kirwi

Publicaciones de Paya Frank en Amazon

freelancer

PF

La Nostalgia del Pasado

LG

Buscador

1

26 de enero de 2022

La Nostalgia del Pasado 8

                                                                        Capitulo 7

LA SEMANA SANTA Y OTRAS ACTIVIDADES RELIGIOSAS

 

El ambiente. La bula. Las procesiones. Las misas. El latín popular. El devocionario “Mi Jesús”. Celebraciones y rezos. Las misas y su personaje: Prisca. Las Santas Misiones. Asociaciones religiosas. Los Seminaristas. El Monaguillo. Las Benditas Ánimas del Purgatorio. San Pascual Bailón. Rezo del Rosario. El Colegio y el “ora pro nobis”. La capillita de la Sagrada Familia. El Catecismo. La Primera Comunión. El padrino y el bollo. Las golondrinas santas. La estampa milagrosa. Las lecturas prohibidas. El juego de la misa. El agua bendita del Sábado Santo.

 

Las festividades religiosas de esta Semana, durante aquellos años no pueden compararse a lo que han quedado resumidas en los tiempos actuales.

 

La solemnidad del culto con aquellos Oficios en latín, el olor a incienso en las iglesias, se complementaban con el denso silencio reinante en las calles. Los bares procuraban también contribuir a la penitencia, especialmente el día de Viernes Santo, en que permanecían cerrados todo el día. Ni que decir tiene que también los “pecados de la carne” se contenían durante toda la semana, manteniéndose cerrados los clásicos locales del fulaneo, la primera de ellas Casa Marcela.

 

Hay que recordar también una actividad eclesiástica muy común de los días de ayuno y vigilia, que era la Santa Bula. La posesión de esta Bula te evitaba dichos sacrificios, cosa un tanto chocante pues durante los muchos años del racionamiento ayunabas y no comías carne durante semanas enteras. Para lograr este salvoconducto tenías que comprar un impreso con tu nombre, cuyo precio variaba según los ingresos declarados por el adquiriente, y que se guardaba celosamente en cada casa.

 

A nosotros, la gente menuda, obedientes a los mandatos de todos los mayores, no eran precisamente unas fiestas vacacionales muy alegres. Nuestra presencia en todos los cultos era obligatoria, tanto en procesiones, misas, Santos Oficios y visitas Sacramentales, como en otras de menor importancia pero también influyentes en nuestros juegos, tal como no gritar ni reír durante todo el Viernes Santo.

 

De las procesiones a que acudíamos había una que era la preferida por nuestra parte: El Santo Entierro. En ella iba toda la representación de las demás cofradías pero lo que más nos importaba a nosotros era la presencia de una compañía militar, con banda de música, tambores y cornetas. Los soldados marchaban con armonioso paso de marcha fúnebre y los fusiles boca abajo. Finalizada la procesión en la Iglesia de San Isidro, llegaba el momento más esperado: sonaba el clarín de órdenes, comenzaba el redoble de los tambores y la banda acometía una marcha militar, al compás de la cual toda la compañía desfilaba desde la calle del Peso hasta el acuartelamiento de El Milán.

 

Las misas de entonces duraban menos de 30 minutos y el latín era su lengua oficial, con su clasicismo y solemnidad. No obstante la cultura general de los fieles no alcanzaba ni a dominar a medias el idioma de Cicerón y se podían escuchar verdaderos disparates en los cánticos más conocidos como ejemplo podemos recordar una frase del “Tantum Ergo” que en versión original decía “et antiquum documenum no vocedat ritui” y en versión libre de una feligresa pudimos oír claramente “con tan antiguo documento no pretenda usted huír”.

 

Los niños y niñas teníamos en nuestro poder un magnífico devocionario infantil llamado “Mi Jesús”. En sus páginas, llenas de viñetas, estaban sintetizadas todas las oraciones, modos de oír la misa (buenos y malos), enseñanzas y consejos, la voz del Diablo y la voz del Ángel, Jesús reprende y Jesús llora, el Vía Crucis...

