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19 de marzo de 2026

EL CAMBIO

 



 

Claridad lluviosa de la tarde encharcada en las luces de neón del cielo. Después de la lluvia ha crecido la noche transparente y vacua. Don Gerardo regresa a su casa. Es un cura gordo que se revuelve con dificultad en el asiento de su Seat 600. Conduce muy prudentemente, muy por la derecha. Sujetando rígidamente el volante con ambas manos. Es su primer automóvil y aún faltan muchos kilómetros para los mil kilómetros y salir del «en rodaje». Quizá no salga nunca de esos sesenta por hora. Sesenta por hora es prisa de sobra. Mucha más prisa -piensa don Gerardo- de la que yo tengo o tendré nunca. No hay que cometer imprudencias. Imprudencias: éste es un tiempo imprudente. Don Gerardo se dice a sí mismo la palabra «imprudente», en voz alta, como un conjuro. Todos ellos aceleran en vez de frenar ante el peligro. Latiguillos, frases, medias frases, rostros de la reunión que acaba de dejar van y vienen. Cambio. Imprudencias arrítmicas de este tiempo sin centro. La juventud no posee el secreto, no sabe irse transmutando lentamente en lo otro, en lo nuevo, dando tiempo al tiempo. Devora lo nuevo de un bocado y no digiere nada. Además no hay nada realmente nuevo. Sólo las apariencias cambian, la realidad, la verdad es inmutable. La juventud sólo consume su impaciencia. Al llegar a este punto se le pone a don Gerardo un viejo «sin embargo» en la boca del estómago. Y vuelve a sentirse una vez más como se ha sentido toda la tarde en la reunión de los sacerdotes de la diócesis: confuso, fuera de lugar, ofendido, agredido, irritado, inquieto, culpable ante esta nueva retórica gesticulante, imprudente. Y todo ello se le repite una vez más como una comida pesada. Todo «ello» que es agresivo, indefinible, variable y vagamente repleto de alusiones personales como una pesadilla. «Transustanciación» -piensa don Gerardo-. Ahora se nos dice a cada paso que «sustancia» no significa para nosotros lo que significaba para los teólogos de Trento. ¿Es solamente una cuestión de nombres? ¿Son las cosas mismas diversas también? ¿Qué se quiere decir cuando se nos dice que no entendíamos el antiguo lenguaje? ¡Claro que no lo entendíamos! ¡Claro que no he sabido yo nunca -ni yo ni casi nadie- en qué sentido preciso la palabra «transustanciación» explicaba la presencia real de Cristo en la Eucaristía! Para eso precisamente estaban los doctores de la Santa Madre Iglesia. «No me preguntéis a mí que soy ignorante. Doctores tiene la Santa Madre Iglesia que os sabrán responder.» Pero nunca llegaban las cosas a tanto que fuera preciso ir a consultar a los doctores. Siempre se salía del paso con lo que uno recordaba. Y siempre había fórmulas. Y la gente estaba satisfecha con que hubiera con saber que había -en algún sitio de la Iglesia, en Roma quizá, en los monasterios de benedictinos, en los dominicos, en las Universidades pontificias-, doctores siempre a mano. No, no entendíamos el antiguo lenguaje mucho más o mucho mejor que el nuevo, si es que hay uno. Pero lo usábamos con facilidad y casi con sabiduría, como un sistema monetario que ahora súbitamente ha quedado fuera de circulación. Es una noche alta y suave tras la lluvia. Falta poco para llegar. Una curva, la última, y los faros alzan, fantasmal e instantánea, la blanca masa de los muros del jardín del convento. Doscientos metros más adelante se ve la casa que don Gerardo ocupa con su madre. Don Gerardo se acerca a ella. Para a un lado del bordillo y desciende pesadamente del coche. Es una casa rectangular, blanca, de dos pisos. Los negativos de las hojas de una parra virgen que cubre parte de la entrada y casi todo el ala este del edificio, se agitan ligeramente en el vacío aire nocturno. Un ave oculta no muy lejos, en cualquier parte de la noche, emite su buido aviso. Don Gerardo vive en el piso de arriba con su madre, con su inaudible madre que nunca pregunta nada o desea nada, que nunca ha alterado nada y que desde siempre, desde tan lejos como don Gerardo recuerda, rellena las intenciones del hijo como esa pieza muy simple de un rompecabezas que inmediatamente situamos en el lugar adecuado. El jardinero del convento y su mujer viven en la planta baja. Una enemistad de diecisiete años -los diecisiete años que don Gerardo lleva de capellán de las monjas-. Don Gerardo no sabría, a estas alturas, decir como empezó: es tan familiar, tan cotidiana cómo decir misa o leer su breviario. «Edifica, Señor, en nosotros un corazón nuevo.» ¡Ay, Señor! -suspira don Gerardo cada vez que tiene lugar uno de los millares de incidentes de esa relación insoluble con sus vecinos de abajo-. Una molestia familiar que periódicamente, agudamente, se reproduce y sordamente permanece como fondo de su existencia monótona. Quizá la timidez de don Gerardo o la no-comunicativa personalidad de su madre tiene la culpa. O quizá la mezcla impremeditada de un sacerdos in aeternum secundum ordinem Melchisedech, y la Matilde, la mujer del jardinero, que eternamente ve diablos sexuales en las miradas, en las risas, en los silencios y hasta en los zapatos de todo animal macho que se acerca al convento. En cualquier caso, don Gerardo y su madre la temen y la tratan cortésmente, cosa que a la vez envalentona y ofende a la Matilde. El jardinero, el Remigio, tiene un buen coche y televisión -aunque no en color- y refrigerador; y la madre de la Matilde tiene una tienda de telas, embutidos y muebles convertibles en la ciudad vecina -tienda que ella aspira a hacer supermercado y venderlo todo, hasta el aire que se respira, en cuarenta leguas a la redonda-. Matilde es aceitosa y blanca. De gelatina cuajada y muy blanca y grandes, inverosímiles, pechos de piedra. Es más joven que su marido y sin hijos. Es agresivamente devota como si pretendiera probar que es su apariencia, a pesar de las apariencias, perpetuo templo del Espíritu Santo. Comulga desafiante los domingos. Cuando don Gerardo entra en el zaguán común se oye el musiqueo de la tele de los jardineros y se huele la fritanga de su cena camacha. Siempre ese olor, que es por sí solo todo el zaguán, trae a don Gerardo equívocas memorias de festividad, de feria. Don Gerardo sube las escaleras lentamente. Abre la puerta. Entra. Un pasillo largo con puertas a los lados. Todas están cerradas. Huele a cerrado. «Dios bendiga cada rincón de esta casa», se lee a la vacilante luz de aceite sobre un Sagrado Corazón de Jesús en relieve de loza blanca. Se ve una rendija de luz por debajo de una puerta al fondo. Don Gerardo abre esa puerta. Su madre sentada a la mesa de la cocina. Don Gerardo cena. Fuma un cigarrillo después de cenar. Es el duodécimo de ese día. Está tratando de reducir lo más posible, pero el esfuerzo le saca de quicio casi sin advertirlo. Mane nobiscum Domine quoniam advesperas-cit. Ten misericordia de nosotros, Señor, porque atardece -piensa don Gerardo sin fijarse y alterando ligeramente la frase al pensarlo-. Reza un rato el breviario, termina lo que le falta. «Cantad al Señor un cántico nuevo.» ¿Cómo entonar un cántico nuevo? ¿Qué es un cántico nuevo? Antes de acostarse, don Gerardo trata de leer las octavillas que se ha traído de la reunión de la Mutual. Le vence el sueño. Apaga la luz. No se duerme. Enciende la luz. Se incorpora con dificultad en la cama. Enciende un pitillo. Trata de leer de nuevo. No consigue enterarse de lo que lee. Apaga el cigarrillo a la mitad depositando cuidadosamente la mitad, sin fumar en el cenicero. Apaga la luz. Se oye el ave afuera hasta sumirse en algún sumidero del limpio, vacuo, agujero celeste. Don Gerardo ha terminado de celebrar misa ante las monjitas. En la sacristía después de la Misa. Diecisiete años llevando a cabo eso mismo. Diciendo esa misma misa. Un texto de Kierkegaard leído en alguna parte fuera de contexto -porque don Gerardo no es muy lector y ciertamente no es lector de Kierkegaard- se le ocurre ahora un poco como si fuera un pensamiento suyo y no de Kierkegaard: el hombre grave es grave por la seriedad con que repite en la repetición. Un pastor que llevara a cabo todos los días lo mismo, que todos los días bautizara, dijera misa -los «pastores» no dirán misa, digo yo, piensa don Gerardo-, confesara etcétera- y no tuviera realmente la virtud de la gravedad querría estimular, conmover, estar al día. La gravedad del hombre grave se caracteriza por la seriedad con que repite en la repetición. Estos frutos invisibles de la palabra divina. Y la distancia. ¡Oh Dios -reza don Gerardo algunas veces-, precisamente porque yo no sé guardar las distancias me has vuelto, por obra de la timidez, distancia! Nadie se acerca nunca mucho a mí. Nadie se separa nunca demasiado. Las monjas tienen su confesor propio. La clase de religión del Instituto -donde don Gerardo da clases dos veces por semana- rellena una parte de su tiempo. Don Gerardo teme esa clase. Esa lucha burlona de todos los niños, sin fijarse, contra él. Al salir de la sacristía le atrapa una vez más la angustia que últimamente vagamente todos los días le atrapa al decir misa; y, sobre todo, tras haberla dicho, sobre todo tras las consagración. E invariablemente todos los domingos antes de la plática de los domingos. Este sentimiento de indignidad que es sólo, quizá, una distorsión maligna de su sentimiento de inferioridad, de su timidez de seminarista hijo de labradores pobres. Quizá ha sido la misma angustia durante todos sus años de sacerdocio, pero que solamente ahora don Gerardo reconoce, temblando. Durante diecisiete años, todos los domingos don Gerardo ha dirigido al bulto velado de treinta y cinco monjitas iguales, inmóviles, la palabra de Dios en términos generales. Como empujándolas dulcemente al reino de los cielos cosa que, en cualquier caso, ya se habrán ganado todas ellas de sobra. Don Gerardo tiene con frecuencia, al predicar a las monjitas, la sensación que se tiene cuando se empuja algo que parece a simple vista que ha de ofrecer gran resistencia y que, sin embargo, cede súbita e inesperadamente cuando se empuja. Desconcierto. Y ternura. Esto es lo más extraño de todo: que su angustia deje siempre al irse esta imposible ternura sin objetos. O mejor dicho: poblada de innumerables, incongruentes objetos, como un rompecabezas. Su breviario, un crucifijo pequeño que guarda desde niño, el gato, la nuca de su madre, los niños del Instituto que le atormentan y no escuchan sus clases de religión. Los años me están volviendo llorón, piensa don Gerardo con frecuencia. Al llegar a su casa ve a dos extranjeros, dos muchachos, dos espaldas que se alejan tendal abajo, hacia la playa. El tendal es obra de Matilde, que ha hecho a su marido instalarlo con gran lujo de espacio cara al viento salobre de la playa, justo enfrente de la casa y que ahí ofrece una exhibición casi permanente de su ropa blanca y rosa. Eso le encanta a Matilde: venir al tendal con los dos cubos llenos de ropa húmeda que huele aún a añil y colgarla con las pinzas de madera que va sacando del bolso delantero de su delantal. Tiende las piezas de tela rígida, chorreante, hasta que viene el viento a escandilarla de los mares y el sol a pavonarla y volverla aérea, fragante y brillante. También ese día ve don Gerardo el aire puesto de relieve en la colada, el medio lado del sol y Matilde descalza, pétrea y blanca, empinándose para sujetar un lado de una sábana con la pinza. Don Gerardo desvía la vista porque esa visión de Matilde descalza y mojada invariablemente le pone nervioso. Los dos extranjeros se han perdido ya duna abajo. Matilde se apresura a hablarle. Cada vez que hay hombres alrededor le da la venada locuaz a Matilde.

