Claridad lluviosa
de la tarde encharcada en las luces de neón del cielo. Después de la lluvia ha
crecido la noche transparente y vacua. Don Gerardo regresa a su casa. Es un
cura gordo que se revuelve con dificultad en el asiento de su Seat 600. Conduce
muy prudentemente, muy por la derecha. Sujetando rígidamente el volante con
ambas manos. Es su primer automóvil y aún faltan muchos kilómetros para los mil
kilómetros y salir del «en rodaje». Quizá no salga nunca de esos sesenta por
hora. Sesenta por hora es prisa de sobra. Mucha más prisa -piensa don Gerardo-
de la que yo tengo o tendré nunca. No hay que cometer imprudencias.
Imprudencias: éste es un tiempo imprudente. Don Gerardo se dice a sí mismo la
palabra «imprudente», en voz alta, como un conjuro. Todos ellos aceleran en vez
de frenar ante el peligro. Latiguillos, frases, medias frases, rostros de la
reunión que acaba de dejar van y vienen. Cambio. Imprudencias arrítmicas de
este tiempo sin centro. La juventud no posee el secreto, no sabe irse transmutando
lentamente en lo otro, en lo nuevo, dando tiempo al tiempo. Devora lo nuevo de
un bocado y no digiere nada. Además no hay nada realmente nuevo. Sólo las
apariencias cambian, la realidad, la verdad es inmutable. La juventud sólo
consume su impaciencia. Al llegar a este punto se le pone a don Gerardo un
viejo «sin embargo» en la boca del estómago. Y vuelve a sentirse una vez más
como se ha sentido toda la tarde en la reunión de los sacerdotes de la
diócesis: confuso, fuera de lugar, ofendido, agredido, irritado, inquieto,
culpable ante esta nueva retórica gesticulante, imprudente. Y todo ello se le
repite una vez más como una comida pesada. Todo «ello» que es agresivo,
indefinible, variable y vagamente repleto de alusiones personales como una
pesadilla. «Transustanciación» -piensa don Gerardo-. Ahora se nos dice a cada
paso que «sustancia» no significa para nosotros lo que significaba para los
teólogos de Trento. ¿Es solamente una cuestión de nombres? ¿Son las cosas
mismas diversas también? ¿Qué se quiere decir cuando se nos dice que no
entendíamos el antiguo lenguaje? ¡Claro que no lo entendíamos! ¡Claro que no he
sabido yo nunca -ni yo ni casi nadie- en qué sentido preciso la palabra
«transustanciación» explicaba la presencia real de Cristo en la Eucaristía!
Para eso precisamente estaban los doctores de la Santa Madre Iglesia. «No me
preguntéis a mí que soy ignorante. Doctores tiene la Santa Madre Iglesia que os
sabrán responder.» Pero nunca llegaban las cosas a tanto que fuera preciso ir a
consultar a los doctores. Siempre se salía del paso con lo que uno recordaba. Y
siempre había fórmulas. Y la gente estaba satisfecha con que hubiera con saber
que había -en algún sitio de la Iglesia, en Roma quizá, en los monasterios de
benedictinos, en los dominicos, en las Universidades pontificias-, doctores
siempre a mano. No, no entendíamos el antiguo lenguaje mucho más o mucho mejor
que el nuevo, si es que hay uno. Pero lo usábamos con facilidad y casi con
sabiduría, como un sistema monetario que ahora súbitamente ha quedado fuera de
circulación. Es una noche alta y suave tras la lluvia. Falta poco para llegar.
Una curva, la última, y los faros alzan, fantasmal e instantánea, la blanca
masa de los muros del jardín del convento. Doscientos metros más adelante se ve
la casa que don Gerardo ocupa con su madre. Don Gerardo se acerca a ella. Para
a un lado del bordillo y desciende pesadamente del coche. Es una casa
rectangular, blanca, de dos pisos. Los negativos de las hojas de una parra
virgen que cubre parte de la entrada y casi todo el ala este del edificio, se
agitan ligeramente en el vacío aire nocturno. Un ave oculta no muy lejos, en
cualquier parte de la noche, emite su buido aviso. Don Gerardo vive en el piso
de arriba con su madre, con su inaudible madre que nunca pregunta nada o desea
nada, que nunca ha alterado nada y que desde siempre, desde tan lejos como don
Gerardo recuerda, rellena las intenciones del hijo como esa pieza muy simple de
un rompecabezas que inmediatamente situamos en el lugar adecuado. El jardinero
del convento y su mujer viven en la planta baja. Una enemistad de diecisiete
años -los diecisiete años que don Gerardo lleva de capellán de las monjas-. Don
Gerardo no sabría, a estas alturas, decir como empezó: es tan familiar, tan
cotidiana cómo decir misa o leer su breviario. «Edifica, Señor, en nosotros un
corazón nuevo.» ¡Ay, Señor! -suspira don Gerardo cada vez que tiene lugar uno
de los millares de incidentes de esa relación insoluble con sus vecinos de
abajo-. Una molestia familiar que periódicamente, agudamente, se reproduce y
sordamente permanece como fondo de su existencia monótona. Quizá la timidez de
don Gerardo o la no-comunicativa personalidad de su madre tiene la culpa. O
quizá la mezcla impremeditada de un sacerdos in aeternum secundum ordinem
Melchisedech, y la Matilde, la mujer del jardinero, que eternamente ve diablos
sexuales en las miradas, en las risas, en los silencios y hasta en los zapatos
de todo animal macho que se acerca al convento. En cualquier caso, don Gerardo
y su madre la temen y la tratan cortésmente, cosa que a la vez envalentona y
ofende a la Matilde. El jardinero, el Remigio, tiene un buen coche y televisión
-aunque no en color- y refrigerador; y la madre de la Matilde tiene una tienda
de telas, embutidos y muebles convertibles en la ciudad vecina -tienda que ella
aspira a hacer supermercado y venderlo todo, hasta el aire que se respira, en
cuarenta leguas a la redonda-. Matilde es aceitosa y blanca. De gelatina
cuajada y muy blanca y grandes, inverosímiles, pechos de piedra. Es más joven
que su marido y sin hijos. Es agresivamente devota como si pretendiera probar
que es su apariencia, a pesar de las apariencias, perpetuo templo del Espíritu
Santo. Comulga desafiante los domingos. Cuando don Gerardo entra en el zaguán
común se oye el musiqueo de la tele de los jardineros y se huele la fritanga de
su cena camacha. Siempre ese olor, que es por sí solo todo el zaguán, trae a
don Gerardo equívocas memorias de festividad, de feria. Don Gerardo sube las
escaleras lentamente. Abre la puerta. Entra. Un pasillo largo con puertas a los
lados. Todas están cerradas. Huele a cerrado. «Dios bendiga cada rincón de esta
casa», se lee a la vacilante luz de aceite sobre un Sagrado Corazón de Jesús en
relieve de loza blanca. Se ve una rendija de luz por debajo de una puerta al
fondo. Don Gerardo abre esa puerta. Su madre sentada a la mesa de la cocina.
