Construyó una piragua y quiso probarla en
el Guadalquivir. No le interesaba el deporte. Tampoco había hecho la piragua
para usarla a menudo; sabía que, en cuanto explorara las isletas, la dejaría en
el trastero o la vendería. Él se definía como inventor, aunque a las cosas que
fabricaba no se les podía llamar inventos. Sin embargo, había empezado a
calificar como tales todo lo que pergeñaba, pues no usaba manual de
instrucciones. Su método era descubrir por sí mismo lo necesario para elaborar
lo que ya estaba hecho. El proceso le llevaba meses y lo consideraba su
verdadera vocación. Inventaba lo que estaba inventado. Conseguía con ello un
placer parecido al de los senderistas que los domingos van al monte y alcanzan
una cumbre, y se preguntaba por qué la realización personal era algo tan
extraño. Por las mañanas, el falso inventor trabajaba como maestro en una
escuela de artes y oficios sin sentirse realizado, a pesar de que sus
enseñanzas resultaban útiles para sus alumnos.
Desde niño había deseado ir a las lenguas
de tierra que penetran en el mar, o a las islas que nadie habita. En una
ocasión, cuando tenía dieciocho años, sus padres le invitaron a Tabarca con la
promesa de que era una isla desierta. Él creyó que iban a pisar mero matorral,
pero se encontró con siete calles de casas humildes, una muralla, una iglesia,
un faro, dos hoteles y un pequeño puerto. Probablemente sus padres exagerasen
con que no había nada en Tabarca para convencerle de que se fuera con ellos de
vacaciones -no les gustaba que se quedara solo en casa-; no obstante, tal vez
nunca hubiesen entendido a qué se refería cuando hablaba de lugares
deshabitados.
Era difícil contar las mejanas de la
parte del Guadalquivir que bordeaba la ciudad. Algunas se confundían con
pequeñas penínsulas. Una mañana de septiembre caminó hasta el muelle con su
embarcación y se echó al agua. Estuvo varios días tomándole el pulso a la nave,
y tras dominarla, comenzó a explorar el río. Llevaba semanas sin llover. El
caudal iba escaso, tranquilo, apestoso. Recorrió el perímetro de las islas con
una mezcla de desasosiego y estupor, sin ser capaz de arrimar la piragua a la
orilla. Dudaba de sus habilidades para maniobrar con rapidez, temía que la
tierra no fuera firme en las márgenes, resbalar y que la piragua se le
escapara. Además, le espantaba regresar a nado, apretando los labios para no
tragar miasmas, y viendo tanta naturaleza junta, la vegetación abigarrada y
vibrante de insectos, la capa de excrementos de pájaro, el lodo. Lo que había
creído bello no eran más que árboles torcidos por el peso de las aves, o quizás
por alguna enfermedad, así como colonias de bichos y arbustos comidos por la
inmundicia.
Al quinto día de deambular con la
piragua, decidió recorrer la curva del Guadalquivir. Remar hacia el sur le
permitía no perder de vista las lomas suaves de la campiña. Por allí las islas
eran diminutas, más ásperas, y estaban muy juntas, como un sarpullido. Las
rodeó trabajosamente; en la última se encontró el cadáver de un hombre flotando
entre los juncos. El muerto yacía boca abajo, en calzoncillos; la piel de su
espalda se levantaba formando ampollas del tamaño de una mano. No supo si las
ampollas se debían al sol, que todavía achicharraba en septiembre, o a que el
cuerpo estaba tan lleno de líquido que se había deformado. El río hedía. Llamó
a protección civil y los agentes llegaron en una dingui con la que era
imposible abrirse paso entre los juncos. En la dingui portaban una canoa;
mientras un policía gordo se montaba en ella, él se acercó a la lancha y pidió
permiso para irse. No quería presenciar cómo arrastraban al fiambre. Le
amilanaba que se diera la vuelta y descubrir unas entrañas en carne viva,
devoradas por los peces.
El episodio del muerto le mantuvo varias
jornadas alejado del río. Luego volvió a dar su paseo vespertino alrededor de
las islas, y un día, después de haberse atrevido a pisar la más cercana al
muelle, decidió habitarla. Se dijo a sí mismo que estaba harto de vivir en la
urbe, y también que le excitaba hacer lo que nadie hacía. Aquéllas no eran más
que dos ideas peregrinas con las que a veces recorría las calles de su ciudad,
que se le antojaba demasiado obsesiva, una espiral que le abducía hacia el centro.
En verdad, no podía dar ningún motivo que explicara su decisión de ocupar aquel
pedazo de tierra estrecho y nauseabundo, que le haría sentirse aún peor que en
la ciudad.
