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27 de marzo de 2024

Una Fiesta en Alta Mar {Relatos}


 


Por alguna u otra razón que nadie -jamás- podrá descifrar, el poeta Franz Kurtz tenía un aire de desdichado al darte los buenos días, y, cuando te cruzabas con él, en una esquina, frente al viejo mercado municipal de las codornices o frente a la destartalada estación del ferrocarril sureño, te decía buenos días como quien dice adiós, y cuando te dabas vuelta, y era él, mientras tú le hacías la gracia de un simpático mono de circo, Franz te miraba sin comprender cuál de los dos tenía la culpa, o qué maldito bien te había hecho la vida (para pasar tanta vergüenza), y cuando tú abusabas en el apretón de las manos, él retiraba la suya, apagando con la frialdad cadavérica de sus dedos las castañuelas resonantes de tu calurosa amistad y, finalmente, cuando le sorprendías pegado a una de las tantas ventanillas del autobús, exhibiendo sombríamente su pasaje al guardia de la empresa, te saludaba sin verte ya, como quien echa al vuelo el pañuelo de un estornudo, nada más.

Qué desencanto la vida para Franz. Y qué soledad la suya, sin el derecho, siquiera, de elegir, porque las novias se le iban para la cuadra de enfrente, siempre inalcanzables con su vestido de primavera y sus cabellos trenzados de aromas de canela.

Pienso que todos los poetas son parecidos a Franz. Franz Kurtz. O casi todos. Por eso el gobierno inventó lo del gran cartel del mar, como primera medida de cultura, para romper la desoladora condición histórica de nuestra mediterraneidad y reconfortar a los intelectuales y a los soñadores como Franz, ávidos de mar.

Gran cartel de mar, el nuestro, con aquellas altas olas artificiales, aquellas espumas congeladas, aquellas gaviotas perpetuadas en su vuelo hacia el norte y aquellos arrecifes de mentira; gran cartel paisajista que los poetas contemplaban, melancólicos, sin que los incomodara el luminoso cartel de Coca-Cola que los oficiales del ejército levantaron como segunda medida de reconstrucción patriótica, gran cartel de mar, que algunos poetas, afectados de sentimentalismo, observaban desde su miserable pensión con catalejos y se echaban luego a llorar, repitiendo que sí, que era nomás el mar, no importa cuánta peregrinación inútil de gaviotas y retorno de loros amarillos, no importa cuantos golpes desiguales de marea, cuanta ilusoria carabela o gabarra deshaciéndose del cascarón de la pintura, era nomás el mar, la mar, no importa cuanta playa de arena cubierta por el hondo sentimiento de aquellas tres valientes palabras: ¡viva la revolución! Que viva la revolución aunque la vida siguiera su curso ordinario dentro de un progreso y una paz sepulcral como nunca tuvimos y los poetas recitaban sus poemas contestatarios, sin que nadie los oyera, salvo el mismo Presidente, quien también escribía sonetos sobre el dorso de cualquier invitación oficial, cultivando el estilo, claro está, de Pablo Neruda: "Puedo escribir los versos más tristes esta noche".

Que viva la revolución, porque al civilismo se lo lleva el aire del ocio mientras que en la refriega todo el mundo cabe en una plaza, y aún se encuentra un lugarcito de margaritas para echarse a morir con la debida gloria; pero, era nomás el mar, no importa cuánto silencio, cuánto caracol como huevo de perdiz, cuanta resolana, cuanto afiche y cuanto espejismo. Por supuesto, el mar que conocíamos no era el mar de verdad que sí rugía y que se traía y que se llevaba a la playa con cada golpe de oleaje, nuestro mar era el mar de las enseñanzas escolares, aprendido de memoria a través de la geografía moderna. Ay, yo daba vueltas, tú dabas vueltas, él daba vueltas al globo terráqueo, y qué duro meterse en la cabeza tan larga asignatura cuyo fundamental misterio era la historia del almirante Colón y sus tres carabelas, ay, tres carabelas llegadas a América por pura inspiración del velamen, y, luego, imaginaros, poder conocer los detalles más curiosos de las altas corrientes marinas, los animales recogidos bajo los perdidos cofres de los tesoros que ninguna empresa tuvo la suerte de hallar y las embarcaciones marinas arrestadas por las plantas musgosas con el último pirata entregado al placer de fumar su pipa, alegre en la popa, imaginaros, poder conocer las diferentes variedades de sales que en octubre se abrían como girasoles bajo el agua mientras el viento de la primavera se llevaba, arriba, las sombrillas cubanas, y aquel guarapo de

los ahogados perdidos de sus madres, de sus novias, de todo el grupo excursionista, por no saber nadar aunque pareciera tan fácil la cosa desde la práctica sobre el taburete.

