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21 de febrero de 2024

HISTORIA DE FANTASMAS .- Henry Kane

 


No se puede exigir a los detectives que detengan a los fantasmas. Sencillamente, porque lleva demasiado tiempo. Además, aunque el hábito no hace al monje, un fantasma precisa bastante más que una simple sábana.

Yo no creo en fantasmas. Quizá no crea en fantasmas porque me niego a aceptar lo que de ellos se dice y porque mi mente, rechazando la posibilidad de su existencia, busca otra explicación. En el caso de Miss Troy, esa explicación habría que buscarla en el deseo de morir en las alucinaciones, en el complejo de culpabilidad, en la venganza, en la auto-flagelación y en la doble personalidad. Pero también aquí me encuentro fuera de mi especialidad: yo no soy psiquiatra, soy un detective privado. Hay gente que no está de acuerdo con mis conclusiones, y puede que usted sea uno de ellos. Pues muy bien. Lo único que puedo hacer es exponer los hechos tal como ocurrieron, empezando por aquella resplandeciente y soleada tarde de enero, cuando mi secretaria hizo pasar a Miss Sylvia Troy a mi despacho.

-Miss Sylvia Troy -anunció mi secretaria, y se retiró.

-Soy Peter Chambers -me presenté-. ¿Quiere sentarse?

Era menuda, monísima, muy femenina, de unos treinta años. Su cabello, corto, rizado, rojizo, enmarcaba una carita de enormes ojos oscuros que hubieran podido parecer hermosos de no ser por una expresión casi imposible de describir. Sólo se me ocurre una palabra para definirla: ¡acosada…! Esta palabra, claro, es susceptible de infinidad de interpretaciones diferentes. Sus ojos parecían remotos, ausentes, como si no fueran parte de ella, perdidos.

Se quedó de pie mientras yo, todavía sentado detrás de la mesa, me revolvía inquieto.

-Siéntese, por favor -le dije con tanta cordialidad como pude, dada la confusión que me producía evitar aquellos ojos curiosamente luminosos, extrañamente aislados y tremendamente asustados.

-Muchas gracias -dijo al fin, y se sentó en la butaca junto a mi mesa.

Tenía la voz dulce y preciosa, una voz educada, de cantante profesional: perfectamente modulada en las vocales, bellamente entonada, muy femenina, muy melodiosa. Llevaba un abrigo de lana roja con un pequeño cuello de piel negra, y un bolso de charol negro. Abrió el bolso, sacó trescientos dólares, volvió a cerrarlo, y dejó el dinero sobre mi mesa. Yo lo miraba, pero no lo toqué en absoluto.

-¿No es bastante? -me preguntó.

-¿Cómo dice?

-Me refiero a la manera como lo está mirando.

-Mirando, ¿qué?

-El dinero. Sus honorarios. Lo siento, pero no puedo darle más.

-No lo miraba de ninguna manera, Miss Troy. Lo miro, sencillamente. Trescientos dólares pueden ser suficientes o no…, según lo que desee de mí.

-Deseo que entierre a un fantasma.

-¿Cómo?

-Por favor, Mr. Chambers, le estoy hablando muy en serio.

-Pero, un fantasma…

-Un fantasma que ya ha dado muerte a una persona y amenaza con matar a otras dos.

Dirigí mi inquietud a rebuscar por los bolsillos hasta que encontré un pitillo. Lo encendí y exclamé:

-Miss Troy, enterrar fantasmas no es realmente mi especialidad. Si su supuesto fantasma ya ha matado a alguien, no es aquí a donde debe ir. Hay autoridades encargadas de ese menester, la Policía…

-No puedo ir a la Policía.

-¿Por qué no?

-Porque si cuento mi historia a la Policía, culparán a mis dos hermanos y a mí misma… -dijo, y se calló.

-¿De qué?

-De asesinato.

Hubo una pausa. Permaneció sentada, derrumbada; yo seguí fumando, nerviosamente. De pronto le dije:

-¿Se propone contarme la historia?

-Sí.

-¿No será igualmente acusar…?

-No, no. En absoluto. Debo contársela porque es preciso hacer algo. Porque alguien…, espero que sea usted…, debe ayudarme. Pero si repite lo que voy a decirle a la Policía, lo negaré. Como no existen pruebas, y como yo negaré lo que puede usted repetir, nadie será acusado.