 

Con su ayuda acudíamos a todas las celebraciones religiosas y participábamos en ellas sin equivocarnos. Había una verdadera ocupación anual en rezos y seguimiento periódico, tales como los nueve primeros viernes del Sagrado Corazón, los siete domingos de San José, el mes de mayo de la Virgen...

 

El número de misas, tanto a diario como en festivos y domingos era elevado pues la cantidad de sacerdotes que había obligaba incluso a decir varias misas a la misma hora, aprovechando las pequeñas capillas de los laterales de las iglesias. Esta simultaneidad propiciaba la aparición de algún personaje pintoresco, entre los cuales el más famoso era una ávida oyente de misas llamada Prisca. Era una viejecita enlutada, pese a ser soltera, de nariz aguileña y peinada de moño. Su especialidad era asistir a cuantas más misas podía, aprovechando la coincidencia horaria de tantos sacerdotes. Al tener a su disposición tres o cuatro misas en el mismo momento, ella se mantenía agazapada en su reclinatorio privado y siempre en posición arrodillada. Sus manos juntas y en actitud de plegaria se abrían una y otra vez para acercarlas a su cara semioculta por un velo negro y tupido, de la que sobresalía su pronunciada nariz, la parte que sus manos repasaban en señal de penitencia. Para completar el cuadro, tenía un libro de misa muy usado y deteriorado, hinchado por las estampas contenidas y que lo mantenía ileso mediante una especie de cinta elástica similar a una liga. En cuanto aparecía un sacerdote para una nueva misa, Prisca abandonaba su recogimiento, tomaba el reclinatorio y corría tras él para acercarse a la nueva misa, eso sí, sin olvidar a los anteriores que simultaneaba, con lo cual muchas veces seguía atentamente evangelios, consagraciones y últimas oraciones en el mismo momento.

 

Periódicamente, cada dos a cuatro años, se producía un acontecimiento religioso que sobrecogía a todos los ovetenses de cualquier edad y condición: las Santas Misiones. Consistían éstas en un verdadero encierro místico, todas las tardes en todas las iglesias, con unos sermones impresionantes sobre la moral y costumbres. Para lograr este éxito de asistencia, venían del exterior unos predicadores muy selectos procedentes de la Orden de Jesuitas y a sus mandatos estaban todos los sacerdotes de la diócesis.

 

Como complemento a la formación recibida en estas Misiones también teníamos Ejercicios Espirituales, que aunque también eran muy importantes para nosotros, eran de menor grado respecto a éstas.

 

Para que aún fuésemos más buenos teníamos a nuestra disposición, de carácter voluntario, muchas asociaciones infantiles o compartidas con los mayores, tales como Congregaciones Marianas, Los Luises, Acción Católica, Beata Imelda y Apostolado de la Oración.

 

Los fines de semana hacían su paseo los seminaristas, tan abundantes en aquellos duros años, en una doble fila muy larga, todos uniformados y tocados de bonete. Tenían un coro de gran calidad y en ocasiones cantaban por la calle pero el plato fuerte era la tarde del Jueves Santo y la mañana del Viernes Santo, en que su actuación era en la Catedral, entronando cantos fúnebres, que nos sobrecogían el ánimo.

 

Muchos de nosotros colaborábamos en los cultos, modestamente por supuesto, haciendo el oficio de “monaguillo”, lo cual también tenía su aspecto materialista ya que entre misa, exposición y rosario aprovechábamos para beber vino de misa y comernos unas cuantas formas sin consagrar. Creo que de ahí venía el conocido refrán que decía: “el que quiera un hijo pillo, que lo meta a monaguillo”.