Caramba, aquello de nadar era toda una ciencia, algo de hacer o no hacer en un arrebato de extremo heroísmo. Lo que se dice nadar, nadar, todos lo hacían pero nosotros no, mas le dábamos pataleos al aire tendidos sobre las sillas y a grandes manotazos avanzábamos, o como que avanzábamos, hasta que toda la tripulación se venía abajo en el preciso instante en que un vértigo de fondo, un salpicón de corales y unas explosiones herbáceas tiraban de las patas de las sillas. Aquí y así como nos ven, tenemos espíritu de mar, tal vez porque sobrevivimos, aun sin crédito extranjero, y nos pasamos noches sin dormir, soplando fogatas frente al gran cartel del mar, y viene cayendo gente a la peña entre el alboroto de los niños y de los perros, y vienen resbalándose las muchachas hasta la peña, entre el apuro y la didáctica por fritar cebollas en el fuego, cebollas que todos comemos, brindando por los buenos tiempos, éstos, los tiempos de las noches estrelladas, de las buenas cosechas, de la gran bendición de los maizales que se arraigan aún en los cementerios, y de la prosperidad de los cafetales, y alguien ya ha traído su piano al oír la buena noticia de que la fiesta es frente al gran cartel del mar, de modo que la humilde vendedora de azahares baila, el usurero italiano baila, y un tercero les hace compás, no hay caso, nadie sabe quien es, pero baila tan bien, tanto para el costado como para el revés, para su pareja como para las demás parejas, baila tan bien el tercero, escondido celosamente dentro de su gran mascarilla de cambá, que todas queremos comprometerlo para que baile conmigo la próxima pieza, algún cielito, tal vez un merequetengue, los pasitos que me enseñaron la tardecita de las azaleas florecidas, cuando mi abuela se reclinaba en su mecedora de mimbre, pero, mira qué gran susto,  el viento se llevó tu mascarilla, Franz Kurtz; quién hubiera sospechado, con ese aire de desdicha que siempre tenías al decir adiós, y con esa prudencia de los tristes con que te acercabas a los bailes para ver a las mulatas mover la calabaza; quién hubiera creído, ahora tú eres el que levanta el polvo con el zapateo, sintiendo que te sofocas con el giro de la comparsa, y sabes que ya es tarde, que la cristalería de tu fama de poeta triste se rompió en mil añicos, de modo que no te queda más remedio que ensoparte en todos los pedidos musicales que la orquesta complazca. Y ahora todos nos metemos en el baile, olvidando las tristes horas que pasamos enjaulados en esta patria miserable, sin mar, sin ejército de marina, sin atardeceres de salitre que golpeen levemente los jazmines de los balcones, todo el mundo metido en el último furgón de la casa, respirando el vaho creciente de los muebles viejos, de los armarios de madera de caoba y del centenario arcón familiar, todo el mundo en la cocina, ordeñando la vaca que si ponemos acá no nos permite caber ahí, que si la ponemos donde sea no nos deja pasar, porque el recinto se ha quedado tan chico después de la última remodelación de la ordeñadora automática.

Y ahora el baile nos queda tan pequeño, tan como encimado porque también han venido los revolucionarios, imagínense, y los poetas de las odas a la Virgen de los claveles, y ha venido el mismo Presidente de la República con su sombrero panameño y su camisa de lino azul, y los niños meten nomás las manos dentro de sus grandes bolsillos repartiéndose caramelos de azúcar quemada y licor. Ay, qué respirada está la noche; cuánto cantar de cigarras subidas a lo alto de los eucaliptos, qué enredo de sables en la vueltita de los charangos como si el baile fuese la misma guerra, y se cumple el pedido de que el Presidente ordene cuál es la mejor pareja, por lo que todo el mundo le saca milagros a sus alpargatas, y tan metidos estamos en la calentura de la fiesta que nadie oye, que nadie oyó el ruido de tren que hace el viento al bajar por las colinas rocosas, hasta que alguien grita desde el campanario que viene el tifón partiendo en dos mitades el gran cartel del mar, y los peces azules se meten dentro de nuestros vestidos, el raso de los líquenes enreda las patas de los caballos y las mulas; son abiertas las jaulas de los caracolitos por la fuerza de los cangrejos que revientan en la fritura de las mazorcas; el mar se nos viene encima con su oleaje de pocillos, platos y vasijas de porcelana porque el barco paisajista naufraga, y alguien grita que pare la fiesta, que calle la orquesta, pero ni modo, con el agua hasta el cuello bailamos la comparsa, llevados y traídos por las olas, libres por siempre jamás.

