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14 de enero de 2026

PRIMER BAILE [Relatos]

 



 

I

La señora Marquesa estaba de un humor insoportable: habíase levantado media hora antes, y envuelta en un rico peinador guarnecido de encajes de Valencianas, tomaba chocolate con bizcochos, que iba cogiendo de una salvilla de plata. En este breve tiempo había reñido a la doncella francesa porque hacía frío, y al valet de chambre porque la chimenea daba calor: había despedido con cajas destempladas a sus cuatro hijos menores, que con el haya inglesa al frente entraban en corporación a darle los buenos días; y había también -y esto era grave- negado una sopita de chocolate a Fly, la galguita inglesa: ofendida ésta de tan desacostumbrado desaire, volvió el rabo a la ilustre dama, y se tendió en su cojín de terciopelo, aplicando al favor de los poderosos, que personificaba en su dueña, aquella sentencia de su paisano Shakespeare: «¡Inconstancia, tu nombre es mujer!».

Indudablemente aquellos primeros truenos anunciaban una tormenta deshecha; y allí a dos pasos, sin ningún paraguas que la resguardase del aguacero, sin ningún pararrayos que la pusiese a cubierto de las chispas eléctricas, se hallaba la pobre Lulú, la hija mayor de la Marquesa, colegiala quince días antes en el Colegio del Sagrado Corazón. La pobre niña, no pudiendo esconderse en ninguna parte, escondía al menos las manos en los bolsillos de su bata, y clavaba los ojos en la alfombra como si estudiase sus dibujos, por no atreverse a fijarlos en el encapotado rostro de su madre.

-Quiero que me digas -decía ésta con ese tono breve y convulsivo, propio de la cólera contenida- por qué no quieres venir al baile de la Embajada.

Y para dar tiempo a la respuesta, la señora Marquesa se tomó una sopa de chocolate. Lulú no contestó: hizo dos o tres pucheritos, y escondió aún más hondamente las manos en los bolsillos de la bata. De buena gana hubiera escondido también la cabeza; pero eran los bolsillos demasiado pequeños.

-¡Contesta y no me desesperes! -exclamó la Marquesa, llegando ya a los límites de la exasperación-. ¿Por qué no quieres venir al baile?

Lulú se echó a llorar.

-¡Dios nos asista! -exclamó la dama-. Baile más llorado y más rabiado jamás se ha visto en la vida…

Contesta, niña, contesta; que es tu madre quien te pregunta.

Lulú levantó al fin aquellos hermosos ojos azules, que respiraban candor y pureza, y dijo con voz ahogada:

-Porque no quiero ponerme escotada…

-¿Acaso temes constiparte? -dijo la Marquesa, que no alcanzaba otra causa de aquella repugnancia.

-No, señora; no es por eso… Es que decía Madre Catalina…

-¡Ah! -exclamó la Marquesa, irguiéndose en su butaca, cual Juno en su carro tirado por pavos reales-. ¡Decía la Madre Catalina! ¿Y qué decía la Madre Catalina…?

-Que ese traje no era…, vamos, que no era decente… y que las señoras que ponen la moda eran las que debían desterrarlo.

La Marquesa se puso pálida de rabia, y si la Madre Catalina llega a caer en aquel instante en sus manos, cierto es que vuelve al convento sin ojos y sin boca.

-¿Con que eso decía la Madre Catalina? -exclamó con cierta calma rabiosa.

-Sí, señora; y el Padre Jacinto me dijo…

-¿También el Padre Jacinto?

-Sí, señora; el Padre Jacinto me dijo que procurase no vestir nunca de ese modo.

-¿Porque sin duda era pecado…?

-No me dijo que fuese pecado… Sólo me aconsejó que no lo usara.

-¿Y qué más te dijo el Padre Jacinto…?

-Que no valsase.

-¿Porque también era pecado…?

-Tampoco me dijo que fuese pecado; pero me aconsejó también que no lo hiciera.

-¿Y qué razón tenía para eso el Padre Jacinto?

-Eso no me lo dijo.

-¿Y la Madre Catalina?

-Tampoco me dijo nada.

La Marquesa estalló al fin: apuró de un sorbo el resto del chocolate, como para tomar fuerzas, y volvió a colocar con tal violencia la jicara en el platillo, que lo rompió en dos pedazos. El agua sufrió los flujos y los reflujos del mar en su copa de cristal de Bohemia; los bizcochos se dispersaron por el suelo; anunciando el final del desayuno; Lulú se encomendó a todos los santos del cielo; la impasibilidad británica de Fly se contentó con levantar la cabeza.

-Pues mira -dijo la Marquesa, dando con el puño cerrado en el brazo de la butaca-. El Padre Jacinto manda en su sotana, y la Madre Catalina en sus enaguas, y yo mando en mi hija, ¿te enteras…?

Lulú no se enteraba: asustada la pobre niña, había cruzado sus manitas, y rezaba mentalmente, sin darse cuenta de ello, aquella oración del Trisagio: «Aplaca, Señor, tu ira, tu justicia y tu rigor: ¡misericordia, Señor!». La Marquesa continuó elevando progresivamente la voz, hasta las últimas notas de un furioso crescendo.

-Vendrás esta noche al baile de la Embajada, por encima del sombrero de teja del Padre, y por encima de la toca de la Madre… ¡Irás con el traje escotado que va a traer la modista…! ¡Bailarás con el duquesito, porque así se lo he prometido yo, y porque es menester que aprendas lo que el Padre Jacinto y la Madre Catalina debieron haberte enseñado…! ¡Es menester que aprendas a obedecer a tu madre!

-Pero, mamá -exclamó Lulú llorando a lágrima viva-; si me dijo el Padre Jacinto…

-¿Qué más dijo el Padre Jacinto?

-Que si usted me lo mandaba y yo no podía convencerla, que en las dos cosas obedeciese.

-¡Pues como no me has convencido, vendrás al baile de pie o de cabeza!

-Sí, señora; iré de pie, y como usted mande.

La Marquesa bajó dos puntos el diapasón de su cólera, y añadió en tono dogmático:

-El tercer mandamiento de la ley de Dios manda honrar padre y madre.

-No es el tercero, mamá; es el cuarto. El tercero es santificar las fiestas.

-¡El tercero o el cuarto, o el veinte milquinientos! -exclamó la Marquesa, que estaba más fuerte en el reparto de la última ópera, que en el orden riguroso de los preceptos del Decálogo-. ¡Lo que importa es que lo tengas presente!

-Sí, señora; haré lo que usted mande.

-¡Pues no faltaba más, sino que pretendiese el Padre Jacinto turbar la paz de mi casa…!

-No, señora, no -le interrumpió Lulú-. El Padre Jacinto es un santo.

-¡Pues que lo pongan en el altar, y le enciendan dos velas! -replicó violentamente la Marquesa-. Pero de ninguna manera tolero que por causa de sus chocheces, me seas desobediente.

-Pero, mamá, si…

-¡Calla…! Y mira que no le vayas a hablar al duquesita del Padre Jacinto, ni de la Madre Catalina, ni de novenas, ni de las bobadas del colegio… Ya ese tiempo pasó, hija mía: ahora es menester que pienses en que eres ya una señorita que va a entrar en el mundo… Por eso quiero presentarte esta noche en la Embajada… El duquesito es un pollo de lo más agradable que darse puede…; te quiere muchísimo. No queda día que no pregunte por la bella Lulú…

-¿Por mí? -dijo Lulú, abriendo los ojos asombrada-. ¡Pues si sólo una vez le he visto en la vida!

-¿Y qué te pareció?

-Me pareció muy tonto.

-¿Tonto…? ¿Tonto el chico más a la moda de Madrid…? ¿Tonto el mejor partido de la Corte?

-¡Pues si no me dijo más que tonterías…!, que si el Real estaba lleno y el Español vacío…, que su caballo «Pitt» había ganado una copa en el hipódromo…, que iba a introducir la moda del frac encarnado… Yo le dije que parecería un cangrejo…

-¿Eso le dijiste? -exclamó otra vez sulfurada la Marquesa.

-Se me escapó sin pensar, y creo que no le gustó, porque se puso muy serio.

-¡Pues claro está…! ¿Cómo había de gustarle…? Vamos, si esta hija mía parece que viene de las Batuecas… ¡Decirle que parecería un cangrejo…! ¿A quién sino a ti se le ocurre semejante sandez…? ¿Sabes lo serio que ha sido el asunto de los fracs colorados? Periódicos muy formales han discutido si debía o no admitirse, y justamente el duquesito era el defensor más acérrimo… ¡Y decirle que parecería un cangrejo…! Vamos, si eso no se le ocurre más que… al Padre Jacinto o a la Madre Catalina…

-¿Pero yo qué entiendo de eso, mamá? -dijo Lulú apurada.

