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26 de febrero de 2026

TORMENTAS {Relatos}

 



 


 

Mi madre soñaba cosas antes de que estas pasaran y, en sus sueños, encontraba cosas. Yo estaba en la mesa de la cocina cortando una caja de cartón para hacerle puertas y ventanas la mañana en que bajó y dijo que sabía dónde estaba Rua. Tenía mucha prisa.

-¡Voy!

-Apresúrate.

Era una de esas mañanas heladas a mitad de enero, cuando el aire es tan frío que parece nuevo. Cuando salimos, el viento empujó el aire que respiraba de vuelta a mis pulmones. La seguí por la senda hasta el bosque. Una becada voló sobre los árboles. Algo me decía que no debía hablar. Mi madre sabía adónde estaba yendo. Cruzamos una zanja y salimos a un campo de remolachas que no reconocí. Ella se detuvo y apuntó en dirección de un brezal.

-Está ahí -dijo.

Separamos los brezos y ahí estaba Rua, nuestro Setter rojo, con el cuello atrapado en un cepo. Parecía muerto, pero no pude desviar la mirada. Mi madre le aflojó el cepo y le habló. En el alambre había sangre. Lo cargamos hasta casa y le dimos leche, pero no podía tragar. Debajo del abrigo se le notaban los huesos y durmió por tres días. El cuarto día se levantó y siguió a mi madre por la casa como una sombra. Cuando le pregunté si yo también iba a encontrar cosas en mis sueños, ella me dijo que esperaba que eso nunca pasara. No le pregunté por qué. Aun cuando era una criatura, ya sabía desde hacía rato que por qué eran dos palabras que mi madre odiaba.

El tambo era una habitación fría y oscura que mis padres habían llenado con las cosas que apenas usaban, de la época previa a mi nacimiento. La pintura amarilla se abombaba en las paredes y las baldosas húmedas brillaban sobre el piso. Las bridas colgaban endurecidas de las vigas; sus bocados, polvorientos. La mantequera todavía estaba allí y el olor de la leche agria persistía en ella; la madera alisada, pero perforada por la carcoma, las paletas perdidas desde hacía rato. No recuerdo vidrios en esas ventanas, solo barrotes oxidados y el extraño aplauso del viento soplando por entre los árboles.

Alguien llevó la vieja incubadora a los empujones hasta adentro del tambo y un pollo se escapó; una cosa de metal oxidado que solía brillar como cuchara. Pusimos ahí pollos recién incubados, recogiéndolos en nuestras manos como pétalos amarillos y los soltamos en ese calor, bolas cubiertas de plumón con patas siempre en movimiento, asimilando ese calor como propio. El calor nos mantiene vivos. A veces esas bolas amarillas se caen, vencidas por el frío, las patas como flechas naranja apuntando hacia abajo. La mano de mi padre los descartaba como si fueran hierbajos. Mi madre los recogía con cuidado, inspeccionando esos cuerpecitos amarillos en busca de algún signo de vida y, al no descubrir ninguno, decía: «Mi pobre pollo», y me sonreía mientras los deslizaba por el conducto vertedor.

Los coladores de leche también estaban ahí, la gasa vieja colgando en racimos sucios sobre una hebra deshilachada. Y los frascos de mermelada de grosella silvestre que olían como a jerez, reducidos en el vidrio con un reborde de musgo. Mi madre siempre hizo más mermelada de la que podíamos comer. Solíamos hacer jalea de manzanas: cortábamos esas frutas ácidas en cuartos y las hervíamos hasta hacerlas pulpa, con corazones, semillas y todo; vertíamos el fluido grumoso en una funda de almohada vieja, atada a cada una de las patas de un taburete dado vuelta. Goteaba, goteaba, goteaba toda la noche dentro del frasco de conserva.

Iba al tambo cuando me mandaban; por un frasco de barniz, clavos de seis pulgadas, una brida para una yegua cabezona. El picaporte estaba demasiado alto. Tenía que pararme sobre una lata de creosota para alcanzarlo, y el metal sobre el que me paraba era delgado como una hoja. Cuando iba ahí por propia decisión, era para mirar en el arcón, una gran caja oxidada, una valija de pirata de niño. Era tan vieja que si la hubiera vaciado y puesto a la luz, habría sido como mirar a través de un colador. Adentro del arcón no había nada que me gustase: libros viejos, pegados por la humedad y sin ilustraciones, mapas oscurecidos y algunos libros de oraciones.

-Todo esto perteneció a la familia de tu padre -me dijo mi madre, empleando un volumen de voz que, se suponía, él no debía oír.

El arcón era tan largo como yo y la mitad de alto, con una tapa apretada y sin manijas. Lo habría abierto y mirado esas cosas, habría toqueteado los libros de lomos quebrados, con tapas perdidas. Era el pasado; el pasado estaba allí. Sentía que, si pudiese comprender sus contenidos, mi vida tendría más sentido. Pero eso nunca sucedió. Me habría hartado de mirar esas cosas, habría cerrado la tapa de un golpe, habría hecho rechinar el metal.

El próximo sueño cambió todo. Mi madre soñó con su madre, muerta. Sus gemidos me despertaron en medio de la noche. Alguien golpeaba ruidosamente la mesa de la cocina. Bajé furtivamente y me quedé allí, mirando en la oscuridad. Mi madre estaba acurrucada en el piso. Mi padre, quien nunca decía nada cariñoso, le hablaba con ternura, persuadiéndola con brandy, pronunciando su nombre.

-Mary, Mayree, ¡ah, Maayree!

Los dos, que nunca se tocaban, cuyos dedos soltaban la salsera antes de que el otro la agarrase, se estaban tocando. Volví a subir a gatas y escuché, mientras esas palabras cariñosas se convertían en otra cosa.

Por la mañana llegó el telegrama. El cartero se sacó la gorra y le dijo a mi madre que lamentaba los problemas que ella tenía. Mi madre enrolló el telegrama entre sus dedos como si fuera papel de armar cigarrillos. Mi padre hizo los arreglos. Vinieron desconocidos a casa. Una vecina me pegó en la mano cuando encendí la radio. Mi abuela, la mujer con el sarpullido violeta y los pechos surcados por venas azules, que hemos lavado como si se tratara de pintura, volvió rígida del geriátrico, en un cajón forrado con volados, y la pusimos en el frío del salón. Me levanté en medio de la noche y bajé a verla cuando no había nadie. Una ráfaga hizo que de la vela encendida cayera cera sobre el aparador. Sabía poco de ella, excepto que no les tenía miedo a los gansos enojados ni temía agarrarse tuberculosis. Podía curar todo tipo de enfermedad de las aves de corral. Mi madre había crecido rodeada por patos, gallinas y pavos. Le toqué la mano a mi abuela. El frío me dio miedo.

-¿Qué estás haciendo? -me preguntó mi madre.

Todo ese tiempo había estado allí sentada en la oscuridad.

-Nada -le dije.

Los vecinos vinieron a acompañarnos después del funeral, los coches se amontonaron en el camino. Me senté sobre las piernas de desconocidos. Me pasaban de unos a otros como a bolsa de tabaco y me tomé tres botellas grandes de 7UP.

Mi tía se quedó parada, custodiando el jamón. «¿A ver quién va a querer otra tajada?», preguntaba, con el cuchillo mortífero en la mano.

Mi madre se sentó mirando el fuego y jamás dijo palabra. Ni siquiera cuando Rua se subió al sofá y se puso a lamerse.

Pasaron meses. Mi madre se puso a limpiar el establo, aun cuando habíamos vendido las vacas hacía años. Iba con el cepillo y el balde, restregaba los pesebres, el pasillo, e incluso lustraba el tapacubos que empleábamos para servir la leche espumosa a los gatos. Y entonces volvía y le hablaba a las estatuas hasta el almuerzo. Se imaginaba tormentas, se encerraba debajo de las escaleras cuando oía viento, se ponía algodón en los oídos cuando venía el trueno, se escondía debajo de la mesa con Rua.

Una vez, mi padre y yo, enfardando centeno, la observamos en el campo, llamando a las vacas.

-¡Chuck! ¡Chuck! ¡Hersey! ¡Chuck! ¡Hersey!

Se quedó ahí parada, golpeando el balde de cinc para hacer que las vacas imaginarias vinieran a comer. Mi padre la llevó a la casa. Y fue entonces cuando mi madre empezó a vivir en el piso de arriba.

Así que, para cuando llegó el verano, yo era la que llevaba la gran tetera para los segadores de heno, con el pico tapado con una página sacada del Farmer’s Journal. Los hombres chupaban pajitas y me miraban, y le decían a mi padre groseramente que pronto estaría en edad.

Ella vino a buscarme en medio de la noche, vestida con un camisón rojo que nunca le había visto. Me sacó de la cama, bajamos los escalones a oscuras y salimos al prado segado, pasando los montones de heno, con nuestros pies descalzos a los que se pegaban semillas. Y seguimos subiendo por los campos de rastrojo, su mano atornillada a la mía, la parte de atrás de su camisón agitándose al viento. Y entonces alcanzamos la cima y nos recostamos boca arriba, a observar las estrellas, ella con su cabello color bronce y sus palabras de loca, no del todo sin sentido, pero intuyendo lo que nosotros no podíamos entender. Lo mismo que el perro es el primero en oír el coche en el camino.

Señaló lo que llamaba la cacerola, una disposición de las estrellas, y me contó cómo fue que llegó hasta allí. Era un cuento de animales que pasaba en la época de Nuestro Señor, en África. Hubo una sequía. El suelo se había vuelto polvo, e incluso el lecho de los ríos estaba seco. Los animales vagaban por África buscando algo que beber. Las ovejas perdieron la lana y las serpientes, sus pieles, pero una osa joven encontró una cacerola llena de agua y se la dio a beber a todos para sacarlos del apuro hasta que lloviese. Todos los animales bebieron hasta hartarse, pero la cacerola nunca se secaba. Tenía una manija curvada, y cuando llegó la lluvia, las estrellas adoptaron su forma, y eso es lo que pasó. Y entonces también yo pude verla en el cielo.

Estuvimos ahí hasta el amanecer, el olor del heno llegando con el viento. Me contó de mi padre, sobre cómo le había pegado durante quince años porque ella no era igual a las otras mujeres. Me enseñó la diferencia entre querer a alguien y que alguien nos gustara. Me dijo que yo le gustaba tan poco como él porque tenía sus mismos ojos crueles.

No entendí, pero fue entonces cuando empecé a ir al tambo sin que me mandaran. Era un lugar tranquilo. No había nada, solo el viento que soplaba y el borboteo del tanque de agua en lo alto. El agujero en el cielo raso, entre las vigas, permitía ver la casa de muñecas, el lugar donde mis primas solían llevar sus muñecas para golpearles las cabezas contra el tejado inclinado.

Fue un día de tormenta el día en que vino la camioneta para llevársela. Mi padre dijo que se estaba lastimando, pero no era nada que se pudiera ver. Le pregunté si quería decir que estaba sangrando por dentro.

-Algo así -dijo.

Pensé en la imagen del sagrado corazón sobre la estufa, el rojo corazón expuesto, iluminado por la lámpara roja que nunca se apagaba.

