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27 de marzo de 2024

Una Fiesta en Alta Mar {Relatos}


 


Por alguna u otra razón que nadie -jamás- podrá descifrar, el poeta Franz Kurtz tenía un aire de desdichado al darte los buenos días, y, cuando te cruzabas con él, en una esquina, frente al viejo mercado municipal de las codornices o frente a la destartalada estación del ferrocarril sureño, te decía buenos días como quien dice adiós, y cuando te dabas vuelta, y era él, mientras tú le hacías la gracia de un simpático mono de circo, Franz te miraba sin comprender cuál de los dos tenía la culpa, o qué maldito bien te había hecho la vida (para pasar tanta vergüenza), y cuando tú abusabas en el apretón de las manos, él retiraba la suya, apagando con la frialdad cadavérica de sus dedos las castañuelas resonantes de tu calurosa amistad y, finalmente, cuando le sorprendías pegado a una de las tantas ventanillas del autobús, exhibiendo sombríamente su pasaje al guardia de la empresa, te saludaba sin verte ya, como quien echa al vuelo el pañuelo de un estornudo, nada más.

Qué desencanto la vida para Franz. Y qué soledad la suya, sin el derecho, siquiera, de elegir, porque las novias se le iban para la cuadra de enfrente, siempre inalcanzables con su vestido de primavera y sus cabellos trenzados de aromas de canela.

Pienso que todos los poetas son parecidos a Franz. Franz Kurtz. O casi todos. Por eso el gobierno inventó lo del gran cartel del mar, como primera medida de cultura, para romper la desoladora condición histórica de nuestra mediterraneidad y reconfortar a los intelectuales y a los soñadores como Franz, ávidos de mar.

Gran cartel de mar, el nuestro, con aquellas altas olas artificiales, aquellas espumas congeladas, aquellas gaviotas perpetuadas en su vuelo hacia el norte y aquellos arrecifes de mentira; gran cartel paisajista que los poetas contemplaban, melancólicos, sin que los incomodara el luminoso cartel de Coca-Cola que los oficiales del ejército levantaron como segunda medida de reconstrucción patriótica, gran cartel de mar, que algunos poetas, afectados de sentimentalismo, observaban desde su miserable pensión con catalejos y se echaban luego a llorar, repitiendo que sí, que era nomás el mar, no importa cuánta peregrinación inútil de gaviotas y retorno de loros amarillos, no importa cuantos golpes desiguales de marea, cuanta ilusoria carabela o gabarra deshaciéndose del cascarón de la pintura, era nomás el mar, la mar, no importa cuanta playa de arena cubierta por el hondo sentimiento de aquellas tres valientes palabras: ¡viva la revolución! Que viva la revolución aunque la vida siguiera su curso ordinario dentro de un progreso y una paz sepulcral como nunca tuvimos y los poetas recitaban sus poemas contestatarios, sin que nadie los oyera, salvo el mismo Presidente, quien también escribía sonetos sobre el dorso de cualquier invitación oficial, cultivando el estilo, claro está, de Pablo Neruda: "Puedo escribir los versos más tristes esta noche".

Que viva la revolución, porque al civilismo se lo lleva el aire del ocio mientras que en la refriega todo el mundo cabe en una plaza, y aún se encuentra un lugarcito de margaritas para echarse a morir con la debida gloria; pero, era nomás el mar, no importa cuánto silencio, cuánto caracol como huevo de perdiz, cuanta resolana, cuanto afiche y cuanto espejismo. Por supuesto, el mar que conocíamos no era el mar de verdad que sí rugía y que se traía y que se llevaba a la playa con cada golpe de oleaje, nuestro mar era el mar de las enseñanzas escolares, aprendido de memoria a través de la geografía moderna. Ay, yo daba vueltas, tú dabas vueltas, él daba vueltas al globo terráqueo, y qué duro meterse en la cabeza tan larga asignatura cuyo fundamental misterio era la historia del almirante Colón y sus tres carabelas, ay, tres carabelas llegadas a América por pura inspiración del velamen, y, luego, imaginaros, poder conocer los detalles más curiosos de las altas corrientes marinas, los animales recogidos bajo los perdidos cofres de los tesoros que ninguna empresa tuvo la suerte de hallar y las embarcaciones marinas arrestadas por las plantas musgosas con el último pirata entregado al placer de fumar su pipa, alegre en la popa, imaginaros, poder conocer las diferentes variedades de sales que en octubre se abrían como girasoles bajo el agua mientras el viento de la primavera se llevaba, arriba, las sombrillas cubanas, y aquel guarapo de

los ahogados perdidos de sus madres, de sus novias, de todo el grupo excursionista, por no saber nadar aunque pareciera tan fácil la cosa desde la práctica sobre el taburete.

