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29 de febrero de 2024

EL COSTO DE KENT CASTWELL Avram Davidson


 


 

CLEM GOODHUE FUE A RECIBIR EL TREN en su taxi. Si acaso viniera a bordo la anciana señora Merriman, tendría al menos asegurado un viaje. Además, a la señora Merriman, por una extraña razón, se le metió en la cabeza que la tarifa mínima era de un dólar. En realidad era de setenta y cinco centavos, pero Clem no se sintió obligado a sacarla de su error. Sin embargo, esa mañana ella no estaba a bordo del tren. En cambio, Sam Wells sí. Volvía de la ciudad -?de presentar una solicitud de aumento en su pensión?-, pero Sam Wells jamás pagaría cinco centavos para recorrer cualquier distancia menor de ocho kilómetros. Clem no se volvió a mirarlo.

Tras el viejo Sam, una jovencita flaca de pelo castaño descendió del tren, seguida por una joven, también delgada y de pelo castaño, y Clem pensó que sería la hermana mayor. En realidad era su madre.

Después de eso apareció Kent Castwell.

Clem ya lo había visto antes, a principios del verano. En Ashby los fuereños no son numerosos, mucho menos aquellos que se portan mal y causan conmociones en los bares. Clem por eso no lo olvidaría pronto. Un tipo grandulón y fornido que siempre parecía estarse burlando despectivamente. Pero la mujer y la jovencita no estaban con él en aquella otra ocasión.

-¿Taxi? -ofreció Clem.

Castwell, sin hacerle ningún caso, comenzó a bajar equipaje del tren. Pero la mujer joven, que tomaba de la mano a la chica, se dio la vuelta y dijo:

-Sí… Espere un minuto.

-¿Adónde vamos? -preguntó Clem una vez que el equipaje estaba ya cargado en el taxi.

-A la antigua casa de Peabody -repuso la mujer?-. ¿Usted sabe dónde queda?

-Sí. Pero ahí ya no vive nadie.

-Eso fue antes. Ahora viviremos ahí nosotros.

El grandulón blasfemaba intentando manipular la manija de la portezuela, que estaba atada con cuerdas.

-¿Por qué no la arregla o consigue un carro nuevo?

-Eso cuesta dinero -repuso Clem-. ¿A la casa de Peabody? Tendré que cobrarles tres dólares por el viaje.

-¡Vámonos, maldita sea, vámonos ya!

Ya en marcha, Castwell dijo:

-Le daré dos dólares. Seguramente el doble de la tarifa real, de cualquier modo.

Clem protestó, volviendo un poco la cabeza:

-Ya le dije, señor. Son tres.

-Pues yo le digo, señor -dijo Castwell, remedando el acento de Nueva Inglaterra del chofer?-, que solo le daré dos.

Clem arguyó que la casa de Peabody quedaba lejos. Mencionó el precio de la gasolina, las condiciones de la carretera, el desgaste de las llantas. El grandulón respondió con un bostezo y enseguida barbotó una palabra que Clem usaba muy raras veces, y jamás en presencia de mujeres o niños. Pero aquella mujer y la niña no parecieron oírlo.

-Deténgase en la oficina de bienes raíces de Nickerson -?indicó Castwell.

Levi P. Nickerson, que se desempeñaba además como tasador de impuestos del municipio, lo recibió:

-Señor Castwell. ¿Y supongo que ella es la señora Castwell?

-Suponga lo que le dé la gana -repuso Kent. Y enseguida se rio de manera desagradable. La mujer sonrió apenas, y L. P. Nickerson se permitió una risita también, antes de aclararse la garganta. La gente de la ciudad tenía un sentido del humor raro.

-A ver, señor Castwell. El lugar que usted ha alquilado. No me di cuenta, mejor dicho, usted no mencionó a esta joven.

-¿Y eso qué? Es asunto mío. Mire, no tengo todo el día…

Nickerson comentó que la casa de Peabody era un lugar solitario, aislado, sin otras casas en un radio de dos kilómetros, y que en el barrio no vivía ningún otro niño. La señora Castwell (si acaso era realmente su esposa) repuso que no importaba, porque Kathie pasaría la mayor parte del tiempo en la escuela.

