con precisión lo que vio en aquel momento. Hoy, todavía, duda de haber visto realmente algo. Sin embargo, había experimentado la sensación de ver avanzar hacia él a un ser sombrío y amenazador, que le obligó a retroceder hacia la ventana.

Un miedo indecible inundó su corazón. Pensaba que tenía que abrir aquella ventana, que tenía que continuar batiéndose en retirada, y que finalmente se arrojaría a la calle para ir a estrellarse contra el pavimento, tres pisos más abajo. Una fuerza invisible le impulsaba a hacerlo.

Su voluntad le abandonaba, se daba perfecta cuenta. Pero una especie de instinto -el del policía que tiene que luchar por su vida- permanecía despierto en él. Un esfuerzo sobrehumano le permitió apoderarse de su revólver. Apelando a todas las fuerzas de que podía disponer aún, consiguió apuntar el arma sobre la sombra misteriosa y apretar el gatillo.

Una seca detonación desgarró el silencio nocturno, y la vela voló en pedazos.

White perdió el conocimiento.

* * *

El médico que estaba a la cabecera de su lecho cuando se despertó, sacudió la cabeza, sonriendo:

-¡Bien, amigo mío! -exclamó-. Nunca había oído decir que pudiera derribarse al diablo por medio de un simple revólver. Y, sin embargo, eso es lo que hizo usted.

-¡El diablo! -balbució el inspector.

-Mi joven amigo, si no hubiera alcanzado usted la vela con aquel disparo, no cabe duda de que su final hubiera sido el mismo que el del desdichado Bascrop. Ya que el nudo del misterio era la vela, precisamente. Su antigüedad se remonta a cuatro siglos, como mínimo, y fue fabricada con una cera empapada en alguna materia volátil terrible, cuya fórmula poseían los brujos de la época. La longitud del texto mágico a leer estaba calculada de tal modo que la vela tuviera que arder durante un cuarto de hora, lo cual es más que suficiente para que toda una habitación se llene de un gas peligroso, destinado a emponzoñar el cerebro humano y a despertar en la víctima la obsesionante idea del suicidio. Confieso que esto no es más que una suposición, aunque no creo que se aparte mucho de la realidad.

White no sentía el menor deseo de entablar una discusión sobre la materia. Por otra parte, ¿qué otra hipótesis hubiese podido emitir? A menos que… No, era preferible no pensar más en aquel asunto.

 

FIN

 

7 de abril de 2026

EL OXIACANTO {Relatos}

 


 



Dicen que murió con el corazón destrozado

-lo cuento tal como me lo contaron-,

Pero su espíritu vive, y su alma es parte

De esta antigua y triste casa junto al mar.

BRET HARTE

 

A la salida de Hazelsea la carretera forma una especie de bifurcación, con un ramal que apunta en línea recta al noroeste. En aquella bifurcación hay una faja triangular de césped, con un alto y envejecido oxiacanto en el centro. Muy cerca, a mano izquierda del ramal en cuestión, se yergue Maid’s Rue, una casa de campo de estilo isabelino, la cual se alquilaba -y probablemente continúa alquilándose- amueblada. Serringham la alquiló hace tres años, cuando se estaba recuperando de una crisis nerviosa.

A Serringham le habían recomendado que se marchara a un lugar tranquilo, y acertó plenamente. Hazelsea es uno de los agujeros más aburridos de la Costa Oriental, y Maid’s Rue se encontraba a una milla de distancia de las dudosas diversiones que Hazelsea era capaz de ofrecer. Serringham prefirió marcharse solo, ya que la mayoría de las personas le fastidiaban.

-Pero tú no cuentas, viejo -me aseguró-. Puedes venir a pasar unos días siempre que quieras.

Serringham estaba comprometido con mi hermana Pamela. Era un perito mercantil que pagaba las consecuencias de un exceso de trabajo. Cuando salió de la clínica vino a pasar una velada con nosotros. No era el mismo de antes, pero le encontré mucho más alegre de lo que había esperado, y se marchó de Londres en un estado de ánimo bastante optimista.

-Creo que la casa me va a gustar -nos aseguró-. La conozco bastante bien desde fuera. Y un amigo que ha pasado una temporada en Hazelsea la ha visto por dentro, y dice que está muy bien. La han modernizado un poco para hacerla habitable -cuarto de baño y todo eso, ya sabes-, pero no la han estropeado.

De modo que se marchó a Maid’s Rue y, tal como había anticipado, se encontró plenamente satisfecho. Casi todos los días Pamela recibía noticias suyas, en forma de extensas cartas, las cuales incluían una posdata para mí. La mansión era casi demasiado buena para ser verdad, el vigoroso aire le sentaba de maravilla, había encontrado una mujer excelente para cuidar de la casa, disponía de una estupenda colección de libros… y, ¿cuándo pensaba ir a verle?

No sé si realmente quería que fuera, pero, ante su insistencia, decidí ir a pasar un fin de semana con él.

No había posibilidad de equivocarse. La situación de la casa estaba claramente definida por la bifurcación, y por el retorcido y viejo oxiacanto que se erguía en el centro de la faja triangular de césped. Era un edificio de ladrillo rojo que se alzaba junto al camino y que parecía alardear de su vejez y de su decrépita belleza. Sus pequeñas ventanas tenían los paneles romboides.

El interior era necesariamente oscuro. Las habitaciones tenían los techos muy bajos, y las pesadas vigas constituían una continua amenaza para un hombre de estatura mediana. Los suelos eran de piedra y el hogar quedaba abierto por los cuatro lados, con una de aquellas enormes chimeneas tan del gusto de Santa Claus. No me sorprendió el entusiasmo que Serringham demostraba por el lugar. Le gustaban las casas antiguas, y era capaz de convertir en virtudes sus inconvenientes. Debo confesar que la casa estaba muy bien amueblada. Auténtico y sólido roble.

Serringham me recibió con mucha cordialidad pero sin grandes demostraciones de alegría. Levantó su voz apenas por encima de un murmullo, y no tardó en explicarme que se había acostumbrado a hablar de aquel modo desde que llegó a Maid’s Rue.

-Soy un hombre nuevo -dijo-. ¿No crees que he mejorado?

-Sí-í -contesté, puesto que no estaba completamente seguro.

-¡Oh! Comprendo. -Serringham sonrió con cierta amargura-. Esperabas un recibimiento más ruidoso, ¿verdad? Bueno, eso no es un síntoma. Lo primero que un pobre diablo en mis condiciones necesita alcanzar es tranquilidad de espíritu. Y la estoy alcanzando. Es maravilloso despertar por la mañana y saber que no nos espera ningún trabajo, ninguna responsabilidad. Lo único que tengo que hacer es gandulear por aquí, y hasta ahora me siento estupendamente. A propósito, espero que no te levantarás demasiado temprano…

-Si lo hago -le prometí-, no te molestaré.

-De acuerdo. Bueno, Mrs. Hickory viene cada mañana a las ocho, de modo que puedes desayunar a las ocho y media, si quieres. Supongo que no te importará que no te acompañe. Paso mucho tiempo soñando despierto, ¿sabes? Supongo que siempre fui un soñador en potencia, pero nunca había tenido tiempo para dedicarlo a mis sueños.

-Bueno, sueña todo lo que quieras, si eso te hace bien -dije, riendo-. Has venido al lugar más adecuado para soñar.

-Sí, ¿verdad? Me divierte sentarme aquí por la noche y tratar de visualizar a la gente que ha vivido en esta casa a través de los últimos cuatrocientos años, dejando detrás de ella alguna impresión de su personalidad. Una casa como ésta le hace pensar a uno. Me pregunto cuántos enamorados habrá albergado, cuántos hijos pródigos, cuántas pobres viudas, y bellacos, y héroes, y seres vulgares y felices. Estas viejas paredes deben de haber contemplado extraños espectáculos y oído extraños sonidos. Sólo podemos estar seguros de una cosa: han oído más llantos que risas. El mundo es así.

-El lugar tiene un nombre muy curioso -observé-. ¿Quién lo bautizaría así?

-¡Oh! Ya me he enterado. Iba a contártelo. Es una gran historia. Una de las tradiciones locales, ¿sabes? Y no me sorprendería que hubiera algo de cierto en ella. Parece ser que hace un centenar de años vivió en esta casa una muchacha muy hermosa que se hizo notable por sus coqueterías y su volubilidad. Se supone que había conducido a casi todos los jóvenes de la vecindad a la desesperación. Y luego, como ocurre a menudo en tales casos, el cazador resultó cazado. La muchacha entregó su corazón sin reservas a un hombre que le hizo beber la misma copa amarga que ella había dado a tantos.

»La gente no muere de amor, ¿sabes? La muchacha tenía el corazón destrozado, pero continuaba latiendo, de modo que lo inmovilizó para siempre ingiriendo un veneno. Y, siguiendo la costumbre de la época, la enterraron en la encrucijada, con el corazón atravesado por una estaca. Y la leyenda dice que el oxiacanto que se yergue todavía en la bifurcación brotó de la estaca que le clavaron a la muchacha en el corazón. Desde luego, no creo en esa leyenda. Lo más probable es que alguien que la había amado mucho plantara ahí ese árbol en memoria de ella.

-Muy poético -dije, sonriendo-, pero no creo que sea verdad. ¿Cuántos años vive un oxiacanto?

-No tengo ni idea. Pero ése debe de ser muy viejo. Ahora está casi muerto. Tal vez su muerte sea una señal de que la pobre muchacha cuyos restos le ayudaron a nacer ha logrado alcanzar algún puerto feliz. ¿No es una bella historia?

-Pintoresca, desde luego -asentí secamente-. Pero un poco morbosa. ¿Pasas el tiempo especulando acerca de la dama?

-Es lógico que de cuando en cuando dediquemos un pensamiento al más allá. Sí, a veces me pregunto dónde estará la muchacha, y si su espíritu tiene espíritus enamorados. Quizás en alguna ocasión se asome a una de estas antiguas habitaciones, y se pregunte por qué los hombres no la ven, o por qué sus encantos» que sólo le fallaron una vez, no ponen ya a nadie a sus pies. ¡Oh! Sé lo que estás pensando, amigo mío. Piensas que es un error que un hombre en mis condiciones se entretenga con esas ideas. Crees que tendría que salir a dar largos paseos y leer el «Punch». Pero esta clase de vida contemplativa me encanta, y supongo que lo que me gusta es lo mejor para mí.

