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19 de noviembre de 2021

CHARLES DICKENS Y LA PIRATERÍA INFORMÁTICA


 

A Charles Dickens la piratería informática no le preocuparía demasiado. Los genios es lo que tienen: se pueden permitir vivir por encima del bien y del mal. Me explicaré.

 

Dickens no lo tuvo fácil en sus comienzos: no recibió educación alguna hasta los nueve años y, aunque de los nueve a los doce pudo disfrutar de un breve intervalo de tranquilidad en el que devoró todos los libros que caían en sus manos, desde el Tom Jones de Fielding, uno de sus escritores preferidos, hasta el mis mís imo Quijote (sí, Dickens también leyó el Quijote y, si vamos a eso, Henry Fielding también y, como Mary Shelley, lo recomendaba encarecidamente a todo el mundo). Pero estamos con Dickens: todo le iba mejor hasta que su padre ingresó en la cárcel por su incapacidad de hacer frente a las deudas, y entonces Dickens, un niño de doce años, empezó a trabajar en una factoría de zapatos. Fueron tiempos durísimos que se quedarían grabados en su memoria para siempre y que luego reflejaría en sus obras maestras. Dickens, ejemplo donde los haya de un hombre hecho a sí mismo, consiguió dejar la fábrica gracias a sus enconados esfuerzos en autoeducarse para así ingresar como pasante en un bufete de abogados. Sin embargo, ejercer el derecho no era algo que colmara las expectativas de Dickens, quien, en cuanto le fue posible, saltó del despacho de abogados a un periódico y, por fin, a una editorial. No deja de resultarme gracioso que algunos de sus detractores le critiquen precisamente eso: que era, que fue, que tuvo que ser a la fuerza, «autodidacta». Dejemos estos críticos a un lado y sigamos, que hasta la piratería informática aún falta.

 

Dickens, como tantos otros en su época, publicaba sus novelas por fascículos, por la sencilla razón de que el público lector normalmente no disponía de la capacidad económica suficiente para comprar un gran volumen y les era mucho más asequible ir adquiriendo fascículos semanales o mensuales a un precio muy inferior. El éxito de Dickens en este formato fue arrollador. Sus obras literarias no sólo han pasado a la historia de la literatura inglesa y universal, sino que además ya en su tiempo disfrutaron de un desbordante éxito popular. Como muestra, baste decir que, según el periódico británico The Telegraph, en su edición del 8 de mayo de 2010, Historia de dos ciudades de Dickens, la gran novela que recrea los tumultuosos años de la Revolución francesa, había vendido más de doscientos millones de ejemplares en todo el mundo desde su publicación en 1859, siendo el libro más leído de la historia (dejando de lado la Biblia, el Corán y otros libros religiosos), superando a la épica trilogía de El señor de los anillos.

 

Con Dickens el éxito popular y el prestigio literario han ido de la mano durante decenios. La única crítica sólida que veo a sus libros es sobre la credibilidad, o, mejor dicho, la «incredibilidad» (el término existe y está recogido en la última edición del Diccionario de la lengua española de la Real Academia). Me refiero a la incredibilidad de algunos de sus más grandes personajes. Y es que parece hasta cierto punto inverosímil que personajes como Oliver Twist o David Copperfield, que malviven en los peores antros de un Londres embrutecido y embrutecedor, en compañía de malhechores de toda condición y decenas de otros personajes terribles y, por encima de todo, sin escrúpulos, puedan mantener unos grados de bondad tan elevados pese a padecer tanto. Pero así nos los presenta Dickens, un David Copperfield o un Oliver Twist que mantienen su bondad en medio de una ciénaga de miseria. Es cierto que nos puede resultar inverosímil, pero, y aquí empieza la genialidad, estos relatos son tan magníficos, tan colosales, y su trama, las descripciones, la recreación histórica, la atención al detalle, la comicidad, la tragedia, el vocabulario, todo está tan bien hecho que al final lo inverosímil deja de resultarnos increíble, hasta el punto de que el Londres del siglo XIX que tiene en su mente la mayoría de británicos y no británicos es, precisamente, el Londres que retrata Charles Dickens.