1977 Relato de Paya Frank @Blogger

AQUEL PIBE FELIZ, VIEJO Y TRISTE Cristian Acevedo

 


 

Aquellos que se acerquen con la intención de hallar en estas líneas un veredicto categórico o una respuesta verosímil que lo explique todo, deberán saber que este párrafo pretende desengañarlos: el cómo y el porqué de esta pequeña pero rigurosa historia son -y seguirán siendo- un misterio. Lo único concreto es lo que sucederá. Y lo que sucederá -ni más ni menos- es que Fermín Ipalaguirre logrará, esta misma tarde, viajar en el tiempo. Conseguirá, por motivos inciertos, regresar a una época feliz de su vida: a los siete años.

Pero atención: ese regreso será contante y sonante. Fermín Ipalaguirre no regresará a su miñez en un sentido metafórico. No será un viaje de simbolismos y alegorías baratas. Mucho menos una excusa literaria.

No.

Fermín Ipalaguirre retrocederá en el tiempo hasta ubicarse en la tarde del catorce de agosto. Y será un viaje solamente de ida. Viajará por única y definitiva vez. Y lo hará a través de esa foto. De esa, que contempla fascinado cada tarde, bajo la lamparita que cuelga al costado de un nido, entre las ramas de la parra. De esa foto de agosto que, iluminada por una tenue luz, se ve aún más amarilla, más marchita.

 

Fermín barre las hojas de la parra y las agrega al montón que viene acumulando en cada barrida, desde la tarde anterior. Se sienta. Insiste con el mate. Lo golpea contra la mesa: espera que se destape antes de que el agua se enfríe. Y la calandria, que ha sabido anidar cerca de la lamparita y que todas las tardes lo acompaña en silencio, reacciona: se agita en un aplauso de alas temerosas y desconfiadas. Y eso alcanza para que las hojas de la parra se suelten y caigan otra vez, sobre la mesa y sobre las baldosas.

La yerba ha de ser muy mala porque es puro polvo que se mete por la bombilla. Y se tapa. Cada dos por tres el mate se tapa, y hay que golpearlo para que el agua pase. Entonces apoya, apenas, la boca en la bombilla: si chupa fuerte se vuelve a tapar. No quiere andar forcejeando con el mate cerca de la foto. Mirá si, entre tirón y tirón, le caen algunas gotas. O peor: que la foto quede sepultada bajo un túmulo de yerba viscosa y caliente. Eso sí sería un desastre. Porque esa foto vale para él lo que no valen todas sus posesiones: la casilla recién pintada, las rosas y los malvones del pasillo, el limonero. Para Fermín Ipalaguirre es más valiosa que su huerta entera. Es así: antes que nada -antes que cualquier cosa que pudiera importarle- está, siempre, la foto. Esa foto en la que un pibe sonríe con el flequillo impecable y un par de dientes caídos, feliz porque es catorce de agosto y pronto conocerá a su hermana. Sonríe porque tiene la equivocada certeza de que así será.

La lamparita ilumina la mesa. Prilla y se refleja en el torso opaco de la pava. Crece en protagonismo a medida que los rayos del sol se ocultan entre las ramas áridas de los sauces.

Fermín Ipalaguirre nunca ha hablado con nadie acerca del significado de esa foto. Siempre la lleva encima, en un bolsillo o en otro. Pero, si alguien se le acerca demasiado -en la cola del banco, por ejemplo-, se apura a guardarla en el bolsillo. La esconde para que nadie le pregunte. Porque si lo hicieran -si le preguntaran por qué se pasa el día con la cara pegada a esa foto-, él no sabría qué decir. Fermín siempre ha sido enemigo de las palabras, de las conversaciones. Si hay algo que lamenta es eso: no saber decir. Le encantaría poder explicar que la mira porque no ha encontrado, en tantos años, mayor ingenuidad que en los ojos inocentes de ese pibe. Que lo hace porque no ha vuelto a sentirse tan optimista como aquella tarde del catorce de agosto. Que quien ofició de fotógrafo -quizás un tío- logró captar un momento cualquiera, sin saber que terminaría siendo, para ese pibe feliz, el más grato y valioso de su vida.

Decir todo eso no le sale. Y a fin de cuentas -después de tantos años- descubrió que se siente mejor si no dice todo aquello. Porque el silencio lo libra de culpa. La culpa de menospreciar todo lo que sucediera después de ese catorce de agosto: su primer y tardío beso, los hermosos hijos que Irene supo darle, los veinticinco años vividos junto a ella, la casilla que construyeron palmo a palmo cuando huyeron de Santiago, las vez que lloraron juntos frente al mar. Así que no dice nada, y entonces se guarda la foto enseguida y vuelve a sacarla cuando ya nadie parece interesado en preguntar.

