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1 de agosto de 2017

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Segunda Parte


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La Filosofía es el amor por la sabiduría, tal y como la entendían los antiguos griegos, que se preguntaban acerca de materias tan fundamentales como la existencia, el conocimiento, la verdad, o la moral, y esto no sólo para los estudiantes de filosofía o profesionales de diferentes áreas humanísticas, el amor por el conocimiento y reflexionar sobre lo que somos, es una oportunidad imperdible para cualquiera. 

  Cuestiones universales tan primordiales que atañen al ser humano desde su base como ser con conciencia de su propia existencia en el mundo, son temas apasionantes que sin duda no te dejarán indiferente. 

Este amor por la sabiduría fue el primer peldaño que aportó las primeras nociones de conocimiento para el mundo Occidental y que hoy suponen la base de la Ciencia, tal y como hoy en día la conocemos.

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EL MILAGRO DE SAN ANTONIO Vicente Blasco Ibáñez



Hacía años que Luis no había visto las calles de Madrid a las nueve de la mañana.
A esta hora comenzaban a dormir todos los amigos del Casino; pero él, en vez de meterse en la cama, había cambiado de traje y se dirigía a la Florida, mecido por el dulce vaivén de su elegante carruaje.
Al volver a su casa, después de amanecido, le habían entregado una carta traída en la noche anterior. Era de aquella desconocida que mantenía con él extraña correspondencia durante dos semanas. Una inicial por firma y la letra de carácter inglés, fina, correcta e igual a las de todas las que han sido pensionista del Sacre Coeur. Hasta su mujer la tenía así. Parecía que era ella la que le escribía, citándole a las diez en la Florida, frente a la iglesia de San Antonio. ¡Qué disparate!
Hacíale gracía pensar, mientras marchaba a una cita de amor, en su mujer, aquella Ernestina, cuyo recuerdo raras veces venía a turbar las alegrías de su vida de soltero, o, como decía él, de marido emancipado. ¿Qué haría ella a tales horas? Cinco años que no se veían, y apenas si tenía noticias suyas. Unas veces viajaba por el extranjero; otras sabía que estaba en provincias, en casa de viejos parientes, y aunque residía largas temporadas en Madrid, nunca se habían encontrado. Esto no es Paris ni Londres; pero resulta suficientemente grande para que no se tropiecen nunca dos personas, cuando una hace la vida de mujer abandonada, visitando más las iglesias que los teatros, y la otra se agita en el mundo de noche y vuelve a casa todos los dias a la hora en que, el frac arrugado y la pechera abombada, se impregnan del polvo que levantan los barrenderos y del humo de las buñolerias.
Se casaron muy jóvenes, casi unos niños, y los revisteros mundanos hablaron mucho de aquella hermosa pareja que todo lo tenían para ser felices: ricos y casi sin familia. Primero, los arrebatos de pasión:
una dicha que, encontrando estrecho el elegante nido de los recién casados, paseaba su insolencía feliz por los salones para dar envidía al mundo; después, la monotonia, el cansancio, la separación lenta e insensible, sin dejar por esto de amarse; a él le atraían sus amistades de soltero, y ella protestaba con escenas y choques que hacían odiosa para Luis la vida conyugal. Ernestina quiso vengarse, haciendo sentir celos a su marido; se entregó con entusiasmo a tan peligroso juego, y tuvo sus coqueteos comprometedores con cierto attaché de Legación americana, que hasta alcanzaron visos de infidelidad.
Bien sabía Luis que la cosa no tenía malicia; pero, ¡qué demonio!, él no servía para casado, le abrumaba aquella vida, y aprovechó la ocasión, tomando el asunto en serio. Con el americano se arregló, propinándole una estocada leve. ¡Pobre muchacho, qué gran servicio le había prestado sin saberlo! Y de Ernestina se separó sin escándalo, sin intervenciones judiciales. Ella, con sus parientes, con quien le diese la gana, y él, otra vez a su cuarto de soltero, como si nada hubiera pasado y sus dos años de matrimonio fuesen un largo viaje por el pais de las quimeras.
