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14 de enero de 2026

PRIMER BAILE [Relatos]

 



 

I

La señora Marquesa estaba de un humor insoportable: habíase levantado media hora antes, y envuelta en un rico peinador guarnecido de encajes de Valencianas, tomaba chocolate con bizcochos, que iba cogiendo de una salvilla de plata. En este breve tiempo había reñido a la doncella francesa porque hacía frío, y al valet de chambre porque la chimenea daba calor: había despedido con cajas destempladas a sus cuatro hijos menores, que con el haya inglesa al frente entraban en corporación a darle los buenos días; y había también -y esto era grave- negado una sopita de chocolate a Fly, la galguita inglesa: ofendida ésta de tan desacostumbrado desaire, volvió el rabo a la ilustre dama, y se tendió en su cojín de terciopelo, aplicando al favor de los poderosos, que personificaba en su dueña, aquella sentencia de su paisano Shakespeare: «¡Inconstancia, tu nombre es mujer!».

Indudablemente aquellos primeros truenos anunciaban una tormenta deshecha; y allí a dos pasos, sin ningún paraguas que la resguardase del aguacero, sin ningún pararrayos que la pusiese a cubierto de las chispas eléctricas, se hallaba la pobre Lulú, la hija mayor de la Marquesa, colegiala quince días antes en el Colegio del Sagrado Corazón. La pobre niña, no pudiendo esconderse en ninguna parte, escondía al menos las manos en los bolsillos de su bata, y clavaba los ojos en la alfombra como si estudiase sus dibujos, por no atreverse a fijarlos en el encapotado rostro de su madre.

-Quiero que me digas -decía ésta con ese tono breve y convulsivo, propio de la cólera contenida- por qué no quieres venir al baile de la Embajada.

Y para dar tiempo a la respuesta, la señora Marquesa se tomó una sopa de chocolate. Lulú no contestó: hizo dos o tres pucheritos, y escondió aún más hondamente las manos en los bolsillos de la bata. De buena gana hubiera escondido también la cabeza; pero eran los bolsillos demasiado pequeños.

-¡Contesta y no me desesperes! -exclamó la Marquesa, llegando ya a los límites de la exasperación-. ¿Por qué no quieres venir al baile?

Lulú se echó a llorar.

-¡Dios nos asista! -exclamó la dama-. Baile más llorado y más rabiado jamás se ha visto en la vida…

Contesta, niña, contesta; que es tu madre quien te pregunta.

Lulú levantó al fin aquellos hermosos ojos azules, que respiraban candor y pureza, y dijo con voz ahogada:

-Porque no quiero ponerme escotada…

-¿Acaso temes constiparte? -dijo la Marquesa, que no alcanzaba otra causa de aquella repugnancia.

-No, señora; no es por eso… Es que decía Madre Catalina…

-¡Ah! -exclamó la Marquesa, irguiéndose en su butaca, cual Juno en su carro tirado por pavos reales-. ¡Decía la Madre Catalina! ¿Y qué decía la Madre Catalina…?

-Que ese traje no era…, vamos, que no era decente… y que las señoras que ponen la moda eran las que debían desterrarlo.

La Marquesa se puso pálida de rabia, y si la Madre Catalina llega a caer en aquel instante en sus manos, cierto es que vuelve al convento sin ojos y sin boca.

-¿Con que eso decía la Madre Catalina? -exclamó con cierta calma rabiosa.

-Sí, señora; y el Padre Jacinto me dijo…

-¿También el Padre Jacinto?

-Sí, señora; el Padre Jacinto me dijo que procurase no vestir nunca de ese modo.

-¿Porque sin duda era pecado…?

-No me dijo que fuese pecado… Sólo me aconsejó que no lo usara.

-¿Y qué más te dijo el Padre Jacinto…?

-Que no valsase.

-¿Porque también era pecado…?

-Tampoco me dijo que fuese pecado; pero me aconsejó también que no lo hiciera.

-¿Y qué razón tenía para eso el Padre Jacinto?

-Eso no me lo dijo.

-¿Y la Madre Catalina?

