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16 de marzo de 2022

Paya Frank .- Relatos -La Asamblea-

 


La noticia de que el hombre intentaba volar y que hasta lo había logrado, aunque de un modo condicional y precario, puso en conmoción el mundo de los seres alados; siguiendo el uso de los tiempos acabó por convertirse en la necesidad de celebrar una asamblea magna a la que asistirían desde el cóndor gigantesco y rapaz hasta el cínife insignificante, aunque molesto; desde el águila arrogante al pobrecito moscardón, que se pasa la vida zumba que te zumba.

Júpiter dio el permiso, buscase local y, al cabo, se realizó el mitin de voladores. ¿Su objetivo? Ya lo dijo la cotorra, el más parlamentario de los oradores de aquel comicio memorable. Era urgente protestar contra la tiranía humana, que todo quiere sojuzgarlo, que a todas partes ansía llevar su acción despótica, abusando, indudablemente, de la falsa leyenda que atribuye al hombre el dictado de rey de la creación.

-Sí, alados compañeros - decía la cotorra-; no nos quedará ni el recurso de ahuecar el ala para burlar en el aire la asechanza humana si es verdad que el hombre vuela como cualquiera de nosotros. El avestruz interrumpió, ofendido por una alusión que creyó dirigida a él, y hubo que echarle. Los avestruces en todas partes se han de dar a conocer. Calmado el tumulto y concedido el graznido, el pitido, el arrullo, etc, a sucesivos oradores, vinose a estas conclusiones que apenas fueron discutidas; "Protestar enérgicamente contra el vuelo humano.

"Pedir a Júpiter que estorbase toda tentativa de ese género, amenazándole con retirarle el águila que suele acompañarle para darse tono.  Montar en el aire un ejército de aves de presa que esgarren las alas postizas del hombre que se aventurase entre las nubes y otro de mosquitos y avispas que le piquen los ojos si los llevase descubiertos. "Solicitar el auxilio de Eolo para la gran obra emancipadora." Por aquí andaba la Asamblea en sus trabajos cuando se oyó  el fragor de un zumbido intenso, cada vez más intenso. Todos miraban al espacio, pero nada vieron. El rumor crecía.....

El abejorro, espantado, decía a su vecino.... -Toda mi familia, zumbando a un tiempo, no sería de meter tanto ruido. El pánico empezó a cundir en la numerosa reunión. Muchos de los insectillos perecieron del susto. El águila y, en general, los grandes volátiles, conservaron su serenidad. La cotorra ensayó una perorata, que no escuchó nadie. No había oídos sino para el siniestro rumor que del cielo bajaba.

Y al fin pudo verse, majestuoso, en las cercanías de las nubes, un pájaro enorme. La estupefacción llegó a su colmo entre los presentes. ¿Quién había convocado a semejante animalote? Pero la urraca, que todo lo corre, dio pronto la voz.

                               - ¡ Es el hombre , el hombre que vuela !-

Y el asombroso espectáculo admiró aun a aquellos seres alados creados para surcar los aires. Pero de pronto ocurrió algo insólito, inexplicable. El descomunal pajarraco dio media vuelta en el espacio. La catástrofe fue instantánea. El hombre, envuelto en la complicada trabazón de sus alas pegadas, cayó contra la dura corteza de la tierra. Se oyó una gran explosión. Brilló una llamarada intensa y fugaz. Luego... el silencio.

La asamblea magna de protesta contra la intrusión del hombre en la región etérea acababa de recibir una tremenda satisfacción presenciando la caída trágica de un aeroplano. El piloto no había muerto y pidió ayuda. No había allí hombres, pero las aves no podían llevar tan lejos su rencor. Fue auxiliado, pues, por sus mismos enemigos. Y cuando, recobrando el ánimo, pudo hablar, sus primeras palabras fueron un alarde de soberbia: -¡ Por vida de Júpiter! ¿Qué motivo había para que yo cayese? Todo estaba calculado. Volaré de nuevo. Soy el amo del universo. Una morada impía y rencorosa completó la imprecación , y entonces oyó estas profundas palabras y solemnes, que, naturalmente, no eran de la cotorra, sino de la hasta entonces callada, y siempre vigilante y observadora cigüeña, habitante en la alta torre de una iglesia vecina.

-Ni aun lo ocurrido te sirve de lección. No eres amigo de la Naturaleza, sino déspota explotador. Por eso te es hostil y, cuando puede, se venga, como ahora. Tu vuelo no será nunca alegre y desembarazado como el nuestro, sino lleno de zozobras y seguido a menudo de la muerte. En tu corazón hay una piedra que te sujeta a la tierra. Es la piedra del orgullo. Volarás, pero seguirás cayendo. Únicamente cuando limpies tu corazón de ese lastre podrás pretender una ascensión digna de tí. Ahora, no.

Y la cigüeña tendió el vuelo acompasado, seguro, magnifico. Los miembros todos de la asamblea hicieron lo propio. Poblóse el aire de innúmeros animales, puesto que al comicio había asistido todo bicho volante, y el hombre herido quedó en la soledad de su dolor, junto a un amasijo informe de lienzos carbonizados y hierros retorcidos, Las palabras de la cigüeña mordían en su endurecido corazón como un remordimiento.

Cuando refirió este maravilloso episodio en el hospital los médicos se miraron y uno dijo compasivamente:

                               -Ya está aquí el delirio-. 


por Paya Frank


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