-La escuela, sí. Bueno, eso será problemático. El autobús escolar tendrá que desviarse casi cinco kilómetros de la ruta regular para recoger a su pequeña. Eso significará pavimentar el camino; la nieve se acumula en esta parte. Hasta ahora, como nadie vivía en la casa de Peabody, no tuvimos que molestarnos con arreglar el camino. Eso significa…

Se puso a contar con los dedos.

-… que le va a costar a Ed Westlake, el conductor del autobús, más de lo calculado cuando preparó su contrato; el municipio requerirá hacer más gastos para mantener abierta la carretera. Además del costo de la escuela de la niña. Un tercer desembolso.

Kent Castwell se limitó a decir que la situación no le concernía, y pidió:

-He venido por las llaves, Nick.

La expresión del agente de bienes raíces por un momento reflejó disgusto por la familiaridad del apodo.

-Veo que no toma en cuenta que todos estos gastos extra del municipio no están incluidos en la tasación fiscal de la casa de Peabody -?señaló?-. Resulta que a partir de esta semana hay una casa disponible en las afueras del pueblo. La señora Sarah Beech falleció, y su hermana, la señorita Lavinia, se mudó con la hermana casada de ambas, la señora Calvin Adams. A usted le costará lo mismo el alquiler, pero a nosotros nos ahorrará gastos considerables.

Castwell, con su expresión de desprecio, se levantó.

-¡Qué! ¿Vivir donde una casera solterona se esté quejando todo el día por el trato que doy a sus cosas? No, gracias.

Extendió la mano.

-Las llaves, chico, suelta las llaves.

El señor Nickerson le dio las llaves. Pasado el tiempo, repitió con frecuencia su arrepentimiento por no haberlas arrojado al lago Amastanquit.

Los escasos ingresos de los Castwell consistían en un cheque mensual y un giro postal. El cheque llegaba el día quince, de un fideicomiso en la ciudad, tal vez una herencia, como algunos suponían, aunque otros creían que lo enviaba la misma familia de Castwell para mantenerlo aparte. El giro postal a nombre de Louise Cane iba firmado por un sargento del ejército en Alaska, y la joven beneficiaria explicó que era su pensión de divorciada, siendo el sargento Burndall su exmarido. Tom Talley, dueño de la tienda de abarrotes, le hacía endosar el giro dos veces, como Louise Cane y Louise Castwell. Tom siempre ha sido una persona muy prudente.

No cabe duda de que Castwell maltrataba a Louise. Si por casualidad pasaba entre el televisor y el sofá, donde se encontraba casi todo el tiempo, saltaba y le daba una paliza con el cinturón. Más de una vez, tanto ella como la niña tuvieron que salir huyendo de la casa para escapar de él. En general no las perseguía, pues solía estar descalzo y no le interesaba abordar el problema de ponerse los zapatos.

Echarse en el sofá para beber cerveza y ver la televisión a lo largo de la tarde, y al anochecer, salir al pueblo para beber whisky de los bares y ver la televisión: tales eran las ocupaciones regulares de Kent Castwell. Se enteró de quiénes iban por la carretera con regularidad, a qué horas y en qué direcciones, y los esperaba puntualmente. Más de un conductor prefería abstenerse de los placeres de semejante compañía, pero Castwell se ponía al centro de la carretera agitando los brazos y no se movía hasta que el automóvil paraba.

¿Qué se podía hacer? ¿Meterlo a la cárcel? Eso se hubiera podido hacer.

Antes de que transcurriera la primera semana, armó una pelea en el Bar Ashby.

-Ha perturbado la paz, utilizando palabras obscenas y abusivas, y además se ha resistido al arresto. Son tres cargos y tres multas de diez dólares, o diez días en prisión por cada una -?sentenció el juez Paltiel Bradford?-. Pudo ser mucho más, considérese afortunado. Pague al cajero.