-Tampoco me dijo nada.

La Marquesa estalló al fin: apuró de un sorbo el resto del chocolate, como para tomar fuerzas, y volvió a colocar con tal violencia la jicara en el platillo, que lo rompió en dos pedazos. El agua sufrió los flujos y los reflujos del mar en su copa de cristal de Bohemia; los bizcochos se dispersaron por el suelo; anunciando el final del desayuno; Lulú se encomendó a todos los santos del cielo; la impasibilidad británica de Fly se contentó con levantar la cabeza.

-Pues mira -dijo la Marquesa, dando con el puño cerrado en el brazo de la butaca-. El Padre Jacinto manda en su sotana, y la Madre Catalina en sus enaguas, y yo mando en mi hija, ¿te enteras…?

Lulú no se enteraba: asustada la pobre niña, había cruzado sus manitas, y rezaba mentalmente, sin darse cuenta de ello, aquella oración del Trisagio: «Aplaca, Señor, tu ira, tu justicia y tu rigor: ¡misericordia, Señor!». La Marquesa continuó elevando progresivamente la voz, hasta las últimas notas de un furioso crescendo.

-Vendrás esta noche al baile de la Embajada, por encima del sombrero de teja del Padre, y por encima de la toca de la Madre… ¡Irás con el traje escotado que va a traer la modista…! ¡Bailarás con el duquesito, porque así se lo he prometido yo, y porque es menester que aprendas lo que el Padre Jacinto y la Madre Catalina debieron haberte enseñado…! ¡Es menester que aprendas a obedecer a tu madre!

-Pero, mamá -exclamó Lulú llorando a lágrima viva-; si me dijo el Padre Jacinto…

-¿Qué más dijo el Padre Jacinto?

-Que si usted me lo mandaba y yo no podía convencerla, que en las dos cosas obedeciese.

-¡Pues como no me has convencido, vendrás al baile de pie o de cabeza!

-Sí, señora; iré de pie, y como usted mande.

La Marquesa bajó dos puntos el diapasón de su cólera, y añadió en tono dogmático:

-El tercer mandamiento de la ley de Dios manda honrar padre y madre.

-No es el tercero, mamá; es el cuarto. El tercero es santificar las fiestas.

-¡El tercero o el cuarto, o el veinte milquinientos! -exclamó la Marquesa, que estaba más fuerte en el reparto de la última ópera, que en el orden riguroso de los preceptos del Decálogo-. ¡Lo que importa es que lo tengas presente!

-Sí, señora; haré lo que usted mande.

-¡Pues no faltaba más, sino que pretendiese el Padre Jacinto turbar la paz de mi casa…!

-No, señora, no -le interrumpió Lulú-. El Padre Jacinto es un santo.

-¡Pues que lo pongan en el altar, y le enciendan dos velas! -replicó violentamente la Marquesa-. Pero de ninguna manera tolero que por causa de sus chocheces, me seas desobediente.

-Pero, mamá, si…

-¡Calla…! Y mira que no le vayas a hablar al duquesita del Padre Jacinto, ni de la Madre Catalina, ni de novenas, ni de las bobadas del colegio… Ya ese tiempo pasó, hija mía: ahora es menester que pienses en que eres ya una señorita que va a entrar en el mundo… Por eso quiero presentarte esta noche en la Embajada… El duquesito es un pollo de lo más agradable que darse puede…; te quiere muchísimo. No queda día que no pregunte por la bella Lulú…

-¿Por mí? -dijo Lulú, abriendo los ojos asombrada-. ¡Pues si sólo una vez le he visto en la vida!

-¿Y qué te pareció?

-Me pareció muy tonto.

-¿Tonto…? ¿Tonto el chico más a la moda de Madrid…? ¿Tonto el mejor partido de la Corte?

-¡Pues si no me dijo más que tonterías…!, que si el Real estaba lleno y el Español vacío…, que su caballo «Pitt» había ganado una copa en el hipódromo…, que iba a introducir la moda del frac encarnado… Yo le dije que parecería un cangrejo…

-¿Eso le dijiste? -exclamó otra vez sulfurada la Marquesa.