Ernestina no se resignaba, y se revolvió, queriendo volver a Luis. Le amaba de veras; lo pasado eran niñadas, ligerezas; pero, aun cuando esto halagaba a Luis, provocaba su indignación como una amenaza a su libertad, milagrosamente recobrada. Por esto oponía la más terminante negativa a los señores respetables, antiguos amigos de la familia, que su mujer le enviaba como embajadores; ella misma fue varias veces a la casa, sin conseguir que le franqueasen la puerta, y tan tenaz era la resistencía de Luis, que hasta dejó de asistir a ciertas reuniones, adivinando que allí protegían a su esposa, y algún día procurarían que se encontrasen casualmente.
¡Bueno era él para ablandarse! Era un marido ultrajado, y ciertas cosas, ¡vive Dios!, nunca se olvidan.
Pero su conciencia de buen muchacho le replicaba con dureza:
«Tú eres un pillo que finges ultrajes por conservar tu libertad. Te presentas como marido infeliz para seguir soltero, haciendo infelices de veras a otros maridos. Te conozco, egoista.»
Y la conciencia no se engañaba. Sus cinco años de emancipación habían sido para él muy alegres; sonreía recordando sus éxitos, y ahora mismo pensaba con fatuidad en aquella desconocida que le aguardaba:
alguna mujer que él habría conocido en los salones y tenía interés en rodear de misterio su pasión. Ella había tomado la iniciativa con una carta insinuante; después mediaron preguntas y respuestas en las planas de anuncios de los periódicos ilustrados, y, por fin, aquella cita, a la cual acudía Luis con la ansiedad que despierta lo desconocido.
El carruaje se detuvo ante San Antonio de la Florida. Bajó Luis, haciendo seña a su cochero de que esperase. Había entrado a su servicio, cuando él vivía aún con Ernestina; era el eterno testigo de sus aventuras, le seguía fiel y obediente en todas las correrías de su viudez; pero pensaba con envidia en los pasados tiempos, deseando trasnochar menos.
Buena mañana de primavera. La gente alegre gritaba en los merenderos; pasaban por entre la arboleda, rápidos como pájaros de colores, los encorvados ciclistas con sus camisetas rayadas; por la parte del río sonaban cornetas, y sobre el follaje, enjambres de insectos ebrios de luz, moscardoneaban, brillando como chispas de oro. Luis, influido por el sitio, pensaba en Goya y en las duquesas graciosas y atrevidas que, vestidas de majas, venían a sentarse bajo aquellos árboles, con sus galanes de capa de grana y sombrero de medio queso. ¡Aquéllos eran buenos tiempos!
Las toses insistentes y maliciosas de su cochero le avisaron. Una señora bajaba del tranvía y se dirigía al encuentro de Luis. Vestía de negro, y el velillo del sombrero cubría su cara. Esbelta y de gracioso andar, sus caderas movíanse con armónica cadencia, y a cada paso resonaba el frufrú de la fina ropa interior.
Luis percibía el mismo perfume de la carta que guardaba en su bolsillo. Si; era ella. Pero cuando estuvo a pocos pasos, el movimiento de sorpresa de su cochero le avisó antes que su vista.
¡Ernestina!
Creyó en una traición. Alguien había avisado a su mujer. ¡Qué situación tan ridícula! … ¡Y la otra que iba a llegar!
-¿A qué vienes?… ¿Qué buscas?
-Vengo a cumplir mi promesa. Te cité a las diez, y aquí estoy.
Y Ernestina añadió con triste sonrisa:
-A ti, Luis, para verte, hay que apelar a estratagemas que repugnan a una mujer honrada.
¡Cristo! ¡Y para tener este encuentro desagradable había salido de casa tan temprano! ¡Citado por su propia mujer! ¡Cómo reinan los amigos del Casino al saber aquello!
Dos lavanderas se pararon en el camino, a corta distancia, con pretexto de descansar, sentándose sobre sus talegos de ropa. Querían oir algo de lo que se decían los señoritos.
-¡Sube…, sube! -dijo Luis a su esposa con acento imperioso. Le irritaba lo ridiculo de la escena.
El coche emprendió la marcha carretera de El Pardo arriba, y los esposos, con la cabeza reclinada en el paño azul de la tendida capota, se espiaban sin mirarse, como abrumados por la situación y sin atreverse uno de los dos a ser el primero en hablar.
Ella comenzó. ¡Ah la maldita! Era un muchacho con faldas; siempre lo había dicho Luis. Por esto la huía, teniéndole mucho miedo, porque, a pesar de su dulzura de gatita cariñosa y sumisa, acababa siempre por imponer su voluntad. ¡ Señor, y qué educación dan a las niñas en esos colegios franceses!
-Mira, Luis…; pocas palabras. Te quiero, y vengo decidida a todo. Eres mi marido, y contigo debo vivir. Trátame como quieras: pégame; te querré como esas mujeres que admiten los golpes como prueba de cariño. Lo que te digo es que eres mío y no te suelto. Olvidemos lo pasado, y aún podemos ser felices. Luis, Luis mío, ¿qué mujer puede quererte como la tuya?