Sin embargo, Castwell, con su repulsiva expresión de desprecio, todavía más desagradable por las huellas de golpes en la cara, declaró:

-Acepto la cárcel.

El juez Bradford apretó su larga mandíbula y cuando la aflojó dijo:

-Mire usted, señor Castwell, eso que le dije fue solo el lenguaje legal requerido. La cárcel está cerrada. Desde julio está sin usarse.

Estaban en noviembre.

-Habría que arreglar la calefacción -prosiguió el juez?-, poner la electricidad, conectar el agua, además de contratar a un guardia, por no hablar de los gastos de alimentación. No veo por qué el municipio ha de cubrir esos gastos exclusivamente por culpa suya. Pague treinta dólares en la caja. Si no los trae con usted, venga mañana. ¿Entiende?

-Prefiero la cárcel.

-Resulta muy inconveniente que…

-Qué lástima, honorable juez.

El juez, sin decir más, lo miró furioso. Gamaliel Coolidge, el fiscal del pueblo, se levantó de su asiento.

-Tal vez la corte aplique el privilegio de suspender la sentencia por esta vez -?sugirió?-, ya que se trata de su primera ofensa.

La corte lo aplicó. Pero la semana siguiente ya estaba de vuelta, acusado de los mismos delitos. La sentencia sumaba así sesenta dólares o sesenta días. De nuevo, Castwell eligió la cárcel.

-No es mi costumbre hacer esto -dijo el juez, iracundo?-, pero permitiré que pague la multa a plazos, considerando a su esposa y su hija.

-Ajá. Mejor la cárcel.

-¡No le va a gustar la comida! -le advirtió el magistrado.

Castwell repuso que se conformaría con que sus alimentos cumplieran con los requisitos de la ley. De lo contrario, presentaría una queja formal ante el Consejo Estatal de Inspectores de Cárceles.

Se tomaron cuidados especiales para que la comida que le sirvieron a Kent durante su estancia en prisión fuese mejor que los requisitos legales, aunque tampoco mucho mejor. La última vez que las autoridades estatales inspeccionaron la cárcel municipal hubo un cargo de doscientos dólares en los impuestos. Ya sufrían gastos cuantiosos con tener en la cárcel a Kent Castwell, aunque el juez redujo el costo al ordenar que las sentencias se cumplieran en forma concurrente.

Si se suman sus condenas, durante aquel invierno Kent pasó más de un mes en la cárcel. Algunos pensaron que cuando se le terminaba el dinero dejaba que lo mantuviera el municipio y abandonaba a su suerte a la mujer y la niña. Tom Talley les daba un poco de crédito en la tienda, pero no mucho.

Cuando Ed Westlake renovó el contrato del autobús escolar añadió el gasto de desviar la ruta cinco kilómetros para recoger a Kathie. El municipio no tuvo más remedio que absorber el costo adicional. Se le reprochó a Louise esperar a la firma del contrato antes de dejar a Castwell y volver a la ciudad con su niña. El camino de tierra a la casa de Peabody no requería tantos arreglos, pero sí algunos. ¡Tantos gastos extra solo por la presencia de un hombre! ¡Una locura!

Casi parecía -mejor dicho, sin duda parecía?- que Kent Castwell estuviera desafiando frontalmente la respetabilidad y prudencia económica de Nueva Inglaterra. Los sagrados mandamientos: «Comer todos los alimentos, usar la ropa hasta que se desgaste, comprar conforme a tu dinero o abstenerte de comprar» no significaban nada para él. Una persona claramente hostil.

El municipio de Ashby no era próspero. Faltaban industrias. Carecía de atractivo turístico, igual de lejos del mar que de las montañas, y su único recreo se hallaba en las aguas lodosas del lago Amastanquit. Los suelos eran duros de sembrar, y la explotación de madera costaba demasiado trabajo para los escasos beneficios que aportaba. Todos los jóvenes se iban de allí. Pero, por desgracia, Kent Castwell no daba señales de partir.

