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18 de febrero de 2026

EL CASTILLO DE LEIXLIP

 




EL CASTILLO DE LEIXLIP

 


 

Los incidentes del siguiente relato no están simplemente basados en hechos reales: son hechos reales, ocurridos en una época no muy lejana en mi propia familia. La boda de los protagonistas, su repentina y misteriosa separación, su mutua alienación hasta el último período de su existencia mortal, son hechos reales. No puedo garantizar la veracidad de la solución sobrenatural dada a todos aquellos misterios; pero aún así considero el relato como un excelente ejemplar de narración terrorífica, y nunca podré olvidar la impresión que me produjo cuando la escuché por primera vez entre otras muchas tradiciones espeluznantes de la misma especie.


La tranquilidad de los católicos de Irlanda durante los tormentosos períodos de 1715 y 1745, fue algo digno de loa y realmente extraordinario; el autor de este relato no se ha propuesto analizar sus probables motivos, ya que resulta más agradable dar constancia del hecho en su honor, que atribuirlo a motivos dudosos e insatisfactorios. La mayoría de ellos, sin embargo, manifestaron una especie de secreto disgusto ante aquel estado de cosas, abandonando sus residencias familiares y vagabundeando como personas sin hogar, esperando posiblemente algo mejor de alguna próxima y afortunada contingencia.

Entre estos últimos se encontraba un Baronet jacobita que, cansado de su incómoda situación en una vecindad liberal, en el norte -donde sólo oía hablar de la heroica defensa de Londonderry; de las atrocidades de los generales franceses; y las irresistibles exhortaciones del piadoso Mr. Walter, un clérigo presbiteriano, al que los ciudadanos daban el título de «Evangelista»-, abandonó su residencia paterna, y alrededor del año 1720 alquiló el Castillo de Leixlip por tres años (entonces era propiedad de los Connolly, que lo alquilaban por trienios); y se trasladó allí con su familia, que consistía en tres hijas: la madre había muerto hacía mucho tiempo.

El Castillo de Leixlip, en aquel período, poseía un carácter de romántica belleza y de grandeur feudal, como pocas edificaciones de Irlanda podían exhibir, borrado en la actualidad, desgraciadamente, por la destrucción de sus nobles maderas. Leixlip, aunque sólo se encontraba a siete millas de Dublín, poseía todo el pintoresquismo que la imaginación podría atribuir a un paraje situado a cien millas, no ya de la metrópoli, sino de cualquier localidad habitada. Después de recorrer una larga milla (una milla irlandesa) desde Lucan a Leixlip, el camino -bordeado a un lado por altos muros que delimitan la heredad de los Vesey, y al otro por unos setos que impiden tender la vista más allá- desemboca súbitamente en el Puente de Leixlip, casi en ángulo recto, ofreciendo a la mirada un lujuriante paisaje, de aquellos que resultan imposibles de olvidar, aunque sólo se hayan contemplado en la infancia.

El Puente de Leixlip, una basta pero sólida estructura, se inicia en una alta orilla del Liffey y desciende rápidamente hasta la orilla opuesta, singularmente baja. A la derecha, las plantaciones de la heredad de los Vesey -no oscurecidas ya por muros- casi mezclan sus oscuros bosques en su corriente, con los opuestos de Marshfield y St. Catherine. El río es apenas visible, semioculto por el lujurioso y cimbreante follaje de los árboles. A la izquierda estalla en todos los fulgores de luz, baña los jardines de las casas de Leixlip, rodea los bajos muros de su cementerio, juega con el bote de recreo amarrado debajo de los arcos sobre los cuales se levanta la glorieta del Castillo, para perderse luego entre los majestuosos árboles.

Visibles por encima de los tejados más altos del pueblo, aunque a un cuarto de milla de distancia de ellos, se encuentran las ruinas del Castillo de Confy, el antiguo y orgulloso torreón de los tiempos agitados cuando la sangre corría como agua; y al cruzar el puente se percibe de un modo fugaz la cascada (o paso del salmón, como es llamada), a cuyo esplendor diurno, o belleza nocturna, los rudos caballeros de la época en que el Castillo de Confy era «una fortaleza» probablemente no dedicaron nunca una mirada ni un pensamiento, mientras cruzaban el Puente de Leixlip o vadeaban la corriente antes de que el puente existiera.

