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15 de junio de 2026

LA HERENCIA

 


 


Don Martín Salazar, como todo anciano, al finalizar la tarde se dirigía durante todos los días a su oficina, acompañado y sostenido por su viejo bastón de huayacán tallado; su caminar lento daba muestra de que su cuerpo estaba ya cansado de llevar encima los largos años de su vida.

Don Martín, desde muy joven, se sometió a los más pesados trabajos en el campo, empezando como cuadrillero de caballería, hasta llegar a ser uno de los más prósperos hacendados de la región.

Cuando aún no conocía la opulencia económica, conoció a María, la mujer con la cual se casó y llegó a tener cuatro hijos. Justamente, cuando esperaba a que naciese el quinto, el destino cortó la felicidad de Martín, pues María inevitablemente se moría.

El último adiós fue un suspiro acompañado de un apretón de manos, mientras don Martín lloraba, sin importarle cuántas personas lo miraran con compasión. El ejemplar matrimonio se disolvía. Don Martín suplicante imploraba con dolor al divino creador.

-Llévame también a mí, mi vida sin María no es vida -lloraba como un niño-. El consuelo de los demás no era suficiente para calmar ese hondo dolor, y todo el pueblo lo miraba resignado sin poder hacer nada.

En este momento se allegó a él doña Pascuala, una vieja sincera, sin pelos en la lengua, y más impositiva que la palabra.

-Martín, escúchame. Vos sabés que lo bueno no dura, vos sos joven y con mucho dinero, podés buscarte una buena moza joven y del lugar.

-No -decía Martín-. Amor como el de María no encontraría ni acá, ni en la otra vida.

Con el tiempo, los conocidos de Martín contemplaban con lástima como ese hecho lo fue consumiendo por un largo tiempo.

Cuando Martín salía por las mañanas a contemplar el sol, agarraba una flor y conversaba con ella, la apegaba a su nariz y la besaba como si fuera su propia María. Al ver ese hecho, la gente que pasaba lo miraba y lo miraba, cuidando con esmero el viejo jardín.

Las habladurías no cesaban. Unos decían que Martín estaba loco, otros murmuraban que en su casa conversaba solo. Pero Martín no era ni lo uno ni lo otro, él se detenía por las noches a contemplar la luna para ver sonreír a María.

Ella se murió justo cuando todo empezaba a florecer, y lo que la gente no sabía, era que desde el día de ese cruel incidente, Martín, en un esfuerzo, y mirando a sus cuatro hijos aún pequeños, se convirtió desde ese día en padre y madre de los cuatro pelaos.

Así, durante todos esos años de orfandad, parecía que desde el cielo lo alentaba su amada María.

Martín progresaba rápido y con grandes éxitos en su trabajo y en su negocio, con clientela de todos los lados del país; le llegaban grandes pedidos sobre su mercadería y productos. Eran los más cotizados del mercado y todo lo que sus manos realizaban adquiría un valor incomparable.

Eso era el éxito. Además, para qué decir sobre el valor humano de Martín. No era una persona que concurría a la iglesia, de hecho, casi nunca iba, aunque eso pusiera malo al cura, pero su alto valor de sensibilidad lo colocaba como a una persona muy caritativa.

La gente comentaba: «¿Cuándo hubo un día en que los pobres no recibieran su ayuda? El necesitado siempre encontró las puertas abiertas en la casa de Martín, el hambriento siempre encontró pan para saciar su hambre, el triste recibía consuelo de las sabias palabras de Martín, el solitario, compañía, y el forastero, hospitalidad donde pasar la noche y reposar su cuerpo».

Esa tarde en especial, mientras caminaba, sus ojos contemplaban el cielo nublado, opaco, triste; las flores, con sus pétalos abiertos, absorbían la fresca brisa de la tarde.

El sol aparecía por momentos, saludaba y volvía a esconderse tras las nubes; el estado de ánimo de Martín era malo como el tiempo. De pronto sintió que el suelo giraba a su alrededor y perdió el equilibrio, sintió caerse al suelo, pero su mano se sostuvo fuerte del bastón, y una vez más, el fiel amigo lo libraba de desplomarse por el suelo.

Preocupado Martín por la frecuencia y forma en la que le venían los mareos, se apresuró a abrir la puerta, y una vez dentro se sentó sobre la silla Luis XV de su escritorio, cuyas patas tenían talladas en madera formas de águilas. Apoyó su esquelética espalda sobre el respaldo y su mirada se clavó fijamente en un cuadro antiquísimo de alto valor, y una vez mas leyó el recuerdo que se encontraba escrito sobre la parte inferior: «En las buenas y en las malas, hasta que la muerte nos separe».

Bellos en sus años juveniles, el matrimonio y los cuatro hijos transmitían vida. Volvió a llorar como siempre, pero ahora lloraba de felicidad y alegría ya que sabía que le quedaba poco tiempo para su largo viaje. El anciano pensaba en silencio:

-Me está llamando, siento que por las noches se postra sobre mi cama y me susurra al oído, y con palabras suaves que me dicen: «te espero desde hace años Martín, acá en nuestro nuevo lecho de amor, no te detengas, mas allá de las estrellas, donde hermosas aves cantan suaves melodías, desde el amanecer hasta el anochecer, y donde las flores crecen todo el año repartiendo su perfume con la brisa. Te espero en este lugar por los dos soñado, donde la primavera nunca termina».

Llegado a ese punto, decía Martín:

-¡Ah, esta cabeza! -y se agarraba con los delgados dedos su atormentada cabeza.

Se cubría los oídos con sus manos, pero al rato, como si sus sentidos le exigieran seguir escuchando las volvía a bajar.

-Puede ser -se decía-. Esa voz es la misma de mi María.

Presentía que lo llamaba con desesperación; entonces Martín se paraba, paseaba y se sentaba.

-¿Será que me necesita para empezar otra vida lejos, tal vez, del dolor? ¡Pero si así es, o tuviese que ser, yo me tengo que apurar!

Desde ese momento empezó a dejar todo listo. Se preparó como todo hombre de negocios y organizó todo para dejarlo en manos de sus hijos, los nuevos herederos. Y claro está, que eso le llevaría poco tiempo. Lo tenía todo casi listo desde mucho tiempo atrás, y él mismo, con su puño y letra, redactó los testamentos que a cada hijo le tocarían.

Todo el dinero del banco estaba a nombre de sus cuatro hijos; joyas, animales, mercaderías, casas y también las tierras. Todos los sirvientes, cambas y cunumis, serían liberados de toda clase de servidumbre y se quedarían con la casa después de la muerte de Martín. Sólo ellos se quedarían por su propia voluntad, si así lo desearan. Esa noche fue la más larga de su vida; no pegó ojo ni un sólo minuto durante esa noche y los párpados se le dilataron.