Los hombres están llegando a la casa para buscarla. Ella está debajo de la mesa. No puedo ver. Corro al tambo, abro el arcón y miro adentro. Saco un libro de oraciones y paso las páginas. Están gastadas y suaves como el brazo de mi madre. Abro uno de los mapas oscurecidos y rotos, y, hasta no encontrar un lugar que reconozca, no puedo distinguir cuál es la tierra y cuál es el mar. Hay un ala de insecto pegada a Noruega. Los oigo en la habitación de al lado. Abro otro libro y busco ilustraciones, pero no hay ninguna. Me meto en el arcón, me pongo en cuclillas. Oigo vidrio que se rompe. El sonido de lo que ha llegado a ser la voz de mi madre crece hasta el gemido. Algo cae. Empujo la tapa de lata, dejo que el metal caiga sobre mí con un chirrido de óxido, tenso. Todo se pone negro. Es como si yo ya no existiera. No soy yo sentada sobre libros húmedos, dentro de una lata grande y negra. El olor es viejo y mohoso como el olor de la panera o como el de la parte de atrás del aparador cuando quedan migas de torta. Un olor que tiene un siglo. Recuerdo que las ratas una vez royeron la rejilla de la incubadora. Llegaron hasta donde estaban los pollos y encontramos pedazos de plumones con patas por todas partes y las partes carnosas completamente comidas. A otros pollos los encontramos aterrados, exhaustos y escondidos entre latas de pintura o rollos de alambre, todavía incapaces de huir. Los levantamos, sus cuerpos amarillos palpitantes, gritos mínimos y enloquecidos.

Ahora yo manejo la casa. El último que dijo que estaba en edad recibió una quemadura. Mi madre siempre decía que no había nada peor que una quemadura. Y tenía razón. Sucede que no acepto tonterías de nadie. Dejan sus botas de goma afuera y mi padre deja los platos sucios sobre el escurridor. No lo he oído decir que las papas no tienen el centro bien cocinado. Sé usar la cuchara de servir para golpear. Eso también lo sabe. Rua da vueltas a la casa buscándola. Pienso en él como en la sombra de mi madre, vagando por la casa.

La visito los domingos, pero no sabe dónde está ni quién soy.

-Soy yo, mamá -le digo.

-Nunca pude soportar el olor a pescado -dice-. Él y sus arenques.

-¿No me reconoces? Soy Elena.

Elena de Troya! ¡Métete en tu caballo! -dice.

Es buena con las cartas, les hace trampa a los otros y les saca el dinero que les dan para sus gastos cada semana, y la jefa de enfermeras tiene que ir hasta su armario para sacárselo cuando mi madre está en el baño. No se da cuenta. El dinero nunca tuvo ningún interés para mi madre.

Yo sigo volviendo al psiquiátrico. Me gusta el olor a desinfectante en los pasillos, los zapatos con suela de goma de las enfermeras, las peleas por los diarios dominicales. Me gusta que lo que hablan carezca de sentido. ¿Qué dice eso de mí? Mi madre siempre decía que la locura de una familia es hereditaria y yo la tengo por ambos lados. Vivo en una casa con el hombre con quien se casó mi madre. Tengo un perro que casi se murió, pero al que no le importa estar vivo. Cuando me miro al espejo, mis ojos son crueles.

Supongo que tengo mis propias razones para venir aquí. Tal vez necesito algo de lo que tiene mi madre. Un poco apenas. Me quedo con una parte pequeña para mi propia protección. Es como una vacuna. La gente no entiende, pero una tiene que enfrentar el peor caso posible para ser capaz de todo.

 

FIN

 


18 de febrero de 2026

EL CASTILLO DE LEIXLIP

 




EL CASTILLO DE LEIXLIP

 


 

Los incidentes del siguiente relato no están simplemente basados en hechos reales: son hechos reales, ocurridos en una época no muy lejana en mi propia familia. La boda de los protagonistas, su repentina y misteriosa separación, su mutua alienación hasta el último período de su existencia mortal, son hechos reales. No puedo garantizar la veracidad de la solución sobrenatural dada a todos aquellos misterios; pero aún así considero el relato como un excelente ejemplar de narración terrorífica, y nunca podré olvidar la impresión que me produjo cuando la escuché por primera vez entre otras muchas tradiciones espeluznantes de la misma especie.


La tranquilidad de los católicos de Irlanda durante los tormentosos períodos de 1715 y 1745, fue algo digno de loa y realmente extraordinario; el autor de este relato no se ha propuesto analizar sus probables motivos, ya que resulta más agradable dar constancia del hecho en su honor, que atribuirlo a motivos dudosos e insatisfactorios. La mayoría de ellos, sin embargo, manifestaron una especie de secreto disgusto ante aquel estado de cosas, abandonando sus residencias familiares y vagabundeando como personas sin hogar, esperando posiblemente algo mejor de alguna próxima y afortunada contingencia.

Entre estos últimos se encontraba un Baronet jacobita que, cansado de su incómoda situación en una vecindad liberal, en el norte -donde sólo oía hablar de la heroica defensa de Londonderry; de las atrocidades de los generales franceses; y las irresistibles exhortaciones del piadoso Mr. Walter, un clérigo presbiteriano, al que los ciudadanos daban el título de «Evangelista»-, abandonó su residencia paterna, y alrededor del año 1720 alquiló el Castillo de Leixlip por tres años (entonces era propiedad de los Connolly, que lo alquilaban por trienios); y se trasladó allí con su familia, que consistía en tres hijas: la madre había muerto hacía mucho tiempo.

El Castillo de Leixlip, en aquel período, poseía un carácter de romántica belleza y de grandeur feudal, como pocas edificaciones de Irlanda podían exhibir, borrado en la actualidad, desgraciadamente, por la destrucción de sus nobles maderas. Leixlip, aunque sólo se encontraba a siete millas de Dublín, poseía todo el pintoresquismo que la imaginación podría atribuir a un paraje situado a cien millas, no ya de la metrópoli, sino de cualquier localidad habitada. Después de recorrer una larga milla (una milla irlandesa) desde Lucan a Leixlip, el camino -bordeado a un lado por altos muros que delimitan la heredad de los Vesey, y al otro por unos setos que impiden tender la vista más allá- desemboca súbitamente en el Puente de Leixlip, casi en ángulo recto, ofreciendo a la mirada un lujuriante paisaje, de aquellos que resultan imposibles de olvidar, aunque sólo se hayan contemplado en la infancia.

El Puente de Leixlip, una basta pero sólida estructura, se inicia en una alta orilla del Liffey y desciende rápidamente hasta la orilla opuesta, singularmente baja. A la derecha, las plantaciones de la heredad de los Vesey -no oscurecidas ya por muros- casi mezclan sus oscuros bosques en su corriente, con los opuestos de Marshfield y St. Catherine. El río es apenas visible, semioculto por el lujurioso y cimbreante follaje de los árboles. A la izquierda estalla en todos los fulgores de luz, baña los jardines de las casas de Leixlip, rodea los bajos muros de su cementerio, juega con el bote de recreo amarrado debajo de los arcos sobre los cuales se levanta la glorieta del Castillo, para perderse luego entre los majestuosos árboles.

Visibles por encima de los tejados más altos del pueblo, aunque a un cuarto de milla de distancia de ellos, se encuentran las ruinas del Castillo de Confy, el antiguo y orgulloso torreón de los tiempos agitados cuando la sangre corría como agua; y al cruzar el puente se percibe de un modo fugaz la cascada (o paso del salmón, como es llamada), a cuyo esplendor diurno, o belleza nocturna, los rudos caballeros de la época en que el Castillo de Confy era «una fortaleza» probablemente no dedicaron nunca una mirada ni un pensamiento, mientras cruzaban el Puente de Leixlip o vadeaban la corriente antes de que el puente existiera.

Si la soledad en que vivía contribuyó a apaciguar los sentimientos de sir Redmond Blaney, o si habían empezado a oxidarse por falta de colisión con los de otros, es algo imposible de saber, pero lo cierto que el buen Baronet empezó gradualmente a perder su tenacidad en materia política; y excepto cuando un amigo jacobita venía a almorzar con él, y brindaban con una significativa sonrisa por «el Rey al agua», o el párroco hablaba de las esperanzas de mejores tiempos y del éxito final de la causa justa y de la antigua religión, o un criado jacobita silbaba en la soledad de la gran mansión «Charlie is my darling» y sir Redmond contestaba involuntariamente con una profunda voz de bajo, excepto en tales ocasiones, repito, la política del Baronet, lo mismo que su vida, parecía deslizarse de un modo anodino. Las desgracias domésticas, por otra parte, afectaron negativamente al anciano caballero: de sus tres hijas, la más joven, Jane, había desaparecido en circunstancias tan extraordinarias que, a pesar de tratarse de una remota tradición familiar, no resisto a la tentación de narrarla:

La niña era de una belleza y una inteligencia poco corrientes, y le permitían pasear por los alrededores del castillo con la hija de un criado, a la que también llamaban Jane, como nom de caresse. Una tarde, Jane Blaney y su joven compañera se adentraron en el bosque; su ausencia no provocó ninguna inquietud, ya que aquellas excursiones no eran infrecuentes, hasta que su compañera regresó sola y llorando, a una hora muy tardía. Contó que al cruzar un sendero a cierta distancia del castillo, una vieja, vestida de gitana (falda roja y una larga chaqueta verde) surgió súbitamente de detrás de una mata, y cogió a Jane Blaney de la mano; en la otra mano llevaba dos varas de junco, una de las cuales se echó al hombro, entregando la otra a la niña e indicándole por señas que hiciera lo mismo. Su joven compañera, aterrorizada, echó a correr, y oyó que Jane Blaney gritaba detrás de ella: «¡Adiós! ¡Adiós! ¡Pasará mucho tiempo antes de que vuelvas a verme!» La niña dijo que entonces desaparecieron y que ella estuvo a punto de perderse, pero que al final encontró el camino de regreso.

Inmediatamente se inició una exhaustiva búsqueda: se cruzaron los bosques, se exploraron las espesuras y se dragaron las balsas. Todo resultó inútil. Al final se abandonó la búsqueda… y la esperanza. Diez años más tarde, el ama de llaves de sir Redmond, recordando de pronto que se había dejado olvidada la llave de un armario sobre la mesa de la cocina, volvió en busca de ella. Cuando se acercaba a la puerta, oyó una voz infantil murmurando: «Frío… frío… ¡Cuánto tiempo hacía que no me calentaba al fuego!» El ama de llaves entró en la cocina y vio, con el asombro que es de suponer, a Jane Blaney, encogida hasta la mitad de su tamaño normal, y cubierta de harapos, agachada sobre los rescoldos del hogar. Echó a correr, aterrorizada, en busca de los otros criados, pero la visión se había desvanecido. Se dijo que la niña había sido vista posteriormente varias veces, diminuta de figura, como si no hubiese crecido una pulgada desde que cumplió los diez años, y siempre agachada sobre un fuego, en el cuarto de la torre o en la cocina, quejándose de frío y de hambre, y cubierta de harapos. Dícese que su existencia se ha venido prolongando en las mismas desdichadas circunstancias, tan distintas de las de Lucy Gray en la hermosa balada de Wordsworth:

Pero algunos dicen que la niña

Sigue estando viva…

Que han visto a la dulce Lucy Gray

En parajes agrestes;

Anda incansablemente

Y nunca mira atrás;

Y tararea una canción

Que se disuelve en el viento.

La suerte de la hija mayor fue más lúgubre, aunque menos extraordinaria; fue cortejada por un caballero de saneada fortuna y de conducta intachable: además, era católico; y sir Redmond Blaney firmó los artículos matrimoniales, satisfecho de la seguridad del alma de su hija, así como de su futuro material. La boda se celebró en el Castillo de Leixlip; y, cuando la desposada y el novio se retiraron, los invitados siguieron brindando por su felicidad. Súbitamente, con gran alarma de sir Redmond y de sus amigos, se oyeron unos gritos penetrantes que procedían de la parte del castillo donde estaba situada la cámara nupcial.