-Pues aprende, o a lo menos calla, que ni siquiera a callar has aprendido en el colegio… Éste es le fruto de la decantada educación de las monjas, que tu abuela me obligó a darte -prosiguió la dama en tono patético-. ¡Para esto me impuso el inmenso sacrificio de tenerte en el colegio, separada de mí, hasta los 17 años…!

La señora Marquesa mentía al decir esto con un descaro digno de su lavandera: la pobre Lulú había permanecido en el colegio hasta los 17 años, porque estorbaba a su madre por la vida, no licenciosa, pero sí frívola y disipada que llevaba: porque la edad de la niña ponía de manifiesto que la de la señora Marquesa había pasado mucho tiempo antes los límites de la juventud: porque le era preciso a su vanidad ocultar todo el tiempo posible aquellos años que todos los ardides de la infeliz no lograban borrar de su inexorable fe de bautismo; aquellos años que sonriendo irónicamente iba contando la muerte: aquellos años en que los pasatiempos y frívolos devaneos de la mujer habían ahogado los sencillos, los puros, los santos goces de la madre… ¡Aquellos años que habían de ser juzgados día por día, hora por hora, momento por momento, en el terrible tribunal en que sentencia Jesucristo las almas de los muertos…!

 

II

Las lamentaciones de la dama fueron interrumpidas por Nanette, la doncella francesa, que anunció la llegada del traje de la señorita.

La Marquesa lanzó una exclamación de alegría y se levantó para recibirlo: Lulú no se movió de su sitio. Un criado entró cargado con una inmensa excusabaraja de finísimos mimbres, y la depositó sobre la alfombra. Nanette levantó la tapa, y apareció el confuso remolino de gasas, crespones, flores y cintas, que constituían el traje de baile. La misma Marquesa, ayudada por Nanette, colocó artísticamente el vestido sobre un diván de raso azul celeste: era de gasas blancas, y no tenía más adornos que algunas guirnaldas de jazmines.

-¡Lindísimo! -exclamó la Marquesa, buscando para contemplarlo el verdadero punto de vista-. ¡Qué sencillez, y al mismo tiempo qué novedad y qué elegancia…! ¡Ah!, si madame Tétevide es la encarnación del gusto parisiense… Mira, Lulú, mira… ¡Vas a tener un succés asombroso…!

La señora Marquesa participaba en alto grado de la elegante manía criticada ya por el Padre Isla en aquella célebre aleluya:

Yo conocí en Madrid una marquesa.

Que aprendió a estornudar a la francesa.

Lulú no se movió de su sitio, y miraba con tristes ojos el lindísimo traje: su primera mirada había sido para el escote, que en honor de la verdad era todo lo alto y decente que esta moda permite a las señoritas jóvenes: a las señoras casadas, sin que nosotros alcancemos el motivo, se les permite en este caprichoso código ofender con toda libertad el pudor y la modestia.

-Pero, hija, ven acá -gritó la Marquesa-; que no parece sino que te llamo para enseñarte la mortaja.

--Así quiero que me hagan la mía -dijo Lulú levantándose-. Blanca como este traje; pero ha de ser cerrada hasta arriba, y en vez de jazmines tendrá azucenas, que significan pureza.

-¡Vamos! -exclamó la Marquesa dispuesta a encolerizarse por tercera vez-. No falta más sino que nos prediques ahora un sermoncito sobre la muerte y las vanidades humanas… ¡Mira, Luisa, no me seas necia! Entra en mi alcoba y ponte el traje al momento…; quiero ver cómo te sienta y quiero enseñarte a llevar la cola. De seguro que no sabes dar un paso con ella.

Lulú apareció al fin vestida de baile; y al ver retratada su imagen en el inmenso espejo que reflejaba al día las tres o cuatro toilettes de su madre, no pudo menos de sonreírse. Se había encontrado tan bonita, que se olvidó por un momento de la mortaja cerrada hasta arriba, y de las azucenas que significaban pureza. La Marquesa se sonrió también: la mujer había comprendido a la mujer y por eso concibió esperanzas de derrotar al Padre Jacinto.

-¡Delicioso! -exclamaba, arreglando los largos pliegues de la cola del traje-. Anda un poquito para allá, Lulú… Baja un poco la segunda falda, Nanette… ¡Mira, mira esc puff sostenido con dos lazos! ¡Es lo más elegante y atrevido que he visto! ¡Ah! ¡Este puff mariposa es un toar de forme admirable…! ¡Madame Televise es un genio…!

Un golpecito sonó en aquel momento en la puerta del tocador, y una voz varonil gritó desde fuera:

-¿Le es permitido a un simple mortal entrar en el santuario de la diosa?

-¡Adelante, adelante! -exclamó alegremente la Marquesa.

Lulú quiso huir, pero la detuvo su madre diciendo:

-¿Pero adonde vas, hija…? Si es el tío Conde.

El tío Conde era un anciano de franca y noble fisonomía, marcial aspecto, cabellos blancos como la nieve, y en cuyo pecho se destacaba la ilustre cruz roja de la Orden de Calatrava.

-¡Magnífico! -exclamó deteniéndose a la puerta-. ¡Qué grupo tan delicioso…! No os mováis, por Dios, que parecéis así unidas la mañana y la tarde de un hermoso día.

-¡Qué galante ha amanecido hoy el señor Conde! -dijo riendo la Marquesa-: apuesto a que para todo esto en pedirme de almorzar…

-¡Hermosa como la luz, discreta como la sombra! -dijo el Conde sentándose en el diván celeste-. Acertaste, sobrina: vengo a que me des de almorzar, y a que me prestes un coche para ir luego a Palacio. El mío me lo tiene embargado hoy un entierro.

-Admito lo de la mañana y la tarde, en pago del almuerzo, y exijo en pago del coche que me diga usted lo que le parece mi Lulú con su traje de baile.

-Trato hecho -contestó el Conde; y arrellanándose en el diván se caló sus quevedos de oro.

-¡Admirable, admirable, admirable! -decía examinando a la niña de pies a cabeza-. De seguro que cuando llegue a hablar de Lulú el cronista del baile, moja la pluma en bandolina en vez de mojarla en tinta… Hebe, sirviendo la copa a los dioses, será menos hermosa… Ofelia, apareciéndose a Hamlet, menos ideal… Psiquis, elevándose al Olimpo, menos vaporosa… Pero ¿quieres que te diga mi opinión, Lulú, hija mía…? Pues oye el consejo de un viejo. Luce ahora el traje delante de tu madre; lúcelo también delante de este viejo que se ofrece a bailar contigo entre estas cuatro paredes, desde un rigodón hasta una polka… Es más; que se ofrece a traerte aquí dos o tres parejas de su confianza, aunque tenga que buscarlas a la luz de una linterna, como Diógenes buscaba un hombre sentado por el foro de Atenas; porque, aunque no abunden, es cierto que se encuentran. Pero, créeme, hija mía: cuando llegue la hora de ir a la Embajada, cena un huevecito pasado por agua, ponte un gorrito de dormir, y vete a la cama después de rezar el rosario…

-Eso decía yo ahora mismo -exclamó vivamente la niña.

-Y hablaste como un libro -añadió su tío.

-¡Vamos! -dijo impaciente la Marquesa-. ¿Si tendremos aquí otro Padre Jacinto sin manteo ni sotana?

-¿Quién es ese Padre Jacinto?

-Un exclaustrado del año 34, que se cree que estamos todavía en los tiempos de las golas de lechuguilla y de los minués cantados.

-¿Dónde vive? -preguntó gravemente el Conde.

-¿Va usted a confesarse? -replicó con ironía la Marquesa.

-No; porque me confesé ayer: voy a consultarle una duda teológica.

-¿Y cuál es ella?

-Que me parece que la mujer no fue formada de la costilla del hombre.

-Pues téngalo usted por cierto -respondió la Marquesa, sin sospechar adonde iba a parar la broma-. No la formaron de la costilla, sino del corazón: por eso la mujer se lo llevó todo, y el hombre se quedó sin ninguno.

-Cuando las veo a la cabecera de sus hijos, enseñándoles a rezar el Bendito, como a mí me lo enseñó mi madre, que era tu abuela, creo lo que dices, sobrina -respondió el Conde con aquel tono serioburlón de que se servía para hacer a la Marquesa los más tremendos cargos-. Pero te confieso que me vuelve a asaltar mi duda cuando, satisfechas con esas baratijas de tocador, las veo dar más importancia a los bullones de un puff que… al gobierno de su casa.