Ya la cosa venía a mi terreno. La gente en apuros es mi especialidad. De no haberse mencionado el fantasma, todo habría pertenecido completa y familiarmente a mi campo de trabajo. De todas formas, estaba ya lo bastante encasillado como para que me decidiera a apagar el cigarrillo en el cenicero, atraer el dinero hacia mí, y decir:

-Está bien, Miss Troy, cuéntemelo.

-Empezó hará cosa de un año. En noviembre pasado.

-Ya.

-Somos…, es decir, éramos…, cuatro en la familia.

-Cuatro en la familia -repetí.

-Tres hermanos y yo. Adam era el mayor. Adam Troy contaba cincuenta años cuando murió.

-¿Y los otros?

-Joseph tenía treinta y seis. Simón tiene ahora treinta y dos. Y yo veintinueve.

-¿Dice que Joseph tenía treinta y seis?

-Mi hermano Joseph se suicidó… Se supone que se suicidó…, hace tres semanas.

-Lo siento.

-Y ahora, si me permite…, un poco de ambientación.

-Se lo ruego.

-Adam, mucho mayor que nosotros, hizo de padre para todos, Adam estaba soltero, era rico y afortunado… Siempre supo ganar dinero… El resto de nosotros, en cambio, no somos nada brillantes. Joseph vendía zapatos, Simón trabaja en una droguería y yo soy artista en un club nocturno. Debo confesarle que no valgo gran cosa.

-Artista de club nocturno. Interesante.

-Hago voces, ¿sabe? Era ventrílocua. Ahora soy imitadora: imito voces, ¿comprende? Nada especial. Me defiendo.

-¿Y Adam? -pregunté-. ¿Qué hacía Adam?

-Era agente inmobiliario y un hábil inversor de Bolsa. Era un hombre pesado y tacaño…, quizá por eso no se casó nunca. Era como un padre para nosotros, pero la verdad es que nunca nos ayudó con dinero a menos que fuera en un caso de emergencia. Ahora bien, consejos…, muchos. Y críticas…, muchas. No puedo decir que se portara mal con nosotros, pero en realidad tampoco fue muy bueno. Supongo que me entiende.

-La entiendo muy bien, Miss Troy.

-Ahora hablaré de los testamentos.

-¿Testamentos?

-Ultimas voluntades y testamentos. Hicimos lo que se llama un testamento recíproco. Si uno muere, lo que deja se divide entre los demás. Estoy segura de que sabe lo que es un testamento recíproco.

-Naturalmente.

-Muy bien. El año pasado, Adam ganó una barbaridad en la Bolsa, y sugirió que nos fuéramos de vacaciones todos juntos, unas vacaciones de invierno, que él pagaría. Un par de semanas al aire libre, esquiando, pasándolo bien, en Ver-mont. Dos semanas en un lugar maravilloso, ¿entiende?

Asentí.

-Nosotros, me refiero al resto, Joseph, Simón y yo…, nos organizamos aquellas dos semanas…, de mediados de noviembre…, y nos fuimos a una cabaña en Mt. Killington, en las Montañas Verdes, de Vermont… -Se estremeció y guardó un momento de silencio. Luego prosiguió-: No sé cómo empezó todo. Quizá los tres pensábamos lo mismo, quizás aquella idea de culpabilidad nos envenenó a todos, pero fue Joseph el que primero habló de ello.

-¿De qué habló?

-De deshacernos de Adam. Adam estaba arriba durmiendo y nosotros tres estábamos sentados ante un gran fuego en la chimenea, bebiendo, emborrachándonos un poco. Fue entonces cuando Joseph lo sugirió y todos estuvimos de acuerdo tan de prisa que fue como si lo hubiéramos dicho todos a la vez. No quiero reprochar nada a nadie. Digo que los tres estuvimos de acuerdo. Ninguno tuvo nunca dinero, dinero en cantidad, y de sopetón se nos ocurrió que podíamos tenerlo, y mucho. -Se estremeció otra vez y se cubrió la cara con las manos. Habló por entre los dedos-. A partir de ahora querría ir de prisa. ¿Puedo?

-De acuerdo.

Dejó caer las manos en el regazo.