Don Gerardo cena. Fuma un cigarrillo después de cenar. Es el duodécimo de ese
día. Está tratando de reducir lo más posible, pero el esfuerzo le saca de
quicio casi sin advertirlo. Mane nobiscum Domine quoniam advesperas-cit. Ten
misericordia de nosotros, Señor, porque atardece -piensa don Gerardo sin
fijarse y alterando ligeramente la frase al pensarlo-. Reza un rato el
breviario, termina lo que le falta. «Cantad al Señor un cántico nuevo.» ¿Cómo
entonar un cántico nuevo? ¿Qué es un cántico nuevo? Antes de acostarse, don
Gerardo trata de leer las octavillas que se ha traído de la reunión de la
Mutual. Le vence el sueño. Apaga la luz. No se duerme. Enciende la luz. Se
incorpora con dificultad en la cama. Enciende un pitillo. Trata de leer de
nuevo. No consigue enterarse de lo que lee. Apaga el cigarrillo a la mitad
depositando cuidadosamente la mitad, sin fumar en el cenicero. Apaga la luz. Se
oye el ave afuera hasta sumirse en algún sumidero del limpio, vacuo, agujero
celeste. Don Gerardo ha terminado de celebrar misa ante las monjitas. En la
sacristía después de la Misa. Diecisiete años llevando a cabo eso mismo.
Diciendo esa misma misa. Un texto de Kierkegaard leído en alguna parte fuera de
contexto -porque don Gerardo no es muy lector y ciertamente no es lector de
Kierkegaard- se le ocurre ahora un poco como si fuera un pensamiento suyo y no
de Kierkegaard: el hombre grave es grave por la seriedad con que repite en la
repetición. Un pastor que llevara a cabo todos los días lo mismo, que todos los
días bautizara, dijera misa -los «pastores» no dirán misa, digo yo, piensa don
Gerardo-, confesara etcétera- y no tuviera realmente la virtud de la gravedad
querría estimular, conmover, estar al día. La gravedad del hombre grave se
caracteriza por la seriedad con que repite en la repetición. Estos frutos
invisibles de la palabra divina. Y la distancia. ¡Oh Dios -reza don Gerardo
algunas veces-, precisamente porque yo no sé guardar las distancias me has
vuelto, por obra de la timidez, distancia! Nadie se acerca nunca mucho a mí.
Nadie se separa nunca demasiado. Las monjas tienen su confesor propio. La clase
de religión del Instituto -donde don Gerardo da clases dos veces por semana-
rellena una parte de su tiempo. Don Gerardo teme esa clase. Esa lucha burlona
de todos los niños, sin fijarse, contra él. Al salir de la sacristía le atrapa
una vez más la angustia que últimamente vagamente todos los días le atrapa al
decir misa; y, sobre todo, tras haberla dicho, sobre todo tras las
consagración. E invariablemente todos los domingos antes de la plática de los
domingos. Este sentimiento de indignidad que es sólo, quizá, una distorsión
maligna de su sentimiento de inferioridad, de su timidez de seminarista hijo de
labradores pobres. Quizá ha sido la misma angustia durante todos sus años de
sacerdocio, pero que solamente ahora don Gerardo reconoce, temblando. Durante
diecisiete años, todos los domingos don Gerardo ha dirigido al bulto velado de
treinta y cinco monjitas iguales, inmóviles, la palabra de Dios en términos
generales. Como empujándolas dulcemente al reino de los cielos cosa que, en
cualquier caso, ya se habrán ganado todas ellas de sobra. Don Gerardo tiene con
frecuencia, al predicar a las monjitas, la sensación que se tiene cuando se
empuja algo que parece a simple vista que ha de ofrecer gran resistencia y que,
sin embargo, cede súbita e inesperadamente cuando se empuja. Desconcierto. Y
ternura. Esto es lo más extraño de todo: que su angustia deje siempre al irse
esta imposible ternura sin objetos. O mejor dicho: poblada de innumerables,
incongruentes objetos, como un rompecabezas. Su breviario, un crucifijo pequeño
que guarda desde niño, el gato, la nuca de su madre, los niños del Instituto
que le atormentan y no escuchan sus clases de religión. Los años me están
volviendo llorón, piensa don Gerardo con frecuencia. Al llegar a su casa ve a
dos extranjeros, dos muchachos, dos espaldas que se alejan tendal abajo, hacia
la playa. El tendal es obra de Matilde, que ha hecho a su marido instalarlo con
gran lujo de espacio cara al viento salobre de la playa, justo enfrente de la
casa y que ahí ofrece una exhibición casi permanente de su ropa blanca y rosa.
Eso le encanta a Matilde: venir al tendal con los dos cubos llenos de ropa
húmeda que huele aún a añil y colgarla con las pinzas de madera que va sacando
del bolso delantero de su delantal. Tiende las piezas de tela rígida,
chorreante, hasta que viene el viento a escandilarla de los mares y el sol a
pavonarla y volverla aérea, fragante y brillante. También ese día ve don
Gerardo el aire puesto de relieve en la colada, el medio lado del sol y Matilde
descalza, pétrea y blanca, empinándose para sujetar un lado de una sábana con
la pinza. Don Gerardo desvía la vista porque esa visión de Matilde descalza y
mojada invariablemente le pone nervioso. Los dos extranjeros se han perdido ya
duna abajo. Matilde se apresura a hablarle. Cada vez que hay hombres alrededor
le da la venada locuaz a Matilde.
-Son unos de estos
jipis como les llaman -anuncia señalando con un tirón de la cabeza a los
muchachos desaparecidos- que se han metido en lo de la playa.
