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La Nostalgia del Pasado

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30 de enero de 2024

ÁMBAR Mauricio Absalón

 


 

Hija de mi pueblo, cíñete el cilicio y revuélcate en ceniza; haz duelo como por hijo único, lamento de gran amargura, porque de pronto el destructor vendrá sobre nosotros

Jeremías 6:26

 

-Respire profundo y cuente del uno al diez.

… Uno… tranquilo, es rutina, en un rato estarás en una habitación de lujo y ella estará ahí, a tu lado… Dos… eres muy joven, te lo detectaron a tiempo, tienes tanto por hacer… Tres… los aceptaron en la misma universidad, es tu destino, tu vida… Cuatro… en esta época un aneurisma es algo rutinario, no temas… Cinco… qué sueño, no, es diferente, el cuerpo pesado, como embriaguez… Seis… luego sigue el otro número, ese, ¿cuál es el que se cruza?… Sí… Siete…

En el espejo te cubres la cicatriz al peinarte, ya casi no se nota, te ha crecido rápido el cabello. Mientras te afeitas la observas salir desnuda de la regadera y cruzar detrás de ti hacia la habitación. Pasó las uñas por tu espalda en una caricia. La alcanzas en la cama. Dentro de ella y tus manos en la cabecera. Qué polvosa está la cabecera. Te sales de ella y de la cama y vas a la regadera: «Qué rápido se acumula el polvo».

Lees junto al ventanal, sentado en una butaca, bajo la luz diagonal y ámbar de la tarde. Afuera una mezcla de cantos diluidos anuncia el sueño de las aves. Frente a ti está ella en la última página. Cierra el libro y sube el pie descalzo a tu entrepierna. Echas la cabeza hacia atrás y entrecierras los ojos. La luz juega con tus pestañas. Las percibes; pequeñas motas de polvo tornasol flotan en desorden. Miras el ventanal: «Se está filtrando el exterior».

La casa ha crecido. No recuerdas la última vez que estuviste afuera. Tienes esta extraña sensación por instantes de que la casa aumenta una habitación cada vez que caminas hacia el jardín. Habitaciones nuevas siempre y también siempre familiares, reconocibles. Y la luz, siempre es de tarde, como su mirada. Entonces llega ella y olvidas todo; llega tu hogar. Está en cada cuarto de esta casa como un pequeño fuego y un lugar para habitar. Te abraza en silencio, te besa, la desnudas. Notas que las prendas al arrastrarse dibujan trazos curvos sobre la capa de polvo perene en la duela. Sacudes la ropa y una nube de partículas llena la habitación: «Es una invasor, el polvo. Un asedio de lo mínimo en oleadas infinitas».

Te mueves. Hay un jardín detrás de los ventanales y el deseo de salir. Una puerta, otra habitación. La gran casa que has construido con todas las ventanas orientadas al sol. Te maravilla que siempre la luz de la tarde entre desde el poniente y el oriente y el norte y el sur. Dudas, siempre es de tarde y siempre es acogedora la casa. Ella junto a ti. La tomas de la mano y caminas por la biblioteca, la sala, la cocina, la recámara. Te recuestas en la cama y ella te acompaña, siempre. Miras el techo; no hay lámpara. Toda tu casa no tiene lámparas o focos o velas. Petienes la respiración y giras la cabeza hacia ella. Pone su dedo índice sobre tus labios y el atisbo de angustia se esfuma. Te besa. Miras al ámbar mirarte. Tienes sueño, cierras los ojos, escuchas apenas algo que cae. Tu agudo oído sabe del polvo que desciende como una nevada de noviembre. «No duermas, no dejes que el polvo te cubra».

Ella corre desnuda de habitación en habitación y la persigues. Tu ropa tenía polvo y te la has quitado. Corres desnudo detrás de ella. Quieres tenerla; es Voluntad eso. Nunca ha sido tuya. No es posesión; quieres incorporarte a ella, fundirte. Una tolvanera se levanta tras tus pasos y van cerrándose las habitaciones que quedan atrás. La casa se ha reducido durante los últimos minutos, días, siglos. Cierras una puerta detrás de ti y se transmuta en pared. Es la única habitación, sin salidas, sin entradas. Apenas una pequeña ventana donde cambia rápido la inclinación del último rayo solar. Ella está hincada en el centro, no hay polvo. Hace tanto las paredes y el piso no lucían sus maderas vírgenes. No hay muebles, no los necesitas. Te sientas en el piso y ella avanza hacia ti, se sienta sobre ti, se llena de ti. Fundida no se mueve; contracciones y temblor pélvico. Orgasmo. Hogar. Ambos. Hoguera. Algo es arrancado desde tus entrañas hacia su vientre. Sabes que te mira pero no puedes levantar la vista, sabes que ríe pero no puedes escucharla. Le acaricias los brazos y se desprenden células de su piel; el polvo de nuevo. Exhala y se atomiza, la respiras, está en tus pulmones y la sangre la transporta por tu cuerpo; te ahogas, toses, das arcadas. El sol desaparece con la habitación. Y este polvo que te cubre. Tus ojos cerrados mientras sientes que la tráquea te sale de la garganta. Toses una tráquea plástica desde el centro del pecho, sale por tu boca. Aire que ha dejado de llenarte, polvo que raspa tu reseca garganta como cristal. Tus ojos cerrados; miedo al polvo abrasivo. Horror.

-Se retiró la asistencia respiratoria a las 6:26 pm.

Abres los ojos y duelen. La luz tan tenue y así hiere tus pupilas. Recorres el techo, la pared, su rostro. ¿Ella? Una mujer te sostiene la mano. Algunas arrugas, ojeras, un par de canas. Su mirada de ámbar. Tiemblas y la penumbra granulada desciende sobre ti.

«…y todo el polvo de la casa y toda la ceniza del hogar…»

 

FIN

 

Mauricio Absalón escribe Ciencia Ficción y Terror, aunque le gusta escribir de todo en realidad y que el género sea un recurso, no tema. Ha publicado en las revistas electrónicas Axxon y Forjadores y en tres antologías impresas de cuentos junto con otros autores. Actualmente produce el largometraje independiente Kamïk, con guión de su autoría.

 

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