-Al día siguiente, bien abrigados con nuestro equipo de esquiar, salimos a explorar la montaña. Una vez arriba del todo, Adam se colocó junto a una grieta, un precipicio, con una caída de unos seiscientos metros con un pequeño torrente al fondo. Joseph se le acercó por detrás, le empujó y Adam cayó. Nada más. Cayó. Y fue cayendo. Nos llegaba el eco de los golpes y luego…, nada. Al regresar dimos parte. Dijimos que había resbalado y se había caído. La Policía investigó, hubo unas preguntas, y nada más.

-¿Y nada más?

-El veredicto del forense fue muerte accidental.

Me levanté de la silla. Di unos pasos por la oficina. Pasé por delante de ella, por detrás y a su alrededor. No se inmutó. Permaneció sentada con las manos apretadas en el regazo. Le dije:

-Está bien. Hasta aquí, está bien en cuanto al crimen. Ahora, por favor, ¿qué fantasma mató a quién?

Permanecía inmóvil. Sólo se movieron sus labios:

-El fantasma de Adam mató a Joseph.

-Mi querida Miss Troy, hace sólo unos minutos me ha dicho que Joseph se había suicidado.

-Lo siento, Mr. Chambers. No le he dicho tal cosa.

-Pero usted…

-Dije que se suponía que se había suicidado.

Admití mi error de mala gana.

-En efecto, así lo dijo. Pero, ¿Cómo puede establecerse la diferencia? Quiero decir…

-¿Puedo explicarlo a mi manera?

-Desde luego. -Volví a mi silla, me senté, la observé mientras hablaba, pero mis ojos no se encontraron con los de ella. De alguna manera, aquella tarde soleada y resplandeciente de enero, en los confines conocidos de mi propio despacho, no pude decidirme a mirar a los ojos de aquella mujer.

-Vivo en la Calle 37 Oeste, en el número 133.

-,Ah!

Y feliz por ocuparme en algo, lo anoté encantado por la rutina prosaica.

-Es un apartamento de una sola estancia, en el cuarto piso, C.

-Ya, ya -murmuré, anotando asiduamente.

-Hace dos meses, exactamente el quince de noviembre, un año después de su muerte, Adam vino a visitarme.

-Adam vino de visita. -Repetí mientras anotaba…, luego tiré el lápiz-. Un momento, Miss Troy.

Plácidamente, inquirió:

-Sí, qué pasa, Mr. Chambers?

-Adam es el individuo que está muerto, ¿sí o no? Adam es el individuo que, al parecer, ustedes asesinaron, ¿no es cierto?

-Sí, lo es.

-¿Y fue a visitarla?

-Precisamente.

-¿Dónde? -suspiré.

-El día quince de noviembre, por la tarde, bajé al supermercado a comprar unas cosas. Cuando volví a casa allí estaba, sentado tranquilamente en una butaca, esperándome.

Recuperé mi lápiz y simulé tomar nota.

-¿Está segura de que se trataba de Adam?

-El fantasma de Adam. Adam está muerto.

-Sí, claro, el fantasma de Adam. ¿Qué aspecto tenía?

-Exactamente el mismo que el día en que murió. Incluso llevaba el mismo equipo…, botas altas, el traje de esquí, verde, y el gorro verde.

-¿Habló con usted?

-Sí.

-¿Qué voz tenía?

-La de siempre. Adam tenía una voz profunda, de gran resonancia. Parecía triste, disgustado, pero no estaba muy enfadado.

-¿Y qué le dijo?

-Que había venido a reclamar el pago. Estas fueron sus palabras exactas…, reclamar el pago. Dijo que primero mataría a Joseph, luego a Simón y después a mí. Se levantó fue a la puerta, la abrió y salió.

-¿Y usted?

-Llamé a mis hermanos, vinieron a mi apartamento y le¡ conté lo ocurrido. Naturalmente, no me creyeron. Me dijeron que era cosa de mi imaginación, que últimamente había estado muy nerviosa. Sugirieron que fuera a ver a un médico. Entre una cosa y otra, no sé cómo me convencieron, y no hice nada…, ni siquiera cuando Joseph fue asesinado.

-Suicidio, bueno, supuesto suicidio…

-Joseph se cortó las venas y murió. Pero no había ningún arma. No se encontró nada junto a su cuerpo; ningún arma ensangrentada en todo el apartamento.

Encendí otro cigarrillo. La llama del fósforo tembló. Lo apagué al instante y lo dejé en el cenicero. Aspiré profundamente y pregunté:

-Miss Troy, si no hizo usted nada entonces, ¿por qué lo está haciendo ahora?