A fin de cuentas, no tenía nada de raro que en Ashby no existiera una colonia de artistas. Lo extraordinario consistió en que Clem Goodhue, al ir en su taxi para recibir el tren, reconociera de inmediato a Bob Laurel como un artista. Cuando le preguntaron cómo pudo saberlo, Clem se puso vanidoso y contestó que había estado una vez en Provincetown.

La conversación, según recordó después Clem, se inició cuando Bob Laurel le preguntó si sabía de alguna casa que pudiera alquilar por poco dinero, y que fuera tranquila y tuviera un sitio donde pintar.

-Por eso le recomendé a Kent Castwell -le dijo en una ocasión al sheriff Erastus Nickerson (primo de Levi P.).

-¿Una casa tranquila? -repitió el sheriff?-. Ya sé que Laurel es hombre de la ciudad y un artista, pero de cualquier modo…

Se hallaban sentados en el Bar Ashby, bebiendo su pequeño vaso semanal de cerveza.

-Oye mis consideraciones, Erastus -propuso el taxista?-. Hay muchas casas vacías que podría rentar. Supón que él, este artista, toma una casa de las afueras donde no vive nadie. Supón que él saca una esposa que tiene guardada en algún sitio, y supón que ella trae además un hijo en edad escolar.

-Tienes mucha razón, Clem.

-Claro que tengo razón. Ya resulta excesivo para el municipio hacer tanto gasto por una casa. Mucho peor si fueran dos.

-¿Y tú crees que se quede con Castwell?

-Eso no lo sé -repuso, encogiéndose de hombros?-. Yo hice lo que pude.

Laurel se quedó con Castwell. En realidad no tuvo más remedio. El grandulón lo aceptó como huésped y le cedió el salón del frente para el estudio. Kent Castwell prometió aislantes para la casa, abrir una nueva ventana y quién sabe qué otras cosas, a cambio de varios meses de adelanto en los alquileres. Persuadió no se sabe cómo al artista, y no hace falta decir que se bebió todo el dinero y no cumplió ninguna de sus promesas de realizar mejoras a la casa.

Ni el fiscal Gamaliel Coolidge ni el sheriff Nickerson, ni en realidad nadie más en el pueblo, se compadecieron de Laurel. Solo podía presentar una demanda civil, le dijeron. No existían bases para nada mayor. Debería servirle de lección y no andar tirando su dinero con cualquiera: eso le aconsejaron.

El pobre artista se tuvo que quedar en la vieja casa de Peabody, comprando sus alimentos, cortando su leña y pintando, todo el tiempo pintando sin cesar. Sabía perfectamente que su casero grandulón y descarado aprovechaba cada ausencia del pintor, cuando este tenía que ir al pueblo, para robarle comida y leña.

Laurel convidó a Clem a tomar un vaso de cerveza en varias ocasiones, solo por tener alguien a quien contar sus tribulaciones. Además de robarle comida y combustible, Kent Castwell ponía el televisor al máximo volumen cuando Laurel trataba de dormir; si era demasiado tarde para la televisión, hacía lo mismo con la radio. En los momentos en que el artista se concentraba en los más delicados aspectos de sus pinceladas, Castwell decidía alzar el calentador de leña y dejarlo caer con gran estruendo, sacudiendo toda la casa.

-Habla solo, con esa voz estridente y burda -?se quejó Bob Laurel?-. Tiene una lengua asquerosa. Se burla de mis pinturas…

-Yo sé en qué consiste -dijo Clem-. Kent Castwell no tiene la menor consideración por nadie. De eso se trata con él. Indudable.

Se cruzaron apuestas en el pueblo, cada una de un puro de diez centavos, sobre cuánto tiempo más aguantaría Laurel. Levi Nickerson, el tasador fiscal del municipio, pensó que se iría cuando se venciera el alquiler. Clem opinaba que partiría antes de eso.

-A la gente de la ciudad, el dinero no le importa tanto -?señaló.

Ganó Clem.

