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9 de febrero de 2026

EL VECINO {Relatos}

 



 


Casi amurallando por detrás el antiguo caserón de la estancia sito a medio declive de una loma, seguramente para darle más vista sobre el campo frontero, afloraban dilatados peñones grises entre manchas de breña, hasta perderse la meseta así formada en un vasto pajonal donde el viento parecía arropar sin fin su desnudez fluida.

Durante el verano, la limpieza del granito cobraba al atardecer un encanto de azotea en aquellas lajas agujereadas acá y allá por hoyos cilindricos tan regulares que les llaman morteritos con justa semejanza, y que excavando un sombrío frescor de tinaja conservaban hondamente restos de lluvia; mientras en invierno, era allí de tibio que inspiraba al tordo locuaz, el solcito de las mañanas tranquilas. El silencio del campo ascendía en la quietud de un éxtasis de belleza. Hasta sobre la tierra que la escarcha asoló, la temperie otoñal como que atardaba una benignidad de rescoldo en la apagada fragancia de su ceniza. Y era allí donde solíamos ver bastante de cerca, hacia el lado del pajonal, un zorro ya viejo a juzgar por su pelambre amarillenta, que, como quien sale al balcón, tomaba también sobre su peña la resolana.

Tenía la particularidad de ser rabón casi a mitad de cola, tal vez por haber perdido lo que de ella le faltaba en alguna trampa de resorte o de nudo; pues ahí donde lo ven, es el zorro un animal decidido, que no vacila en cortarse con los dientes el miembro apresado, hasta para ir muchas veces a morir en su madriguera.

Quién sabe por qué vendría el que digo a instalarse allá, pues apareció de un día para otro cinco o seis años antes; pero se vería que el sitio era de su conveniencia en el tesón con que resistió la porfiada hostilidad de los perros, hasta que éstos cansados de perseguirlo inúltilmente, acostumbráronse a verlo también sin alterarse. La conveniencia, decía la capa taza refunfuñando, determinábanla, por cierto, las gallinas de la estancia, con alguna de las cuales solía tentarse a veces, sagaz para la gordura hasta servirse siempre de lo mejor; pero además de que le achacaban el pillaje de las otras alimañas no menos aficionadas a regalarse así, el apego debía consistir, principalmente, en los copiosos desperdicios que sobraban hasta para podrirse por los contornos cuanto apretaba el calor, sin contar el desecho de las carneadas que entonces solía comprender lebrillo y bofes. (1)

El caso es que habíasenos vuelto familiar con la permanencia, y que, de tal suerte, acabamos por llamarle “el vecino” y aun profesarle alguna simpatía en atención a sus tretas y audacia; pues tratábase, sin duda, de un “zorro corrido”, al tenor del refrán, conforme lo bien mostraba su malicia.

Así, cuando nos veía asomar por la loma, sin peligro para él, aunque fuésemos armados de rebenque o garrote, dejábanos acercar, muy sí señor, sentadito sobre su troncho de cola, ya rascándose la oreja vivamente, arrugado el hocico y fruncido el ojo como si eso fuera todo su quehacer, ya alargándonos con descaro una mirada de viejo socarrón que sesgaba a contraluz su filoso vidrio; pero si llevábamos la escopeta, o simplemente las manos bajo el poncho, escabullíase al acto entre el pajonal del que nunca se alejaba.

Oíamos algunas noches, cuando anunciaba tormenta la lobreguez, el ladrido corto y áspero con que, según los paisanos, se nombra el zorro: ¡Juan, Juan!, coligiendo que era el suyo por la tranquilidad de los perros; pues, de lo contrario, habríanse revuelto sin tardanza, como sucedió otras veces, dispuestos a la persecución.

Indiferencia que no dejaba de suscitar la acostumbrada conjetura:

-Ha de ser el vecino.

Y los comentarios, a empezar por el grito con que y que así llaman al compañero, tocayo, claro está, desde que todos ellos son Juanes como el carancho es don Rosa y el sapo ño Bailón, tal vez por los saltitos - ¡vaya uno a saber! …-; pero más interesantes eran las costumbres zorruñas que, ciertas, y no, cada cual iba recordando.

Desde luego, la de parar en seco a lo mejor de la fuga, y mientras los perros pasan allá con el ímpetu, volverse sobre el rastro para despistarlos por el olfato, confundiéndose a la vista entre los reflejos grisáceos del pastizal; o la de fingirse muerto, si otro recurso no le queda, y con tal perfección, que puede usted arrastrarlo de una pata o de la cola sin que dé muestras de sentir, aun estando mal herido;

O todavía, cuando se ve acosado, la de expedirse, digamos así, alzando la pata al cruce en la boca de alguna cueva, para que la perrada se entretenga allá con el tufo y lo crea escondido adentro.