 

Finalmente, como es de imaginarse, Fermín Ipalaguirre jamás conoció a su hermana: de buenas a primeras el parto se complicó para ambas. Para su hermana y para su mamá también.

Y el quince y el dieciséis y el diecisiete ya nada tendrán que ver con ese feliz catorce de agosto. Pero ese pibe feliz aún no lo sabe -nunca lo sabrá-, y puede mantener esa sonrisa expectante para siempre. Ese pibe conservará el brillo y la inocencia por el tiempo que Fermín consiga preservar la foto. Por eso es que la atracción entre el pibe feliz y Fermín Ipalaguirre es tan intensa.

 

Intensa y mutua.

La calandria chilla, se esconde; la lamparita oscila y parpadea. La parra multiplica su llover de hojas cobrizas. La pava se congela en el resplandor frío que proviene de las manos de Fermín, de la foto entre sus manos. Y esta tarde, después de tantas tardes bajo la parra, Fermín abandonará su casilla recién pintada para siempre. Fermín Ipalaguirre no conocerá a Irene en un banco de la Plaza Belgrano ni se levantará por las noches para comprobar que sus hijos duermen bien. Nunca abandonará Santiago.

Sus tobillos jamás sentirán la caricia de las olas.

No sabrá lo que es tener ocho, quince, treinta años. No habrá primer beso para él: en un abrir y cerrar de ojos regresará al momento que eligió -tal vez de manera caprichosa- como el más puro, el más feliz. Y la efeméride del catorce de agosto será, ya de forma definitiva, su lugar en el mundo.

Pero hay algo más que Fermín Ipalaguirre ignora: ese pibe feliz de flequillo y dentadura con ventanitas también se verá obligado a moverse, a quitarse. Fermín no sabe que ese pibe pasará los últimos días de su corta vida entre arrugas y párpados lacrimosos. Que gastará sus días en la infernal rutina de contemplar una foto marchita, sentado bajo la tenue luz que asoma de la parra. No sabe que ese pibe feliz será embutido -en ese mismo abrir y cerrar de ojos- dentro del cuerpo de un viejo triste.

 

FIN

 

Cristian Acevedo es un escritor argentino, nacido en septiembre del ’79 en Buenos Aires. Su obra literaria ha sido reconocida en diversos certámenes: Antología de Narrativa 2013 Marañas, Ganador de El Cuento del Día 2013.

También ha publicado sus relatos en reconocidas revistas culturales de Latinoamérica: Revista Corónica (Col.), Cavea Cultural (Esp.), Hamarti (Arg.). Actualmente vive en Tortuguitas, desde donde escribe.

 


EL MAUSOLEO Florencia Abbate


 


 

Halicarnaso, aproximadamente 350 antes de Cristo.

La tumba del rey Mausolo y de su hermana Artemisia fue una de las más lujosas del mundo. Tenía unos 50 metros de altura. Sobre una base de mármol, se elevaban 117 columnas que, a su vez, sostenían una pirámide escalonada, con una escultura en la cima.

Cuando Alejandro Magno conquistó la ciudad, hizo derribar el mausoleo. En el siglo XIV, los caballeros de San Juan terminaron de demolerlo y utilizaron sus materiales para el castillo de San Pedro de Halicarnaso.

Removieron la base de mármol, y quedó al descubierto una sala subterránea. Desde ahí partía un estrecho pasillo que llegaba hasta una cripta, donde se encontró el sarcófago de los reyes. Esa misma noche, unos ladrones vaciaron la tumba.

Solo quedan unos pocos restos de esa obra formidable. Pero el nombre de esta maravilla se volvió inmortal: hoy, a todo monumento funerario de características imponentes se lo llama “mausoleo”.

Hace muchos siglos, en el reino de Caria, había una ciudad feliz llamada Halicarnaso. Allí vivían Mausolo, el rey de los carios, y su hermana Artemisia. Ellos eran muy unidos y querían seguir siempre juntos. Incluso después de la muerte.

Como estaba tan preocupado con la idea de no separarse nunca de Artemisia, Mausolo encargó la construcción de un monumento para que los enterraran juntos cuando hubieran muerto. Su proyecto tomaba como ejemplo las pirámides de Egipto; es decir: el monumento tenía que ser, al mismo tiempo, una tumba y una obra de arte.

A su pedido, los arquitectos edificaron un cuadrado de piedra de 140 metros de contorno. Sobre una base alta y maciza pusieron muchísimas columnas. Y sobre ellas, apoyaron un techo piramidal.

En la cima, se colocó una escultura que representaba al rey y a su hermana viajando en un carro de oro.

Los mejores artistas de la época fueron convocados para tallar dibujos sobre las columnas. Y toda la superficie fue decorada con estatuas de mármol que mostraban imágenes de parientes del rey, de guerreros y de animales majestuosos.