-Porque Adam volvió a visitarme anoche. Cuando volví al trabajo estaba sentado en la misma butaca, vestido exactamente como la otra vez. Dijo que había cumplido su propósito con Joseph…, y que Simón era el siguiente. Luego se levantó, abrió la puerta y salió.

-¿Y usted?

-Me desmayé. Cuando me repuse perdí los nervios. Luego, ya tranquila, me cambié el maquillaje y fui directamente a casa de mi hermano Simón. Era ya muy entrada la noche, pero no me importó. Simón vive en la Calle 4 Oeste, muy cerca de donde trabajo. Estuve llamando hasta que se despertó y me dejó pasar. Le conté lo ocurrido y tampoco me creyó. Me dijo que insistía en que fuera a ver a un médico y que él iba a arreglarlo para que me viera. Hoy decidí que tenía que hacer algo al efecto. Yo había oído hablar de usted…, y aquí estoy. Por favor, Mr. Chambers, ¿querrá ayudarme? Por favor. Se lo ruego.

-Haré cuanto pueda -repliqué. Hice las preguntas pertinentes y tomé nota de nombres, direcciones y números de teléfono, de dónde trabajaba, dónde trabajaban sus hermanos y demás. Luego apunté mi número de teléfono particular en una de mis tarjetas profesionales y se la di-. Puede llamarme aquí, o a mi casa, siempre que quiera.

-Gracias.

Me sonrió por primera vez, agradecida.

Guardé los trescientos dólares en un cajón de la mesa.

-Está bien. Vámonos.

-¿Irnos? ¿Dónde?

-Me gustaría ver su apartamento. ¿Puedo?

-Claro que sí. -Se levantó-. Es usted muy minucioso, ¿verdad?

-Así es como trabajo yo.

El apartamento situado en un cuarto piso, pertenecía a una casa recién restaurada, de seis pisos sin ascensor. Era un apartamento minúsculo, de una sola estancia: una pequeña sala de estar, con armario empotrado, un cuarto de baño y una cocinita. No había ventana alguna en la cocina, sólo una en el cuarto de baño y dos en la sala de estar…, cada una con cierre de seguridad por dentro.

-Perfecto -dije-. ¿Mandó usted poner los cierres?

-No. Lo hizo el antiguo inquilino.

-Son de buena calidad y están en perfecto estado -aprobé, y proseguí con mi inspección-. Veo que no hay salida de incendios.

-Es innecesaria. Las salidas se eliminaron cuando se restauró la vivienda: eran feísimas y además la casa está a prueba de fuego.

En cambio la cerradura de la puerta era deficiente: sencilla, anticuada, no se precisaba ningún experto para abrirla; tampoco la puerta tenía protección: ni un solo pasador.

-Esto no sirve -mascullé.

-¿Cómo dice?

-Mire, no sé quién entra en su casa, fantasmas o no, pero cualquiera lo puede hacer con un llavín viejo, y para un ratero es pan comido. Esto tiene que desaparecer.

-¿Desaparecer? -preguntó-. ¿Desaparecer?

-¿Dónde está su listín de las páginas amarillas?

Me lo trajo y localicé a unos cuantos cerrajeros, los fui llamando hasta que encontré a uno que estaba libre, le expliqué lo que necesitaba y me prometió venir dentro de media hora. Miss Troy hizo café, preparó unos bocadillos, comimos, charlamos, pero evitando cualquier mención de fantasmas. Ella se fue animando, sonreía con frecuencia, y descubrí que estaba pasando una tarde de lo más agradable.

-¿Por qué no viene a verme esta noche al club? -me dijo-. Le expliqué dónde está cuando tomaba notas en la oficina. Es el Café Bella, en la Calle 3 Oeste, en el Village.

-¿A qué hora es su número?

-El espectáculo empieza a las nueve y es más o menos continuo. Hay seis números… Nadie vale gran cosa. No nos pagan mucho…, pero tampoco trabajamos demasiado; todo el mundo tiene su propio camerino y esto es muy importante. El espectáculo empieza a las nueve y dura hasta las dos, a veces algo más, según vaya el negocio. Entre número y número puedo quedarme en el camerino. No me gusta mezclarme con los clientes y los dueños tampoco nos lo exigen. Me encantaría que viniera y viera mi número.

-A lo mejor -prometí.

Llegó el cerrajero e hizo lo que le pedí. Instaló una fuerte cerradura moderna y un resistente pasador de acero. Le pagué de mi bolsillo y me negué a que Miss Troy me lo rembolsara.