Aunque se tratara de la isla más próxima
a la ribera, la espesura impedía ver su interior. Limpió de matorral el centro,
taló árboles cuyos troncos eran tan delgados que parecían cuerdas. ¿Cómo esa
madera enclenque sostenía una copa de un verdor pletórico? Decidió montar una
tienda de campaña roja en vez de verde militar. La tienda se aislaba bien, pero
él no esquivaba el pánico a despertarse cubierto de insectos. Pensaba que,
durmiendo en alto, se resguardaría de las larvas que pululaban por el suelo ciegas,
ofuscadas en la profanación de la tierra, y que parecían intuir a sus
depredadores. Las aves las atrapaban con facilidad: metían el pico bajo la
arena y hurgaban. Constituían una fuente de comida inagotable; sin embargo, los
pájaros no se alimentaban siempre de ellas. Quizás no resultasen lo
suficientemente alimenticias por estar hechas sólo de agua, y había que buscar
insectos más sofisticados y nutritivos. Una tarde examinó una. La puso en su
mano, donde el animalito danzó sobre sí mismo. Al apretarle un poco con el
índice, estalló como un globo diminuto.
No dormía en la isleta todas las noches;
eso le habría vuelto loco. Le bastaba con amanecer allí un par de veces a la
semana. Cuando pernoctaba en esa mancha del Guadalquivir, escuchaba un zumbido
durante la madrugada. Salvo si las lechuzas atacaban, los pájaros permanecían
callados, y sólo se oía el aleteo de los que eran expulsados de algún álamo.
Estaban muy apretados; al ahuecar la cabeza bajo el ala y ensanchar el buche,
los que ocupaban los extremos de las ramas se caían. El zumbido que le torturaba
no se debía a estos estertores del sueño, sino a la chillería de las aves en el
ocaso al buscar sitio en los árboles, tan brutal que imposibilitaba hacer un
cálculo aproximado de cuántas acudían a aquel mísero terruño. Le parecía que
eran miles. Piaban de tal modo durante una hora que el sonido se le quedaba
dentro, y ni enchufándose los cascos con el volumen al máximo lo mitigaba;
incluso salía de la tienda para ahuyentarlas a voces, pero la jauría no
reparaba en su presencia. Era como un trozo de alga en mitad del océano; las
aves quizás lo confundían con un pájaro ridículo. Acababa con la garganta
dolorida de gritar, y no quería confesarse a sí mismo que algo en él se
liberaba mientras vociferaba haciendo muecas grotescas. A menudo perdía la
noción del tiempo y seguía aullando en plena noche, cuando los pájaros estaban
ya callados; entonces los escasos paseantes de la ribera miraban hacia la isla
creyendo que los alaridos eran de algún animal.
Los pájaros iban a la mejana a dormir, a
criar, a morir. Todo estaba lleno de nidos y de cagarrutas, y cuando el falso
inventor volvía a su casa, no conseguía deshacerse del olor a excremento, ni
siquiera duchándose. Por lo visto, aquellas aves blancas eran una plaga. Se lo
había dicho un viejo que pescaba en el embarcadero. Le preguntó al viejo por el
nombre de los animales, pero éste no supo indicárselo. Estuvo buscando
información en internet y no encontró nada. Ojeó una guía de la fauna del
Guadalquivir; los pájaros de su isla no coincidían con ninguna de las garcillas
descritas. No investigó más; al fin y al cabo, hallar a qué especie pertenecían
no modificaba su decisión de convertirse, durante un par de veces a la semana,
en un ser que bramaba contra unas criaturas que le ignoraban, que se dormían a
pesar de que les lanzaba furiosas piedras. Ni se dignaban mirarle cuando la
cólera le hacía agitar los troncos enclenques de los árboles. Las copas se
movían de un lado a otro, y a veces este movimiento se tornaba violento; el
vaivén de ramas trasmitía la impresión de que unos fornidos costaleros llevaban
la isla a hombros.
Con el paso de las semanas, el falso
inventor se convenció de que su ocupación era un acto de justicia. ¿Por qué
tenía que pedir permiso para habitar un sitio vacío? Estimaba incomprensible
que el resto de las isletas siguieran vírgenes, pero eso no era lo que le
parecía peor; lo intolerable era la falta de curiosidad de los habitantes de
una capital donde vivían más de trescientas mil personas. ¿Entre tanta gente
sólo él se molestaba en visitar lo que había delante de sus narices?
Empezó a dejar dinero en la tienda de
campaña para ver si alguien lo robaba. Si bien los piragüistas que remaban por
el Guadalquivir no tenían por qué ser unos ladrones, debía de haber maleantes
al acecho, algún vagabundo hambriento que sin duda birlaría su generoso
billete. Comprobó a diario si los cincuenta euros seguían allí. Y así era.
Nadie cogía nunca ese dinero. Nadie ponía un pie en su isla.