Caramba, aquello de nadar era toda una ciencia, algo de hacer o no hacer en un arrebato de extremo heroísmo. Lo que se dice nadar, nadar, todos lo hacían pero nosotros no, mas le dábamos pataleos al aire tendidos sobre las sillas y a grandes manotazos avanzábamos, o como que avanzábamos, hasta que toda la tripulación se venía abajo en el preciso instante en que un vértigo de fondo, un salpicón de corales y unas explosiones herbáceas tiraban de las patas de las sillas. Aquí y así como nos ven, tenemos espíritu de mar, tal vez porque sobrevivimos, aun sin crédito extranjero, y nos pasamos noches sin dormir, soplando fogatas frente al gran cartel del mar, y viene cayendo gente a la peña entre el alboroto de los niños y de los perros, y vienen resbalándose las muchachas hasta la peña, entre el apuro y la didáctica por fritar cebollas en el fuego, cebollas que todos comemos, brindando por los buenos tiempos, éstos, los tiempos de las noches estrelladas, de las buenas cosechas, de la gran bendición de los maizales que se arraigan aún en los cementerios, y de la prosperidad de los cafetales, y alguien ya ha traído su piano al oír la buena noticia de que la fiesta es frente al gran cartel del mar, de modo que la humilde vendedora de azahares baila, el usurero italiano baila, y un tercero les hace compás, no hay caso, nadie sabe quien es, pero baila tan bien, tanto para el costado como para el revés, para su pareja como para las demás parejas, baila tan bien el tercero, escondido celosamente dentro de su gran mascarilla de cambá, que todas queremos comprometerlo para que baile conmigo la próxima pieza, algún cielito, tal vez un merequetengue, los pasitos que me enseñaron la tardecita de las azaleas florecidas, cuando mi abuela se reclinaba en su mecedora de mimbre, pero, mira qué gran susto,  el viento se llevó tu mascarilla, Franz Kurtz; quién hubiera sospechado, con ese aire de desdicha que siempre tenías al decir adiós, y con esa prudencia de los tristes con que te acercabas a los bailes para ver a las mulatas mover la calabaza; quién hubiera creído, ahora tú eres el que levanta el polvo con el zapateo, sintiendo que te sofocas con el giro de la comparsa, y sabes que ya es tarde, que la cristalería de tu fama de poeta triste se rompió en mil añicos, de modo que no te queda más remedio que ensoparte en todos los pedidos musicales que la orquesta complazca. Y ahora todos nos metemos en el baile, olvidando las tristes horas que pasamos enjaulados en esta patria miserable, sin mar, sin ejército de marina, sin atardeceres de salitre que golpeen levemente los jazmines de los balcones, todo el mundo metido en el último furgón de la casa, respirando el vaho creciente de los muebles viejos, de los armarios de madera de caoba y del centenario arcón familiar, todo el mundo en la cocina, ordeñando la vaca que si ponemos acá no nos permite caber ahí, que si la ponemos donde sea no nos deja pasar, porque el recinto se ha quedado tan chico después de la última remodelación de la ordeñadora automática.

Y ahora el baile nos queda tan pequeño, tan como encimado porque también han venido los revolucionarios, imagínense, y los poetas de las odas a la Virgen de los claveles, y ha venido el mismo Presidente de la República con su sombrero panameño y su camisa de lino azul, y los niños meten nomás las manos dentro de sus grandes bolsillos repartiéndose caramelos de azúcar quemada y licor. Ay, qué respirada está la noche; cuánto cantar de cigarras subidas a lo alto de los eucaliptos, qué enredo de sables en la vueltita de los charangos como si el baile fuese la misma guerra, y se cumple el pedido de que el Presidente ordene cuál es la mejor pareja, por lo que todo el mundo le saca milagros a sus alpargatas, y tan metidos estamos en la calentura de la fiesta que nadie oye, que nadie oyó el ruido de tren que hace el viento al bajar por las colinas rocosas, hasta que alguien grita desde el campanario que viene el tifón partiendo en dos mitades el gran cartel del mar, y los peces azules se meten dentro de nuestros vestidos, el raso de los líquenes enreda las patas de los caballos y las mulas; son abiertas las jaulas de los caracolitos por la fuerza de los cangrejos que revientan en la fritura de las mazorcas; el mar se nos viene encima con su oleaje de pocillos, platos y vasijas de porcelana porque el barco paisajista naufraga, y alguien grita que pare la fiesta, que calle la orquesta, pero ni modo, con el agua hasta el cuello bailamos la comparsa, llevados y traídos por las olas, libres por siempre jamás.

1977 Relato de Paya Frank @Blogger

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