Si la soledad en que vivía contribuyó a apaciguar los sentimientos de sir Redmond Blaney, o si habían empezado a oxidarse por falta de colisión con los de otros, es algo imposible de saber, pero lo cierto que el buen Baronet empezó gradualmente a perder su tenacidad en materia política; y excepto cuando un amigo jacobita venía a almorzar con él, y brindaban con una significativa sonrisa por «el Rey al agua», o el párroco hablaba de las esperanzas de mejores tiempos y del éxito final de la causa justa y de la antigua religión, o un criado jacobita silbaba en la soledad de la gran mansión «Charlie is my darling» y sir Redmond contestaba involuntariamente con una profunda voz de bajo, excepto en tales ocasiones, repito, la política del Baronet, lo mismo que su vida, parecía deslizarse de un modo anodino. Las desgracias domésticas, por otra parte, afectaron negativamente al anciano caballero: de sus tres hijas, la más joven, Jane, había desaparecido en circunstancias tan extraordinarias que, a pesar de tratarse de una remota tradición familiar, no resisto a la tentación de narrarla:

La niña era de una belleza y una inteligencia poco corrientes, y le permitían pasear por los alrededores del castillo con la hija de un criado, a la que también llamaban Jane, como nom de caresse. Una tarde, Jane Blaney y su joven compañera se adentraron en el bosque; su ausencia no provocó ninguna inquietud, ya que aquellas excursiones no eran infrecuentes, hasta que su compañera regresó sola y llorando, a una hora muy tardía. Contó que al cruzar un sendero a cierta distancia del castillo, una vieja, vestida de gitana (falda roja y una larga chaqueta verde) surgió súbitamente de detrás de una mata, y cogió a Jane Blaney de la mano; en la otra mano llevaba dos varas de junco, una de las cuales se echó al hombro, entregando la otra a la niña e indicándole por señas que hiciera lo mismo. Su joven compañera, aterrorizada, echó a correr, y oyó que Jane Blaney gritaba detrás de ella: «¡Adiós! ¡Adiós! ¡Pasará mucho tiempo antes de que vuelvas a verme!» La niña dijo que entonces desaparecieron y que ella estuvo a punto de perderse, pero que al final encontró el camino de regreso.

Inmediatamente se inició una exhaustiva búsqueda: se cruzaron los bosques, se exploraron las espesuras y se dragaron las balsas. Todo resultó inútil. Al final se abandonó la búsqueda… y la esperanza. Diez años más tarde, el ama de llaves de sir Redmond, recordando de pronto que se había dejado olvidada la llave de un armario sobre la mesa de la cocina, volvió en busca de ella. Cuando se acercaba a la puerta, oyó una voz infantil murmurando: «Frío… frío… ¡Cuánto tiempo hacía que no me calentaba al fuego!» El ama de llaves entró en la cocina y vio, con el asombro que es de suponer, a Jane Blaney, encogida hasta la mitad de su tamaño normal, y cubierta de harapos, agachada sobre los rescoldos del hogar. Echó a correr, aterrorizada, en busca de los otros criados, pero la visión se había desvanecido. Se dijo que la niña había sido vista posteriormente varias veces, diminuta de figura, como si no hubiese crecido una pulgada desde que cumplió los diez años, y siempre agachada sobre un fuego, en el cuarto de la torre o en la cocina, quejándose de frío y de hambre, y cubierta de harapos. Dícese que su existencia se ha venido prolongando en las mismas desdichadas circunstancias, tan distintas de las de Lucy Gray en la hermosa balada de Wordsworth:

Pero algunos dicen que la niña

Sigue estando viva…

Que han visto a la dulce Lucy Gray

En parajes agrestes;

Anda incansablemente

Y nunca mira atrás;

Y tararea una canción

Que se disuelve en el viento.

La suerte de la hija mayor fue más lúgubre, aunque menos extraordinaria; fue cortejada por un caballero de saneada fortuna y de conducta intachable: además, era católico; y sir Redmond Blaney firmó los artículos matrimoniales, satisfecho de la seguridad del alma de su hija, así como de su futuro material. La boda se celebró en el Castillo de Leixlip; y, cuando la desposada y el novio se retiraron, los invitados siguieron brindando por su felicidad. Súbitamente, con gran alarma de sir Redmond y de sus amigos, se oyeron unos gritos penetrantes que procedían de la parte del castillo donde estaba situada la cámara nupcial.