Lo dudaba, pero no quise contradecirle. De todos modos, procuré cambiar de tema y empecé a hablarle de Pamela. Me escuchó cortésmente, pero de cuando en cuando sus ojos parecían velarse y pensé que, tratándose de su prometida, el interés que demostraba por Pamela era más bien escaso. Antes de su enfermedad había sido un ferviente enamorado. Pero ahora estaba enfermo, todavía, y yo no debía olvidarlo.

A la mañana siguiente me levanté temprano y bajé antes de que llegara Mrs. Hickory. Un olor enfermizo y dulzón, muy leve pero aún perceptible, invadía la casa. Me pareció reconocerlo; y al mismo tiempo me dije que tenía que estar equivocado. Era el olor de los capullos de mayo recién cortados, y estábamos en febrero.

Hacía una mañana ventosa, fría pero agradable, y el sol asomaba de cuando en cuando en medio de una apresurada procesión de nubes blancas. Decidí dar un paseo antes de desayunar y salí de la casa. Crucé el camino y pasé por delante del triángulo de césped en el centro del cual el viejo oxiacanto erguía su retorcido tronco y sus desnudas y torturadas ramas.

Los setos de los alrededores empezaban a florecer, pero en el viejo árbol no brotaba una sola hoja. Le había llegado su hora, como a todas las cosas vivientes. Pronto, supuse, alguien lo cortaría para leña, y entonces no quedaría nada en memoria de la muchacha cuyos huesos yacían en sus raíces.

Era domingo. A lo lejos, las campanas de una iglesia anunciaban un servicio matinal y, mientras permanecía indeciso, sin saber qué camino tomar, llegó un labriego endomingado, con un ajado libro de rezos en una mano grande y morena. Me saludó con un cortés «Buenos días» y, al ver que era forastero, me miró con franca curiosidad y se acercó a mí.

Era un hombre muy viejo. Tenía más de ochenta años y la locuacidad de todos los viejos en los distritos rurales.

-El viejo árbol está en las últimas -dijo, siguiendo la dirección de mi mirada-. La niña tendrá que buscarse pronto otro amante.

-¿A quién se refiere? -pregunté.

-A la niña que está enterrada ahí. -Señaló hacia las raíces del árbol-. Sí, tendrá que buscarse pronto otro amante, o morirá. Morirá como Dios manda, quiero decir, y se irá al infierno. Y cuando esté muerta como Dios manda, el viejo árbol morirá con ella, y cuanto antes mejor. ¡Era una zorra, maldita sea!

Y escupió deliberadamente en dirección a las raíces del árbol.

-No le sigo a usted -dije, un poco impresionado por la venenosa reacción del anciano.

-Los jóvenes se creen muy listos porque han ido a la escuela y no quieren dar crédito a lo que les cuento. Pero lo vi con mis propios ojos. Ocurrió hace sesenta años, y ese viejo árbol estaba tan muerto como ahora. Y luego ella encontró otro amante. Era un joven caballero que vivía con su padre en Maid’s Rue. Y ella le enamoró. El joven no tardó en morir. Pero el árbol volvió a florecer, con más fuerza que nunca. Ella vive de las vidas de los hombres, y continuará viviendo hasta que no pueda enamorar a ninguno. Entonces morirá como Dios manda y se irá al infierno. Con Satanás, que es el lugar que le corresponde. Bien, buenos días, señor. Se me está haciendo tarde.

Se marchó, dejándome solo con unos pensamientos muy poco agradables. La leyenda que acababa de contarme era tan inverosímil como fantasmal, y decidí no hablarle de ello a Serringham. En consecuencia, desayuné solo y no vi a mi amigo hasta después de las doce, cuando bajó soñoliento y sin afeitar.

-Sé que pensarás que soy un gandul -dijo-, pero el descanso me sienta muy bien y he tenido unos sueños deliciosos. ¿Y tú, has dormido bien?

-Sí, gracias -dije-. A propósito, ¿qué era el olor que he notado en la casa esta mañana? Me ha recordado el de los capullos de mayo.

Serringham se echó a reír.

-¡Oh, sí! Ya lo había notado. Al principio me intrigó un poco. ¿Qué crees que es?

-No lo sé.

-Aquel tiesto de geranios de la ventana. Al levantarse se nota el olor, pero luego se acostumbra uno a él. Es como cuando se entra en una habitación que huele a tabaco. De momento se nota, pero cuando se lleva un rato allí no se huele nada.

La explicación parecía razonable, pero más tarde olfateé el tiesto de geranios. El olor no se parecía en nada al de los capullos de mayo.

A la mañana siguiente, lunes, regresé a la ciudad y le dije a Pamela que Serringham se encontraba muy bien. Pero lo dije con ciertas reservas mentales.

Transcurrió un mes, y el invierno dejó paso a la primavera. Tenía noticias de Serringham a través de Pamela, aunque ésta no tenía nunca mucho que contarme. Intuí que mi hermana estaba preocupada por su prometido, pero se negó a admitirlo hasta un viernes de finales de marzo.

-¿Cuándo vas a ir a ver a George? -me preguntó.

-No me ha pedido que vaya.

-¡Oh! Sabes perfectamente que no necesitas que él te lo pida. ¿Por qué no vas mañana? Me gustaría.

-¿Por qué?

-¡Oh! Porque…, porque no creo que aquel lugar sea el más indicado para él… Dice que está muy bien, pero en sus cartas no es el mismo de antes. Cada vez me escribe menos y en un tono más incoherente. Hace una semana que no he recibido noticias suyas, a pesar de que yo le he escrito todos los días. No quiero pecar de imaginativa, pero la cosa no me gusta, y…, bueno, me agradaría que fueras a verle mañana.

Daba la casualidad de que yo estaba libre, pero no me seducía la idea de ir a Maid’s Rue. Recordando el fin de semana que había pasado allí, me daba cuenta con más claridad de lo poco que me había divertido. El recuerdo tenía algo de sutilmente desagradable, algo que en aquellos momentos -e incluso ahora- me sentía incapaz de definir ni de explicar.

-El hecho de que sus cartas sean más espaciadas y más breves no significa nada -objeté-. Para un hombre que nunca ha sido un brillante corresponsal, escribir una carta diaria puede convertirse en un problema.

-No me importaría que me mandara un simple saludo en una tarjeta postal, Jack. Resulta terrible decirlo, pero George parece estar perdiendo su afición a la vida. Escribe como si ya no le importara lo que antes le interesaba…, incluida yo. Sabes lo que temo, ¿verdad?

Asentí. Yo temía lo mismo. Había oído hablar de crisis nerviosas que desembocan en un completo colapso mental.

-No creo que aquel lugar sea el más indicado para él -repitió Pamela-. El vivir solo no puede ser saludable. Yo me opuse desde el primer momento, pero George insistió tanto… ¡Por favor, Jack, trata de sacarle de allí!

-Haré lo que pueda -contesté, dubitativamente.

Llegué a Maid’s Rue por la tarde, pero no había oscurecido aún. En mi camino hacia allí pude observar los progresos de la primavera. A orillas de la carretera, los campos empezaban a verdear. Al llegar a Maid’s Rue quedé sorprendido al ver que el oxiacanto, que un mes antes parecía irremisiblemente condenado a la muerte, estaba ahora tan verde como los campos de los alrededores. El viejo árbol se había recuperado de un modo asombroso.

No había advertido a Serringham de mi visita, y mientras me acercaba a la casa pensé, y deseé, que él se hubiera marchado sin advertirnos a nosotros. La casa tenía un aire de abandono, y mis esperanzas aumentaron al comprobar que nadie respondía a mis llamadas. Si George se había marchado, argüí, Mrs. Hickory tenía que estar allí… Y entonces, en el preciso instante en que me disponía a marcharme para preguntar en la vecindad, la puerta se abrió muy lentamente y el rostro de Serringham apareció ante mí.

Su aspecto me impresionó. Tenía los ojos hundidos, las mejillas chupadas, la mano que apoyaba en la jamba de la puerta temblaba visiblemente, y hacía más de una semana que no se había afeitado.

-¡Oh! ¿Eres tú? -dijo, con voz inexpresiva-. Pasa.

Le seguí hasta la habitación que utilizaba como comedor, y allí se detuvo durante un largo minuto, aparentemente perdido en sus pensamientos, frotándose la barbilla con sus temblorosos dedos.

-Supongo que querrás tomar un poco de té -dijo finalmente, en tono desganado-. Creo que podré arreglarlo. Tiene que haber algo de leche. Sí, siempre dejan leche.

-¿Dónde está Mrs. Hickory? -pregunté.

-¿Mrs. Hickory? -Frunció el ceño, como si recordara débilmente haber oído aquel nombre-. ¡Oh, sí! La despedí. Estaba harto de verla por aquí. Me arreglo mejor sin ella. Mis necesidades son ahora muy elementales.

-Bueno, siéntate -dije-. Voy a echar una ojeada a la despensa. Prepararé té para los dos.

Aceptó mi sugerencia sin una palabra de disculpa. Era algo horrible. Parecía un ser drogado que estaba llegando al límite de sus posibilidades de resistencia. Sin embargo, en aquel momento no podía imaginar hasta qué punto se había dejado hundir.

Encontré té, azúcar y leche, pero busqué inútilmente algo de comida. No pude hallar más que unos mendrugos de pan y un poco de mantequilla rancia. Y entonces supe que Serringham se estaba muriendo de hambre.

El agua tardó algún tiempo en hervir, y me alegré, ya que necesitaba pensar, y no tenía la menor prisa por enfrentarme con el espantapájaros de la habitación contigua. Era evidente que había estado muriéndose de hambre, pero no creía que lo hubiese hecho a propósito. Lo más probable era que hubiese estado demasiado absorto en algo para molestarse en comer.

Por lo visto, Serringham se había tomado la molestia de dedicarme un par de pensamientos, ya que cuando me presenté con la bandeja del té dijo:

-Espero que no pasarás aquí la noche. Verás, desde que se marchó Mrs. Hickory…

Dejé la bandeja sobre la mesa y me volví en redondo hacia él.