-Son unos de estos jipis como les llaman -anuncia señalando con un tirón de la cabeza a los muchachos desaparecidos- que se han metido en lo de la playa.

-¿En el pinar? -pregunta don Gerardo. Porque el pinar es casi su corazón, su sitio, el único sitio donde sin entenderse ni hablarse, sin hacerse preguntas ni sorprenderse a sí mismo con respuestas, con la paz sosa de su corazón dejado al olor de los pinos, al rumor de la playa, a la gravidez del aire y la luz sobre los párpados cerrados, se duerme a veces un ratito don Gerardo. Ahí se siente menos gordo, más transparente, menos avergonzado o agobiado por sus ternuras difusas como malos pensamientos.

-En la parte que queda encima misma de la garita -prosigue tenazmente la Matilde.

La garita en cuestión es una de carabineros. Don Gerardo sabe de sobra el sitio. Ese sitio, además del pinar, es parte invariable de su paseo vespertino. Y sin saber por qué, al oír a la Matilde, don Gerardo se alegra. Matilde desusadamente comunicativa. Agresivamente de tú por tú en su «usted» y su «don Gerardo».

-Les he dejado que se lleven el agua en la garrafa nuestra, la vacía; luego Remigio me la arma a mí, a ver si no la vemos más. Les dije que ahí no se pueden quedar. Éstos se toman el mundo por montera. Dicen que sólo unos días yo allá películas, con decírselo a mi marido, yo allá penas. ¡Y vaya pelos que se traen, yo los tengo por lo que los tengo, usted perdone don Gerardo, pero es que una sabe lo que es la vida, y lo hablan como usted y como yo el español, los esos…!

-Serán españoles -dice don Gerardo por decir algo.

-¡Ésos, qué van a ser, aquí no hay de eso! ¡Ésos, cualquier cosa!

Matilde excitada y locuaz. Don Gerardo se retira, ofendiendo a la Matilde, como es natural, una vez más al hacerlo. Don Gerardo sube a su casa. Desayuna. Entra en su despachito. Desde la ventana de su despachito - de lóbregos muebles tallados, negros, grandes se ven las copas redondas del pinar y luego, a la vez, el mar inmóvil, alto; inmóvil sí, al borde de los pinos. A don Gerardo le gusta sentarse ahí a la ventana a ver eso. Sencillamente a verlo hasta que cambia, como una melodía que cambia muy poco. Parece un mar eterno. Pasa la mañana. Mañana es día de Instituto. Don Gerardo prepara sus clases meticulosamente. Inútilmente. Su asignatura no es problema para nadie. Se asiste porque queda justo antes de la clase de matemáticas y hay tiempo para copiar los problemas. Tiempo para reírse y preguntar al cura si besarse es pecado mortal o si significan lo mismo «circuncisión» y «epifanía». Luego comen los dos, su madre y él, lo mismo su madre que él, una pescadilla y ensalada. Don Gerardo lleva años a régimen. Una pera y café solo por las mañanas. La pescadilla y la ensalada y fruta del tiempo a la comida. Una tortilla a la francesa y un puré de patata y zanahoria por las noches. Reuma además de la gordura o a causa de su herencia o de su edad; que no es, después de todo, mucha. Algunos días se toma un par de «soberanos» -los días de Instituto- que invariablemente le exaltan y le sientan mal. Soy gordo de nacimiento. Llega la hora de la bendición. Las monjitas cantan, arrebujadas y viejecillas. Maliciosas sin querer, de buena familia casi todas. Durante diecisiete años. ¿Qué jóvenes parecen canturreando, cascadas! Después de la bendición -que siempre se eterniza- vuelve hoy don Gerardo a casa. Suprimir su paseo habitual al pinar -que por ningún motivo preciso don Gerardo ha decidido suprimir esta tarde- le inquieta como un sacrificio o como una privación mínima, pero visiblemente innecesaria, inútil, visiblemente invisible a ojos de quien sea. A ojos de Dios. «Como un niño al pecho de su madre está mi alma ante Ti.» Al llegar a su casa, don Gerardo se encuentra con los dos muchachos de la garrafa de Matilde.

-Hemos estado llamando y como no contestaba nadie… ¿podemos dejar aquí la garrafa?

-La garrafa -repite don Gerardo.

-Nos la dejó ella ayer para llevar el agua. Ahora tenemos una nuestra. Le dice usted que muchas gracias.

Son muy jóvenes los dos. La barba mal crecida les aniña ferozmente el rostro como disfrazados de lobos. Van disfrazados, piensa don Gerardo, contemplándoles. Sus vestimentas azules, brillantes, brillan con la inconsistencia de las nubes lejanas. Recuerdan -por no sé qué motivo- las estampas de un libro de cuentos.

-Pues muchas gracias -dice don Gerardo sosteniendo la garrafa con ambas manos. Don Gerardo está a punto de detenerlos un instante, pero los dos muchachos se alejan ya hacia el pinar verde oscuro, cohibidos o sencillamente olvidados del cura y la garrafa. Don Gerardo entra lentamente en casa, entre dos luces, perplejo. Brilla en lo alto, como un hilo de voz, el mar inmóvil de la noche.

Don Gerardo pone en marcha su Seat 600. Es el día siguiente por la mañana. Hoy son sus dos clases de religión en el Instituto. Se comprometió a darlas seis años atrás y ahora para dejarlas no hay pretexto alguno. Y más vale así, piensa don Gerardo, sin atreverse a ofrecer a Dios ese sacrificio; su indignidad, como se ofrece la grandeza de nuestras grandes obras a quien se ama. En una de sus vueltas la carretera pasa a cosa de un kilómetro del pinar. Uno de los muchachos de la víspera está al auto-stop. Don Gerardo detiene el coche, que se cala, porque don Gerardo conduce todavía muy a trompicones. Don Gerardo ve los pies sucios, descalzos, limpios del muchacho.

-Voy sólo hasta Valerna -dice el muchacho-. ¿Me puede usted llevar hasta ahí?

-Ahí voy yo también -dice don Gerardo-. Suba, suba.

El muchacho se acomoda junto a don Gerardo. Don Gerardo, antes de arrancar, le ofrece un cigarrillo que el muchacho acepta. Apenas hablan durante el viaje. Sin advertirlo, don Gerardo conduce un poco más de prisa que de costumbre. El muchacho permanece muy quieto en su asiento, con las manos sobre las rodillas. De cuando en cuando don Gerardo mira de reojo a su acompañante. Ya se ven las primeras casas de Valerna y don Gerardo pregunta:

-¿Dónde quiere usted que le deje? Yo voy casi hasta el centro.

-Aquí… me puede dejar usted aquí mismo.

Don Gerardo se alegra de esto. Había estado agobiándole un poco la idea de entrar en Valerna (¡qué sitio tan pequeño es Valerna!) con el muchacho al lado, como el Lazarillo de Tormes. Don Gerardo reduce la velocidad, se detiene el Seat 600. Es un día muy claro de sol invernizo, vaharme Sol en los zarzales. Don Gerardo se escucha a sí mismo diciendo:

-Yo vuelvo de vuelta a las dos… Si usted quiere aprovechar el viaje.

El muchacho duda. Una sonrisa tranquila ilumina el feroz rostro aniñado del muchacho lejanísimo.

-Pues muchas gracias. No sé, ya veré a ver. Muchas gracias de todos modos.

El automóvil arranca de nuevo. Don Gerardo conduce el coche calle Mayor abajo hacia el Instituto. Ahora conduce despacísimo como si fuera posible retrasar la hora de esas clases o dilatar imaginariamente lo indefinido, lo instantáneo del instante de su viaje con el muchacho. Suda don Gerardo. Entra en la plaza del Instituto. Aparca el coche a un lado. Evita cuidadosamente aparcar en el sitio libre de doña Mercedes. O en el sitio libre de don Bernardo, el secretario, el de matemáticas. O demasiado cerca del sitio donde dejan los chicos sus bicicletas. ¿Me estará esperando a las dos? El Instituto es un edificio cuadrangular de ladrillo rojo con dos claustros, cada uno de ellos con una fuente mohosa permanentemente atascada en el centro. La fachada tiene una torre cuadrada en el centro con un reloj que marca las horas a su aire y que invariablemente inquieta a don Gerardo no coincidiendo con su reloj de pulsera. Porque sólo viene al Instituto dos veces por semana, porque religión es una asignatura tonta, una «María», y porque si llegara tarde sería lo mismo que si llegara demasiado pronto, don Gerardo llega siempre agitado y puntualísimo al Instituto. Cuando entra en el aula hay, como de costumbre, un barullo pre-clase de matemáticas que, como de costumbre, sólo se aplaca a medias cuando él entra. Como a un misterio de limón y menta le contemplan los niños de la primera filia con redondos pares de ojos previamente núbiles. Hay siempre dos o tres que le hacen preguntas después que las clases, y don Gerardo teme más esas preguntas que la clase misma. Además, teme cada vez que el motivo de las preguntas dichosas -que siempre se alargan o cuyas respuestas siempre se le alargan a don Gerardo, invariablemente incapaz en esas ocasiones de pensar claro o de prisa o hablar rápido- sea correrse matemáticas más bien que entender la religión. ¿Quién desea a los quince años -piensa don Gerardo en sus días tristes- de verdad saber qué significa la palabra Dios o sus sinónimos? Sólo eso se desea cuando la luz es poca y atardece. La fila de las primeras caras de la primera fila indefinidas, pánfilas, curiosas, le pone los nervios de punta. Y el hablique sin pausa, el mosconeo de un habla que no cesa que es fondo de todos los fondos de su clase. ¡Dios mío, qué tendrán que hablar continuamente! -piensa don Gerardo en misa algunas veces-. Dilexi decorem domus tuae et locura habilitationis gloriae tuae. Termina, como siempre, sin concluirse nada, la clase de las once y cuarto hasta las doce. Sale don Gerardo y entra en la sala de profesores. Ahí ve a doña María de la Concepción Sosa-Martínez, subsistente, corrigiendo cuadernos de latín, fruncido el ceño. Allí se ve al de física y química leyendo el ABC. Don Gerardo dice «Buenos días» y se sienta en una silla. Las nalgas se le salen del asiento. Don Gerardo descansa media hora y a la media hora vuelve a entrar en clase. Cuando todo termina son las dos menos veinte. Como cuando se cede a una tentación piensa meticulosamente lo contrario de lo que desea: estoy seguro de que no me estará esperando a las dos. Y más vale así. Recuerda, con súbito descompás de sus nervios -que es júbilo o es tormento, depende de cómo se mire-, la cara fieramente niña del muchacho que parece ahora, en el recuerdo, pertenecer al alba de un espejo. Nada hay fuera. Noli foras iré. Las nubes se empujan hoy unas a otras. Emborregado cielo apresurado. El final de la calle y ya se ven las chabolas de las afueras. No hay nadie esperando. Don Gerardo pasa de segunda velocidad a tercera velocidad de un estrincón. El cuentakilómetros llega con los dedos de los pies casi a setenta y pico. El cochecillo saltimbanquea los baches y las curvas como una lata de escabeche agitada. Esta tarde don Gerardo no sale de paseo y la exposición del Santísimo Sacramento le parece más irreal, más increíble que nunca. Al llegar a casa lee lo primero, antes de besar en la frente a su madre, antes de quitarse los zapatos, el Salmo 118-119 y su monótona, sobrehumana, insistencia le apacigua endulzándole:

Bienaventurados aquellos que caminan

por inmaculados caminos

que caminan a lo largo de la ley del Señor.