El amanecer lo agarró con sus rayos color oro. Era el inicio de un nuevo día. Se podría ver a la gente caminar por las arenosas calles en busca de lo cotidiano; en el desayuno de ese día tuvo que esperar a que se levantase el último de sus hijos y por poco no se dan las doce del medio día.

Esos eran sus hijos, los hijitos de papá; nunca comprenderían el alto valor del sacrificio, los años que tardó en construir y acumular toda esa fortuna.

Tampoco se preocuparon alguna vez de agarrar una pluma o una hoja, y tampoco aprendieron el negocio del padre, por más que el padre se esforzara por encaminarlos. Ellos miraban cada día la vida como si recorrerla fuese lo más hermoso.

Aunque claro, aparte de dormir hasta el mediodía después de una pesada noche de lujuria, era cada día más fácil conseguir dinero de la billetera del padre, pues Martín nunca se les resistía, siempre les daba lo que ellos necesitaban, y siempre que esto sucedía, Martín sonreía en su interior. Los cuatro cambas vagos admiraban el valor y el ejemplo del padre.

Admiraban que Martín, aún siendo analfabeto, consiguiera acumular un gran éxito económico. ¿Ellos harían lo mismo llegado el momento de enfrentar solos su destino?

De esta manera llegó el inesperado pero anhelado día; se realizaba esa improvisada reunión, y los cuatro hijos prestaban mucha atención a las palabras del anciano padre.

Ese silencio era absoluto, no se escuchaba ni el volar de un mosquito. El corazón de los muchachos latía a todo ritmo, la emoción los embargaba. El gran día había llegado.

El anciano padre no paraba de hablar, sólo se detenía por momentos, debido a su agitada respiración. Primero los sermoneó con los consabidos consejos de padre, después se inclinó hacia el suelo, sacó una maleta de mano, antigua y hecha con cuero de vaca. Abriéndola, sacó unos papeles muy limpios y bien conservados.

Mojó la pluma en el tintero y muy ceremonioso, por orden de edad, los llamó para que cada uno firmara la conformidad de lo que iban a heredar. Primero paso Saúl, después Raúl, luego Pedro y finalmente el menor, Ronald. En el testamento faltaba saber quién iba a heredar a los cambas y cunumis.

Por fin uno de ellos preguntó:

-¿Los cambas estos con quien se quedan, papá?

El anciano respondió:

-Ellos, los cambas y cunumis, desde este momento son libres.

Otro preguntó.

-¿Y esta casa?

El anciano respondió:

-Esta casa pasará a ser de ellos, con la salvedad de que yo me quedaré en ella hasta que termine mis últimos días de vida; después vendrán ellos y tomarán posesión.

-Papá -dijo otro-, en esta repartición tampoco figuran las tierras de la llamada Herencia.

-Así es, hijos míos. Eso es lo único que queda conmigo hasta que yo disponga qué hacer con ellas, son apenas cinco hectáreas.

Los hijos callaron, flotaron en el aire dudas y preguntas que no se animaban a hacer al padre, y en la mirada de cada hijo existía una sed de respuesta.

¿Será -pensaron-, que nuestro padre guarda esas tierras para otro hijo que tal vez tenga fuera de nosotros cuatro?

Otros pensaban:

-¿Serán ciertos los rumores que vertía la gente sobre esa pequeña extensión, llamada la Herencia? Aquella, la de Paso.

Paso, fue la primera que en su juventud compró Martín. Los buenos vecinos decían que tuvo mucha suerte puesto que se había encontrado con una gran veta de oro.

Así que muchos de los envidiosos vecinos hacían vigilancia cerca de su casa y muy de madrugada seguían a Martín sin dejarse ver con éste. Martín no se daba cuenta, trabajaba sin cesar, hasta terminar su tarea, y solía dejar pasar la hora de almuerzo. Luego la cena, con tal de avanzar en el chaqueo de su terreno. Los curiosos y los envidiosos también retornaban sin poder pillar el secreto de Martín. Volvían defraudados, y por ello, en algunas ocasiones, solían murmurar que en ese mismo lugar selvático vieron que Martín invocó el poder del Diablo y que ahí mismo pactaron, y que el diablo le concedió suerte y fortuna a cambio de algo más preciado que su vida, y que éste a cambio le cedió la vida de su amada María.

En esa ocasión, a Martín le tocaba quemar su chaco, labor que debía realizarla de noche. Los curiosos cambas lo seguían, protegidos por la oscuridad nocturna, y entonces los rumores venían de ellos, de quienes aseguraban haberlo visto adorar a una sombra con forma de mono.

Otros decían que no lograron ver nada. En fin, todo eran puras habladurías.

Pero volviendo al gran momento, la cuestión era que ese día don Martín volvía a ser el mismo de antes. Primero se quedó sin su mujer y ahora se quedaba sin dinero; sólo le quedaba la Herencia y viviría en esa casa el resto de sus pocos días.

Pasó un largo tiempo y los nuevos ricos se enaltecían. La nueva posición económica los mareó, unos se dedicaron a viajar, otros buscaron darse a conocer y hacerse fama de mujeriegos.

La banda de música sonaba todos los días en diferentes casas, y donde vivía alguna buena moza, allí estaban. Otros frecuentaban las casas de juegos; en fin, el despilfarro era tal, que nunca tuvieron tiempo de visitar a su padre, de ver cómo estaba.

Tampoco pensaron que algún día lo que no se activa se apaga, y el cura de la iglesia era tan pecador como ellos, puesto que los llegaba a casar en secreto dos, tres y cuatro veces, todo a cambio de una fuerte suma de dinero.

La vida de truhán y bohemio reinó en estos jóvenes pecadores, ciegos a todo aquello que no sea diversión y buena vida.

No muy tarde llegó el día en que se dieron cuenta de que no les quedaba plata ni para hacer rezar a un ciego; entonces fue cuando pisaron tierra y se acordaron del viejo Martín: su padre. Pero algo los hizo detenerse; tal vez la vergüenza. ¿Cómo llegarían de nuevo a sus casas, con las manos vacías, y sin ningún dinero?

-¿Estaría vivo Martín? -pensaron por fin.

-¡Pero qué hicimos todo este tiempo!

Se hicieron varias preguntas entre ellos, pero no hallaban respuesta. Entonces, el orgullo les hizo pensar diferente; empezarían con lo poco que disponían de sus herencias y tomarían el mismo ejemplo del padre. Saldrían a enfrentar la vida con el tiempo tal y como se presentara, bajo el sol, bajo la lluvia, el frío y el viento. No pararían de trabajar, y decididos, marcharon para la iglesia a pedir la bendición del cura, quien primero los sermoneó.