Cuando no inventaba lo que ya estaba
inventado, el falso inventor hacía instalaciones a las que no llamaba arte. Por
ejemplo, les había quitado la piel de tela a diez perros de juguete que
ladraban mientras movían las patitas delanteras y encendían sus ojos. Luego
había colocado la piel sobre las patitas y metido a los perros en una jaula
para conejos. Urdió un mecanismo para accionar a los perros con un mando a
distancia. Cuando sus amigos iban a su casa, él le daba al botón del mando.
Diez perros de juguete despellejados ladraban mientras movían sus patitas hacia
atrás sobre su propia piel, encendiendo unos ojos amarillos.
Sus amigos le sugerían vender aquella
instalación a alguna campaña para la protección de animales y él se encogía de
hombros. ¿No habrían explotado ya otros su idea? En el fondo, pensaba que, si
se le había ocurrido a él, era porque la había visto en algún sitio, aunque no
se acordara. Por eso se negaba a que alguien considerase arte sus
instalaciones. Le aterrorizaba exponer y que se comentara en voz alta que sus
obras no eran más que una copia. No sabía por qué le temía a esa crítica, si al
fin y al cabo no creía en la novedad y argumentaba largo y tendido al respecto,
aun cuando no fuese capaz de recordar de dónde procedían sus apropiaciones.
Además de la jaula llena de perros de juguete, eran suyos un circo de pulgas
mecánicas en el interior de una alacena, una sandwichera fabricada con dos
planchas de la ropa con la que derretía queso añejo sobre las manos de sus
invitados cuando celebraba alguna fiesta, una pila de libros sobre la que se
había acumulado el polvo durante más de veinte años -lo que cubría los libros
eran ya pelotas de porquería-, y cuya importancia estribaba en que ese polvo
contenía células muertas de todos sus familiares, ya fallecidos.
Fue la jaula de conejos donde tenía los
perros de juguete lo que le llevó a la ocurrencia de soltar conejos en la isla
para ahuyentar a los pájaros. Resolvió no quedarse más noches a dormir. Ya
había gritado lo suficiente. Mantendría la tienda de campaña para ir a observar
a los conejos y echarse la siesta. El otoño estaba avanzado, habían atrasado la
hora; ya no era un despropósito remar a las cuatro de la tarde y recibir la
fresca en el río, cuyo caudal seguía tan hediondo como en verano debido a la sequía.
Compró veinte conejos, diez machos y diez hembras, que se reproducirían a gran
velocidad. En la isla pronto no habría alimentos para ellos. El falso inventor
supuso que los nuevos moradores atacarían los nidos que había en el suelo
cuando no tuvieran qué comer. Si los pájaros no podían criar en la isleta, se
irían a otra.
Los conejos eran muy blancos y de largas
pelambreras. Tenían los ojos rojos, le habían costado más caros que si los
hubiese comprado grises o marrones, pero estimó necesario que compartieran el
mismo color que las aves. Se dijo que poblar con ellos la isla era su forma de
seguir habitándola. Acabó por permitirles entrar en la tienda, donde preferían
estar, sin duda porque les mantenía a resguardo del sol y porque la tierra no
valía para hacer madrigueras. En la tienda se pusieron a parir gazapos sin pelo
que parecían ratas.
En cuanto los conejos devoraron los
matorrales, los nidos fueron vaciándose de huevos, manjar que parecía gustarles
especialmente, pues en más de una ocasión presenció peleas por roer las finas
cáscaras azuladas. No se peleaban, sin embargo, por los polluelos, y para el
falso inventor estaba claro que comer esa carne recién nacida era algo que
hacían a su pesar, con cierta tristeza, como si sus obtusas inteligencias
reaccionaran frente a aquella situación cruel. Su actitud, se decía, estaba
acorde con la humanidad que representaban, que no era otra que la de él, su
dueño. Tal vez por ello le sorprendió que, a pesar de los escrúpulos iniciales,
luego no dejaran ni los huesos, como habría hecho cualquier persona. Atacaban
con sus incisivos los buches de las criaturas, y un cerco de sangre tiznaba,
del mismo color que sus ojos, sus hocicos temblones y los finos pelos de sus
bigotes. Cuando habían acabado con la carne, frugal, pasaban largos minutos
royendo los esqueletos, haciendo un ruido peculiar, de ramas secas quebrándose.
Se comían incluso el pico, y al terminar se acicalaban hasta que el pelaje
volvía a lucir blanco.
Mientras el festín tenía lugar, las aves
volaban alrededor lanzando angustiosos graznidos. Aguardaban durante horas en
el lugar del crimen, como si su prole fuera a aparecer tras una piedra. Al
falso inventor le resultaba curioso que no se les ocurriese atacar a los
conejos. Sería sencillo para ellas arrancarles los ojos con sus afilados picos,
pero aquellas maniobras grupales debían de ser ajenas a sus instintos.