Algunos de los más valientes se precipitaron escaleras arriba; era demasiado tarde: el desventurado novio se había visto asaltado, en aquella noche fatal, por un repentino y horrible paroxismo de locura. La mutilada forma de la agonizante desposada atestiguaba la mortal virulencia con que había actuado la enfermedad sobre el infeliz marido, que se dio muerte a sí mismo tras el involuntario asesinato de su esposa. Los cadáveres fueron enterrados tan pronto como permitía el decoro, y la historia se mantuvo en secreto.

Las esperanzas de sir Redmond de recuperar a Jane disminuían de día en día, aunque él seguía prestando oídos a los absurdos relatos de los criados; y se suponía que todos sus cuidados estarían dirigidos ahora hacia su única hija superviviente. Anne, viviendo en soledad y recibiendo únicamente la muy limitada educación de las mujeres irlandesas de aquella época, estaba la mayor parte del tiempo a cargo de los criados, entre los cuales vio aumentar su afición a los horrores supersticiosos y sobrenaturales, hasta un extremo que tendría efectos desastrosos sobre su vida futura.

Entre los numerosos sirvientes del Castillo, había una anciana que había sido nodriza de la difunta madre de Lady Blaney, y cuya memoria era un completo Thesaurus terrorum. La misteriosa desaparición de Jane estimuló a su hermana a escuchar las descabelladas historias de acquella bruja, que afirmaba haber visto en cierta ocasión a la fugitiva delante del retrato de su madre en uno de los apartamentos del Castillo, murmurando para sí misma: «¡Ay de mí! ¡Ay de mí! ¡Mi madre nunca imaginó que su querida Jane llegaría a convertirse en lo que es!»

Pero a medida que Anne se hizo mayor, empezó a tomarse «más en serio» las promesas de la anciana en el sentido de que podía mostrarle a su futuro marido, mediante la celebración de determinadas ceremonias, que al principio la joven rechazó como horribles e impías; pero, finalmente, ante las repetidas instigaciones de la anciana, consintió en participar en ellas. El período fijado para la celebración de aquellos misteriosos ritos se estaba acercando: sería el 31 de octubre, la noche en que tales ceremonias resultaban -y se supone que siguen resultando, en el Norte de Irlanda- más intensas en sus efectos. La anciana iba preparando la mente de la joven, para madurar en ella la sumisión y la credulidad, contándole las historias más horribles; y las contaba con una energía espantosa y sobrenatural. Aquella mujer era llamada Coltogue por la familia, un nombre equivalente a chismosa en Inglaterra, o a comadre en Escocia (aunque su verdadero nombre era Bridget Dease); y hacía honor al apodo, con el ejercicio de una infatigable locuacidad, una memoria tenaz y una furia por comunicar e infligir terror que no perdonaba a nadie en la mansión, desde la sirvienta más humilde hasta la misma hija del Baronet.

Llegó el 31 de octubre: el Castillo estaba completamente silencioso antes de las once de la noche; media hora después, la Collogue y Anne Blaney se deslizaban a lo largo de un pasadizo que conducía a la llamada Torre del Rey Juan, en la que se dice que aquel monarca recibió el homenaje de los príncipes irlandeses como Señor de Irlanda, y que, en todo caso, es la parte más antigua de la estructura. La Collogue abrió una pequeña puerta con una llave que había traído con ella y apremió a la joven para que se apresurara. Anne avanzó hasta la poterna, y se detuvo allí indecisa y temblorosa como un tímido nadador en la orilla de una corriente desconocida. Era una oscura noche de otoño; un fuerte viento soplaba a través de los bosques del Castillo, arqueando las rampas de los árboles más bajos casi hasta las olas del Liffey, el cual, hinchado por las recientes lluvias, luchaba y rugía entre las piedras que obstruían su lecho. La empinada pendiente del Castillo se extendía delante de ella, con su oscura avenida de olmos; unas cuantas luces ardían aún en la pequeña aldea de Leixlip… pero dado lo tardío de la hora no tardarían en apagarse.

Anne se estremeció.

-¿Tengo que ir sola? -dijo, anticipándose a los terrores de su espantoso viaje.