Pasaron pocos días cuando la tristeza los volvió a desesperar, los negocios no andaban bien, decían entre ellos, como no encontraron la salida al éxito, se juntaron nuevamente como aquellos guerreros que huyen despavoridos del combate con su capitán herido. Pero en aquella ocasión tampoco se animaban para ir a buscar al padre.

Pese a intentar hacer todo, en todo fracasaron. Saúl el mayor de los hermanos, tomó la iniciativa y dijo:

-Hermanos, escuchen, tenemos que hacer algo. Ustedes han visto que hemos intentado hacer tantas cosas y nada nos ha salido bien, será mejor ir y buscar a nuestro padre.

-Si es que aún lo encontramos con vida -dijo Raúl.

-Nadie más que él conoce también el arte del negocio.

-Yo estoy seguro de que nos va a encaminar -agregó Pedro, demostrando su admiración-. Sí… Además, no nos olvidemos que a nuestro viejo todavía le queda un poco de terreno.

-¿Qué terreno? -preguntó Ronald.

Pedro les recordó aquella parte de la llamada la Herencia. Todos, en ese momento, se miraron sorprendidos por esa valiosa sugerencia.

-No les dije yo -decía Saúl-, que cuatro cabezas piensan mejor que una.

Era muy cierto que esas tierras de cinco hectáreas existían. ¿Pero qué importancia tenían cinco hectáreas?

No era tanto el interés de las tierras, sino más bien lo que encerraba la tierra, la Herencia, y los rumores acerca de que en ese lugar existía una explotable veta de oro, o que también podía ser que ese era un lugar frecuentado por Lucifer.

Sí, se decían los desesperados muchachos, no hay duda, no por nada nuestro taita no nos la dio por temor a que nosotros descubramos el misterio.

Y sin más pérdida de tiempo, los cuatro fracasados hijos partieron con dirección a la casa de su viejo padre. No bien llegaron y estaban por entrar, cuando algo en su interior los detuvo, y mirando su antigua casa, la tristeza los invadió.

Las viejas paredes parecían hablarles, reprochándoles. El viento dejó de soplar en los jardines donde de niños solían jugar, donde ellos aprendieron a dar sus primeros pininos sostenidos por esas viejas manos de una cunumi que hacia de alzadora de cada muchacho, uno a uno y a su tiempo.

Todo estaba abandonado; la casa sucia, la hierba imperaba cubriendo todos los lados por completo. De las viejas y delicadas plantas de rosas, jazmines, gladiolos, helechos y papies, algunas de ellas quisieron sonreír a los muchachos pero se encontraban viejas y sin fuerzas, todas morían en el más absoluto silencio. Todo daba muestras de estar en la más triste orfandad.

Se pararon sobre la puerta indecisos, hasta que uno de los muchachos decidió empujar la puerta. Sonaron las viejas bisagras, la puerta rechinó como un grito de dolor. Después entraron, y cuando llegaron al interior; buscaron al padre. Pero fue grande su sorpresa al ver a Martín tendido en el suelo. Un lago de sangre lo rodeaba, y sobre la mano derecha sostenía el bastón y en la mano izquierda llevaba algunos de los viejos cuadros de la familia o de lo que un día fue una gran familia.

Tal vez esos recuerdos lo martirizaban día y noche. Inmediatamente Martín fue levantado por los hijos.

Los golpes no fueron nada graves. El naturista vino a casa, hizo su trabajo y ordenó que reposara. Desde ese día fue acompañado por los hijos, quienes, con el pretexto de cuidarlo, se quedaban a dormir cada uno en sus antiguos cuartos.

Por las noches, uno de sus hijos quedaba a su lado. Se turnaban. Martín aprovechaba esos momentos para hacerles preguntas de cómo iban sus negocios, y sonriendo, los alentaba.

-Yo sabía que mis hijos progresarían como progresó su padre -decía con orgullo, y levantaba su débil brazo ceñido de secas venas y los palmeaba en la espalda o sobre la pierna y suspiraba como aliviado pensando que sus herederos eran responsables y cumplidos.

Pasaron tres días y Martín les dijo:

-Hijos, ya creo que me siento mejor. ¿No será mejor que cada uno de ustedes marche para sus hogares y vean sus negocios? De mí no se preocupen, que yo he vivido lo suficiente.

-¡Oh! No padre, ¿cómo nos puedes pedir eso? -dijo uno de los hermanos.

-Para eso hay tiempo, queremos quedarnos a hacerte compañía los últimos días de vida que te quedan.

El anciano padre sonrió complacido. Él los había criado, fue madre y padre a la vez, él los conocía. En silencio volvió a dormir.

El cura también venía a verlos, oraba por Martín y luego se marchaba.

Mientras, los hijos no hallaban el comienzo de una charla para confesarle al padre todo el fracaso y el derroche de dinero que hicieron hasta quedarse yescas. Pero Ronald, que era el menor, y que siempre gozó de más consideración del padre, en una de esas noches en las que se quedó haciéndole compañía, no aguantó más la situación, y tuvo que confesarle todos sus fracasos y los vanos intentos que el grupo de hermanos hicieron por salir adelante.

Martín, después de escuchar todo, le contestó a Ronald:

-Mi hijo, no quiero que se preocupen, si yo, su taita, sabía cuán mal estaban haciendo, los rumores llegaban hasta mí, pero en fin, qué le vamos hacer, por suerte ustedes están sanos y completos, y sólo tienen que mirar donde nace y muere el mismo sol, para al siguiente día volver a brillar.

-Así es, taita.

-Así es hijo -decía Martín.

-Pero, taita, eso no es todo. Nuestro hermano y yo hemos decidido pedirte la última oportunidad. Mañana nos reuniremos, y queremos pedirte las tierras de la Herencia.

Se hizo un silencio. El anciano tragó saliva, después movió la cabeza como acordándose de algo y exclamó:

-Claro, muy cierto, muy cierto. Tenemos todavía esas tierras, sí, sí, sí. «Je, je, je» -reía Martín.

-¿Es cierto, padre, que esas tierras esconden un valor altísimo para vos? Según hemos escuchado desde niños, esas tierras encierran tus secretos. De ahí tú, taita, saliste y te hiciste rico.

-Sí, eso es muy cierto. Esas tierras esconden algo muy significativo en mi vida, fue la primera parte de terreno que yo y tu difunta madre, que Dios la tenga en los cielos, nos compramos, y sin esperar nada. Pero para sorpresa nuestra, encontramos el tesoro de nuestras vidas. Es cierto que el terreno es chico, pero esconde una riqueza invaluable jamás vista en otra zona.

Ese corto diálogo terminó sumiendo en el sueño al padre y al hijo.

Al siguiente día, una vez reunidos los hermanos para relevarse, Ronald contó toda la conversación de la noche anterior con su taita. También les dijo que hasta podría ser que su padre les concediese la tierra de la Herencia, y que también les revelaría los misterios y les mostraría dónde se encontraban sus riquezas. Los otros hermanos escucharon muy sorprendidos.