¡Vaya un modo de entrar en materia! Él quería callar, mostrarse altivo y desdeñoso, fatigarla con su frialdad, para que le dejara tranquilo; pero aquellas palabras le pusieron fuera de sí.
¿Volver a unirse? En seguida. ¿Acaso estaba loco?… ¡Ah señora! Olvida usted, sin duda, que hay cosas que jamás se perdonan; cosas… En fin: que quien bien está, que no se mueva. Ellos no servían para casados, no congeniaban; bastaba recordar el infierno en que se desarrollaron sus últimos meses de matrimonio. Él se encontraba bien; a ella no le probaba mal la separación, pues estaba más hermosa que antes (palabra de honor, señora), y sería una locura deshacer por tonterías lo que el tiempo había hecho sabiamente.
Pero ni el ceremonioso usted ni las razones de Luis convencían a la señora. Ella no podía seguir así. Ocupaba en la sociedad una posición muy equivocada; casi la igualaban con mujeres infieles; era objeto de declaraciones y asiduidades que la sublevaban; creíanla una joven alegre y fácil, sin cariño ni familia; iba de una parte a otra, como el Judío Errante.
-Di, Luis: ¿es esto vivir?
Pero como a Luis le habían dicho esto mismo todos los que fueron a hablarle en favor de Ernestina, lo escuchaba como quien oye una música antigua y empalagosa.
Vuelto casi de espaldas a su mujer, miraba el camino, los Viveros, bajo cuyas arboledas bullía una alegre multitud. Los pianos de manubrio lanzaban sus chillonas notas, semejantes al parloteo de pájaros mecánicos. Valses y polcas formaban el acompañamiento de aquella voz triste que dentro del carruaje relataba sus desdichas. Luis pensaba que el sitio para el encuentro había sido escogido con premeditación. Todo hablaba allí del amor legítimo sometido a reglamentación oficial. Aquí, dos bodas; en el restaurante de más allá, otras; en último término, un cortejo nupcial, zarandeándose al compás de los pianos, con la panza repleta de peleón. Aquello repugnaba a Luis. ¡Todo Dios se casaba! … ¡Qué brutos!… ¡Cuánta gente inexperta queda en el mundo!…
Atrás se quedaron los Viveros, con sus regocijadas bodas; los valses sonaban lejanos, como vagos estremecimientos del aire, y Ernestina seguía infatigable, hablando cada vez más cerca del oído de su esposo.
Ella viviría tranquila, sin molestarle, si no existieran los celos. Porque ella se sentía celosa. «Si, Luis; ríe cuanto quieras.» Celosa desde hacía un año, en vista de sus locos amoríos y sus escándalos. Lo sabía todo: su vida entre bastidores, sus apasionamientos momentáneos y ruidosos por mujerzuelas que se le comían la fortuna; hasta le habían dicho que tenía hijos. ¿Podía permanecer tranquila? ¿No debía defender la posesión de su marido, que era lo único que tenía en el mundo?
Luis ya no estaba de espaldas, sino de frente, soberbio y magnífico. ¡Ah señora! ¡Y cuán mal le aconsejaban sus amigos! Él hacía su santa voluntad, ¿estamos? No tenía que dar cuenta a nadie, pues, de darlas, también tendría que exigírselas a ella, «~recuerde usted, señora! … Piense si siempre ha sido fiel a sus deberes.»
Y mientras enumeraba sus desdichas, que, en el fondo, no le importaban un comino, y llamaba infidelidades a lo que fueron imprudentes coqueterías, todo con voz y ademanes que recordaban sus abonos en el Español y la Comedia, Luis iba fijándose en su mujer.
¡Qué hermosa estaba la indina! Ya no era aquella muchacha bonita, pero débil y delicada, que tenía horror al escote, no queriendo enseñar lo saliente de sus clavículas. Los cinco años de separación habían hecho de ella una mujer adorable, espléndida, con las redondeces, el color y la suavidad de un fruto de primavera. ¡Lástima que fuese su mujer! ¡Cómo debían desearla los que no estaban en su caso!
-Si, señora. Puedo hacer lo que guste, y no tengo que dar cuenta de mis acciones… Además, cuando se tiene el corazón destrozado, hay que aturdirse, olvidar, y yo tengo derecho a todo…, a todo, ¿lo entiende usted?, para olvidar que he sido muy desgraciado.
Le encantaban sus palabras; pero no pudo seguir. ¡Qué calor! El sol metía sus rayos por debajo de la capota; el ambiente parecía impregnado de fuego, y el obligado contacto dentro del carruaje comenzaba a comunicarle el suave y voluptuoso calor de aquel cuerpo adorable… ¡Qué desgracia que aquella mujer tan hermosa fuese Ernestina!
Era una mujer nueva. Experimentaba junto a ella impresiones sólo sentidas en su época de noviazgo. Se veía aún en aquel vagón del expréso que unos años antes los había llevado a París, ebrios de dicha y palpitantes de deseo.