Algunos de los más valientes se precipitaron escaleras arriba; era demasiado tarde: el desventurado novio se había visto asaltado, en aquella noche fatal, por un repentino y horrible paroxismo de locura. La mutilada forma de la agonizante desposada atestiguaba la mortal virulencia con que había actuado la enfermedad sobre el infeliz marido, que se dio muerte a sí mismo tras el involuntario asesinato de su esposa. Los cadáveres fueron enterrados tan pronto como permitía el decoro, y la historia se mantuvo en secreto.

Las esperanzas de sir Redmond de recuperar a Jane disminuían de día en día, aunque él seguía prestando oídos a los absurdos relatos de los criados; y se suponía que todos sus cuidados estarían dirigidos ahora hacia su única hija superviviente. Anne, viviendo en soledad y recibiendo únicamente la muy limitada educación de las mujeres irlandesas de aquella época, estaba la mayor parte del tiempo a cargo de los criados, entre los cuales vio aumentar su afición a los horrores supersticiosos y sobrenaturales, hasta un extremo que tendría efectos desastrosos sobre su vida futura.

Entre los numerosos sirvientes del Castillo, había una anciana que había sido nodriza de la difunta madre de Lady Blaney, y cuya memoria era un completo Thesaurus terrorum. La misteriosa desaparición de Jane estimuló a su hermana a escuchar las descabelladas historias de acquella bruja, que afirmaba haber visto en cierta ocasión a la fugitiva delante del retrato de su madre en uno de los apartamentos del Castillo, murmurando para sí misma: «¡Ay de mí! ¡Ay de mí! ¡Mi madre nunca imaginó que su querida Jane llegaría a convertirse en lo que es!»

Pero a medida que Anne se hizo mayor, empezó a tomarse «más en serio» las promesas de la anciana en el sentido de que podía mostrarle a su futuro marido, mediante la celebración de determinadas ceremonias, que al principio la joven rechazó como horribles e impías; pero, finalmente, ante las repetidas instigaciones de la anciana, consintió en participar en ellas. El período fijado para la celebración de aquellos misteriosos ritos se estaba acercando: sería el 31 de octubre, la noche en que tales ceremonias resultaban -y se supone que siguen resultando, en el Norte de Irlanda- más intensas en sus efectos. La anciana iba preparando la mente de la joven, para madurar en ella la sumisión y la credulidad, contándole las historias más horribles; y las contaba con una energía espantosa y sobrenatural. Aquella mujer era llamada Coltogue por la familia, un nombre equivalente a chismosa en Inglaterra, o a comadre en Escocia (aunque su verdadero nombre era Bridget Dease); y hacía honor al apodo, con el ejercicio de una infatigable locuacidad, una memoria tenaz y una furia por comunicar e infligir terror que no perdonaba a nadie en la mansión, desde la sirvienta más humilde hasta la misma hija del Baronet.

Llegó el 31 de octubre: el Castillo estaba completamente silencioso antes de las once de la noche; media hora después, la Collogue y Anne Blaney se deslizaban a lo largo de un pasadizo que conducía a la llamada Torre del Rey Juan, en la que se dice que aquel monarca recibió el homenaje de los príncipes irlandeses como Señor de Irlanda, y que, en todo caso, es la parte más antigua de la estructura. La Collogue abrió una pequeña puerta con una llave que había traído con ella y apremió a la joven para que se apresurara. Anne avanzó hasta la poterna, y se detuvo allí indecisa y temblorosa como un tímido nadador en la orilla de una corriente desconocida. Era una oscura noche de otoño; un fuerte viento soplaba a través de los bosques del Castillo, arqueando las rampas de los árboles más bajos casi hasta las olas del Liffey, el cual, hinchado por las recientes lluvias, luchaba y rugía entre las piedras que obstruían su lecho. La empinada pendiente del Castillo se extendía delante de ella, con su oscura avenida de olmos; unas cuantas luces ardían aún en la pequeña aldea de Leixlip… pero dado lo tardío de la hora no tardarían en apagarse.

Anne se estremeció.

-¿Tengo que ir sola? -dijo, anticipándose a los terrores de su espantoso viaje.

-Desde luego; de no ser así, se estropearía todo -dijo la anciana, cubriendo con la mano el pequeño farol, que no extendía su claridad más allá de seis pulgadas sobre el sendero de la víctima-. Tienes que ir sola… y yo te vigilaré desde aquí, querida, hasta que regreses, y luego veremos lo que te llegará a las doce en punto.

-¡Oh, Collogue! ¿Por qué no me acompañas? ¡Oh, Collogue! Ven conmigo, si he de bajar hasta el fondo del castillo…

-Si te acompañara, querida, no volveríamos a subir con vida, ya que los que allí se encuentran nos harían pedazos.

-¡Oh, Collogue! Entonces, retrocedamos y volvamos a mi habitación… He llegado demasiado lejos…

-Desde luego, querida, y por eso mismo has de seguir adelante, hasta el final; en caso contrario, al regresar a tu habitación, verías la apariencia de alguien en vez de un joven y guapo novio.

Anne miró en torno a ella unos instantes, con el terror y la esperanza temblando en su corazón… Luego, con un repentino impulso de valor sobrenatural, saltó como un pájaro de la terraza del Castillo. Por unos momentos fue visible el revoloteo de su vestido blanco. Luego, la anciana, que había estado cubriendo con la mano el pequeño farol, lo dejó en el suelo, se sentó en un pequeño banco de piedra y se dispuso a esperar.

Transcurrió una hora antes de que la joven regresara; su rostro estaba tan pálido y sus ojos tan inmóviles como los de un cadáver, pero llevaba en la mano un vestido chorreante, una prueba de que había cumplido su misión. Se precipitó en brazos de su compañera y permaneció allí jadeando y mirando a su alrededor con aire extraviado, como si no supiera dónde se encontraba. La anciana se sintió también aterrorizada ante el aspecto demencial de su víctima, y se apresuró a llevarla a su habitación. Pero, al llegar allí, lo primero que vio fueron los objetos preparados para las terribles ceremonias nocturnas y, estremeciéndose, se cubrió los ojos con las manos y permaneció completamente inmóvil en el centro de la habitación.

Fueron necesarias todas las persuasiones de la anciana (reforzadas incluso con misteriosas amenazas), combinadas con la progresiva recuperación de la pobre muchacha y la reavivación de su curiosidad, para inducirla a completar las ceremonias nocturnas.

Al final dijo, como desesperada:

-De acuerdo, seguiré adelante: pero en la habitación contigua; y si ocurriera lo que temo, haré sonar la campanilla de plata que me regaló mi padre para que me sintiera más segura por la noche. Y si tienes un alma que salvar, Collogue, apresúrate a venir cuando oigas su primer sonido.

La anciana prometió hacerlo así, dio sus últimas instrucciones con ávida y celosa minuciosidad, y luego se retiró a su propia habitación, contigua a la de la joven. La vela de su farol se había consumido, pero ella avivó los rescoldos del hogar y se sentó junto a la chimenea, decidida a no acostarse mientras existiera la posibilidad de oír un sonido procedente del cuarto de la joven. Y a pesar de lo encallecido de sus sentimientos, se sentía poseída por una mezcla de ansiedad y terror.

La medianoche había quedado ahora muy atrás, y en todo el castillo reinaba un silencio sepulcral. La anciana empezó a dar cabezadas hasta que su frente tocó sus rodillas, se sobresaltó cuando el sonido de la campanilla pareció resonar en sus oídos, volvió a adormilarse, se sobresaltó de nuevo ante el sonido de las campanillas, más claro en esta ocasión… y súbitamente fue despertada del todo, no por la campanilla, sino por los penetrantes y horribles gritos procedentes de la habitación contigua. La anciana, asustada por primera vez de las posibles consecuencias del trastorno que podía haber ocasionado, corrió hacia aquella habitación. Anne era víctima de intensas convulsiones y, de mala gana, la anciana se vio obligada a llamar al ama de llaves (haciendo desaparecer entretanto los utensilios de la ceremonia), y a ayudar a aplicar todos los específicos conocidos en aquella época, plumas quemadas, etc., para restablecer a la joven. Cuando por fin sus esfuerzos se vieron coronados por el éxito, el ama de llaves fue despedida, la puerta fue acerrojada y la Collogue se quedó a solas con Anne; el tema de su conferencia podía haber sido conjeturado, pero no fue conocido hasta muchos años después; pero aquella noche Anne retuvo en su mano, en forma de un arma con cuyo uso ninguna de ellas estaba familiarizada, una prueba de que su habitación había sido visitada por un ser que no tenía forma terrenal.

La anciana apremió a Anne para que destruyera aquella prueba, o al menos se desprendiera de ella, pero la joven se empeñó en conservarla con fatal tenacidad. Parecía creer que había adquirido el derecho, dado que había abordado con tanta decisión los misterios del futuro, a conocer todos los secretos a cuyo descubrimiento podía conducirla el arma en cuestión. Pero a partir de aquella noche, pudo observarse que su carácter, sus modales e incluso su continente se habían modificado. Se hizo cada vez más arisca y solitaria, evitaba la compañía de los que la rodeaban y prohibía imperativamente la más leve alusión a las circunstancias que habían ocasionado aquel misterioso cambio.

Pocos días después de aquel acontecimiento, Anne, que después de almorzar había dejado al Capellán leyendo la vida de San Francisco Javier a sir Redmond para retirarse a su habitación, quedó sorprendida al oír repiquetear ruidosa y repetidamente la campana de la verja exterior: un sonido que nunca había escuchado desde que vivía en el Castillo; ya que los escasos huéspedes que les visitaban solían llegar y marcharse tan silenciosamente como es de rigor en los humildes visitantes de la casa de un gran hombre. Al cabo de unos instantes, por la avenida de olmos que hemos mencionado anteriormente, apareció un imponente caballero, seguido de cuatro criados, todos a caballo, los dos primeros armados de pistolas, y los dos últimos sosteniendo unas grandes alforjas delante de ellos: aunque era la primera semana de noviembre, lo temprano de la hora del almuerzo -la una- dejaba la suficiente claridad para que Anna pudiera apreciar todas aquellas circunstancias.

La llegada del caballero pareció producir una gran agitación en el Castillo, aunque no mal acogida; resonaron órdenes apresuradas para el acomodo de los criados y caballos… se oyeron pasos cruzando los numerosos pasadizos durante una hora entera… y luego se restableció el silencio; y se dijo que sir Redmond había cerrado personalmente la puerta de la habitación donde el forastero y él habían entrado, dando órdenes estrictas de que nadie se acercara a ella. Dos horas más tarde, una sirvienta comunicó a Anne que su padre le había dado órdenes de preparar una abundante cena para las ocho, cena a la que deseaba que asistiera su hija.

Anne bajó a la cocina para encargar que los pollos asados estuvieran bien rociados de azúcar moreno, de acuerdo con los gustos poco refinados de la época, para inspeccionar la mezcla de una escudilla de sagú con su añadido de una botella de oporto y un puñado de las más ricas especias, y en particular para asegurarse de que el budín de guisantes llevaba clavado en el centro un enorme trozo de mantequilla salada, fría. Luego, cumplidos sus deberes domésticos, se retiró a su habitación para ataviarse como la ocasión requería, con un vestido de damasco blanco.

A las ocho fue avisada para que se presentara en el comedor. Entró, de acuerdo con la etiqueta de la época, con el primer plato; pero, cuando cruzaba la antesala, donde los criados sostenían luces y llevaban los platos, alguien tiró de su manga y el arrugado rostro de la Collogue se acercó al suyo.

La anciana susurró:

-¿No te dije que él vendría a buscarte, querida?