El Conde iba a decir que a la educación de sus hijas, pero la presencia de Lulú lo contuvo.

-Pero ¿cuál es esa duda? -preguntó la Marquesa, sin darse por entendida.

-Pues ya lo he dicho: que la mujer no fue formada de la costilla del hombre.

-¿Pues de qué lo fue entonces?

-Del rabo de una mona [1] -dijo gravemente el Conde.

Lulú se echó a reír a carcajadas. La Marquesa se mordió los labios: acostumbrada, sin embargo, a las indirectas del Conde, que había sido para ella su segundo padre y cuya rica herencia esperaba, contestó chanceándose:

-¡Vaya con el señor Conde! En cuanto vio seguro el almuerzo ha dado ya al traste con todas sus galanterías.

-Y no creas que esto me lo ha dicho la falsa ciencia de algún darwinista -prosiguió el anciano-. Me lo dijo el buen sentido de un pobre patán que conocí en mis posesiones de Andalucía.

-¡Bien decía yo que la tal sentencia me olía a ajos!

-La verdad nunca huele a ámbar en las narices que escuece, sobrina… Explícame, si no de otro modo, estos dos hechos en que mi filósofo de los campos fundaba su sistema. Primero, que las monas no tengan rabo; segundo, que tengáis alguna de vosotras esas tendencias darwinísticas…

-Ya no me extraña que si tal concepto le merecían las mujeres, jamás haya usted querido volverse a casar después de viudo.

-No, hija mía; porque habrás notado que no he dicho todas, sino algunas… Si todas fueran así, no me hubiera casado nunca.

-¿Sabe usted lo que estoy pensando, tío? -dijo la Marquesa, picada hasta lo sumo-: que podría usted irse con mi hija a dar por ahí una misión contra los bailes y las modas. Lulú personificaría la inocencia; usted, tío -añadió recalcando la frase-, podría personificar el arrepentimiento.

-Con lo cual nadie podría argüirme de que hablaba de lo que no entendía.

-Pero sí de que el diablo, harto de comer carne, se había metido a fraile.

-¿Y crees tú que si ese señor Mefistófeles pusiera al servicio de Dios su experiencia de diablo y su ciencia de ángel, no haría mucho fruto?… Si Lulú quiere, esta misma noche empezaremos la misión a la puerta de la Embajada.

-Sí, tiíto -respondió Lulú alegremente-: más fácil me será aprender el sermón que bailar con esta cola.

-Pues queda convenido -asintió el Conde-. Predicaré por una ventanilla del coche y diré a las madres de familia: «Ciegas fuisteis para vosotras: ciegas sois para vuestras hijas… Vuestra ceguedad os disculpa… en parte. Cuidad de que no sea también vuestra ceguedad la que os condene…». Y asomándome por la otra ventanilla, porque dividiré el auditorio por sexos, como hacen en las sinagogas, diré a los padres de familia: «¡Perdisteis la memoria, señores míos…! ¡Acordados de que ya no sois vosotros los galanes…! ¡Acordaos de que las damas son ahora vuestras hijas…!».

-Pues si todos entienden el sermón como yo -dijo Lulú moviendo la cabeza-, no serán muchos los convertidos.

-No importa que tú no lo entiendas… Mira cómo tu madre me entiende.

-Entiendo, tío mío, que me está usted haciendo una mala obra -dijo sentida la Marquesa.

-La del padre que corrige -replicó el Conde, inclinándose a su oído-, la del amigo que salva…

-¿Pero acaso soy yo una samaritana?

-¡No por cierto…! Eres una mariposa y tu hija necesita un ángel de la guarda.

La Marquesa se echó a llorar. Lulú, que nada había advertido, dijo muy seria:

-Pues si usted predica desde la ventanilla, yo predicaré desde el pescante y diré a todo el auditorio: «Señores: las doce han dado ya: tengo mucho sueño, y no puedo dar un paso sin tropezar con esta cola… ¡Con que, muy buenas noches, que me voy a cenar con mi tío un huevo pasado por agua, y a acostarme después de rezar el rosario…!».

Y haciendo una graciosa cortesía, echó a correr hacia la alcoba de su madre para despojarse de su traje de baile. Detuviese, sin embargo, en la puerta, y preguntó sonriendo:

-Mamá…: ¿le encargo al tío que prepare el huevo pasado por agua?

La Marquesa estuvo a punto de decir que sí: el Conde la interrogaba con la vista.

-¡Imposible! -dijo al fin, contestando a éste-: he dado mi palabra al Duque.

-¿Y qué importa? -insistió el anciano en voz baja.

-Se disgustaría, y no quiero que por mí pierda Lulú la mejor boda de la Corte.

 

III

A las tres de la madrugada arrancaba de la Embajada el magnífico landó de la Marquesa, conduciendo a ésta y a su hija de vuelta del baile.

Envuelta Lulú en su albornoz forrado de pieles, se había recostado en un rincón del coche sin decir palabra: hallábase cansada, nerviosa, y sentía un fuerte dolor de cabeza.

-¿Tienes sueño, Lulú? -le preguntó su madre.

-Mucho -contestó la pobre niña-. ¡Si viera usted cómo me duele la cabeza!

-Eso es la falta de costumbre: mañana podrás desquitar el sueño.

Lulú no contestó, y la Marquesa calló también, preocupada, no con la insignificante dolencia de su hija, sino con aquellas últimas palabras del Conde, que acudían en aquel momento a su memoria con esa pertinacia, con esa fuerza convincente, con esa claridad avasalladora con que el remordimiento presenta al hombre después de cometida la falta, aquellas mismas razones que antes de cometerla encontraba la pasión tan débiles e ilusorias. Las conveniencias sociales, el porvenir de su hija, la boda del duquesito, pretextos todos con que había querido engañar a este necio que se llama uno mismo, tan fácil de persuadir cuando se halaga su deseo, desaparecieron en aquel momento cual desaparecen en la oscuridad los falsos colores de un prisma, para hacerle ver en toda su desnudez aquella amarga verdad que, entre bromas y veras, le había dicho el anciano: «Tu frivolidad, tu loco afán de gozar y divertirte, es lo que disfrazas con las exigencias de tu rango y del porvenir de tu hija».

«¡Es cierto! ¡Es cierto!, dijo amargamente la Marquesa. ¡Lulú necesita un ángel que guarde y no que exponga su inocencia…! Yo no soy una samaritana, ¡es verdad…!, ¡pero soy una mariposa, frívola madre de… orugas!».

Una tos seca y nerviosa se escapó en aquel momento del pecho de Lulú, y un ¡ay! doloroso acudió a sus labios.

-¿Qué es eso, hija mía? -exclamó asustada la Marquesa.

-No sé, mamá -respondió Lulú-: me duele aquí en el costado derecho… Será el corsé, que me aprieta un poco.

Lulú despidió a su doncella después de vestirse una bata de noche: dejóse caer entonces en una pequeña butaca forrada de raso color de rosa, y permaneció largo rato inmóvil, mirando sin ver, con los ojos fijos en el suelo. Quería darse cuenta de sus impresiones; pero las ideas se agolpaban con tal rapidez a su mente, que la aturdían, sin que pudiese analizarlas y ni aun siquiera definirlas. Sentíase por otra parte sumamente fatigada: agudas punzadas taladraban sus sienes, y aquel dolor del costado derecho la hacía toser de cuando en cuando seca y dolorosamente. La pobre niña se levantó para acostarse: un pensamiento la detuvo, sin embargo. Grave como un aviso del cielo, distinto como una luz de Dios, había acudido a su memoria el último consejo del Padre Jacinto, la súplica diaria de la Madre Catalina: «No te acuestes un solo día sin hacer antes examen de conciencia».

Lulú se dirigió a un precioso reclinatorio gótico, colocado a la cabecera de su cama. Había en él una pequeña estatua del Sagrado Corazón, que había traído del colegio, igual en todo a la grande que tenían en el altar mayor de la capilla. Lulú se arrodilló ante aquel antiguo amigo, que desde su infancia le había mostrado el corazón abierto, y apoyando la frente en ambas manos, comenzó a abrirle de par en par el suyo. Así pasó un cuarto de hora: levantó al fin la cabeza, y sus ojos fueron a encontrarse con los ojos de la imagen: los de Cristo reflejaban amor inmenso; los de Lulú, inocencia perfecta.

Rezó entonces el acto de contrición, y dio al Señor humildes gracias por haberla preservado de toda culpa. El mal espíritu tocó entonces con su inmundo dedo aquella pura frente para despertar en ella este pensamiento:

«¿Ves cómo tu madre tenía razón…? El Padre Jacinto exageraba… ¡En nada has ofendido al Sagrado Corazón de Cristo!»