-¿En el pinar?
-pregunta don Gerardo. Porque el pinar es casi su corazón, su sitio, el único
sitio donde sin entenderse ni hablarse, sin hacerse preguntas ni sorprenderse a
sí mismo con respuestas, con la paz sosa de su corazón dejado al olor de los
pinos, al rumor de la playa, a la gravidez del aire y la luz sobre los párpados
cerrados, se duerme a veces un ratito don Gerardo. Ahí se siente menos gordo,
más transparente, menos avergonzado o agobiado por sus ternuras difusas como
malos pensamientos.
-En la parte que
queda encima misma de la garita -prosigue tenazmente la Matilde.
La garita en
cuestión es una de carabineros. Don Gerardo sabe de sobra el sitio. Ese sitio,
además del pinar, es parte invariable de su paseo vespertino. Y sin saber por
qué, al oír a la Matilde, don Gerardo se alegra. Matilde desusadamente
comunicativa. Agresivamente de tú por tú en su «usted» y su «don Gerardo».
-Les he dejado que
se lleven el agua en la garrafa nuestra, la vacía; luego Remigio me la arma a
mí, a ver si no la vemos más. Les dije que ahí no se pueden quedar. Éstos se
toman el mundo por montera. Dicen que sólo unos días yo allá películas, con
decírselo a mi marido, yo allá penas. ¡Y vaya pelos que se traen, yo los tengo
por lo que los tengo, usted perdone don Gerardo, pero es que una sabe lo que es
la vida, y lo hablan como usted y como yo el español, los esos…!
-Serán españoles
-dice don Gerardo por decir algo.
-¡Ésos, qué van a
ser, aquí no hay de eso! ¡Ésos, cualquier cosa!
Matilde excitada y
locuaz. Don Gerardo se retira, ofendiendo a la Matilde, como es natural, una
vez más al hacerlo. Don Gerardo sube a su casa. Desayuna. Entra en su
despachito. Desde la ventana de su despachito - de lóbregos muebles tallados,
negros, grandes se ven las copas redondas del pinar y luego, a la vez, el mar
inmóvil, alto; inmóvil sí, al borde de los pinos. A don Gerardo le gusta
sentarse ahí a la ventana a ver eso. Sencillamente a verlo hasta que cambia,
como una melodía que cambia muy poco. Parece un mar eterno. Pasa la mañana.
Mañana es día de Instituto. Don Gerardo prepara sus clases meticulosamente.
Inútilmente. Su asignatura no es problema para nadie. Se asiste porque queda
justo antes de la clase de matemáticas y hay tiempo para copiar los problemas.
Tiempo para reírse y preguntar al cura si besarse es pecado mortal o si
significan lo mismo «circuncisión» y «epifanía». Luego comen los dos, su madre
y él, lo mismo su madre que él, una pescadilla y ensalada. Don Gerardo lleva
años a régimen. Una pera y café solo por las mañanas. La pescadilla y la
ensalada y fruta del tiempo a la comida. Una tortilla a la francesa y un puré
de patata y zanahoria por las noches. Reuma además de la gordura o a causa de
su herencia o de su edad; que no es, después de todo, mucha. Algunos días se
toma un par de «soberanos» -los días de Instituto- que invariablemente le
exaltan y le sientan mal. Soy gordo de nacimiento. Llega la hora de la
bendición. Las monjitas cantan, arrebujadas y viejecillas. Maliciosas sin querer,
de buena familia casi todas. Durante diecisiete años. ¿Qué jóvenes parecen
canturreando, cascadas! Después de la bendición -que siempre se eterniza-
vuelve hoy don Gerardo a casa. Suprimir su paseo habitual al pinar -que por
ningún motivo preciso don Gerardo ha decidido suprimir esta tarde- le inquieta
como un sacrificio o como una privación mínima, pero visiblemente innecesaria,
inútil, visiblemente invisible a ojos de quien sea. A ojos de Dios. «Como un
niño al pecho de su madre está mi alma ante Ti.» Al llegar a su casa, don
Gerardo se encuentra con los dos muchachos de la garrafa de Matilde.
-Hemos estado
llamando y como no contestaba nadie… ¿podemos dejar aquí la garrafa?
-La garrafa -repite
don Gerardo.
-Nos la dejó ella
ayer para llevar el agua. Ahora tenemos una nuestra. Le dice usted que muchas
gracias.
Son muy jóvenes los
dos. La barba mal crecida les aniña ferozmente el rostro como disfrazados de
lobos. Van disfrazados, piensa don Gerardo, contemplándoles. Sus vestimentas
azules, brillantes, brillan con la inconsistencia de las nubes lejanas.
Recuerdan -por no sé qué motivo- las estampas de un libro de cuentos.
-Pues muchas
gracias -dice don Gerardo sosteniendo la garrafa con ambas manos. Don Gerardo
está a punto de detenerlos un instante, pero los dos muchachos se alejan ya
hacia el pinar verde oscuro, cohibidos o sencillamente olvidados del cura y la
garrafa. Don Gerardo entra lentamente en casa, entre dos luces, perplejo.
Brilla en lo alto, como un hilo de voz, el mar inmóvil de la noche.
Don Gerardo pone en
marcha su Seat 600. Es el día siguiente por la mañana. Hoy son sus dos clases
de religión en el Instituto. Se comprometió a darlas seis años atrás y ahora
para dejarlas no hay pretexto alguno. Y más vale así, piensa don Gerardo, sin atreverse
a ofrecer a Dios ese sacrificio; su indignidad, como se ofrece la grandeza de
nuestras grandes obras a quien se ama. En una de sus vueltas la carretera pasa
a cosa de un kilómetro del pinar. Uno de los muchachos de la víspera está al
auto-stop. Don Gerardo detiene el coche, que se cala, porque don Gerardo
conduce todavía muy a trompicones. Don Gerardo ve los pies sucios, descalzos,
limpios del muchacho.
-Voy sólo hasta
Valerna -dice el muchacho-. ¿Me puede usted llevar hasta ahí?
-Ahí voy yo también
-dice don Gerardo-. Suba, suba.
El muchacho se
acomoda junto a don Gerardo. Don Gerardo, antes de arrancar, le ofrece un
cigarrillo que el muchacho acepta. Apenas hablan durante el viaje. Sin
advertirlo, don Gerardo conduce un poco más de prisa que de costumbre. El
muchacho permanece muy quieto en su asiento, con las manos sobre las rodillas.