-Se me escapó sin pensar, y creo que no le gustó, porque se puso muy serio.

-¡Pues claro está…! ¿Cómo había de gustarle…? Vamos, si esta hija mía parece que viene de las Batuecas… ¡Decirle que parecería un cangrejo…! ¿A quién sino a ti se le ocurre semejante sandez…? ¿Sabes lo serio que ha sido el asunto de los fracs colorados? Periódicos muy formales han discutido si debía o no admitirse, y justamente el duquesito era el defensor más acérrimo… ¡Y decirle que parecería un cangrejo…! Vamos, si eso no se le ocurre más que… al Padre Jacinto o a la Madre Catalina…

-¿Pero yo qué entiendo de eso, mamá? -dijo Lulú apurada.

-Pues aprende, o a lo menos calla, que ni siquiera a callar has aprendido en el colegio… Éste es le fruto de la decantada educación de las monjas, que tu abuela me obligó a darte -prosiguió la dama en tono patético-. ¡Para esto me impuso el inmenso sacrificio de tenerte en el colegio, separada de mí, hasta los 17 años…!

La señora Marquesa mentía al decir esto con un descaro digno de su lavandera: la pobre Lulú había permanecido en el colegio hasta los 17 años, porque estorbaba a su madre por la vida, no licenciosa, pero sí frívola y disipada que llevaba: porque la edad de la niña ponía de manifiesto que la de la señora Marquesa había pasado mucho tiempo antes los límites de la juventud: porque le era preciso a su vanidad ocultar todo el tiempo posible aquellos años que todos los ardides de la infeliz no lograban borrar de su inexorable fe de bautismo; aquellos años que sonriendo irónicamente iba contando la muerte: aquellos años en que los pasatiempos y frívolos devaneos de la mujer habían ahogado los sencillos, los puros, los santos goces de la madre… ¡Aquellos años que habían de ser juzgados día por día, hora por hora, momento por momento, en el terrible tribunal en que sentencia Jesucristo las almas de los muertos…!

 

II

Las lamentaciones de la dama fueron interrumpidas por Nanette, la doncella francesa, que anunció la llegada del traje de la señorita.

La Marquesa lanzó una exclamación de alegría y se levantó para recibirlo: Lulú no se movió de su sitio. Un criado entró cargado con una inmensa excusabaraja de finísimos mimbres, y la depositó sobre la alfombra. Nanette levantó la tapa, y apareció el confuso remolino de gasas, crespones, flores y cintas, que constituían el traje de baile. La misma Marquesa, ayudada por Nanette, colocó artísticamente el vestido sobre un diván de raso azul celeste: era de gasas blancas, y no tenía más adornos que algunas guirnaldas de jazmines.

-¡Lindísimo! -exclamó la Marquesa, buscando para contemplarlo el verdadero punto de vista-. ¡Qué sencillez, y al mismo tiempo qué novedad y qué elegancia…! ¡Ah!, si madame Tétevide es la encarnación del gusto parisiense… Mira, Lulú, mira… ¡Vas a tener un succés asombroso…!

La señora Marquesa participaba en alto grado de la elegante manía criticada ya por el Padre Isla en aquella célebre aleluya:

Yo conocí en Madrid una marquesa.

Que aprendió a estornudar a la francesa.

Lulú no se movió de su sitio, y miraba con tristes ojos el lindísimo traje: su primera mirada había sido para el escote, que en honor de la verdad era todo lo alto y decente que esta moda permite a las señoritas jóvenes: a las señoras casadas, sin que nosotros alcancemos el motivo, se les permite en este caprichoso código ofender con toda libertad el pudor y la modestia.

-Pero, hija, ven acá -gritó la Marquesa-; que no parece sino que te llamo para enseñarte la mortaja.

--Así quiero que me hagan la mía -dijo Lulú levantándose-. Blanca como este traje; pero ha de ser cerrada hasta arriba, y en vez de jazmines tendrá azucenas, que significan pureza.