-Saldrá de los honorarios -dije- y a lo mejor da resultado. Quizá no vuelva a ser molestada.

-Ojalá, ojalá. ¡Que Dios le bendiga! Ya empiezo a sentirme mejor. Es como cuando se va a un buen médico, sabe, y le tranquiliza. Solamente con su presencia y su actitud…, y todas esas cosas de locura parecen un sueño, una pesadilla y, de pronto, todo lo espantoso parece una tontería, ¿comprende?

-Sí, lo comprendo y me alegro. Siga pensando así. Ahora debo decirle adiós. Muchas gracias por la comida. -Oh, no hay de qué. ¿Vendrá a verme esta noche? -Lo intentaré.

Simón Troy trabajaba en un drug-store en la Calle 74, esquina con Columbus Avenue. Era un local pequeño, abarrotado, anticuado, que ni siquiera tenía fuente de soda. Olía a hierbas, productos farmacéuticos y germicidas. El polvo cubría las estanterías y el del ambiente en suspensión hacía estornudar. Simón Troy trabajaba solo, era un hombrecito rubio con ojos de cachorro triste, tez pálida y dientes pequeños y amarillos. Su sonrisa, cuando me recibió, era forzada: la sonrisa de un empleado a un.cliente. Le dije quién era y por qué estaba allí.

Una expresión de angustia envejeció su rostro y la sonrisa desapareció de sus labios.

-Si no le importa -me dijo-, pasaremos dentro donde podamos hablar.

La trastienda, un espacio separado de la parte delantera por una gruesa mampara de vidrio, era un lugar estrecho dominado por un mueble de madera lleno de cajones, con un mostrador para preparar las recetas. Había un par de sillas metálicas ya usadas y me indicó una de ellas. Antes de sentarme, le pregunté:

-¿Usted es Simón Troy?

-Sí, sí, naturalmente -contestó, impaciente.

Saqué el paquete de cigarrillos, le ofrecí uno, y lo agarró con sus dedos flacos, huesudos, manchados de nicotina. Encendió mi cigarrillo, luego el suyo, y chupó rápida y ruidosamente. Yo hablaba y él escuchaba atentamente. Le conté todo lo que Sylvia Troy me había contado y le hablé del dinero que me había entregado. Cuando concluí mi relato ya había terminado su cigarrillo y encendió uno de los suyos con la colilla del que yo le había dado.

-Mr. Chambers, me figuro que se da usted cuenta de lo terriblemente preocupado que estoy por mi hermana.

Asentí, pero no dije nada.

-Está enferma, Mr. Chambers. Tengo la seguridad de que usted se daría cuenta.

Volví a asentir, pero esta vez no pude menos que preguntar:

-¿Querrá usted contarme lo que ocurrió en Mt. Kil-lington?

-¿Se refiere a lo de Adam?

-En efecto.

-Ni siquiera estábamos cerca de él. Se había ido a echar un vistazo al borde del precipicio. Nos encontrábamos muy lejos de él, a varios metros de distancia. Los tres estábamos juntos. Debió de darle algo, un mareo quizás. Oímos el grito al resbalar, se cayó al vacío… y desapareció. La Policía de Vermont examinó el lugar después de que les informáramos. Había empezado a nevar y no pudieron encontrar ninguna huella en el borde. Pero de los salientes de las rocas del fondo, a las que pudieron llegar, recuperaron fragmentos de huesos, carne y jirones del traje que llevaba. El cuerpo, por supuesto, jamás fue recuperado.

Metió la punta de su índice derecho entre los dientes y se mordió ruidosamente la uña.

-Mr. Troy -le dije-, ¿tiene usted idea de por qué su hermana ha inventado semejante locura?

-Me temo que sólo hay una explicación. Creo que está al borde de una tremenda crisis nerviosa.

-Pero, ¿hay alguna base para ello? ¿Algún suceso ya pasado? ¿Alguna razón?

-Le habló de los testamentos recíprocos, ¿verdad?

-Sí.