De cuando en cuando don Gerardo mira de reojo a su acompañante. Ya se ven las
primeras casas de Valerna y don Gerardo pregunta:
-¿Dónde quiere
usted que le deje? Yo voy casi hasta el centro.
-Aquí… me puede
dejar usted aquí mismo.
Don Gerardo se
alegra de esto. Había estado agobiándole un poco la idea de entrar en Valerna
(¡qué sitio tan pequeño es Valerna!) con el muchacho al lado, como el Lazarillo
de Tormes. Don Gerardo reduce la velocidad, se detiene el Seat 600. Es un día
muy claro de sol invernizo, vaharme Sol en los zarzales. Don Gerardo se escucha
a sí mismo diciendo:
-Yo vuelvo de
vuelta a las dos… Si usted quiere aprovechar el viaje.
El muchacho duda.
Una sonrisa tranquila ilumina el feroz rostro aniñado del muchacho lejanísimo.
-Pues muchas
gracias. No sé, ya veré a ver. Muchas gracias de todos modos.
El automóvil
arranca de nuevo. Don Gerardo conduce el coche calle Mayor abajo hacia el
Instituto. Ahora conduce despacísimo como si fuera posible retrasar la hora de
esas clases o dilatar imaginariamente lo indefinido, lo instantáneo del
instante de su viaje con el muchacho. Suda don Gerardo. Entra en la plaza del
Instituto. Aparca el coche a un lado. Evita cuidadosamente aparcar en el sitio
libre de doña Mercedes. O en el sitio libre de don Bernardo, el secretario, el
de matemáticas. O demasiado cerca del sitio donde dejan los chicos sus
bicicletas. ¿Me estará esperando a las dos? El Instituto es un edificio
cuadrangular de ladrillo rojo con dos claustros, cada uno de ellos con una
fuente mohosa permanentemente atascada en el centro. La fachada tiene una torre
cuadrada en el centro con un reloj que marca las horas a su aire y que
invariablemente inquieta a don Gerardo no coincidiendo con su reloj de pulsera.
Porque sólo viene al Instituto dos veces por semana, porque religión es una
asignatura tonta, una «María», y porque si llegara tarde sería lo mismo que si
llegara demasiado pronto, don Gerardo llega siempre agitado y puntualísimo al
Instituto. Cuando entra en el aula hay, como de costumbre, un barullo pre-clase
de matemáticas que, como de costumbre, sólo se aplaca a medias cuando él entra.
Como a un misterio de limón y menta le contemplan los niños de la primera filia
con redondos pares de ojos previamente núbiles. Hay siempre dos o tres que le
hacen preguntas después que las clases, y don Gerardo teme más esas preguntas
que la clase misma. Además, teme cada vez que el motivo de las preguntas
dichosas -que siempre se alargan o cuyas respuestas siempre se le alargan a don
Gerardo, invariablemente incapaz en esas ocasiones de pensar claro o de prisa o
hablar rápido- sea correrse matemáticas más bien que entender la religión.
¿Quién desea a los quince años -piensa don Gerardo en sus días tristes- de
verdad saber qué significa la palabra Dios o sus sinónimos? Sólo eso se desea
cuando la luz es poca y atardece. La fila de las primeras caras de la primera
fila indefinidas, pánfilas, curiosas, le pone los nervios de punta. Y el
hablique sin pausa, el mosconeo de un habla que no cesa que es fondo de todos
los fondos de su clase. ¡Dios mío, qué tendrán que hablar continuamente!
-piensa don Gerardo en misa algunas veces-. Dilexi decorem domus tuae et locura
habilitationis gloriae tuae. Termina, como siempre, sin concluirse nada, la
clase de las once y cuarto hasta las doce. Sale don Gerardo y entra en la sala
de profesores. Ahí ve a doña María de la Concepción Sosa-Martínez, subsistente,
corrigiendo cuadernos de latín, fruncido el ceño. Allí se ve al de física y
química leyendo el ABC. Don Gerardo dice «Buenos días» y se sienta en una
silla. Las nalgas se le salen del asiento. Don Gerardo descansa media hora y a
la media hora vuelve a entrar en clase. Cuando todo termina son las dos menos
veinte. Como cuando se cede a una tentación piensa meticulosamente lo contrario
de lo que desea: estoy seguro de que no me estará esperando a las dos. Y más
vale así. Recuerda, con súbito descompás de sus nervios -que es júbilo o es
tormento, depende de cómo se mire-, la cara fieramente niña del muchacho que
parece ahora, en el recuerdo, pertenecer al alba de un espejo. Nada hay fuera. Noli
foras iré. Las nubes se empujan hoy unas a otras. Emborregado cielo apresurado.
El final de la calle y ya se ven las chabolas de las afueras. No hay nadie
esperando. Don Gerardo pasa de segunda velocidad a tercera velocidad de un
estrincón. El cuentakilómetros llega con los dedos de los pies casi a setenta y
pico. El cochecillo saltimbanquea los baches y las curvas como una lata de
escabeche agitada. Esta tarde don Gerardo no sale de paseo y la exposición del
Santísimo Sacramento le parece más irreal, más increíble que nunca. Al llegar a
casa lee lo primero, antes de besar en la frente a su madre, antes de quitarse
los zapatos, el Salmo 118-119 y su monótona, sobrehumana, insistencia le
apacigua endulzándole:
Bienaventurados
aquellos que caminan
por inmaculados
caminos
que caminan a lo
largo de la ley del Señor.
Haz que entienda
tus mandamientos
Haz, Señor, que sea
yo capaz
de pensar en tus
maravillas.
De mi alma que
encorva la tristeza,
levántame con tu
palabra.
Apártame de las
sendas de las mentiras
y enséñame cosas
dulcemente.
Porque yo elegí el
camino de la verdad,
Señor, yo elegí la
verdad a todo trance.
Hice mías tus leyes
y tus fuerzas.
Estoy perdido estoy
atado a tus mandamientos.
Oh Señor, no
permitas que se confunda tu siervo.
Tu inútil inútil
inútil siervo.