-Tienes un maravilloso sentido de la hospitalidad, George -observé, en tono sarcástico.

-No te he pedido que vinieras -replicó secamente.

-Pareces olvidar que soy el hermano de Pamela.

Vi formarse en sus labios una lenta sonrisa.

-El hermano de Pamela -repitió simplemente.

-Oye, George -exclamé-, ¿estás loco?

-¿Loco? No. Creo que he estado aprendiendo a ser cuerdo.

-¿Llamas cordura a dejarte morir de hambre? ¿Cuándo hiciste tu última comida?

-Ayer, creo. Pero eso no importa. Concedemos demasiada importancia a la comida.

-No creo que puedas atribuirte ese defecto… Y sabes que Pamela está muy preocupada por ti. ¿Por qué no le has escrito?

Me miró unos instantes, y luego inclinó los ojos sin hablar. Me volví y empecé a servir el té. A George le convenía tomar algo líquido y caliente, por lo menos. Tomó la taza de mi mano y empezó a sorber el té dócilmente.

-¿Te marcharás esta misma noche? -me preguntó súbitamente, incapaz de disimular su ansiedad por librarse de mí.

-Si me marcho, amigo mío, vendrás conmigo.

Sacudió la cabeza.

-¡Oh, no! Desde luego que no. Definitivamente, no. ¿Por qué tendría que marcharme?

-Porque estás enfermo, y el permanecer solo en un lugar como éste no es saludable para ti.

Serringham dejó oír una desagradable risita.

-¿Solo? ¿Quién ha dicho que estoy solo? ¿Eh? ¿Quién ha dicho eso?

-Bueno, yo no veo a nadie aquí. Y, a no ser que esté ciego, tu despensa me demuestra que no puedes ser un anfitrión deseable…

Serringham me miró fijamente.

-Existen algunos seres que no necesitan comer -dijo.

-Nunca he oído hablar de ellos -repliqué-. Y, de todos modos, tú no perteneces a esa categoría.

Se produjo una pausa.

-No quiero discutir contigo -declaró finalmente Serringham-, pero tienes mucho que aprender, ¿sabes? Yo estoy empezando a aprender. Empecé a aprender en cuanto llegué aquí. Lentamente, ¿sabes? Hay cosas que no pueden descubrirse en media hora. ¿Crees, por ejemplo, que has amado alguna vez? Yo afirmo que no. Yo afirmo que el amor humano, el amor sexual, no es más que la pálida sombra de una poderosa sustancia. Existe otro amor que lo exige todo, cada momento, cada pensamiento, cada sueño. Lo exige todo, y lo da todo, y es suficentísimo.

-Eso suena muy bien -dije-. ¿Tengo que decírselo a Pamela?

Vaciló, pero su rostro no reveló la menor emoción.

-Dile la verdad -declaró, y añadió con aire fatigado-: No deja de escribirme.

Reprimí un impulso de golpearle, pero dije:

-La verdad, George, es que estás como una cabra. Y la culpa la tienen este extraño lugar y esta absurda soledad en que vives. Pero mañana vas a venir conmigo…, aunque tenga que utilizar la fuerza.

Sacudió la cabeza, y por primera vez me pareció notar en él un átomo de decisión.

-En tu estado actual -le recordé-, puedo sacarte de aquí con una sola mano.

-Es posible. Pero eso no me impediría pedir ayuda. Loca o cuerda, no puede ejercerse violencia contra una persona. Y no creo que me costara demasiado trabajo convencer a cualquier médico de que estoy tan cuerdo como tú.

Desde luego, no puede trasladarse a una persona de un lugar a otro por la fuerza, ni siquiera por su propio bien.

Mi única posibilidad consistía en encontrar algún médico local que visitara a Serringham y certificara su locura, ya que ahora estaba convencido del desequilibrio mental de mi amigo.

-Mira -dije-, voy a ir en busca de algo para comer. Prepararé una cena fría, cenaremos juntos y luego me marcharé.

No formuló ninguna objeción. Era evidente que el problema de la comida no le preocupaba en absoluto. Me miró con una especie de astuta avidez y dijo:

-Sí, es una buena idea. Ve a buscar algo para comer.

Supe que lo decía porque deseaba librarse de mí, aunque sólo fuera por un rato. Quería estar solo, aunque no completamente solo tal como ahora había llegado a entender la soledad. Quería pasar el tiempo extasiado con la creación de su fantasía, la imaginaria Belle Dame Sans Merci que le tenía esclavizado. Lo malo del caso es que su esclavitud era voluntaria. Se limitaba a dejar que su sueño le condujera al sopor y a la muerte. Yo continuaba llamándolo un sueño, desde luego.

Le dejé solo, pues, y me dirigí a Hazelsea. Hice mis compras en una tienda de comestibles. También busqué un médico, decidiéndome por el titular del pueblo.

El doctor Green, un hombre vivaracho y jovial, de mediana edad, me escuchó atentamente, asintiendo con aire comprensivo de cuando en cuando.

-Es un caso difícil -dijo-. Mañana iré a visitarle, si me permite la entrada. Desde luego, no puedo decir que un hombre está loco simplemente porque se comporta de un modo extravagante y prefiere llevar la vida de un eremita. Puedo estar de acuerdo con usted en que lo mejor para él sería que se marchara y se pusiera en manos de un médico, pero no puedo obligarle a irse a menos que encuentre síntomas de indudable locura. Certificar la locura de un hombre es algo que puede resultar peligroso para un médico. De todos modos, iré a verle y le comunicaré a usted mi opinión, si me deja sus señas. Entretanto, si le preocupa el hecho de que descuide sus comidas, lo único que puedo hacer es avisar a una tienda para que le envíen provisiones.

Aquella última sugerencia era muy razonable, y antes de regresar a Maid’s Rue me puse de acuerdo con los dueños de la tienda donde había efectuado mis compras, adelantándoles el dinero que calculamos bastaría para un mes.

Cuando llegué a Maid’s Rue encontré la puerta abierta. Entré sin llamar. Serringham estaba sentado en una butaca, a oscuras, y no se movió al verme entrar. En la habitación flotaba un intenso perfume: el aroma de los capullos de mayo. Siempre me había gustado aquel olor, más bien fuerte y un poco dulzón, tan sugeridor de la juventud, del amor y de todas las cosas amables de la vida; pero ahora me produjo náuseas y me asustó vagamente. Recordé que estábamos en marzo y que las flores no habían brotado aún. Y recordé también las palabras del anciano que había hablado conmigo junto al oxiacanto.

-¿De dónde diablos procede ese maldito olor? -le pregunté bruscamente a Serringham.

No contestó a mi pregunta, limitándose a mirar con fijeza al otro lado de la habitación.

-Tiene los ojos verde-gris -murmuró-, como el mar bajo las nubes de la tormenta.

-¿De quién estás hablando? -inquirí; y noté cómo un repentino sudor empapaba la raíz de mis cabellos.

-Ya lo sabes -respondió Serringham-. Enterraron su pobre cuerpo ahí fuera, en la encrucijada. Pero sólo enterraron su cáscara, como a su debido tiempo enterrarán sólo la mía. Mi envoltura no me interesa desde que aprendí que existen pasiones del espíritu. Tú también lo aprenderás. Creo que ya has aprendido algo…

Su voz se apagó en una especie de murmullo, y el rostro que volví hacia él debió de ser un rostro penetrado por el horror.

-¡Por el amor de Dios! -exclamé-. Por Pamela, por mí y por ti mismo, haz un esfuerzo de voluntad y escúchame… Creí que lo peor que podía sucederte era que estuvieras enloqueciendo. Pero ahora no estoy tan seguro. Hay cosas peores que ésa. Trata de pensar claramente. Sé lo que hay ahora en tu mente… o, mejor dicho, temo saberlo. Hay cosas peores que ésa. Trata de pensar claramente. Yo no sé nada acerca de esas cosas, George; supongo que ni siquiera ahora creo en ellas. Trata de pensar cómo terminará esto. Te llevará a la muerte, a algo peor que la muerte.

Serringham suspiró.

-¿Qué es la muerte? -preguntó-. Pensé que empezabas a saberlo. ¡Oh! Márchate, y déjame con mi felicidad.

Pero antes de marcharme le obligué a comer. Lo hizo de mala gana, y se pasó el tiempo escudriñando los rincones de la habitación con ojos ávidos. Confieso que la idea de marcharme resultaba muy tranquilizadora para mí. La casa y su ocupante visible se habían convertido en un motivo de terror.

Le conté a Pamela la verdad tan amablemente como me fue posible; mejor dicho, aquella parte de la verdad que yo estaba dispuesto a admitir a la luz del día. Acechando en mi mente había cosas que no me atrevía a sacar al exterior.

-Temo que George sufre un desequilibrio mental -le dije a Pamela-, pero no podemos hacer nada hasta haber oído la opinión del médico. Si insiste en quedarse allí, y el diagnóstico es de que su estado mental le permite hacerlo, temo que no podremos hacer nada.

El jueves recibí una carta del Dr. Green, y su informe respondía a lo que yo había temido. Había ido a visitar a Serringham, y le había parecido una persona que razonaba normalmente. «Le he encontrado desnutrido y algo neurótico, pero no me atrevería a llevar mis conclusiones más allá, ni veo el menor motivo para colocarle bajo vigilancia. Él mismo ha admitido que se ha descuidado un poco, pero me ha prometido enmendarse en este sentido. Lo único que puedo hacer es ponerle a usted en antecedentes si me entero de algún cambio. Me dio a entender claramente que no volviera a visitarle sin ser invitado».

Pamela soportó el golpe con mucha entereza. Parecía horrible dejar a George entregado a su suerte, pero a Pamela le consoló saber que todos los días le llevarían provisiones a la casa. Continuó escribiéndole todos los días sin recibir respuesta. Más tarde fueron encontradas cincuenta o sesenta cartas suyas sin abrir.

Pero un día del mes de abril Pamela acudió a mí deshecha en llanto.

-No puedo resistirlo más -dijo-. Tengo que verle, lo quiera él o no, lo mismo si me ama que si me odia. Tal vez si se enfrenta conmigo y le suplico que regrese con nosotros se decida a renunciar a esa espantosa soledad que le está enloqueciendo. Llévame a Maid’s Rue.