De tal suerte nacería el cuento aquel, cuando diz que su tío el tigre, enojado por no sé qué travesura, le puso de centinela al carancho en la puerta de una vizcachera donde se había refugiado y de la cual escapó, según, acaso, les relate cualquier día; (2) pero volviendo a lo que saben o por sabido lo dan, aseguran otros que si logra parar alguna perdiz, pues acostumbra rastrearlas como el perro, pónese a contornear la mata donde el ave se oculta, hasta que así la marea y atrapa aturdida sin movimiento.

Ni falta quien sostenga que lo mismo procede con las gallinas cuando duermen en su árbol habitual, cuyo tronco ronda, arañándolo primero para que alguna se despierte y se ponga a atisbar curiosa el brillo de sus ojos en la oscuridad -un. reflejo verdoso bastante lúgubre, como he visto alguna vez- con que, por fin, le da el vértigo y cae redonda al antojo del muy voraz.

Pero sucede que también le toca a él la mala, cuando el ampalagua lo sorprende distraído. Qué listo no se descuida una vez, y cuando él acuerda, está ya bajo el dominio de la serpiente, que hecha rollo en algún matorral, lo sujeta con la mirada, atrayéndolo a pesar de sus alaridos y amagos de escapatoria; pues, por momentos, parece que le da soga como para divertirse con su desesperación, y así lo va acercando, dijera uno que a la rastra, según deja el suelo de arañado el pobre Juan, mientras acaba de rendirlo, pronta la bocaza dientuda cuyo resuello feroz esgarra el rumor continuo de una caldera que va a hervir. Entonces, no tiene más que envolverlo y ahogarlo de un apretón, aunque al entregarse, apenas tirita ya, paralizado por el aogo y el miedo. (3)

Quedará también para un día de éstos, si Dios quiere, la narración del provecho que le saca a la iguana, siguiéndola cuando va a batir alguna planta de piquillín con la cola y así le echa abajo la fruta; (4) o la explicación del modo como se arregla si la necesidad lo obliga a la pesca y la efectúa sin tener que entrar al agua; y entre tantos cuentos como el que recordé a propósito del carancho y el tigre, aquel tan gracioso de cuando le robó al avestruz el chiripá dejándolo en calzoncillos que por esto, dicen, el pajaróte, al correr, suelta las alas tapando así, como puede, sus paños menores.

Pues era cosa de no acabar con todo lo que allá se oía.

Entretanto, ahuyentados por otra parte, o por lo que fuese, empezaron los leones a abundar de tal modo, que ni armas ni trampas podían contener el daño. Decidimos entonces recurrir al veneno, y la primera presa que se halló a medio tapar -potrillo u oveja- recibió su buena dosis de estricnina. **

Transcurrió una noche “atravesada”, que le dicen por su mal cariz; y apenas el sol del día siguiente alzó de las quebradas la niebla perezosa, partimos al galope hacia la que escondía la presa envenenada bajo su maraña tenaz.

El efecto estaba alcanzado. A pocas varas, tan solo, yacía el puma, todavía sucio de sangraza el hocico. Poco más allá, un carancho participante. Y casi a su lado, como repitiendo en la muerte la fábula campera, pues, el vecino, una pata al aire, ya rígida, el vecino con su mitad de cola que lo caracterizaba a no dejar duda.

-¡Pobre zorro viejo -compadeció el patrón-, de qué le valieron mañas!

Y todos sonreímos ante aquel responso, no sin alguna desazón.

 

FIN

 

Notas:

* En La Nación. Buenos Aires, domingo 11 de julio de 1937 sec. 2a, p. 3. Ilustración de Juan Carlos Huergo.

 

** En el diario se ha omitido una línea -caída en la composición tipográfica- inmediatamente después de esta frase.

1- Lebrillo: más correctamente, “librillo”, una de las cuatro partes del rumiante: panza, bonete, libro o librillo y cuajar. El nombre proviene porque es un globo lleno de aparentes “libritos”. Bofes: pulmones del animal.

2- En varios sitios de sus cuentos serranos, el narrador promete futuros relatos acerca de materia a la que alude, sin explicitarla.

3- Aojo: ojeo, aojamiento o mal de ojo, daño que una persona puede hacer a otra con sólo mirarla, por tener una “mirada fuerte”. El curandero, con sus recursos, debe “quebrar la mirada” del que ha producido el mal.

4- Piquillín: Condalia microphylla, arbusto xerófilo que integra el monte con el tala, el espinillo, el chañar. Es muy ramoso y su copa no excede los tres metros de altura; tronco de color ceniciento. Proporciona buena madera para mangos, postes y para combustible; con los frutos se prepara un arrope y una bebida fermentada.

 


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