Don Gerardo se
acuesta y se duerme de un tirón esa noche. Ahora es el día siguiente. Este es
mi Cuerpo. Esta es mi Sangre. Y cada vez que hagáis esto hacedlo sencillamente
en memoria mía. No te recuerdo, Señor. Lo he olvidado todo. Las monjitas vienen
de dos en dos. Veladas. Y se arrodillan. Quizá en estos diecisiete años han
cambiado, se han odiado, se han enamorado o se han muerto. Siempre parece que
hay las mismas treinta y cinco. Rezan a coro todas las mañanitas y, porque no
fueron nunca monjas místicas sino de la enseñanza, todas las mañanitas suena su
coro al coro de la tabla de multiplicar. Nunca ha tenido don Gerardo nada que
ver con ellas. Sirve el Pan de Vida por las mañanas y permanece al margen hasta
la bendición y el rosario de la tarde. Parece que fue ayer cuando llegaron don
Gerardo y su madre. Parece que fue ayer cuando era niño y se quería ir del
pueblo al seminario porque en el seminario se era al menos un poco más que el
hijo gordo de un labriego pobre y flaco. A veces el cielo se vuelve de menta
muy clara como un árbol. Hoy es uno de esos días. Don Gerardo se sienta a
desayunar.
-Estamos sin agua,
Gerardo -dice su madre al ponerle delante la taza de café solo. Sin agua.
Siempre es lo mismo. Ellos y los jardineros reciben el agua del depósito de las
monjas. La llave de paso está en la cocina de los jardineros. En realidad no
hay motivo alguno para cerrar nunca esa llave, pero como se trata de una
instalación anticuada y el suministro de agua es relativamente limitado en esa
región y Matilde es indeciblemente amiga de baños y fregados; «a mí me gusta
oírla al agua a chorros -dice-, que corra como loca y no esta miseria de aquí
de esas tacañas…» (porque Matilde mantiene a todo trance que las monjitas son
de puño en rostro, y que millones tienen y las joyas de las arcas), por eso
Matilde ha hecho que se instale un tanque en la cocina, que tiene siempre lleno
«para tener un extra en previsión», y con frecuencia se olvida o hace que se
olvida, una vez lleno el tanquecillo, de volver a abrir la llave de paso que
conduce el agua al piso del cura y de su madre.
-Ahora le diré al
bajar, madre.
¡Qué extraña
humillación es ésta! -piensa don Gerardo casi animándose, divirtiéndose casi al
pensarlo, este tener que pedir por favor a Matilde que no se olvide abrir la
llave de paso de nuestra agua y qué extraña es, sobre todo, la humillación de
saber que pueda ella, si le da la gana, cerrarla y esperarse a que baje el
cura, más distante que nunca al acercarse, a pedir por favor que abra ella el
agua para que suba al segundo piso de la casa. Es tan compleja la humillación
que casi no parece ya serlo. Parece casi un ejercicio oscuro, abstracto,
literario, en humillaciones, paciencias y virtudes. Parece un juego casi, un
modo irreal de ser y estar a prueba justo en la medida en que es tan
vigorosamente real como las lágrimas de picar cebolla. Al bajar se acerca a la
puerta de Matilde y sacude una vez, con cierta firmeza, la aldabilla. Como era
de esperar tiene que esperarse un buen rato. Relee la placa de la puerta.
«Remigio Velarde. Jardinero-Técnico Horticultor.» Vuelve por fin a llamar otra
vez y dice, sintiéndose, como mil veces antes que ésta, ridículo al decirlo en
voz alta: «Soy don Gerardo.» Matilde se oye adentro.
-Ya voy, ya voy
-vocea. Se oye el chancleteo hembra de la Matilde. Abre la puerta. Tufo de jabón
de tocador o lo que sea. Se ve la cabeza de Matilde envuelta en una toalla, el
tinte corrido de la cara blanca que los ojos negros pesadamente perturban.
-Haría usted el
favor… -empieza don Gerardo, como otras veces de abrir la llave de paso que
estamos sin agua.
Matilde no contesta
en seguida. Siempre se calla lo primero en esas ocasiones y mira muy despacio a
quien le habla. Es un buen truco, y Matilde lo sabe de sobra. Es el truco de
sus días de mal norte, cuando el tedio se le encarama tripa arriba como una gran
rata.
-¿El agua? ¿Qué
agua? ¿Que se ha cortao el agua? ¡Pues bien!.
-La llave de paso,
que a lo mejor se olvidó usted de abrirla como la otra vez.
-¡Ah, la llave de
paso! ¡Haberlo dicho! ¡Será que se me olvidó con las prisas!
Don Gerardo sale a
la calle y piensa: «Esta tarde iré de paseo al pinar.» Laureles del mediodía
marítimo imitan la levedad del cielo. Pero esta tarde don Gerardo se queda en
casa hasta que pasa, como un malestar, la hora de su paseo. Y cuando por fin
sale -pasear es, entre otras cosas, para don Gerardo «prescripción
facultativa»- no va hacia el pinar, hacia el verdor rumoreante, oscuro, de las
dunas, sino hacia el otro lado que es sin fisonomía porque los sitios de playa
cobran fisonomía en función de la playa.
Atardecer del día
siguiente. Don Gerardo paseando hacia el pinar. «Por poco tiempo aún está la
luz en medio de vosotros. Caminad mientras tenéis luz para que no os sorprendan
las tinieblas, porque el que camina en tinieblas no sabe dónde va. Mientras tenéis
luz creed en la luz para que seáis hijos de la luz.» Camina lentamente. El
abultado bulto de su sombra se le adelanta. Todas las cosas se vuelven hacia el
fin. La arena del sendero, entre las dunas, se ha vuelto secreta entre la
hierba. Don Gerardo tropieza con algo en el suelo y se detiene. Piensa: ya es
tarde para volver. El pinar se alza no mucho más de doscientos metros frente a
él, y los troncos delgados entrecruzándose tejen -por un instante- una red en
el aire nocturno. Don Gerardo aspira profundamente el aire salitroso. El
viento, peces o pájaros vespertinos surcan aéreos ojos de las agujas secas.
Todo el pinar a intervalos se estremece y varía. Ahora la red sumiéndose en las
aguas nocturnas. El mar no dice nada, no significa nada, no recuerda nada. Todo
deshaciéndose para siempre en su incontable pérdida. Don Gerardo recorre los
doscientos metros restantes y entra en el bosquecillo. El pinar se alza sobre
un lomo saliente que por un lado se inclina hacia el convento y la vivienda de
don Gerardo y por otro, bruscamente, clareándose a corros, hacia la playa. Ahí
suelen venir de merienda en los veranos los cochecillos de Valerna. Don Gerardo
no suele llegar en su paseo vespertino hasta tan lejos. Se ve la garita de los
carabineros. Don Gerardo recuerda ahora la última visita que hizo a esa garita.