Era una perspectiva que no necesitaba haber temido, ya que cuando llegamos la casa estaba silenciosa y las puertas muy bien cerradas. Nadie respondió a mis repetidas llamadas.

-Tal vez ha salido -sugirió finalmente Pamela, en voz baja.

-Es posible -dije, procurando que Pamela no notara mi falta de convicción.

-Vamos a dar un paseo -dijo mi hermana-, y volveremos un poco más tarde. Seguramente ya habrá regresado.

De modo que dimos media vuelta y nos dirigimos hacia la verja. Al llegar allí, nos volvimos a mirar hacia la casa. Serringham, sucio y descuidado, estaba de pie detrás de una de las ventanas de la parte delantera, viendo cómo nos marchábamos con una sardónica sonrisa. Pamela profirió un grito y agitó una mano: Serringham se apartó rápidamente de la ventana.

Pamela se agarró a mi brazo. Sus labios temblaban.

-Tenías razón -murmuró-. No podemos hacer nada. George no me quiere. Vámonos, Jack, por favor.

El oxiacanto, en la encrucijada, estaba ahora lleno de hojas tiernas, de un suave verdor. Pamela miró el árbol, mientras yo ponía en marcha el automóvil, y habló, simplemente por hablar.

-Cuando florezca, ese oxiacanto será muy bonito -dijo, con voz trémula.

Me estremecí.

-Sí -dije-. Y hace un par de meses parecía haber llegado al final de sus días…

A mediados de mayo encontraron a Serringham muerto en la casa. Estaba tendido en el suelo del comedor, con los brazos extendidos, como si hubiera caído cuando trataba de abrazar algo que había eludido el abrazo. En vista de que nadie recogía la leche ni las provisiones que dejaban en la puerta, el tendero avisó a la policía y ésta efectuó el trágico descubrimiento. La autopsia reveló el hecho de que Serringham había muerto de una simple desnutrición.

En mi calidad de único amigo de la víctima, asistí al entierro y me hice cargo de las llaves de la casa para devolverlas al dueño. En la encrucijada, el oxiacanto era ahora una masa de capullos rojos.

El agente de policía que me acompañó a Maid’s Rue me señaló el árbol.

-Es un árbol viejísimo -se creyó en la necesidad de explicarme-. Este invierno parecía definitivamente muerto. Pero, con la llegada de la primavera, diríase que ha cobrado una nueva vida.

Contemplé el oxiacanto unos instantes, con aire pensativo.

-Sí -murmuré finalmente-. Con la llegada de la primavera, diríase que ha cobrado una nueva vida.

 

FIN

 

19 de marzo de 2026

EL CAMBIO

 



 

Claridad lluviosa de la tarde encharcada en las luces de neón del cielo. Después de la lluvia ha crecido la noche transparente y vacua. Don Gerardo regresa a su casa. Es un cura gordo que se revuelve con dificultad en el asiento de su Seat 600. Conduce muy prudentemente, muy por la derecha. Sujetando rígidamente el volante con ambas manos. Es su primer automóvil y aún faltan muchos kilómetros para los mil kilómetros y salir del «en rodaje». Quizá no salga nunca de esos sesenta por hora. Sesenta por hora es prisa de sobra. Mucha más prisa -piensa don Gerardo- de la que yo tengo o tendré nunca. No hay que cometer imprudencias. Imprudencias: éste es un tiempo imprudente. Don Gerardo se dice a sí mismo la palabra «imprudente», en voz alta, como un conjuro. Todos ellos aceleran en vez de frenar ante el peligro. Latiguillos, frases, medias frases, rostros de la reunión que acaba de dejar van y vienen. Cambio. Imprudencias arrítmicas de este tiempo sin centro. La juventud no posee el secreto, no sabe irse transmutando lentamente en lo otro, en lo nuevo, dando tiempo al tiempo. Devora lo nuevo de un bocado y no digiere nada. Además no hay nada realmente nuevo. Sólo las apariencias cambian, la realidad, la verdad es inmutable. La juventud sólo consume su impaciencia. Al llegar a este punto se le pone a don Gerardo un viejo «sin embargo» en la boca del estómago. Y vuelve a sentirse una vez más como se ha sentido toda la tarde en la reunión de los sacerdotes de la diócesis: confuso, fuera de lugar, ofendido, agredido, irritado, inquieto, culpable ante esta nueva retórica gesticulante, imprudente. Y todo ello se le repite una vez más como una comida pesada. Todo «ello» que es agresivo, indefinible, variable y vagamente repleto de alusiones personales como una pesadilla. «Transustanciación» -piensa don Gerardo-. Ahora se nos dice a cada paso que «sustancia» no significa para nosotros lo que significaba para los teólogos de Trento. ¿Es solamente una cuestión de nombres? ¿Son las cosas mismas diversas también? ¿Qué se quiere decir cuando se nos dice que no entendíamos el antiguo lenguaje? ¡Claro que no lo entendíamos! ¡Claro que no he sabido yo nunca -ni yo ni casi nadie- en qué sentido preciso la palabra «transustanciación» explicaba la presencia real de Cristo en la Eucaristía! Para eso precisamente estaban los doctores de la Santa Madre Iglesia. «No me preguntéis a mí que soy ignorante. Doctores tiene la Santa Madre Iglesia que os sabrán responder.» Pero nunca llegaban las cosas a tanto que fuera preciso ir a consultar a los doctores. Siempre se salía del paso con lo que uno recordaba. Y siempre había fórmulas. Y la gente estaba satisfecha con que hubiera con saber que había -en algún sitio de la Iglesia, en Roma quizá, en los monasterios de benedictinos, en los dominicos, en las Universidades pontificias-, doctores siempre a mano. No, no entendíamos el antiguo lenguaje mucho más o mucho mejor que el nuevo, si es que hay uno. Pero lo usábamos con facilidad y casi con sabiduría, como un sistema monetario que ahora súbitamente ha quedado fuera de circulación. Es una noche alta y suave tras la lluvia. Falta poco para llegar. Una curva, la última, y los faros alzan, fantasmal e instantánea, la blanca masa de los muros del jardín del convento. Doscientos metros más adelante se ve la casa que don Gerardo ocupa con su madre. Don Gerardo se acerca a ella. Para a un lado del bordillo y desciende pesadamente del coche. Es una casa rectangular, blanca, de dos pisos. Los negativos de las hojas de una parra virgen que cubre parte de la entrada y casi todo el ala este del edificio, se agitan ligeramente en el vacío aire nocturno. Un ave oculta no muy lejos, en cualquier parte de la noche, emite su buido aviso. Don Gerardo vive en el piso de arriba con su madre, con su inaudible madre que nunca pregunta nada o desea nada, que nunca ha alterado nada y que desde siempre, desde tan lejos como don Gerardo recuerda, rellena las intenciones del hijo como esa pieza muy simple de un rompecabezas que inmediatamente situamos en el lugar adecuado. El jardinero del convento y su mujer viven en la planta baja. Una enemistad de diecisiete años -los diecisiete años que don Gerardo lleva de capellán de las monjas-. Don Gerardo no sabría, a estas alturas, decir como empezó: es tan familiar, tan cotidiana cómo decir misa o leer su breviario. «Edifica, Señor, en nosotros un corazón nuevo.» ¡Ay, Señor! -suspira don Gerardo cada vez que tiene lugar uno de los millares de incidentes de esa relación insoluble con sus vecinos de abajo-. Una molestia familiar que periódicamente, agudamente, se reproduce y sordamente permanece como fondo de su existencia monótona. Quizá la timidez de don Gerardo o la no-comunicativa personalidad de su madre tiene la culpa. O quizá la mezcla impremeditada de un sacerdos in aeternum secundum ordinem Melchisedech, y la Matilde, la mujer del jardinero, que eternamente ve diablos sexuales en las miradas, en las risas, en los silencios y hasta en los zapatos de todo animal macho que se acerca al convento. En cualquier caso, don Gerardo y su madre la temen y la tratan cortésmente, cosa que a la vez envalentona y ofende a la Matilde. El jardinero, el Remigio, tiene un buen coche y televisión -aunque no en color- y refrigerador; y la madre de la Matilde tiene una tienda de telas, embutidos y muebles convertibles en la ciudad vecina -tienda que ella aspira a hacer supermercado y venderlo todo, hasta el aire que se respira, en cuarenta leguas a la redonda-. Matilde es aceitosa y blanca. De gelatina cuajada y muy blanca y grandes, inverosímiles, pechos de piedra. Es más joven que su marido y sin hijos. Es agresivamente devota como si pretendiera probar que es su apariencia, a pesar de las apariencias, perpetuo templo del Espíritu Santo. Comulga desafiante los domingos. Cuando don Gerardo entra en el zaguán común se oye el musiqueo de la tele de los jardineros y se huele la fritanga de su cena camacha. Siempre ese olor, que es por sí solo todo el zaguán, trae a don Gerardo equívocas memorias de festividad, de feria. Don Gerardo sube las escaleras lentamente. Abre la puerta. Entra. Un pasillo largo con puertas a los lados. Todas están cerradas. Huele a cerrado. «Dios bendiga cada rincón de esta casa», se lee a la vacilante luz de aceite sobre un Sagrado Corazón de Jesús en relieve de loza blanca. Se ve una rendija de luz por debajo de una puerta al fondo. Don Gerardo abre esa puerta. Su madre sentada a la mesa de la cocina. Don Gerardo cena. Fuma un cigarrillo después de cenar. Es el duodécimo de ese día. Está tratando de reducir lo más posible, pero el esfuerzo le saca de quicio casi sin advertirlo. Mane nobiscum Domine quoniam advesperas-cit. Ten misericordia de nosotros, Señor, porque atardece -piensa don Gerardo sin fijarse y alterando ligeramente la frase al pensarlo-. Reza un rato el breviario, termina lo que le falta. «Cantad al Señor un cántico nuevo.» ¿Cómo entonar un cántico nuevo? ¿Qué es un cántico nuevo? Antes de acostarse, don Gerardo trata de leer las octavillas que se ha traído de la reunión de la Mutual. Le vence el sueño. Apaga la luz. No se duerme. Enciende la luz. Se incorpora con dificultad en la cama. Enciende un pitillo. Trata de leer de nuevo. No consigue enterarse de lo que lee. Apaga el cigarrillo a la mitad depositando cuidadosamente la mitad, sin fumar en el cenicero. Apaga la luz. Se oye el ave afuera hasta sumirse en algún sumidero del limpio, vacuo, agujero celeste. Don Gerardo ha terminado de celebrar misa ante las monjitas. En la sacristía después de la Misa. Diecisiete años llevando a cabo eso mismo. Diciendo esa misma misa. Un texto de Kierkegaard leído en alguna parte fuera de contexto -porque don Gerardo no es muy lector y ciertamente no es lector de Kierkegaard- se le ocurre ahora un poco como si fuera un pensamiento suyo y no de Kierkegaard: el hombre grave es grave por la seriedad con que repite en la repetición. Un pastor que llevara a cabo todos los días lo mismo, que todos los días bautizara, dijera misa -los «pastores» no dirán misa, digo yo, piensa don Gerardo-, confesara etcétera- y no tuviera realmente la virtud de la gravedad querría estimular, conmover, estar al día. La gravedad del hombre grave se caracteriza por la seriedad con que repite en la repetición. Estos frutos invisibles de la palabra divina. Y la distancia. ¡Oh Dios -reza don Gerardo algunas veces-, precisamente porque yo no sé guardar las distancias me has vuelto, por obra de la timidez, distancia! Nadie se acerca nunca mucho a mí. Nadie se separa nunca demasiado. Las monjas tienen su confesor propio. La clase de religión del Instituto -donde don Gerardo da clases dos veces por semana- rellena una parte de su tiempo. Don Gerardo teme esa clase. Esa lucha burlona de todos los niños, sin fijarse, contra él. Al salir de la sacristía le atrapa una vez más la angustia que últimamente vagamente todos los días le atrapa al decir misa; y, sobre todo, tras haberla dicho, sobre todo tras las consagración. E invariablemente todos los domingos antes de la plática de los domingos. Este sentimiento de indignidad que es sólo, quizá, una distorsión maligna de su sentimiento de inferioridad, de su timidez de seminarista hijo de labradores pobres. Quizá ha sido la misma angustia durante todos sus años de sacerdocio, pero que solamente ahora don Gerardo reconoce, temblando. Durante diecisiete años, todos los domingos don Gerardo ha dirigido al bulto velado de treinta y cinco monjitas iguales, inmóviles, la palabra de Dios en términos generales. Como empujándolas dulcemente al reino de los cielos cosa que, en cualquier caso, ya se habrán ganado todas ellas de sobra. Don Gerardo tiene con frecuencia, al predicar a las monjitas, la sensación que se tiene cuando se empuja algo que parece a simple vista que ha de ofrecer gran resistencia y que, sin embargo, cede súbita e inesperadamente cuando se empuja. Desconcierto. Y ternura. Esto es lo más extraño de todo: que su angustia deje siempre al irse esta imposible ternura sin objetos. O mejor dicho: poblada de innumerables, incongruentes objetos, como un rompecabezas. Su breviario, un crucifijo pequeño que guarda desde niño, el gato, la nuca de su madre, los niños del Instituto que le atormentan y no escuchan sus clases de religión. Los años me están volviendo llorón, piensa don Gerardo con frecuencia. Al llegar a su casa ve a dos extranjeros, dos muchachos, dos espaldas que se alejan tendal abajo, hacia la playa. El tendal es obra de Matilde, que ha hecho a su marido instalarlo con gran lujo de espacio cara al viento salobre de la playa, justo enfrente de la casa y que ahí ofrece una exhibición casi permanente de su ropa blanca y rosa. Eso le encanta a Matilde: venir al tendal con los dos cubos llenos de ropa húmeda que huele aún a añil y colgarla con las pinzas de madera que va sacando del bolso delantero de su delantal. Tiende las piezas de tela rígida, chorreante, hasta que viene el viento a escandilarla de los mares y el sol a pavonarla y volverla aérea, fragante y brillante. También ese día ve don Gerardo el aire puesto de relieve en la colada, el medio lado del sol y Matilde descalza, pétrea y blanca, empinándose para sujetar un lado de una sábana con la pinza. Don Gerardo desvía la vista porque esa visión de Matilde descalza y mojada invariablemente le pone nervioso. Los dos extranjeros se han perdido ya duna abajo. Matilde se apresura a hablarle. Cada vez que hay hombres alrededor le da la venada locuaz a Matilde.