Haz que entienda tus mandamientos

Haz, Señor, que sea yo capaz

de pensar en tus maravillas.

De mi alma que encorva la tristeza,

levántame con tu palabra.

Apártame de las sendas de las mentiras

y enséñame cosas dulcemente.

Porque yo elegí el camino de la verdad,

Señor, yo elegí la verdad a todo trance.

Hice mías tus leyes y tus fuerzas.

Estoy perdido estoy atado a tus mandamientos.

Oh Señor, no permitas que se confunda tu siervo.

Tu inútil inútil inútil siervo.

Don Gerardo se acuesta y se duerme de un tirón esa noche. Ahora es el día siguiente. Este es mi Cuerpo. Esta es mi Sangre. Y cada vez que hagáis esto hacedlo sencillamente en memoria mía. No te recuerdo, Señor. Lo he olvidado todo. Las monjitas vienen de dos en dos. Veladas. Y se arrodillan. Quizá en estos diecisiete años han cambiado, se han odiado, se han enamorado o se han muerto. Siempre parece que hay las mismas treinta y cinco. Rezan a coro todas las mañanitas y, porque no fueron nunca monjas místicas sino de la enseñanza, todas las mañanitas suena su coro al coro de la tabla de multiplicar. Nunca ha tenido don Gerardo nada que ver con ellas. Sirve el Pan de Vida por las mañanas y permanece al margen hasta la bendición y el rosario de la tarde. Parece que fue ayer cuando llegaron don Gerardo y su madre. Parece que fue ayer cuando era niño y se quería ir del pueblo al seminario porque en el seminario se era al menos un poco más que el hijo gordo de un labriego pobre y flaco. A veces el cielo se vuelve de menta muy clara como un árbol. Hoy es uno de esos días. Don Gerardo se sienta a desayunar.

-Estamos sin agua, Gerardo -dice su madre al ponerle delante la taza de café solo. Sin agua. Siempre es lo mismo. Ellos y los jardineros reciben el agua del depósito de las monjas. La llave de paso está en la cocina de los jardineros. En realidad no hay motivo alguno para cerrar nunca esa llave, pero como se trata de una instalación anticuada y el suministro de agua es relativamente limitado en esa región y Matilde es indeciblemente amiga de baños y fregados; «a mí me gusta oírla al agua a chorros -dice-, que corra como loca y no esta miseria de aquí de esas tacañas…» (porque Matilde mantiene a todo trance que las monjitas son de puño en rostro, y que millones tienen y las joyas de las arcas), por eso Matilde ha hecho que se instale un tanque en la cocina, que tiene siempre lleno «para tener un extra en previsión», y con frecuencia se olvida o hace que se olvida, una vez lleno el tanquecillo, de volver a abrir la llave de paso que conduce el agua al piso del cura y de su madre.

-Ahora le diré al bajar, madre.

¡Qué extraña humillación es ésta! -piensa don Gerardo casi animándose, divirtiéndose casi al pensarlo, este tener que pedir por favor a Matilde que no se olvide abrir la llave de paso de nuestra agua y qué extraña es, sobre todo, la humillación de saber que pueda ella, si le da la gana, cerrarla y esperarse a que baje el cura, más distante que nunca al acercarse, a pedir por favor que abra ella el agua para que suba al segundo piso de la casa. Es tan compleja la humillación que casi no parece ya serlo. Parece casi un ejercicio oscuro, abstracto, literario, en humillaciones, paciencias y virtudes. Parece un juego casi, un modo irreal de ser y estar a prueba justo en la medida en que es tan vigorosamente real como las lágrimas de picar cebolla. Al bajar se acerca a la puerta de Matilde y sacude una vez, con cierta firmeza, la aldabilla. Como era de esperar tiene que esperarse un buen rato. Relee la placa de la puerta. «Remigio Velarde. Jardinero-Técnico Horticultor.» Vuelve por fin a llamar otra vez y dice, sintiéndose, como mil veces antes que ésta, ridículo al decirlo en voz alta: «Soy don Gerardo.» Matilde se oye adentro.

-Ya voy, ya voy -vocea. Se oye el chancleteo hembra de la Matilde. Abre la puerta. Tufo de jabón de tocador o lo que sea. Se ve la cabeza de Matilde envuelta en una toalla, el tinte corrido de la cara blanca que los ojos negros pesadamente perturban.

-Haría usted el favor… -empieza don Gerardo, como otras veces de abrir la llave de paso que estamos sin agua.

Matilde no contesta en seguida. Siempre se calla lo primero en esas ocasiones y mira muy despacio a quien le habla. Es un buen truco, y Matilde lo sabe de sobra. Es el truco de sus días de mal norte, cuando el tedio se le encarama tripa arriba como una gran rata.

-¿El agua? ¿Qué agua? ¿Que se ha cortao el agua? ¡Pues bien!.

-La llave de paso, que a lo mejor se olvidó usted de abrirla como la otra vez.

-¡Ah, la llave de paso! ¡Haberlo dicho! ¡Será que se me olvidó con las prisas!

Don Gerardo sale a la calle y piensa: «Esta tarde iré de paseo al pinar.» Laureles del mediodía marítimo imitan la levedad del cielo. Pero esta tarde don Gerardo se queda en casa hasta que pasa, como un malestar, la hora de su paseo. Y cuando por fin sale -pasear es, entre otras cosas, para don Gerardo «prescripción facultativa»- no va hacia el pinar, hacia el verdor rumoreante, oscuro, de las dunas, sino hacia el otro lado que es sin fisonomía porque los sitios de playa cobran fisonomía en función de la playa.

Atardecer del día siguiente. Don Gerardo paseando hacia el pinar. «Por poco tiempo aún está la luz en medio de vosotros. Caminad mientras tenéis luz para que no os sorprendan las tinieblas, porque el que camina en tinieblas no sabe dónde va. Mientras tenéis luz creed en la luz para que seáis hijos de la luz.» Camina lentamente. El abultado bulto de su sombra se le adelanta. Todas las cosas se vuelven hacia el fin. La arena del sendero, entre las dunas, se ha vuelto secreta entre la hierba. Don Gerardo tropieza con algo en el suelo y se detiene. Piensa: ya es tarde para volver. El pinar se alza no mucho más de doscientos metros frente a él, y los troncos delgados entrecruzándose tejen -por un instante- una red en el aire nocturno. Don Gerardo aspira profundamente el aire salitroso. El viento, peces o pájaros vespertinos surcan aéreos ojos de las agujas secas. Todo el pinar a intervalos se estremece y varía. Ahora la red sumiéndose en las aguas nocturnas. El mar no dice nada, no significa nada, no recuerda nada. Todo deshaciéndose para siempre en su incontable pérdida. Don Gerardo recorre los doscientos metros restantes y entra en el bosquecillo. El pinar se alza sobre un lomo saliente que por un lado se inclina hacia el convento y la vivienda de don Gerardo y por otro, bruscamente, clareándose a corros, hacia la playa. Ahí suelen venir de merienda en los veranos los cochecillos de Valerna. Don Gerardo no suele llegar en su paseo vespertino hasta tan lejos. Se ve la garita de los carabineros. Don Gerardo recuerda ahora la última visita que hizo a esa garita. Había cagadas recientes y olor a mierda seca y a ortigas. El suelo de terrazo roto a corros, una ventana era sólo un boquete y la otra, la que da al poniente, tenía todos sus cristales. La ventana que da al poniente tiene ahora un reflejo rojo. Por dentro era un cuarto grande. Justo al lado de la puerta había un ortigal grande. Hay una cocina con dos placas y él se sentó ahí en medio, de media anqueta, sobre la cocina derruida a fumar un pitillo y se le hizo un roto la sotana.

-Hola.

Don Gerardo se vuelve asustado. Uno de los muchachos, pero no el de la víspera, se le ha venido encima por la espalda. Lleva una especie de saco al hombro. Otra  figura justo detrás de él.

-Buenas… tardes. Me dieron ustedes un susto.

-Y usted a nosotros.

-Es el que me cogió el otro día -dice la segunda  figura.

-Vine dando un paseo.

Al decir esto don Gerardo tiene la sensación de estar inventando una disculpa. Queda sólo un gajo de sol al fondo. Transparencia del aire. Don Gerardo se tranquiliza de pronto. Entran los tres en la garita. Uno de los muchachos enciende una vela.

-Siéntese usted, está usted en su casa.

Don Gerardo se sienta. Ya no hay gajo de sol. La noche es tierna como una melodía difícil de construir, alegre como una enorme melodía que no se oye bien porque las voces tapan la luz del fondo de ese ritmo. Los pinos tapan lo poco que queda de la luz de la tarde. No pasa nada. Durante una hora o cosa así se están los tres sentados en el suelo de la garita. Y yo supongo que hablarán o no hablarán. Algo se dice, yo supongo. Pero no hace falta consignarlo. El caso es que al cabo de una hora don Gerardo les deja. Y vuelve casi a brincos a casa. Todo está apagado. Los jardineros tienen la tele puesta. La madre de don Gerardo estará en la cocina. Don Gerardo sube a su piso. Besa en la frente a su madre como todas las noches. Y se acuesta. Antes de dormirse sostiene el breviario sin leerlo con las dos manos sobre el pecho, como muerto. Y dice: Dios mío, Dios mío. O una frase parecida. A la mañana siguiente don Gerardo dice misa. Y después de leer el Evangelio, antes del Credo, sin ser costumbre, ni venir a cuento, predica lo siguiente:

«Hermanitas: Nosotros somos como niños y niñas al pecho de su madre. Aunque seamos viejos no somos nunca viejos, porque el dolor ajeno y la alegría ajena es cosa nuestra. Y será nuestra hasta la muerte. Conmigo, alegraos conmigo dulcemente, porque el pecho de Dios y el templo de Dios es infinito. Alegraos conmigo, porque el secreto de la Cruz se comadrea en todo el universo. Alegraos conmigo, porque el secreto de la Cruz es el secreto de la libertad del hombre. Porque la libertad y la cruz son uno y lo mismo. Hermanitas; alegraos conmigo con el júbilo de vuestras más secretas lágrimas.»

La madre superiora es una madre de media edad, y hecha a rarezas, viniendo como viene de una ilustre familia guipuzcoana. Sería de sobra a estas alturas madre provincial si no se hubiera decidido que trabaja demasiado y le conviene un poco de descanso. Superiora ahora meramente de estas ancianitas. Pero las rarezas a que ella está hecha son rarezas todas de gente de su clase, extravagancias finas y pudientes. Y laicas todas. En la iglesia, a la madre Superiora le gustan las cosas algo sosas y muy muertas, como el color de los trajes de sus primas que exactamente saben que negro o verde oscuro es lo elegante por la tarde. Así es que semejante sermón de sopetón la volcaniza un tanto y la irrita. ¿Quién se creerá éste que es, fray Luis de Granada? A las monjitas ancianas -por lo menos a dos que son amigas y tienen latas secretas de bizcochos escondidas debajo de las camas- el sermoncillo, en cambio, les divierte. Y aunque por puro sacrificio y disciplina se arrodillan separadas a opuestos extremos del primer banco de la primera fila, ahora se miran de reojo, y sin hablarse deciden las dos hacerle un feo al director espiritual, un cursi, un ordinario y un pelma, que invariablemente las confiesa, y confesar las dos de hoy en adelante con don Gerardo, el capellán. La madre superiora, por su parte, decide hablarle a don Gerardo esa misma mañana acerca de fondos y de formas en sermones de misas de las ocho. Pero justo esa mañana tiene ella que salir a una cosa del señor obispo. Y don Gerardo vuelve a casa a desayunar intacto. Su madre le mira fijamente, mientras pela la pera y bebe, haciendo, como todos los días, una mueca de asco al tragarse el café negro sin azúcar.