Anne notó que la sangre se enfriaba en sus venas, pero avanzó, saludó a su padre y al desconocido con las correspondientes reverencias y luego ocupó su lugar en la mesa. La impresión de espanto y quizás de terror que le había producido el susurro de la anciana no se desvaneció ante el continente del caballero desconocido, que se comportó con singular y silenciosa solemnidad durante el ágape. No comió nada. Sir Redmond, por su parte, se mostraba como coaccionado, serio y pensativo. Al final, poniéndose en pie, dijo (sin llamar al forastero por su nombre):

-¿Beberéis a la salud de mi hija?

El forastero declaró que sería un honor para él, pero llenó su vaso de agua, con aire ausente; Anne dejó caer unas gotas de vino en el suyo, y se inclinó hacia él. En aquel momento, por primera vez en el curso de la cena, contempló su rostro: estaba pálido como el de un cadáver. La lividez mortal de sus mejillas y labios, el hueco y lejano sonido de su voz y el extraño fulgor de sus grandes ojos, oscuros e inmóviles, fijamente clavados en ella, le hicieron interrumpirse e incluso temblar mientras alzaba el vaso a sus labios; lo depositó sobre la mesa y luego, con otra silenciosa reverencia, se retiró a su habitación.

Allí encontró a Bridget Dease, ocupada en avivar la lumbre del hogar.

-¿Por qué estás aquí? -inquirió la joven, en tono impaciente.

La anciana se volvió hacia ella con una fantasmal sonrisa de felicitación:

-¿No te dije que él vendría a buscarte?

-Creo que ha venido a eso -dijo la infortunada joven, dejándose caer en un enorme sillón de mimbre colocado junto a su lecho-, ya que nunca había visto a un mortal con tal aspecto.

-Pero, ¿no es acaso un fino y encumbrado caballero? -insistió la anciana.

-Parece como si no fuera de este mundo -dijo Anne.

-De este mundo, o del otro -dijo la anciana, levantando su huesudo índice-, no olvides mis palabras: ese caballero será tu prometido esposo.

-Entonces, seré la novia de un cadáver -dijo Anne-, ya que lo que he visto esta noche no es un ser viviente.

Transcurrieron dos semanas y, sea que Anne se reconcilió con las facciones que le habían inspirado tanto miedo, al descubrir que eran las más hermosas que nunca había contemplado, y que la voz, cuyo sonido resultaba al principio tan extraño y anormal, adquiría una rara suavidad al dirigirse a ella; sea que resulta imposible que dos personas jóvenes, cuyos corazones están libres, se encuentren a menudo para contemplar en silencio la misma corriente, pasear bajo los mismos árboles y escuchar juntos el viento que agita las ramas, sin experimentar una asimilación de sentimientos sucediendo rápidamente a una asimilación de gustos; sea por el efecto de todas aquellas causas combinadas, lo cierto es que al cabo de otras dos semanas Anne oyó la declaración de la pasión del forastero con muchos rubores, aunque sin un solo suspiro. Él declaró ahora su nombre y condición. Se presentó a sí mismo como un Baronet escocés, sir Richard Maxwell; infortunios familiares le habían obligado a abandonar su país, al que no podría regresar nunca: había transferido su fortuna a Irlanda, y se proponía fijar su residencia allí para siempre.

En aquella época, los noviazgos eran de corta duración. Anne se convirtió en la esposa de sir Richard y la pareja vivió con el padre de ella hasta que sir Redmond falleció; entonces se trasladaron a sus posesiones en el Norte. Vivieron allí varios años, tranquilos y felices, y tuvieron una numerosa descendencia. La conducta de sir Richard se distinguía únicamente por dos peculiaridades; rehuía, no sólo el trato sino incluso el ver a cualquiera de sus paisanos; si se enteraba de la llegada de un escocés al pueblo vecino, se encerraba en la casa hasta haberse asegurado de que el forastero se había marchado. La otra era su costumbre de retirarse a su propia habitación y permanecer invisible para su familia el aniversario del 31 de octubre. Su esposa, que tenía sus propios recuerdos relacionados con aquel período, sólo le interrogó una vez a propósito de aquella reclusión, y fue solemnemente -e incluso ásperamente- intimada a no repetir su pregunta.

Así estaban las cosas, envueltas en cierto misterio, pero sin aparente infelicidad, cuando de pronto, sin ninguna causa que lo justificara, sin Richard y lady Maxwell se separaron, y nunca más volvieron a reunirse en este mundo, ni le fue permitido a ella ver a uno de sus hijos en su lecho de muerte. Sir Richard continuó viviendo en la mansión familiar, y ella fijó su residencia en casa de unos parientes lejanos, en una remota parte del país. La separación fue tan absoluta, que ni siquiera el nombre de uno de ellos volvió a pasar por los labios del otro, desde el momento de la separación hasta el de la disolución.

Lady Maxwell sobrevivió a sir Richard cuarenta años, viviendo hasta la avanzada edad de noventa y cinco; y, cumpliendo la promesa formulada previamente, reveló a un descendiente con el que había vivido las siguientes y extraordinarias circunstancias.

Dijo que en la noche del 31 de octubre, unos setenta y cinco años antes, por instigación de una anciana sirvienta, mala consejera, había lavado uno de sus vestidos en un lugar en el que confluían cuatro arroyos, realizando además otras ceremonias profanas bajo la dirección de la Collogue, con la esperanza de que su futuro marido se le apareciera en su habitación a las doce de aquella noche. Llegó el momento crítico, pero la visión fue muy distinta a lo esperado. Un ser fantasmal se acercó a su lecho, entregándole un arma de hierro de forma y construcción desconocidas para ella, diciéndole que «reconocería a su futuro marido por aquello».

Los terrores de aquella visita la privaron del sentido; pero, al recobrarlo, insistió, como ya se ha dicho, en conservar la espantosa prueba de la realidad de su visión; el arma, al ser examinada, reveló numerosas manchas de sangre seca. Permaneció oculta en uno de los cajones de su armario hasta la mañana de la separación. Aquella mañana, sir Richard se levantó antes del amanecer para asistir a una partida de caza. Necesitaba un cuchillo para cortar una correa y, no encontrando el suyo, despertó a Lady Maxwell, que seguía en la cama, para que le buscara uno. Su esposa, medio dormida, le dijo que encontraría uno en tal cajón de su armario. Sin embargo, sir Richard se equivocó de cajón… y unos segundos más tarde lady Maxwell estaba completamente despierta, viendo cómo su marido acercaba a su garganta la terrible arma, amenazándola con la muerte inmediata a menos de que declarase cómo había llegado a su poder.

En una agonía de horror y contrición, lady Maxwell le contó a su marido la historia de aquella terrible noche. Él la contempló unos instantes con una expresión en la que se mezclaban la rabia, el odio y la desesperación, y luego exclamó:

-Me ganaste con la ayuda del diablo… pero ahora me habrás perdido para siempre.

Aquel mismo día se separaron, para no volver a encontrarse en este mundo.

El secreto de su marido no era desconocido de ella, aunque los medios por los cuales llegó a conocerlo no fueran del todo fidedignos. Excitada fuertemente su curiosidad por la aversión que su marido manifestaba hacia sus paisanos, se vio estimulada todavía más por la llegada al pueblo vecino de un caballero escocés, el cual había manifestado que conocía de antiguo a sir Richard, aludiendo con mucho misterio a los motivos que le impulsaron a abandonar su país. Lady Maxwell, ocultando su personalidad bajo un nombre supuesto, se entrevistó con aquel caballero y se enteró por él de las circunstancias que a partir de entonces amargarían su vida hasta el último minuto.

El caballero le contó lo siguiente:

Sir Richard Maxwell estaba enemistado mortalmente con un hermano más joven; se organizó un festín para reconciliarles, y como el uso de cuchillos y tenedores era desconocido entonces en las serranías, los comensales utilizaban sus dagas para trinchar la carne. Bebieron más de la cuenta; el festín, en vez de limar asperezas, empezó a inflamar sus espíritus; salieron a relucir de nuevo los viejos agravios; las manos, que al principio tocaron las armas con aire de reto, fueron finalmente desenfundadas con rabia y, en la refriega, sir Richard hirió de muerte a su hermano.

Sir Richard se salvó por puro milagro de la venganza del clan y huyó precipitadamente hacia la costa, cerca de la cual se levantaba la mansión, y se ocultó allí hasta que sus amigos pudieran encontrar un barco que le trasladara a Irlanda.

Embarcó la noche del 31 de octubre.

Mientras paseaba por el puente sumido en una indecible angustia, su mano tocó accidentalmente la daga que no había vuelto a extraer de su funda desde la noche fatal. La extrajo ahora y, rogando «que el pecado por la sangre derramada de su hermano se alejara de su alma tanto como él fuera capaz de alejar aquel arma de su cuerpo», la lanzó al aire con todas sus fuerzas.

Aquel instrumento fue el que encontró en el armario de su esposa, y aunque no ha podido averiguarse si creyó realmente que lady Maxwell entró en su posesión por medios sobrenaturales, o si temió que su esposa fue testigo secreto de su crimen, el resultado fue el que hemos narrado.

Por lo demás:

Ignoro si la historia es cierta o no:

Como me la contaron la cuento yo.

 

FIN

 

9 de febrero de 2026

EL VECINO {Relatos}

 



 


Casi amurallando por detrás el antiguo caserón de la estancia sito a medio declive de una loma, seguramente para darle más vista sobre el campo frontero, afloraban dilatados peñones grises entre manchas de breña, hasta perderse la meseta así formada en un vasto pajonal donde el viento parecía arropar sin fin su desnudez fluida.

Durante el verano, la limpieza del granito cobraba al atardecer un encanto de azotea en aquellas lajas agujereadas acá y allá por hoyos cilindricos tan regulares que les llaman morteritos con justa semejanza, y que excavando un sombrío frescor de tinaja conservaban hondamente restos de lluvia; mientras en invierno, era allí de tibio que inspiraba al tordo locuaz, el solcito de las mañanas tranquilas. El silencio del campo ascendía en la quietud de un éxtasis de belleza. Hasta sobre la tierra que la escarcha asoló, la temperie otoñal como que atardaba una benignidad de rescoldo en la apagada fragancia de su ceniza. Y era allí donde solíamos ver bastante de cerca, hacia el lado del pajonal, un zorro ya viejo a juzgar por su pelambre amarillenta, que, como quien sale al balcón, tomaba también sobre su peña la resolana.

Tenía la particularidad de ser rabón casi a mitad de cola, tal vez por haber perdido lo que de ella le faltaba en alguna trampa de resorte o de nudo; pues ahí donde lo ven, es el zorro un animal decidido, que no vacila en cortarse con los dientes el miembro apresado, hasta para ir muchas veces a morir en su madriguera.

Quién sabe por qué vendría el que digo a instalarse allá, pues apareció de un día para otro cinco o seis años antes; pero se vería que el sitio era de su conveniencia en el tesón con que resistió la porfiada hostilidad de los perros, hasta que éstos cansados de perseguirlo inúltilmente, acostumbráronse a verlo también sin alterarse. La conveniencia, decía la capa taza refunfuñando, determinábanla, por cierto, las gallinas de la estancia, con alguna de las cuales solía tentarse a veces, sagaz para la gordura hasta servirse siempre de lo mejor; pero además de que le achacaban el pillaje de las otras alimañas no menos aficionadas a regalarse así, el apego debía consistir, principalmente, en los copiosos desperdicios que sobraban hasta para podrirse por los contornos cuanto apretaba el calor, sin contar el desecho de las carneadas que entonces solía comprender lebrillo y bofes. (1)

El caso es que habíasenos vuelto familiar con la permanencia, y que, de tal suerte, acabamos por llamarle “el vecino” y aun profesarle alguna simpatía en atención a sus tretas y audacia; pues tratábase, sin duda, de un “zorro corrido”, al tenor del refrán, conforme lo bien mostraba su malicia.