-Son unos de estos jipis como les llaman -anuncia señalando con un tirón de la cabeza a los muchachos desaparecidos- que se han metido en lo de la playa.

-¿En el pinar? -pregunta don Gerardo. Porque el pinar es casi su corazón, su sitio, el único sitio donde sin entenderse ni hablarse, sin hacerse preguntas ni sorprenderse a sí mismo con respuestas, con la paz sosa de su corazón dejado al olor de los pinos, al rumor de la playa, a la gravidez del aire y la luz sobre los párpados cerrados, se duerme a veces un ratito don Gerardo. Ahí se siente menos gordo, más transparente, menos avergonzado o agobiado por sus ternuras difusas como malos pensamientos.

-En la parte que queda encima misma de la garita -prosigue tenazmente la Matilde.

La garita en cuestión es una de carabineros. Don Gerardo sabe de sobra el sitio. Ese sitio, además del pinar, es parte invariable de su paseo vespertino. Y sin saber por qué, al oír a la Matilde, don Gerardo se alegra. Matilde desusadamente comunicativa. Agresivamente de tú por tú en su «usted» y su «don Gerardo».

-Les he dejado que se lleven el agua en la garrafa nuestra, la vacía; luego Remigio me la arma a mí, a ver si no la vemos más. Les dije que ahí no se pueden quedar. Éstos se toman el mundo por montera. Dicen que sólo unos días yo allá películas, con decírselo a mi marido, yo allá penas. ¡Y vaya pelos que se traen, yo los tengo por lo que los tengo, usted perdone don Gerardo, pero es que una sabe lo que es la vida, y lo hablan como usted y como yo el español, los esos…!

-Serán españoles -dice don Gerardo por decir algo.

-¡Ésos, qué van a ser, aquí no hay de eso! ¡Ésos, cualquier cosa!

Matilde excitada y locuaz. Don Gerardo se retira, ofendiendo a la Matilde, como es natural, una vez más al hacerlo. Don Gerardo sube a su casa. Desayuna. Entra en su despachito. Desde la ventana de su despachito - de lóbregos muebles tallados, negros, grandes se ven las copas redondas del pinar y luego, a la vez, el mar inmóvil, alto; inmóvil sí, al borde de los pinos. A don Gerardo le gusta sentarse ahí a la ventana a ver eso. Sencillamente a verlo hasta que cambia, como una melodía que cambia muy poco. Parece un mar eterno. Pasa la mañana. Mañana es día de Instituto. Don Gerardo prepara sus clases meticulosamente. Inútilmente. Su asignatura no es problema para nadie. Se asiste porque queda justo antes de la clase de matemáticas y hay tiempo para copiar los problemas. Tiempo para reírse y preguntar al cura si besarse es pecado mortal o si significan lo mismo «circuncisión» y «epifanía». Luego comen los dos, su madre y él, lo mismo su madre que él, una pescadilla y ensalada. Don Gerardo lleva años a régimen. Una pera y café solo por las mañanas. La pescadilla y la ensalada y fruta del tiempo a la comida. Una tortilla a la francesa y un puré de patata y zanahoria por las noches. Reuma además de la gordura o a causa de su herencia o de su edad; que no es, después de todo, mucha. Algunos días se toma un par de «soberanos» -los días de Instituto- que invariablemente le exaltan y le sientan mal. Soy gordo de nacimiento. Llega la hora de la bendición. Las monjitas cantan, arrebujadas y viejecillas. Maliciosas sin querer, de buena familia casi todas. Durante diecisiete años. ¿Qué jóvenes parecen canturreando, cascadas! Después de la bendición -que siempre se eterniza- vuelve hoy don Gerardo a casa. Suprimir su paseo habitual al pinar -que por ningún motivo preciso don Gerardo ha decidido suprimir esta tarde- le inquieta como un sacrificio o como una privación mínima, pero visiblemente innecesaria, inútil, visiblemente invisible a ojos de quien sea. A ojos de Dios. «Como un niño al pecho de su madre está mi alma ante Ti.» Al llegar a su casa, don Gerardo se encuentra con los dos muchachos de la garrafa de Matilde.

-Hemos estado llamando y como no contestaba nadie… ¿podemos dejar aquí la garrafa?

-La garrafa -repite don Gerardo.

-Nos la dejó ella ayer para llevar el agua. Ahora tenemos una nuestra. Le dice usted que muchas gracias.

Son muy jóvenes los dos. La barba mal crecida les aniña ferozmente el rostro como disfrazados de lobos. Van disfrazados, piensa don Gerardo, contemplándoles. Sus vestimentas azules, brillantes, brillan con la inconsistencia de las nubes lejanas. Recuerdan -por no sé qué motivo- las estampas de un libro de cuentos.

-Pues muchas gracias -dice don Gerardo sosteniendo la garrafa con ambas manos. Don Gerardo está a punto de detenerlos un instante, pero los dos muchachos se alejan ya hacia el pinar verde oscuro, cohibidos o sencillamente olvidados del cura y la garrafa. Don Gerardo entra lentamente en casa, entre dos luces, perplejo. Brilla en lo alto, como un hilo de voz, el mar inmóvil de la noche.

Don Gerardo pone en marcha su Seat 600. Es el día siguiente por la mañana. Hoy son sus dos clases de religión en el Instituto. Se comprometió a darlas seis años atrás y ahora para dejarlas no hay pretexto alguno. Y más vale así, piensa don Gerardo, sin atreverse a ofrecer a Dios ese sacrificio; su indignidad, como se ofrece la grandeza de nuestras grandes obras a quien se ama. En una de sus vueltas la carretera pasa a cosa de un kilómetro del pinar. Uno de los muchachos de la víspera está al auto-stop. Don Gerardo detiene el coche, que se cala, porque don Gerardo conduce todavía muy a trompicones. Don Gerardo ve los pies sucios, descalzos, limpios del muchacho.

