Casi amurallando por detrás el antiguo caserón de la
estancia sito a medio declive de una loma, seguramente para darle más vista
sobre el campo frontero, afloraban dilatados peñones grises entre manchas de
breña, hasta perderse la meseta así formada en un vasto pajonal donde el viento
parecía arropar sin fin su desnudez fluida.
Durante el verano, la limpieza del granito cobraba al
atardecer un encanto de azotea en aquellas lajas agujereadas acá y allá por
hoyos cilindricos tan regulares que les llaman morteritos con justa semejanza,
y que excavando un sombrío frescor de tinaja conservaban hondamente restos de
lluvia; mientras en invierno, era allí de tibio que inspiraba al tordo locuaz,
el solcito de las mañanas tranquilas. El silencio del campo ascendía en la
quietud de un éxtasis de belleza. Hasta sobre la tierra que la escarcha asoló,
la temperie otoñal como que atardaba una benignidad de rescoldo en la apagada
fragancia de su ceniza. Y era allí donde solíamos ver bastante de cerca, hacia
el lado del pajonal, un zorro ya viejo a juzgar por su pelambre amarillenta,
que, como quien sale al balcón, tomaba también sobre su peña la resolana.
Tenía la particularidad de ser rabón casi a mitad de cola,
tal vez por haber perdido lo que de ella le faltaba en alguna trampa de resorte
o de nudo; pues ahí donde lo ven, es el zorro un animal decidido, que no vacila
en cortarse con los dientes el miembro apresado, hasta para ir muchas veces a
morir en su madriguera.
Quién sabe por qué vendría el que digo a instalarse allá,
pues apareció de un día para otro cinco o seis años antes; pero se vería que el
sitio era de su conveniencia en el tesón con que resistió la porfiada
hostilidad de los perros, hasta que éstos cansados de perseguirlo inúltilmente,
acostumbráronse a verlo también sin alterarse. La conveniencia, decía la capa
taza refunfuñando, determinábanla, por cierto, las gallinas de la estancia, con
alguna de las cuales solía tentarse a veces, sagaz para la gordura hasta
servirse siempre de lo mejor; pero además de que le achacaban el pillaje de las
otras alimañas no menos aficionadas a regalarse así, el apego debía consistir,
principalmente, en los copiosos desperdicios que sobraban hasta para podrirse
por los contornos cuanto apretaba el calor, sin contar el desecho de las
carneadas que entonces solía comprender lebrillo y bofes. (1)
El caso es que habíasenos vuelto familiar con la
permanencia, y que, de tal suerte, acabamos por llamarle “el vecino” y aun
profesarle alguna simpatía en atención a sus tretas y audacia; pues tratábase,
sin duda, de un “zorro corrido”, al tenor del refrán, conforme lo bien mostraba
su malicia.
Así, cuando nos veía asomar por la loma, sin peligro para
él, aunque fuésemos armados de rebenque o garrote, dejábanos acercar, muy sí
señor, sentadito sobre su troncho de cola, ya rascándose la oreja vivamente,
arrugado el hocico y fruncido el ojo como si eso fuera todo su quehacer, ya
alargándonos con descaro una mirada de viejo socarrón que sesgaba a contraluz
su filoso vidrio; pero si llevábamos la escopeta, o simplemente las manos bajo
el poncho, escabullíase al acto entre el pajonal del que nunca se alejaba.
Oíamos algunas noches, cuando anunciaba tormenta la
lobreguez, el ladrido corto y áspero con que, según los paisanos, se nombra el
zorro: ¡Juan, Juan!, coligiendo que era el suyo por la tranquilidad de los
perros; pues, de lo contrario, habríanse revuelto sin tardanza, como sucedió
otras veces, dispuestos a la persecución.
Indiferencia que no dejaba de suscitar la acostumbrada
conjetura:
-Ha de ser el vecino.
Y los comentarios, a empezar por el grito con que y que así
llaman al compañero, tocayo, claro está, desde que todos ellos son Juanes como
el carancho es don Rosa y el sapo ño Bailón, tal vez por los saltitos - ¡vaya
uno a saber! …-; pero más interesantes eran las costumbres zorruñas que,
ciertas, y no, cada cual iba recordando.
Desde luego, la de parar en seco a lo mejor de la fuga, y
mientras los perros pasan allá con el ímpetu, volverse sobre el rastro para
despistarlos por el olfato, confundiéndose a la vista entre los reflejos
grisáceos del pastizal; o la de fingirse muerto, si otro recurso no le queda, y
con tal perfección, que puede usted arrastrarlo de una pata o de la cola sin
que dé muestras de sentir, aun estando mal herido;
O todavía, cuando se ve acosado, la de expedirse, digamos
así, alzando la pata al cruce en la boca de alguna cueva, para que la perrada
se entretenga allá con el tufo y lo crea escondido adentro.