Así, cuando nos veía asomar por la loma, sin peligro para él, aunque fuésemos armados de rebenque o garrote, dejábanos acercar, muy sí señor, sentadito sobre su troncho de cola, ya rascándose la oreja vivamente, arrugado el hocico y fruncido el ojo como si eso fuera todo su quehacer, ya alargándonos con descaro una mirada de viejo socarrón que sesgaba a contraluz su filoso vidrio; pero si llevábamos la escopeta, o simplemente las manos bajo el poncho, escabullíase al acto entre el pajonal del que nunca se alejaba.

Oíamos algunas noches, cuando anunciaba tormenta la lobreguez, el ladrido corto y áspero con que, según los paisanos, se nombra el zorro: ¡Juan, Juan!, coligiendo que era el suyo por la tranquilidad de los perros; pues, de lo contrario, habríanse revuelto sin tardanza, como sucedió otras veces, dispuestos a la persecución.

Indiferencia que no dejaba de suscitar la acostumbrada conjetura:

-Ha de ser el vecino.

Y los comentarios, a empezar por el grito con que y que así llaman al compañero, tocayo, claro está, desde que todos ellos son Juanes como el carancho es don Rosa y el sapo ño Bailón, tal vez por los saltitos - ¡vaya uno a saber! …-; pero más interesantes eran las costumbres zorruñas que, ciertas, y no, cada cual iba recordando.

Desde luego, la de parar en seco a lo mejor de la fuga, y mientras los perros pasan allá con el ímpetu, volverse sobre el rastro para despistarlos por el olfato, confundiéndose a la vista entre los reflejos grisáceos del pastizal; o la de fingirse muerto, si otro recurso no le queda, y con tal perfección, que puede usted arrastrarlo de una pata o de la cola sin que dé muestras de sentir, aun estando mal herido;

O todavía, cuando se ve acosado, la de expedirse, digamos así, alzando la pata al cruce en la boca de alguna cueva, para que la perrada se entretenga allá con el tufo y lo crea escondido adentro.

De tal suerte nacería el cuento aquel, cuando diz que su tío el tigre, enojado por no sé qué travesura, le puso de centinela al carancho en la puerta de una vizcachera donde se había refugiado y de la cual escapó, según, acaso, les relate cualquier día; (2) pero volviendo a lo que saben o por sabido lo dan, aseguran otros que si logra parar alguna perdiz, pues acostumbra rastrearlas como el perro, pónese a contornear la mata donde el ave se oculta, hasta que así la marea y atrapa aturdida sin movimiento.

Ni falta quien sostenga que lo mismo procede con las gallinas cuando duermen en su árbol habitual, cuyo tronco ronda, arañándolo primero para que alguna se despierte y se ponga a atisbar curiosa el brillo de sus ojos en la oscuridad -un. reflejo verdoso bastante lúgubre, como he visto alguna vez- con que, por fin, le da el vértigo y cae redonda al antojo del muy voraz.

Pero sucede que también le toca a él la mala, cuando el ampalagua lo sorprende distraído. Qué listo no se descuida una vez, y cuando él acuerda, está ya bajo el dominio de la serpiente, que hecha rollo en algún matorral, lo sujeta con la mirada, atrayéndolo a pesar de sus alaridos y amagos de escapatoria; pues, por momentos, parece que le da soga como para divertirse con su desesperación, y así lo va acercando, dijera uno que a la rastra, según deja el suelo de arañado el pobre Juan, mientras acaba de rendirlo, pronta la bocaza dientuda cuyo resuello feroz esgarra el rumor continuo de una caldera que va a hervir. Entonces, no tiene más que envolverlo y ahogarlo de un apretón, aunque al entregarse, apenas tirita ya, paralizado por el aogo y el miedo. (3)

Quedará también para un día de éstos, si Dios quiere, la narración del provecho que le saca a la iguana, siguiéndola cuando va a batir alguna planta de piquillín con la cola y así le echa abajo la fruta; (4) o la explicación del modo como se arregla si la necesidad lo obliga a la pesca y la efectúa sin tener que entrar al agua; y entre tantos cuentos como el que recordé a propósito del carancho y el tigre, aquel tan gracioso de cuando le robó al avestruz el chiripá dejándolo en calzoncillos que por esto, dicen, el pajaróte, al correr, suelta las alas tapando así, como puede, sus paños menores.

Pues era cosa de no acabar con todo lo que allá se oía.

Entretanto, ahuyentados por otra parte, o por lo que fuese, empezaron los leones a abundar de tal modo, que ni armas ni trampas podían contener el daño. Decidimos entonces recurrir al veneno, y la primera presa que se halló a medio tapar -potrillo u oveja- recibió su buena dosis de estricnina. **

Transcurrió una noche “atravesada”, que le dicen por su mal cariz; y apenas el sol del día siguiente alzó de las quebradas la niebla perezosa, partimos al galope hacia la que escondía la presa envenenada bajo su maraña tenaz.

El efecto estaba alcanzado. A pocas varas, tan solo, yacía el puma, todavía sucio de sangraza el hocico. Poco más allá, un carancho participante. Y casi a su lado, como repitiendo en la muerte la fábula campera, pues, el vecino, una pata al aire, ya rígida, el vecino con su mitad de cola que lo caracterizaba a no dejar duda.

-¡Pobre zorro viejo -compadeció el patrón-, de qué le valieron mañas!

Y todos sonreímos ante aquel responso, no sin alguna desazón.

 

FIN

 

Notas:

* En La Nación. Buenos Aires, domingo 11 de julio de 1937 sec. 2a, p. 3. Ilustración de Juan Carlos Huergo.

 

** En el diario se ha omitido una línea -caída en la composición tipográfica- inmediatamente después de esta frase.

1- Lebrillo: más correctamente, “librillo”, una de las cuatro partes del rumiante: panza, bonete, libro o librillo y cuajar. El nombre proviene porque es un globo lleno de aparentes “libritos”. Bofes: pulmones del animal.

2- En varios sitios de sus cuentos serranos, el narrador promete futuros relatos acerca de materia a la que alude, sin explicitarla.

3- Aojo: ojeo, aojamiento o mal de ojo, daño que una persona puede hacer a otra con sólo mirarla, por tener una “mirada fuerte”. El curandero, con sus recursos, debe “quebrar la mirada” del que ha producido el mal.

4- Piquillín: Condalia microphylla, arbusto xerófilo que integra el monte con el tala, el espinillo, el chañar. Es muy ramoso y su copa no excede los tres metros de altura; tronco de color ceniciento. Proporciona buena madera para mangos, postes y para combustible; con los frutos se prepara un arrope y una bebida fermentada.

 


29 de enero de 2026

EL DIABLO DE CERA [Relatos]

 




 

La multitud cacareante había formado círculo alrededor de una cosa espantosa, cubierta con un grasiento trozo de lienzo.

Las miradas se fijaron un instante en la forma humana que podía adivinarse bajo el sucio embozo, y luego se alzaron hacia el piso superior de un triste inmueble, cuya destartalada fachada mostraba un cartel de «Por alquilar» en descomposición.

-¡Mirad, la ventana está abierta! ¡Ha caído de allí!

-¡Ha caído… o ha saltado!

El amanecer era desapacible, y algunos faroles ardían aún aquí y allá. La multitud se componía principalmente de personas que tenían que levantarse muy temprano para acudir a la fábrica o a la oficina. A pesar de que desembocaba en Cornhill, la calle no era muy animada; transcurrió bastante tiempo antes de que los bobbies descubrieran el cadáver, que permanecería allí, en su ridícula postura de muñeco desarticulado, hasta que llegara el comisario. Éste no tardó en aparecer por la acera contraria, acompañado por un joven de rostro inteligente.

El comisario era bajito y tripudo, y no parecía haberse despertado aún del todo.

-¿Accidente, asesinato, suicidio? ¿Cuál es su opinión, inspector White?

-Es posible que se trate de un asesinato. De un suicidio, tal vez, aunque el motivo no está demasiado claro.

-Para mí es un caso sin importancia -afirmó lacónicamente el comisario-. ¿Conocía usted al muerto?

-Sí, se llamaba Bascrop. Soltero y bastante rico, vivía como un ermitaño -respondió White, el cual se esforzaba en adoptar el tono seco de su implacable superior.

-¿Vivía en esta casa?

-Desde luego que no, ya que está por alquilar.

-En tal caso, ¿Qué hacía en ella?

-Este inmueble le pertenecía.

-¡Ah! Bien, será una encuesta sin importancia, inspector White. No creo que le ocupe mucho tiempo.

Cuando el jurado hubo descartado la eventualidad del asesinato, White reanudó la investigación por su cuenta. Nada permitía, en efecto, excluir la posibilidad de que se tratara de un crimen.

El joven oficial de la policía había quedado particularmente impresionado por la expresión de indescriptible angustia que había conservado, en la muerte, el rostro del poco sociable Bascrop.

Había entrado en la casa vacía, había subido la escalera hasta el tercer piso y había entrado finalmente en la habitación misteriosa, cuya ventana había quedado abierta. Al pasar, había observado que todas las habitaciones estaban completamente desprovistas de muebles. En aquella, de todos modos, había varios objetos de aspecto mísero: una silla destartalada y una mesa de madera blanca. Sobre esta última se erguía una vela, que una corriente de aire debió apagar, poco después del drama.

Una capa de polvo cubría la mesa, que sólo estaba limpia en tres lugares. En efecto, el polvo llevaba las marcas de dos pequeños círculos y de un rectángulo completamente regular. White no tuvo que reflexionar mucho para descubrir la causa.

-Bascrop -se dijo- se sentó a leer a la luz de la vela. En el lugar de aquel rectángulo debía encontrarse el libro; en cuanto a los dos círculos, sin duda fueron formados por los codos del difunto. Pero, ¿Dónde está el libro en cuestión? Nadie más que yo ha entrado en esta casa, después de la muerte del propietario. Por lo tanto, el desdichado lo tenía seguramente en la mano en el momento de su caída.

White continuó su razonamiento. Por un lado, la calle desembocaba en Cornhill, efectivamente; pero, por el otro extremo, iba a parar a un laberinto de callejones de muy mala fama. En la mayoría de las puertas podía leerse esta inscripción trazada con tiza: «Llamar a las cuatro».

En los alrededores, pues, tenía que vivir un vigilante nocturno, y era posible que aquel hombre supiera algo.

El vigilante nocturno era un viejo sucio y repugnante que olía a alcohol a la legua y que recibió a White con evidente desagrado.

-No sé nada, absolutamente nada. Me contaron que un hombre cansado de la vida saltó desde el tercer piso. Son cosas que pasan.

-¡Vamos! -dijo secamente White-. Entrégueme el libro que encontró cerca del cadáver, si no quiere verse complicado en un asesinato.

-Encontrar no es robar -se burló el viejo-. Y, por otra parte, yo no estuve allí.

-¡Cuidado! -amenazó White-. Ese libro puede ser el principio de una cuerda que acabe alrededor de su cuello…

El viejo vaciló unos instantes y terminó por murmurar, de mala gana:

-Bueno, ese libro podría valer un chelín.

-¡Aquí tiene su chelín!

Así fue cómo White consiguió entrar en posesión del libro que buscaba.

* * *

-¡Un libro de magia, y que data del siglo XVI! -gruñó el inspector-. En aquella época, los verdugos no dejaban de quemar esta clase de obras, y hacían perfectamente.

Empezó a hojearlo lentamente. Una página doblada por uno de sus extremos llamó su atención. Se puso a leer con creciente interés. Cuando hubo terminado, su rostro tenía una grave expresión.

-¿Por qué no habría de intentarlo también yo? -murmuró.