A poco dormía Lulú fatigosamente, y parecíale hallarse en los salones de la Embajada valsando con el duquesito. La orquesta tocaba un vals de Strauss, y Lulú se divertía mucho atravesando a la carrera, como en otros tiempos, el patio del colegio, aquel salón inmenso que crecía, crecía siempre, como si la pared del fondo huyese ante Lulú para dejarle más ancho campo. Los caballeros le decían al pasar que era bonita; pero Lulú no hacía caso, porque una calavera se asomó por el marco de un espejo y le dijo con la misma voz del Padre Jacinto: «¡Lo que tú eres fui; lo que yo soy serás!».

El duquesito valsaba muy bien: llevaba el frac colorado, y Lulú se reía porque le parecía un cangrejo que valsaba tan de prisa, tan de prisa, que la niña sintió al fin un vahido y quiso detener a su pareja; pero el Duque soltó una carcajada, y siguió valsando al compás de la orquesta, tan rápido ya, que era vertiginoso. Lulú se echó a llorar, porque el Duque la agarraba con dos manos fuertes como tenazas de hierro, que le hacían un mal horrible en el costado derecho. Llamó a gritos a su madre, pero su madre la miraba riéndose, y se echaba fresco con el abanico. Llamó entonces al tío Conde: pero el tío Conde no estaba allí; por eso no contestaba, y la pobre Lulú seguía valsando, valsando al compás de aquella música más rápida que la bajada del infierno.

De repente le faltó la luz y le faltó el suelo, y los zapatitos de raso de Lulú se hundían en una tierra húmeda y pegajosa que le daba escalofríos; pero seguía valsando al compás de la orquesta, que ya no era de violines y flautas, sino chirimías y gritos de buhos, porque el duquesito le clavaba cual una garra la mano derecha en el costado, causándole aquel dolor atroz que la hacía toser cruelmente. Vio entonces en la oscuridad que la linda persona del Duque despedía un fulgor asqueroso que a ella no le tocaba, pero que sin saber cómo, ella misma encendía: vio que clavaba los ojos cual dos saetas envenenadas en su rostro y en su cuello desnudo, arrojando unas llamas impuras que aterraron a la pobre Lulú, porque amenazaban manchar la blancura de su alma, como mancha la baba de un caracol los pétalos de una rosa… ¡Y a pesar de todo, Lulú seguía valsando, porque su madre se lo mandaba…!; ¡porque ningún auxilio humano la socorría…!

De repente vio a lo lejos, sin saber cómo, un grupo de árboles, y un hombre postrado en tierra, como pintan a Jesús en el huerto de los olivos. Lulú gritó «¡Jesús mío!», y Jesús se puso en pie a aquel grito, hermoso, fuerte, imponente, con el Corazón llagado en las manos como le había visto tantas veces en el altar del colegio; como le acababa de ver en la imagen del reclinatorio; pero el Duque seguía valsando sin soltar su presa, y lanzaba a veces feroces rugidos. Jesús levantó la mano con imperio y le mandó detenerse; pero el Duque levantó la suya sin soltar a Lulú, y descargó un bofetón en la mejilla de Cristo.

«¡Perdón, Jesús mío, que yo soy la causa!», gritó Lulú retorciéndose las manos.

Jesús retrocedió dos pasos y arrojó al suelo para detener al Duque un puñado de su propia sangre; pero el Duque no soltó a Lulú, y siguió valsando sobre la sangre de Cristo.

«¡Perdón, Jesús mío, que yo tengo la culpa!», gimió Lulú mesándose el cabello.

Y Jesús, para salvar a la niña, arrojó al suelo, a los pies del Duque, su Corazón henchido de angustia.

Pero el Duque siguió valsando sin soltar a Lulú, y levantó el pie para pisar el Corazón Sagrado de Cristo.

Lulú dio un grito espantoso, y se encontró al despertar sentada en su lecho. Allí estaba sobre un sillón el blanco traje de baile; allí estaba en el reclinatorio la imagen de Cristo: en el costado derecho sintió la pobre niña el horrible dolor que le causaba en sueños la férrea mano del Duque. La luz del sol traspasaba ya las cortinas de color de rosa, prestando a toda la alcoba un tinte risueño…

Al grito de Lulú acudió desalada su doncella; detrás llegó la Marquesa anhelante. Lulú, pálida, desencajada, con los ojos fuera de las órbitas, tosiendo de un modo que helaba la sangre, tendió los brazos a su madre: ésta se arrojó en ellos llorando:

-¡Mamá!, ¡mamá! -decía Lulú en voz tan profunda y queda, que aterraba el oírla-. ¡Allí! ¡Allí…!, en el baile…, en el huerto, el Duque pisaba la sangre… ¡Yo, no…!, ¡yo no pequé…!, ¡no, no, Dios mío…!, pero por mi culpa…, ¡por mi culpa pisaba aquel hombre la sangre de Cristo!

Y una convulsión terrible retorció el cuerpo de la infeliz niña, como los anillos de una culebra.

-¡Lulú!, ¡hija mía! ¡Luisa…!, ¡hija de mi alma! -exclamó la Marquesa-. ¡Serénate, por Dios…! ¡Eso es una pesadilla…!

-¡No!, ¡no!, ¡no! -gritó Lulú con una energía horrible-. ¡En el baile fue donde soñé…! ¡En el sueño fue donde estuve despierta…!

Aterrada la Marquesa envió a buscar al médico y éste declaró sumamente grave el estado de la niña. Tenía, a su juicio, una pulmonía fulminante, cogida sin duda al salir de la Embajada, y aumentaba el peligro una horrible excitación nerviosa, cuya causa no comprendía.

 

IV

Tres días después el gran salón de la Marquesa se hallaba de arriba abajo colgado de raso blanco: en medio se levantaba un catafalco de terciopelo también blanco. Sobre él yacía el cadáver de Lulú: su mortaja era blanca como su traje de baile; pero estaba cerrada hasta arriba, y en vez de jazmines tenía azucenas, símbolo de la pureza…

Las manos de la niña sostenían la pequeña imagen del Sagrado Corazón que había traído del colegio.

Ella misma lo había así dispuesto.

 

FIN

 

5 de enero de 2026

VARIACIONES DE UN PAISAJE EN LLAMAS

 



 

A duras penas llegué a casa, si así podía llamársele. Se había reducido a dos largos pasillos, separados tan sólo por una frágil pared que quería a gritos desmoronarse. La oscuridad disimulaba muy bien el desorden y la suciedad del lugar. Sabía que seguramente no había nadie allí, en lo que solía ser mi casa, pero aún así necesitaba rodearme de algo familiar, objetos, entornos. Me dirigí al otro pasillo, el más largo y devastado. En esa inmensa soledad, sentí miedo. Advertí que alguien pasó suavemente a mi lado. Debió haber sido mi imaginación, o acaso algún perro vago.

¿Cuánto tiempo ha pasado ya? ¿Semanas, meses? No lo sé. No se sabe nada del exterior ni de ninguna parte. Como podría esperarse en estos casos, no hay energía eléctrica ¿Habrá sido un desastre natural? ¿Una bomba? ¿Misiles que algún maldito país lanzó? Si sólo tuviera alguna información… ¿Sería diferente? No lo creo, de cualquier manera, estamos condenados.

***

Desde ayer no he visto a mi hermana. Mi perro también desapareció. Sospecho que se lo comieron. Yo no me atrevo a matar para sobrevivir. Si sigo así, moriré de hambre.

***

“¡Qué vergüenza admitirlo! Es increíble cómo algo que antes me provocaba repulsión, ahora me haga salivar ante su sola presencia”, pensé mientras masticaba la mitad del cuerpo de la cucaracha. Era como comer mantequilla de maní con un toque de chocolate. Lo más cercano a una golosina que podría hallar en esta ruina en la que se había convertido el mundo. Las patitas me hacían cosquillas en el paladar. Al principio me ponía muy nerviosa, sentía que iba a vomitar; sin embargo, con el tiempo una se acostumbra a todo.

***

La gente no se oculta, ¿para qué? Lo más probable es que ya esté todo contaminado. Últimamente se me ha estado cayendo el pelo a mechones. Los sobrevivientes tienen pústulas en la cara y en otras partes del cuerpo. No hay espejo donde me pueda mirar. Cuando me toco las mejillas o la frente, percibo deformidades; mis dedos quedan húmedos y cubiertos de una sustancia pastosa.

Hace un rato, entre un grupo de andrajosos, me pareció ver a mi hermana. Cuando me acerqué, salió huyendo junto con los otros. No me reconoció. ¿Por qué no lo hizo? Creo que era ella, o quizá murió. En realidad, ya no tengo las cosas muy claras.