Y ella, con aquella facilidad que siempre había tenido para leer sus pensamientos, se aproximaba a él tierna y sumisa, como una victima, pidiendo el martirio a cambio de un poco de cariño, arrepintiéndose de sus pasadas ligerezas, propias de la inexperiencia, y acariciándole con el perfume de su aliento, aquel mismo perfume de la carta que, estremeciéndole, envolvía su cerebro en humareda embriagadora.
Luis huía de todo contacto; se recogía como doncella medrosica en su asiento. El recuerdo de los amigotes era su única defensa. ¿Qué diría su amigo el marqués, un verdadero filósofo, que, contento con su libertad de marido divorciado, saludaba a su mujer en la calle y besaba a los niños nacidos mucho después de la separación? Aquél era un hombre. Había que terminar una escena que juzgaba ridícula.
-No, Ernestina -dijo, por fin, tuteando a su mujer-. Nunca nos uniremos. Te conozco; todas sois iguales. Es mentira lo que dices. Sigue tu camino, y como si no nos conociéramos…
Pero no pudo continuar. Su mujer le volvía ahora la espalda. Lloraba, descansando la cabeza en el respaldo del asiento, y su enguantada mano introducía el pañuelo bajo el velillo para secarse las lágrimas.
Luis hizo un gesto de fastidio. ¡Lagrimitas a él!… Pero no; lloraba de veras, con toda su alma, con quejidos de angustia y estremecimientos nerviosos que conmovían todo su cuerpo.
Arrepentido de su brutalidad, dio orden al cochero de detener el carruaje. Estaban fuera de la Puerta de Hierro: no pasaba nadie en aquel momento por el camino.
-Trae agua…, cualquier cosa. La señorita está enferma.
Y mientras el cochero corría a un ventorro inmediato, Luis intentó tranquilizar a su mujer.
-Vamos, Ernestina, serenidad. No es para tanto. Esto es ridículo. Pareces una niña.
Pero ella aún gemía cuando llegó el cochero con una botella llena de agua. En la precipitación había olvidado el vaso.
-No importa; bebe.
Ernestina cogió la botella y se levantó el velillo. Ahora la veía bien su marido. Nada de mejunjes de tocador, como en los tiempos que frecuentaba el mundo: su cutis, tratado al agua fila. Tenía una palidez fresca, de rosada transparencia.
Luis se fijó en aquellos labios adorables, que se fruncían para ajustarse al cuello de la botella. Bebía con dificultad. Una gota se escapaba, resbalando lentamente por la barbilla, redonda y graciosa. Rodaba con pereza, enredándose en la imperceptible pelicula de la epidermis. Él la seguía con la vista, aproximándose cada vez más. ¡Iba a caer!… ¡Ya caía!…
Pero no cayó, pues Luis, sin saber casi lo que hacía, la cogió en sus labios, se sintió cogido por los brazos de su mujer, que lanzaba un grito de sorpresa, de loco júbilo:
-Por fin…, Luis mio… ¡Si yo ya lo decía! ¡Si eres muy bueno!
Y con la tranquila serenidad de los que no tienen por qué ocultar su amor, se besaron ruidosamente, sin fijarse en el asombro de la mujer del ventorrillo que recogió la botella.
El cochero, sin aguardar órdenes, arreó los caballos camino de Madrid.
-Ya tenemos ama -murmuraba, soltando latigazos a sus bestias-. A casa, pronto, antes que el señorito se arrepienta.
El coche rodaba por la carretera con la arrogancia de un cano triunfal, y en su interior los dos esposos, agarrados del talle, mirábanse con pasión. El sombrero de Luis estaba a sus pies, y ella le acariciaba la cabeza. Despeinándole, el juego favorito de su luna de miel.
Y Luis reía, encontrando el suceso graciosísimo.
-Nos van a tomar por novios impacientes. Creerán que escapamos de los Viveros por estar solos y libres de convidados.
Al pasar frente a San Antonio Ernestina, reclinada en un hombro de su esposo, se incorporó.
-Mira: ése es quien ha hecho el milagro de unirnos. De soltera le rezaba, pidiéndole un buen marido, y por segunda vez me protege, dándome mi Luis.
-No, vida mia: el milagro lo has hecho tú con tu belleza.
Ernestina dudó algunos instantes, como si temiera hablar, y, por fin, dijo con maliciosa sonrisa:
-¡Ah señor mío! No creas que me engañas. Lo que te vuelve a mi no es el amor tal como yo lo quiero; es eso que llaman mi belleza y los deseos que en ti despierta. Pero he aprendido bastante en estos años de consuelo y soledad. Ya verás, Luis mío. Seré muy buena; te querré mucho… Me tomas como una amante; pero con bondad y con cariño he de conseguir que me adores como a esposa.