Pero lo más increíble de este monumento estaba oculto a la vista de la gente. Debajo del piso, Mausolo mandó instalar un magnífico sarcófago blanco, donde debían ser colocados los cuerpos de él y de ella. Así, todo quedó perfectamente listo para cuando ellos dos murieran.…

Con el correr de los años, la preocupación de Mausolo por su seguridad y por la de su pueblo creció de una manera desmedida. Y la ciudad de Halicarnaso, que alguna vez había sido una de las más felices, se convirtió en una de las más tristes.

Para proteger a los habitantes del reino, Mausolo dispuso que todos se mudaran a las cercanías del palacio y luego mandó levantar una muralla, con muchas torres de vigilancia, que los aisló para siempre del mundo exterior.

La gente había quedado encerrada. Y, desde entonces, el reino se volvió cada vez más sombrío. Nadie tenía ganas de hacer nada. Se hartaban de ver continuamente las mismas caras aburridas.

Y así fue como, un buen día, los habitantes de Halicarnaso empezaron a odiar a su rey.

Pero Mausolo no cambió. Al contrario, al ver que sus súbditos ya no lo amaban, se volvió todavía más celoso de sus pertenencias. Cuidaba sus riquezas como un maniático. Por ejemplo, no permitía que la gente admirara las joyas de su hermana. Y, si alguien se atrevía a tocarlas, instantáneamente era condenado a muerte. Por precaución, ella decidió no ponérselas para ir a las ceremonias ni para andar paseando fuera del palacio.

De todos modos, Artemisia salía cada vez menos. Le parecía peligroso. Por un lado, porque Mausolo la convenció de que había muchos bárbaros sueltos que querían asaltarlos. Y por otro, porque los habitantes de la ciudad, que ya no soportaban que Mausolo los tuviera aprisionados y apretujados, podían organizar un disturbio en cualquier momento.

Al final, los reyes dejaron de tener contacto con la gente de Halicarnaso. Y entre esa gente, que ya nunca veía a sus gobernantes, empezaron a correr rumores. Algunos decían que los reyes se habían transformado en unos monstruos horribles.…

Muchos siglos después, tres ladrones se disponían a robar el sepulcro más grande del mundo: el mausoleo de Halicarnaso. Les habían informado que, en un lugar subterráneo de ese edificio, se encontraban enterrados el rey Mausolo y su hermana. Y con ellos, todas sus riquezas. Un tesoro incalculable.

Mustafá, Alí y Tahar se reunieron en una taberna. Después de haber comido y bebido con gusto, caminaron hasta el mausoleo. Rompieron el piso de mármol y excavaron durante casi una hora. Por fin hallaron un pasadizo que descendía. Se deslizaron por él, agachando la cabeza para no golpearse. Parecía que ese túnel no se terminaba nunca. Ya estaban a punto de volverse, arrepentidos, cuando divisaron la sala del sarcófago.

A la luz de las antorchas, descubrieron riquezas que habrían dejado boquiabierto a un multimillonario.

Tahar, el más joven de los tres, comenzó a meter en su bolso todas las joyas que tenía a mano: anillos, pulseras, collares, gargantillas, diademas, aros, prendedores de oro y piedras preciosas.

En eso estaba Tahar, muy concentrado, cuando observó que el yeso de la pared empezaba a caerse a pedazos. Vio cómo se formaba una pequeña abertura negra. Y luego sintió que lo envolvía un viento helado.

Las antorchas se apagaron. El lugar se inundó de un olor insoportable.

En la penumbra, Tahar vio dos siluetas silenciosas que avanzaban penosamente hacia él. De repente, cambiaron de dirección y se abalanzaron sobre Mustafá y Alí. Tahar escuchó el ruido que hace la carne cuando es triturada por los dientes de una fiera. ¡Estaban despedazando a sus amigos y él no podía hacer nada! Le parecía que las piernas se le habían vuelto de algodón…

Tahar miró con desesperación a los dos asesinos. Tenían cabeza de lobo y cabellera de serpientes. Los vio beber la sangre de sus compañeros lentamente, a pequeños sorbos, como si estuvieran saboreando un vino. Cuando terminaron con ese festín, los monstruos desplegaron unas alas de murciélago peludo y salieron volando…

Tahar escapó de allí lanzando alaridos. Apenas pudo abandonar el túnel, inspiró profundamente y se desmayó.

Se despertó con la salida del sol. Estaba tirado en la calle, sucio y tembloroso. Se incorporó y, lo más rápido que pudo, caminó hasta su casa. Necesitaba relatarle a su esposa lo que había ocurrido la noche anterior. No podía creer que aún estuviera vivo para contarlo.

