A duras penas llegué a casa, si así podía llamársele. Se
había reducido a dos largos pasillos, separados tan sólo por una frágil pared
que quería a gritos desmoronarse. La oscuridad disimulaba muy bien el desorden
y la suciedad del lugar. Sabía que seguramente no había nadie allí, en lo que
solía ser mi casa, pero aún así necesitaba rodearme de algo familiar, objetos,
entornos. Me dirigí al otro pasillo, el más largo y devastado. En esa inmensa
soledad, sentí miedo. Advertí que alguien pasó suavemente a mi lado. Debió
haber sido mi imaginación, o acaso algún perro vago.
¿Cuánto tiempo ha pasado ya? ¿Semanas, meses? No lo sé. No se
sabe nada del exterior ni de ninguna parte. Como podría esperarse en estos
casos, no hay energía eléctrica ¿Habrá sido un desastre natural? ¿Una bomba?
¿Misiles que algún maldito país lanzó? Si sólo tuviera alguna información…
¿Sería diferente? No lo creo, de cualquier manera, estamos condenados.
***
Desde ayer no he visto a mi hermana. Mi perro también
desapareció. Sospecho que se lo comieron. Yo no me atrevo a matar para
sobrevivir. Si sigo así, moriré de hambre.
***
“¡Qué vergüenza admitirlo! Es increíble cómo algo que antes
me provocaba repulsión, ahora me haga salivar ante su sola presencia”, pensé
mientras masticaba la mitad del cuerpo de la cucaracha. Era como comer
mantequilla de maní con un toque de chocolate. Lo más cercano a una golosina
que podría hallar en esta ruina en la que se había convertido el mundo. Las
patitas me hacían cosquillas en el paladar. Al principio me ponía muy nerviosa,
sentía que iba a vomitar; sin embargo, con el tiempo una se acostumbra a todo.
***
La gente no se oculta, ¿para qué? Lo más probable es que ya
esté todo contaminado. Últimamente se me ha estado cayendo el pelo a mechones.
Los sobrevivientes tienen pústulas en la cara y en otras partes del cuerpo. No
hay espejo donde me pueda mirar. Cuando me toco las mejillas o la frente,
percibo deformidades; mis dedos quedan húmedos y cubiertos de una sustancia
pastosa.
Hace un rato, entre un grupo de andrajosos, me pareció ver a
mi hermana. Cuando me acerqué, salió huyendo junto con los otros. No me
reconoció. ¿Por qué no lo hizo? Creo que era ella, o quizá murió. En realidad,
ya no tengo las cosas muy claras.
***
No sé cuánto tiempo ha pasado. Yo sigo volviendo a casa, o a
lo que queda de ella.
En el fondo del pasillo, en lo que alguna vez fue mi
habitación, entre escombros encuentro una radio. Debe haber sido mía, aunque no
la recuerdo. “¡Tiene que funcionar, tiene que funcionar!”, trato de
convencerme. Reviso el compartimento de las pilas para ver si las tiene. Sí,
allí están. ¿Podría sintonizar algo? Sé que no hay energía eléctrica, de todas
formas para algo podría servir.
***
Ayer, cuando buscaba insectos para comer, encontré un CD
enterrado. Mejor dicho, encontré una caja mediana con varios CDs, quebrados
todos ellos a excepción de uno: un disco de Vivaldi. La caja del CD estaba un
poco trizada. Cuando lo metí en la radio se saltó casi todas las pistas, menos
la número 7: Trío Sonata en Re menor, “La Follia”. Escucharla es lo único que
me consuela por las noches, sobre todo ahora que ni siquiera las estrellas se
pueden observar. Y pensar que llegará el día en que las pilas se hayan gastado
y ya no podré escucharla más. Entonces seguiré reproduciéndola en la memoria
hasta el día en que muera.
***
El color del cielo ha ido mutando con el paso de los días.
Antes era blanquecino, poblado de una neblina espesa que nunca se iba. Ahora
cada vez que miro al cielo -ojalá fuera sólo el cielo- veo partículas
fosforescentes flotando en el aire. Debe haber algún elemento químico en la
atmósfera.
***
Un hedor espantoso inunda el ambiente. Imagino que son los
cadáveres putrefactos de las primeras víctimas, o de los que poco a poco se han
ido rindiendo. Tal vez aún siguen con vida, ¿pero en qué condiciones? No deseo
averiguarlo. Sé que tendré el mismo fin.
***
Mientras escucho “La Follia”, súbitamente la radio deja de
funcionar. La noche queda sumida en un silencio sepulcral, sólo roto por los
quejidos de un moribundo que se escuchan en la lejanía. Unos metros más allá,
el paisaje está plagado de árboles quemados, estatuas carbonizadas de
apariencia fantasmal, mi única compañía en esta noche.
Una lágrima rueda por mi mejilla, un mudo lamento por
aquellos que perdí, un duelo por mí misma. Trato de reproducir mentalmente la
sonata para así no olvidarla, sin embargo la angustia no me deja continuar.
Mi cabello se ha caído completamente, ya no tengo uñas y me
quedan apenas unos cuantos dientes. La fetidez que me acompaña a todos lados
sólo puede significar una cosa: me estoy pudriendo en vida. Sólo ruego a quien
sea -algún ser supremo, si existe- que todo acabe pronto, o que al menos pierda
la consciencia de una vez para no tener que seguir soportando esta horrible y
lenta muerte. Con todo eso en mi cabeza, me recuesto en el colchón mugriento,
cierro los ojos y ruego no despertar nunca más.
FIN

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