EL
CASTILLO DE LEIXLIP
Los incidentes del siguiente relato no
están simplemente basados en hechos reales: son hechos reales, ocurridos en una
época no muy lejana en mi propia familia. La boda de los protagonistas, su
repentina y misteriosa separación, su mutua alienación hasta el último período
de su existencia mortal, son hechos reales. No puedo garantizar la veracidad de
la solución sobrenatural dada a todos aquellos misterios; pero aún así
considero el relato como un excelente ejemplar de narración terrorífica, y
nunca podré olvidar la impresión que me produjo cuando la escuché por primera
vez entre otras muchas tradiciones espeluznantes de la misma especie.
La tranquilidad de los católicos de
Irlanda durante los tormentosos períodos de 1715 y 1745, fue algo digno de loa
y realmente extraordinario; el autor de este relato no se ha propuesto analizar
sus probables motivos, ya que resulta más agradable dar constancia del hecho en
su honor, que atribuirlo a motivos dudosos e insatisfactorios. La mayoría de
ellos, sin embargo, manifestaron una especie de secreto disgusto ante aquel
estado de cosas, abandonando sus residencias familiares y vagabundeando como
personas sin hogar, esperando posiblemente algo mejor de alguna próxima y
afortunada contingencia.
Entre estos últimos se encontraba un
Baronet jacobita que, cansado de su incómoda situación en una vecindad liberal,
en el norte -donde sólo oía hablar de la heroica defensa de Londonderry; de las
atrocidades de los generales franceses; y las irresistibles exhortaciones del
piadoso Mr. Walter, un clérigo presbiteriano, al que los ciudadanos daban el
título de «Evangelista»-, abandonó su residencia paterna, y alrededor del año
1720 alquiló el Castillo de Leixlip por tres años (entonces era propiedad de los
Connolly, que lo alquilaban por trienios); y se trasladó allí con su familia,
que consistía en tres hijas: la madre había muerto hacía mucho tiempo.
El Castillo de Leixlip, en aquel período,
poseía un carácter de romántica belleza y de grandeur feudal, como pocas
edificaciones de Irlanda podían exhibir, borrado en la actualidad,
desgraciadamente, por la destrucción de sus nobles maderas. Leixlip, aunque
sólo se encontraba a siete millas de Dublín, poseía todo el pintoresquismo que
la imaginación podría atribuir a un paraje situado a cien millas, no ya de la
metrópoli, sino de cualquier localidad habitada. Después de recorrer una larga
milla (una milla irlandesa) desde Lucan a Leixlip, el camino -bordeado a un
lado por altos muros que delimitan la heredad de los Vesey, y al otro por unos
setos que impiden tender la vista más allá- desemboca súbitamente en el Puente
de Leixlip, casi en ángulo recto, ofreciendo a la mirada un lujuriante paisaje,
de aquellos que resultan imposibles de olvidar, aunque sólo se hayan
contemplado en la infancia.
El Puente de Leixlip, una basta pero
sólida estructura, se inicia en una alta orilla del Liffey y desciende
rápidamente hasta la orilla opuesta, singularmente baja. A la derecha, las
plantaciones de la heredad de los Vesey -no oscurecidas ya por muros- casi
mezclan sus oscuros bosques en su corriente, con los opuestos de Marshfield y
St. Catherine. El río es apenas visible, semioculto por el lujurioso y
cimbreante follaje de los árboles. A la izquierda estalla en todos los fulgores
de luz, baña los jardines de las casas de Leixlip, rodea los bajos muros de su
cementerio, juega con el bote de recreo amarrado debajo de los arcos sobre los
cuales se levanta la glorieta del Castillo, para perderse luego entre los
majestuosos árboles.
Visibles por encima de los tejados más
altos del pueblo, aunque a un cuarto de milla de distancia de ellos, se
encuentran las ruinas del Castillo de Confy, el antiguo y orgulloso torreón de
los tiempos agitados cuando la sangre corría como agua; y al cruzar el puente
se percibe de un modo fugaz la cascada (o paso del salmón, como es llamada), a
cuyo esplendor diurno, o belleza nocturna, los rudos caballeros de la época en
que el Castillo de Confy era «una fortaleza» probablemente no dedicaron nunca
una mirada ni un pensamiento, mientras cruzaban el Puente de Leixlip o vadeaban
la corriente antes de que el puente existiera.