Ella abrió la puerta y se dio cuenta de que pasaba algo malo. Nunca lo había visto tan pálido y abatido.

Tahar se sentó junto a Magdalena y le contó con lujo de detalles lo que había presenciado. Ella trató de disimular el miedo y le acarició la espalda para reconfortarlo. Entonces, un poco más tranquilo, Tahar se puso a reflexionar, y recordó…

La leyenda decía que Mausolo tuvo un carácter muy amargo. Que toda señal de alegría le resultaba sospechosa. Que no quería a nadie, salvo a su hermana. Que las virtudes más sencillas le faltaban. Que no había en su corazón ni una sola pizca de gratitud. Que convirtió a la ciudad en una especie de cárcel gigantesca, ahogando al pueblo con su absurda muralla. Que había estado dispuesto a emplear cualquier recurso con tal de defender su fortuna.

Después de darles mil vueltas a estas cosas, Tahar llegó a una conclusión. Una explicación posible para lo ocurrido era que Mausolo y su hermana se hubiesen convertido en dos monstruosos vampiros…

En ese momento escuchó que Magdalena lo llamaba para almorzar. Se sentaron a la mesa y empezaron a comer. Pero enseguida sintieron que golpeaban la puerta.

Magdalena fue a abrir y regresó a la mesa con una cara tensa. Detrás de ella venían Mustafá y Alí, los amigos de su esposo. Parecían de lo más divertidos. Se acercaron a Tahar y lo abrazaron.

-La próxima vez que te ofrezcamos vino, deberías rechazarlo -le dijeron a dúo.

-¡Qué susto te dimos anoche! -exclamó Alí, llorando de risa.

-Sí -comentó Mustafá-. Estabas tan borracho que te lo creíste…

Si bien, habitualmente, Tahar tenía buen humor, no le gustaban para nada las bromas pesadas. Además, a él jamás se le hubiera ocurrido jugar con la muerte: no le encontraba ninguna gracia.

Para colmo, cuando Magdalena se enteró de que él se había emborrachado la noche anterior, se enojó y le prohibió que le dirigiera la palabra. Ya le había advertido mil veces que no bebiera cuando salía a robar…

Los compañeros, recuperados del ataque de risa, seguían comentando la broma:

-Podemos prestarte los disfraces…

-Y las pelucas con serpientes de tela…

-¿Cómo pudiste creerlo?

Tahar no soportaba más. Tomó un cuchillo de la mesa, lo alzó en actitud amenazante y les gritó a sus compañeros que se fueran de la casa. Ellos trataban de mantener la seriedad, pero no podían evitar tentarse y se volvían a reír. Como si supieran que su amigo Tahar pronto los iba a perdonar.

-Nos encontramos mañana en mi casa, para repartir el botín -dijo Alí.

-Amigo, esta vez sí que nos hicimos ricos… -completó Mustafá.

Y se marcharon.…

Tahar soltó el cuchillo, se sentó y se cruzó de brazos. Jamás en su vida se había sentido tan ridículo. Sin embargo, no terminaba de creer que la muerte de sus compañeros hubiera sido un chiste de mal gusto.

Su esposa lo sacó de su ensimismamiento.

-No te olvides de ir mañana a buscar tu parte del botín -le advirtió.

Entonces, él se acordó de que había guardado en su bolso una buena cantidad de joyas. Se levantó corriendo y fue a buscarlo mientras le decía a su mujer:

-Te traje de regalo las joyas de la reina Artemisia.

Magdalena vio a Tahar con el bolso y contuvo la respiración. Estaba emocionada.

Sin embargo, cuando el bolso se abrió, después de un largo forcejeo, vieron que en su interior no había más que tierra y cascotes.

Tahar se puso pálido de pronto. Sabía que sus compañeros no habían tocado el bolso en ningún momento.

Magdalena, sospechando lo que ocurría, le preguntó:

-¿Estás seguro de que esos dos hombres que vinieron recién eran tus amigos?

-Nunca se sabe… -respondió él con un tono preocupado-. A veces las bromas de los muertos son más inteligentes que las de los vivos…

 

FIN

 

26 de marzo de 2024

LA TORRE {Relatos}

 


Cerré la puerta tras de mí en el momento preciso en que el reloj situado junto al proyector de control de tráfico indicaba las 12:00. Estaba oscuro en la torre, por supuesto, pero era una oscuridad muy diferente al color negro de la noche de donde yo venía. La oscuridad de esa noche era algo que uno podía usar para cualquier cosa: para jugar a las cartas, para cometer un crimen o para la guerra que se insinuaba amenazante desde los titulares de los periódicos.