-Bien, la fortuna de Adam, una vez pagados los derechos, fue de cincuenta mil dólares a cada uno de nosotros. Mi hermano Joseph, viudo y sin hijos, era un hombre ordenado, como soy yo. Guardamos ese dinero y seguimos viviendo como hasta entonces…, pero no así Sylvia. Dejó su trabajo en el club nocturno, se fue a Europa y al año se había malgastado toda su herencia. Creo que esto la afectó; el hecho es que al cabo de un año volvía a estar donde había empezado: esto la desquició. Se vio obligada a volver a trabajar, y desde entonces, desde aquel preciso momento, empezó a comportarse de un modo peculiar. Hablaba de un complot, de nuestro complot, para asesinar a Adam. Y ahora de este terrible asunto sobre el espectro de Adam.

-¿Y qué hay de Joseph? ¿De su suicidio? ¿Quiere contármelo?

-Hay poco que contar. Joseph era un hombre sencillo, bueno y meticuloso. Era un hipocondríaco aunque tenía miedo a los médicos. Hace cosa de seis meses empezó a tener dolores de estómago, náuseas, vómitos. Se negaba a ir al médico, hasta que por fin lo arrastré. Los rayos X mostraron una masa en su estómago. Los médicos creían que era un tumor benigno, pero Joseph no. Arreglamos para que le operaran, pero antes de que llegara el momento, se suicidó.

-Sí, lo sé, se cortó las venas. Pero, ¿qué hay de eso de que no se encontró el arma?

Sonrió con tristeza.

-La Policía quedó satisfecha con la explicación. Joseph se suicidó en el cuarto de baño. Se cortó las venas de las muñecas y se desangró. Conociendo a Joseph, sé exactamente lo que hizo, una vez que se decidió. Se encontró una maquinilla cerca de él, pero sin hoja. Así que sacó la hoja, se cortó las venas, la dejó caer en la taza del váter, tiró de la cadena y se dejó desangrar. Había sangre por todo el baño; pero, en efecto, no había cuchilla por ninguna parte. Joseph era meticuloso, un animal de costumbres. Tiró la cuchilla al retrete, y se acabó. La Policía estuvo de acuerdo con mi versión de lo ocurrido. Después de todo, yo era su hermano; le conocía bien.

Me puse en pie, y terminé:

-Muchas gracias.

-Mr. Chambers, por favor.

Parecía turbado, vacilaba.

-Dígame.

-Mr. Chambers -barbotó-, creo que debería devolver el dinero a mi hermana.

-¿Por qué?

-Porque no necesita un detective privado. Lo que necesita es un médico.

-Me inclino a pensar lo mismo.

Sonrió, aparentemente aliviado de que le comprendiera y estuviera de acuerdo con él.

-Ya he buscado -me dijo- y he elegido un especialista de nervios, un psiquiatra o como demonios se les llame hoy en día. Con un pretexto u otro, voy a llevársela.

-Me parece muy bien. En cuanto al dinero, estoy de acuerdo. Lo merece más un médico que yo.

-Es usted muy considerado. Se lo agradezco.

-Pero no creo que deba dárselo a ella -objeté-. Es inútil turbarla más. Se lo entregaré a usted. No llevo dinero ahora, pero se lo daré después, se lo dejaré en su apartamento.

-Guárdese cincuenta dólares, Mr. Chambers. Se los ha ganado usted.

-Gracias. Le veré más tarde.

-¿Sabe dónde?

-Miss Troy me dio su dirección en la Calle 4.

-Es el apartamento 3 A. Y, oh…

-¿De qué se trata?

-La verdad es que trabajo de noche aquí. Tengo el turno desde las dos de la tarde a las diez de la noche. A esa hora cierro, vuelvo a casa, como algo, me ducho y descanso. Así que no llego a casa hasta muy tarde.

-Yo también soy un noctámbulo. ¿Qué le parece si voy a media noche? ¿Estará bien?

-Perfectamente bien. Es usted muy amable, Mr. Chambers.

Nos estrechamos la mano y me fui.

A las diez de la noche, con doscientos cincuenta dólares de los honorarios en el bolsillo, me senté a una mesa de atrás del Café Bella y vi su número. El Café Bella era un local oscuro y sin pretensiones, el servicio era malo, malo el licor y malo también el número de Sylvia Troy. Salió a escena con pantalones y blusa negros, y se dedicó a imitar a unas cuantas celebridades masculinas y femeninas. El tono de su voz era maravilloso…, desde el más profundo barítono a tenor, desde contralto, a mezzosoprano, hasta la voz fina y temblona de las viejas… Pero sus imitaciones estaban pasadas, su material malo, su distribución deplorable, y sus pobres chistes servidos sin una pizca de talento. Me fui a mitad de su actuación.