Don Gerardo al salir habla a la Matilde, que está barriendo a la puerta.

-Buenos días, Matilde.

-Buenos días, don Gerardo.

Don Gerardo se para un poquito y la Matilde se le viene con la palabra encima.

-Que digo yo que hoy en día, don Gerardo, no sabe una a que atenerse.

-No, pues no, no se sabe.

-Ahora que se sabe más de lo que creen algunos que se sabe, porque los hay como las ranas, ¡el culo al aire que la cabeza la arrebujan, pero vaya si se ve el culo, vaya si se ve!

El carácter siniestramente simbólico de casi todo lo que Matilde dice -o implica- divierte en general a don Gerardo. Incluso cuando el simbolismo es pura agresión personal (no como en esta ocasión esta mañana, piensa don Gerardo, porque esta mañana particular don Gerardo no piensa en agresiones) el simbolismo de la Matilde -por sí solo, aunque le duela- le divierte. Después de un rato, don Gerardo se va. Y llega la tarde. Y don Gerardo pasea hacia el pinar. Y otra vez se sientan los tres en la garita. Pero como don Gerardo ha ido más temprano esta tarde todavía hay luz. Y ahí los dos jóvenes le miran curiosamente, afectuosamente, y sobre todo el joven a quien don Gerardo había recogido el día de la clase del Instituto. Don Gerardo no sabe alemán -ni yo tampoco-, pero lo que sucede se dice en alemán, así -Rilke lo dice así-: «Jungling dem Jüngling, wie er neugiering hinaussah.» Don Gerardo vuelve a casa otra vez esa noche. Al día siguiente es día de Instituto. Las monjitas de los bizcochos pierden esa mañana tres veces el hilo de la letanía nerviosamente de esperar a ver si don Gerardo, el capellán, predicará otra vez, de sopetón. Pero la misa transcurre sin incidente alguno, excepto, claro está, ese incidente cotidiano de la frase dichosa que tanto nos perturba en estos años o relatos: «Este es mi Cuerpo. Esta es mi Sangre», una frase, repito, que aunque no significa nada en concreto, es más acontecimiento que todo acontecimiento real, posible o imposible porque designa, en cuanto acto humano, un acto de valor personal, de arrojo, más grande que el cual nada puede pensarse. Luego el día transcurre; un largo día hasta la tarde. Los niños del Instituto, preocupados con un examen, están, por una vez, casi en silencio y, aunque no escuchan, no hablan. No hay preguntas a la salida. Y don Gerardo regresa a su casa temprano y se prepara para su paseo. La Matilde está en la calle, haciendo que hace algo cuando él sale. Don Gerardo va ahora un poco más de prisa de lo que quisiera ir. Ahora necesita, según parece, ver a los dos muchachos y esa prisa se refleja en un cierto apresuramiento al decir «Buenas tardes», que la Matilde pesca al vuelo y resiente en el acto.

-¿Qué? ¿De paseo, don Gerardo?

-Pues sí, a dar un paseo.

-Que digo yo que siguen ésos en el pinar y no tienen por qué, porque vaya pelos que se traen, ¿usted los ha visto? Lo que es hoy en día una no sabe qué es pollo y qué es gallina, porque es que no se sabe ¿no le parece a usted?

-Pues… sí -dice don Gerardo, divirtiéndose, pero a la vez sabiendo que se juega el tipo sin saber por qué lo sabe ni a qué, en concreto, hace referencia su sabiduría-. Tiene usted razón, Matilde. Hoy en día ni fu ni fa.

Pausa. ¿Por qué va y viene al pinar don Gerardo? Porque don Gerardo ha dado ese paseo ininterrumpidamente todas las tardes desde que hace diecisiete años vino de capellán de las monjas. Ahora parece, sin embargo, que a esa costumbre se superpone otro motivo. Ahora parece que don Gerardo va de paseo al pinar como era su costumbre, pero en concreto, además, a ver a los dos muchachos o a uno de ellos. Sucede, empero, que saberlo -lo que se dice saberlo- no se sabe. Podemos, ¿qué duda cabe?, inventar un motivo como puede inventarlo la Matilde -como de hecho la Matilde está ya inventándolo o lo ha inventado desde el principio de los siglos- para deshacer a don Gerardo, a quien odia con ese odio puro y simple con que odian las Matildes de este mundo. Pero eso sería una invención y no un dato. No hay por qué suponer que don Gerardo ha concebido una súbita pasión -definidamente sexual- por estos dos muchachos o por uno de ellos. Eso sería mucho suponer Fábulas que lo suponen todo -o demasiado- son fábulas sin gracia y sin sustancia. Fábulas que lo suponen todo -o demasiado- no pueden ser certeras. De don Gerardo no sabemos más -hasta la fecha-, ni la Matilde, ni el lector, ni yo, que lo que se ha visto o dicho hasta la fecha. Y como no sé más, a eso me atengo. Al lector habrá que contentarle con consignar lo que es visible (inmediata o mediatamente). Don Gerardo se libra por fin de la Matilde, que le sigue con la vista hasta que la pesada figura del sacerdote desaparece de la vista de Matilde -haciendo, al desaparecer, que Matilde se sienta como si le robaran algo o la privaran de un capricho. (Quiere decirse, pues, que la perversidad de don Gerardo, su escapatoria, es en este caso perfectamente natural y debida a la naturaleza del espacio o a las leyes que rigen nuestra percepción de objetos en espacios tridimensionales.) Es ese, sin embargo, un mal estado para estar la Matilde. Malo es que a la Matilde se le excite con cosas que ni del todo se le enseñan ni del todo se le ocultan. Porque la Matilde a su manera brutal es muy zahorí, y a su manera indeciblemente absurda, tan quiere saber la verdad a todo trance como lo desea un poeta o un sabio. No se trata aquí de achicar o despreciar a la Matilde. Se trata de no dar a la figura de Matilde más importancia de la que en realidad tiene -o tendrá- en este relato o en la vida. Quiere decirse, pues, que lo que durante diecisiete años no ha sorprendido u ocupado la imaginación de Matilde, a saber: el paseo vespertino de don Gerardo va a ocuparla, de ahora en adelante, porque la presencia de los dos muchachos barbudamente jóvenes en la garita del pinar, viniendo de vez en cuando a buscar agua, vestidos de ese modo provocante, ha disparado en Matilde lo que todo el mundo sabe. Así es que el sentido del paseo de don Gerardo -su carácter figurado, además de real- proviene en parte de una cosa que le pasa a la Matilde -¡que diecisiete son los años ya que está hasta el gorro del utensilio del marido!- y en parte de una cosa que nos pasa a nosotros, al lector y a mí, a saber: que nos gustaría dejar caer este relato hacia su sino con toda sencillez, siguiendo el hilo fácil de un desenlace perfectamente previsible desde un principio. Pero sucede que don Gerardo, sencillamente, va una vez más al pinar. Se sienta un rato a charlar con los muchachos -que invariablemente están ahí- y se retira luego de vuelta a casa con toda sencillez. La verdad es que no hablan gran cosa. Porque los tres se han acostumbrado a estar juntos. Así es que cada uno de los tres está a lo suyo. Don Gerardo fuma su pitillo y los dos muchachos hacen lo que sea. Hasta que llega el momento de irse y don Gerardo se va. Durante una semana o dos semanas, o tres las cosas siguen así. Al cabo, por ejemplo, de tres semanas don Gerardo ya no va al pinar con angustia o regresa jubiloso a casa. Va con gesto ordinario al pinar y vuelve con gesto ordinario a casa. Quiere decirse, pues, que don Gerardo se ha acostumbrado a esa costumbre. Una cosa don Gerardo evita: pensar que un día irá al pinar y no estarán ya ahí los dos muchachos. Don Gerardo -habiendo evitado y evitando ese pensamiento- piensa, en cambio, en lo que hará después de que ese acontecimiento tenga lugar. Tan da por descontado que eso tendrá lugar, que puede a la torera saltárselo y enfrentarse con la idea siguiente, que es la idea de una soledad más grande de la cual nada puede pensarse. Y don Gerardo piensa, a la vez, que cuando esa soledad llegue se la ofrecerá a Dios. Hace falta ser don Gerardo para pensar así: quiero decir que hace falta tener la clase de grandeza de ánimo que don Gerardo tiene. En cualquier caso así vive día tras día. Pero la grandeza de ánimo, que enfrenta por sí sola y en carne viva sus difíciles, ha de enfrentar también dificultades que ella misma no genera. Dificultad ajena -menos difícil de enfrentar que la propia, pero acaso más mortal (quiero decir que lleva consigo, de ordinario, la estricta y precisa defunción del magnánimo). Me refiero concretamente al hecho de que la Matilde ha empezado ya a fijarse en don Gerardo. Y ha declarado guerra a muerte.

-Que digo, don Gerardo, que qué le parece a usted de hoy en día, porque, vamos, hace falta verlo para creerlo lo que se ve hoy en día…

Don Gerardo en este punto y en esta mañana particular se permite -quizá por primera vez en su vida- contradecir a la Matilde, o por lo menos hacer un jueguecillo inocente de palabras.

-Hará falta también creerlo para verlo, Matilde, ¿no le parece a usted?

Cosa que a la Matilde suena, por no se sabe qué motivo -quizá porque la frase lejanísimamente suena a desafío-, a cosa herética, a cura ateo o comunista o marica.

El caso es que la Matilde se queda por un instante sin saber qué decir. Emoción, a lo mejor, de la contradicción y el combate la entrompan la garganta.

-¿Ah, sí? -dice por fin-. Pues yo no estoy de acuerdo.

Don Gerardo retrocede inmediatamente. ¿Hace bien o hace mal? ¿Hay que dar la batalla siempre o sólo a veces? ¿Cómo hay que darla y cuánto dura -cuánto tiempo tiene que durar- ese gesto terrible, humano y sobrehumano, de la suerte o a muerte? Don Gerardo no lo sabe, esa es la verdad. Pero pocos lo saben, así es que no hay por qué reprocharle el que no lo sepa. Don Gerardo dice una cosa cualquiera y se retira. Al día siguiente es domingo. Y la misa está llena. Don Gerardo predica un sermoncillo sobre la caridad. «Amaos los unos a los otros como yo os he amado» es el tema. Don Gerardo lo expone mal, muy mal. No expone ninguna de las maravillosas implicaciones simbólicas de esa frase. Ni tampoco se sirve del texto paralelo: «No me elegisteis vosotros a Mí, sino que os elegí yo a vosotros.» Texto en que el amor, metafóricamente, alcanza la más pura, alta y generosa expresión de Sí que ha conocido el hombre. Definitivamente escuchar este sermoncillo dominical de don Gerardo no merece la pena. Pero el caso -lo único esencial y que hace al caso- es que se trata de un sermón sobre el amor, cosa que nos preocupa a todos y tanto a la Matilde como a don Gerardo, como al lector, como a mí. No se sabe por qué ese día la iglesia parece más de bote en bote que nunca. Y la Matilde más visible y más comulgante que nunca. Y sus primas del pueblo, que han venido a pasar el domingo con ella. O varios del pueblo de Matilde, también ricos de pueblo. Y la madre de la Matilde, la del supermercado del futuro. Sumidos todos en oración, en éxtasis o en odio. (O sencillamente sumidos en el torpor mortal del mal pensar y el ser falso.)