-¡Vamos! -exclamó la Marquesa dispuesta a encolerizarse por tercera vez-. No falta más sino que nos prediques ahora un sermoncito sobre la muerte y las vanidades humanas… ¡Mira, Luisa, no me seas necia! Entra en mi alcoba y ponte el traje al momento…; quiero ver cómo te sienta y quiero enseñarte a llevar la cola. De seguro que no sabes dar un paso con ella.

Lulú apareció al fin vestida de baile; y al ver retratada su imagen en el inmenso espejo que reflejaba al día las tres o cuatro toilettes de su madre, no pudo menos de sonreírse. Se había encontrado tan bonita, que se olvidó por un momento de la mortaja cerrada hasta arriba, y de las azucenas que significaban pureza. La Marquesa se sonrió también: la mujer había comprendido a la mujer y por eso concibió esperanzas de derrotar al Padre Jacinto.

-¡Delicioso! -exclamaba, arreglando los largos pliegues de la cola del traje-. Anda un poquito para allá, Lulú… Baja un poco la segunda falda, Nanette… ¡Mira, mira esc puff sostenido con dos lazos! ¡Es lo más elegante y atrevido que he visto! ¡Ah! ¡Este puff mariposa es un toar de forme admirable…! ¡Madame Televise es un genio…!

Un golpecito sonó en aquel momento en la puerta del tocador, y una voz varonil gritó desde fuera:

-¿Le es permitido a un simple mortal entrar en el santuario de la diosa?

-¡Adelante, adelante! -exclamó alegremente la Marquesa.

Lulú quiso huir, pero la detuvo su madre diciendo:

-¿Pero adonde vas, hija…? Si es el tío Conde.

El tío Conde era un anciano de franca y noble fisonomía, marcial aspecto, cabellos blancos como la nieve, y en cuyo pecho se destacaba la ilustre cruz roja de la Orden de Calatrava.

-¡Magnífico! -exclamó deteniéndose a la puerta-. ¡Qué grupo tan delicioso…! No os mováis, por Dios, que parecéis así unidas la mañana y la tarde de un hermoso día.

-¡Qué galante ha amanecido hoy el señor Conde! -dijo riendo la Marquesa-: apuesto a que para todo esto en pedirme de almorzar…

-¡Hermosa como la luz, discreta como la sombra! -dijo el Conde sentándose en el diván celeste-. Acertaste, sobrina: vengo a que me des de almorzar, y a que me prestes un coche para ir luego a Palacio. El mío me lo tiene embargado hoy un entierro.

-Admito lo de la mañana y la tarde, en pago del almuerzo, y exijo en pago del coche que me diga usted lo que le parece mi Lulú con su traje de baile.

-Trato hecho -contestó el Conde; y arrellanándose en el diván se caló sus quevedos de oro.

-¡Admirable, admirable, admirable! -decía examinando a la niña de pies a cabeza-. De seguro que cuando llegue a hablar de Lulú el cronista del baile, moja la pluma en bandolina en vez de mojarla en tinta… Hebe, sirviendo la copa a los dioses, será menos hermosa… Ofelia, apareciéndose a Hamlet, menos ideal… Psiquis, elevándose al Olimpo, menos vaporosa… Pero ¿quieres que te diga mi opinión, Lulú, hija mía…? Pues oye el consejo de un viejo. Luce ahora el traje delante de tu madre; lúcelo también delante de este viejo que se ofrece a bailar contigo entre estas cuatro paredes, desde un rigodón hasta una polka… Es más; que se ofrece a traerte aquí dos o tres parejas de su confianza, aunque tenga que buscarlas a la luz de una linterna, como Diógenes buscaba un hombre sentado por el foro de Atenas; porque, aunque no abunden, es cierto que se encuentran. Pero, créeme, hija mía: cuando llegue la hora de ir a la Embajada, cena un huevecito pasado por agua, ponte un gorrito de dormir, y vete a la cama después de rezar el rosario…

-Eso decía yo ahora mismo -exclamó vivamente la niña.

-Y hablaste como un libro -añadió su tío.

-¡Vamos! -dijo impaciente la Marquesa-. ¿Si tendremos aquí otro Padre Jacinto sin manteo ni sotana?