De tal suerte nacería el cuento aquel, cuando diz que su tío
el tigre, enojado por no sé qué travesura, le puso de centinela al carancho en
la puerta de una vizcachera donde se había refugiado y de la cual escapó,
según, acaso, les relate cualquier día; (2) pero volviendo a lo que saben o por
sabido lo dan, aseguran otros que si logra parar alguna perdiz, pues acostumbra
rastrearlas como el perro, pónese a contornear la mata donde el ave se oculta,
hasta que así la marea y atrapa aturdida sin movimiento.
Ni falta quien sostenga que lo mismo procede con las
gallinas cuando duermen en su árbol habitual, cuyo tronco ronda, arañándolo
primero para que alguna se despierte y se ponga a atisbar curiosa el brillo de
sus ojos en la oscuridad -un. reflejo verdoso bastante lúgubre, como he visto
alguna vez- con que, por fin, le da el vértigo y cae redonda al antojo del muy
voraz.
Pero sucede que también le toca a él la mala, cuando el
ampalagua lo sorprende distraído. Qué listo no se descuida una vez, y cuando él
acuerda, está ya bajo el dominio de la serpiente, que hecha rollo en algún
matorral, lo sujeta con la mirada, atrayéndolo a pesar de sus alaridos y amagos
de escapatoria; pues, por momentos, parece que le da soga como para divertirse
con su desesperación, y así lo va acercando, dijera uno que a la rastra, según
deja el suelo de arañado el pobre Juan, mientras acaba de rendirlo, pronta la
bocaza dientuda cuyo resuello feroz esgarra el rumor continuo de una caldera
que va a hervir. Entonces, no tiene más que envolverlo y ahogarlo de un
apretón, aunque al entregarse, apenas tirita ya, paralizado por el aogo y el
miedo. (3)
Quedará también para un día de éstos, si Dios quiere, la
narración del provecho que le saca a la iguana, siguiéndola cuando va a batir
alguna planta de piquillín con la cola y así le echa abajo la fruta; (4) o la
explicación del modo como se arregla si la necesidad lo obliga a la pesca y la
efectúa sin tener que entrar al agua; y entre tantos cuentos como el que
recordé a propósito del carancho y el tigre, aquel tan gracioso de cuando le
robó al avestruz el chiripá dejándolo en calzoncillos que por esto, dicen, el
pajaróte, al correr, suelta las alas tapando así, como puede, sus paños
menores.
Pues era cosa de no acabar con todo lo que allá se oía.
Entretanto, ahuyentados por otra parte, o por lo que fuese,
empezaron los leones a abundar de tal modo, que ni armas ni trampas podían
contener el daño. Decidimos entonces recurrir al veneno, y la primera presa que
se halló a medio tapar -potrillo u oveja- recibió su buena dosis de estricnina.
**
Transcurrió una noche “atravesada”, que le dicen por su mal
cariz; y apenas el sol del día siguiente alzó de las quebradas la niebla
perezosa, partimos al galope hacia la que escondía la presa envenenada bajo su
maraña tenaz.
El efecto estaba alcanzado. A pocas varas, tan solo, yacía
el puma, todavía sucio de sangraza el hocico. Poco más allá, un carancho
participante. Y casi a su lado, como repitiendo en la muerte la fábula campera,
pues, el vecino, una pata al aire, ya rígida, el vecino con su mitad de cola
que lo caracterizaba a no dejar duda.
-¡Pobre zorro viejo -compadeció el patrón-, de qué le
valieron mañas!
Y todos sonreímos ante aquel responso, no sin alguna
desazón.
FIN
Notas:
* En La Nación. Buenos Aires, domingo 11 de julio de 1937
sec. 2a, p. 3. Ilustración de Juan Carlos Huergo.
** En el diario se ha omitido una línea -caída en la
composición tipográfica- inmediatamente después de esta frase.
1- Lebrillo: más correctamente, “librillo”, una de las
cuatro partes del rumiante: panza, bonete, libro o librillo y cuajar. El nombre
proviene porque es un globo lleno de aparentes “libritos”. Bofes: pulmones del
animal.
2- En varios sitios de sus cuentos serranos, el narrador
promete futuros relatos acerca de materia a la que alude, sin explicitarla.
3- Aojo: ojeo, aojamiento o mal de ojo, daño que una persona
puede hacer a otra con sólo mirarla, por tener una “mirada fuerte”. El
curandero, con sus recursos, debe “quebrar la mirada” del que ha producido el
mal.
4- Piquillín: Condalia microphylla, arbusto xerófilo que
integra el monte con el tala, el espinillo, el chañar. Es muy ramoso y su copa
no excede los tres metros de altura; tronco de color ceniciento. Proporciona
buena madera para mangos, postes y para combustible; con los frutos se prepara
un arrope y una bebida fermentada.

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