***

No sé cuánto tiempo ha pasado. Yo sigo volviendo a casa, o a lo que queda de ella.

En el fondo del pasillo, en lo que alguna vez fue mi habitación, entre escombros encuentro una radio. Debe haber sido mía, aunque no la recuerdo. “¡Tiene que funcionar, tiene que funcionar!”, trato de convencerme. Reviso el compartimento de las pilas para ver si las tiene. Sí, allí están. ¿Podría sintonizar algo? Sé que no hay energía eléctrica, de todas formas para algo podría servir.

***

Ayer, cuando buscaba insectos para comer, encontré un CD enterrado. Mejor dicho, encontré una caja mediana con varios CDs, quebrados todos ellos a excepción de uno: un disco de Vivaldi. La caja del CD estaba un poco trizada. Cuando lo metí en la radio se saltó casi todas las pistas, menos la número 7: Trío Sonata en Re menor, “La Follia”. Escucharla es lo único que me consuela por las noches, sobre todo ahora que ni siquiera las estrellas se pueden observar. Y pensar que llegará el día en que las pilas se hayan gastado y ya no podré escucharla más. Entonces seguiré reproduciéndola en la memoria hasta el día en que muera.

***

El color del cielo ha ido mutando con el paso de los días. Antes era blanquecino, poblado de una neblina espesa que nunca se iba. Ahora cada vez que miro al cielo -ojalá fuera sólo el cielo- veo partículas fosforescentes flotando en el aire. Debe haber algún elemento químico en la atmósfera.

***

Un hedor espantoso inunda el ambiente. Imagino que son los cadáveres putrefactos de las primeras víctimas, o de los que poco a poco se han ido rindiendo. Tal vez aún siguen con vida, ¿pero en qué condiciones? No deseo averiguarlo. Sé que tendré el mismo fin.

***

 

Mientras escucho “La Follia”, súbitamente la radio deja de funcionar. La noche queda sumida en un silencio sepulcral, sólo roto por los quejidos de un moribundo que se escuchan en la lejanía. Unos metros más allá, el paisaje está plagado de árboles quemados, estatuas carbonizadas de apariencia fantasmal, mi única compañía en esta noche.

Una lágrima rueda por mi mejilla, un mudo lamento por aquellos que perdí, un duelo por mí misma. Trato de reproducir mentalmente la sonata para así no olvidarla, sin embargo la angustia no me deja continuar.

Mi cabello se ha caído completamente, ya no tengo uñas y me quedan apenas unos cuantos dientes. La fetidez que me acompaña a todos lados sólo puede significar una cosa: me estoy pudriendo en vida. Sólo ruego a quien sea -algún ser supremo, si existe- que todo acabe pronto, o que al menos pierda la consciencia de una vez para no tener que seguir soportando esta horrible y lenta muerte. Con todo eso en mi cabeza, me recuesto en el colchón mugriento, cierro los ojos y ruego no despertar nunca más.

 

FIN

 

4 de diciembre de 2025

EL TERCER CÍRCULO {Relatos}

 



 


 

Hay más cosas en el barrio chino de San Francisco de las que se pueden soñar en el cielo y la tierra. En realidad, Chinatown se divide en tres partes: la que enseñan las guías, la que no te muestran y aquella de la que nadie ha oído hablar jamás. Esta historia tiene que ver con esa última parte. Podrían escribirse un montón de ellas sobre ese tercer círculo de Chinatown, pero, creedme, nunca se escribirán…, al menos hasta que el barrio haya sido, por así decirlo, drenado de la ciudad, del mismo modo que se draga una ciénaga fétida, y entonces podremos ver la vida extraña y temible que se agita ahí abajo, supurando en lo más hondo…, que se arrastra y se retuerce entre el barro y la oscuridad. Si creéis que esto no es cierto, preguntad a algún detective chino (la patrulla habitual no es de fiar) y pedidle que os cuente la historia del caso de Lee On Ting, o lo que le hicieron al viejo Wong Sam, que creyó que podría acabar con el tráfico de muchachas esclavizadas, o por qué el señor Clarence Lowney (un sacerdote de Minnesota que creía en los métodos directos) es ahora un «peligroso» interno del Manicomio Estatal… Pedidles que os expliquen por qué Matsokura, el dentista japonés, volvió a casa sin cara… Pedidles que os cuenten por qué los asesinos de Little Pete nunca serán descubiertos, y decidles que os hablen de la pequeña esclava Sing Yee o…, no, pensándolo bien, esa historia os la podéis ahorrar.

La historia que os voy a contar aquí empezó cerca de veinte años atrás, en un restaurante See Yup de Waverly Place -derruido hace ya mucho tiempo-, pero no sé dónde acabará. Creo que aún continúa. Empezó cuando el joven Hillegas y la señorita Ten Eyck (eran del Este y se habían comprometido) acudieron al restaurante Las Setenta Lunas ya avanzada la noche de un día de marzo. (Fue al año siguiente de la caída de Kearney y el posterior desconcierto de los beisbolistas aficionados).

-¡Qué sitio tan bonito, pintoresco y antiguo! -exclamó la señorita Ten Eyck.

Se acomodó en un taburete de ébano con asiento de mármol, y posó en el regazo las manos enguantadas, mirando a su alrededor hacia los enormes farolillos colgantes, las doradas pantallas grabadas, los lacados, los taraceados, el vidrio de colores, los robles enanos plantados en macetas de satsuma, la marquetería, las esteras pintadas, las metálicas jarras de incienso, altas como la cabeza de un hombre, y todas las grotescas baratijas de Oriente. A esas horas no había un alma en el restaurante. El joven Hillegas acercó un taburete para sentarse frente a ella y apoyó los codos sobre la mesa, echándose el sombrero hacia atrás y sacando un cigarrillo.

-Es como si estuviésemos en la misma China -comentó.

-¿Como si?… -repuso ella-. Estamos en China, Tom… En un trocito de China trasplantado aquí. ¡Aunque toda América y el siglo diecinueve estén a la vuelta de la esquina! ¡Mira! Hasta se puede ver el hotel Palace desde la ventana. Y más allá, por encima del tejado de ese templo, el Ming Yen, ¿no?, puedo ver las habitaciones de la tía Harriett.

-Pues mira, Harry -el nombre de pila de la señorita Ten Eyck era Harriett-, vamos a tomar el té.

-¡Tom, eres un genio! ¡Será muy divertido! Pues claro que hay que tomar el té. ¡Qué risa! Y hasta puedes fumar, si te apetece.

-Ésta es la manera de conocer sitios -dijo Hillegas mientras encendía un pitillo-. Ir metiendo las narices por ahí sin que nadie te vigile y descubrir cosas. Las guías nunca nos han traído hasta aquí.

-No, nunca lo han hecho. Y me pregunto por qué. Lo hemos tenido que encontrar solitos. Así que es nuestro, ¿verdad, cariño?, por haberlo descubierto.

En aquel momento Hillegas estaba convencido de que la señorita Ten Eyck era la chica más guapa que hubiera visto jamás. Había en ella una gran delicadeza…, una indudable elegancia en su vestido hecho a medida, así como en la apenas perceptible inclinación de aquel sombrero nuevo que realzaba su encanto. Era guapa, sin duda alguna, poseía esa belleza fresca, vigorosa y saludable que sólo se halla en ciertos especímenes de genuina estirpe americana. De pronto, Hillegas extendió el brazo sobre la mesa, la cogió de la mano y besó el pequeño bulto redondo de carne que quedaba al descubierto donde se abotonaba el guante.

Apareció el mozo chino para tomarles el pedido, y mientras esperaban el té, las almendras secas y los trocitos de sandía, la pareja se acercó a la balconada que daba al exterior para contemplar las calles que se oscurecían.

-Ahí está de nuevo el adivino -observó Hillegas-. ¿Lo ves? Ahí abajo, en los peldaños de ese templete.

-¿Dónde? Ah, sí, ya lo veo.

-Hagámosle subir, ¿vale?, que nos eche la fortuna mientras esperamos.

Hillegas gritó para que viniera y, finalmente, consiguió que el hombre entrara en el restaurante.

-¡Caramba! Usted no es chino -dijo Hillegas cuando el adivino se colocó bajo el círculo de luz del farol. El otro le mostró unos dientes marrones.

-Mitad chino, mitad canaco.

-¿Canaco?

-Como en Honolulu, ¿sabe? Mi madre señora canaca, lavaba la ropa de marineros allá en Kaui. -Y se echó a reír como si acabara de explicar algo gracioso.

-Pues te llamaré Jim -dijo Hillegas-. Quiero que nos eches la buenaventura, ¿sabes? Qué va a ser de la señora. Con quién se va a casar, por ejemplo.