-Desde luego; de no ser así, se estropearía todo -dijo la anciana, cubriendo con la mano el pequeño farol, que no extendía su claridad más allá de seis pulgadas sobre el sendero de la víctima-. Tienes que ir sola… y yo te vigilaré desde aquí, querida, hasta que regreses, y luego veremos lo que te llegará a las doce en punto.

-¡Oh, Collogue! ¿Por qué no me acompañas? ¡Oh, Collogue! Ven conmigo, si he de bajar hasta el fondo del castillo…

-Si te acompañara, querida, no volveríamos a subir con vida, ya que los que allí se encuentran nos harían pedazos.

-¡Oh, Collogue! Entonces, retrocedamos y volvamos a mi habitación… He llegado demasiado lejos…

-Desde luego, querida, y por eso mismo has de seguir adelante, hasta el final; en caso contrario, al regresar a tu habitación, verías la apariencia de alguien en vez de un joven y guapo novio.

Anne miró en torno a ella unos instantes, con el terror y la esperanza temblando en su corazón… Luego, con un repentino impulso de valor sobrenatural, saltó como un pájaro de la terraza del Castillo. Por unos momentos fue visible el revoloteo de su vestido blanco. Luego, la anciana, que había estado cubriendo con la mano el pequeño farol, lo dejó en el suelo, se sentó en un pequeño banco de piedra y se dispuso a esperar.

Transcurrió una hora antes de que la joven regresara; su rostro estaba tan pálido y sus ojos tan inmóviles como los de un cadáver, pero llevaba en la mano un vestido chorreante, una prueba de que había cumplido su misión. Se precipitó en brazos de su compañera y permaneció allí jadeando y mirando a su alrededor con aire extraviado, como si no supiera dónde se encontraba. La anciana se sintió también aterrorizada ante el aspecto demencial de su víctima, y se apresuró a llevarla a su habitación. Pero, al llegar allí, lo primero que vio fueron los objetos preparados para las terribles ceremonias nocturnas y, estremeciéndose, se cubrió los ojos con las manos y permaneció completamente inmóvil en el centro de la habitación.

Fueron necesarias todas las persuasiones de la anciana (reforzadas incluso con misteriosas amenazas), combinadas con la progresiva recuperación de la pobre muchacha y la reavivación de su curiosidad, para inducirla a completar las ceremonias nocturnas.

Al final dijo, como desesperada:

-De acuerdo, seguiré adelante: pero en la habitación contigua; y si ocurriera lo que temo, haré sonar la campanilla de plata que me regaló mi padre para que me sintiera más segura por la noche. Y si tienes un alma que salvar, Collogue, apresúrate a venir cuando oigas su primer sonido.

La anciana prometió hacerlo así, dio sus últimas instrucciones con ávida y celosa minuciosidad, y luego se retiró a su propia habitación, contigua a la de la joven. La vela de su farol se había consumido, pero ella avivó los rescoldos del hogar y se sentó junto a la chimenea, decidida a no acostarse mientras existiera la posibilidad de oír un sonido procedente del cuarto de la joven. Y a pesar de lo encallecido de sus sentimientos, se sentía poseída por una mezcla de ansiedad y terror.

La medianoche había quedado ahora muy atrás, y en todo el castillo reinaba un silencio sepulcral. La anciana empezó a dar cabezadas hasta que su frente tocó sus rodillas, se sobresaltó cuando el sonido de la campanilla pareció resonar en sus oídos, volvió a adormilarse, se sobresaltó de nuevo ante el sonido de las campanillas, más claro en esta ocasión… y súbitamente fue despertada del todo, no por la campanilla, sino por los penetrantes y horribles gritos procedentes de la habitación contigua. La anciana, asustada por primera vez de las posibles consecuencias del trastorno que podía haber ocasionado, corrió hacia aquella habitación. Anne era víctima de intensas convulsiones y, de mala gana, la anciana se vio obligada a llamar al ama de llaves (haciendo desaparecer entretanto los utensilios de la ceremonia), y a ayudar a aplicar todos los específicos conocidos en aquella época, plumas quemadas, etc., para restablecer a la joven. Cuando por fin sus esfuerzos se vieron coronados por el éxito, el ama de llaves fue despedida, la puerta fue acerrojada y la Collogue se quedó a solas con Anne; el tema de su conferencia podía haber sido conjeturado, pero no fue conocido hasta muchos años después; pero aquella noche Anne retuvo en su mano, en forma de un arma con cuyo uso ninguna de ellas estaba familiarizada, una prueba de que su habitación había sido visitada por un ser que no tenía forma terrenal.