Había cagadas recientes y olor a mierda seca y a ortigas. El suelo de terrazo
roto a corros, una ventana era sólo un boquete y la otra, la que da al
poniente, tenía todos sus cristales. La ventana que da al poniente tiene ahora
un reflejo rojo. Por dentro era un cuarto grande. Justo al lado de la puerta
había un ortigal grande. Hay una cocina con dos placas y él se sentó ahí en
medio, de media anqueta, sobre la cocina derruida a fumar un pitillo y se le
hizo un roto la sotana.
-Hola.
Don Gerardo se
vuelve asustado. Uno de los muchachos, pero no el de la víspera, se le ha
venido encima por la espalda. Lleva una especie de saco al hombro. Otra figura justo detrás de él.
-Buenas… tardes. Me
dieron ustedes un susto.
-Y usted a
nosotros.
-Es el que me cogió
el otro día -dice la segunda figura.
-Vine dando un
paseo.
Al decir esto don
Gerardo tiene la sensación de estar inventando una disculpa. Queda sólo un gajo
de sol al fondo. Transparencia del aire. Don Gerardo se tranquiliza de pronto.
Entran los tres en la garita. Uno de los muchachos enciende una vela.
-Siéntese usted,
está usted en su casa.
Don Gerardo se
sienta. Ya no hay gajo de sol. La noche es tierna como una melodía difícil de
construir, alegre como una enorme melodía que no se oye bien porque las voces
tapan la luz del fondo de ese ritmo. Los pinos tapan lo poco que queda de la
luz de la tarde. No pasa nada. Durante una hora o cosa así se están los tres
sentados en el suelo de la garita. Y yo supongo que hablarán o no hablarán.
Algo se dice, yo supongo. Pero no hace falta consignarlo. El caso es que al
cabo de una hora don Gerardo les deja. Y vuelve casi a brincos a casa. Todo
está apagado. Los jardineros tienen la tele puesta. La madre de don Gerardo
estará en la cocina. Don Gerardo sube a su piso. Besa en la frente a su madre
como todas las noches. Y se acuesta. Antes de dormirse sostiene el breviario
sin leerlo con las dos manos sobre el pecho, como muerto. Y dice: Dios mío,
Dios mío. O una frase parecida. A la mañana siguiente don Gerardo dice misa. Y
después de leer el Evangelio, antes del Credo, sin ser costumbre, ni venir a
cuento, predica lo siguiente:
«Hermanitas:
Nosotros somos como niños y niñas al pecho de su madre. Aunque seamos viejos no
somos nunca viejos, porque el dolor ajeno y la alegría ajena es cosa nuestra. Y
será nuestra hasta la muerte. Conmigo, alegraos conmigo dulcemente, porque el
pecho de Dios y el templo de Dios es infinito. Alegraos conmigo, porque el
secreto de la Cruz se comadrea en todo el universo. Alegraos conmigo, porque el
secreto de la Cruz es el secreto de la libertad del hombre. Porque la libertad
y la cruz son uno y lo mismo. Hermanitas; alegraos conmigo con el júbilo de
vuestras más secretas lágrimas.»
La madre superiora
es una madre de media edad, y hecha a rarezas, viniendo como viene de una
ilustre familia guipuzcoana. Sería de sobra a estas alturas madre provincial si
no se hubiera decidido que trabaja demasiado y le conviene un poco de descanso.
Superiora ahora meramente de estas ancianitas. Pero las rarezas a que ella está
hecha son rarezas todas de gente de su clase, extravagancias finas y pudientes.
Y laicas todas. En la iglesia, a la madre Superiora le gustan las cosas algo
sosas y muy muertas, como el color de los trajes de sus primas que exactamente
saben que negro o verde oscuro es lo elegante por la tarde. Así es que
semejante sermón de sopetón la volcaniza un tanto y la irrita. ¿Quién se creerá
éste que es, fray Luis de Granada? A las monjitas ancianas -por lo menos a dos
que son amigas y tienen latas secretas de bizcochos escondidas debajo de las
camas- el sermoncillo, en cambio, les divierte. Y aunque por puro sacrificio y
disciplina se arrodillan separadas a opuestos extremos del primer banco de la
primera fila, ahora se miran de reojo, y sin hablarse deciden las dos hacerle
un feo al director espiritual, un cursi, un ordinario y un pelma, que
invariablemente las confiesa, y confesar las dos de hoy en adelante con don
Gerardo, el capellán. La madre superiora, por su parte, decide hablarle a don
Gerardo esa misma mañana acerca de fondos y de formas en sermones de misas de
las ocho. Pero justo esa mañana tiene ella que salir a una cosa del señor
obispo. Y don Gerardo vuelve a casa a desayunar intacto. Su madre le mira
fijamente, mientras pela la pera y bebe, haciendo, como todos los días, una
mueca de asco al tragarse el café negro sin azúcar.
Don Gerardo al
salir habla a la Matilde, que está barriendo a la puerta.
-Buenos días,
Matilde.
-Buenos días, don
Gerardo.
Don Gerardo se para
un poquito y la Matilde se le viene con la palabra encima.
-Que digo yo que
hoy en día, don Gerardo, no sabe una a que atenerse.
-No, pues no, no se
sabe.
-Ahora que se sabe
más de lo que creen algunos que se sabe, porque los hay como las ranas, ¡el
culo al aire que la cabeza la arrebujan, pero vaya si se ve el culo, vaya si se
ve!