Termina la misa. Y vuelve a casa don Gerardo. Nada sucede. Abajo almuerzan todos los Matildes, ruidosamente, con la tele puesta. La madre de don Gerardo, en el piso de arriba, ese día habla un poquito.

-Gerardo, tuve carta de Teresina (Teresina es la hermana de la madre de don Gerardo) y me dicen que están bien.

-Le das recuerdos de mi parte cuando escribas.

Don Gerardo se detiene mucho esa mañana en todo. Tarda mucho en todo. Tarda tanto que parece que ha perdido la fuerza. Y la ha perdido. La está perdiendo a cántaros y a chorros, porque le ocupa Dios. ¿Pero cómo le ocupa Dios? ¿Y qué Dios es ese? ¿Es ese el mismo Dios en cuya memoria dice don Gerardo todas las mañanas: Este es mi Cuerpo y mi Sangre? Porque quizá hay dos dioses. Ahora hablando en serio: hay millares de dioses y no porque cada hombre tenga el suyo -eso sería una idea repulsivamente barata y fácil de pensar-, sino porque Dios es Ser y ser es -si se es- a miles, millones y billones. ¿Me estoy equivocando? No, no me estoy equivocando. Yo sólo me equivoco cuando me da la gana. (Mejorando lo presente y con perdón de los presentes.)

Oh Dios, perdóname -piensa don Gerardo toda esta mañana-, porque aunque no he querido ser como Tú, he querido ser digno de Ti. Y no he sabido. Ahora una indecible corriente me embaraza, que no es amor por Ti, ni es amor tuyo, pero que Tú entiendes, porque Tú eres Dios y entiendes la grandeza del hombre hecho a Tu imagen.

Don Gerardo vuelve una vez más al pinar esa tarde. La luz dormía en las orillas de la hierba brumosa como todos los niños que coleccionaban conchas y se alegrarán de sus inmerecidos premios.

 

FIN

 


26 de febrero de 2026

TORMENTAS {Relatos}

 



 


 

Mi madre soñaba cosas antes de que estas pasaran y, en sus sueños, encontraba cosas. Yo estaba en la mesa de la cocina cortando una caja de cartón para hacerle puertas y ventanas la mañana en que bajó y dijo que sabía dónde estaba Rua. Tenía mucha prisa.

-¡Voy!

-Apresúrate.

Era una de esas mañanas heladas a mitad de enero, cuando el aire es tan frío que parece nuevo. Cuando salimos, el viento empujó el aire que respiraba de vuelta a mis pulmones. La seguí por la senda hasta el bosque. Una becada voló sobre los árboles. Algo me decía que no debía hablar. Mi madre sabía adónde estaba yendo. Cruzamos una zanja y salimos a un campo de remolachas que no reconocí. Ella se detuvo y apuntó en dirección de un brezal.

-Está ahí -dijo.

Separamos los brezos y ahí estaba Rua, nuestro Setter rojo, con el cuello atrapado en un cepo. Parecía muerto, pero no pude desviar la mirada. Mi madre le aflojó el cepo y le habló. En el alambre había sangre. Lo cargamos hasta casa y le dimos leche, pero no podía tragar. Debajo del abrigo se le notaban los huesos y durmió por tres días. El cuarto día se levantó y siguió a mi madre por la casa como una sombra. Cuando le pregunté si yo también iba a encontrar cosas en mis sueños, ella me dijo que esperaba que eso nunca pasara. No le pregunté por qué. Aun cuando era una criatura, ya sabía desde hacía rato que por qué eran dos palabras que mi madre odiaba.

El tambo era una habitación fría y oscura que mis padres habían llenado con las cosas que apenas usaban, de la época previa a mi nacimiento. La pintura amarilla se abombaba en las paredes y las baldosas húmedas brillaban sobre el piso. Las bridas colgaban endurecidas de las vigas; sus bocados, polvorientos. La mantequera todavía estaba allí y el olor de la leche agria persistía en ella; la madera alisada, pero perforada por la carcoma, las paletas perdidas desde hacía rato. No recuerdo vidrios en esas ventanas, solo barrotes oxidados y el extraño aplauso del viento soplando por entre los árboles.

Alguien llevó la vieja incubadora a los empujones hasta adentro del tambo y un pollo se escapó; una cosa de metal oxidado que solía brillar como cuchara. Pusimos ahí pollos recién incubados, recogiéndolos en nuestras manos como pétalos amarillos y los soltamos en ese calor, bolas cubiertas de plumón con patas siempre en movimiento, asimilando ese calor como propio. El calor nos mantiene vivos. A veces esas bolas amarillas se caen, vencidas por el frío, las patas como flechas naranja apuntando hacia abajo. La mano de mi padre los descartaba como si fueran hierbajos. Mi madre los recogía con cuidado, inspeccionando esos cuerpecitos amarillos en busca de algún signo de vida y, al no descubrir ninguno, decía: «Mi pobre pollo», y me sonreía mientras los deslizaba por el conducto vertedor.

Los coladores de leche también estaban ahí, la gasa vieja colgando en racimos sucios sobre una hebra deshilachada. Y los frascos de mermelada de grosella silvestre que olían como a jerez, reducidos en el vidrio con un reborde de musgo. Mi madre siempre hizo más mermelada de la que podíamos comer. Solíamos hacer jalea de manzanas: cortábamos esas frutas ácidas en cuartos y las hervíamos hasta hacerlas pulpa, con corazones, semillas y todo; vertíamos el fluido grumoso en una funda de almohada vieja, atada a cada una de las patas de un taburete dado vuelta. Goteaba, goteaba, goteaba toda la noche dentro del frasco de conserva.

Iba al tambo cuando me mandaban; por un frasco de barniz, clavos de seis pulgadas, una brida para una yegua cabezona. El picaporte estaba demasiado alto. Tenía que pararme sobre una lata de creosota para alcanzarlo, y el metal sobre el que me paraba era delgado como una hoja. Cuando iba ahí por propia decisión, era para mirar en el arcón, una gran caja oxidada, una valija de pirata de niño. Era tan vieja que si la hubiera vaciado y puesto a la luz, habría sido como mirar a través de un colador. Adentro del arcón no había nada que me gustase: libros viejos, pegados por la humedad y sin ilustraciones, mapas oscurecidos y algunos libros de oraciones.

-Todo esto perteneció a la familia de tu padre -me dijo mi madre, empleando un volumen de voz que, se suponía, él no debía oír.

El arcón era tan largo como yo y la mitad de alto, con una tapa apretada y sin manijas. Lo habría abierto y mirado esas cosas, habría toqueteado los libros de lomos quebrados, con tapas perdidas. Era el pasado; el pasado estaba allí. Sentía que, si pudiese comprender sus contenidos, mi vida tendría más sentido. Pero eso nunca sucedió. Me habría hartado de mirar esas cosas, habría cerrado la tapa de un golpe, habría hecho rechinar el metal.

El próximo sueño cambió todo. Mi madre soñó con su madre, muerta. Sus gemidos me despertaron en medio de la noche. Alguien golpeaba ruidosamente la mesa de la cocina. Bajé furtivamente y me quedé allí, mirando en la oscuridad. Mi madre estaba acurrucada en el piso. Mi padre, quien nunca decía nada cariñoso, le hablaba con ternura, persuadiéndola con brandy, pronunciando su nombre.

-Mary, Mayree, ¡ah, Maayree!

Los dos, que nunca se tocaban, cuyos dedos soltaban la salsera antes de que el otro la agarrase, se estaban tocando. Volví a subir a gatas y escuché, mientras esas palabras cariñosas se convertían en otra cosa.

Por la mañana llegó el telegrama. El cartero se sacó la gorra y le dijo a mi madre que lamentaba los problemas que ella tenía. Mi madre enrolló el telegrama entre sus dedos como si fuera papel de armar cigarrillos. Mi padre hizo los arreglos. Vinieron desconocidos a casa. Una vecina me pegó en la mano cuando encendí la radio. Mi abuela, la mujer con el sarpullido violeta y los pechos surcados por venas azules, que hemos lavado como si se tratara de pintura, volvió rígida del geriátrico, en un cajón forrado con volados, y la pusimos en el frío del salón. Me levanté en medio de la noche y bajé a verla cuando no había nadie. Una ráfaga hizo que de la vela encendida cayera cera sobre el aparador. Sabía poco de ella, excepto que no les tenía miedo a los gansos enojados ni temía agarrarse tuberculosis. Podía curar todo tipo de enfermedad de las aves de corral. Mi madre había crecido rodeada por patos, gallinas y pavos. Le toqué la mano a mi abuela. El frío me dio miedo.

-¿Qué estás haciendo? -me preguntó mi madre.

Todo ese tiempo había estado allí sentada en la oscuridad.

-Nada -le dije.

Los vecinos vinieron a acompañarnos después del funeral, los coches se amontonaron en el camino. Me senté sobre las piernas de desconocidos. Me pasaban de unos a otros como a bolsa de tabaco y me tomé tres botellas grandes de 7UP.

Mi tía se quedó parada, custodiando el jamón. «¿A ver quién va a querer otra tajada?», preguntaba, con el cuchillo mortífero en la mano.

Mi madre se sentó mirando el fuego y jamás dijo palabra. Ni siquiera cuando Rua se subió al sofá y se puso a lamerse.

Pasaron meses. Mi madre se puso a limpiar el establo, aun cuando habíamos vendido las vacas hacía años. Iba con el cepillo y el balde, restregaba los pesebres, el pasillo, e incluso lustraba el tapacubos que empleábamos para servir la leche espumosa a los gatos. Y entonces volvía y le hablaba a las estatuas hasta el almuerzo. Se imaginaba tormentas, se encerraba debajo de las escaleras cuando oía viento, se ponía algodón en los oídos cuando venía el trueno, se escondía debajo de la mesa con Rua.

Una vez, mi padre y yo, enfardando centeno, la observamos en el campo, llamando a las vacas.

-¡Chuck! ¡Chuck! ¡Hersey! ¡Chuck! ¡Hersey!

Se quedó ahí parada, golpeando el balde de cinc para hacer que las vacas imaginarias vinieran a comer. Mi padre la llevó a la casa. Y fue entonces cuando mi madre empezó a vivir en el piso de arriba.

Así que, para cuando llegó el verano, yo era la que llevaba la gran tetera para los segadores de heno, con el pico tapado con una página sacada del Farmer’s Journal. Los hombres chupaban pajitas y me miraban, y le decían a mi padre groseramente que pronto estaría en edad.

Ella vino a buscarme en medio de la noche, vestida con un camisón rojo que nunca le había visto. Me sacó de la cama, bajamos los escalones a oscuras y salimos al prado segado, pasando los montones de heno, con nuestros pies descalzos a los que se pegaban semillas. Y seguimos subiendo por los campos de rastrojo, su mano atornillada a la mía, la parte de atrás de su camisón agitándose al viento. Y entonces alcanzamos la cima y nos recostamos boca arriba, a observar las estrellas, ella con su cabello color bronce y sus palabras de loca, no del todo sin sentido, pero intuyendo lo que nosotros no podíamos entender. Lo mismo que el perro es el primero en oír el coche en el camino.