En cambio, la oscuridad en este nido de vidrio y acero poseía un aire especializado; todo lo que tocaba tenía en sí algo de intención profesional: el reloj, el ligero silbido de los receptores instalados a lo largo de un muro bajo, el silencioso e interminable movimiento de la pálida línea verde del campo del radar. Era una oscuridad profesional destinada a envolver el mundo de la gente que pilota aviones. No había maldad en ella, no estaba allí para precipitar los aviones a tierra ni para hacer las cosas más difíciles a los pilotos. Era una oscuridad práctica, seria, dispuesta. La baliza que rotaba con su atareado zumbido encima de nosotros no giraba para combatir esa oscuridad, sino para señalar un campo de aterrizaje en un mapa negro.

Los dos operadores que trabajaban por la noche me esperaban y extendieron sus manos desde atrás del brillo anaranjado de sus cigarrillos

-¿Qué te trae aquí a esta hora? -preguntó uno en voz baja.

En este turno todas las conversaciones se hacían en ese tono, como si se quisiera evitar despertar a la ciudad que dormía a nuestras espaldas.

-Siempre quise saber cómo era -repliqué.

El otro se río, también en tono bajo.

-Ahora lo sabes -dijo-. Este preciso minuto es un ejemplo bastante bueno de lo que ocurre durante todo el turno.

El estático silbó ligeramente en los altavoces, el proyector colgaba inmóvil del techo y la pálida línea del radar giraba interminablemente, incansablemente. El aeropuerto esperaba. En ese momento, en algún lugar de ese cielo estrellado, un avión de línea avanzaba imperturbable, con el largo morro de aluminio señalando el aeropuerto custodiado por esta torre. No era todavía ni siquiera una imagen en el penetrante ojo del radar, pero el primer oficial pedía informes sobre el tiempo en nuestra pista y hojeaba su porta documentos en busca de las fichas de aproximación. Sus motores rugían uniformemente en la oscuridad exterior y las agujas que indicaban la cantidad de aceite habían bajado, confirmando la duración del vuelo.

Pero en la torre todo era inmovilidad y silencio. Las estrellas azules que iluminaban la pista permanecían paralizadas en su ordenada constelación, esperando para guiar a cualquier piloto que aterrizase a esa hora.

Abajo, en la rampa de los aviones ligeros, se encendió de pronto una linterna que arrojó un pequeño ojo amarillo sobre el hormigón. Mientras observaba, el ojo saltó sobre el fuselaje de un Bonanza, encontró la puerta y desapareció en el interior de la cabina. Reapareció al momento y por un segundo vi la borrosa forma del piloto con la luz cuando saltó del ala.

Los operadores de la torre continuaban su silenciosa conversación acerca de los lugares donde habían estado y las cosas que habían visto. Observé fascinado el ojo de la linterna. ¿A dónde se dirigía el piloto? ¿Por qué salía tanto tiempo antes del amanecer? ¿Era un piloto de paso que vuelve a su casa o un piloto local que viaja?

El pequeño charco de luz amarilla permaneció un momento sobre las bisagras de los alerones, se derramó por el borde del ala derecha y desapareció bajo ella en dirección hacia la cavidad en que se guardan las ruedas. Apareció repentinamente sobre la cubierta y esperó pacientemente hasta que se abrieran los broches Daus y se levantara el capó, saltó impaciente sobre el motor y comprobó los terminales de las bujías y el nivel del aceite; vagó un momento por los cilindros de aletas y el soporte del motor. El capó volvió a bajar y quedó asegurado con los cierres. La luz se hizo brillante cuando se movió a lo largo de la hélice y desapareció durante un minuto al otro lado del avión. Reapareció sobre el fuselaje y se deslizó dentro de la cabina.

Las construcciones que rodeaban la pista se veían tan oscuras como lo habían estado a mi llegada, pero allí afuera en esa oscuridad había ahora un hombre y estaba preparando su avión para volar. Con los prismáticos descubrí el débil resplandor de las luces de la cabina en el momento que se encendieron; luego apareció el rojo y el verde de sus luces de posición y con ellas las dimensiones del avión. Y de pronto se interrumpió el silencio.

-Torre, Bonan cuatro siete tres cinco Bravo, en la rampa, se desplaza para despegar. -La voz se detuvo en forma tan abrupta y repentina como había empezado.

En nuestro elevado cubo de vidrio la tranquila voz profesional del operador de la torre respondió como si se hubiese tratado de la milésima llamada que recibía esa mañana y no la primera.

Una luz blanca y brillante ahuyentó la oscuridad de la rampa y el hormigón mostró su verdadero color blanco y el color amarillo de la línea pintada. La luz se desplazó con facilidad a través de la constelación azul de la pista dirigiéndose al extremo de la larga franja de luces blancas. Se detuvo y apagó las luces. Incluso con los prismáticos no se alcanzaba a ver la luz de la cabina; sólo una breve interrupción de la ordenada fila de luces azules indicaba la presencia del avión.