Poco antes de medianoche se dirigió a la calle desierta, empujó la puerta de la siniestra mansión y trepó por la escalera en medio de las tinieblas.

La oscuridad no era absoluta: una luna llena barría el cielo con sus rayos fríos y enviaba suficiente claridad a través de los cristales polvorientos de las ventanas.

Al llegar a la habitación del drama, White encendió la vela, ocupó el lugar de Bascrop y abrió el libro por la página previamente señalada. En ella podía leerse:

«Encended la vela a las doce menos cuarto de la noche y leed la fórmula en voz alta».

Se trataba de un texto en prosa, muy oscuro, del cual el inspector no comprendía nada. Pero cuando hubo terminado la lectura y tosió ligeramente para aclararse la garganta, oyó que el reloj de un campanario daba las doce campanadas fatídicas.

White levantó la cabeza y profirió un espantoso grito de horror.

* * *

White no ha podido describir nunca con precisión lo que vio en aquel momento. Hoy, todavía, duda de haber visto realmente algo. Sin embargo, había experimentado la sensación de ver avanzar hacia él a un ser sombrío y amenazador, que le obligó a retroceder hacia la ventana.

Un miedo indecible inundó su corazón. Pensaba que tenía que abrir aquella ventana, que tenía que continuar batiéndose en retirada, y que finalmente se arrojaría a la calle para ir a estrellarse contra el pavimento, tres pisos más abajo. Una fuerza invisible le impulsaba a hacerlo.

Su voluntad le abandonaba, se daba perfecta cuenta. Pero una especie de instinto -el del policía que tiene que luchar por su vida- permanecía despierto en él. Un esfuerzo sobrehumano le permitió apoderarse de su revólver. Apelando a todas las fuerzas de que podía disponer aún, consiguió apuntar el arma sobre la sombra misteriosa y apretar el gatillo.

Una seca detonación desgarró el silencio nocturno, y la vela voló en pedazos.

White perdió el conocimiento.

* * *

El médico que estaba a la cabecera de su lecho cuando se despertó, sacudió la cabeza, sonriendo:

-¡Bien, amigo mío! -exclamó-. Nunca había oído decir que pudiera derribarse al diablo por medio de un simple revólver. Y, sin embargo, eso es lo que hizo usted.

-¡El diablo! -balbució el inspector.

-Mi joven amigo, si no hubiera alcanzado usted la vela con aquel disparo, no cabe duda de que su final hubiera sido el mismo que el del desdichado Bascrop. Ya que el nudo del misterio era la vela, precisamente. Su antigüedad se remonta a cuatro siglos, como mínimo, y fue fabricada con una cera empapada en alguna materia volátil terrible, cuya fórmula poseían los brujos de la época. La longitud del texto mágico a leer estaba calculada de tal modo que la vela tuviera que arder durante un cuarto de hora, lo cual es más que suficiente para que toda una habitación se llene de un gas peligroso, destinado a emponzoñar el cerebro humano y a despertar en la víctima la obsesionante idea del suicidio. Confieso que esto no es más que una suposición, aunque no creo que se aparte mucho de la realidad.

White no sentía el menor deseo de entablar una discusión sobre la materia. Por otra parte, ¿qué otra hipótesis hubiese podido emitir? A menos que… No, era preferible no pensar más en aquel asunto.

 

FIN

 


14 de enero de 2026

PRIMER BAILE [Relatos]

 



 

I

La señora Marquesa estaba de un humor insoportable: habíase levantado media hora antes, y envuelta en un rico peinador guarnecido de encajes de Valencianas, tomaba chocolate con bizcochos, que iba cogiendo de una salvilla de plata. En este breve tiempo había reñido a la doncella francesa porque hacía frío, y al valet de chambre porque la chimenea daba calor: había despedido con cajas destempladas a sus cuatro hijos menores, que con el haya inglesa al frente entraban en corporación a darle los buenos días; y había también -y esto era grave- negado una sopita de chocolate a Fly, la galguita inglesa: ofendida ésta de tan desacostumbrado desaire, volvió el rabo a la ilustre dama, y se tendió en su cojín de terciopelo, aplicando al favor de los poderosos, que personificaba en su dueña, aquella sentencia de su paisano Shakespeare: «¡Inconstancia, tu nombre es mujer!».

Indudablemente aquellos primeros truenos anunciaban una tormenta deshecha; y allí a dos pasos, sin ningún paraguas que la resguardase del aguacero, sin ningún pararrayos que la pusiese a cubierto de las chispas eléctricas, se hallaba la pobre Lulú, la hija mayor de la Marquesa, colegiala quince días antes en el Colegio del Sagrado Corazón. La pobre niña, no pudiendo esconderse en ninguna parte, escondía al menos las manos en los bolsillos de su bata, y clavaba los ojos en la alfombra como si estudiase sus dibujos, por no atreverse a fijarlos en el encapotado rostro de su madre.

-Quiero que me digas -decía ésta con ese tono breve y convulsivo, propio de la cólera contenida- por qué no quieres venir al baile de la Embajada.

Y para dar tiempo a la respuesta, la señora Marquesa se tomó una sopa de chocolate. Lulú no contestó: hizo dos o tres pucheritos, y escondió aún más hondamente las manos en los bolsillos de la bata. De buena gana hubiera escondido también la cabeza; pero eran los bolsillos demasiado pequeños.

-¡Contesta y no me desesperes! -exclamó la Marquesa, llegando ya a los límites de la exasperación-. ¿Por qué no quieres venir al baile?

Lulú se echó a llorar.

-¡Dios nos asista! -exclamó la dama-. Baile más llorado y más rabiado jamás se ha visto en la vida…

Contesta, niña, contesta; que es tu madre quien te pregunta.

Lulú levantó al fin aquellos hermosos ojos azules, que respiraban candor y pureza, y dijo con voz ahogada:

-Porque no quiero ponerme escotada…

-¿Acaso temes constiparte? -dijo la Marquesa, que no alcanzaba otra causa de aquella repugnancia.

-No, señora; no es por eso… Es que decía Madre Catalina…

-¡Ah! -exclamó la Marquesa, irguiéndose en su butaca, cual Juno en su carro tirado por pavos reales-. ¡Decía la Madre Catalina! ¿Y qué decía la Madre Catalina…?

-Que ese traje no era…, vamos, que no era decente… y que las señoras que ponen la moda eran las que debían desterrarlo.

La Marquesa se puso pálida de rabia, y si la Madre Catalina llega a caer en aquel instante en sus manos, cierto es que vuelve al convento sin ojos y sin boca.

-¿Con que eso decía la Madre Catalina? -exclamó con cierta calma rabiosa.

-Sí, señora; y el Padre Jacinto me dijo…

-¿También el Padre Jacinto?

-Sí, señora; el Padre Jacinto me dijo que procurase no vestir nunca de ese modo.

-¿Porque sin duda era pecado…?

-No me dijo que fuese pecado… Sólo me aconsejó que no lo usara.

-¿Y qué más te dijo el Padre Jacinto…?

-Que no valsase.

-¿Porque también era pecado…?

-Tampoco me dijo que fuese pecado; pero me aconsejó también que no lo hiciera.

-¿Y qué razón tenía para eso el Padre Jacinto?

-Eso no me lo dijo.

-¿Y la Madre Catalina?

-Tampoco me dijo nada.

La Marquesa estalló al fin: apuró de un sorbo el resto del chocolate, como para tomar fuerzas, y volvió a colocar con tal violencia la jicara en el platillo, que lo rompió en dos pedazos. El agua sufrió los flujos y los reflujos del mar en su copa de cristal de Bohemia; los bizcochos se dispersaron por el suelo; anunciando el final del desayuno; Lulú se encomendó a todos los santos del cielo; la impasibilidad británica de Fly se contentó con levantar la cabeza.

-Pues mira -dijo la Marquesa, dando con el puño cerrado en el brazo de la butaca-. El Padre Jacinto manda en su sotana, y la Madre Catalina en sus enaguas, y yo mando en mi hija, ¿te enteras…?

Lulú no se enteraba: asustada la pobre niña, había cruzado sus manitas, y rezaba mentalmente, sin darse cuenta de ello, aquella oración del Trisagio: «Aplaca, Señor, tu ira, tu justicia y tu rigor: ¡misericordia, Señor!». La Marquesa continuó elevando progresivamente la voz, hasta las últimas notas de un furioso crescendo.

-Vendrás esta noche al baile de la Embajada, por encima del sombrero de teja del Padre, y por encima de la toca de la Madre… ¡Irás con el traje escotado que va a traer la modista…! ¡Bailarás con el duquesito, porque así se lo he prometido yo, y porque es menester que aprendas lo que el Padre Jacinto y la Madre Catalina debieron haberte enseñado…! ¡Es menester que aprendas a obedecer a tu madre!

-Pero, mamá -exclamó Lulú llorando a lágrima viva-; si me dijo el Padre Jacinto…

-¿Qué más dijo el Padre Jacinto?

-Que si usted me lo mandaba y yo no podía convencerla, que en las dos cosas obedeciese.

-¡Pues como no me has convencido, vendrás al baile de pie o de cabeza!

-Sí, señora; iré de pie, y como usted mande.

La Marquesa bajó dos puntos el diapasón de su cólera, y añadió en tono dogmático:

-El tercer mandamiento de la ley de Dios manda honrar padre y madre.

-No es el tercero, mamá; es el cuarto. El tercero es santificar las fiestas.

-¡El tercero o el cuarto, o el veinte milquinientos! -exclamó la Marquesa, que estaba más fuerte en el reparto de la última ópera, que en el orden riguroso de los preceptos del Decálogo-. ¡Lo que importa es que lo tengas presente!

-Sí, señora; haré lo que usted mande.

-¡Pues no faltaba más, sino que pretendiese el Padre Jacinto turbar la paz de mi casa…!

-No, señora, no -le interrumpió Lulú-. El Padre Jacinto es un santo.

-¡Pues que lo pongan en el altar, y le enciendan dos velas! -replicó violentamente la Marquesa-. Pero de ninguna manera tolero que por causa de sus chocheces, me seas desobediente.

-Pero, mamá, si…

-¡Calla…! Y mira que no le vayas a hablar al duquesita del Padre Jacinto, ni de la Madre Catalina, ni de novenas, ni de las bobadas del colegio… Ya ese tiempo pasó, hija mía: ahora es menester que pienses en que eres ya una señorita que va a entrar en el mundo… Por eso quiero presentarte esta noche en la Embajada… El duquesito es un pollo de lo más agradable que darse puede…; te quiere muchísimo. No queda día que no pregunte por la bella Lulú…

-¿Por mí? -dijo Lulú, abriendo los ojos asombrada-. ¡Pues si sólo una vez le he visto en la vida!

-¿Y qué te pareció?

-Me pareció muy tonto.

-¿Tonto…? ¿Tonto el chico más a la moda de Madrid…? ¿Tonto el mejor partido de la Corte?

-¡Pues si no me dijo más que tonterías…!, que si el Real estaba lleno y el Español vacío…, que su caballo «Pitt» había ganado una copa en el hipódromo…, que iba a introducir la moda del frac encarnado… Yo le dije que parecería un cangrejo…

-¿Eso le dijiste? -exclamó otra vez sulfurada la Marquesa.

-Se me escapó sin pensar, y creo que no le gustó, porque se puso muy serio.

-¡Pues claro está…! ¿Cómo había de gustarle…? Vamos, si esta hija mía parece que viene de las Batuecas… ¡Decirle que parecería un cangrejo…! ¿A quién sino a ti se le ocurre semejante sandez…? ¿Sabes lo serio que ha sido el asunto de los fracs colorados? Periódicos muy formales han discutido si debía o no admitirse, y justamente el duquesito era el defensor más acérrimo… ¡Y decirle que parecería un cangrejo…! Vamos, si eso no se le ocurre más que… al Padre Jacinto o a la Madre Catalina…

-¿Pero yo qué entiendo de eso, mamá? -dijo Lulú apurada.