Si la soledad en que vivía contribuyó a
apaciguar los sentimientos de sir Redmond Blaney, o si habían empezado a
oxidarse por falta de colisión con los de otros, es algo imposible de saber,
pero lo cierto que el buen Baronet empezó gradualmente a perder su tenacidad en
materia política; y excepto cuando un amigo jacobita venía a almorzar con él, y
brindaban con una significativa sonrisa por «el Rey al agua», o el párroco
hablaba de las esperanzas de mejores tiempos y del éxito final de la causa
justa y de la antigua religión, o un criado jacobita silbaba en la soledad de
la gran mansión «Charlie is my darling» y sir Redmond contestaba
involuntariamente con una profunda voz de bajo, excepto en tales ocasiones,
repito, la política del Baronet, lo mismo que su vida, parecía deslizarse de un
modo anodino. Las desgracias domésticas, por otra parte, afectaron
negativamente al anciano caballero: de sus tres hijas, la más joven, Jane,
había desaparecido en circunstancias tan extraordinarias que, a pesar de tratarse
de una remota tradición familiar, no resisto a la tentación de narrarla:
La niña era de una belleza y una
inteligencia poco corrientes, y le permitían pasear por los alrededores del
castillo con la hija de un criado, a la que también llamaban Jane, como nom de
caresse. Una tarde, Jane Blaney y su joven compañera se adentraron en el
bosque; su ausencia no provocó ninguna inquietud, ya que aquellas excursiones
no eran infrecuentes, hasta que su compañera regresó sola y llorando, a una
hora muy tardía. Contó que al cruzar un sendero a cierta distancia del
castillo, una vieja, vestida de gitana (falda roja y una larga chaqueta verde)
surgió súbitamente de detrás de una mata, y cogió a Jane Blaney de la mano; en
la otra mano llevaba dos varas de junco, una de las cuales se echó al hombro,
entregando la otra a la niña e indicándole por señas que hiciera lo mismo. Su
joven compañera, aterrorizada, echó a correr, y oyó que Jane Blaney gritaba
detrás de ella: «¡Adiós! ¡Adiós! ¡Pasará mucho tiempo antes de que vuelvas a
verme!» La niña dijo que entonces desaparecieron y que ella estuvo a punto de
perderse, pero que al final encontró el camino de regreso.
Inmediatamente se inició una exhaustiva
búsqueda: se cruzaron los bosques, se exploraron las espesuras y se dragaron
las balsas. Todo resultó inútil. Al final se abandonó la búsqueda… y la
esperanza. Diez años más tarde, el ama de llaves de sir Redmond, recordando de
pronto que se había dejado olvidada la llave de un armario sobre la mesa de la
cocina, volvió en busca de ella. Cuando se acercaba a la puerta, oyó una voz
infantil murmurando: «Frío… frío… ¡Cuánto tiempo hacía que no me calentaba al
fuego!» El ama de llaves entró en la cocina y vio, con el asombro que es de
suponer, a Jane Blaney, encogida hasta la mitad de su tamaño normal, y cubierta
de harapos, agachada sobre los rescoldos del hogar. Echó a correr,
aterrorizada, en busca de los otros criados, pero la visión se había
desvanecido. Se dijo que la niña había sido vista posteriormente varias veces,
diminuta de figura, como si no hubiese crecido una pulgada desde que cumplió
los diez años, y siempre agachada sobre un fuego, en el cuarto de la torre o en
la cocina, quejándose de frío y de hambre, y cubierta de harapos. Dícese que su
existencia se ha venido prolongando en las mismas desdichadas circunstancias,
tan distintas de las de Lucy Gray en la hermosa balada de Wordsworth:
Pero algunos dicen que la niña
Sigue estando viva…
Que han visto a la dulce Lucy Gray
En parajes agrestes;
Anda incansablemente
Y nunca mira atrás;
Y tararea una canción
Que se disuelve en el viento.
La suerte de la hija mayor fue más
lúgubre, aunque menos extraordinaria; fue cortejada por un caballero de saneada
fortuna y de conducta intachable: además, era católico; y sir Redmond Blaney
firmó los artículos matrimoniales, satisfecho de la seguridad del alma de su
hija, así como de su futuro material. La boda se celebró en el Castillo de
Leixlip; y, cuando la desposada y el novio se retiraron, los invitados
siguieron brindando por su felicidad. Súbitamente, con gran alarma de sir
Redmond y de sus amigos, se oyeron unos gritos penetrantes que procedían de la
parte del castillo donde estaba situada la cámara nupcial.