 

Pero Dickens dio un salto más que muy pocos escritores se han atrevido a dar. Todo empezó, como muchas cosas en nuestra vida, de forma casual, con el objeto de recaudar fondos con fines benéficos: varias instituciones se habían dirigido al famoso escritor para que aceptara realizar algunas lecturas públicas de sus obras en diferentes centros culturales del Reino Unido para reunir el dinero necesario que precisaban varios hospitales y orfanatos que, de lo contrario, se verían obligados a cerrar. Dickens, que no había olvidado lo que era pasar penurias, aceptó sin dudarlo. Para sorpresa de todos, aquellas lecturas supusieron un éxito rotundo, muy por encima de las mejores expectativas que hubieran podido imaginar. Fue entonces cuando Charles Dickens pensó: «¿Y por qué no seguir con estas lecturas públicas en teatros por todo el país y por Estados Unidos?» Y eso hizo. Dickens, siempre un profesional, viajaba con todo lo necesario, que tampoco era tanto: una mesa, una silla, una pantalla para situar a su espalda que ayudara a proyectar mejor su voz. Iba de ciudad en ciudad, y la gente, su público, sus lectores, pagaban por escuchar en vivo y en directo a uno de sus autores favoritos leyendo en voz alta; más aún, recreando con diferentes voces y acentos los distintos personajes de Un cuento de Navidad, Historia de dos ciudades, Oliver Twist y tantas otras historias memorables. El escritor salía a escena, saludaba al público presente y anunciaba la novela que iba a leer.

 

—Hoy leeré para todos ustedes Un cuento de Navidad. Espero que les guste.

 

Es posible que piensen que mi pasión por Dickens nubla mi ecuanimidad, pero les invito a leer las críticas recogidas en la prensa de la época: «Escuche a Dickens y muera: nunca oirá nada mejor en su vida», decía el Scotsman; «Pocas veces he sido testigo o he compartido una noche de tan genuino entretenimiento», comentaba el crítico del Times, para concluir diciendo que «nunca una audiencia tan grande había sido cautivada por la simple fuerza de la lectura de un solo hombre»; mientras que un periodista del Cheltenham Examiner seguía con la boca abierta tras la lectura pública a la que había asistido porque «la facilidad con la que mister Dickens ajustaba su voz a cada uno de los diferentes personajes de su obra era asombrosa». Por fin, el reportero del Exeter Journal no tenía duda en afirmar sin ambages que «mister Dickens es el mejor lector del mejor escritor de su época».

 

Estas lecturas públicas proporcionaron a Dickens la fuente regular de ingresos que le hacía falta para mantener a su esposa, a sus diez hijos y... a su amante (pero ésa es otra historia en la que no deseo profundizar demasiado: digamos que Dickens tuvo una amante y que esto sólo salió a la luz porque, cuando viajaba en un tren con ella, el tren descarriló y Dickens, en lugar de escabullirse con ella, se quedó para ayudar a sacar a los heridos, y fue ahí cuando se descubrió quién era y con quién iba). No sabemos si su mujer le perdonó o no el delicado asunto de su amante, pero, sin duda, el público sí que pareció olvidarse de ello: Dickens falleció en su casa un día de verano y dejó por escrito que deseaba un funeral sencillo y privado y una lápida en la que sólo se pusiera, con caracteres carentes de adornos, su nombre y su fecha de nacimiento y muerte. Y todo se cumplió, con excepción de que el público exigió que Charles Dickens debía estar enterrado en la Abadía de Westminster en el corazón de Londres, ese Londres que tanto amó y que tan bien describió con todas sus luces y sus muchas sombras.

 

¿Qué haría Charles Dickens hoy día? Estoy convencido de que publicaría sus novelas por capítulos en su web, anunciaría por Twitter su próxima lectura pública, llenaría teatros y auditorios y, con toda seguridad, no se preocuparía demasiado por la piratería informática, porque la gente pagaría por escucharle en directo.

 

¡Qué pena, qué lástima tan grande que Charles Dickens falleciera en 1870, sólo seis años antes de que Thomas Alva Edison inventara el fonógrafo!

 

* Tomado de “La noche en que Frankenstein leyó el Quijote” de Santiago Posteguillo.

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