-Pues aprende, o a lo menos calla, que ni siquiera a callar has aprendido en el colegio… Éste es le fruto de la decantada educación de las monjas, que tu abuela me obligó a darte -prosiguió la dama en tono patético-. ¡Para esto me impuso el inmenso sacrificio de tenerte en el colegio, separada de mí, hasta los 17 años…!

La señora Marquesa mentía al decir esto con un descaro digno de su lavandera: la pobre Lulú había permanecido en el colegio hasta los 17 años, porque estorbaba a su madre por la vida, no licenciosa, pero sí frívola y disipada que llevaba: porque la edad de la niña ponía de manifiesto que la de la señora Marquesa había pasado mucho tiempo antes los límites de la juventud: porque le era preciso a su vanidad ocultar todo el tiempo posible aquellos años que todos los ardides de la infeliz no lograban borrar de su inexorable fe de bautismo; aquellos años que sonriendo irónicamente iba contando la muerte: aquellos años en que los pasatiempos y frívolos devaneos de la mujer habían ahogado los sencillos, los puros, los santos goces de la madre… ¡Aquellos años que habían de ser juzgados día por día, hora por hora, momento por momento, en el terrible tribunal en que sentencia Jesucristo las almas de los muertos…!

 

II

Las lamentaciones de la dama fueron interrumpidas por Nanette, la doncella francesa, que anunció la llegada del traje de la señorita.

La Marquesa lanzó una exclamación de alegría y se levantó para recibirlo: Lulú no se movió de su sitio. Un criado entró cargado con una inmensa excusabaraja de finísimos mimbres, y la depositó sobre la alfombra. Nanette levantó la tapa, y apareció el confuso remolino de gasas, crespones, flores y cintas, que constituían el traje de baile. La misma Marquesa, ayudada por Nanette, colocó artísticamente el vestido sobre un diván de raso azul celeste: era de gasas blancas, y no tenía más adornos que algunas guirnaldas de jazmines.

-¡Lindísimo! -exclamó la Marquesa, buscando para contemplarlo el verdadero punto de vista-. ¡Qué sencillez, y al mismo tiempo qué novedad y qué elegancia…! ¡Ah!, si madame Tétevide es la encarnación del gusto parisiense… Mira, Lulú, mira… ¡Vas a tener un succés asombroso…!

La señora Marquesa participaba en alto grado de la elegante manía criticada ya por el Padre Isla en aquella célebre aleluya:

Yo conocí en Madrid una marquesa.

Que aprendió a estornudar a la francesa.

Lulú no se movió de su sitio, y miraba con tristes ojos el lindísimo traje: su primera mirada había sido para el escote, que en honor de la verdad era todo lo alto y decente que esta moda permite a las señoritas jóvenes: a las señoras casadas, sin que nosotros alcancemos el motivo, se les permite en este caprichoso código ofender con toda libertad el pudor y la modestia.

-Pero, hija, ven acá -gritó la Marquesa-; que no parece sino que te llamo para enseñarte la mortaja.

--Así quiero que me hagan la mía -dijo Lulú levantándose-. Blanca como este traje; pero ha de ser cerrada hasta arriba, y en vez de jazmines tendrá azucenas, que significan pureza.

-¡Vamos! -exclamó la Marquesa dispuesta a encolerizarse por tercera vez-. No falta más sino que nos prediques ahora un sermoncito sobre la muerte y las vanidades humanas… ¡Mira, Luisa, no me seas necia! Entra en mi alcoba y ponte el traje al momento…; quiero ver cómo te sienta y quiero enseñarte a llevar la cola. De seguro que no sabes dar un paso con ella.

Lulú apareció al fin vestida de baile; y al ver retratada su imagen en el inmenso espejo que reflejaba al día las tres o cuatro toilettes de su madre, no pudo menos de sonreírse. Se había encontrado tan bonita, que se olvidó por un momento de la mortaja cerrada hasta arriba, y de las azucenas que significaban pureza. La Marquesa se sonrió también: la mujer había comprendido a la mujer y por eso concibió esperanzas de derrotar al Padre Jacinto.

-¡Delicioso! -exclamaba, arreglando los largos pliegues de la cola del traje-. Anda un poquito para allá, Lulú… Baja un poco la segunda falda, Nanette… ¡Mira, mira esc puff sostenido con dos lazos! ¡Es lo más elegante y atrevido que he visto! ¡Ah! ¡Este puff mariposa es un toar de forme admirable…! ¡Madame Televise es un genio…!

Un golpecito sonó en aquel momento en la puerta del tocador, y una voz varonil gritó desde fuera:

-¿Le es permitido a un simple mortal entrar en el santuario de la diosa?

-¡Adelante, adelante! -exclamó alegremente la Marquesa.

Lulú quiso huir, pero la detuvo su madre diciendo:

-¿Pero adonde vas, hija…? Si es el tío Conde.

El tío Conde era un anciano de franca y noble fisonomía, marcial aspecto, cabellos blancos como la nieve, y en cuyo pecho se destacaba la ilustre cruz roja de la Orden de Calatrava.

-¡Magnífico! -exclamó deteniéndose a la puerta-. ¡Qué grupo tan delicioso…! No os mováis, por Dios, que parecéis así unidas la mañana y la tarde de un hermoso día.

-¡Qué galante ha amanecido hoy el señor Conde! -dijo riendo la Marquesa-: apuesto a que para todo esto en pedirme de almorzar…

-¡Hermosa como la luz, discreta como la sombra! -dijo el Conde sentándose en el diván celeste-. Acertaste, sobrina: vengo a que me des de almorzar, y a que me prestes un coche para ir luego a Palacio. El mío me lo tiene embargado hoy un entierro.

-Admito lo de la mañana y la tarde, en pago del almuerzo, y exijo en pago del coche que me diga usted lo que le parece mi Lulú con su traje de baile.

-Trato hecho -contestó el Conde; y arrellanándose en el diván se caló sus quevedos de oro.

-¡Admirable, admirable, admirable! -decía examinando a la niña de pies a cabeza-. De seguro que cuando llegue a hablar de Lulú el cronista del baile, moja la pluma en bandolina en vez de mojarla en tinta… Hebe, sirviendo la copa a los dioses, será menos hermosa… Ofelia, apareciéndose a Hamlet, menos ideal… Psiquis, elevándose al Olimpo, menos vaporosa… Pero ¿quieres que te diga mi opinión, Lulú, hija mía…? Pues oye el consejo de un viejo. Luce ahora el traje delante de tu madre; lúcelo también delante de este viejo que se ofrece a bailar contigo entre estas cuatro paredes, desde un rigodón hasta una polka… Es más; que se ofrece a traerte aquí dos o tres parejas de su confianza, aunque tenga que buscarlas a la luz de una linterna, como Diógenes buscaba un hombre sentado por el foro de Atenas; porque, aunque no abunden, es cierto que se encuentran. Pero, créeme, hija mía: cuando llegue la hora de ir a la Embajada, cena un huevecito pasado por agua, ponte un gorrito de dormir, y vete a la cama después de rezar el rosario…

-Eso decía yo ahora mismo -exclamó vivamente la niña.

-Y hablaste como un libro -añadió su tío.

-¡Vamos! -dijo impaciente la Marquesa-. ¿Si tendremos aquí otro Padre Jacinto sin manteo ni sotana?

-¿Quién es ese Padre Jacinto?

-Un exclaustrado del año 34, que se cree que estamos todavía en los tiempos de las golas de lechuguilla y de los minués cantados.

-¿Dónde vive? -preguntó gravemente el Conde.

-¿Va usted a confesarse? -replicó con ironía la Marquesa.

-No; porque me confesé ayer: voy a consultarle una duda teológica.

-¿Y cuál es ella?

-Que me parece que la mujer no fue formada de la costilla del hombre.

-Pues téngalo usted por cierto -respondió la Marquesa, sin sospechar adonde iba a parar la broma-. No la formaron de la costilla, sino del corazón: por eso la mujer se lo llevó todo, y el hombre se quedó sin ninguno.

-Cuando las veo a la cabecera de sus hijos, enseñándoles a rezar el Bendito, como a mí me lo enseñó mi madre, que era tu abuela, creo lo que dices, sobrina -respondió el Conde con aquel tono serioburlón de que se servía para hacer a la Marquesa los más tremendos cargos-. Pero te confieso que me vuelve a asaltar mi duda cuando, satisfechas con esas baratijas de tocador, las veo dar más importancia a los bullones de un puff que… al gobierno de su casa.

El Conde iba a decir que a la educación de sus hijas, pero la presencia de Lulú lo contuvo.

-Pero ¿cuál es esa duda? -preguntó la Marquesa, sin darse por entendida.

-Pues ya lo he dicho: que la mujer no fue formada de la costilla del hombre.

-¿Pues de qué lo fue entonces?

-Del rabo de una mona [1] -dijo gravemente el Conde.

Lulú se echó a reír a carcajadas. La Marquesa se mordió los labios: acostumbrada, sin embargo, a las indirectas del Conde, que había sido para ella su segundo padre y cuya rica herencia esperaba, contestó chanceándose:

-¡Vaya con el señor Conde! En cuanto vio seguro el almuerzo ha dado ya al traste con todas sus galanterías.

-Y no creas que esto me lo ha dicho la falsa ciencia de algún darwinista -prosiguió el anciano-. Me lo dijo el buen sentido de un pobre patán que conocí en mis posesiones de Andalucía.

-¡Bien decía yo que la tal sentencia me olía a ajos!

-La verdad nunca huele a ámbar en las narices que escuece, sobrina… Explícame, si no de otro modo, estos dos hechos en que mi filósofo de los campos fundaba su sistema. Primero, que las monas no tengan rabo; segundo, que tengáis alguna de vosotras esas tendencias darwinísticas…

-Ya no me extraña que si tal concepto le merecían las mujeres, jamás haya usted querido volverse a casar después de viudo.

-No, hija mía; porque habrás notado que no he dicho todas, sino algunas… Si todas fueran así, no me hubiera casado nunca.

-¿Sabe usted lo que estoy pensando, tío? -dijo la Marquesa, picada hasta lo sumo-: que podría usted irse con mi hija a dar por ahí una misión contra los bailes y las modas. Lulú personificaría la inocencia; usted, tío -añadió recalcando la frase-, podría personificar el arrepentimiento.

-Con lo cual nadie podría argüirme de que hablaba de lo que no entendía.

-Pero sí de que el diablo, harto de comer carne, se había metido a fraile.

-¿Y crees tú que si ese señor Mefistófeles pusiera al servicio de Dios su experiencia de diablo y su ciencia de ángel, no haría mucho fruto?… Si Lulú quiere, esta misma noche empezaremos la misión a la puerta de la Embajada.

-Sí, tiíto -respondió Lulú alegremente-: más fácil me será aprender el sermón que bailar con esta cola.

-Pues queda convenido -asintió el Conde-. Predicaré por una ventanilla del coche y diré a las madres de familia: «Ciegas fuisteis para vosotras: ciegas sois para vuestras hijas… Vuestra ceguedad os disculpa… en parte. Cuidad de que no sea también vuestra ceguedad la que os condene…». Y asomándome por la otra ventanilla, porque dividiré el auditorio por sexos, como hacen en las sinagogas, diré a los padres de familia: «¡Perdisteis la memoria, señores míos…! ¡Acordados de que ya no sois vosotros los galanes…! ¡Acordaos de que las damas son ahora vuestras hijas…!».