Algunos de los más valientes se
precipitaron escaleras arriba; era demasiado tarde: el desventurado novio se
había visto asaltado, en aquella noche fatal, por un repentino y horrible
paroxismo de locura. La mutilada forma de la agonizante desposada atestiguaba
la mortal virulencia con que había actuado la enfermedad sobre el infeliz
marido, que se dio muerte a sí mismo tras el involuntario asesinato de su
esposa. Los cadáveres fueron enterrados tan pronto como permitía el decoro, y
la historia se mantuvo en secreto.
Las esperanzas de sir Redmond de
recuperar a Jane disminuían de día en día, aunque él seguía prestando oídos a
los absurdos relatos de los criados; y se suponía que todos sus cuidados
estarían dirigidos ahora hacia su única hija superviviente. Anne, viviendo en
soledad y recibiendo únicamente la muy limitada educación de las mujeres
irlandesas de aquella época, estaba la mayor parte del tiempo a cargo de los
criados, entre los cuales vio aumentar su afición a los horrores supersticiosos
y sobrenaturales, hasta un extremo que tendría efectos desastrosos sobre su
vida futura.
Entre los numerosos sirvientes del
Castillo, había una anciana que había sido nodriza de la difunta madre de Lady
Blaney, y cuya memoria era un completo Thesaurus terrorum. La misteriosa
desaparición de Jane estimuló a su hermana a escuchar las descabelladas
historias de acquella bruja, que afirmaba haber visto en cierta ocasión a la
fugitiva delante del retrato de su madre en uno de los apartamentos del
Castillo, murmurando para sí misma: «¡Ay de mí! ¡Ay de mí! ¡Mi madre nunca
imaginó que su querida Jane llegaría a convertirse en lo que es!»
Pero a medida que Anne se hizo mayor,
empezó a tomarse «más en serio» las promesas de la anciana en el sentido de que
podía mostrarle a su futuro marido, mediante la celebración de determinadas
ceremonias, que al principio la joven rechazó como horribles e impías; pero,
finalmente, ante las repetidas instigaciones de la anciana, consintió en
participar en ellas. El período fijado para la celebración de aquellos
misteriosos ritos se estaba acercando: sería el 31 de octubre, la noche en que
tales ceremonias resultaban -y se supone que siguen resultando, en el Norte de
Irlanda- más intensas en sus efectos. La anciana iba preparando la mente de la
joven, para madurar en ella la sumisión y la credulidad, contándole las
historias más horribles; y las contaba con una energía espantosa y
sobrenatural. Aquella mujer era llamada Coltogue por la familia, un nombre
equivalente a chismosa en Inglaterra, o a comadre en Escocia (aunque su
verdadero nombre era Bridget Dease); y hacía honor al apodo, con el ejercicio
de una infatigable locuacidad, una memoria tenaz y una furia por comunicar e
infligir terror que no perdonaba a nadie en la mansión, desde la sirvienta más
humilde hasta la misma hija del Baronet.
Llegó el 31 de octubre: el Castillo
estaba completamente silencioso antes de las once de la noche; media hora
después, la Collogue y Anne Blaney se deslizaban a lo largo de un pasadizo que
conducía a la llamada Torre del Rey Juan, en la que se dice que aquel monarca
recibió el homenaje de los príncipes irlandeses como Señor de Irlanda, y que,
en todo caso, es la parte más antigua de la estructura. La Collogue abrió una
pequeña puerta con una llave que había traído con ella y apremió a la joven
para que se apresurara. Anne avanzó hasta la poterna, y se detuvo allí indecisa
y temblorosa como un tímido nadador en la orilla de una corriente desconocida.
Era una oscura noche de otoño; un fuerte viento soplaba a través de los bosques
del Castillo, arqueando las rampas de los árboles más bajos casi hasta las olas
del Liffey, el cual, hinchado por las recientes lluvias, luchaba y rugía entre
las piedras que obstruían su lecho. La empinada pendiente del Castillo se
extendía delante de ella, con su oscura avenida de olmos; unas cuantas luces
ardían aún en la pequeña aldea de Leixlip… pero dado lo tardío de la hora no
tardarían en apagarse.
Anne se estremeció.
-¿Tengo que ir sola? -dijo, anticipándose
a los terrores de su espantoso viaje.