Señaló lo que llamaba la cacerola, una disposición de las estrellas, y me contó cómo fue que llegó hasta allí. Era un cuento de animales que pasaba en la época de Nuestro Señor, en África. Hubo una sequía. El suelo se había vuelto polvo, e incluso el lecho de los ríos estaba seco. Los animales vagaban por África buscando algo que beber. Las ovejas perdieron la lana y las serpientes, sus pieles, pero una osa joven encontró una cacerola llena de agua y se la dio a beber a todos para sacarlos del apuro hasta que lloviese. Todos los animales bebieron hasta hartarse, pero la cacerola nunca se secaba. Tenía una manija curvada, y cuando llegó la lluvia, las estrellas adoptaron su forma, y eso es lo que pasó. Y entonces también yo pude verla en el cielo.

Estuvimos ahí hasta el amanecer, el olor del heno llegando con el viento. Me contó de mi padre, sobre cómo le había pegado durante quince años porque ella no era igual a las otras mujeres. Me enseñó la diferencia entre querer a alguien y que alguien nos gustara. Me dijo que yo le gustaba tan poco como él porque tenía sus mismos ojos crueles.

No entendí, pero fue entonces cuando empecé a ir al tambo sin que me mandaran. Era un lugar tranquilo. No había nada, solo el viento que soplaba y el borboteo del tanque de agua en lo alto. El agujero en el cielo raso, entre las vigas, permitía ver la casa de muñecas, el lugar donde mis primas solían llevar sus muñecas para golpearles las cabezas contra el tejado inclinado.

Fue un día de tormenta el día en que vino la camioneta para llevársela. Mi padre dijo que se estaba lastimando, pero no era nada que se pudiera ver. Le pregunté si quería decir que estaba sangrando por dentro.

-Algo así -dijo.

Pensé en la imagen del sagrado corazón sobre la estufa, el rojo corazón expuesto, iluminado por la lámpara roja que nunca se apagaba.

Los hombres están llegando a la casa para buscarla. Ella está debajo de la mesa. No puedo ver. Corro al tambo, abro el arcón y miro adentro. Saco un libro de oraciones y paso las páginas. Están gastadas y suaves como el brazo de mi madre. Abro uno de los mapas oscurecidos y rotos, y, hasta no encontrar un lugar que reconozca, no puedo distinguir cuál es la tierra y cuál es el mar. Hay un ala de insecto pegada a Noruega. Los oigo en la habitación de al lado. Abro otro libro y busco ilustraciones, pero no hay ninguna. Me meto en el arcón, me pongo en cuclillas. Oigo vidrio que se rompe. El sonido de lo que ha llegado a ser la voz de mi madre crece hasta el gemido. Algo cae. Empujo la tapa de lata, dejo que el metal caiga sobre mí con un chirrido de óxido, tenso. Todo se pone negro. Es como si yo ya no existiera. No soy yo sentada sobre libros húmedos, dentro de una lata grande y negra. El olor es viejo y mohoso como el olor de la panera o como el de la parte de atrás del aparador cuando quedan migas de torta. Un olor que tiene un siglo. Recuerdo que las ratas una vez royeron la rejilla de la incubadora. Llegaron hasta donde estaban los pollos y encontramos pedazos de plumones con patas por todas partes y las partes carnosas completamente comidas. A otros pollos los encontramos aterrados, exhaustos y escondidos entre latas de pintura o rollos de alambre, todavía incapaces de huir. Los levantamos, sus cuerpos amarillos palpitantes, gritos mínimos y enloquecidos.

Ahora yo manejo la casa. El último que dijo que estaba en edad recibió una quemadura. Mi madre siempre decía que no había nada peor que una quemadura. Y tenía razón. Sucede que no acepto tonterías de nadie. Dejan sus botas de goma afuera y mi padre deja los platos sucios sobre el escurridor. No lo he oído decir que las papas no tienen el centro bien cocinado. Sé usar la cuchara de servir para golpear. Eso también lo sabe. Rua da vueltas a la casa buscándola. Pienso en él como en la sombra de mi madre, vagando por la casa.

La visito los domingos, pero no sabe dónde está ni quién soy.

-Soy yo, mamá -le digo.

-Nunca pude soportar el olor a pescado -dice-. Él y sus arenques.

-¿No me reconoces? Soy Elena.

Elena de Troya! ¡Métete en tu caballo! -dice.

Es buena con las cartas, les hace trampa a los otros y les saca el dinero que les dan para sus gastos cada semana, y la jefa de enfermeras tiene que ir hasta su armario para sacárselo cuando mi madre está en el baño. No se da cuenta. El dinero nunca tuvo ningún interés para mi madre.

Yo sigo volviendo al psiquiátrico. Me gusta el olor a desinfectante en los pasillos, los zapatos con suela de goma de las enfermeras, las peleas por los diarios dominicales. Me gusta que lo que hablan carezca de sentido. ¿Qué dice eso de mí? Mi madre siempre decía que la locura de una familia es hereditaria y yo la tengo por ambos lados. Vivo en una casa con el hombre con quien se casó mi madre. Tengo un perro que casi se murió, pero al que no le importa estar vivo. Cuando me miro al espejo, mis ojos son crueles.

Supongo que tengo mis propias razones para venir aquí. Tal vez necesito algo de lo que tiene mi madre. Un poco apenas. Me quedo con una parte pequeña para mi propia protección. Es como una vacuna. La gente no entiende, pero una tiene que enfrentar el peor caso posible para ser capaz de todo.

 

FIN

 


18 de febrero de 2026

EL CASTILLO DE LEIXLIP

 




EL CASTILLO DE LEIXLIP

 


 

Los incidentes del siguiente relato no están simplemente basados en hechos reales: son hechos reales, ocurridos en una época no muy lejana en mi propia familia. La boda de los protagonistas, su repentina y misteriosa separación, su mutua alienación hasta el último período de su existencia mortal, son hechos reales. No puedo garantizar la veracidad de la solución sobrenatural dada a todos aquellos misterios; pero aún así considero el relato como un excelente ejemplar de narración terrorífica, y nunca podré olvidar la impresión que me produjo cuando la escuché por primera vez entre otras muchas tradiciones espeluznantes de la misma especie.


La tranquilidad de los católicos de Irlanda durante los tormentosos períodos de 1715 y 1745, fue algo digno de loa y realmente extraordinario; el autor de este relato no se ha propuesto analizar sus probables motivos, ya que resulta más agradable dar constancia del hecho en su honor, que atribuirlo a motivos dudosos e insatisfactorios. La mayoría de ellos, sin embargo, manifestaron una especie de secreto disgusto ante aquel estado de cosas, abandonando sus residencias familiares y vagabundeando como personas sin hogar, esperando posiblemente algo mejor de alguna próxima y afortunada contingencia.

Entre estos últimos se encontraba un Baronet jacobita que, cansado de su incómoda situación en una vecindad liberal, en el norte -donde sólo oía hablar de la heroica defensa de Londonderry; de las atrocidades de los generales franceses; y las irresistibles exhortaciones del piadoso Mr. Walter, un clérigo presbiteriano, al que los ciudadanos daban el título de «Evangelista»-, abandonó su residencia paterna, y alrededor del año 1720 alquiló el Castillo de Leixlip por tres años (entonces era propiedad de los Connolly, que lo alquilaban por trienios); y se trasladó allí con su familia, que consistía en tres hijas: la madre había muerto hacía mucho tiempo.

El Castillo de Leixlip, en aquel período, poseía un carácter de romántica belleza y de grandeur feudal, como pocas edificaciones de Irlanda podían exhibir, borrado en la actualidad, desgraciadamente, por la destrucción de sus nobles maderas. Leixlip, aunque sólo se encontraba a siete millas de Dublín, poseía todo el pintoresquismo que la imaginación podría atribuir a un paraje situado a cien millas, no ya de la metrópoli, sino de cualquier localidad habitada. Después de recorrer una larga milla (una milla irlandesa) desde Lucan a Leixlip, el camino -bordeado a un lado por altos muros que delimitan la heredad de los Vesey, y al otro por unos setos que impiden tender la vista más allá- desemboca súbitamente en el Puente de Leixlip, casi en ángulo recto, ofreciendo a la mirada un lujuriante paisaje, de aquellos que resultan imposibles de olvidar, aunque sólo se hayan contemplado en la infancia.

El Puente de Leixlip, una basta pero sólida estructura, se inicia en una alta orilla del Liffey y desciende rápidamente hasta la orilla opuesta, singularmente baja. A la derecha, las plantaciones de la heredad de los Vesey -no oscurecidas ya por muros- casi mezclan sus oscuros bosques en su corriente, con los opuestos de Marshfield y St. Catherine. El río es apenas visible, semioculto por el lujurioso y cimbreante follaje de los árboles. A la izquierda estalla en todos los fulgores de luz, baña los jardines de las casas de Leixlip, rodea los bajos muros de su cementerio, juega con el bote de recreo amarrado debajo de los arcos sobre los cuales se levanta la glorieta del Castillo, para perderse luego entre los majestuosos árboles.

Visibles por encima de los tejados más altos del pueblo, aunque a un cuarto de milla de distancia de ellos, se encuentran las ruinas del Castillo de Confy, el antiguo y orgulloso torreón de los tiempos agitados cuando la sangre corría como agua; y al cruzar el puente se percibe de un modo fugaz la cascada (o paso del salmón, como es llamada), a cuyo esplendor diurno, o belleza nocturna, los rudos caballeros de la época en que el Castillo de Confy era «una fortaleza» probablemente no dedicaron nunca una mirada ni un pensamiento, mientras cruzaban el Puente de Leixlip o vadeaban la corriente antes de que el puente existiera.

Si la soledad en que vivía contribuyó a apaciguar los sentimientos de sir Redmond Blaney, o si habían empezado a oxidarse por falta de colisión con los de otros, es algo imposible de saber, pero lo cierto que el buen Baronet empezó gradualmente a perder su tenacidad en materia política; y excepto cuando un amigo jacobita venía a almorzar con él, y brindaban con una significativa sonrisa por «el Rey al agua», o el párroco hablaba de las esperanzas de mejores tiempos y del éxito final de la causa justa y de la antigua religión, o un criado jacobita silbaba en la soledad de la gran mansión «Charlie is my darling» y sir Redmond contestaba involuntariamente con una profunda voz de bajo, excepto en tales ocasiones, repito, la política del Baronet, lo mismo que su vida, parecía deslizarse de un modo anodino. Las desgracias domésticas, por otra parte, afectaron negativamente al anciano caballero: de sus tres hijas, la más joven, Jane, había desaparecido en circunstancias tan extraordinarias que, a pesar de tratarse de una remota tradición familiar, no resisto a la tentación de narrarla:

La niña era de una belleza y una inteligencia poco corrientes, y le permitían pasear por los alrededores del castillo con la hija de un criado, a la que también llamaban Jane, como nom de caresse. Una tarde, Jane Blaney y su joven compañera se adentraron en el bosque; su ausencia no provocó ninguna inquietud, ya que aquellas excursiones no eran infrecuentes, hasta que su compañera regresó sola y llorando, a una hora muy tardía. Contó que al cruzar un sendero a cierta distancia del castillo, una vieja, vestida de gitana (falda roja y una larga chaqueta verde) surgió súbitamente de detrás de una mata, y cogió a Jane Blaney de la mano; en la otra mano llevaba dos varas de junco, una de las cuales se echó al hombro, entregando la otra a la niña e indicándole por señas que hiciera lo mismo. Su joven compañera, aterrorizada, echó a correr, y oyó que Jane Blaney gritaba detrás de ella: «¡Adiós! ¡Adiós! ¡Pasará mucho tiempo antes de que vuelvas a verme!» La niña dijo que entonces desaparecieron y que ella estuvo a punto de perderse, pero que al final encontró el camino de regreso.