-No futuro… Tatuajes.

-¿Tatuajes?

-Sólo tatuajes. Todo pájaros. Tres, cuatro, siete, muchos pajaritos en brazo de señora. ¿Qué? ¿Quiere tatuaje?

Se sacó de la manga una aguja de tatuar y apuntó con ella hacia el brazo de la señorita Ten Eyck.

-¿Tatuarme el brazo? ¡Menuda idea!, aunque podría ser divertido, ¿verdad, Tom? La hermana de la tía Hattie volvió de Honolulu con una mariposita preciosa tatuada en el dedo. En parte me apetece hacerlo. Y sería tan excéntrico y tan original…

-Pues que te lo haga en el dedo, entonces. Si te lo hace en el brazo, nunca podrás ponerte un vestido de noche.

-Pues claro. Puede hacerme un tatuaje en forma de anillo, y siempre puedo taparlo con el guante.

El chino-canaco dibujó una mariposilla de aspecto fantástico en un trozo de papel con un lápiz azul, lamió el dibujo un par de veces y lo enrolló en torno al meñique de la señorita Ten Eyck, el meñique de la mano izquierda. Cuando desprendió el papel mojado, la huella del dibujo quedó impresa en él. Luego vertió la tinta en una pequeña concha marina, sumergió la aguja en ella y, en diez minutos, había terminado el tatuaje de un insecto pequeño y grotesco que tanto podía ser una mariposa como cualquier otra cosa.

-Ya está -dijo Hillegas cuando el trabajo hubo concluido y el adivino se hubo marchado-. Ya es tuyo, y nunca se esfumará. Ahora más te vale que no planifiques un pequeño robo, ni falsifiques un cheque, ni estrangules a un bebé para quedarte con su collarcito de coral, porque siempre te podrán identificar por esa mariposa que tienes en el meñique de la mano izquierda.

-Casi lamento habérmelo dejado hacer. ¿No se irá nunca? ¡Caramba! Pero la verdad es que lo encuentro muy chic -dijo Harriett Ten Eyck.

-¡Pero bueno! -clamó Hillegas, poniéndose en pie de un salto-. ¿Dónde están el té, los pastelitos y demás? Se hace tarde. No nos podemos pasar la noche esperando. Voy a ir a buscar al chico y meterle prisa.

El chino al que le habían hecho su pedido no se hallaba en aquella planta del restaurante. Hillegas bajó la escalera en dirección a la cocina. En aquel lugar no parecía haber ni un alma. En la planta baja, sin embargo, donde vendían té y seda salvaje, Hillegas encontró a un chino que estaba haciendo cuentas sirviéndose de unas bolitas ensartadas en alambres. El chino en cuestión era un tipo con muy buen aspecto que lucía gafas redondas con montura de carey y un vestido que parecía un batín, hecho de satén azul acolchado.

-Oye, John -le dijo Hillegas-. Quiero algo de té, ¿me oyes? Arriba. Restaurante. Díselo al mozo chino, que no aparece ni a tiros. A ver si os ponéis en marcha, ¿vale?

El comerciante se dio la vuelta y miró a Hillegas por encima de las gafas.

-Ah -dijo con parsimonia-. Lamento la demora. Sin duda alguna ahora mismo le atenderán. ¿Es usted nuevo en Chinatown?

-Ejem…, pues sí… Yo…, lo somos, sí.

-Sin duda…, ¡sin duda! -murmuró el otro.

-Supongo que usted es el propietario, ¿no? -se aventuró a preguntar Hillegas.

-¿Yo? ¡Oh, no! Mis agentes tienen una casa de sedas aquí. Creo que alquilan los pisos de arriba a los See Yup. Por cierto, acabamos de recibir un lote de chales de seda india que tal vez le gustaría ver.

Extendió un montón de chales sobre el mostrador y seleccionó uno que era especialmente hermoso.

-Permítame -comentó en tono solemne- que se lo ofrezca como un regalo para su distinguida acompañante.

Hillegas sintió que se despertaba su interés por ese oriental extraordinario. Estaba ante un aspecto de la vida china que nunca había visto ni tan siquiera sospechado. Se quedó un ratito hablando con ese hombre, cuya actitud podría haber sido la de Cicerón ante una asamblea del Senado, y se despidió de él tras acordar que lo visitaría al día siguiente en el consulado. Volvió al restaurante y se encontró con que la señorita Ten Eyck se había ido. Nunca la volvió a ver. Ni él ni ningún otro hombre blanco.

Tengo un amigo en San Francisco que se hace llamar Manning. Es un vagabundo de la Plaza -es decir, que se pasa el día durmiendo en la vieja Plaza, esa aglomeración a la que ha ido a parar tanto desecho humano-, y de noche va a lo suyo por Chinatown, una manzana más arriba. En otros tiempos, Manning fue un submarinista que buscaba perlas en Oahu, y ahora, desde que le estallaron los tímpanos en una de sus inmersiones, puede echar humo por ambas orejas. Ese logro fue lo primero que hizo que me cayera simpático, pero luego descubrí que sabía más de Chinatown de lo que es habitual y hasta prudente saber. El otro día tropecé con Manning a la sombra del barco de Stevenson, recuperándose de los efectos de una borrachera de ginebra sin diluir, y le conté, o más bien le recordé, la historia de Harriett Ten Eyck.

-Me acuerdo -dijo él, apoyado en un codo y mascando hierba-. Se armó un buen lío en su momento, pero nunca se llegó a saber nada… Nada más que un buen follón y además liquidaron a uno de los detectives chinos en el callejón del Tahúr. Los See Yup trajeron especialmente a un tío de Pekín para que se encargara del asunto.

-¿Un sicario? -le pregunté.

-No -repuso Manning soltando escupitajos verdosos-. Era un Kai Gingh de dos cuchillos.

-¿Y eso?

-Dos cuchillos…, uno en cada mano… Cruzas los brazos y luego los juntas, derecha e izquierda, en plan tijeras… Casi parte en dos a aquel tío. Le pagaron cinco mil. Después de eso, los detectives dijeron que no podían encontrar ni una sola pista.

-¿Y de la señorita Ten Eyck no volvió a saberse nada?

-No -contestó Manning, mordisqueándose las uñas-. Se la llevaron a China, supongo, o puede que a Oregón. Ese tipo de cosas era una novedad hace veinte años, y por eso se armó la que se armó, supongo. Pero ahora hay un montón de mujeres que viven con chinos y a todo el mundo le trae sin cuidado, aunque sean chinos de Cantón, la clase de coolies más baja. Una de ellas vive en Saint Louis Place, justo detrás del teatro chino, y es judía. Una pareja de lo más extraña, la hebrea y el mongol, y tienen un niño con el pelo cobrizo y rizado que da masajes en un hammam. Curiosa pandilla, sí, y hay otras tres blancas en un tugurio de esclavas que está debajo del salón de bronceado de Ah Yee. Ahí es donde me proveo de opio. Incluso hablan un poquito de inglés. Es gracioso: hay una que es muda, pero si la emborrachas lo suficiente se suelta un poco en inglés. ¡Te lo juro! Se lo he visto hacer a menudo…, la puedes emborrachar hasta que se lanza a hablar. Te voy a decir una cosa -añadió Manning poniéndose de pie con esfuerzo-. Ahora me voy para allá a ver si consigo algo de drogas. Puedes acompañarme y cogeremos a Sadie (se llama Sadie), la pondremos hasta arriba y le preguntaremos si ha oído hablar de la señorita Ten Eyck. Tienen un gran negocio -dijo Manning mientras íbamos hacia allá-. Son Ah Yee, esas tres mujeres y un policía llamado Yank. Recogen todo el yen shee, o sea, el residuo que queda en las pipas de opio, ¿sabes?, y lo convierten en pastillas que les pasan de extranjis a los presos de San Quintín a través de alguien de confianza. Cuando llega al patio del presidio, la dosis de droga ha subido de cinco dólares a treinta. Cuando yo estaba allí, vi cómo apuñalaban a un tipo por una pastilla del tamaño de un guisante. Ah Yee consigue el material, las tres mujeres lo convierten en píldoras y el policía, Yank, se lo pasa como sea a sus compinches. Ah Yee es ya un hombre rico e independiente, y el policía tiene una cuenta bancaria.

-¿Y las mujeres?

-¡Ésas son esclavas!… ¡Las esclavas de Ah Yee! Y suelen llevarse un guantazo a la primera de cambio.