-Voy sólo hasta Valerna -dice el muchacho-. ¿Me puede usted llevar hasta ahí?

-Ahí voy yo también -dice don Gerardo-. Suba, suba.

El muchacho se acomoda junto a don Gerardo. Don Gerardo, antes de arrancar, le ofrece un cigarrillo que el muchacho acepta. Apenas hablan durante el viaje. Sin advertirlo, don Gerardo conduce un poco más de prisa que de costumbre. El muchacho permanece muy quieto en su asiento, con las manos sobre las rodillas. De cuando en cuando don Gerardo mira de reojo a su acompañante. Ya se ven las primeras casas de Valerna y don Gerardo pregunta:

-¿Dónde quiere usted que le deje? Yo voy casi hasta el centro.

-Aquí… me puede dejar usted aquí mismo.

Don Gerardo se alegra de esto. Había estado agobiándole un poco la idea de entrar en Valerna (¡qué sitio tan pequeño es Valerna!) con el muchacho al lado, como el Lazarillo de Tormes. Don Gerardo reduce la velocidad, se detiene el Seat 600. Es un día muy claro de sol invernizo, vaharme Sol en los zarzales. Don Gerardo se escucha a sí mismo diciendo:

-Yo vuelvo de vuelta a las dos… Si usted quiere aprovechar el viaje.

El muchacho duda. Una sonrisa tranquila ilumina el feroz rostro aniñado del muchacho lejanísimo.

-Pues muchas gracias. No sé, ya veré a ver. Muchas gracias de todos modos.

El automóvil arranca de nuevo. Don Gerardo conduce el coche calle Mayor abajo hacia el Instituto. Ahora conduce despacísimo como si fuera posible retrasar la hora de esas clases o dilatar imaginariamente lo indefinido, lo instantáneo del instante de su viaje con el muchacho. Suda don Gerardo. Entra en la plaza del Instituto. Aparca el coche a un lado. Evita cuidadosamente aparcar en el sitio libre de doña Mercedes. O en el sitio libre de don Bernardo, el secretario, el de matemáticas. O demasiado cerca del sitio donde dejan los chicos sus bicicletas. ¿Me estará esperando a las dos? El Instituto es un edificio cuadrangular de ladrillo rojo con dos claustros, cada uno de ellos con una fuente mohosa permanentemente atascada en el centro. La fachada tiene una torre cuadrada en el centro con un reloj que marca las horas a su aire y que invariablemente inquieta a don Gerardo no coincidiendo con su reloj de pulsera. Porque sólo viene al Instituto dos veces por semana, porque religión es una asignatura tonta, una «María», y porque si llegara tarde sería lo mismo que si llegara demasiado pronto, don Gerardo llega siempre agitado y puntualísimo al Instituto. Cuando entra en el aula hay, como de costumbre, un barullo pre-clase de matemáticas que, como de costumbre, sólo se aplaca a medias cuando él entra. Como a un misterio de limón y menta le contemplan los niños de la primera filia con redondos pares de ojos previamente núbiles. Hay siempre dos o tres que le hacen preguntas después que las clases, y don Gerardo teme más esas preguntas que la clase misma. Además, teme cada vez que el motivo de las preguntas dichosas -que siempre se alargan o cuyas respuestas siempre se le alargan a don Gerardo, invariablemente incapaz en esas ocasiones de pensar claro o de prisa o hablar rápido- sea correrse matemáticas más bien que entender la religión. ¿Quién desea a los quince años -piensa don Gerardo en sus días tristes- de verdad saber qué significa la palabra Dios o sus sinónimos? Sólo eso se desea cuando la luz es poca y atardece. La fila de las primeras caras de la primera fila indefinidas, pánfilas, curiosas, le pone los nervios de punta. Y el hablique sin pausa, el mosconeo de un habla que no cesa que es fondo de todos los fondos de su clase. ¡Dios mío, qué tendrán que hablar continuamente! -piensa don Gerardo en misa algunas veces-. Dilexi decorem domus tuae et locura habilitationis gloriae tuae. Termina, como siempre, sin concluirse nada, la clase de las once y cuarto hasta las doce. Sale don Gerardo y entra en la sala de profesores. Ahí ve a doña María de la Concepción Sosa-Martínez, subsistente, corrigiendo cuadernos de latín, fruncido el ceño. Allí se ve al de física y química leyendo el ABC. Don Gerardo dice «Buenos días» y se sienta en una silla. Las nalgas se le salen del asiento. Don Gerardo descansa media hora y a la media hora vuelve a entrar en clase. Cuando todo termina son las dos menos veinte. Como cuando se cede a una tentación piensa meticulosamente lo contrario de lo que desea: estoy seguro de que no me estará esperando a las dos. Y más vale así. Recuerda, con súbito descompás de sus nervios -que es júbilo o es tormento, depende de cómo se mire-, la cara fieramente niña del muchacho que parece ahora, en el recuerdo, pertenecer al alba de un espejo. Nada hay fuera. Noli foras iré. Las nubes se empujan hoy unas a otras. Emborregado cielo apresurado. El final de la calle y ya se ven las chabolas de las afueras. No hay nadie esperando. Don Gerardo pasa de segunda velocidad a tercera velocidad de un estrincón. El cuentakilómetros llega con los dedos de los pies casi a setenta y pico. El cochecillo saltimbanquea los baches y las curvas como una lata de escabeche agitada. Esta tarde don Gerardo no sale de paseo y la exposición del Santísimo Sacramento le parece más irreal, más increíble que nunca. Al llegar a casa lee lo primero, antes de besar en la frente a su madre, antes de quitarse los zapatos, el Salmo 118-119 y su monótona, sobrehumana, insistencia le apacigua endulzándole:

Bienaventurados aquellos que caminan

por inmaculados caminos

que caminan a lo largo de la ley del Señor.

Haz que entienda tus mandamientos

Haz, Señor, que sea yo capaz

de pensar en tus maravillas.

De mi alma que encorva la tristeza,

levántame con tu palabra.

Apártame de las sendas de las mentiras

y enséñame cosas dulcemente.

Porque yo elegí el camino de la verdad,

Señor, yo elegí la verdad a todo trance.

Hice mías tus leyes y tus fuerzas.

Estoy perdido estoy atado a tus mandamientos.

Oh Señor, no permitas que se confunda tu siervo.

Tu inútil inútil inútil siervo.

Don Gerardo se acuesta y se duerme de un tirón esa noche. Ahora es el día siguiente. Este es mi Cuerpo. Esta es mi Sangre. Y cada vez que hagáis esto hacedlo sencillamente en memoria mía. No te recuerdo, Señor. Lo he olvidado todo. Las monjitas vienen de dos en dos. Veladas. Y se arrodillan. Quizá en estos diecisiete años han cambiado, se han odiado, se han enamorado o se han muerto. Siempre parece que hay las mismas treinta y cinco. Rezan a coro todas las mañanitas y, porque no fueron nunca monjas místicas sino de la enseñanza, todas las mañanitas suena su coro al coro de la tabla de multiplicar. Nunca ha tenido don Gerardo nada que ver con ellas. Sirve el Pan de Vida por las mañanas y permanece al margen hasta la bendición y el rosario de la tarde. Parece que fue ayer cuando llegaron don Gerardo y su madre. Parece que fue ayer cuando era niño y se quería ir del pueblo al seminario porque en el seminario se era al menos un poco más que el hijo gordo de un labriego pobre y flaco. A veces el cielo se vuelve de menta muy clara como un árbol. Hoy es uno de esos días. Don Gerardo se sienta a desayunar.

-Estamos sin agua, Gerardo -dice su madre al ponerle delante la taza de café solo. Sin agua. Siempre es lo mismo. Ellos y los jardineros reciben el agua del depósito de las monjas. La llave de paso está en la cocina de los jardineros. En realidad no hay motivo alguno para cerrar nunca esa llave, pero como se trata de una instalación anticuada y el suministro de agua es relativamente limitado en esa región y Matilde es indeciblemente amiga de baños y fregados; «a mí me gusta oírla al agua a chorros -dice-, que corra como loca y no esta miseria de aquí de esas tacañas…» (porque Matilde mantiene a todo trance que las monjitas son de puño en rostro, y que millones tienen y las joyas de las arcas), por eso Matilde ha hecho que se instale un tanque en la cocina, que tiene siempre lleno «para tener un extra en previsión», y con frecuencia se olvida o hace que se olvida, una vez lleno el tanquecillo, de volver a abrir la llave de paso que conduce el agua al piso del cura y de su madre.

-Ahora le diré al bajar, madre.

¡Qué extraña humillación es ésta! -piensa don Gerardo casi animándose, divirtiéndose casi al pensarlo, este tener que pedir por favor a Matilde que no se olvide abrir la llave de paso de nuestra agua y qué extraña es, sobre todo, la humillación de saber que pueda ella, si le da la gana, cerrarla y esperarse a que baje el cura, más distante que nunca al acercarse, a pedir por favor que abra ella el agua para que suba al segundo piso de la casa. Es tan compleja la humillación que casi no parece ya serlo. Parece casi un ejercicio oscuro, abstracto, literario, en humillaciones, paciencias y virtudes. Parece un juego casi, un modo irreal de ser y estar a prueba justo en la medida en que es tan vigorosamente real como las lágrimas de picar cebolla. Al bajar se acerca a la puerta de Matilde y sacude una vez, con cierta firmeza, la aldabilla. Como era de esperar tiene que esperarse un buen rato. Relee la placa de la puerta. «Remigio Velarde. Jardinero-Técnico Horticultor.» Vuelve por fin a llamar otra vez y dice, sintiéndose, como mil veces antes que ésta, ridículo al decirlo en voz alta: «Soy don Gerardo.» Matilde se oye adentro.

-Ya voy, ya voy -vocea. Se oye el chancleteo hembra de la Matilde. Abre la puerta. Tufo de jabón de tocador o lo que sea. Se ve la cabeza de Matilde envuelta en una toalla, el tinte corrido de la cara blanca que los ojos negros pesadamente perturban.

-Haría usted el favor… -empieza don Gerardo, como otras veces de abrir la llave de paso que estamos sin agua.

Matilde no contesta en seguida. Siempre se calla lo primero en esas ocasiones y mira muy despacio a quien le habla. Es un buen truco, y Matilde lo sabe de sobra. Es el truco de sus días de mal norte, cuando el tedio se le encarama tripa arriba como una gran rata.