-¿Quién es ese Padre Jacinto?

-Un exclaustrado del año 34, que se cree que estamos todavía en los tiempos de las golas de lechuguilla y de los minués cantados.

-¿Dónde vive? -preguntó gravemente el Conde.

-¿Va usted a confesarse? -replicó con ironía la Marquesa.

-No; porque me confesé ayer: voy a consultarle una duda teológica.

-¿Y cuál es ella?

-Que me parece que la mujer no fue formada de la costilla del hombre.

-Pues téngalo usted por cierto -respondió la Marquesa, sin sospechar adonde iba a parar la broma-. No la formaron de la costilla, sino del corazón: por eso la mujer se lo llevó todo, y el hombre se quedó sin ninguno.

-Cuando las veo a la cabecera de sus hijos, enseñándoles a rezar el Bendito, como a mí me lo enseñó mi madre, que era tu abuela, creo lo que dices, sobrina -respondió el Conde con aquel tono serioburlón de que se servía para hacer a la Marquesa los más tremendos cargos-. Pero te confieso que me vuelve a asaltar mi duda cuando, satisfechas con esas baratijas de tocador, las veo dar más importancia a los bullones de un puff que… al gobierno de su casa.

El Conde iba a decir que a la educación de sus hijas, pero la presencia de Lulú lo contuvo.

-Pero ¿cuál es esa duda? -preguntó la Marquesa, sin darse por entendida.

-Pues ya lo he dicho: que la mujer no fue formada de la costilla del hombre.

-¿Pues de qué lo fue entonces?

-Del rabo de una mona [1] -dijo gravemente el Conde.

Lulú se echó a reír a carcajadas. La Marquesa se mordió los labios: acostumbrada, sin embargo, a las indirectas del Conde, que había sido para ella su segundo padre y cuya rica herencia esperaba, contestó chanceándose:

-¡Vaya con el señor Conde! En cuanto vio seguro el almuerzo ha dado ya al traste con todas sus galanterías.

-Y no creas que esto me lo ha dicho la falsa ciencia de algún darwinista -prosiguió el anciano-. Me lo dijo el buen sentido de un pobre patán que conocí en mis posesiones de Andalucía.

-¡Bien decía yo que la tal sentencia me olía a ajos!

-La verdad nunca huele a ámbar en las narices que escuece, sobrina… Explícame, si no de otro modo, estos dos hechos en que mi filósofo de los campos fundaba su sistema. Primero, que las monas no tengan rabo; segundo, que tengáis alguna de vosotras esas tendencias darwinísticas…

-Ya no me extraña que si tal concepto le merecían las mujeres, jamás haya usted querido volverse a casar después de viudo.

-No, hija mía; porque habrás notado que no he dicho todas, sino algunas… Si todas fueran así, no me hubiera casado nunca.

-¿Sabe usted lo que estoy pensando, tío? -dijo la Marquesa, picada hasta lo sumo-: que podría usted irse con mi hija a dar por ahí una misión contra los bailes y las modas. Lulú personificaría la inocencia; usted, tío -añadió recalcando la frase-, podría personificar el arrepentimiento.

-Con lo cual nadie podría argüirme de que hablaba de lo que no entendía.

-Pero sí de que el diablo, harto de comer carne, se había metido a fraile.

-¿Y crees tú que si ese señor Mefistófeles pusiera al servicio de Dios su experiencia de diablo y su ciencia de ángel, no haría mucho fruto?… Si Lulú quiere, esta misma noche empezaremos la misión a la puerta de la Embajada.

-Sí, tiíto -respondió Lulú alegremente-: más fácil me será aprender el sermón que bailar con esta cola.

-Pues queda convenido -asintió el Conde-. Predicaré por una ventanilla del coche y diré a las madres de familia: «Ciegas fuisteis para vosotras: ciegas sois para vuestras hijas… Vuestra ceguedad os disculpa… en parte. Cuidad de que no sea también vuestra ceguedad la que os condene…». Y asomándome por la otra ventanilla, porque dividiré el auditorio por sexos, como hacen en las sinagogas, diré a los padres de familia: «¡Perdisteis la memoria, señores míos…! ¡Acordados de que ya no sois vosotros los galanes…! ¡Acordaos de que las damas son ahora vuestras hijas…!».