El cuarteto de irresponsables dispuso sin más pérdida de tiempo reunirse con el padre, y, como siempre, Saúl, el hermano mayor, sería el encargado de tomar la palabra y tendría que narrar todo lo ocurrido. Y así fue, reinó un silencio de tristeza.

Los hijos, cabizbajos, pedían los más sabios consejos y con ellos una nueva oportunidad, también prometían, que de darse, la vida de ellos cambiaría, sería otra, pues ahora, estaban seguros de que conocían el sabor amargo de la necesidad y la pobreza. Del mismo modo hablaron los otros hermanos.

Martín los escuchó muy atento, sin interrumpir nada, y tras finalizar de contarle todos los hijos los pormenores y los mayores inconvenientes, Martín dio un suspiro profundo.

Esta realidad le quitaba los últimos días de vida, se sentía incapaz de crear ideas, y menos posible sería volver a ser el mismo padre de antes: trabajar, acumular dinero… Miró a sus hijos, vio en sus rostros la incapacidad, se los imagina a todos cayendo en la perdición, mendigando un plato de comida o borrachos, caídos en el fango, o tal vez tirados sobre el pasto de algún potrero.

Qué puedo hacer, pensó Martín, mientras los hijos miraban al padre esperando algo o alguna solución que los levantase; entonces Martín les habló con autoridad como lo hacía antes, y gracias a que la fe que le tenían los hijos era tan grande, se volvieron a sostener y a creer en ese hombre que era su padre y que se estaba muriendo.

-Bien, bien, hijos míos -dijo Martín-. No está muerto quien suspira, y la vida es una constante batalla donde mueren solos y desamparados los débiles; tomen el ejemplo del hornero, él solo construye su casa con barro y paja para defenderla del viento, o ¿alguna vez sintieron que el viento sople para abajo, o para arriba?

¡Oh!, pensaban los hijos, qué sabio es el taita, y Martín les seguía hablando.

-¿Saben ustedes quién es el que fracasa?, -y el mismo les respondía-fracasa quien nunca intentó nada; así es mis hijos, y les pido que este error sea sólo una enseñanza o supongamos que sea una batalla perdida de esta vida.

Pero no se ha perdido la guerra, y después, más calmado les pedía tener paciencia; pronto conocerían el verdadero secreto del sacrificio, conocerían el misterio de la Herencia.

A pesar de los muchos intentos que los hijos hicieron por saber qué encerraba la Herencia, la única respuesta del padre era que tuviesen paciencia, que pronto conocerían el misterio. En esa larga espera, los días resultaban largos y por momentos la desesperación cundía en el ánimo de los hermanos.

Los hijos se preguntaban hasta cuándo esta situación. Entonces sucedía que mientras ellos mantenían latente la expectativa y cuidaban día y noche del padre, se veían privados de todo gusto y lujuria por esperar el gran día para recibir la noticia.

En esa larga espera cayó Martín sin ninguna posibilidad de restablecerse; cayó definitivamente enfermo, de día y de noche presentaba ardor de fiebre; visitaba a sus antepasados, conversaba con su padre, con su madre, después se ponía a conversar con su María, en ese largo diálogo donde sólo las almas tienen ese don de encontrarse en ese diálogo silencioso.

Se le escuchaba sonreír y suspirar con un suspiro leve, tierno y con nuevas risas entre sus labios; los hijos esperaban a que volviese en sí, que su alma retomase su cuerpo; Martín pronto se sobreponía a la muerte, luchaba como un león contra ella.

Cuando volvía en sí, en esos cortos segundos, era para mirar a sus hijos, quienes desesperados se colocaban cerca del enfermo para preguntarle dónde se encontraba la riqueza de la Herencia o cuál era el misterio. Pero justo cuando la respuesta estaba por ser dada a conocer, Martín volvía a perder la razón de esta vida y empezaba a articular palabras ininteligibles. Era como si le gustara esa introducción a la muerte. Todo estaba perdido para los desesperados hijos, hasta que Raúl dijo:

-¡Hermanos! ¿No será mejor traer al cura y de una vez hacemos que nuestro padre se confiese?

-¿No será que su alma está penando porque quiere decir algo? -dijo otro de los hermanos.

La sugerencia fue muy bien recibida. Dos de los hermanos salieron a buscar al cura, y de paso le pidieron que le sacase a su padre el secreto acerca de dónde estaba la riqueza de la Herencia.

Cuando aquella mañana llegó el cura a donde Martín estaba enfermo, éste dormía plácidamente sus últimos minutos de vida. El cura le miró, sintió la pieza fría como de muerto. Pensó el cura: «se nos va Martín», de ver al enfermo con la piel amarillenta, y los párpados cerrados. El rostro era piel y huesos.

-Ya no le quedan más horas de vida, si es que no se me adelantó.

El hombre fornido y macizo de tiempos pasados, hoy era sólo una acumulación de huesos y piel. De pronto, como si retornara de un largo viaje, olvidándose de algo, el cuerpo de Martín volvió en sí.

Cada retorno desconocía más la necesidad de este mundo, sólo esta vez movió la cabeza y miró al hombre de la sotana; sonrió mostrando sus secos y deshidratados maxilares, la lengua pesada le impedía hablar, pero logró hablarle:

- Padre, padre, ya sé a que viene.

-Así es hermano, vengo a confesarte antes de que te reúnas con tus antepasados allá en el otro mundo, en ese mundo lleno de misterios y que sólo los muertos pueden conocer.

-¡Ay padre!, tal vez era a usted al que yo esperaba, por eso mi alma se resistía a hacer este largo viaje.

-Así es hermano Martín, y para no cansarlo -le decía el cura agarrándole la mano-, ¿empezamos de una vez?

-Bueno padre, diga usted, -decía Martín.

El cura preguntaba de nuevo.

-¿Tiene alguna deuda de culpa, Martín?

-¡No padre! ¡Sólo la deuda de no corregir a tiempo el error de mis hijos!

-¿Algo que la Iglesia pueda hacer por usted en la tierra?, ¿algún hijo, infidelidad, avaricia?

-No, padre -decía Martín.

-Bueno -decía el cura-. Hermano Martín, soy el padre evangelista. ¿Me reconoce? -preguntaba el cura para cerciorarse del sano juicio del moribundo.

-Sí padre, respondió Martín.

-Bueno hermano, entonces cuénteme, y diga la verdad sobre la veta de oro que mantiene en secreto en la Herencia, o lo que sea.

-Bueno padre, sólo quiero que mis hijos cambien de vida.

-Hombre, Martín -interrumpió el cura-, no malgaste su corto tiempo hablando otra cosa, o es que no se da cuenta de que el tiempo es oro. Cuénteme sobre esa veta.