Manning y yo dimos con Sadie y sus dos compañeras cuatro pisos por debajo del salón de bronceado, sentadas con las piernas cruzadas en un cuarto del tamaño de un baúl grande. En un principio, estaba convencido de que eran chinas, hasta que mis ojos se acostumbraron a la oscuridad que reinaba en aquel lugar. Iban vestidas al estilo chino, pero enseguida reparé en que tenían el cabello castaño y el puente de la nariz alto. Estaban elaborando píldoras con el contenido de una jarra de yen shee que estaba en el centro, en el suelo, y movían los dedos con una rapidez que llegaba a parecer horrible.

Manning habló con ellas brevemente en chino mientras encendía una pipa, y dos de ellas le contestaron con el genuino sonsonete de Cantón: todo vocales y ni una sola consonante.

-Ésta es Sadie -dijo Manning señalando a la tercera chica, que se mantenía en silencio.

Me volví hacia ella. Estaba fumando un puro y, de vez en cuando, escupía a través de los dientes, como lo haría un hombre. Esa mujer era una bestia de aspecto temible, arrugada como una manzana seca, los dientes ennegrecidos por la nicotina y las manos huesudas y prensiles como las garras de un halcón… Pero se trataba sin duda alguna de una mujer blanca. Al principio, Sadie se negaba a beber, pero el olor de la lata de ginebra de Manning acabó con sus objeciones: al cabo de media hora, su locuacidad era imparable. No sé decir cuál era el efecto que causaba el alcohol en sus paralizados órganos del habla. Sobria, no soltaba prenda; ebria, podía emitir una serie de discretos gorjeos pajariles que sonaban como una voz que llegase desde el fondo de un pozo.

-Sadie -dijo Manning mientras expulsaba humo por las orejas-, ¿qué haces viviendo en Chinatown? Eres una chica blanca. Tendrás familia en algún lado. ¿Por qué no vuelves con ellos?

Sadie negó con la cabeza.

-Prefiero al chino -dijo con una voz tan débil que había que esforzarse para entenderla-. Ah Yee es muy bueno con nosotras… Hay mucho para comer, mucho para fumar y todo el yen shee que podamos aguantar. Oh, yo no me quejo.

-Pero sabes que puedes salir de aquí cuando te apetezca, ¿no? ¿Por qué no te largas un día que estés por ahí fuera? Vete a la Misión de la calle Sacramento… Ahí te tratarán bien.

-Oh -dijo Sadie, ausente, amasando una pastilla entre las manchadas palmas de las manos-. Llevo aquí tanto tiempo que ya me he acostumbrado, supongo. No tengo nada que ver con los blancos. Me quitarían el yen shee y los puros, y eso es casi todo lo que necesito actualmente. Si te dedicas al yen shee durante un tiempo, acabas por no desear nada más. Pásame la ginebra, ¿quieres? Me voy a desmayar de un momento a otro.

-Espera un poco -dije yo agarrando del brazo a Manning-. ¿Cuánto tiempo llevas viviendo con chinos, Sadie?

-Oh, yo qué sé. Toda la vida, intuyo. No recuerdo gran cosa del pasado… Sólo fragmentos aquí y allá. ¿Dónde está esa ginebra que me prometiste?

-¿Sólo fragmentos aquí y allá? -le pregunté-. ¿Puedes recordar cómo te embarcaste en esta clase de vida?

-A veces sí y a veces no -respondió Sadie.

Y, de repente, la cabeza se le desplomó sobre el hombro mientras se le cerraban los ojos. Manning la zarandeó fuertemente.

-¡Para! ¡Para! -exclamó ella incorporándose-. Me muero de sueño, ¿no lo ves?

-Despierta y mantente despierta si puedes -le dijo Manning-. Este señor quiere preguntarte algo.

-Ah Yee se la compró a un marinero en un barco de juncos del río Pei Ho -intervino una de las mujeres.

-¿Qué me dices, Sadie? -inquirí-. ¿Has estado alguna vez en un junco en un río de China? ¿Eh? Intenta recordarlo.

-No lo sé -dijo ella-. A veces creo que sí. Hay muchas cosas que no puedo explicar, pero es porque no recuerdo mucho a largo plazo.

-¿Alguna vez oíste hablar de una chica llamada Ten Eyck…, Harriett Ten Eyck, que fue secuestrada por unos chinos aquí en San Francisco, hace mucho tiempo?

Se hizo un largo silencio. Sadie miró fijamente hacia delante, con los ojos abiertos como platos; las demás mujeres seguían haciendo pastillas a buen ritmo. Manning contempló la escena por encima de mi hombro sin dejar de echar humo por las orejas; y, entonces, los ojos de Sadie empezaron a cerrarse y su cabeza se inclinó hacia un lado.

-Se me ha acabado el puro -murmuró-. Dijiste que me traerías ginebra. ¡Ten Eyck! ¡Ten Eyck! No, no recuerdo a nadie con ese nombre. -La voz se le quebró súbitamente, y luego suspiró-. Oye, ¿cómo me hicieron esto?

Extendió la mano izquierda y vi una mariposa tatuada en el meñique.

 

FIN

 

18 de noviembre de 2025

La profecia final {relatos]

 


 


La Tierra quedó devastada y, tras años de radiación y mutaciones, los humanoides ni sabían ni recordaban la historia de la humanidad. La cotidianidad consistía en cazar escorpiones y ciempiés gigantes para alimentarse, procurando actuar en grupos; uno que apuntara las lanzas hacia la boca y el centro de los ojos de las bestias y otro que enlazara el aguijón, pues en el caso en que éstas se vieran en peligro de muerte se clavaban el aguijón ellas mismas, envenenando la carne. La cacería se llevaba a cabo especialmente en la penumbra que precedía el alba o el ocaso, pues la destrucción de gran parte de la capa de ozono hacía que la exposición al sol fuese demasiado grande como para siquiera soportar estar bajo sus rayos. Podían correr erguidos, mas se estaban adaptando a correr a cuatro patas nuevamente.

Subsistían como grupos de humanoides nómadas, sin embargo la inclemencia del clima impedía emprender largas migraciones. Su piel era correosa y negra, pues la melatonina protegía de los rayos UV que entraban directamente a la atmósfera. La naturaleza siempre adaptándose pese al maltrato que le infringieron los antepasados de estos seres, que estaban pagando el precio de haber sido la especie más evolucionada en la historia del planeta. Algunos seres humanos partieron en viajes intergalácticos en busca de nuevos planetas que les proporcionaran las condiciones necesarias para sobrevivir, pero estas migraciones fracasaron tras la Gran Explosión Nuclear. La humanidad tal y como se conoció a mediados del siglo XXI estaba extinta del todo; el polvo que era, polvo fue.

Mas en ese lenguaje rudimentario de los nuevos humanoides persistía la tradición oral y la creencia tan arraigada de los seres pensantes en la Divinidad, fuerzas que podían desviar el aguijón del escorpión que era cazado, que permitían encontrar plantas que no fueran amargas o venenosas por la radiación o que permitían encontrar un pozo en donde el agua fuese más dulce, conocimiento que era dominado y monopolizado por los sacerdotes, que a su vez apoyaban o destituían a los gobernantes de las tribus.

Y apareció entre ellos el Extraño, de piel pálida y velluda, cuyas palabras eran difíciles de entender, mas los sorprendía con sus milagros. Curaba enfermos y resucitaba muertos, se comportaba de manera afectuosa. Un extraño hombre que tanto se parecía a los Antiguos y que tanta desconfianza estaba empezando a generar entre los sacerdotes y los gobernantes por la cantidad de adeptos que se unían a su causa. Al mismo tiempo apareció el Extranjero, cuya influencia en los poderosos aumentaba a medida que les iba revelando secretos e historias de los Antiguos, especialmente de un libro con un extraño signo en la solapa. Los poderosos no sabían leer, pero el Extranjero les fue revelando de a poco lo que el libro contaba. Les hizo jurar primero que no dirían nada de los que les estaba hablando y les contó que el Extraño ya era conocido por los Antiguos y que había una manera en que podrían lograr que el planeta volviera a ser como era antes de la Gran Explosión, que precisamente para ello habían venido el Extraño y él mismo, justo en ese momento.

Les pidió que los acompañara a una de las ruinas de los Antiguos y dentro de los restos de una iglesia les enseñó la figura del Crucificado. Les dijo que ese hombre había muerto en la cruz para salvar a la humanidad y lavarla de sus pecados con el derramamiento de su sangre. Que primero había predicado la palabra de Dios y les había prometido el Reino de los Cielos y que tuvo que ser sacrificado para que Dios perdonara a la humanidad. Que ahora había vuelto y que de seguro Dios los perdonaría a todos y volvería a transformar a la tierra en un Paraíso si lo sacrificaban de nuevo, en la cruz, como la primera vez. Les dijo que para que la profecía pudiera cumplirse, el Extraño no podría saber que él les había revelado su historia y que deberían dejarlo por un tiempo más compartiendo con la tribu hasta que llegara el momento preciso en que el holocausto se repitiera, que no escucharan sus súplicas llegado el momento, porque al fin y al cabo el miedo lo invadiría como a cualquier otra persona. Les ordenó llamar de uno a uno a los integrantes de la tribu, hacerles prometer bajo juramento que nada revelarían al Extraño y que se prepararan para amarlo de tal forma que su muerte los redimiría a todos tal y como fue prometido.