-Pues si todos entienden el sermón como yo -dijo Lulú moviendo la cabeza-, no serán muchos los convertidos.

-No importa que tú no lo entiendas… Mira cómo tu madre me entiende.

-Entiendo, tío mío, que me está usted haciendo una mala obra -dijo sentida la Marquesa.

-La del padre que corrige -replicó el Conde, inclinándose a su oído-, la del amigo que salva…

-¿Pero acaso soy yo una samaritana?

-¡No por cierto…! Eres una mariposa y tu hija necesita un ángel de la guarda.

La Marquesa se echó a llorar. Lulú, que nada había advertido, dijo muy seria:

-Pues si usted predica desde la ventanilla, yo predicaré desde el pescante y diré a todo el auditorio: «Señores: las doce han dado ya: tengo mucho sueño, y no puedo dar un paso sin tropezar con esta cola… ¡Con que, muy buenas noches, que me voy a cenar con mi tío un huevo pasado por agua, y a acostarme después de rezar el rosario…!».

Y haciendo una graciosa cortesía, echó a correr hacia la alcoba de su madre para despojarse de su traje de baile. Detuviese, sin embargo, en la puerta, y preguntó sonriendo:

-Mamá…: ¿le encargo al tío que prepare el huevo pasado por agua?

La Marquesa estuvo a punto de decir que sí: el Conde la interrogaba con la vista.

-¡Imposible! -dijo al fin, contestando a éste-: he dado mi palabra al Duque.

-¿Y qué importa? -insistió el anciano en voz baja.

-Se disgustaría, y no quiero que por mí pierda Lulú la mejor boda de la Corte.

 

III

A las tres de la madrugada arrancaba de la Embajada el magnífico landó de la Marquesa, conduciendo a ésta y a su hija de vuelta del baile.

Envuelta Lulú en su albornoz forrado de pieles, se había recostado en un rincón del coche sin decir palabra: hallábase cansada, nerviosa, y sentía un fuerte dolor de cabeza.

-¿Tienes sueño, Lulú? -le preguntó su madre.

-Mucho -contestó la pobre niña-. ¡Si viera usted cómo me duele la cabeza!

-Eso es la falta de costumbre: mañana podrás desquitar el sueño.

Lulú no contestó, y la Marquesa calló también, preocupada, no con la insignificante dolencia de su hija, sino con aquellas últimas palabras del Conde, que acudían en aquel momento a su memoria con esa pertinacia, con esa fuerza convincente, con esa claridad avasalladora con que el remordimiento presenta al hombre después de cometida la falta, aquellas mismas razones que antes de cometerla encontraba la pasión tan débiles e ilusorias. Las conveniencias sociales, el porvenir de su hija, la boda del duquesito, pretextos todos con que había querido engañar a este necio que se llama uno mismo, tan fácil de persuadir cuando se halaga su deseo, desaparecieron en aquel momento cual desaparecen en la oscuridad los falsos colores de un prisma, para hacerle ver en toda su desnudez aquella amarga verdad que, entre bromas y veras, le había dicho el anciano: «Tu frivolidad, tu loco afán de gozar y divertirte, es lo que disfrazas con las exigencias de tu rango y del porvenir de tu hija».

«¡Es cierto! ¡Es cierto!, dijo amargamente la Marquesa. ¡Lulú necesita un ángel que guarde y no que exponga su inocencia…! Yo no soy una samaritana, ¡es verdad…!, ¡pero soy una mariposa, frívola madre de… orugas!».

Una tos seca y nerviosa se escapó en aquel momento del pecho de Lulú, y un ¡ay! doloroso acudió a sus labios.

-¿Qué es eso, hija mía? -exclamó asustada la Marquesa.

-No sé, mamá -respondió Lulú-: me duele aquí en el costado derecho… Será el corsé, que me aprieta un poco.