El carácter
siniestramente simbólico de casi todo lo que Matilde dice -o implica- divierte
en general a don Gerardo. Incluso cuando el simbolismo es pura agresión
personal (no como en esta ocasión esta mañana, piensa don Gerardo, porque esta
mañana particular don Gerardo no piensa en agresiones) el simbolismo de la
Matilde -por sí solo, aunque le duela- le divierte. Después de un rato, don
Gerardo se va. Y llega la tarde. Y don Gerardo pasea hacia el pinar. Y otra vez
se sientan los tres en la garita. Pero como don Gerardo ha ido más temprano
esta tarde todavía hay luz. Y ahí los dos jóvenes le miran curiosamente,
afectuosamente, y sobre todo el joven a quien don Gerardo había recogido el día
de la clase del Instituto. Don Gerardo no sabe alemán -ni yo tampoco-, pero lo
que sucede se dice en alemán, así -Rilke lo dice así-: «Jungling dem Jüngling,
wie er neugiering hinaussah.» Don Gerardo vuelve a casa otra vez esa noche. Al
día siguiente es día de Instituto. Las monjitas de los bizcochos pierden esa
mañana tres veces el hilo de la letanía nerviosamente de esperar a ver si don
Gerardo, el capellán, predicará otra vez, de sopetón. Pero la misa transcurre
sin incidente alguno, excepto, claro está, ese incidente cotidiano de la frase
dichosa que tanto nos perturba en estos años o relatos: «Este es mi Cuerpo.
Esta es mi Sangre», una frase, repito, que aunque no significa nada en
concreto, es más acontecimiento que todo acontecimiento real, posible o
imposible porque designa, en cuanto acto humano, un acto de valor personal, de
arrojo, más grande que el cual nada puede pensarse. Luego el día transcurre; un
largo día hasta la tarde. Los niños del Instituto, preocupados con un examen,
están, por una vez, casi en silencio y, aunque no escuchan, no hablan. No hay
preguntas a la salida. Y don Gerardo regresa a su casa temprano y se prepara
para su paseo. La Matilde está en la calle, haciendo que hace algo cuando él
sale. Don Gerardo va ahora un poco más de prisa de lo que quisiera ir. Ahora
necesita, según parece, ver a los dos muchachos y esa prisa se refleja en un
cierto apresuramiento al decir «Buenas tardes», que la Matilde pesca al vuelo y
resiente en el acto.
-¿Qué? ¿De paseo,
don Gerardo?
-Pues sí, a dar un
paseo.
-Que digo yo que
siguen ésos en el pinar y no tienen por qué, porque vaya pelos que se traen,
¿usted los ha visto? Lo que es hoy en día una no sabe qué es pollo y qué es
gallina, porque es que no se sabe ¿no le parece a usted?
-Pues… sí -dice don
Gerardo, divirtiéndose, pero a la vez sabiendo que se juega el tipo sin saber
por qué lo sabe ni a qué, en concreto, hace referencia su sabiduría-. Tiene
usted razón, Matilde. Hoy en día ni fu ni fa.
Pausa. ¿Por qué va
y viene al pinar don Gerardo? Porque don Gerardo ha dado ese paseo
ininterrumpidamente todas las tardes desde que hace diecisiete años vino de
capellán de las monjas. Ahora parece, sin embargo, que a esa costumbre se
superpone otro motivo. Ahora parece que don Gerardo va de paseo al pinar como
era su costumbre, pero en concreto, además, a ver a los dos muchachos o a uno
de ellos. Sucede, empero, que saberlo -lo que se dice saberlo- no se sabe.
Podemos, ¿qué duda cabe?, inventar un motivo como puede inventarlo la Matilde
-como de hecho la Matilde está ya inventándolo o lo ha inventado desde el
principio de los siglos- para deshacer a don Gerardo, a quien odia con ese odio
puro y simple con que odian las Matildes de este mundo. Pero eso sería una
invención y no un dato. No hay por qué suponer que don Gerardo ha concebido una
súbita pasión -definidamente sexual- por estos dos muchachos o por uno de
ellos. Eso sería mucho suponer Fábulas que lo suponen todo -o demasiado- son
fábulas sin gracia y sin sustancia. Fábulas que lo suponen todo -o demasiado-
no pueden ser certeras. De don Gerardo no sabemos más -hasta la fecha-, ni la
Matilde, ni el lector, ni yo, que lo que se ha visto o dicho hasta la fecha. Y
como no sé más, a eso me atengo. Al lector habrá que contentarle con consignar
lo que es visible (inmediata o mediatamente). Don Gerardo se libra por fin de
la Matilde, que le sigue con la vista hasta que la pesada figura del sacerdote
desaparece de la vista de Matilde -haciendo, al desaparecer, que Matilde se
sienta como si le robaran algo o la privaran de un capricho. (Quiere decirse,
pues, que la perversidad de don Gerardo, su escapatoria, es en este caso
perfectamente natural y debida a la naturaleza del espacio o a las leyes que
rigen nuestra percepción de objetos en espacios tridimensionales.) Es ese, sin
embargo, un mal estado para estar la Matilde. Malo es que a la Matilde se le
excite con cosas que ni del todo se le enseñan ni del todo se le ocultan.