-¿El agua? ¿Qué agua? ¿Que se ha cortao el agua? ¡Pues bien!.

-La llave de paso, que a lo mejor se olvidó usted de abrirla como la otra vez.

-¡Ah, la llave de paso! ¡Haberlo dicho! ¡Será que se me olvidó con las prisas!

Don Gerardo sale a la calle y piensa: «Esta tarde iré de paseo al pinar.» Laureles del mediodía marítimo imitan la levedad del cielo. Pero esta tarde don Gerardo se queda en casa hasta que pasa, como un malestar, la hora de su paseo. Y cuando por fin sale -pasear es, entre otras cosas, para don Gerardo «prescripción facultativa»- no va hacia el pinar, hacia el verdor rumoreante, oscuro, de las dunas, sino hacia el otro lado que es sin fisonomía porque los sitios de playa cobran fisonomía en función de la playa.

Atardecer del día siguiente. Don Gerardo paseando hacia el pinar. «Por poco tiempo aún está la luz en medio de vosotros. Caminad mientras tenéis luz para que no os sorprendan las tinieblas, porque el que camina en tinieblas no sabe dónde va. Mientras tenéis luz creed en la luz para que seáis hijos de la luz.» Camina lentamente. El abultado bulto de su sombra se le adelanta. Todas las cosas se vuelven hacia el fin. La arena del sendero, entre las dunas, se ha vuelto secreta entre la hierba. Don Gerardo tropieza con algo en el suelo y se detiene. Piensa: ya es tarde para volver. El pinar se alza no mucho más de doscientos metros frente a él, y los troncos delgados entrecruzándose tejen -por un instante- una red en el aire nocturno. Don Gerardo aspira profundamente el aire salitroso. El viento, peces o pájaros vespertinos surcan aéreos ojos de las agujas secas. Todo el pinar a intervalos se estremece y varía. Ahora la red sumiéndose en las aguas nocturnas. El mar no dice nada, no significa nada, no recuerda nada. Todo deshaciéndose para siempre en su incontable pérdida. Don Gerardo recorre los doscientos metros restantes y entra en el bosquecillo. El pinar se alza sobre un lomo saliente que por un lado se inclina hacia el convento y la vivienda de don Gerardo y por otro, bruscamente, clareándose a corros, hacia la playa. Ahí suelen venir de merienda en los veranos los cochecillos de Valerna. Don Gerardo no suele llegar en su paseo vespertino hasta tan lejos. Se ve la garita de los carabineros. Don Gerardo recuerda ahora la última visita que hizo a esa garita. Había cagadas recientes y olor a mierda seca y a ortigas. El suelo de terrazo roto a corros, una ventana era sólo un boquete y la otra, la que da al poniente, tenía todos sus cristales. La ventana que da al poniente tiene ahora un reflejo rojo. Por dentro era un cuarto grande. Justo al lado de la puerta había un ortigal grande. Hay una cocina con dos placas y él se sentó ahí en medio, de media anqueta, sobre la cocina derruida a fumar un pitillo y se le hizo un roto la sotana.

-Hola.

Don Gerardo se vuelve asustado. Uno de los muchachos, pero no el de la víspera, se le ha venido encima por la espalda. Lleva una especie de saco al hombro. Otra  figura justo detrás de él.

-Buenas… tardes. Me dieron ustedes un susto.

-Y usted a nosotros.

-Es el que me cogió el otro día -dice la segunda  figura.

-Vine dando un paseo.

Al decir esto don Gerardo tiene la sensación de estar inventando una disculpa. Queda sólo un gajo de sol al fondo. Transparencia del aire. Don Gerardo se tranquiliza de pronto. Entran los tres en la garita. Uno de los muchachos enciende una vela.

-Siéntese usted, está usted en su casa.

Don Gerardo se sienta. Ya no hay gajo de sol. La noche es tierna como una melodía difícil de construir, alegre como una enorme melodía que no se oye bien porque las voces tapan la luz del fondo de ese ritmo. Los pinos tapan lo poco que queda de la luz de la tarde. No pasa nada. Durante una hora o cosa así se están los tres sentados en el suelo de la garita. Y yo supongo que hablarán o no hablarán. Algo se dice, yo supongo. Pero no hace falta consignarlo. El caso es que al cabo de una hora don Gerardo les deja. Y vuelve casi a brincos a casa. Todo está apagado. Los jardineros tienen la tele puesta. La madre de don Gerardo estará en la cocina. Don Gerardo sube a su piso. Besa en la frente a su madre como todas las noches. Y se acuesta. Antes de dormirse sostiene el breviario sin leerlo con las dos manos sobre el pecho, como muerto. Y dice: Dios mío, Dios mío. O una frase parecida. A la mañana siguiente don Gerardo dice misa. Y después de leer el Evangelio, antes del Credo, sin ser costumbre, ni venir a cuento, predica lo siguiente:

«Hermanitas: Nosotros somos como niños y niñas al pecho de su madre. Aunque seamos viejos no somos nunca viejos, porque el dolor ajeno y la alegría ajena es cosa nuestra. Y será nuestra hasta la muerte. Conmigo, alegraos conmigo dulcemente, porque el pecho de Dios y el templo de Dios es infinito. Alegraos conmigo, porque el secreto de la Cruz se comadrea en todo el universo. Alegraos conmigo, porque el secreto de la Cruz es el secreto de la libertad del hombre. Porque la libertad y la cruz son uno y lo mismo. Hermanitas; alegraos conmigo con el júbilo de vuestras más secretas lágrimas.»

La madre superiora es una madre de media edad, y hecha a rarezas, viniendo como viene de una ilustre familia guipuzcoana. Sería de sobra a estas alturas madre provincial si no se hubiera decidido que trabaja demasiado y le conviene un poco de descanso. Superiora ahora meramente de estas ancianitas. Pero las rarezas a que ella está hecha son rarezas todas de gente de su clase, extravagancias finas y pudientes. Y laicas todas. En la iglesia, a la madre Superiora le gustan las cosas algo sosas y muy muertas, como el color de los trajes de sus primas que exactamente saben que negro o verde oscuro es lo elegante por la tarde. Así es que semejante sermón de sopetón la volcaniza un tanto y la irrita. ¿Quién se creerá éste que es, fray Luis de Granada? A las monjitas ancianas -por lo menos a dos que son amigas y tienen latas secretas de bizcochos escondidas debajo de las camas- el sermoncillo, en cambio, les divierte. Y aunque por puro sacrificio y disciplina se arrodillan separadas a opuestos extremos del primer banco de la primera fila, ahora se miran de reojo, y sin hablarse deciden las dos hacerle un feo al director espiritual, un cursi, un ordinario y un pelma, que invariablemente las confiesa, y confesar las dos de hoy en adelante con don Gerardo, el capellán. La madre superiora, por su parte, decide hablarle a don Gerardo esa misma mañana acerca de fondos y de formas en sermones de misas de las ocho. Pero justo esa mañana tiene ella que salir a una cosa del señor obispo. Y don Gerardo vuelve a casa a desayunar intacto. Su madre le mira fijamente, mientras pela la pera y bebe, haciendo, como todos los días, una mueca de asco al tragarse el café negro sin azúcar.

Don Gerardo al salir habla a la Matilde, que está barriendo a la puerta.

-Buenos días, Matilde.

-Buenos días, don Gerardo.

Don Gerardo se para un poquito y la Matilde se le viene con la palabra encima.

-Que digo yo que hoy en día, don Gerardo, no sabe una a que atenerse.

-No, pues no, no se sabe.

-Ahora que se sabe más de lo que creen algunos que se sabe, porque los hay como las ranas, ¡el culo al aire que la cabeza la arrebujan, pero vaya si se ve el culo, vaya si se ve!

El carácter siniestramente simbólico de casi todo lo que Matilde dice -o implica- divierte en general a don Gerardo. Incluso cuando el simbolismo es pura agresión personal (no como en esta ocasión esta mañana, piensa don Gerardo, porque esta mañana particular don Gerardo no piensa en agresiones) el simbolismo de la Matilde -por sí solo, aunque le duela- le divierte. Después de un rato, don Gerardo se va. Y llega la tarde. Y don Gerardo pasea hacia el pinar. Y otra vez se sientan los tres en la garita. Pero como don Gerardo ha ido más temprano esta tarde todavía hay luz. Y ahí los dos jóvenes le miran curiosamente, afectuosamente, y sobre todo el joven a quien don Gerardo había recogido el día de la clase del Instituto. Don Gerardo no sabe alemán -ni yo tampoco-, pero lo que sucede se dice en alemán, así -Rilke lo dice así-: «Jungling dem Jüngling, wie er neugiering hinaussah.» Don Gerardo vuelve a casa otra vez esa noche. Al día siguiente es día de Instituto. Las monjitas de los bizcochos pierden esa mañana tres veces el hilo de la letanía nerviosamente de esperar a ver si don Gerardo, el capellán, predicará otra vez, de sopetón. Pero la misa transcurre sin incidente alguno, excepto, claro está, ese incidente cotidiano de la frase dichosa que tanto nos perturba en estos años o relatos: «Este es mi Cuerpo. Esta es mi Sangre», una frase, repito, que aunque no significa nada en concreto, es más acontecimiento que todo acontecimiento real, posible o imposible porque designa, en cuanto acto humano, un acto de valor personal, de arrojo, más grande que el cual nada puede pensarse. Luego el día transcurre; un largo día hasta la tarde. Los niños del Instituto, preocupados con un examen, están, por una vez, casi en silencio y, aunque no escuchan, no hablan. No hay preguntas a la salida. Y don Gerardo regresa a su casa temprano y se prepara para su paseo. La Matilde está en la calle, haciendo que hace algo cuando él sale. Don Gerardo va ahora un poco más de prisa de lo que quisiera ir. Ahora necesita, según parece, ver a los dos muchachos y esa prisa se refleja en un cierto apresuramiento al decir «Buenas tardes», que la Matilde pesca al vuelo y resiente en el acto.

-¿Qué? ¿De paseo, don Gerardo?

-Pues sí, a dar un paseo.