-Está bien, está bien -decía jadeando Martín.

El cura volvía a insistir:

-¿Es o no verdad, hermanito?

Martín por toda respuesta y viendo el interés del cura le contestó:

-¿Sabía usted padre, que en cada pedazo de tierra existe un tesoro escondido? ¡Es problema del hombre descubrirlo!

-Ave María Purísima, gracias a Dios, yo pensé que en verdad usted mantenía un pacto con el diablo, hermano Martín, tal como decían los comentarios de la gente del pueblo.

El enfermo volvió a hacer un esfuerzo por estirar sus secos labios; y con rezo pausado dijo al cura:

-Esa es mi preocupación padre, que ante esa búsqueda insaciable ciegue la ambición a mis hijos.

-No se preocupe por eso, Martín.

-Bueno padre, yo sólo quiero que mis hijos cambien el tipo de vida que llevan a estas alturas y por eso, prométame usted que los va a ayudar, prométaselo a un muerto, para que mi alma descanse en paz.

-Que en este momento logremos la paz y que sean sus hijos los que escuchen su último deseo -decía el Cura-. Y saliendo él, hizo pasar a los cuatro hijos, que se encontraban esperando fuera, ansiosos por los resultados del cura.

El hombre de la sotana hizo las recomendaciones del caso y de paso recomendó también no olvidarse de las aportaciones para la Iglesia, y cuando todo estuvo acordado los empujó para adentro, a la pieza del enfermo. Martín los miró lejanos y borrosos, casi ya no hablaba, el aire que respiraba no llegaba a su estómago. Cuando se volvía, intentó hacer una señal que fue muy bien interpretada por los hijos, quienes se sentaron alrededor del padre, mientras el cura permanecía parado con la sotana rozando el suelo.

-Bueno, Martín -habló el cura-, aquí están los muchachos, ya puede usted decir lo que quiera, ellos lo oirán. Y ante todo, está la palabra de la Iglesia de que todo saldrá bien, y así también su alma descansará en paz.

Entonces el enfermo dio un suspiro profundo y sacando fuerzas habló:

-Es verdad, hijos míos, que aquella, la Herencia, llamada así por su difunta madre, encierra una verdadera riqueza. Su madre y yo, después de levantarla, nos establecimos en este pueblo y no volvimos más a ese lugar. Pero lo que esas tierras nos dieron fue más que suficiente para acrecentar nuestra riqueza, que ustedes finalmente derrocharon en poco tiempo; y usted padre, dijo dirigiéndose al cura, escuche bien: tiene que ayudar a mis muchachos a buscar esa veta, pues yo, debido a los años en que no volví nunca más a ese lugar, no recuerdo exactamente dónde queda. Y mis fuerzas ya no me son suficientes para caminar. Pero padre, prométame que los va ayudar.

El cura contestó:

-Puede estar seguro de que los ayudaré en su búsqueda, pero, ¿no recuerda nada, hermano Martín?

-Nada padre, sólo recuerdo que mi María y yo cavamos poco menos de medio metro bajo un árbol seco.

-¿Dónde papá?, ¿dónde papá? Díganos dónde queda -preguntaban los hijos.

Demasiado tarde. Martín dejó escapar un último suspiro, tan lento que duró una eternidad, y su alma voló para reunirse con su amada María y sus antepasados.

De esa manera quedó abierta la posibilidad de encontrar la veta de oro para volver a ser ricos, mientras el cura no dejaba de pedir las futuras aportaciones para la Iglesia.

Después de cumplir con todos los sacramentos de cristiana sepultura, cuando quedaron solos, se miraron unos a otros, y como si recibieran una orden, partieron rumbo a la Herencia, que no quedaba muy lejos del pueblo. Marcharon en silencio los cuatro, más el cura; eran cinco. Cuando llegaron a la zona miraron el monte verde como una manta. Todo era una planicie, las plantas eran más robustas que las de otro lado, hojas grandes, y el suelo húmedo. Se podía notar la diferencia, comparándolo con los terrenos vecinos.

Los cinco hombres miraban desesperados, ansiosos buscaban y rebuscaban los árboles secos. Al descubrir el primer árbol, uno de ellos se dirigía al tronco. Caminaban desesperados, tropezaban con todo nerviosismo, y hasta parecía que el árbol seco caminaba alejándoseles del lugar.

Pero cuando miraron a su alrededor, descubrieron un nuevo árbol, y otro de los hermanos dijo:

-Por acá está, nos estamos equivocando, es éste.

-No -interrumpió otro-. Está por acá -dijo mostrando otro árbol-. Luego vieron otro; hasta que se dieron cuenta de que el tiempo y los años habían marchitado los árboles.

Meditando se quedaron acerca de que tal vez esos árboles también fueron jóvenes como Martín, su padre. Todos estaban secos y con huecos bajo la raíz. Recorrieron cada uno de los troncos que encontraron en las cinco hectáreas.

Todos los troncos estaban rodeados de yerbas, bejucos, malvas, otros tenían bajo el tronco huecos cavados por algún tatú. Desesperados los observaban sin darse cuenta de que el día se marchaba.

A uno de los hermanos le vino una idea y se la comunicó a los otros. Propuso que, como era lunes, se dieran una semana para encontrarlo, y que empezaran al día siguiente, machete en mano.

Así lo hicieron, rozando las cinco hectáreas. Todo quedó raso, y sólo quedaron en pie los troncos más gruesos.

Así pasó la primera semana y no se veía señal de la veta; sentados bajo la sombra de un árbol con las manos protegidas por una venda para no sangrar, pensaban los hermanos: «¿Nos habrá mentido nuestro padre?». Pero después volvían a recordar la ampulosa riqueza que ellos mismos conocieron y disfrutaron, y con esa fe insaciable que lleva todo hombre desesperado, se trazaron una nueva meta.

Remover toda la tierra. Si era preciso, las cinco hectáreas, y para esto hablaron con el cura para ver si el satanudo se animaba a sostener sobre sus manos un azadón, o picota o pala, y no sólo a pedir y pedir de lo que se estaba por descubrir.

Esa noche, cuando apareció el cura, escuchó, y por el rostro se podía saber que no le era de mucho agrado la propuesta, pero recordó que de por medio había empeñado su palabra y a la Iglesia misma para apoyar a los muchachos, así que a regañadientes aceptó su parte del trabajo.

Removería una hectárea, aunque, eso sí, puso como observación una cosa. Esta no sería ninguna competencia, y el que terminase primero ayudaría a su compañero, y él entraría un poco más tarde y se iría más temprano que todos ellos, observación que fue aceptada por los hermanos.