La anciana apremió a Anne para que destruyera aquella prueba, o al menos se desprendiera de ella, pero la joven se empeñó en conservarla con fatal tenacidad. Parecía creer que había adquirido el derecho, dado que había abordado con tanta decisión los misterios del futuro, a conocer todos los secretos a cuyo descubrimiento podía conducirla el arma en cuestión. Pero a partir de aquella noche, pudo observarse que su carácter, sus modales e incluso su continente se habían modificado. Se hizo cada vez más arisca y solitaria, evitaba la compañía de los que la rodeaban y prohibía imperativamente la más leve alusión a las circunstancias que habían ocasionado aquel misterioso cambio.

Pocos días después de aquel acontecimiento, Anne, que después de almorzar había dejado al Capellán leyendo la vida de San Francisco Javier a sir Redmond para retirarse a su habitación, quedó sorprendida al oír repiquetear ruidosa y repetidamente la campana de la verja exterior: un sonido que nunca había escuchado desde que vivía en el Castillo; ya que los escasos huéspedes que les visitaban solían llegar y marcharse tan silenciosamente como es de rigor en los humildes visitantes de la casa de un gran hombre. Al cabo de unos instantes, por la avenida de olmos que hemos mencionado anteriormente, apareció un imponente caballero, seguido de cuatro criados, todos a caballo, los dos primeros armados de pistolas, y los dos últimos sosteniendo unas grandes alforjas delante de ellos: aunque era la primera semana de noviembre, lo temprano de la hora del almuerzo -la una- dejaba la suficiente claridad para que Anna pudiera apreciar todas aquellas circunstancias.

La llegada del caballero pareció producir una gran agitación en el Castillo, aunque no mal acogida; resonaron órdenes apresuradas para el acomodo de los criados y caballos… se oyeron pasos cruzando los numerosos pasadizos durante una hora entera… y luego se restableció el silencio; y se dijo que sir Redmond había cerrado personalmente la puerta de la habitación donde el forastero y él habían entrado, dando órdenes estrictas de que nadie se acercara a ella. Dos horas más tarde, una sirvienta comunicó a Anne que su padre le había dado órdenes de preparar una abundante cena para las ocho, cena a la que deseaba que asistiera su hija.

Anne bajó a la cocina para encargar que los pollos asados estuvieran bien rociados de azúcar moreno, de acuerdo con los gustos poco refinados de la época, para inspeccionar la mezcla de una escudilla de sagú con su añadido de una botella de oporto y un puñado de las más ricas especias, y en particular para asegurarse de que el budín de guisantes llevaba clavado en el centro un enorme trozo de mantequilla salada, fría. Luego, cumplidos sus deberes domésticos, se retiró a su habitación para ataviarse como la ocasión requería, con un vestido de damasco blanco.

A las ocho fue avisada para que se presentara en el comedor. Entró, de acuerdo con la etiqueta de la época, con el primer plato; pero, cuando cruzaba la antesala, donde los criados sostenían luces y llevaban los platos, alguien tiró de su manga y el arrugado rostro de la Collogue se acercó al suyo.

La anciana susurró:

-¿No te dije que él vendría a buscarte, querida?

Anne notó que la sangre se enfriaba en sus venas, pero avanzó, saludó a su padre y al desconocido con las correspondientes reverencias y luego ocupó su lugar en la mesa. La impresión de espanto y quizás de terror que le había producido el susurro de la anciana no se desvaneció ante el continente del caballero desconocido, que se comportó con singular y silenciosa solemnidad durante el ágape. No comió nada. Sir Redmond, por su parte, se mostraba como coaccionado, serio y pensativo. Al final, poniéndose en pie, dijo (sin llamar al forastero por su nombre):

-¿Beberéis a la salud de mi hija?