Al minuto siguiente el silencio fue interrumpido nuevamente por la voz que provenía del altavoz:

-Torre, tres cinco Bravo, ¿creen que pueden encontrarme sitio para despegar?

-Bromista -dijo el controlador y cogió el micrófono-: Quizás podamos conseguir algo, tres cinco Bravo. Vía libre para despegar, viento en calma, no hay tráfico.

-Roger, torre, tres cinco Bravo.

La mancha negra que se destacaba contra las luces avanzó mientras hablaba; era el único movimiento en la quietud de la pista. A los quince segundos las luces brillaban como antes y una parpadeante luz verde se alejaba hacia el oscuro horizonte.

-Hermosa noche -dijo pensativo el piloto al micrófono, y el lugar volvió a quedar en silencio.

Esas fueron las últimas palabras que escuchamos de tres cinco Bravo. Sus luces se desvanecieron en la noche. Nunca sabré de dónde era ni a dónde iba ni quién es. Pero en esa última comunicación, captada por el impersonal magnetofón de la torre, el piloto del Bonan me hizo pensar que quizás los pilotos son realmente diferentes de las demás personas.

Comparten la misma intransferible experiencia de volar solos y si todos se sienten impresionados por la belleza de un mismo cielo, tienen demasiadas cosas en común como para llegar a ser enemigos alguna vez. Tienen demasiado en común como para no llegar a ser hermanos.

El aeropuerto volvía a esperar pacientemente el próximo avión.

¡Qué fraternidad sería ésa, una verdadera hermandad de todos los hombres que llevan aeroplanos por el cielo!

-Llega un vuelo de Lufthansa -dijo el controlador y señaló la pantalla del radar copio.

El Lufthansa era una borrosa elipse de medio centímetro que penetraba lentamente desde un borde de la pantalla. Dejaba una espectral huella luminosa color verde que lo hacía aparecer como un pequeño cometa que se dirigía hacia nuestra torre, situada en el centro de la pantalla.

Miramos desde la torre de vidrio, escudriñamos al cristalino aire de la noche; no había una luz que se moviera en el cielo. El cometa se acercaba al centro de la pantalla. El reloj señaló que había transcurrido un minuto y todavía todas las luces en el cielo eran estrellas.

Luego, de pronto, el Lufthansa estaba ahí haciendo parpadear su luz roja anticolisión a la distancia. El primer oficial presionó el botón del micrófono de la palanca de mando.

-Torre, Lufthansa Delta Charlie Charlie Hotel, 30 kilómetros al Oeste para aterrizar.

El primer oficial habló con precisión y facilidad y cuando dijo “Lufthansa” pronunció la “h”.

La idea se apoderó de mí una vez más. También podría haber dicho: Deutsche Lufthansa . Y con eso hubiese seguido siendo un miembro de la fraternidad, quizás un poco más que yo, parado en esa torre.

¿Qué pasaría, pensé, si todos los pilotos supieran que ya somos hermanos? ¿Qué pasaría si Vladimir Telamón, cuando se sube a su MIG-21, lo supiera tan bien como Douglas Kenton en su Metedor y como Erhard Denzel en su Starfighter con la cruz de hierro y Ro Kum Un abrochándose al atalaje de su YAK-230?

El Lufthansa descendió suavemente por el trayecto con sus luces de aterrizaje brillando como dos ojos que buscan la pista.

¿Qué ocurriría si los miembros de la fraternidad rehusaran luchar entre ellos?

El Lufthansa se acercó al edificio de la terminal y desde la torre escuchamos como se silenciaba el zumbido de sus motores.

Las radios continuaban con su suave siseo, el cielo volvía a estar en silencio, la línea verde de la pantalla del radar nos aseguró que volvíamos a estar solos en la oscuridad. Cuando las agujas del reloj indicaron las cuatro, di las gracias, me despedí de los controladores y me dirigí a la salida. Nuevamente advertí que había dos clases de oscuridad; esa negra oscuridad exterior era la misma que se hallaba en las páginas de los periódicos al pie de la escalera.

Sobre mí y sobre ese campo de dormidos aviones, menos un aeroplano ligero norteamericano y más un avión de línea alemán, giraba el largo rayo de la baliza. Hermanos. Mis zapatos producían un sonido vibrante sobre los escalones de hierro. En la noche, en la oscuridad, a uno se le ocurren cosas extrañas.

¿Qué ocurriría si todos lo supieran?

 

FIN

 

2001 Relato de Paya Frank @Blogger