-Pues si todos entienden el sermón como yo -dijo Lulú moviendo la cabeza-, no serán muchos los convertidos.

-No importa que tú no lo entiendas… Mira cómo tu madre me entiende.

-Entiendo, tío mío, que me está usted haciendo una mala obra -dijo sentida la Marquesa.

-La del padre que corrige -replicó el Conde, inclinándose a su oído-, la del amigo que salva…

-¿Pero acaso soy yo una samaritana?

-¡No por cierto…! Eres una mariposa y tu hija necesita un ángel de la guarda.

La Marquesa se echó a llorar. Lulú, que nada había advertido, dijo muy seria:

-Pues si usted predica desde la ventanilla, yo predicaré desde el pescante y diré a todo el auditorio: «Señores: las doce han dado ya: tengo mucho sueño, y no puedo dar un paso sin tropezar con esta cola… ¡Con que, muy buenas noches, que me voy a cenar con mi tío un huevo pasado por agua, y a acostarme después de rezar el rosario…!».

Y haciendo una graciosa cortesía, echó a correr hacia la alcoba de su madre para despojarse de su traje de baile. Detuviese, sin embargo, en la puerta, y preguntó sonriendo:

-Mamá…: ¿le encargo al tío que prepare el huevo pasado por agua?

La Marquesa estuvo a punto de decir que sí: el Conde la interrogaba con la vista.

-¡Imposible! -dijo al fin, contestando a éste-: he dado mi palabra al Duque.

-¿Y qué importa? -insistió el anciano en voz baja.

-Se disgustaría, y no quiero que por mí pierda Lulú la mejor boda de la Corte.

 

III

A las tres de la madrugada arrancaba de la Embajada el magnífico landó de la Marquesa, conduciendo a ésta y a su hija de vuelta del baile.

Envuelta Lulú en su albornoz forrado de pieles, se había recostado en un rincón del coche sin decir palabra: hallábase cansada, nerviosa, y sentía un fuerte dolor de cabeza.

-¿Tienes sueño, Lulú? -le preguntó su madre.

-Mucho -contestó la pobre niña-. ¡Si viera usted cómo me duele la cabeza!

-Eso es la falta de costumbre: mañana podrás desquitar el sueño.

Lulú no contestó, y la Marquesa calló también, preocupada, no con la insignificante dolencia de su hija, sino con aquellas últimas palabras del Conde, que acudían en aquel momento a su memoria con esa pertinacia, con esa fuerza convincente, con esa claridad avasalladora con que el remordimiento presenta al hombre después de cometida la falta, aquellas mismas razones que antes de cometerla encontraba la pasión tan débiles e ilusorias. Las conveniencias sociales, el porvenir de su hija, la boda del duquesito, pretextos todos con que había querido engañar a este necio que se llama uno mismo, tan fácil de persuadir cuando se halaga su deseo, desaparecieron en aquel momento cual desaparecen en la oscuridad los falsos colores de un prisma, para hacerle ver en toda su desnudez aquella amarga verdad que, entre bromas y veras, le había dicho el anciano: «Tu frivolidad, tu loco afán de gozar y divertirte, es lo que disfrazas con las exigencias de tu rango y del porvenir de tu hija».

«¡Es cierto! ¡Es cierto!, dijo amargamente la Marquesa. ¡Lulú necesita un ángel que guarde y no que exponga su inocencia…! Yo no soy una samaritana, ¡es verdad…!, ¡pero soy una mariposa, frívola madre de… orugas!».

Una tos seca y nerviosa se escapó en aquel momento del pecho de Lulú, y un ¡ay! doloroso acudió a sus labios.

-¿Qué es eso, hija mía? -exclamó asustada la Marquesa.

-No sé, mamá -respondió Lulú-: me duele aquí en el costado derecho… Será el corsé, que me aprieta un poco.

Lulú despidió a su doncella después de vestirse una bata de noche: dejóse caer entonces en una pequeña butaca forrada de raso color de rosa, y permaneció largo rato inmóvil, mirando sin ver, con los ojos fijos en el suelo. Quería darse cuenta de sus impresiones; pero las ideas se agolpaban con tal rapidez a su mente, que la aturdían, sin que pudiese analizarlas y ni aun siquiera definirlas. Sentíase por otra parte sumamente fatigada: agudas punzadas taladraban sus sienes, y aquel dolor del costado derecho la hacía toser de cuando en cuando seca y dolorosamente. La pobre niña se levantó para acostarse: un pensamiento la detuvo, sin embargo. Grave como un aviso del cielo, distinto como una luz de Dios, había acudido a su memoria el último consejo del Padre Jacinto, la súplica diaria de la Madre Catalina: «No te acuestes un solo día sin hacer antes examen de conciencia».

Lulú se dirigió a un precioso reclinatorio gótico, colocado a la cabecera de su cama. Había en él una pequeña estatua del Sagrado Corazón, que había traído del colegio, igual en todo a la grande que tenían en el altar mayor de la capilla. Lulú se arrodilló ante aquel antiguo amigo, que desde su infancia le había mostrado el corazón abierto, y apoyando la frente en ambas manos, comenzó a abrirle de par en par el suyo. Así pasó un cuarto de hora: levantó al fin la cabeza, y sus ojos fueron a encontrarse con los ojos de la imagen: los de Cristo reflejaban amor inmenso; los de Lulú, inocencia perfecta.

Rezó entonces el acto de contrición, y dio al Señor humildes gracias por haberla preservado de toda culpa. El mal espíritu tocó entonces con su inmundo dedo aquella pura frente para despertar en ella este pensamiento:

«¿Ves cómo tu madre tenía razón…? El Padre Jacinto exageraba… ¡En nada has ofendido al Sagrado Corazón de Cristo!»

A poco dormía Lulú fatigosamente, y parecíale hallarse en los salones de la Embajada valsando con el duquesito. La orquesta tocaba un vals de Strauss, y Lulú se divertía mucho atravesando a la carrera, como en otros tiempos, el patio del colegio, aquel salón inmenso que crecía, crecía siempre, como si la pared del fondo huyese ante Lulú para dejarle más ancho campo. Los caballeros le decían al pasar que era bonita; pero Lulú no hacía caso, porque una calavera se asomó por el marco de un espejo y le dijo con la misma voz del Padre Jacinto: «¡Lo que tú eres fui; lo que yo soy serás!».

El duquesito valsaba muy bien: llevaba el frac colorado, y Lulú se reía porque le parecía un cangrejo que valsaba tan de prisa, tan de prisa, que la niña sintió al fin un vahido y quiso detener a su pareja; pero el Duque soltó una carcajada, y siguió valsando al compás de la orquesta, tan rápido ya, que era vertiginoso. Lulú se echó a llorar, porque el Duque la agarraba con dos manos fuertes como tenazas de hierro, que le hacían un mal horrible en el costado derecho. Llamó a gritos a su madre, pero su madre la miraba riéndose, y se echaba fresco con el abanico. Llamó entonces al tío Conde: pero el tío Conde no estaba allí; por eso no contestaba, y la pobre Lulú seguía valsando, valsando al compás de aquella música más rápida que la bajada del infierno.

De repente le faltó la luz y le faltó el suelo, y los zapatitos de raso de Lulú se hundían en una tierra húmeda y pegajosa que le daba escalofríos; pero seguía valsando al compás de la orquesta, que ya no era de violines y flautas, sino chirimías y gritos de buhos, porque el duquesito le clavaba cual una garra la mano derecha en el costado, causándole aquel dolor atroz que la hacía toser cruelmente. Vio entonces en la oscuridad que la linda persona del Duque despedía un fulgor asqueroso que a ella no le tocaba, pero que sin saber cómo, ella misma encendía: vio que clavaba los ojos cual dos saetas envenenadas en su rostro y en su cuello desnudo, arrojando unas llamas impuras que aterraron a la pobre Lulú, porque amenazaban manchar la blancura de su alma, como mancha la baba de un caracol los pétalos de una rosa… ¡Y a pesar de todo, Lulú seguía valsando, porque su madre se lo mandaba…!; ¡porque ningún auxilio humano la socorría…!

De repente vio a lo lejos, sin saber cómo, un grupo de árboles, y un hombre postrado en tierra, como pintan a Jesús en el huerto de los olivos. Lulú gritó «¡Jesús mío!», y Jesús se puso en pie a aquel grito, hermoso, fuerte, imponente, con el Corazón llagado en las manos como le había visto tantas veces en el altar del colegio; como le acababa de ver en la imagen del reclinatorio; pero el Duque seguía valsando sin soltar su presa, y lanzaba a veces feroces rugidos. Jesús levantó la mano con imperio y le mandó detenerse; pero el Duque levantó la suya sin soltar a Lulú, y descargó un bofetón en la mejilla de Cristo.

«¡Perdón, Jesús mío, que yo soy la causa!», gritó Lulú retorciéndose las manos.

Jesús retrocedió dos pasos y arrojó al suelo para detener al Duque un puñado de su propia sangre; pero el Duque no soltó a Lulú, y siguió valsando sobre la sangre de Cristo.

«¡Perdón, Jesús mío, que yo tengo la culpa!», gimió Lulú mesándose el cabello.

Y Jesús, para salvar a la niña, arrojó al suelo, a los pies del Duque, su Corazón henchido de angustia.

Pero el Duque siguió valsando sin soltar a Lulú, y levantó el pie para pisar el Corazón Sagrado de Cristo.

Lulú dio un grito espantoso, y se encontró al despertar sentada en su lecho. Allí estaba sobre un sillón el blanco traje de baile; allí estaba en el reclinatorio la imagen de Cristo: en el costado derecho sintió la pobre niña el horrible dolor que le causaba en sueños la férrea mano del Duque. La luz del sol traspasaba ya las cortinas de color de rosa, prestando a toda la alcoba un tinte risueño…

Al grito de Lulú acudió desalada su doncella; detrás llegó la Marquesa anhelante. Lulú, pálida, desencajada, con los ojos fuera de las órbitas, tosiendo de un modo que helaba la sangre, tendió los brazos a su madre: ésta se arrojó en ellos llorando:

-¡Mamá!, ¡mamá! -decía Lulú en voz tan profunda y queda, que aterraba el oírla-. ¡Allí! ¡Allí…!, en el baile…, en el huerto, el Duque pisaba la sangre… ¡Yo, no…!, ¡yo no pequé…!, ¡no, no, Dios mío…!, pero por mi culpa…, ¡por mi culpa pisaba aquel hombre la sangre de Cristo!

Y una convulsión terrible retorció el cuerpo de la infeliz niña, como los anillos de una culebra.

-¡Lulú!, ¡hija mía! ¡Luisa…!, ¡hija de mi alma! -exclamó la Marquesa-. ¡Serénate, por Dios…! ¡Eso es una pesadilla…!

-¡No!, ¡no!, ¡no! -gritó Lulú con una energía horrible-. ¡En el baile fue donde soñé…! ¡En el sueño fue donde estuve despierta…!

Aterrada la Marquesa envió a buscar al médico y éste declaró sumamente grave el estado de la niña. Tenía, a su juicio, una pulmonía fulminante, cogida sin duda al salir de la Embajada, y aumentaba el peligro una horrible excitación nerviosa, cuya causa no comprendía.

 

IV

Tres días después el gran salón de la Marquesa se hallaba de arriba abajo colgado de raso blanco: en medio se levantaba un catafalco de terciopelo también blanco. Sobre él yacía el cadáver de Lulú: su mortaja era blanca como su traje de baile; pero estaba cerrada hasta arriba, y en vez de jazmines tenía azucenas, símbolo de la pureza…

Las manos de la niña sostenían la pequeña imagen del Sagrado Corazón que había traído del colegio.

Ella misma lo había así dispuesto.

 

FIN