Inmediatamente se inició una exhaustiva búsqueda: se cruzaron los bosques, se exploraron las espesuras y se dragaron las balsas. Todo resultó inútil. Al final se abandonó la búsqueda… y la esperanza. Diez años más tarde, el ama de llaves de sir Redmond, recordando de pronto que se había dejado olvidada la llave de un armario sobre la mesa de la cocina, volvió en busca de ella. Cuando se acercaba a la puerta, oyó una voz infantil murmurando: «Frío… frío… ¡Cuánto tiempo hacía que no me calentaba al fuego!» El ama de llaves entró en la cocina y vio, con el asombro que es de suponer, a Jane Blaney, encogida hasta la mitad de su tamaño normal, y cubierta de harapos, agachada sobre los rescoldos del hogar. Echó a correr, aterrorizada, en busca de los otros criados, pero la visión se había desvanecido. Se dijo que la niña había sido vista posteriormente varias veces, diminuta de figura, como si no hubiese crecido una pulgada desde que cumplió los diez años, y siempre agachada sobre un fuego, en el cuarto de la torre o en la cocina, quejándose de frío y de hambre, y cubierta de harapos. Dícese que su existencia se ha venido prolongando en las mismas desdichadas circunstancias, tan distintas de las de Lucy Gray en la hermosa balada de Wordsworth:

Pero algunos dicen que la niña

Sigue estando viva…

Que han visto a la dulce Lucy Gray

En parajes agrestes;

Anda incansablemente

Y nunca mira atrás;

Y tararea una canción

Que se disuelve en el viento.

La suerte de la hija mayor fue más lúgubre, aunque menos extraordinaria; fue cortejada por un caballero de saneada fortuna y de conducta intachable: además, era católico; y sir Redmond Blaney firmó los artículos matrimoniales, satisfecho de la seguridad del alma de su hija, así como de su futuro material. La boda se celebró en el Castillo de Leixlip; y, cuando la desposada y el novio se retiraron, los invitados siguieron brindando por su felicidad. Súbitamente, con gran alarma de sir Redmond y de sus amigos, se oyeron unos gritos penetrantes que procedían de la parte del castillo donde estaba situada la cámara nupcial.

Algunos de los más valientes se precipitaron escaleras arriba; era demasiado tarde: el desventurado novio se había visto asaltado, en aquella noche fatal, por un repentino y horrible paroxismo de locura. La mutilada forma de la agonizante desposada atestiguaba la mortal virulencia con que había actuado la enfermedad sobre el infeliz marido, que se dio muerte a sí mismo tras el involuntario asesinato de su esposa. Los cadáveres fueron enterrados tan pronto como permitía el decoro, y la historia se mantuvo en secreto.

Las esperanzas de sir Redmond de recuperar a Jane disminuían de día en día, aunque él seguía prestando oídos a los absurdos relatos de los criados; y se suponía que todos sus cuidados estarían dirigidos ahora hacia su única hija superviviente. Anne, viviendo en soledad y recibiendo únicamente la muy limitada educación de las mujeres irlandesas de aquella época, estaba la mayor parte del tiempo a cargo de los criados, entre los cuales vio aumentar su afición a los horrores supersticiosos y sobrenaturales, hasta un extremo que tendría efectos desastrosos sobre su vida futura.

Entre los numerosos sirvientes del Castillo, había una anciana que había sido nodriza de la difunta madre de Lady Blaney, y cuya memoria era un completo Thesaurus terrorum. La misteriosa desaparición de Jane estimuló a su hermana a escuchar las descabelladas historias de acquella bruja, que afirmaba haber visto en cierta ocasión a la fugitiva delante del retrato de su madre en uno de los apartamentos del Castillo, murmurando para sí misma: «¡Ay de mí! ¡Ay de mí! ¡Mi madre nunca imaginó que su querida Jane llegaría a convertirse en lo que es!»

Pero a medida que Anne se hizo mayor, empezó a tomarse «más en serio» las promesas de la anciana en el sentido de que podía mostrarle a su futuro marido, mediante la celebración de determinadas ceremonias, que al principio la joven rechazó como horribles e impías; pero, finalmente, ante las repetidas instigaciones de la anciana, consintió en participar en ellas. El período fijado para la celebración de aquellos misteriosos ritos se estaba acercando: sería el 31 de octubre, la noche en que tales ceremonias resultaban -y se supone que siguen resultando, en el Norte de Irlanda- más intensas en sus efectos. La anciana iba preparando la mente de la joven, para madurar en ella la sumisión y la credulidad, contándole las historias más horribles; y las contaba con una energía espantosa y sobrenatural. Aquella mujer era llamada Coltogue por la familia, un nombre equivalente a chismosa en Inglaterra, o a comadre en Escocia (aunque su verdadero nombre era Bridget Dease); y hacía honor al apodo, con el ejercicio de una infatigable locuacidad, una memoria tenaz y una furia por comunicar e infligir terror que no perdonaba a nadie en la mansión, desde la sirvienta más humilde hasta la misma hija del Baronet.

Llegó el 31 de octubre: el Castillo estaba completamente silencioso antes de las once de la noche; media hora después, la Collogue y Anne Blaney se deslizaban a lo largo de un pasadizo que conducía a la llamada Torre del Rey Juan, en la que se dice que aquel monarca recibió el homenaje de los príncipes irlandeses como Señor de Irlanda, y que, en todo caso, es la parte más antigua de la estructura. La Collogue abrió una pequeña puerta con una llave que había traído con ella y apremió a la joven para que se apresurara. Anne avanzó hasta la poterna, y se detuvo allí indecisa y temblorosa como un tímido nadador en la orilla de una corriente desconocida. Era una oscura noche de otoño; un fuerte viento soplaba a través de los bosques del Castillo, arqueando las rampas de los árboles más bajos casi hasta las olas del Liffey, el cual, hinchado por las recientes lluvias, luchaba y rugía entre las piedras que obstruían su lecho. La empinada pendiente del Castillo se extendía delante de ella, con su oscura avenida de olmos; unas cuantas luces ardían aún en la pequeña aldea de Leixlip… pero dado lo tardío de la hora no tardarían en apagarse.

Anne se estremeció.

-¿Tengo que ir sola? -dijo, anticipándose a los terrores de su espantoso viaje.

-Desde luego; de no ser así, se estropearía todo -dijo la anciana, cubriendo con la mano el pequeño farol, que no extendía su claridad más allá de seis pulgadas sobre el sendero de la víctima-. Tienes que ir sola… y yo te vigilaré desde aquí, querida, hasta que regreses, y luego veremos lo que te llegará a las doce en punto.

-¡Oh, Collogue! ¿Por qué no me acompañas? ¡Oh, Collogue! Ven conmigo, si he de bajar hasta el fondo del castillo…

-Si te acompañara, querida, no volveríamos a subir con vida, ya que los que allí se encuentran nos harían pedazos.

-¡Oh, Collogue! Entonces, retrocedamos y volvamos a mi habitación… He llegado demasiado lejos…

-Desde luego, querida, y por eso mismo has de seguir adelante, hasta el final; en caso contrario, al regresar a tu habitación, verías la apariencia de alguien en vez de un joven y guapo novio.

Anne miró en torno a ella unos instantes, con el terror y la esperanza temblando en su corazón… Luego, con un repentino impulso de valor sobrenatural, saltó como un pájaro de la terraza del Castillo. Por unos momentos fue visible el revoloteo de su vestido blanco. Luego, la anciana, que había estado cubriendo con la mano el pequeño farol, lo dejó en el suelo, se sentó en un pequeño banco de piedra y se dispuso a esperar.

Transcurrió una hora antes de que la joven regresara; su rostro estaba tan pálido y sus ojos tan inmóviles como los de un cadáver, pero llevaba en la mano un vestido chorreante, una prueba de que había cumplido su misión. Se precipitó en brazos de su compañera y permaneció allí jadeando y mirando a su alrededor con aire extraviado, como si no supiera dónde se encontraba. La anciana se sintió también aterrorizada ante el aspecto demencial de su víctima, y se apresuró a llevarla a su habitación. Pero, al llegar allí, lo primero que vio fueron los objetos preparados para las terribles ceremonias nocturnas y, estremeciéndose, se cubrió los ojos con las manos y permaneció completamente inmóvil en el centro de la habitación.

Fueron necesarias todas las persuasiones de la anciana (reforzadas incluso con misteriosas amenazas), combinadas con la progresiva recuperación de la pobre muchacha y la reavivación de su curiosidad, para inducirla a completar las ceremonias nocturnas.

Al final dijo, como desesperada:

-De acuerdo, seguiré adelante: pero en la habitación contigua; y si ocurriera lo que temo, haré sonar la campanilla de plata que me regaló mi padre para que me sintiera más segura por la noche. Y si tienes un alma que salvar, Collogue, apresúrate a venir cuando oigas su primer sonido.

La anciana prometió hacerlo así, dio sus últimas instrucciones con ávida y celosa minuciosidad, y luego se retiró a su propia habitación, contigua a la de la joven. La vela de su farol se había consumido, pero ella avivó los rescoldos del hogar y se sentó junto a la chimenea, decidida a no acostarse mientras existiera la posibilidad de oír un sonido procedente del cuarto de la joven. Y a pesar de lo encallecido de sus sentimientos, se sentía poseída por una mezcla de ansiedad y terror.

La medianoche había quedado ahora muy atrás, y en todo el castillo reinaba un silencio sepulcral. La anciana empezó a dar cabezadas hasta que su frente tocó sus rodillas, se sobresaltó cuando el sonido de la campanilla pareció resonar en sus oídos, volvió a adormilarse, se sobresaltó de nuevo ante el sonido de las campanillas, más claro en esta ocasión… y súbitamente fue despertada del todo, no por la campanilla, sino por los penetrantes y horribles gritos procedentes de la habitación contigua. La anciana, asustada por primera vez de las posibles consecuencias del trastorno que podía haber ocasionado, corrió hacia aquella habitación. Anne era víctima de intensas convulsiones y, de mala gana, la anciana se vio obligada a llamar al ama de llaves (haciendo desaparecer entretanto los utensilios de la ceremonia), y a ayudar a aplicar todos los específicos conocidos en aquella época, plumas quemadas, etc., para restablecer a la joven. Cuando por fin sus esfuerzos se vieron coronados por el éxito, el ama de llaves fue despedida, la puerta fue acerrojada y la Collogue se quedó a solas con Anne; el tema de su conferencia podía haber sido conjeturado, pero no fue conocido hasta muchos años después; pero aquella noche Anne retuvo en su mano, en forma de un arma con cuyo uso ninguna de ellas estaba familiarizada, una prueba de que su habitación había sido visitada por un ser que no tenía forma terrenal.

La anciana apremió a Anne para que destruyera aquella prueba, o al menos se desprendiera de ella, pero la joven se empeñó en conservarla con fatal tenacidad. Parecía creer que había adquirido el derecho, dado que había abordado con tanta decisión los misterios del futuro, a conocer todos los secretos a cuyo descubrimiento podía conducirla el arma en cuestión. Pero a partir de aquella noche, pudo observarse que su carácter, sus modales e incluso su continente se habían modificado. Se hizo cada vez más arisca y solitaria, evitaba la compañía de los que la rodeaban y prohibía imperativamente la más leve alusión a las circunstancias que habían ocasionado aquel misterioso cambio.