-Desde luego; de no ser así, se
estropearía todo -dijo la anciana, cubriendo con la mano el pequeño farol, que
no extendía su claridad más allá de seis pulgadas sobre el sendero de la
víctima-. Tienes que ir sola… y yo te vigilaré desde aquí, querida, hasta que
regreses, y luego veremos lo que te llegará a las doce en punto.
-¡Oh, Collogue! ¿Por qué no me acompañas?
¡Oh, Collogue! Ven conmigo, si he de bajar hasta el fondo del castillo…
-Si te acompañara, querida, no
volveríamos a subir con vida, ya que los que allí se encuentran nos harían
pedazos.
-¡Oh, Collogue! Entonces, retrocedamos y
volvamos a mi habitación… He llegado demasiado lejos…
-Desde luego, querida, y por eso mismo
has de seguir adelante, hasta el final; en caso contrario, al regresar a tu
habitación, verías la apariencia de alguien en vez de un joven y guapo novio.
Anne miró en torno a ella unos instantes,
con el terror y la esperanza temblando en su corazón… Luego, con un repentino
impulso de valor sobrenatural, saltó como un pájaro de la terraza del Castillo.
Por unos momentos fue visible el revoloteo de su vestido blanco. Luego, la
anciana, que había estado cubriendo con la mano el pequeño farol, lo dejó en el
suelo, se sentó en un pequeño banco de piedra y se dispuso a esperar.
Transcurrió una hora antes de que la
joven regresara; su rostro estaba tan pálido y sus ojos tan inmóviles como los
de un cadáver, pero llevaba en la mano un vestido chorreante, una prueba de que
había cumplido su misión. Se precipitó en brazos de su compañera y permaneció
allí jadeando y mirando a su alrededor con aire extraviado, como si no supiera
dónde se encontraba. La anciana se sintió también aterrorizada ante el aspecto
demencial de su víctima, y se apresuró a llevarla a su habitación. Pero, al llegar
allí, lo primero que vio fueron los objetos preparados para las terribles
ceremonias nocturnas y, estremeciéndose, se cubrió los ojos con las manos y
permaneció completamente inmóvil en el centro de la habitación.
Fueron necesarias todas las persuasiones
de la anciana (reforzadas incluso con misteriosas amenazas), combinadas con la
progresiva recuperación de la pobre muchacha y la reavivación de su curiosidad,
para inducirla a completar las ceremonias nocturnas.
Al final dijo, como desesperada:
-De acuerdo, seguiré adelante: pero en la
habitación contigua; y si ocurriera lo que temo, haré sonar la campanilla de
plata que me regaló mi padre para que me sintiera más segura por la noche. Y si
tienes un alma que salvar, Collogue, apresúrate a venir cuando oigas su primer
sonido.
La anciana prometió hacerlo así, dio sus
últimas instrucciones con ávida y celosa minuciosidad, y luego se retiró a su
propia habitación, contigua a la de la joven. La vela de su farol se había
consumido, pero ella avivó los rescoldos del hogar y se sentó junto a la
chimenea, decidida a no acostarse mientras existiera la posibilidad de oír un
sonido procedente del cuarto de la joven. Y a pesar de lo encallecido de sus
sentimientos, se sentía poseída por una mezcla de ansiedad y terror.
La medianoche había quedado ahora muy
atrás, y en todo el castillo reinaba un silencio sepulcral. La anciana empezó a
dar cabezadas hasta que su frente tocó sus rodillas, se sobresaltó cuando el
sonido de la campanilla pareció resonar en sus oídos, volvió a adormilarse, se
sobresaltó de nuevo ante el sonido de las campanillas, más claro en esta
ocasión… y súbitamente fue despertada del todo, no por la campanilla, sino por
los penetrantes y horribles gritos procedentes de la habitación contigua. La
anciana, asustada por primera vez de las posibles consecuencias del trastorno
que podía haber ocasionado, corrió hacia aquella habitación. Anne era víctima
de intensas convulsiones y, de mala gana, la anciana se vio obligada a llamar
al ama de llaves (haciendo desaparecer entretanto los utensilios de la
ceremonia), y a ayudar a aplicar todos los específicos conocidos en aquella
época, plumas quemadas, etc., para restablecer a la joven. Cuando por fin sus
esfuerzos se vieron coronados por el éxito, el ama de llaves fue despedida, la
puerta fue acerrojada y la Collogue se quedó a solas con Anne; el tema de su
conferencia podía haber sido conjeturado, pero no fue conocido hasta muchos
años después; pero aquella noche Anne retuvo en su mano, en forma de un arma
con cuyo uso ninguna de ellas estaba familiarizada, una prueba de que su
habitación había sido visitada por un ser que no tenía forma terrenal.