Cené tarde, entré en algunos locales nocturnos del Villa-ge, tomé unas copas, contemplé alguna que otra bailarina y a medianoche me fui al 149 de la Calle 4 Oeste, que era la dirección de Simón Troy. Un ascensor me subió al tercer piso y una vez allí pulsé el botón del 3 A. No obtuve respuesta. Volví a tocar. Nada. Probé el pomo. La puerta estaba abierta y entré.

Simón Troy estaba sentado mirando fijamente hacia delante, con los codos apoyados en el borde de una mesa camilla. Sobre la mesa un gran vaso de cóctel, vacío, con una cereza en el fondo. Miraba hacia la silla vacía que estaba frente a él. Al otro lado de la mesa, delante de la silla vacía, había otro vaso de cóctel, lleno hasta arriba y sin tocar. Me acerqué rápidamente a Simón Troy, le examiné y me lancé al teléfono para llamar a la Policía e informarles de su muerte.

El encargado del caso era mi amigo el teniente Louis Parker, un detective de la brigada de homicidios. Sus expertos no tardaron en asegurar que la causa de la muerte había sido envenenamiento por cianuro. La cereza del fondo estaba completamente empapada. Las huellas de Simón Troy aparecían en el cristal del vaso. La inspección no encontró frasco, ni recipiente de veneno en el apartamento. Después de retirar el cuerpo y las pruebas pertinentes, nos quedamos el teniente Parker y yo solos, y me dijo:

-Bien, ¿de qué se trata? ¿Cuál es la historia esta vez? ¿Qué está haciendo aquí?

-¿Cree en fantasmas, teniente?

Respondió cautamente:

-A veces. ¿Por qué? ¿Va a contarme una historia de fantasmas?

-A lo mejor -le dije.

Le conté toda la historia y le expliqué lo que estaba haciendo en el apartamento de Simón Troy.

-¡Uau! -exclamó-. Vámonos a hablar con la damita.

Estaba en su camerino. Sostuvo que no se había movido de él, ni del escenario, en toda la noche. Su camerino daba a un corredor que tenía una salida por la parte de atrás que daba directamente a la calle. Parker interrogó a todos los empleados. Ninguno contradijo lo declarado por Sylvia. Entonces Parker se la llevó a la comisaría y yo les acompañé. Una vez allí, la interrogó durante horas, pero ella mantuvo con firmeza que no había salido del camerino excepto para ir al escenario y representar su número. Los policías no dejaban de entrar y salir y el interrogatorio se interrumpió con frecuencia para conferenciar a media voz. Por fin Parker alzó las manos al cielo y le dijo:

-Lárguese. Váyase a casa. Y mejor que no se mueva de allí para que sepamos dónde encontrarla.

-Sí, señor -contestó humildemente, y se marchó.

Nos quedamos silenciosos. Parker encendió un puro y yo un pitillo. Al fin le pregunté:

-Bueno, ¿Qué le parece?

-Creo que la pollita nos está contando un cuento superior a todos los cuentos, y que no tenemos por dónde cogerla.

-¿Y eso, amigo?

-¿Sabe cómo funcionan esos testamentos recíprocos?

-Sí.

-El primero…, el de Joseph…, está todavía en testamentaria, en estudio. Ahora, irá el segundo. Con esos dos hermanos muertos, nuestra damita se embolsará algo más de cien mil dólares.

-¿Y qué?

-Que tenemos a Joseph como suicidado, pero al no encontrar el arma, pudo ser asesinato. Ahora bien, este Simón también pudo suicidarse, ¿verdad? Salvo que no había ningún frasco, ningún recipiente. Esfumado.

Y agitó la mano.

-¿El fantasma? -sugerí.

-La dama -aseguró-. Mató a los dos y contó la historia del fantasma como la más loca cortina de humo que jamás se haya inventado. Y no tenemos la más mínima prueba contra ella. -Sonrió, agotado-. Vaya a casa, muchacho. Parece cansado.

-Y usted, ¿qué? -pregunté.

-Yo, no. Yo no me muevo de aquí. Voy a trabajar.

Llegué a casa a eso de las cuatro y al abrir la puerta el teléfono estaba llamando. Corrí y levanté el auricular. Era Sylvia Troy.

-Mr. Chambers. ¡Por favor! ¡Mr. Chambers!