Porque la Matilde a su manera brutal es muy zahorí, y a su manera
indeciblemente absurda, tan quiere saber la verdad a todo trance como lo desea
un poeta o un sabio. No se trata aquí de achicar o despreciar a la Matilde. Se
trata de no dar a la figura de Matilde más importancia de la que en realidad
tiene -o tendrá- en este relato o en la vida. Quiere decirse, pues, que lo que
durante diecisiete años no ha sorprendido u ocupado la imaginación de Matilde,
a saber: el paseo vespertino de don Gerardo va a ocuparla, de ahora en
adelante, porque la presencia de los dos muchachos barbudamente jóvenes en la
garita del pinar, viniendo de vez en cuando a buscar agua, vestidos de ese modo
provocante, ha disparado en Matilde lo que todo el mundo sabe. Así es que el
sentido del paseo de don Gerardo -su carácter figurado, además de real-
proviene en parte de una cosa que le pasa a la Matilde -¡que diecisiete son los
años ya que está hasta el gorro del utensilio del marido!- y en parte de una
cosa que nos pasa a nosotros, al lector y a mí, a saber: que nos gustaría dejar
caer este relato hacia su sino con toda sencillez, siguiendo el hilo fácil de
un desenlace perfectamente previsible desde un principio. Pero sucede que don
Gerardo, sencillamente, va una vez más al pinar. Se sienta un rato a charlar
con los muchachos -que invariablemente están ahí- y se retira luego de vuelta a
casa con toda sencillez. La verdad es que no hablan gran cosa. Porque los tres
se han acostumbrado a estar juntos. Así es que cada uno de los tres está a lo
suyo. Don Gerardo fuma su pitillo y los dos muchachos hacen lo que sea. Hasta
que llega el momento de irse y don Gerardo se va. Durante una semana o dos
semanas, o tres las cosas siguen así. Al cabo, por ejemplo, de tres semanas don
Gerardo ya no va al pinar con angustia o regresa jubiloso a casa. Va con gesto
ordinario al pinar y vuelve con gesto ordinario a casa. Quiere decirse, pues,
que don Gerardo se ha acostumbrado a esa costumbre. Una cosa don Gerardo evita:
pensar que un día irá al pinar y no estarán ya ahí los dos muchachos. Don
Gerardo -habiendo evitado y evitando ese pensamiento- piensa, en cambio, en lo
que hará después de que ese acontecimiento tenga lugar. Tan da por descontado
que eso tendrá lugar, que puede a la torera saltárselo y enfrentarse con la
idea siguiente, que es la idea de una soledad más grande de la cual nada puede
pensarse. Y don Gerardo piensa, a la vez, que cuando esa soledad llegue se la
ofrecerá a Dios. Hace falta ser don Gerardo para pensar así: quiero decir que
hace falta tener la clase de grandeza de ánimo que don Gerardo tiene. En
cualquier caso así vive día tras día. Pero la grandeza de ánimo, que enfrenta
por sí sola y en carne viva sus difíciles, ha de enfrentar también dificultades
que ella misma no genera. Dificultad ajena -menos difícil de enfrentar que la
propia, pero acaso más mortal (quiero decir que lleva consigo, de ordinario, la
estricta y precisa defunción del magnánimo). Me refiero concretamente al hecho
de que la Matilde ha empezado ya a fijarse en don Gerardo. Y ha declarado
guerra a muerte.
-Que digo, don
Gerardo, que qué le parece a usted de hoy en día, porque, vamos, hace falta
verlo para creerlo lo que se ve hoy en día…
Don Gerardo en este
punto y en esta mañana particular se permite -quizá por primera vez en su vida-
contradecir a la Matilde, o por lo menos hacer un jueguecillo inocente de
palabras.
-Hará falta también
creerlo para verlo, Matilde, ¿no le parece a usted?
Cosa que a la
Matilde suena, por no se sabe qué motivo -quizá porque la frase lejanísimamente
suena a desafío-, a cosa herética, a cura ateo o comunista o marica.
El caso es que la
Matilde se queda por un instante sin saber qué decir. Emoción, a lo mejor, de
la contradicción y el combate la entrompan la garganta.
-¿Ah, sí? -dice por
fin-. Pues yo no estoy de acuerdo.
Don Gerardo
retrocede inmediatamente. ¿Hace bien o hace mal? ¿Hay que dar la batalla
siempre o sólo a veces? ¿Cómo hay que darla y cuánto dura -cuánto tiempo tiene
que durar- ese gesto terrible, humano y sobrehumano, de la suerte o a muerte?
Don Gerardo no lo sabe, esa es la verdad. Pero pocos lo saben, así es que no
hay por qué reprocharle el que no lo sepa. Don Gerardo dice una cosa cualquiera
y se retira. Al día siguiente es domingo. Y la misa está llena. Don Gerardo
predica un sermoncillo sobre la caridad. «Amaos los unos a los otros como yo os
he amado» es el tema. Don Gerardo lo expone mal, muy mal. No expone ninguna de
las maravillosas implicaciones simbólicas de esa frase. Ni tampoco se sirve del
texto paralelo: «No me elegisteis vosotros a Mí, sino que os elegí yo a
vosotros.» Texto en que el amor, metafóricamente, alcanza la más pura, alta y
generosa expresión de Sí que ha conocido el hombre. Definitivamente escuchar
este sermoncillo dominical de don Gerardo no merece la pena. Pero el caso -lo único
esencial y que hace al caso- es que se trata de un sermón sobre el amor, cosa
que nos preocupa a todos y tanto a la Matilde como a don Gerardo, como al
lector, como a mí. No se sabe por qué ese día la iglesia parece más de bote en
bote que nunca. Y la Matilde más visible y más comulgante que nunca. Y sus
primas del pueblo, que han venido a pasar el domingo con ella. O varios del
pueblo de Matilde, también ricos de pueblo. Y la madre de la Matilde, la del
supermercado del futuro. Sumidos todos en oración, en éxtasis o en odio. (O
sencillamente sumidos en el torpor mortal del mal pensar y el ser falso.)
Termina la misa. Y
vuelve a casa don Gerardo. Nada sucede. Abajo almuerzan todos los Matildes,
ruidosamente, con la tele puesta. La madre de don Gerardo, en el piso de
arriba, ese día habla un poquito.
-Gerardo, tuve
carta de Teresina (Teresina es la hermana de la madre de don Gerardo) y me
dicen que están bien.
-Le das recuerdos
de mi parte cuando escribas.
Don Gerardo se
detiene mucho esa mañana en todo. Tarda mucho en todo. Tarda tanto que parece
que ha perdido la fuerza. Y la ha perdido. La está perdiendo a cántaros y a
chorros, porque le ocupa Dios. ¿Pero cómo le ocupa Dios? ¿Y qué Dios es ese?
¿Es ese el mismo Dios en cuya memoria dice don Gerardo todas las mañanas: Este
es mi Cuerpo y mi Sangre? Porque quizá hay dos dioses. Ahora hablando en serio:
hay millares de dioses y no porque cada hombre tenga el suyo -eso sería una
idea repulsivamente barata y fácil de pensar-, sino porque Dios es Ser y ser es
-si se es- a miles, millones y billones. ¿Me estoy equivocando? No, no me estoy
equivocando. Yo sólo me equivoco cuando me da la gana. (Mejorando lo presente y
con perdón de los presentes.)
Oh Dios, perdóname
-piensa don Gerardo toda esta mañana-, porque aunque no he querido ser como Tú,
he querido ser digno de Ti. Y no he sabido. Ahora una indecible corriente me
embaraza, que no es amor por Ti, ni es amor tuyo, pero que Tú entiendes, porque
Tú eres Dios y entiendes la grandeza del hombre hecho a Tu imagen.
Don Gerardo vuelve
una vez más al pinar esa tarde. La luz dormía en las orillas de la hierba
brumosa como todos los niños que coleccionaban conchas y se alegrarán de sus
inmerecidos premios.
FIN

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