La anciana apremió a Anne para que
destruyera aquella prueba, o al menos se desprendiera de ella, pero la joven se
empeñó en conservarla con fatal tenacidad. Parecía creer que había adquirido el
derecho, dado que había abordado con tanta decisión los misterios del futuro, a
conocer todos los secretos a cuyo descubrimiento podía conducirla el arma en
cuestión. Pero a partir de aquella noche, pudo observarse que su carácter, sus
modales e incluso su continente se habían modificado. Se hizo cada vez más arisca
y solitaria, evitaba la compañía de los que la rodeaban y prohibía
imperativamente la más leve alusión a las circunstancias que habían ocasionado
aquel misterioso cambio.
Pocos días después de aquel
acontecimiento, Anne, que después de almorzar había dejado al Capellán leyendo
la vida de San Francisco Javier a sir Redmond para retirarse a su habitación,
quedó sorprendida al oír repiquetear ruidosa y repetidamente la campana de la
verja exterior: un sonido que nunca había escuchado desde que vivía en el
Castillo; ya que los escasos huéspedes que les visitaban solían llegar y
marcharse tan silenciosamente como es de rigor en los humildes visitantes de la
casa de un gran hombre. Al cabo de unos instantes, por la avenida de olmos que
hemos mencionado anteriormente, apareció un imponente caballero, seguido de
cuatro criados, todos a caballo, los dos primeros armados de pistolas, y los
dos últimos sosteniendo unas grandes alforjas delante de ellos: aunque era la
primera semana de noviembre, lo temprano de la hora del almuerzo -la una-
dejaba la suficiente claridad para que Anna pudiera apreciar todas aquellas
circunstancias.
La llegada del caballero pareció producir
una gran agitación en el Castillo, aunque no mal acogida; resonaron órdenes
apresuradas para el acomodo de los criados y caballos… se oyeron pasos cruzando
los numerosos pasadizos durante una hora entera… y luego se restableció el
silencio; y se dijo que sir Redmond había cerrado personalmente la puerta de la
habitación donde el forastero y él habían entrado, dando órdenes estrictas de
que nadie se acercara a ella. Dos horas más tarde, una sirvienta comunicó a Anne
que su padre le había dado órdenes de preparar una abundante cena para las
ocho, cena a la que deseaba que asistiera su hija.
Anne bajó a la cocina para encargar que
los pollos asados estuvieran bien rociados de azúcar moreno, de acuerdo con los
gustos poco refinados de la época, para inspeccionar la mezcla de una escudilla
de sagú con su añadido de una botella de oporto y un puñado de las más ricas
especias, y en particular para asegurarse de que el budín de guisantes llevaba
clavado en el centro un enorme trozo de mantequilla salada, fría. Luego,
cumplidos sus deberes domésticos, se retiró a su habitación para ataviarse como
la ocasión requería, con un vestido de damasco blanco.
A las ocho fue avisada para que se
presentara en el comedor. Entró, de acuerdo con la etiqueta de la época, con el
primer plato; pero, cuando cruzaba la antesala, donde los criados sostenían
luces y llevaban los platos, alguien tiró de su manga y el arrugado rostro de
la Collogue se acercó al suyo.
La anciana susurró:
-¿No te dije que él vendría a buscarte,
querida?
Anne notó que la sangre se enfriaba en
sus venas, pero avanzó, saludó a su padre y al desconocido con las
correspondientes reverencias y luego ocupó su lugar en la mesa. La impresión de
espanto y quizás de terror que le había producido el susurro de la anciana no
se desvaneció ante el continente del caballero desconocido, que se comportó con
singular y silenciosa solemnidad durante el ágape. No comió nada. Sir Redmond,
por su parte, se mostraba como coaccionado, serio y pensativo. Al final,
poniéndose en pie, dijo (sin llamar al forastero por su nombre):
-¿Beberéis a la salud de mi hija?