Así empezó la pesada jornada y cada uno cubría su zona, pero el sacrificio no daba sus frutos; sólo la esperanza los mantenía en pie. Llevaban tres días cavando y removiendo la tierra, tal como les había dicho al final de su vida su padre. Hasta que uno de los muchachos topó con su picota con algo duro, y entonces llamó a sus hermanos. Cavaron alrededor, pero el desgano se adueñó de ellos cuando vieron que era un pedazo de tinaja vieja y mugrienta.

En fin, así continuaron la pesada jornada. Algunos terminaron primero, y esos ayudaron a los otros; el cura fue el último en terminar de cavar, y de esa manera, el terreno que ayer fue una alfombra verde de monte, hoy se encontraba desnudo y desierto.

Los árboles verdes y secos fueron todos derrumbados, la tierra removida quedó suelta, y por la tarde, al caer el rocío, desprendió un árbol aromatizado un olor a humo.

Tierra totalmente fértil. Esa mancha era diferente a otras.

Los hijos y el cura miraban en silencio, resignados a la suerte. Todas las esperanzas estaban perdidas. El misterio de la veta era una falsedad.

Desilusionados se marchaban del lugar, cuando a lo lejos vieron que se le acercaba un hombre de avanzada edad, y cuando estuvo cerca de los muchachos los saludó y de paso les preguntó:

-Jóvenes ¿Se puede saber que harán con esa tierra?

Los muchachos, que no tenían nada en mente, desconsolados contestaron:

-¡Nada, sólo la limpiamos!

El anciano volvió a hablarles:

-Yo que ustedes la sembraba y como está tan removida, dentro de muy poco tiempo cosecharían los mejores productos de esta época.

-Sí, sí, -pensaron los jóvenes.

Y sin perder más tiempo empezaron a sembrar el producto de la época. No habían transcurrido cuatro meses, cuando vieron las espigas de maíz. Todos quedaron impresionados por el tamaño. Cuando llegó el día de la cosecha, el rendimiento fue tal que todos los clientes que compraban no hacían más que comentar la buena calidad del maíz.

De esa forma les compraban en los puestos de venta, como muchos años atrás lo hubiera hecho don Martín, y es que en verdad, los hijos no comprendieron el verdadero mensaje del padre:

Que removiendo ese terreno, después de producir unos años, volvería a rendir como años atrás. Y, si bien no se hicieron ricos como antes, ahora sí cuidaban con mucho esmero el dinero que ganaban con el sudor de su frente, y también hacían llegar los aportes, que por convenio le correspondían a la Iglesia, donde el cura daba misa feliz de haber cumplido su promesa.

 

FIN

 

9 de junio de 2026

DREAMS

 



 

It was after a dinner with friends, old friends. There were five of them: a writer, a doctor, and three rich bachelors without a profession.

Everything had been discussed, and a lassitude had been reached, that lassitude that precedes and decides the departure after a party. One of the diners, who had been looking for five minutes, without speaking, at the agitated boulevard, constellated by the gas nozzles and full of humming, suddenly said:

-When nothing is done from morning to night, the days are long.

"And the nights too," added his neighbor.

I hardly sleep, pleasures tire me, conversations do not vary; I never find a new idea, and I experience, before talking to no matter whom, a furious desire to say nothing and hear nothing. I don't know what to do with my evenings.

And the third unemployed man proclaimed:

"I would be willing to pay well for a way of spend, each day, only two pleasant hours.

Then the writer, who had just thrown his coat over his arm, approached.

"The man," he said, "who discovers a new vice, and offers it to his fellow-men, even if it reduced his life by half, would do a greater service to mankind than he who found the means of securing eternal health and youth.

The doctor laughed, and as he nibbled on a cigarette, he said:

-Yes, but things are not discovered in this way. Although the issue has been earnestly sought and worked on since the world has existed. The first men suddenly came to perfection in this. We barely match them...

One of the three unemployed people sighed.

"It's a pity!"

Then, after a minute, he added:

"If only we could sleep, sleep well without being cold or hot, sleep with that annihilation of the nights of great tiredness, sleep without dreams.

-Why without dreams? asked his neighbor.

"Because dreams are not always pleasant," replied the other, "and they are always strange, unbelievable, frayed, and because in sleep we cannot even taste the best dreams." It is necessary to daydream.

"Who prevents it?" asked the writer.

The doctor threw his cigarette.

"My dear friend, to daydream requires great power and great work of will, and the result is great fatigue. The true dream, that walk of our thought through enchanting visions, is surely the most delightful thing in the world; but it must come naturally, not painfully provoked, and be accompanied by absolute well-being of the body. I can offer this dream to you, provided you promise me not to abuse it.

The writer shrugged.

"Ah! Yes, I know, hashish, opium, green jam, artificial paradises. I have read Baudelaire; and I myself have tasted the famous drug, which has made me terribly ill.

But the doctor had sat down.

"No, the ether, just the ether. You men of letters should wear it from time to time.

The three rich men came over. One of them asked:

"Explain to us, then, the effects."

The doctor continued:

-Let's leave aside the big words, shall we? I am not talking about medicine or morals: I am talking about pleasure. You are free every day with excesses that devour your lives. I want to point out to you a new sensation, possible only for intelligent men, let's say even very intelligent, dangerous as everything that excites our organs, but exquisite. I add that it will require a certain preparation, that is to say, a certain habit, to grasp in all their fullness the singular effects of the ether.

"They are different from the effects of hashish, from the effects of opium and morphine; and they cease immediately after the absorption of the drug is interrupted, while the other dream-producers continue their action for hours.

"Now I will try to analyze as clearly as possible what it feels like. But things are not easy; so delicate, almost incomprehensible, are those sensations.

"I was suffering from violent neuralgia when I used this remedy, which I may have abused a little later.

"I felt sharp pains in my head and neck, and an unbearable warmth on my skin, a restlessness of fever. I took a large vial of ether and, after lying down, began to inhale it slowly.

"After a few minutes I thought I heard a vague murmur which soon became a kind of buzzing, and I had the impression that the whole interior of my body was becoming light, light as air, which was vaporizing.

"Then there was a kind of drowsiness of the soul, of sleepy well-being, although the pains persisted, although they were no longer painful now. It was one of those sufferings that can be endured, and not that horrible tearing against which our tortured body protests.

"Very soon the strange, charming feeling of emptiness in my chest spread, reached the limbs, which in turn became light, light as if flesh and bones had melted and only the skin remained, the skin necessary to make me perceive the sweetness of living, of lying in that well-being. Then I realized that I was no longer suffering. The pain was gone, melted, evaporated. And I heard voices, four voices, two dialogues, without understanding any of the words. As soon as they were but indistinct sounds, as soon as a word or two came to me. But I recognized that it was simply the accentuated ringing in my ears. He was not sleeping, he was awake; I understood, felt, reasoned with extraordinary clarity, depth, power, and joy of spirit, a strange intoxication arising from this multiplication of my mental faculties.