No calculó que los gazapos nacidos allí
jamás habrían comido otra cosa que carne y huevos, y que aquella
desnaturalización habría de acarrear alguna consecuencia funesta. Durante un
tiempo más, las aves fueron lo suficientemente tontas, u osadas, como para
seguir anidando en la isla, pero cuando los nidos comenzaron a desaparecer, el
falso inventor se dio cuenta de que también lo hacían las camadas de conejos.
Una mañana fue testigo de por qué desaparecían: sus congéneres se las comían.
Le horrorizó aquel espectáculo y se deshizo de la idea de que esos animales
fueran una extensión de su persona. Es más: se le antojaron una plaga, igual
que los pájaros, y si siguió yendo a visitarlos, fue porque se sentía culpable
de abandonar a aquellas bestias a las que había envilecido.
Un día probó con el pienso. Los conejos
se limitaron a olisquearlo, y luego se entregaron a encuentros sexuales que
poseían un punto morboso. Habían aprendido a reproducirse para comer, y eso
multiplicaba los apareamientos. El falso inventor se dijo que la necesidad
aceleraba la gestación. Todos se alimentaban cada vez que una hembra daba a
luz; cuando acontecía el silencioso parto, los conejos acechaban a la
parturienta como si también cupiera la posibilidad de comérsela a ella. Puesto
que ya no demostraban interés por los nidos de las aves, éstas volvieron a
anidar.
La tienda de campaña se veía desde la
ribera. A él le daba igual. Lo que había en ese pedazo de tierra no era
demasiado distinto de los campamentos que los rumanos y los mendigos levantaban
bajo los puentes de las circunvalaciones. Mientras no molestaran, nadie les
prohibía que durmieran allí. Su isla quedaba lejos del conjunto monumental que
se atisbaba desde el otro lado del río. Tenía enfrente el final de la ciudad,
donde, además de pisos nuevos y feos, sólo había un centro comercial junto a un
estadio que nunca fue importante. Él también era visible cuando estaba en la
mejana, y algunos niños le saludaban desde el pretil y le pedían a gritos que
les llevara en su piragua. El falso inventor les contestaba moviendo
enigmáticamente la cabeza. La atención de los niños le envanecía y le
preocupaba al mismo tiempo. No quería que supieran lo que estaba pasando con
los conejos, que se adivinaban desde el mirador; eran como pequeñas pelotas
blancas chocando unas con otras. Por las noches, si había suficiente luna, el
resplandor de sus pelajes se confundía con el de los pájaros, y daba la
impresión de que las aves dormían en el suelo.
Los conejos jamás se comían a sus crías
fuera de la tienda. Parecían saber que transgredían una ley. Y aunque verlos
alimentándose de sus descendientes encogía el alma y los tornaba abyectos,
cuando se estaban quietos se hacía evidente que había algo en ellos hipnótico,
majestuoso, que se acrecentaba con el paso del tiempo, y que quizás guardaba
relación con actuar contra natura. Tal vez habían dejado de ser conejos,
pensaba, o de algún modo sabían que estaban protagonizando lo que jamás había
pasado de esa manera en su raza. A ratos al falso inventor le atribulaba su
desaparición, y entonces se olvidaba de las circunstancias por las que aquellos
seres habían acabado zampándose a sus hijos. El acontecimiento relucía como un
hecho puro, sin causas; un hecho llamado a inaugurar un nuevo mundo. Todo esto
ocurría a la sordina, porque aún no había un lenguaje para una realidad que
empezaba a dar sus primeros pasos. El falso inventor se limitaba a seguir yendo
a la isleta y a contestar con recelo a las peticiones de los infantes de ser
llevados en su piragua. Por las noches, en el caserón heredado de su abuela en
el que vivía, soñaba con los padres de estos niños, oía sus voces como si
fueran una turbamulta que le aplastaba mientras las habitaciones se llenaban de
agua y del color azul de las piscinas. Se decía que aquello era una vulgar
obsesión de la que saldría cuando decidiera abandonar a esas criaturas, y sólo
por algunas actitudes de su cuerpo, de repente estático junto a sus conejos,
era posible concluir que comenzaba a sentirse como uno más entre ellos. Quizás
su pelo, súbitamente encanecido, lograría el blanco fabuloso de esos animales
ya sagrados, y sus ojos, ensangrentados por pequeños derrames que el oculista
atribuía a una persistente conjuntivitis, acabarían sanando cuando enrojecieran
por completo.
Un día el falso inventor desmontó la
tienda de campaña y dejó de ir a la isla. Los habitantes de los pisos de la
ribera se preguntaron qué habría sido de aquel loco dedicado a criar unos
conejos que murieron a las pocas semanas de su desaparición, y cuyos cadáveres
formaron un bonito manto blanco.
FIN

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