Al entrar a la casa de Nickerson, halló a Levi sentado cerca del fuego en la cocina, y este sin decir palabra le entregó el puro. Clem asintió y se lo guardó en un bolsillo. La señora Abby Nickerson, sentada al lado de su marido, vestía un suéter masculino al que todavía le quedaba mucho uso, propiedad de su difunto padre, un hombre que no logró sobrevivir la primera reelección de Franklin D. Roosevelt. Abby deshilvanaba pacientemente viejos calcetines para devanar y formar una madeja de lana. «Nunca desperdicies algo para que nunca te falte nada» era su principio rector, lo mismo que para los demás residentes de edad madura que vivían en el pueblo.

Sobre la estufa, una olla dejaba salir un poco de vapor. En la mesa reposaban dos pilas de sobres. Todos estaban dirigidos a la oficina del tasador fiscal del municipio y se habían abierto cuidadosamente para no mutilarlos. Mientras Clem lo miraba, Levi Nickerson removió uno de los sobres sobre la olla destapada. El vapor aflojó el mucílago de la cubierta del sobre y se abrió con facilidad al toque de Nickerson. Volvió a doblarlo y sellarlo de tal manera que la parte exterior ya usada quedaba por dentro, y a continuación lo puso sobre la otra pila.

-Con este método le ahorré al municipio once dólares el año pasado -?comentó?-. Creo que este año llegaré a doce, tal vez doce cincuenta.

Clem soltó un gruñido de apreciación.

-¿Dónde se encuentra él? -preguntó el tasador.

-¿Laurel? En el Bar Ashby. Ya tiene todo empacado. Le dije que no se moviera aún. Encargué a los del bar que lo vigilen y me avisen por teléfono aquí si hace el menor movimiento para irse.

Sacó una hoja de papel que puso encima de la mesa. Levi la miró sin hacer ningún movimiento para recogerla. Le dijo a su esposa:

-Espero una visita de Erastus y Gam Coolidge, señora Nickerson. Asuntos del municipio. Creo que hallarás cosas que hacer en las habitaciones delanteras mientras nosotros hablamos.

La señora Nickerson asintió. Tampoco desperdiciaba palabras. Se oyó un auto detenerse frente a la casa.

-Ahí llega Erastus -dijo su primo-. Gam debería llegar… ¡Ah, ha llegado ya! Pude adivinar que vendría con Erastus para no gastar gasolina.

Los dos hombres entraron a la cocina. La señora Abby Nickerson se levantó y salió.

-Espero que esto se resuelva antes del anochecer -?dijo el sheriff?-. No me agrada conducir en la oscuridad. Una de mis luces está fallando, y sale demasiado caro poner una nueva.

Clem se aclaró la garganta.

-Bueno, aquí está -anunció, indicando el papel sobre la mesa?-. La confesión de Laurel. Dice que está dispuesto a entregarse al sheriff y al procurador. Sucedió esta tarde, como a las dos. Fue la gota que derramó el vaso. Kent Castwell actuaba como de costumbre, pateando cosas y lanzando obscenidades allá en la casa de Peabody. Intercambiaron palabras. Laurel salió porque necesitaba ir atrás de la casa…

Clem tenía delicadeza y no quiso especificar que la casa de Peabody carecía de drenaje interior.

-Al volver -prosiguió Clem-, vio que Castwell había pintarrajeado con la brocha más grande todos los cuadros en que Laurel estaba trabajando. Los arruinó por completo.

Sobrevino un instante de silencio.

-Castwell no tenía ningún motivo para hacer lo que hizo -?dijo el sheriff?-. Destruyó las propiedades de otro hombre. Me han dicho que algunos de esos artistas venden sus pinturas hasta por cien dólares cada una… Y después, ¿qué hizo? Me refiero a Laurel.

-Tomó un trozo de leña para la estufa y le pegó con él. Le pegó con fuerza.

-Nadie duda que esté muerto, ¿es así?

Clem negó meneando la cabeza.

-No quedó ningún rastro de sangre en la madera. Se ve igual que cualquier otro pedazo de leña. Pero está muerto, sin la menor duda.