"It was not a dream like that of hashish, it was not the slightly sickly visions of opium; it was a prodigious acuteness of reasoning, a new way of seeing, of judging, of appreciating the things of life, and with the certainty, the absolute awareness that this way was the true one.

"And the old image of the Scriptures suddenly came to my mind. I had the impression that I had tasted the tree of knowledge, that all mysteries were revealed, and that I was under the empire of a new, strange, irrefutable logic. And the arguments, the reasoning, the proofs, came rushing towards me, immediately knocked down by a proof, a reasoning, a stronger argument. My head had become the battlefield of ideas. I was a superior being, armed with an invincible intelligence, and I savored a prodigious joy at the realization of my power.

"That lasted a long, long time. I was still breathing through the hole in my ether flask. Suddenly, I realized that it was empty. And I felt a terrible sorrow."

The four men asked at the same time:

"Doctor, quick, a prescription for a quart of ether!"

But the doctor put on his hat and answered:

"As for that, no: go and be poisoned by others!"

And he left.

Ladies and gentlemen, what does your heart tell you about it?

 

END

 


SUEÑOS




 


Fue después de una cena de amigos, de viejos amigos. Eran cinco: un escritor, un médico, y tres solteros ricos sin profesión.

Se había hablado de todo, y se había llegado a una lasitud, esa lasitud que precede y decide la partida después de una fiesta. Uno de los comensales, que miraba desde hacía cinco minutos, sin hablar, el agitado bulevar, constelado por las boquillas del gas y lleno de zumbidos, dijo de pronto:

-Cuando no se hace nada de la mañana a la noche, los días son largos.

-Y las noches también -añadió su vecino.

Yo apenas duermo, los placeres me cansan, las conversaciones no varían; jamás encuentro una idea nueva, y experimento, antes de hablar con no importa quién, un furioso deseo de no decir nada y no oír nada. No sé qué hacer con mis veladas.

Y el tercer desocupado proclamó:

-Estaría dispuesto a pagar bien una forma de pasar, cada día, sólo dos horas agradables.

Entonces el escritor, que acababa de echarse el abrigo al brazo, se acercó.

-El hombre -dijo- que descubriera un vicio nuevo, y lo ofreciera a sus semejantes, aunque eso redujera su vida a la mitad, haría un servicio más grande a la humanidad que aquél que encontrara el medio de asegurar la salud y la juventud eternas.

El médico se echó a reír, y mientras mordisqueaba un cigarro dijo:

-Sí, pero las cosas no se descubren de este modo. Aunque se ha buscado encarecidamente y trabajado el asunto desde que el mundo existe. Los primeros hombres llegaron de golpe a la perfección en esto. Nosotros apenas los igualamos…

Uno de los tres desocupados suspiró.

-¡Es una lástima!

Luego, al cabo de un minuto, añadió:

-Si tan sólo pudiéramos dormir, dormir bien sin tener ni frío ni calor, dormir con ese anonadamiento de las noches de gran cansancio, dormir sin sueños.

-¿Por qué sin sueños? -preguntó su vecino.

-Porque los sueños no siempre son agradables -respondió el otro-, y siempre son extraños, inverosímiles, deshilachados, y porque durmiendo ni siquiera podemos saborear los mejores sueños. Es preciso soñar despierto.

-¿Quién se lo impide? -preguntó el escritor.

El médico arrojó su cigarro.

-Mi querido amigo, para soñar despierto es preciso un gran poder y un gran trabajo de voluntad, y el resultado es una gran fatiga. El auténtico sueño, ese paseo de nuestro pensamiento a través de encantadoras visiones, es con toda seguridad lo más delicioso del mundo; pero es preciso que venga de forma natural, que no esté penosamente provocado, y que esté acompañado por un bienestar absoluto del cuerpo. Este sueño puedo ofrecérselo, a condición de que me prometa no abusar de él.

El escritor se encogió de hombros.

-¡Ah! Sí, ya sé, el hachís, el opio, la confitura verde, los paraísos artificiales. He leído a Baudelaire; y yo mismo he saboreado la famosa droga, que me ha puesto terriblemente enfermo.

Pero el médico se había sentado.

-No, el éter, tan sólo el éter. Ustedes, los hombres de letras, deberían usarlo de vez en cuando.

Los tres hombres ricos se acercaron. Uno de ellos pidió:

-Explíquenos, pues, los efectos.

El médico prosiguió:

-Dejemos de lado las grandes palabras, ¿de acuerdo? No hablo ni de medicina ni de moral: hablo de placer. Ustedes se libran todos los días a excesos que devoran sus vidas. Quiero indicarles una sensación nueva, posible tan sólo para hombres inteligentes, digamos incluso muy inteligentes, peligrosa como todo lo que excita nuestros órganos, pero exquisita. Añado que les hará falta una cierta preparación, es decir un cierto hábito, para captar en toda su plenitud los singulares efectos del éter.

»Son diferentes de los efectos del hachís, de los efectos del opio y de la morfina; y cesan inmediatamente después de interrumpirse la absorción del medicamento, mientras que los otros productores de sueños prosiguen su acción durante horas.

»Ahora intentaré analizar lo más claramente posible lo que se siente. Pero la cosa no es fácil; tan delicadas, casi inaprehensibles, son esas sensaciones.

»Sufría violentas neuralgias cuando utilicé este remedio, del que quizás he abusado un poco después.

»Sentía vivos dolores en la cabeza y en el cuello, y un insoportable calor en la piel, una inquietud de fiebre. Tomé un gran frasco de éter y, tras acostarme, me puse a aspirarlo lentamente.

»Al cabo de algunos minutos creí oír un murmullo vago que se convirtió muy pronto en una especie de zumbido, y tuve la impresión de que todo el interior de mi cuerpo se volvía ligero, ligero como el aire, que se vaporizaba.

»Luego hubo una especie de modorra del alma, de soñoliento bienestar, pese a que persistían los dolores, aunque ahora dejaban de ser penosos. Era uno de estos sufrimientos que se pueden soportar, y no ese horrible desgarrar contra el cual protesta nuestro torturado cuerpo.

»Muy pronto, la extraña y encantadora sensación de vacío que sentía en el pecho se extendió, alcanzó los miembros, que se volvieron a su vez ligeros, ligeros como si la carne y los huesos se hubieran fundido y sólo quedara la piel, la piel necesaria para hacerme percibir la dulzura de vivir, de estar tendido en ese bienestar. Entonces me di cuenta de que ya no sufría. El dolor se había ido, se había fundido, evaporado. Y oí voces, cuatro voces, dos diálogos, sin comprender nada de las palabras. Tan pronto no eran más que sonidos indistintos, tan pronto me llegaba alguna que otra palabra. Pero reconocí que simplemente era el zumbido acentuado de mis oídos. No dormía, estaba despierto; comprendía, sentía, razonaba con una claridad, una profundidad, una potencia extraordinarias, y una alegría de espíritu, una embriaguez extraña venida de esta multiplicación de mis facultades mentales.