FIN

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Posted: 30 Jul 2017 09:11 AM PDT
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Posted: 30 Jul 2017 09:10 AM PDT
Los relatos que conforman este libro son pequeñas piezas maestras donde la observación y la recreación de un clima, están perfectamente conseguidos. En todos, brilla el narrador profundo, su sentido de la dignidad y del orgullo, de la belleza y de la poesía que caracterizan toda la obra de este gran escritor que es Thomas Mann.

Posted: 30 Jul 2017 09:09 AM PDT
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Posted: 30 Jul 2017 09:09 AM PDT
El tópico es el sustento de la inmortalidad literaria. Sólo el lugar común hace común a un autor. Hoy en Bélgica y en Francia el príncipe de Ligne es una figura lo bastante valorada como para que sobre su obra pese un manojo de tópicos. Decía Baudelaire que el genio consiste en crear un tópico. Goethe, que se supone era un genio, creó uno menor a costa del príncipe de Ligne, del que afirmó que fue el hombre más feliz.

Posted: 30 Jul 2017 09:08 AM PDT
Kenia, como otros países africanos, nació como producto de la alquimia de los conquistadores europeos. De ahí lo variado de su composición étnica, de su paisaje, que va de la nieve al intenso calor tropical, y de sus lenguas. Su independencia la alcanzó en 1963, tras luchas encarnizadas como la rebelión de los mau-mau de los años cincuenta. Su capital Nairobi, tiene clima templado y está situada en la altiplanicie de Athi, en el lugar de un manantial donde abrevaba.

Posted: 30 Jul 2017 09:07 AM PDT
En este volumen recogemos, por lo que toca a la poesía, algunas composiciones de la primera y la última épocas, a las que no hemos querido dar el lugar cronológico que les corresponde para no destruir la unidad de Poemas rústicos (1902), libro precioso de muy alta significación en la historia de nuestra poesía, tanto o más que Lascas de Díaz Mirón, Puestas de sol de Urbina, Las senderos ocultos de González Martínez y Zozobra de López Velarde. Por lo.