-Que digo yo que siguen ésos en el pinar y no tienen por qué, porque vaya pelos que se traen, ¿usted los ha visto? Lo que es hoy en día una no sabe qué es pollo y qué es gallina, porque es que no se sabe ¿no le parece a usted?

-Pues… sí -dice don Gerardo, divirtiéndose, pero a la vez sabiendo que se juega el tipo sin saber por qué lo sabe ni a qué, en concreto, hace referencia su sabiduría-. Tiene usted razón, Matilde. Hoy en día ni fu ni fa.

Pausa. ¿Por qué va y viene al pinar don Gerardo? Porque don Gerardo ha dado ese paseo ininterrumpidamente todas las tardes desde que hace diecisiete años vino de capellán de las monjas. Ahora parece, sin embargo, que a esa costumbre se superpone otro motivo. Ahora parece que don Gerardo va de paseo al pinar como era su costumbre, pero en concreto, además, a ver a los dos muchachos o a uno de ellos. Sucede, empero, que saberlo -lo que se dice saberlo- no se sabe. Podemos, ¿qué duda cabe?, inventar un motivo como puede inventarlo la Matilde -como de hecho la Matilde está ya inventándolo o lo ha inventado desde el principio de los siglos- para deshacer a don Gerardo, a quien odia con ese odio puro y simple con que odian las Matildes de este mundo. Pero eso sería una invención y no un dato. No hay por qué suponer que don Gerardo ha concebido una súbita pasión -definidamente sexual- por estos dos muchachos o por uno de ellos. Eso sería mucho suponer Fábulas que lo suponen todo -o demasiado- son fábulas sin gracia y sin sustancia. Fábulas que lo suponen todo -o demasiado- no pueden ser certeras. De don Gerardo no sabemos más -hasta la fecha-, ni la Matilde, ni el lector, ni yo, que lo que se ha visto o dicho hasta la fecha. Y como no sé más, a eso me atengo. Al lector habrá que contentarle con consignar lo que es visible (inmediata o mediatamente). Don Gerardo se libra por fin de la Matilde, que le sigue con la vista hasta que la pesada figura del sacerdote desaparece de la vista de Matilde -haciendo, al desaparecer, que Matilde se sienta como si le robaran algo o la privaran de un capricho. (Quiere decirse, pues, que la perversidad de don Gerardo, su escapatoria, es en este caso perfectamente natural y debida a la naturaleza del espacio o a las leyes que rigen nuestra percepción de objetos en espacios tridimensionales.) Es ese, sin embargo, un mal estado para estar la Matilde. Malo es que a la Matilde se le excite con cosas que ni del todo se le enseñan ni del todo se le ocultan. Porque la Matilde a su manera brutal es muy zahorí, y a su manera indeciblemente absurda, tan quiere saber la verdad a todo trance como lo desea un poeta o un sabio. No se trata aquí de achicar o despreciar a la Matilde. Se trata de no dar a la figura de Matilde más importancia de la que en realidad tiene -o tendrá- en este relato o en la vida. Quiere decirse, pues, que lo que durante diecisiete años no ha sorprendido u ocupado la imaginación de Matilde, a saber: el paseo vespertino de don Gerardo va a ocuparla, de ahora en adelante, porque la presencia de los dos muchachos barbudamente jóvenes en la garita del pinar, viniendo de vez en cuando a buscar agua, vestidos de ese modo provocante, ha disparado en Matilde lo que todo el mundo sabe. Así es que el sentido del paseo de don Gerardo -su carácter figurado, además de real- proviene en parte de una cosa que le pasa a la Matilde -¡que diecisiete son los años ya que está hasta el gorro del utensilio del marido!- y en parte de una cosa que nos pasa a nosotros, al lector y a mí, a saber: que nos gustaría dejar caer este relato hacia su sino con toda sencillez, siguiendo el hilo fácil de un desenlace perfectamente previsible desde un principio. Pero sucede que don Gerardo, sencillamente, va una vez más al pinar. Se sienta un rato a charlar con los muchachos -que invariablemente están ahí- y se retira luego de vuelta a casa con toda sencillez. La verdad es que no hablan gran cosa. Porque los tres se han acostumbrado a estar juntos. Así es que cada uno de los tres está a lo suyo. Don Gerardo fuma su pitillo y los dos muchachos hacen lo que sea. Hasta que llega el momento de irse y don Gerardo se va. Durante una semana o dos semanas, o tres las cosas siguen así. Al cabo, por ejemplo, de tres semanas don Gerardo ya no va al pinar con angustia o regresa jubiloso a casa. Va con gesto ordinario al pinar y vuelve con gesto ordinario a casa. Quiere decirse, pues, que don Gerardo se ha acostumbrado a esa costumbre. Una cosa don Gerardo evita: pensar que un día irá al pinar y no estarán ya ahí los dos muchachos. Don Gerardo -habiendo evitado y evitando ese pensamiento- piensa, en cambio, en lo que hará después de que ese acontecimiento tenga lugar. Tan da por descontado que eso tendrá lugar, que puede a la torera saltárselo y enfrentarse con la idea siguiente, que es la idea de una soledad más grande de la cual nada puede pensarse. Y don Gerardo piensa, a la vez, que cuando esa soledad llegue se la ofrecerá a Dios. Hace falta ser don Gerardo para pensar así: quiero decir que hace falta tener la clase de grandeza de ánimo que don Gerardo tiene. En cualquier caso así vive día tras día. Pero la grandeza de ánimo, que enfrenta por sí sola y en carne viva sus difíciles, ha de enfrentar también dificultades que ella misma no genera. Dificultad ajena -menos difícil de enfrentar que la propia, pero acaso más mortal (quiero decir que lleva consigo, de ordinario, la estricta y precisa defunción del magnánimo). Me refiero concretamente al hecho de que la Matilde ha empezado ya a fijarse en don Gerardo. Y ha declarado guerra a muerte.

-Que digo, don Gerardo, que qué le parece a usted de hoy en día, porque, vamos, hace falta verlo para creerlo lo que se ve hoy en día…

Don Gerardo en este punto y en esta mañana particular se permite -quizá por primera vez en su vida- contradecir a la Matilde, o por lo menos hacer un jueguecillo inocente de palabras.

-Hará falta también creerlo para verlo, Matilde, ¿no le parece a usted?

Cosa que a la Matilde suena, por no se sabe qué motivo -quizá porque la frase lejanísimamente suena a desafío-, a cosa herética, a cura ateo o comunista o marica.

El caso es que la Matilde se queda por un instante sin saber qué decir. Emoción, a lo mejor, de la contradicción y el combate la entrompan la garganta.

-¿Ah, sí? -dice por fin-. Pues yo no estoy de acuerdo.

Don Gerardo retrocede inmediatamente. ¿Hace bien o hace mal? ¿Hay que dar la batalla siempre o sólo a veces? ¿Cómo hay que darla y cuánto dura -cuánto tiempo tiene que durar- ese gesto terrible, humano y sobrehumano, de la suerte o a muerte? Don Gerardo no lo sabe, esa es la verdad. Pero pocos lo saben, así es que no hay por qué reprocharle el que no lo sepa. Don Gerardo dice una cosa cualquiera y se retira. Al día siguiente es domingo. Y la misa está llena. Don Gerardo predica un sermoncillo sobre la caridad. «Amaos los unos a los otros como yo os he amado» es el tema. Don Gerardo lo expone mal, muy mal. No expone ninguna de las maravillosas implicaciones simbólicas de esa frase. Ni tampoco se sirve del texto paralelo: «No me elegisteis vosotros a Mí, sino que os elegí yo a vosotros.» Texto en que el amor, metafóricamente, alcanza la más pura, alta y generosa expresión de Sí que ha conocido el hombre. Definitivamente escuchar este sermoncillo dominical de don Gerardo no merece la pena. Pero el caso -lo único esencial y que hace al caso- es que se trata de un sermón sobre el amor, cosa que nos preocupa a todos y tanto a la Matilde como a don Gerardo, como al lector, como a mí. No se sabe por qué ese día la iglesia parece más de bote en bote que nunca. Y la Matilde más visible y más comulgante que nunca. Y sus primas del pueblo, que han venido a pasar el domingo con ella. O varios del pueblo de Matilde, también ricos de pueblo. Y la madre de la Matilde, la del supermercado del futuro. Sumidos todos en oración, en éxtasis o en odio. (O sencillamente sumidos en el torpor mortal del mal pensar y el ser falso.)

Termina la misa. Y vuelve a casa don Gerardo. Nada sucede. Abajo almuerzan todos los Matildes, ruidosamente, con la tele puesta. La madre de don Gerardo, en el piso de arriba, ese día habla un poquito.

-Gerardo, tuve carta de Teresina (Teresina es la hermana de la madre de don Gerardo) y me dicen que están bien.

-Le das recuerdos de mi parte cuando escribas.

Don Gerardo se detiene mucho esa mañana en todo. Tarda mucho en todo. Tarda tanto que parece que ha perdido la fuerza. Y la ha perdido. La está perdiendo a cántaros y a chorros, porque le ocupa Dios. ¿Pero cómo le ocupa Dios? ¿Y qué Dios es ese? ¿Es ese el mismo Dios en cuya memoria dice don Gerardo todas las mañanas: Este es mi Cuerpo y mi Sangre? Porque quizá hay dos dioses. Ahora hablando en serio: hay millares de dioses y no porque cada hombre tenga el suyo -eso sería una idea repulsivamente barata y fácil de pensar-, sino porque Dios es Ser y ser es -si se es- a miles, millones y billones. ¿Me estoy equivocando? No, no me estoy equivocando. Yo sólo me equivoco cuando me da la gana. (Mejorando lo presente y con perdón de los presentes.)

Oh Dios, perdóname -piensa don Gerardo toda esta mañana-, porque aunque no he querido ser como Tú, he querido ser digno de Ti. Y no he sabido. Ahora una indecible corriente me embaraza, que no es amor por Ti, ni es amor tuyo, pero que Tú entiendes, porque Tú eres Dios y entiendes la grandeza del hombre hecho a Tu imagen.

Don Gerardo vuelve una vez más al pinar esa tarde. La luz dormía en las orillas de la hierba brumosa como todos los niños que coleccionaban conchas y se alegrarán de sus inmerecidos premios.

 

FIN