Pocos días después de aquel acontecimiento, Anne, que después de almorzar había dejado al Capellán leyendo la vida de San Francisco Javier a sir Redmond para retirarse a su habitación, quedó sorprendida al oír repiquetear ruidosa y repetidamente la campana de la verja exterior: un sonido que nunca había escuchado desde que vivía en el Castillo; ya que los escasos huéspedes que les visitaban solían llegar y marcharse tan silenciosamente como es de rigor en los humildes visitantes de la casa de un gran hombre. Al cabo de unos instantes, por la avenida de olmos que hemos mencionado anteriormente, apareció un imponente caballero, seguido de cuatro criados, todos a caballo, los dos primeros armados de pistolas, y los dos últimos sosteniendo unas grandes alforjas delante de ellos: aunque era la primera semana de noviembre, lo temprano de la hora del almuerzo -la una- dejaba la suficiente claridad para que Anna pudiera apreciar todas aquellas circunstancias.

La llegada del caballero pareció producir una gran agitación en el Castillo, aunque no mal acogida; resonaron órdenes apresuradas para el acomodo de los criados y caballos… se oyeron pasos cruzando los numerosos pasadizos durante una hora entera… y luego se restableció el silencio; y se dijo que sir Redmond había cerrado personalmente la puerta de la habitación donde el forastero y él habían entrado, dando órdenes estrictas de que nadie se acercara a ella. Dos horas más tarde, una sirvienta comunicó a Anne que su padre le había dado órdenes de preparar una abundante cena para las ocho, cena a la que deseaba que asistiera su hija.

Anne bajó a la cocina para encargar que los pollos asados estuvieran bien rociados de azúcar moreno, de acuerdo con los gustos poco refinados de la época, para inspeccionar la mezcla de una escudilla de sagú con su añadido de una botella de oporto y un puñado de las más ricas especias, y en particular para asegurarse de que el budín de guisantes llevaba clavado en el centro un enorme trozo de mantequilla salada, fría. Luego, cumplidos sus deberes domésticos, se retiró a su habitación para ataviarse como la ocasión requería, con un vestido de damasco blanco.

A las ocho fue avisada para que se presentara en el comedor. Entró, de acuerdo con la etiqueta de la época, con el primer plato; pero, cuando cruzaba la antesala, donde los criados sostenían luces y llevaban los platos, alguien tiró de su manga y el arrugado rostro de la Collogue se acercó al suyo.

La anciana susurró:

-¿No te dije que él vendría a buscarte, querida?

Anne notó que la sangre se enfriaba en sus venas, pero avanzó, saludó a su padre y al desconocido con las correspondientes reverencias y luego ocupó su lugar en la mesa. La impresión de espanto y quizás de terror que le había producido el susurro de la anciana no se desvaneció ante el continente del caballero desconocido, que se comportó con singular y silenciosa solemnidad durante el ágape. No comió nada. Sir Redmond, por su parte, se mostraba como coaccionado, serio y pensativo. Al final, poniéndose en pie, dijo (sin llamar al forastero por su nombre):

-¿Beberéis a la salud de mi hija?

El forastero declaró que sería un honor para él, pero llenó su vaso de agua, con aire ausente; Anne dejó caer unas gotas de vino en el suyo, y se inclinó hacia él. En aquel momento, por primera vez en el curso de la cena, contempló su rostro: estaba pálido como el de un cadáver. La lividez mortal de sus mejillas y labios, el hueco y lejano sonido de su voz y el extraño fulgor de sus grandes ojos, oscuros e inmóviles, fijamente clavados en ella, le hicieron interrumpirse e incluso temblar mientras alzaba el vaso a sus labios; lo depositó sobre la mesa y luego, con otra silenciosa reverencia, se retiró a su habitación.

Allí encontró a Bridget Dease, ocupada en avivar la lumbre del hogar.

-¿Por qué estás aquí? -inquirió la joven, en tono impaciente.

La anciana se volvió hacia ella con una fantasmal sonrisa de felicitación:

-¿No te dije que él vendría a buscarte?

-Creo que ha venido a eso -dijo la infortunada joven, dejándose caer en un enorme sillón de mimbre colocado junto a su lecho-, ya que nunca había visto a un mortal con tal aspecto.

-Pero, ¿no es acaso un fino y encumbrado caballero? -insistió la anciana.

-Parece como si no fuera de este mundo -dijo Anne.

-De este mundo, o del otro -dijo la anciana, levantando su huesudo índice-, no olvides mis palabras: ese caballero será tu prometido esposo.

-Entonces, seré la novia de un cadáver -dijo Anne-, ya que lo que he visto esta noche no es un ser viviente.

Transcurrieron dos semanas y, sea que Anne se reconcilió con las facciones que le habían inspirado tanto miedo, al descubrir que eran las más hermosas que nunca había contemplado, y que la voz, cuyo sonido resultaba al principio tan extraño y anormal, adquiría una rara suavidad al dirigirse a ella; sea que resulta imposible que dos personas jóvenes, cuyos corazones están libres, se encuentren a menudo para contemplar en silencio la misma corriente, pasear bajo los mismos árboles y escuchar juntos el viento que agita las ramas, sin experimentar una asimilación de sentimientos sucediendo rápidamente a una asimilación de gustos; sea por el efecto de todas aquellas causas combinadas, lo cierto es que al cabo de otras dos semanas Anne oyó la declaración de la pasión del forastero con muchos rubores, aunque sin un solo suspiro. Él declaró ahora su nombre y condición. Se presentó a sí mismo como un Baronet escocés, sir Richard Maxwell; infortunios familiares le habían obligado a abandonar su país, al que no podría regresar nunca: había transferido su fortuna a Irlanda, y se proponía fijar su residencia allí para siempre.

En aquella época, los noviazgos eran de corta duración. Anne se convirtió en la esposa de sir Richard y la pareja vivió con el padre de ella hasta que sir Redmond falleció; entonces se trasladaron a sus posesiones en el Norte. Vivieron allí varios años, tranquilos y felices, y tuvieron una numerosa descendencia. La conducta de sir Richard se distinguía únicamente por dos peculiaridades; rehuía, no sólo el trato sino incluso el ver a cualquiera de sus paisanos; si se enteraba de la llegada de un escocés al pueblo vecino, se encerraba en la casa hasta haberse asegurado de que el forastero se había marchado. La otra era su costumbre de retirarse a su propia habitación y permanecer invisible para su familia el aniversario del 31 de octubre. Su esposa, que tenía sus propios recuerdos relacionados con aquel período, sólo le interrogó una vez a propósito de aquella reclusión, y fue solemnemente -e incluso ásperamente- intimada a no repetir su pregunta.

Así estaban las cosas, envueltas en cierto misterio, pero sin aparente infelicidad, cuando de pronto, sin ninguna causa que lo justificara, sin Richard y lady Maxwell se separaron, y nunca más volvieron a reunirse en este mundo, ni le fue permitido a ella ver a uno de sus hijos en su lecho de muerte. Sir Richard continuó viviendo en la mansión familiar, y ella fijó su residencia en casa de unos parientes lejanos, en una remota parte del país. La separación fue tan absoluta, que ni siquiera el nombre de uno de ellos volvió a pasar por los labios del otro, desde el momento de la separación hasta el de la disolución.

Lady Maxwell sobrevivió a sir Richard cuarenta años, viviendo hasta la avanzada edad de noventa y cinco; y, cumpliendo la promesa formulada previamente, reveló a un descendiente con el que había vivido las siguientes y extraordinarias circunstancias.

Dijo que en la noche del 31 de octubre, unos setenta y cinco años antes, por instigación de una anciana sirvienta, mala consejera, había lavado uno de sus vestidos en un lugar en el que confluían cuatro arroyos, realizando además otras ceremonias profanas bajo la dirección de la Collogue, con la esperanza de que su futuro marido se le apareciera en su habitación a las doce de aquella noche. Llegó el momento crítico, pero la visión fue muy distinta a lo esperado. Un ser fantasmal se acercó a su lecho, entregándole un arma de hierro de forma y construcción desconocidas para ella, diciéndole que «reconocería a su futuro marido por aquello».

Los terrores de aquella visita la privaron del sentido; pero, al recobrarlo, insistió, como ya se ha dicho, en conservar la espantosa prueba de la realidad de su visión; el arma, al ser examinada, reveló numerosas manchas de sangre seca. Permaneció oculta en uno de los cajones de su armario hasta la mañana de la separación. Aquella mañana, sir Richard se levantó antes del amanecer para asistir a una partida de caza. Necesitaba un cuchillo para cortar una correa y, no encontrando el suyo, despertó a Lady Maxwell, que seguía en la cama, para que le buscara uno. Su esposa, medio dormida, le dijo que encontraría uno en tal cajón de su armario. Sin embargo, sir Richard se equivocó de cajón… y unos segundos más tarde lady Maxwell estaba completamente despierta, viendo cómo su marido acercaba a su garganta la terrible arma, amenazándola con la muerte inmediata a menos de que declarase cómo había llegado a su poder.

En una agonía de horror y contrición, lady Maxwell le contó a su marido la historia de aquella terrible noche. Él la contempló unos instantes con una expresión en la que se mezclaban la rabia, el odio y la desesperación, y luego exclamó:

-Me ganaste con la ayuda del diablo… pero ahora me habrás perdido para siempre.

Aquel mismo día se separaron, para no volver a encontrarse en este mundo.

El secreto de su marido no era desconocido de ella, aunque los medios por los cuales llegó a conocerlo no fueran del todo fidedignos. Excitada fuertemente su curiosidad por la aversión que su marido manifestaba hacia sus paisanos, se vio estimulada todavía más por la llegada al pueblo vecino de un caballero escocés, el cual había manifestado que conocía de antiguo a sir Richard, aludiendo con mucho misterio a los motivos que le impulsaron a abandonar su país. Lady Maxwell, ocultando su personalidad bajo un nombre supuesto, se entrevistó con aquel caballero y se enteró por él de las circunstancias que a partir de entonces amargarían su vida hasta el último minuto.

El caballero le contó lo siguiente:

Sir Richard Maxwell estaba enemistado mortalmente con un hermano más joven; se organizó un festín para reconciliarles, y como el uso de cuchillos y tenedores era desconocido entonces en las serranías, los comensales utilizaban sus dagas para trinchar la carne. Bebieron más de la cuenta; el festín, en vez de limar asperezas, empezó a inflamar sus espíritus; salieron a relucir de nuevo los viejos agravios; las manos, que al principio tocaron las armas con aire de reto, fueron finalmente desenfundadas con rabia y, en la refriega, sir Richard hirió de muerte a su hermano.

Sir Richard se salvó por puro milagro de la venganza del clan y huyó precipitadamente hacia la costa, cerca de la cual se levantaba la mansión, y se ocultó allí hasta que sus amigos pudieran encontrar un barco que le trasladara a Irlanda.

Embarcó la noche del 31 de octubre.

Mientras paseaba por el puente sumido en una indecible angustia, su mano tocó accidentalmente la daga que no había vuelto a extraer de su funda desde la noche fatal. La extrajo ahora y, rogando «que el pecado por la sangre derramada de su hermano se alejara de su alma tanto como él fuera capaz de alejar aquel arma de su cuerpo», la lanzó al aire con todas sus fuerzas.

Aquel instrumento fue el que encontró en el armario de su esposa, y aunque no ha podido averiguarse si creyó realmente que lady Maxwell entró en su posesión por medios sobrenaturales, o si temió que su esposa fue testigo secreto de su crimen, el resultado fue el que hemos narrado.

Por lo demás:

Ignoro si la historia es cierta o no:

Como me la contaron la cuento yo.

 

FIN