El forastero declaró que sería un honor para él, pero llenó su vaso de agua, con aire ausente; Anne dejó caer unas gotas de vino en el suyo, y se inclinó hacia él. En aquel momento, por primera vez en el curso de la cena, contempló su rostro: estaba pálido como el de un cadáver. La lividez mortal de sus mejillas y labios, el hueco y lejano sonido de su voz y el extraño fulgor de sus grandes ojos, oscuros e inmóviles, fijamente clavados en ella, le hicieron interrumpirse e incluso temblar mientras alzaba el vaso a sus labios; lo depositó sobre la mesa y luego, con otra silenciosa reverencia, se retiró a su habitación.

Allí encontró a Bridget Dease, ocupada en avivar la lumbre del hogar.

-¿Por qué estás aquí? -inquirió la joven, en tono impaciente.

La anciana se volvió hacia ella con una fantasmal sonrisa de felicitación:

-¿No te dije que él vendría a buscarte?

-Creo que ha venido a eso -dijo la infortunada joven, dejándose caer en un enorme sillón de mimbre colocado junto a su lecho-, ya que nunca había visto a un mortal con tal aspecto.

-Pero, ¿no es acaso un fino y encumbrado caballero? -insistió la anciana.

-Parece como si no fuera de este mundo -dijo Anne.

-De este mundo, o del otro -dijo la anciana, levantando su huesudo índice-, no olvides mis palabras: ese caballero será tu prometido esposo.

-Entonces, seré la novia de un cadáver -dijo Anne-, ya que lo que he visto esta noche no es un ser viviente.

Transcurrieron dos semanas y, sea que Anne se reconcilió con las facciones que le habían inspirado tanto miedo, al descubrir que eran las más hermosas que nunca había contemplado, y que la voz, cuyo sonido resultaba al principio tan extraño y anormal, adquiría una rara suavidad al dirigirse a ella; sea que resulta imposible que dos personas jóvenes, cuyos corazones están libres, se encuentren a menudo para contemplar en silencio la misma corriente, pasear bajo los mismos árboles y escuchar juntos el viento que agita las ramas, sin experimentar una asimilación de sentimientos sucediendo rápidamente a una asimilación de gustos; sea por el efecto de todas aquellas causas combinadas, lo cierto es que al cabo de otras dos semanas Anne oyó la declaración de la pasión del forastero con muchos rubores, aunque sin un solo suspiro. Él declaró ahora su nombre y condición. Se presentó a sí mismo como un Baronet escocés, sir Richard Maxwell; infortunios familiares le habían obligado a abandonar su país, al que no podría regresar nunca: había transferido su fortuna a Irlanda, y se proponía fijar su residencia allí para siempre.

En aquella época, los noviazgos eran de corta duración. Anne se convirtió en la esposa de sir Richard y la pareja vivió con el padre de ella hasta que sir Redmond falleció; entonces se trasladaron a sus posesiones en el Norte. Vivieron allí varios años, tranquilos y felices, y tuvieron una numerosa descendencia. La conducta de sir Richard se distinguía únicamente por dos peculiaridades; rehuía, no sólo el trato sino incluso el ver a cualquiera de sus paisanos; si se enteraba de la llegada de un escocés al pueblo vecino, se encerraba en la casa hasta haberse asegurado de que el forastero se había marchado. La otra era su costumbre de retirarse a su propia habitación y permanecer invisible para su familia el aniversario del 31 de octubre. Su esposa, que tenía sus propios recuerdos relacionados con aquel período, sólo le interrogó una vez a propósito de aquella reclusión, y fue solemnemente -e incluso ásperamente- intimada a no repetir su pregunta.

Así estaban las cosas, envueltas en cierto misterio, pero sin aparente infelicidad, cuando de pronto, sin ninguna causa que lo justificara, sin Richard y lady Maxwell se separaron, y nunca más volvieron a reunirse en este mundo, ni le fue permitido a ella ver a uno de sus hijos en su lecho de muerte. Sir Richard continuó viviendo en la mansión familiar, y ella fijó su residencia en casa de unos parientes lejanos, en una remota parte del país. La separación fue tan absoluta, que ni siquiera el nombre de uno de ellos volvió a pasar por los labios del otro, desde el momento de la separación hasta el de la disolución.

Lady Maxwell sobrevivió a sir Richard cuarenta años, viviendo hasta la avanzada edad de noventa y cinco; y, cumpliendo la promesa formulada previamente, reveló a un descendiente con el que había vivido las siguientes y extraordinarias circunstancias.