 

Hay que hacer una mención especial a las Benditas Ánimas del Purgatorio. Según nos decían, había un elevado número de almas de difuntos castigadas en el Purgatorio y faltaban las plegarias para su rescate al cielo, debido a la ausencia de rezos a su favor. Era por lo tanto muy común dedicar de vez en cuando un padrenuestro por ellas y aún más impresionante era el trabajo que se las pedía a cambio de nuestras oraciones: que actuasen como despertador. En la mayor parte de las viviendas solo había un reloj de pared, por el que se guiaba toda la familia y lógicamente se carecía de despertador. Pues bien, rezábamos a las ánimas para que nos despertasen a cierta hora y esto se cumplía sin fallo. Yo doy fe de mi experiencia en este tema y que siempre fui despertado a la hora exacta. Había también otra costumbre, rezar a San Pascual Bailón y éste te avisaría con tres golpes en la pared de tu habitación cuando tu muerte estuviera próxima. Lógicamente había que tener mucho valor para efectuar dicho rezo y a más de uno de nosotros le despertó sobresaltado alguno de estos golpes terroríficos aunque fuesen originados por algún vecino.

 

La costumbre piadosa del rezo del Rosario en familia era muy extendida, siendo dirigido por la madre y de obligado cumplimiento aunque fuese en la hora en que todos estábamos próximos a dormir. Los programas de la radio incidían en este tema con las charlas del Padre Peyton, en las que el principal lema decía aquello de que “la familia que reza unida, permanece unida”, sin olvidar tampoco la canción al respecto: “Las cuentas del Rosario son escaleras, para subir al cielo las almas buenas, viva María, viva el Rosario, viva Santo Domingo que lo ha fundado”.

 

También en el colegio, si era religioso, había diariamente una actividad piadosa muy acentuada, se asistía a misa a primera hora y se rezaba el rosario en una de las clases de última hora. En ocasiones dominaba más el afán de travesuras que el recogimiento místico y al rezar la letanía en latín y responder nosotros “ora pro nobis”, se producía un alargamiento de la ese final, de modo que el “nobissssss” se implementaba con todas nuestra respuestas al unísono, lo que motivaba indefectiblemente el correspondiente castigo de otra hora extra de permanencia en el colegio.

 

Como complemento teníamos también la visita periódica en propio domicilio de la Sagrada Familia. Era una capillita de madera en la cual se encontraban María, José y el Niño Jesús y que circulaba de casa en casa, con una estancia de 24 horas, siendo ese día el de mayores rezos y plegarias a los que teníamos que asistir sin remedio y sin disculpa.

 

En las mañanas de los domingos invernales, antes de la Santa Misa, íbamos a clases de catecismo, en las que recitábamos en voz alta todos los enunciados de un pequeño libro llamado “Catecismo del Padre Ripalda” en cuya introducción aprendimos una especie de letanía que todos sabíamos de memoria y que decía así: “Todo fiel cristiano, está muy obligado, a tener devoción, de todo corazón, con la Santa Cruz, de Cristo nuestra luz, pues en ella, quiso morir, por nos redimir, de nuestro pecado, y librarnos, del enemigo malo, y por tanto, te has de acostumbrar, a signar y santiguar, haciendo tres cruces, la primera en la frente....” siguiendo así un alarga seria de frases que repetíamos en voz alta todos a la vez. A continuación nos tomaban la lección cristiana sobre el contenido de dicho catecismo.

 

Muchas veces en la mañana de los lunes, se nos preguntaba en el colegio por el color de la casulla del sacerdote oficiante de la misa del domingo, con lo cual si no te acordabas sufrías una regañina, ya que ello demostraba que habías estado distraído durante la ceremonia.

 

La gran fiesta religiosa de la Primera Comunión era también en aquellos años sumamente modesta, incluso muchos de nosotros no hemos tenido ni la fotografía de recuerdo, tan solo un pergamino con nuestros datos. El frugal desayuno posterior, rodeados de algunos amigos, solía ser extraordinario por la presencia de un modesto bollo suizo y un tazón de buen chocolate. Normalmente el traje de Primera Comunión para los niños era de marinero, el cual se aprovechaba posteriormente, previo recorte de las perneras del pantalón, para su uso festivo en lugar de otro tipo de ropa. Otros niños llevaban directamente un traje de calle, lo cual era eminentemente más práctico y menos acongojante para evitar ir vestido de marinerito durante casi un año.