Después de una pausa, Levi Nickerson habló:

-Habrá que notificar a la esposa. No veo por qué el municipio deba cubrir los gastos del entierro. Em. Supongo que ella no tendrá nada de dinero. Será mejor notificar a esos del fideicomiso que enviaban un cheque mensual a Castwell. Ellos lo pagarán.

Gamaliel Coolidge preguntó si alguien más sabía lo sucedido. Clem dijo que no. Bob Laurel no se lo había dicho a nadie. No parecía tener deseos de hablar. Se hizo otra pausa, algo más larga que la anterior.

-¿Se han dado cuenta de lo que Kent Castwell costó al municipio?

Clem sugirió que serían varios cientos de dólares.

-Cientos y cientos de dólares -declaró Nickerson?-. Y además, ¿saben cuánto nos va a costar procesar a este fulano, bien sea por asesinato en cualquier grado o por homicidio involuntario?

El fiscal indicó que eso costaría miles de dólares.

-Miles y más miles -dijo-, y eso solo para cubrir el juicio.

-¿Y si se le encuentra culpable, y él decide impugnar? -?prosiguió?-. Tendremos que sufragar otro juicio. Más miles de dólares. ¿Y si consigue anular el juicio y empezar de nuevo? Tendríamos que cubrir también esos gastos.

Levi P. Nickerson abrió la boca como si le doliera y gruñó:

-Imagínense cómo afectaría eso las tasas de impuestos del municipio…

Su voz se volvió clara y sentenciosa:

-No vale la pena. Él no lo vale; punto.

Clem sacó el puro que había ganado en su apuesta y lo olfateó.

-En mi opinión -declaró-, sería mucho mejor si Laurel simplemente empacara y se fuera de ahí. Cualquiera que encontrara el cadáver supondría que se mató en una caída. Pero esta confesión…

El sheriff Erastus Nickerson reflexionó un poco antes de tomar la palabra.

-Yo no conozco ninguna confesión. ¿Tú, Gam? ¿Y tú, Levi? No, ¿verdad? Lo que nos cuentas es una declaración de oídas, Clem. No se puede proceder solo por oír una declaración, eso va en contra de todos los principios legales de los Estados Unidos… Em. Qué bonita puesta de sol.

Se levantó para asomarse por la ventana. Su primo se juntó con él, y el fiscal Coolidge lo acompañó. Mientras los tres admiraban el crepúsculo, Clem Goodhue, después de echar un vistazo a sus espaldas, tomó la hoja de papel de la mesa de la cocina y la echó al fuego de la estufa. Después de un breve fogonazo, Clem extendió la mano, tomó una esquina del papel entre las cenizas y prendió su puro.

Los tres hombres junto a la ventana se dieron la vuelta enseguida.

El primero en hablar fue Levi P. Nickerson:

-No puedo pedir a nadie que se quede a cenar. Solo es un recalentado de sobras. Supongo que desean ponerse en camino.

Los otros dos funcionarios municipales asintieron.

-Me parece -dijo el taxista- que me daré una vuelta por el Bar Ashby. Tal vez haya una persona que quiera tomar el tren de la tarde. Buenas noches, Levi. No es necesario que enciendas la luz del patio.

-No pensaba hacerlo -dijo Levi-. Encenderlas y apagarlas, eso es lo que desgasta las luces. Buenas noches, Clem, Gam, Erastus.

Cerró la puerta una vez que se fueron las visitas.

-Señora Nickerson -dijo, llamando a su esposa?-, ya puedes venir y poner la cena. Hemos terminado con los asuntos pendientes.

 

FIN

 

El nombre de AVRAM DAVIDSON es muy conocido entre lectores de historias no solo de misterio, sino también de ciencia ficción y fantasía. De hecho, durante varios años fue el editor de la principal revista del género, The Magazine of Fantasy and Science Fiction, y ha sido ganador del Premio Hugo y del Premio Mundial de Fantasía (en tres ocasiones), además del Premio Edgar. El presente relato recibió una mención en el concurso de cuentos de AHMM.

 

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