Dijo que en la noche del 31 de octubre, unos setenta y cinco años antes, por instigación de una anciana sirvienta, mala consejera, había lavado uno de sus vestidos en un lugar en el que confluían cuatro arroyos, realizando además otras ceremonias profanas bajo la dirección de la Collogue, con la esperanza de que su futuro marido se le apareciera en su habitación a las doce de aquella noche. Llegó el momento crítico, pero la visión fue muy distinta a lo esperado. Un ser fantasmal se acercó a su lecho, entregándole un arma de hierro de forma y construcción desconocidas para ella, diciéndole que «reconocería a su futuro marido por aquello».

Los terrores de aquella visita la privaron del sentido; pero, al recobrarlo, insistió, como ya se ha dicho, en conservar la espantosa prueba de la realidad de su visión; el arma, al ser examinada, reveló numerosas manchas de sangre seca. Permaneció oculta en uno de los cajones de su armario hasta la mañana de la separación. Aquella mañana, sir Richard se levantó antes del amanecer para asistir a una partida de caza. Necesitaba un cuchillo para cortar una correa y, no encontrando el suyo, despertó a Lady Maxwell, que seguía en la cama, para que le buscara uno. Su esposa, medio dormida, le dijo que encontraría uno en tal cajón de su armario. Sin embargo, sir Richard se equivocó de cajón… y unos segundos más tarde lady Maxwell estaba completamente despierta, viendo cómo su marido acercaba a su garganta la terrible arma, amenazándola con la muerte inmediata a menos de que declarase cómo había llegado a su poder.

En una agonía de horror y contrición, lady Maxwell le contó a su marido la historia de aquella terrible noche. Él la contempló unos instantes con una expresión en la que se mezclaban la rabia, el odio y la desesperación, y luego exclamó:

-Me ganaste con la ayuda del diablo… pero ahora me habrás perdido para siempre.

Aquel mismo día se separaron, para no volver a encontrarse en este mundo.

El secreto de su marido no era desconocido de ella, aunque los medios por los cuales llegó a conocerlo no fueran del todo fidedignos. Excitada fuertemente su curiosidad por la aversión que su marido manifestaba hacia sus paisanos, se vio estimulada todavía más por la llegada al pueblo vecino de un caballero escocés, el cual había manifestado que conocía de antiguo a sir Richard, aludiendo con mucho misterio a los motivos que le impulsaron a abandonar su país. Lady Maxwell, ocultando su personalidad bajo un nombre supuesto, se entrevistó con aquel caballero y se enteró por él de las circunstancias que a partir de entonces amargarían su vida hasta el último minuto.

El caballero le contó lo siguiente:

Sir Richard Maxwell estaba enemistado mortalmente con un hermano más joven; se organizó un festín para reconciliarles, y como el uso de cuchillos y tenedores era desconocido entonces en las serranías, los comensales utilizaban sus dagas para trinchar la carne. Bebieron más de la cuenta; el festín, en vez de limar asperezas, empezó a inflamar sus espíritus; salieron a relucir de nuevo los viejos agravios; las manos, que al principio tocaron las armas con aire de reto, fueron finalmente desenfundadas con rabia y, en la refriega, sir Richard hirió de muerte a su hermano.

Sir Richard se salvó por puro milagro de la venganza del clan y huyó precipitadamente hacia la costa, cerca de la cual se levantaba la mansión, y se ocultó allí hasta que sus amigos pudieran encontrar un barco que le trasladara a Irlanda.

Embarcó la noche del 31 de octubre.

Mientras paseaba por el puente sumido en una indecible angustia, su mano tocó accidentalmente la daga que no había vuelto a extraer de su funda desde la noche fatal. La extrajo ahora y, rogando «que el pecado por la sangre derramada de su hermano se alejara de su alma tanto como él fuera capaz de alejar aquel arma de su cuerpo», la lanzó al aire con todas sus fuerzas.

Aquel instrumento fue el que encontró en el armario de su esposa, y aunque no ha podido averiguarse si creyó realmente que lady Maxwell entró en su posesión por medios sobrenaturales, o si temió que su esposa fue testigo secreto de su crimen, el resultado fue el que hemos narrado.

Por lo demás:

Ignoro si la historia es cierta o no:

Como me la contaron la cuento yo.

 

FIN

 

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