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1 de diciembre de 2022

La historia es un argumento sin fin

 






Clausurando el orden mundial surgido tras el fin de la Guerra Fría, la invasión rusa a Ucrania iniciada el 24 de febrero de este año parece haber reeditado una era de Great Power Politics que muchos creían agotada. Al tiempo que ha generado la mayor convulsión de las últimas tres décadas, con graves riesgos para la paz y la seguridad internacional. Los hechos terminaron de despertarnos del sueño del Fin de la Historia que siguió a la caída del Muro de Berlín y el colapso del comunismo. Cuando, embriagados de optimismo, creímos que teníamos por delante un irreversible camino hacia la economía de mercado y la democracia universal. Acaso un mundo idílico en el que convertidos en la única superpotencia emergente del fin de la bipolaridad y dotados de una superioridad militar indiscutida, los Estados Unidos actuarían como garantes del acceso a los beneficios de la Pax Americana. De pronto, ansiosos por sepultar los horrores del siglo XX, habíamos olvidado que la Historia es un argumento sin fin. A pesar de algunos tempranos llamados de atención. Porque cuando creíamos que la paz y la seguridad internacional no estaría garantizada por el equilibrio de poder sino por la hegemonía benevolente norteamericana, llegó el 11 de septiembre. La atrocidad terrorista sería el primer golpe contundente al Nuevo Orden Mundial e inauguraría un tiempo en el que los presupuestos que siguieron al fin de la confrontación Este-Oeste serían desafiados uno tras otro. Dado que después del breve idilio de los años de Yeltsin y los comienzos de la era Putin, las relaciones entre los antiguos rivales comenzaron a deteriorarse hasta llegar a la enemistad actual. Una instancia que demostró cómo en este pequeño mundo conviven realidades tan diferentes. Porque -como escribió Robert Kagan- Rusia y Europa son geográficamente vecinos que geopolíticamente viven en siglos diferentes. De pronto dos realidades surgidas de sus propias experiencias históricas. En la que habiendo aprendido de las tragedias de lo que Henry Kissinger denominó una segunda guerra de los Treinta Años (1914-1945), la Unión Europea construyó un paraíso supranacional basado en reglas e instituciones trascendiendo a los nacionalismos. Mientras que los rusos mantienen el comportamiento internacional de una potencia tradicional del siglo XIX que no logra escapar del trauma de la pérdida de su imperio y la sensación de amenaza derivada de la expansión de la OTAN. Lo que Kagan explicó en otras palabras al decir que mientras las pesadillas de los europeos son los años 30, las de los rusos son los años 90. Es en este punto en que el 24 de febrero dio inicio al año de mayor agitación de las últimas tres décadas. Por supuesto, no se trató de la primera violación de la soberanía territorial de un Estado desde entonces. La invasión a Irak (2003) -una medida virtualmente unilateral y al margen del Consejo de Seguridad- y la anexión rusa de la península de Crimea (2014) son sólo dos ejemplos de ello. Pero 2022 encendió todas las alarmas. Porque al marchar sobre Kiev, el Kremlin rompió las reglas del derecho internacional contra un país europeo, considerado por propios y ajenos como una línea roja en una geografía estratégica, la que simultáneamente une y divide a Europa de Rusia. Habiendo traspasado ese límite, el extremo marcó un nuevo descenso en el vínculo ruso-norteamericano. Colocando a Rusia virtualmente al margen de las relaciones, como pudo comprobarse por la ausencia del líder ruso en la última cumbre del G20. Hasta llegar al punto de la virtual incomunicación. Un escenario dramático que recordó las palabras del ex secretario de Defensa Robert Gates, quien en su día sostuvo que una Guerra Fría había sido suficiente y que el mundo no podía darse el lujo de que las dos principales potencias nucleares no encontraran algún punto de entendimiento. La confrontación con Moscú, sin embargo, no es la única causa de los riesgos actuales. Porque los EEUU enfrentan -simultáneamente- a China y a Rusia. Dos tradicionales enemigos que han formado una suerte de matrimonio de conveniencia pese a sus ancestrales rispideces y recelos. Enlazadas por una común postura revisionista de rechazo ante las pretensiones hegemónicas norteamericanas, lanzaron una “amistad sin límites” cuando aparentemente en busca de un endoso chino, Putin viajó a Beijing con la excusa del inicio de los Juegos Olímpicos de invierno días antes de lanzarse contra Ucrania. Pero a diferencia de Rusia, China es el único actor con capacidad de ofrecer en palabras y hechos un modelo alternativo al liderado por Washington desde el fin de la Segunda Guerra Mundial. Dado que mientras Beijing se ha elevado hasta alcanzar la categoría de superpotencia económica, la economía rusa conserva una primitiva dependencia de los commodities energéticos y tiene una escala menor a la de Italia. A diferencia de los días de la Guerra Fría, la rivalidad estratégica para los EEUU no proviene de la ex Unión Soviética sino de China. Al punto de virtualmente generar una amenaza geopolítica en los términos de una versión moderna de la Trampa de Tucídides. Una perspectiva que podría presentar un balance de poder desfavorable para los intereses occidentales, como resultado de las relaciones triangulares entre los principales actores del sistema. Una relación de fuerzas que algunos sostienen podría ser mejor atendida procurando una política que coloque a los EEUU frente a China y Rusia en una ecuación de acercamiento mayor a la que éstas tienen entre sí. Lo que equivale a formular la idea de que Washington tarde o temprano deberá intentar separar a Beijing de Moscú. Los historiadores dirán si este aciago 2022 será recordado como el año del peligroso retorno de la política de poder o como la antesala de otras disrupciones. De pronto en escenarios más lejanos pero no menos relevantes, como el del Mar del Sur de China o el del siempre inquietante Estrecho de Taiwán.



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