Lulú despidió a su doncella después de vestirse una bata de noche: dejóse caer entonces en una pequeña butaca forrada de raso color de rosa, y permaneció largo rato inmóvil, mirando sin ver, con los ojos fijos en el suelo. Quería darse cuenta de sus impresiones; pero las ideas se agolpaban con tal rapidez a su mente, que la aturdían, sin que pudiese analizarlas y ni aun siquiera definirlas. Sentíase por otra parte sumamente fatigada: agudas punzadas taladraban sus sienes, y aquel dolor del costado derecho la hacía toser de cuando en cuando seca y dolorosamente. La pobre niña se levantó para acostarse: un pensamiento la detuvo, sin embargo. Grave como un aviso del cielo, distinto como una luz de Dios, había acudido a su memoria el último consejo del Padre Jacinto, la súplica diaria de la Madre Catalina: «No te acuestes un solo día sin hacer antes examen de conciencia».

Lulú se dirigió a un precioso reclinatorio gótico, colocado a la cabecera de su cama. Había en él una pequeña estatua del Sagrado Corazón, que había traído del colegio, igual en todo a la grande que tenían en el altar mayor de la capilla. Lulú se arrodilló ante aquel antiguo amigo, que desde su infancia le había mostrado el corazón abierto, y apoyando la frente en ambas manos, comenzó a abrirle de par en par el suyo. Así pasó un cuarto de hora: levantó al fin la cabeza, y sus ojos fueron a encontrarse con los ojos de la imagen: los de Cristo reflejaban amor inmenso; los de Lulú, inocencia perfecta.

Rezó entonces el acto de contrición, y dio al Señor humildes gracias por haberla preservado de toda culpa. El mal espíritu tocó entonces con su inmundo dedo aquella pura frente para despertar en ella este pensamiento:

«¿Ves cómo tu madre tenía razón…? El Padre Jacinto exageraba… ¡En nada has ofendido al Sagrado Corazón de Cristo!»

A poco dormía Lulú fatigosamente, y parecíale hallarse en los salones de la Embajada valsando con el duquesito. La orquesta tocaba un vals de Strauss, y Lulú se divertía mucho atravesando a la carrera, como en otros tiempos, el patio del colegio, aquel salón inmenso que crecía, crecía siempre, como si la pared del fondo huyese ante Lulú para dejarle más ancho campo. Los caballeros le decían al pasar que era bonita; pero Lulú no hacía caso, porque una calavera se asomó por el marco de un espejo y le dijo con la misma voz del Padre Jacinto: «¡Lo que tú eres fui; lo que yo soy serás!».

El duquesito valsaba muy bien: llevaba el frac colorado, y Lulú se reía porque le parecía un cangrejo que valsaba tan de prisa, tan de prisa, que la niña sintió al fin un vahido y quiso detener a su pareja; pero el Duque soltó una carcajada, y siguió valsando al compás de la orquesta, tan rápido ya, que era vertiginoso. Lulú se echó a llorar, porque el Duque la agarraba con dos manos fuertes como tenazas de hierro, que le hacían un mal horrible en el costado derecho. Llamó a gritos a su madre, pero su madre la miraba riéndose, y se echaba fresco con el abanico. Llamó entonces al tío Conde: pero el tío Conde no estaba allí; por eso no contestaba, y la pobre Lulú seguía valsando, valsando al compás de aquella música más rápida que la bajada del infierno.

De repente le faltó la luz y le faltó el suelo, y los zapatitos de raso de Lulú se hundían en una tierra húmeda y pegajosa que le daba escalofríos; pero seguía valsando al compás de la orquesta, que ya no era de violines y flautas, sino chirimías y gritos de buhos, porque el duquesito le clavaba cual una garra la mano derecha en el costado, causándole aquel dolor atroz que la hacía toser cruelmente. Vio entonces en la oscuridad que la linda persona del Duque despedía un fulgor asqueroso que a ella no le tocaba, pero que sin saber cómo, ella misma encendía: vio que clavaba los ojos cual dos saetas envenenadas en su rostro y en su cuello desnudo, arrojando unas llamas impuras que aterraron a la pobre Lulú, porque amenazaban manchar la blancura de su alma, como mancha la baba de un caracol los pétalos de una rosa… ¡Y a pesar de todo, Lulú seguía valsando, porque su madre se lo mandaba…!; ¡porque ningún auxilio humano la socorría…!