El forastero declaró que sería un honor
para él, pero llenó su vaso de agua, con aire ausente; Anne dejó caer unas
gotas de vino en el suyo, y se inclinó hacia él. En aquel momento, por primera
vez en el curso de la cena, contempló su rostro: estaba pálido como el de un
cadáver. La lividez mortal de sus mejillas y labios, el hueco y lejano sonido
de su voz y el extraño fulgor de sus grandes ojos, oscuros e inmóviles,
fijamente clavados en ella, le hicieron interrumpirse e incluso temblar
mientras alzaba el vaso a sus labios; lo depositó sobre la mesa y luego, con
otra silenciosa reverencia, se retiró a su habitación.
Allí encontró a Bridget Dease, ocupada en
avivar la lumbre del hogar.
-¿Por qué estás aquí? -inquirió la joven,
en tono impaciente.
La anciana se volvió hacia ella con una
fantasmal sonrisa de felicitación:
-¿No te dije que él vendría a buscarte?
-Creo que ha venido a eso -dijo la
infortunada joven, dejándose caer en un enorme sillón de mimbre colocado junto
a su lecho-, ya que nunca había visto a un mortal con tal aspecto.
-Pero, ¿no es acaso un fino y encumbrado
caballero? -insistió la anciana.
-Parece como si no fuera de este mundo
-dijo Anne.
-De este mundo, o del otro -dijo la
anciana, levantando su huesudo índice-, no olvides mis palabras: ese caballero
será tu prometido esposo.
-Entonces, seré la novia de un cadáver
-dijo Anne-, ya que lo que he visto esta noche no es un ser viviente.
Transcurrieron dos semanas y, sea que
Anne se reconcilió con las facciones que le habían inspirado tanto miedo, al
descubrir que eran las más hermosas que nunca había contemplado, y que la voz,
cuyo sonido resultaba al principio tan extraño y anormal, adquiría una rara
suavidad al dirigirse a ella; sea que resulta imposible que dos personas
jóvenes, cuyos corazones están libres, se encuentren a menudo para contemplar
en silencio la misma corriente, pasear bajo los mismos árboles y escuchar
juntos el viento que agita las ramas, sin experimentar una asimilación de
sentimientos sucediendo rápidamente a una asimilación de gustos; sea por el
efecto de todas aquellas causas combinadas, lo cierto es que al cabo de otras
dos semanas Anne oyó la declaración de la pasión del forastero con muchos
rubores, aunque sin un solo suspiro. Él declaró ahora su nombre y condición. Se
presentó a sí mismo como un Baronet escocés, sir Richard Maxwell; infortunios
familiares le habían obligado a abandonar su país, al que no podría regresar
nunca: había transferido su fortuna a Irlanda, y se proponía fijar su
residencia allí para siempre.
En aquella época, los noviazgos eran de
corta duración. Anne se convirtió en la esposa de sir Richard y la pareja vivió
con el padre de ella hasta que sir Redmond falleció; entonces se trasladaron a
sus posesiones en el Norte. Vivieron allí varios años, tranquilos y felices, y
tuvieron una numerosa descendencia. La conducta de sir Richard se distinguía
únicamente por dos peculiaridades; rehuía, no sólo el trato sino incluso el ver
a cualquiera de sus paisanos; si se enteraba de la llegada de un escocés al pueblo
vecino, se encerraba en la casa hasta haberse asegurado de que el forastero se
había marchado. La otra era su costumbre de retirarse a su propia habitación y
permanecer invisible para su familia el aniversario del 31 de octubre. Su
esposa, que tenía sus propios recuerdos relacionados con aquel período, sólo le
interrogó una vez a propósito de aquella reclusión, y fue solemnemente -e
incluso ásperamente- intimada a no repetir su pregunta.
Así estaban las cosas, envueltas en
cierto misterio, pero sin aparente infelicidad, cuando de pronto, sin ninguna
causa que lo justificara, sin Richard y lady Maxwell se separaron, y nunca más
volvieron a reunirse en este mundo, ni le fue permitido a ella ver a uno de sus
hijos en su lecho de muerte. Sir Richard continuó viviendo en la mansión
familiar, y ella fijó su residencia en casa de unos parientes lejanos, en una
remota parte del país. La separación fue tan absoluta, que ni siquiera el
nombre de uno de ellos volvió a pasar por los labios del otro, desde el momento
de la separación hasta el de la disolución.
Lady Maxwell sobrevivió a sir Richard
cuarenta años, viviendo hasta la avanzada edad de noventa y cinco; y,
cumpliendo la promesa formulada previamente, reveló a un descendiente con el
que había vivido las siguientes y extraordinarias circunstancias.