El Extraño sabía que para que su nueva misión pudiese cumplirse tendría que combatir con el Extranjero. Lo presentía y lo sabía cerca, aunque se ocultara de él. Lo que no sabía era de la influencia directa que en esta oportunidad el Extranjero estaba ejerciendo sobre la gente. El combate tendría lugar y una vez que el Extranjero fuese derrotado, el Reino de los Cielos podría ser instaurado sobre la tierra con el Extraño como Rey de Reyes, pues así estaba escrito en el libro de las Revelaciones.

La tribu, que nada sabía de profecías y de segundas venidas, entendió el sentido del sacrificio para aliviar sus penurias. Cuando el Extraño menos se los esperó, lo rodearon en un abrazo amoroso y mortal y, a pesar de que se debatía y gritaba, lo crucificaron fuera del pueblo, en lo más hondo del desierto. De nada valió que Jesucristo les rogara, que les explicara que el Extranjero era el Anticristo y que, si lo mataban, el infierno se instauraría de una vez y para siempre. Se apuraron a amarrarlo fuertemente a la cruz pese a sus súplicas. Lo besaban y acariciaban entre tanto, agradeciéndoles todos los milagros que había hecho por ellos y procuraron retirarse al ocaso, justo antes de que anocheciera. Jesús quedó gimiendo pese a que no estaba herido, pero cuando vio que los escorpiones gigantes empezaban a acercarse, comenzó a aullar.

 

FIN

 

6 de noviembre de 2025

EL ÁNGEL NEGRO {Relatos}

 


La madre del pequeño Dick había muerto. En cuanto a su padre, debía vagar por algún mar de los antípodas; hacía años que no se había oído hablar de él. La familia se preocupaba muy poco de aquel niño rubio que apenas tenía siete años.

-¡Al orfelinato! -decidió el tío Patridge.

Bridge, la nodriza que había cuidado a Dick desde la cuna, lloró aquella decisión con casi todas las lágrimas de su cuerpo.

-Dime, Bridge -preguntó Dick, la víspera de la penosa separación-. ¿Es verdad todo lo que me has contado acerca del Ángel Negro?

Bridge inclinó afirmativamente la cabeza con aire grave. Se trataba de una leyenda irlandesa muy antigua, en la cual creían todos, en su país. Y, siendo así, ¿por qué no tenía que ser cierta?

-Entonces -se obstinó Dick-, cuando los niños son perseguidos por los gigantes, las brujas y los malos espíritus, e invocan al Ángel Negro, ¿responde éste de veras a su llamada?

-Desde luego -respondió Bridge-. Siempre acude en ayuda de los niños que están en peligro.

-¡Oh! -exclamó Dick-. ¡Qué contento estoy! Ahora ya no tengo miedo de ir al orfelinato.

La anciana nodriza alzó su delantal para que el niño no viera sus ojos.

* * *

El orfelinato de M. Bry parecía más una prisión para jóvenes delincuentes que una institución de beneficencia, donde debía conseguirse que los pequeños abandonados por los suyos olvidaran su tristeza.

La comida era mala y escasa, el trabajo pesado y los castigos sumamente duros.

M. Bry era un hombre corpulento de ojos negros y saltones. Su avaricia sólo era superada por su crueldad. Los niños que eran confiados a sus «cuidados paternales» tenían que deshacer cuerdas viejas, pegar papel, confeccionar suelas de zapatillas, exactamente igual que si estuvieran condenados a trabajos forzados.

Aquello significaba para M. Bry un buen dinero, que guardaba en un pesado cofrecillo de hierro, en su habitación, y que contaba y volvía a contar con un morboso placer.

Un día entró subrepticiamente, como un ladrón, en el taller donde se afanaban los pobres huérfanos; y sus ojos sombríos cayeron sobre el joven Dick que, por desgracia, se estaba tomando un pequeño descanso.

-¡Número 51, no haces nada! -gritó, furioso.

-No, señor -respondió ingenuamente el niño-. Estaba contemplando un ratón.

-Un ratón, ¿eh? -aulló M. Bry-. ¿Y ese bicho asqueroso te impide trabajar?

-Es un animalito encantador -aseguró Dick-, y a mí me gusta mucho.

-¡Pues a mí, no! -rugió el director-. ¡Y todavía me gustan menos los gandules!

Agarró al niño por los cabellos y tiró violentamente. -¡Diez latigazos y seis días en el sótano, a pan y agua! Esa fue la sentencia.

* * *

Los sótanos hormigueaban de ratones, a los cuales Dick echaba migas de pan, lo cual les convertía en unos dóciles animalitos.

Lástima que las heridas de su espalda empezaran a infestarse y a hacerle sufrir horrores.

La segunda noche que pasó en aquel horrible sótano, la fiebre provocó en su cerebro toda clase de visiones. Vio a su madre que regresaba de la tienda de la esquina con muchas golosinas. Vio a Bridge…

¡Bridge! ¡Ah, qué tonto había sido al no llamar en su ayuda al Ángel Negro! Pero ahora iba a hacerlo. ¡Sí, inmediatamente!

-Querido Ángel Negro, la espalda me duele mucho, y me siento muy desgraciado…

No tuvo que decir nada más. Oyó rechinar una puerta. Una flecha de luz blanca atravesó las tinieblas. El Ángel Negro se encontraba delante de él.

* * *

Desde luego, era una aparición impresionante. El ser sobrenatural llevaba un traje muy ajustado y un antifaz de terciopelo negro, cuyos agujeros filtraban una terrible mirada de tigre.

Sin embargo, el niño no experimentó el menor temor.

Inmediatamente empezó a contárselo todo. Le habló de su difunta madre, de su querida Bridge, de los malos tratos que le infligía M. Bry y, finalmente, de su esperanza de ver intervenir al Ángel Negro.

-Muy bien, pequeño, estoy aquí para ayudarte. ¡Condúceme a la habitación de Bry!

La voz le pareció muy seca para ser la de un ángel, pero Dick no vaciló un solo instante y tendió su manita hacia la enguantada mano del misterioso personaje.

* * *

Aquella noche, M. Bry se había obsequiado a sí mismo con un enorme filete y una ensalada de langosta, rociados generosamente con un vino de muchos grados. Por eso creyó ser víctima de una pesadilla cuando una mano ruda le sacudió para despertarle y una voz terrible le ordenó que abriera su pesado cofre.

-¡De prisa, canalla! -rugió el desconocido.

M. Bry comprendió entonces que no se trataba de un sueño.

Obedeció y, ahogando un sollozo, vio desaparecer su amado tesoro en una gran cartera de mano.

El Ángel Negro se disponía a marcharse cuando su mirada cayó sobre el pequeño Dick que había observado la escena con un aire asombrado, pero al mismo tiempo satisfecho.

El extraño individuo se inclinó sobre Bry y gruñó:

-¡Esto es por los latigazos, granuja!

M. Bry recibió un solo puñetazo en la cabeza, pero el golpe bastó para deshacerle los sesos.

-Hijo mío -dijo entonces el ser misterioso-, no tienes que decir absolutamente nada de lo que has visto, ¿entendido?

-Desde luego, no diré nada -prometió Dick-. Pero, querido Ángel Negro, ¿querrá usted besar de todo corazón a mi mamá, cuando vuelva al cielo?

Se produjo un largo silencio. Luego, súbitamente, Dick se sintió levantado por un brazo poderoso. Recibió un beso en cada mejilla y notó que algo tibio caía sobre su frente.

-¿Por qué llora usted, querido Ángel Negro? -preguntó.

Pero el Ángel Negro había desaparecido ya, y el pequeño volvió a encontrarse en el sótano, donde varios ratones jugueteaban en medio de un rayo de luna, lo cual le divirtió mucho.

* * *

Llegó un nuevo director, el cual se mostró muy cariñoso con los niños, pero también se presentaron unos hombres de aspecto severo, que formularon a los huérfanos toda clase de preguntas a propósito del difunto M. Bry.

Pero el pequeño Dick cumplió su promesa y no traicionó a su querido Ángel Negro.

 

FIN

 

Traducido del Ingles por Paya Frank