El terror en su voz me atravesó la piel.

-¿Qué le pasa? ¿Qué ocurre?

-Me ha llamado.

-¿Quién?

-¡Adam!

-¿Cuándo?

-Ahora mismo, ahora mismo. Dijo que venía… a por mí.

Su voz se perdió.

-¡Miss Troy! -grité-. ¡Miss Troy!

-¿Sí?

La voz sonaba debilitada.

-¿Puede oírme?

-Sí.

-Quiero que cierre todas las ventanas con los cerrojos.

-Ya lo he hecho -me contestó con su peculiar tonillo infantil.

-Eche también el cerrojo de su puerta.

-Está echado.

-Bien. No abra la puerta a nadie excepto a mí. Llamaré y le hablaré desde fuera para que sepa de quién se trata. ¿Reconocerá mi voz?

-Sí, Mr. Chambers, sí la reconoceré.

-Bien. Ahora tranquilícese. Voy en seguida.

Colgué, llamé a Parker y se lo dije.

-Ha llegado el momento, sea lo que sea. Tráigase a muchos hombres y mucha artillería. Vamos a encontrarnos a un asesino suelto. Le espero abajo. ¿Conoce la dirección?

-Naturalmente.

Colgué y salí corriendo.

Además de Parker, había tres detectives y tres hombres de uniforme…, uno de ellos llevaba una carabina. Al entrar en el vestíbulo, los detectives y los otros dos policías desenfundaron sus armas. Delante de la puerta del 4 C, Parker me señaló y toqué el timbre.

Una sonora voz masculina respondió:

-¿Sí? ¿Quién es?

-Peter Chambers. Quiero hablar con Miss Troy.

-No está aquí -tronó la voz.

-Mentira. Yo sé que está aquí.

-Ella no quiere hablar con usted.

-¿Y usted quién es?

-No le importa -retumbó la voz-. Márchese.

-Lo siento, pero no me voy.

La voz tonante sonó irritada.

-Mire, tengo una pistola en la mano. Si no se marcha voy a disparar a través de la puerta.

Parker me apartó a un lado, y gritó:

-Abra. ¡Policía!

-No me importa quién sea -tronó la voz de nuevo-. Les advierto por última vez. O se marchan o disparo.

-Y yo le advierto -gritó Parker- que o abren la puerta o dispararemos. Voy a contar hasta tres. A menos que nos abra, entraremos a tiro limpio. ¡Uno!

Nada.

-¡Dos!

Una risa sonora y burlona.

-¡Tres!

Nada.

Parker hizo una señal a los policías y movió la cabeza. Un chorro de balas traspasó la puerta. Se oyó un grito estridente, un golpe y después…, silencio. Parker señaló a los dos detectives, que eran hombres fornidos. Sabían lo que tenían que hacer. Se lanzaron contra la puerta, hombro con hombro, al unísono, una y otra vez. La puerta crujió, volvió a crujir, cedió y, por fin, se soltó de los goznes.

Sylvia Troy estaba tendida en el suelo, muerta por las balas de la carabina. No había nadie más en el apartamento. La puerta había estado cerrada con llave y el cerrojo echado. También las ventanas estaban cerradas y aseguradas por dentro. La inspección fue rápida, experta e inequívoca, pero aparte del cuerpo de Sylvia Troy…, y de nosotros, ahora…, en el apartamento no había nadie más.

El teniente Louis Parker se me acercó con la mirada beligerante, pero desconcertada, con el rostro furioso y brillante bajo una capa de sudor. Sus hombres, altos, musculosos, fornidos y fuertes, se habían agrupado, como niños silenciosos, junto a él.

-¡Qué demonio! -exclamó el teniente Louis Parker, y sus palabras eran como un murmullo ronco-. ¿Qué es lo que piensa, Peter?

Yo tuve que aclararme la garganta antes de poder hablar, pero me afirmé en lo ya dicho:

-Yo no creo en fantasmas.

Quizá no crea en fantasmas porque me niego a aceptar lo que de ellos se dice y porque mi mente, rechazando la posibilidad de su existencia, busque otra explicación. En el caso de Miss Troy, esa explicación habría que buscarla en el deseo de morir, en las alucinaciones, en el complejo de culpabilidad, en la venganza, en la autoflagelación y en la doble personalidad.

Hay quien no está de acuerdo con mis conclusiones.

Tal vez usted sea uno de ellos.

 

FIN

 


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