Posted: 30 Jul 2017 09:06 AM PDT
Los trabajadores de una empacadora estallan una huelga para exigir la reinstalación de cuatro compañeros que han sido despedidos. Al frente de ellos está Marcos Luquín, líder idealista y honesto a quien las circunstancias y una serie de oscuros intereses envuelven en una red de traiciones, intrigas y manipulación política. A través del relato pormenorizado de este hecho —el cual se encuentra narrado paso a paso, hora tras hora— el lector se sumerge en un apasionante y revelador drama humano.

Posted: 30 Jul 2017 09:05 AM PDT
En un afán de restaurar el paraíso en pleno centro del infierno, en un intento de fundar una raza del porvenir un hombre hace de su núcleo familiar una comunidad en la que jamás se opone un prejuicio a un deseo, una reserva a un impulso biológico, una vacilación a un apetito. Seres libres de ataduras morales, están separados por un muro infranqueable de los fariseos, los falsos moralistas y los simuladores. Y es en la atmósfera de esta casa.

Posted: 30 Jul 2017 09:04 AM PDT
La presencia afectuosa de su madre, la mágica y distante de su padre, la compañía teatral que creó con su inseparable hermana Erika, el paso por diferentes colegios e internados, la toma de conciencia de la propia sexualidad, la reputación de enfant terrible en los inicios de su actividad literaria… Con gran delicadeza, Klaus Mann revive en Hijo de este tiempo (que se publicó por primera vez en 1932, cuando tenía veinticinco años) su infancia y su juventud y lleva.

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Jicoténcal inicia el rico ciclo de la novela histórica en América y en sus páginas ya aparecen muchas de las características formales que a partir de ahí caracterizarían a este género literario. De hecho, la obra es testimonio del enorme atractivo que en el siglo XIX ejercían entre los hombres de letras del continente tanto las civilizaciones prehispánicas como la figura de Hernán Cortés. A partir de manuscritos y fuentes impresas, Jicoténcal recrea uno de los episodios definitorios en la.

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Roberto, un joven profesionista casadero, vuelve después de muchos años a su tierra natal, Santa Clara de las Rocas, un pueblo enclavado en la región donde tuvo lugar tiempo atrás la guerra cristera. A los pocos días de su llegada, para visitar a una tía enferma, se da cuenta que en todas partes la huella de la guerra sigue fresca. Tanto su anciana tía como la sirvienta a su servicio desean casarlo a toda costa con Pensativa, una muchacha reservada,.

Posted: 30 Jul 2017 09:00 AM PDT
Un mandarín del siglo X, deseoso de investigar el futuro, viaja en una máquina a través del tiempo hasta el siglo XX. Sus cálculos temporales son correctos, pero los espaciales lo alejan de China y aparece en el desconcertante Munich previo a la caída del Muro. En las cartas que Kao-tai envía a su amigo remoto del milenio anterior, dándole cuenta de sus experiencias, el lector descubrirá una visión tan exhilarante y ácida de nuestro mundo y nuestras costumbres que.

Posted: 30 Jul 2017 08:59 AM PDT
Los Cuadros de viaje de Heinrich Heine fueron publicados entre los años 1826 y 1831 en cuatro tomos en la editorial Hoffmann & Campe que, desde entonces, se considerará su editorial. Cuadros de viaje I (mayo de 1826) recogía el ciclo de poemas El retorno al hogar, El viaje por el Harz y la primera sección de El Mar del Norte, todas ellas parcialmente publicadas ya en revistas como Der Gesellschafter o Das Morgenblatt. En vista del éxito de este.

Posted: 30 Jul 2017 08:40 AM PDT
«En general, me parece que los manuscritos dependen de experiencias increíbles…», escribe Goran Petrovi? en uno de los cinco relatos que componen Diferencias. Sólo que en su caso, lo increíble reside en lo cotidiano, en aquello que tenemos frente a nosotros día con día, que ya no advertimos, quizá justo por ser tan evidente. Petrovi? escruta con su minucioso ojo que se asemeja a una lupa capaz de magnificar las casi imperceptibles disonancias que componen la vida humana. Ahí donde.