»No era un sueño como con el del hachís, no eran las visiones un poco enfermizas del opio; era una agudeza prodigiosa del razonamiento, una nueva forma de ver, de juzgar, de apreciar las cosas de la vida, y con la certidumbre, la conciencia absoluta de que esta forma era la verdadera.

»Y la vieja imagen de las Escrituras me vino repentinamente al pensamiento. Tuve la impresión de que había saboreado el árbol de la ciencia, que todos los misterios se desvelaban, y que me hallaba bajo el imperio de una lógica nueva, extraña, irrefutable. Y los argumentos, los razonamientos, las pruebas, acudían atropellándose hacia mí, derribados de inmediato por una prueba, un razonamiento, un argumento más fuerte. Mi cabeza se había convertido en el campo de batalla de las ideas. Era un ser superior, armado con una inteligencia invencible, y saboreaba una alegría prodigiosa ante la constatación de mi poder..

»Eso duró mucho, mucho tiempo. Seguía respirando todavía por el orificio de mi frasco de éter. De pronto, me di cuenta de que estaba vacío. Y sentí un terrible pesar.»

Los cuatro hombres pidieron a la vez:

-¡Doctor, rápido, una receta para un litro de éter!

Pero el médico se puso el sombrero y respondió:

-En cuanto a eso, no: ¡vayan a hacerse envenenar por otros!

Y se marchó.

Señoras y señores, ¿qué les dice su corazón al respecto?

 

FIN

 

1 de junio de 2026

THE DANCE OF THE BUFFALOES





 

It was a sunny afternoon, but of sad color. It was the summer of the twenty-two, the one she had shared with him. Watch it pass, which was also the last day of his time. They were also the last flocks of birds, in the gardens the flowers withered and the leaves spilled over the ground forming a thick leaf litter; above them I watched the children running happily and happily.

The old town square, in its anguished agony, changed color; it was grayer and grayer, more and more deserted and sunk in the snub of solitude. Perhaps as I watched the anguish blossom, my soul was clothed with nostalgia.

But there are also times when I look at the small center of my town. So, the four palm trees that by chance of fate had to be born there, are silent; They seem to tell me all the secrets, and then I realize that in me, only memories live. There are not the same things left, there are not the same people left, and so, for a long time, no woman gives birth to a calf, and the spinster girls, as if they were summer birds, went away in search of warmth to another village.

The last caravans of carts departed, driven away by new illusions, and on the muddy road they left only deep and parallel traces, which could never be erased as long as there was someone to remember them. And it is in this orphanhood that I refuse to believe that I am alone. Although I feel that my eyes are closing and my body is falling apart, but I don't want to die, because I'm afraid of death. Then I walk to mislead her, and I sing so as not to cry, and I laugh in pain; I play with the day even though he is sadder than I am, and then I look at the river and head towards it, then I sit on its bank to remember things as a child, and to watch it drag its passive perennial and silent current as always, dragging the secrets of time mutely, and it is at that moment that I ask for silence from pain,  while the last rays of the sun fall on the water. I look everywhere, but around me there is no one. The old places where we played, with Juan, Luis, Geraldito, Manolito and Carlitos are so silent, demanding our return to an age of innocence. But from those times only I remain, also waiting for the inevitable departure.

The water looks at me without stopping and I look at myself in it, unaware of my appearance, but at that moment, before me, clear images of Juana, María, Pascuala, Carlota and others appear floating on the surface of the water, how joyful and happy!, when the sun gave the day its splendor in other past times. They, fine and sensual, walked in type and color, loose and relaxed, and then arrived and submerged up to their waists in the water.

It was then that I longed to be a river to bathe the skin of her sculpted legs and hips, and wet the long braids of her hair. But, I can see them as before!, sitting as always, drawing on their dark faces a wide smile in the heat of the events of the past nights, under the comments of old and new loves, while they washed their clothes with bleach soap. Their bodies shook at the impulse of desire, but the most striking thing was when they thought they were alone and as if to say goodbye to the afternoon they took off their garments, and as if it were a rite to divine nature they immersed themselves. The water formed imaginary lines on their bodies, then they came out with wet hair and squeezed it from one side.

The afternoon was already dying, and I, talking to myself, promised to meet again the next day as soon as the afternoon died, while I watched how they dressed and then placed the coffin of freshly washed clothes on their heads. Then they returned to the village, absorbed by the narrow gap in the darkness of almost night, and in the distance only the last happy laugh could be heard. Surely it was some everyday joke or the memory of some stolen romance.

Those were other times, they were our golden years! But this gray afternoon, far from those days of cloudless sky, of moonlit nights, I can see them the same, and I don't know whether to laugh or cry, but I contemplate them as before and I raise my arms to call them with the emotion reflected in my face; I see that they are all as pretty and beautiful as they were in their twenties.

Yes! They are: Juana, María, Pascuala, Carlota and others. But no matter how hard I try, I realize that they move away from me and dive back into the crystal clear waters, which come together again where their bodies disappear, and I see them disappearing, and anxiously I look for them with my eyes, calculating in time what they will carry inside without being able to breathe.

And seeing them, over and over again, come out again, I am happy. So they come and go playing, they jump and jump along the riverbank, ignoring my presence, but suddenly... I move and see that their brown eyes are startled, and I notice that they are frightened when they realize my strange presence. They look at me and then look at each other, as if wondering.

"And who is this intruder?" They don't seem to recognize me, and I, sad and old, begin to think.

-How strange did the years leave me, and what did they take from me?

And these, as if guessing my thoughts, look at me again and cautiously approach me, and although they cannot speak to me, they manage to emit a few squeaks, to swim again later, and I wonder again if they remembered me, if in those days I had been eight springs and they twenty-three.

But for friendship there is no reason of age. I remember Juana, María, Pascuala, Carlota and others very well, but I also remember seeing their names deciphered in scarlet letters, painted on crossed wood and buried on their tombstones, and below an old portrait of their youth, a relic of a past in life, where their last smile was drawn. Thus it remains somewhat blurred and somewhat damaged by the inclemency of the weather, and the oblivion of that gloomy place where more dead than living live. And they yearn from their dark room to feel the first rays of the sun and see the afternoon die.

It is then that I look again at Juana, María, Pascuala, Carlota and others, who continue swimming. Then intrigued I ask myself:

-And who are they?

And without further controversy, ordering my thoughts, I contemplate them in silence for a moment, and, as if not to forget this unexpected event, I record it in my memoirs, giving it a pseudonym, with the name of The Dance of the Buffaloes.

 

END