De repente vio a lo lejos, sin saber cómo, un grupo de árboles, y un hombre postrado en tierra, como pintan a Jesús en el huerto de los olivos. Lulú gritó «¡Jesús mío!», y Jesús se puso en pie a aquel grito, hermoso, fuerte, imponente, con el Corazón llagado en las manos como le había visto tantas veces en el altar del colegio; como le acababa de ver en la imagen del reclinatorio; pero el Duque seguía valsando sin soltar su presa, y lanzaba a veces feroces rugidos. Jesús levantó la mano con imperio y le mandó detenerse; pero el Duque levantó la suya sin soltar a Lulú, y descargó un bofetón en la mejilla de Cristo.

«¡Perdón, Jesús mío, que yo soy la causa!», gritó Lulú retorciéndose las manos.

Jesús retrocedió dos pasos y arrojó al suelo para detener al Duque un puñado de su propia sangre; pero el Duque no soltó a Lulú, y siguió valsando sobre la sangre de Cristo.

«¡Perdón, Jesús mío, que yo tengo la culpa!», gimió Lulú mesándose el cabello.

Y Jesús, para salvar a la niña, arrojó al suelo, a los pies del Duque, su Corazón henchido de angustia.

Pero el Duque siguió valsando sin soltar a Lulú, y levantó el pie para pisar el Corazón Sagrado de Cristo.

Lulú dio un grito espantoso, y se encontró al despertar sentada en su lecho. Allí estaba sobre un sillón el blanco traje de baile; allí estaba en el reclinatorio la imagen de Cristo: en el costado derecho sintió la pobre niña el horrible dolor que le causaba en sueños la férrea mano del Duque. La luz del sol traspasaba ya las cortinas de color de rosa, prestando a toda la alcoba un tinte risueño…

Al grito de Lulú acudió desalada su doncella; detrás llegó la Marquesa anhelante. Lulú, pálida, desencajada, con los ojos fuera de las órbitas, tosiendo de un modo que helaba la sangre, tendió los brazos a su madre: ésta se arrojó en ellos llorando:

-¡Mamá!, ¡mamá! -decía Lulú en voz tan profunda y queda, que aterraba el oírla-. ¡Allí! ¡Allí…!, en el baile…, en el huerto, el Duque pisaba la sangre… ¡Yo, no…!, ¡yo no pequé…!, ¡no, no, Dios mío…!, pero por mi culpa…, ¡por mi culpa pisaba aquel hombre la sangre de Cristo!

Y una convulsión terrible retorció el cuerpo de la infeliz niña, como los anillos de una culebra.

-¡Lulú!, ¡hija mía! ¡Luisa…!, ¡hija de mi alma! -exclamó la Marquesa-. ¡Serénate, por Dios…! ¡Eso es una pesadilla…!

-¡No!, ¡no!, ¡no! -gritó Lulú con una energía horrible-. ¡En el baile fue donde soñé…! ¡En el sueño fue donde estuve despierta…!

Aterrada la Marquesa envió a buscar al médico y éste declaró sumamente grave el estado de la niña. Tenía, a su juicio, una pulmonía fulminante, cogida sin duda al salir de la Embajada, y aumentaba el peligro una horrible excitación nerviosa, cuya causa no comprendía.

 

IV

Tres días después el gran salón de la Marquesa se hallaba de arriba abajo colgado de raso blanco: en medio se levantaba un catafalco de terciopelo también blanco. Sobre él yacía el cadáver de Lulú: su mortaja era blanca como su traje de baile; pero estaba cerrada hasta arriba, y en vez de jazmines tenía azucenas, símbolo de la pureza…

Las manos de la niña sostenían la pequeña imagen del Sagrado Corazón que había traído del colegio.

Ella misma lo había así dispuesto.

 

FIN

 

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