Posted: 30 Jul 2017 08:38 AM PDT
La tía Jeanne regresa a su terruño, abandonado en la flor de la edad, después de haber dado tumbos por el mundo haciendo incluso el más innoble de los oficios. Sus sobrinos y su cuñada, venidos a menos, ponen sus olvidadas vidas en manos de esa gorda desconocida que sabe más que el diablo.

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En la sala de lo criminal: «—¿Tiene el acusado algo que decir…? Petit Louis los miró a todos, iluminados por las luces de unas lámparas de modelo antiguo. Algunos se detuvieron, cuando iban a salir, para escuchar su respuesta. Él respondió con una amarga sonrisa: —No, señor presidente. Y lo dijo de tal manera que pareció que los papeles se cambiaban en ese momento, que todos ellos: magistrados, jueces, periodistas, bellas espectadoras, espectadores, todos, incluidos los abogados, que de repente.

Posted: 30 Jul 2017 08:36 AM PDT
Maigret, que se halla en los inicios de lo que será su muy fructífera carrera en el cuerpo de policía y ocupa el puesto de secretario en una comisaría de barrio, se ve metido de lleno en una investigación. Pero los principales implicados pertenecen a la aristocracia y tienen en sus manos todos los elementos precisos para hacer que el inexperto y poco refinado policía eche tierra encima del asunto. Sin embargo, ni la amistad de los aristócratas con sus.

Posted: 30 Jul 2017 08:34 AM PDT
En la recoleta plaza de Vintimille de París, bajo la fina llovizna de una madrugada de marzo, unos transeúntes descubren el cadáver de una joven vestida de azul. Maigret a quien una casual coyuntura obliga a hacerse cargo de la investigación, teniendo que habérselas con el lúgubre y meticuloso Lognon, consigue desembrollar el enigma, valiéndose, más que de los escasos datos que le es dado reunir, de su fuerza intuitiva, de ese ponerse «en la piel» de la víctima, que.

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En el Bois de Boulogne aparece muerto un desvalijador de pisos, un viejo profesional con quien Maigret ha logrado unas relaciones que son casi de amistad. El muerto —Honoré Cuendet— es un palanquetero hábil, metódico. No tiene amigos, no forma parte de ninguna banda. Vive con su madre, tiene una amiga desde hace años… Cuendet es un pequeño burgués apacible y amante de las minucias cotidianas: su vaso diario de vino blanco en la taberna de siempre, la paz casi.

Posted: 30 Jul 2017 08:32 AM PDT
En Maigret va a la escuela, un suceso escabroso sumerge al célebre comisario en el mundo de su infancia y en la hermética realidad que impregna la Francia rural. En este paisaje anclado en el tiempo, representado por la localidad costera de Saint-André-sur-Mer, el plácido devenir cotidiano se ve brutalmente perturbado por el asesinato de una de sus vecinas más odiadas. Perseguido por el anhelo constante de degustar unas ostras acompañadas por un vino blanco, Maigret tendrá que ir afinando.


Olga Orozco Mujer en su ventana


Ella está sumergida en su ventana
contemplando las brasas del anochecer, posible todavía.
Todo fue consumado en su destino, definitivamente inalterable desde ahora
como el mar en un cuadro,
y sin embargo el cielo continúa pasando con sus angelicales procesiones.
Ningún pato salvaje interrumpió su vuelo hacia el oeste;
allá lejos seguirán floreciendo los ciruelos, blancos, como si nada,
y alguien en cualquier parte levantará su casa
sobre el polvo y el humo de otra casa.
Inhóspito este mundo.
Áspero este lugar de nunca más.
Por una fisura del corazón sale un pájaro negro y es la noche
-¿o acaso será un dios que cae agonizando sobre el mundo?-,
pero nadie lo ha visto, nadie sabe,
ni el que se va creyendo que de los lazos rotos nacen preciosas alas,
los instantáneos nudos del azar, la inmortal aventura,
aunque cada pisada clausure con un sello todos los paraísos prometidos.
Ella oyó en cada paso la condena.
Y ahora ya no es más que una remota, inmóvil mujer en su ventana,
la simple arquitectura de la sombra asilada en su piel,
como si alguna vez una frontera, un muro, un silencio, un adiós,
hubieran sido el verdadero límite,
el abismo final entre una mujer y un hombre.