Dijo que en la noche del 31 de octubre,
unos setenta y cinco años antes, por instigación de una anciana sirvienta, mala
consejera, había lavado uno de sus vestidos en un lugar en el que confluían
cuatro arroyos, realizando además otras ceremonias profanas bajo la dirección
de la Collogue, con la esperanza de que su futuro marido se le apareciera en su
habitación a las doce de aquella noche. Llegó el momento crítico, pero la
visión fue muy distinta a lo esperado. Un ser fantasmal se acercó a su lecho,
entregándole un arma de hierro de forma y construcción desconocidas para ella,
diciéndole que «reconocería a su futuro marido por aquello».
Los terrores de aquella visita la
privaron del sentido; pero, al recobrarlo, insistió, como ya se ha dicho, en
conservar la espantosa prueba de la realidad de su visión; el arma, al ser
examinada, reveló numerosas manchas de sangre seca. Permaneció oculta en uno de
los cajones de su armario hasta la mañana de la separación. Aquella mañana, sir
Richard se levantó antes del amanecer para asistir a una partida de caza.
Necesitaba un cuchillo para cortar una correa y, no encontrando el suyo,
despertó a Lady Maxwell, que seguía en la cama, para que le buscara uno. Su
esposa, medio dormida, le dijo que encontraría uno en tal cajón de su armario.
Sin embargo, sir Richard se equivocó de cajón… y unos segundos más tarde lady
Maxwell estaba completamente despierta, viendo cómo su marido acercaba a su
garganta la terrible arma, amenazándola con la muerte inmediata a menos de que
declarase cómo había llegado a su poder.
En una agonía de horror y contrición,
lady Maxwell le contó a su marido la historia de aquella terrible noche. Él la
contempló unos instantes con una expresión en la que se mezclaban la rabia, el
odio y la desesperación, y luego exclamó:
-Me ganaste con la ayuda del diablo… pero
ahora me habrás perdido para siempre.
Aquel mismo día se separaron, para no
volver a encontrarse en este mundo.
El secreto de su marido no era
desconocido de ella, aunque los medios por los cuales llegó a conocerlo no
fueran del todo fidedignos. Excitada fuertemente su curiosidad por la aversión
que su marido manifestaba hacia sus paisanos, se vio estimulada todavía más por
la llegada al pueblo vecino de un caballero escocés, el cual había manifestado
que conocía de antiguo a sir Richard, aludiendo con mucho misterio a los
motivos que le impulsaron a abandonar su país. Lady Maxwell, ocultando su
personalidad bajo un nombre supuesto, se entrevistó con aquel caballero y se
enteró por él de las circunstancias que a partir de entonces amargarían su vida
hasta el último minuto.
El caballero le contó lo siguiente:
Sir Richard Maxwell estaba enemistado
mortalmente con un hermano más joven; se organizó un festín para
reconciliarles, y como el uso de cuchillos y tenedores era desconocido entonces
en las serranías, los comensales utilizaban sus dagas para trinchar la carne.
Bebieron más de la cuenta; el festín, en vez de limar asperezas, empezó a
inflamar sus espíritus; salieron a relucir de nuevo los viejos agravios; las
manos, que al principio tocaron las armas con aire de reto, fueron finalmente
desenfundadas con rabia y, en la refriega, sir Richard hirió de muerte a su
hermano.
Sir Richard se salvó por puro milagro de
la venganza del clan y huyó precipitadamente hacia la costa, cerca de la cual
se levantaba la mansión, y se ocultó allí hasta que sus amigos pudieran
encontrar un barco que le trasladara a Irlanda.
Embarcó la noche del 31 de octubre.
Mientras paseaba por el puente sumido en
una indecible angustia, su mano tocó accidentalmente la daga que no había
vuelto a extraer de su funda desde la noche fatal. La extrajo ahora y, rogando
«que el pecado por la sangre derramada de su hermano se alejara de su alma
tanto como él fuera capaz de alejar aquel arma de su cuerpo», la lanzó al aire
con todas sus fuerzas.
Aquel instrumento fue el que encontró en
el armario de su esposa, y aunque no ha podido averiguarse si creyó realmente
que lady Maxwell entró en su posesión por medios sobrenaturales, o si temió que
su esposa fue testigo secreto de su crimen, el resultado fue el que hemos
narrado.
Por lo demás:
Ignoro si la historia es cierta o no:
Como me la contaron la cuento yo.
FIN

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