 

En la Pascua Florida era tradicional la entrega del ramo al padrino y recibir el regalo de éste, el bollo, bien en metálico o en juguetes. Muchos niños portaban ramos primorosos, unos de rama verde o con adornos de frutas, tales como mandarinas y manzanas, otros de palma lisa o de palma artística, que constituía un verdadero adorno monumental. Los que no tenían muchas posibilidades, que eran lógicamente los más numerosos, se conformaban con ver la procesión de los ramos y esperar el ansiado regalo. Para colmo de sus desdichas muchas veces este regalo no llegaba a sus manos por motivos de trueques económicos. La coincidencia familiar de padrinos motivaba que los regalos a los ahijados se compensasen, así al ser la madre madrina de un hijo de la madrina del suyo propio, llegaban al acuerdo de ser las respectivas madres quienes diesen el “bollo” a su propio hijo y lógicamente esto no prosperaba: los dos ahijados se quedaban sin regalo pues...¿quién reclamaba el “bollo” a su propia madre?

 

Otra costumbre de obligado cumplimiento era el besamanos a cada sacerdote que nos encontrábamos a nuestro paso y santiguarnos al pasar cerca de una iglesia. Con la abundancia de sacerdotes, no es de extrañar que omitiésemos cuanto pudiésemos esa imposición tan molesta, pero que al no hacerla la conciencia nos remordía por tal falta.

 

También respetábamos en nuestras aventuras cinegéticas cualquier pequeño daño que se pudiera causar a las golondrinas. El motivo no era otro que se consideraban aves santificadas ya que según nos aseguraban éstas habían quitado las espinas de la corona de Jesús clavado en la cruz. Si por casualidad o adrede hacías daño a alguna, tendrías una desgracia en tu casa en ese mismo día, por cuyo motivo te daba pánico cualquier encuentro fortuito con ellas.

 

Los “milagros” visuales estaban muy solicitados durante los ratos de estudio. Todos teníamos una estampa con poderes sobrenaturales, consistente en mirar fijamente una imagen dibujada en negativo y al cambiar la mirada hacia la pared o al techo se reflejaba allí la cara de la Virgen u otro santo conocido, con gran asombro del propietario de tal prodigio.

 

El asunto de la lectura de novelas tenía su particularidad. Nosotros, pese a nuestra corta edad, manifestábamos una gran apetencia por la lectura y además de los “tebeos” clásicos procurábamos leer los libros de nuestros mayores, cosa terminantemente prohibida, lo cual procuraba cierto disfrute al cogerlas sin permiso. En aquellos años, además de la censura vigente en la literatura, también había una relación de novelas peligrosas que la autoridad eclesiástica prohibía y eran todas aquellas contenidas en el “índice”. Lógicamente alguna de éstas se escapaba tal como “El Conde de Montecristo” y en otras, no prohibidas, buscábamos algunas partes de gran erotismo para nosotros tal como sucedía en las obras de Espronceda, en una de las cuales, “La desesperación”, había unos versos que nos producían gran excitación y que decían: “me gustan las queridas, tendidas en sus lechos, sin chales en los pechos y flojo el cinturón, al aire el muslo bello, qué gozo qué emoción”

 

Hay que recordar también un juego de lo más original por su entronque religioso. Ya vimos cómo el entrañable Nicanor vendía en su tienda miniaturas de culto: misales con atril, porta-velas, lamparillas, cálices y candelabros. Pues bien, había muchos niños que en su casa tenían muchos de estos pequeños objetos y un vestuario completo de ropa para decir misa, incluidas las casullas. Muchas veces se jugaba de esa guisa, uno era el sacerdote y decía la misa y el otro hacía de monaguillo y le acompañaba en el rito. Lógicamente no había vino pero este se suplía con un buen zumo de zarzamoras recién exprimidas o por agua de regaliz.

 

Finalmente teníamos la comisión de ir a por agua bendita el Sábado Santo y llevarla en una botella hasta nuestra casa, donde nuestros padres procedían a la purificación de toda la vivienda, mediante aspersión con ella en paredes, techos y suelos. Si sobraba agua, nos la regalaban por nuestra colaboración y aprovechábamos la ocasión para purificar con ella a todas nuestras mascotas y animales domésticos, aunque no parecía que les hiciese mucha gracia tal beneficio santificante.


No hay comentarios: